IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Antes de morir, Jesús estaba orando por ti. En el aposento alto, a pocas horas de la cruz, Cristo intercedió no solo por los discípulos presentes, sino por todos los que llegarían a creer a través de la palabra de ellos. Esa oración abarca a toda la iglesia a lo largo de todos los siglos, y su petición central es una sola: que sean uno.
Cuatro veces en apenas siete versículos, Jesús pide al Padre por la unidad de los creyentes. No una unidad superficial de gustos o preferencias, sino una que refleje la misma calidad de la relación entre el Padre y el Hijo: eterna, indivisible, incapaz de romperse. Y el propósito es claro: para que el mundo crea. La credibilidad del mensaje de reconciliación depende de que quienes lo predican estén reconciliados entre sí. Un cristiano contentioso es una contradicción; una iglesia dividida empaña la gloria que Cristo le ha dado.
Esa gloria, según el pastor Núñez, es el Espíritu Santo, el agente que hace posible la unidad. Como el huevo que une el agua y el aceite para formar mayonesa, el Espíritu une a personas radicalmente diferentes en un solo cuerpo. Pero requiere esfuerzo: soportar heridas, perdonar ofensas, buscar el bienestar del hermano.
La oración de Jesús culmina con un deseo profundo: que los suyos estén con él, vean su gloria y experimenten el mismo amor eterno que el Padre tiene por el Hijo. Lo que Cristo pide, el Padre concede. Y hoy, a la diestra del Padre, el Hijo sigue intercediendo por nosotros.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Te invito a que puedan ir al capítulo 17 del Evangelio de Juan. Este pasaje, con el que estamos cerrando esta serie de oración, ha sido conocido como la oración sacerdotal, o más que nada, la oración del Sumo Sacerdote, que en inglés le llaman the High Priestly Prayer. Nosotros dijimos que esta era una oración fácilmente divisible o dividida en secciones.
La primera sección, capítulos 1 al 5, donde nosotros vemos a Jesús orando por Él mismo. Pero cuando ora por Él mismo, como ya explicamos, lo hace para que Él pueda recibir lo que requería en la Cruz, por medio de su Espíritu y poder glorificar al Padre, de manera que aún ahí no estaba centrado en Él. La segunda parte, versículos 6 al 19, la vimos la semana anterior, y tenía que ver con una petición o peticiones que Cristo hacía por sus discípulos: quizás aquellos que estaban ahí en su presencia, quizás otros que habían creído a lo largo de su ministerio aquí en la tierra. Y la tercera y última parte, que es la que estamos leyendo y cubriendo hoy, del versículo 20 al 26, donde Jesús claramente dice que estaba orando no solo por estos, los que estaban ahí, sino también por todos aquellos que habrían de creer.
Si tú piensas en esa última frase, "todos aquellos que habrían de creer", eso explica por qué hemos elegido el título: "Orando con el Hijo por la unidad de su iglesia", porque eso es lo que Cristo hace. Ora de manera reiterativa para que aquellos que llegamos a creer, que somos hijos de Dios, que somos hermanos entre nosotros, podamos conocer una unidad que Él califica de manera muy especial. Yo creo que es significativo que cerremos esta serie acerca de la oración, que comenzamos hace ya unos meses atrás, con esta oración de Jesús en el aposento alto antes de ir a Getsemaní y a la Cruz.
Y con eso entonces te invito a que puedas abrir, o leer conmigo, seguir conmigo desde el versículo 20 al 26 de Juan 17:
"Pero no ruego solo por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú me enviaste y que los amaste, tal como me has amado a mí. Padre, quiero que los que me has dado estén también conmigo donde yo estoy, para que vean la gloria que me has dado, porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Oh Padre justo, aunque el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos."
Esta es una oración, un cierre de oración muy significativo, muy especial. Yo quisiera que viéramos tres aspectos de este cierre de oración que Jesús hizo aquella noche. Número uno, que veamos su alcance. Número dos, el propósito de la petición. Y número tres, el deseo de Jesús como nuestra bendición.
Yo quiero iniciar con el alcance, en el versículo 20: "Pero no ruego solo por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos." Antes de morir, Jesús estaba intercediendo por cada futuro creyente. Porque cada persona que en el futuro, hasta que los tiempos culminen, vaya depositando su fe en Jesús, de manera que si eso es verdad, y lo es, entonces esta es una oración por toda la iglesia a lo largo de todos los siglos. Toda la iglesia a lo largo de todos los siglos, de manera que lo creamos nosotros o no, en el aposento alto Jesús estaba orando por ti y por mí. Y eso es una muestra impresionante de su amor incondicional y su preocupación por los suyos, porque no se quedó solamente pensando en estos que Él estaba viendo. Él quiso orar por aquellos que no estaba físicamente viendo, pero que sabía que vendrían al redil.
Ahora, yo no quiero salir de ese versículo sin llamar la atención a una frase que está ahí y que es fácilmente pasada por alto. Escucha otra vez: "Pero no ruego solo por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos." Míralo de esta manera: cuando Jesús ministró y predicó, muchos creyeron en Él por su palabra, por la palabra que Él predicó. Pero ahora Jesús anticipa: yo me voy, ellos se quedan, ellos se quedan con mi palabra, y ahora ellos se supone que deben abrazar la gran comisión. Esta es la gran comisión anticipada. Ellos tendrán que ir por todo el mundo y hacer discípulos de todas las naciones.
Por tanto, Jesús dice: yo estoy orando no solamente por aquellos que han de creer en mí, pero lo estoy englobando también junto con aquellos que ya creyeron y que han de predicar mi palabra. De manera que esta es la forma como lo dice: yo estoy orando por todos los que han de creer en mí por la palabra de ellos, ya no por la mía sino por la suya, la que ellos han conocido, la que ellos han recibido, la que se supone que ahora necesitan enseñar y predicar. Y por eso yo creo que Jesús, de manera indirecta, nos deja ver la responsabilidad que tenemos, porque hay otros que necesitan entrar, y van a entrar por la palabra de nosotros: la que aquí compartamos, la que enseñemos, la que prediquemos. Miren que Jesús está trayendo delante del Padre a aquellos que estarían yendo a cumplir la gran comisión. Miren qué alcance tan extraordinario tiene esta oración.
En segundo lugar, yo quiero que veamos el propósito de la oración. Posiblemente este sea el centro de gravedad de toda esta oración. Te voy a explicar por qué. El versículo 21: "Para que todos sean uno." El versículo 22: "Para que todos sean uno, así como nosotros somos uno." El versículo 23: "Para que sean perfeccionados en unidad." Y el versículo 26, como balance: "Para que ellos sean uno." Antes de morir, Jesús estaba preocupado por la unidad de su iglesia. Esta oración estaba pidiendo no simplemente por unidad, sino por una perfección de la unidad, cuatro veces. En una oración que está apenas horas antes de morir, Cristo le dice cuatro veces al Padre: yo quiero, Dios, yo te pido, yo he venido, yo he hablado, estoy ahora orando para que ellos puedan ser uno.
Yo creo que eso es significativo. Si lo miras de esta forma, con toda probabilidad, con toda seguridad, de todas las oraciones registradas que Cristo hizo —hay múltiples ocasiones de oración en la vida de Cristo, pero el contenido de pocas de estas está registrado— esta está entre las más importantes de todas, y quizás sea la más importante de todas las oraciones que Jesús hizo, dado el momento en que la hizo, ya para cerrar su vida, y dado hasta dónde llega el alcance de esa oración.
Ahora nota, no solamente que Jesús está pidiendo por la unidad de la iglesia, sino la calidad de la unidad: "Para que todos sean uno como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros." La unidad por la que yo te estoy pidiendo, Padre, es una unidad que debe guardar semejanza con la unidad que yo tengo contigo y tú conmigo. La unidad que el Padre y el Hijo tienen es eterna, es infinita, es indivisible. De manera que Jesús está orando por una unidad que debe comenzar ahora, aunque debe extenderse y completarse y perfeccionarse hacia el futuro; debe ser una unidad incapaz de romperse.
Alguien pudiera preguntar: ¿cómo es eso posible cuando nosotros somos tan diferentes? Y la respuesta más lógica y teológica sería: bueno, es que cuando nosotros llegamos a creer en Cristo, nosotros pasamos a estar en Cristo, de manera que si cada creyente está en Cristo, en cierta forma, o en la mejor forma, estamos unidos en Él. Y eso es verdad. De hecho, es la frase "en Cristo" la que motiva posiblemente las palabras del apóstol Pablo en Romanos 8, cuando escribió en los versículos 38 y 39: "Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principios, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo bajo, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios." Escucha: "en Cristo Jesús, Señor nuestro." Esa frase es casi exclusiva de Pablo, con la excepción de Juan, que la usa quizás dos o tres veces; Pablo la usa múltiples veces. De manera que mi unión con Cristo, mirándose al futuro, es eterna e indivisible, porque no hay nada ni nadie que nos pueda separar de Él.
Ahora, Cristo está pidiendo por una unidad que involucra algo que va más allá de lo que acabo de explicar. No es simplemente mi unidad con Cristo lo que le está pidiendo; eso es un hecho. Él está pidiendo por la realidad de que su iglesia pueda reflejar la unidad que ya tenemos en Él. Y tú puedes ver eso en más de una carta. Escucha cómo Pablo le dice a los efesios en el capítulo 4, versículos 2 y 3: "Soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz." De manera que Pablo nos ayuda a ver que es el Espíritu quien crea la unidad, el Espíritu que mora en cada uno de nosotros. Y en esa corta instrucción hay dos verbos que son vitales: Pablo habla de "soportándoos" y "esforzándoos". En otras palabras, tú tienes que soportar las heridas, ofensas, incomodidades o diferencias con tu hermano. Tienes que soportar. Bueno, Pablo sabía que eso no es tan fácil de hacerlo para con algunos hermanos; es más fácil que con otros. Y por eso no dejó solo el "soportar", sino que agregó el "esforzarse". Porque esto cuesta un esfuerzo.
Ahora, Cristo nos deja ver en el mismo versículo claramente la relación que existe entre la unidad que la iglesia exhibe y la credibilidad de su mensaje. Porque cuando Él dice: "Yo quiero que ellos sean uno como tú y yo somos uno, tú en mí y yo en ti", escucha cuál es la razón de eso. ¿Por qué quieres esto? La cláusula que nos explica el propósito: "Para que el mundo crea que tú me enviaste."
La falta de unidad de la iglesia afecta la credibilidad de su mensaje. La unidad es necesaria para que el mundo crea que el Padre envió al Hijo. Si el mundo nos ve involucrados en rencillas, pleitos, contiendas y divisiones, jamás podrá creer el mensaje o, para usar la palabra de Pablo, la palabra de reconciliación que tú y yo queremos compartir con ellos. "Tú me hablas de reconciliación, tú me hablas de mensaje de reconciliación, pero yo veo que ustedes los cristianos, los que se llaman cristianos, no están reconciliados. Por tanto, no puedo creer tu mensaje." Cristo dice: "No, yo quiero que sean uno para que el mundo pueda tener credibilidad en ellos."
Déjame traer esto al día a día. Un cristiano contentioso es una contradicción. No dije un cristiano en desacuerdo; los desacuerdos van a existir y a veces pueden traer buenos resultados, hasta mejores soluciones. Pero un cristiano contentioso es una contradicción. Una iglesia dividida no puede hablar, no debe hablar, de que está en Cristo. Cristo no está dividido. Un cristiano rencilloso puede afectar todo el cuerpo de Cristo de la misma manera que la levadura afecta toda la masa, de la cual Cristo habló refiriéndose a los fariseos.
Una iglesia dividida —ya lo mencioné, pero lo voy a decir de otra manera— afecta la credibilidad de la misión. Y por todo lo que hemos visto hasta aquí, una iglesia dividida afecta la credibilidad de la misión. Una iglesia dividida, escucha, porque lo vamos a ver en el próximo versículo, empaña la gloria que Cristo le ha dado a los hijos de Dios, o a la iglesia, como quiera que lo quiera ver.
Una iglesia dividida empaña la gloria que Cristo nos dio como iglesia, como hijos. Escucha ahora y luego te explico: "La gloria que me diste les he dado." Cristo habla de una gloria, algo que Él llama la gloria. Vamos a explicar qué es lo que Cristo dice que nos fue dado, y con qué propósito. Me encantan las frases que explican los propósitos. Hay algo que Cristo llama "la gloria que me diste les he dado", nos ha dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.
Hay algo que tenemos que identificar todavía: lo que Cristo llama la gloria que nos dio, y que nos dio con un propósito, para que sean uno. Sin eso no lo pueden ser, pero con eso no debería de ser posible que no lo fueran. Las opiniones han abundado desde el siglo III hasta el día de hoy acerca de qué es esa gloria. Yo no voy a entrar en los detalles, pero voy a tratar de explicar cuál entiendo que es la posición más congruente, yendo hacia atrás al siglo III y luego yendo hacia adelante al siglo XIX, cuando J. C. Ryle abraza esta posición también, que a mí me parece la más consistente.
Yo creo, y otros creyeron antes que yo, que cuando Cristo dice "la gloria que me diste yo les he dado, para que sean uno", lo más lógico es que eso se refiere al Espíritu Santo. Ahora tengo que explicar por qué. Por un lado, ya vimos que cuando Pablo le escribe a los efesios, en el capítulo 4, versículos 2 y 3, dice que debemos soportarnos y debemos esforzarnos para mantener la unidad del Espíritu. Claramente nos está diciendo quién es el que crea la unidad: la unidad del Espíritu.
Por otro lado, Cristo me dice: "Yo lo que me diste yo se lo he dado a ellos, para que sean uno." Esa es la unidad. Y somos uno, de acuerdo con Efesios, por el Espíritu. Pero no solamente eso. Cuando Pedro escribe en su primera carta, en el capítulo 4, versículo 14, él llama al Espíritu Santo "el Espíritu de gloria." Ese es uno de esos nombres: el Espíritu de gloria. Yo creo que esa es la gloria a la que Cristo se está refiriendo.
Por otro lado, ahí mismo, en 1 Pedro 4, él nos dice que cuando nosotros soportamos los insultos, el Espíritu de gloria es glorificado en nosotros. Bueno, pues resulta que, pensando en la iglesia, cuando yo soporto las heridas y ofensas de mi hermano, lo puedo hacer por el Espíritu de gloria que vive en mí. Cuando lo hago, mantengo la unidad, para que sean uno; mantengo la unidad de la iglesia, que es exactamente lo que Pablo dice que debemos mantener, y que él llama la unidad del Espíritu. En tercer lugar, cuando yo mantengo la unidad de la iglesia soportando los insultos, las heridas o las ofensas, el Espíritu de gloria es glorificado por mí. Como que tiene sentido, entonces, que Cristo esté hablando del Espíritu de Dios cuando dice "para que sean uno." Realmente es el Espíritu Santo el que permite que tú y yo tengamos la unidad.
Déjame ver si puedo explicarte esto mejor haciendo uso de una ilustración que creo que es apropiada. Usted ha oído que el agua y el aceite no se juntan. De hecho, usted quizás ha dicho: "El Espíritu no me parece; yo y él somos como el agua y el aceite, no nos podemos juntar." Sin embargo, alguien pensó que quería hacer algo con el agua y el aceite y tenía que juntarlas, y agregó un agente emulsivo. Ese agente emulsivo es el huevo. Cuando tú mezclas el aceite de soya con agua y le agregas huevo, eso te da una mayonesa. Hay un agente emulsivo que unió el agua y el aceite, que no se podían mezclar ni juntar, y luce perfectamente unido en la mayonesa.
De manera que el agente emulsivo de la iglesia es el Espíritu de Dios. Cuando tú y yo, que somos tan diferentes en personalidades, en gustos, preferencias, deseos, formas de ver la vida y de reaccionar ante la vida, somos unidos por el agente emulsivo del Espíritu Santo, nos volvemos una mayonesa santa. Tú puedes verlo ahora y ya no hay quien nos separe; tú no puedes separar el agua, el aceite y el huevo que ya están en la mayonesa. De manera que cuando tú estés un poco seco y tu hermano esté un poco molesto, acércate. Déjame darte un toque de mayonesa. Yo creo que esa es una buena ilustración.
Si nosotros no estamos unidos, no podemos estar firmes, y el llamado es estar firmes. La división debilita, y Satanás lo sabe. Nosotros sabemos, a lo largo de los siglos, que la iglesia tiene demasiada oposición afuera como para darnos el lujo de pagar el precio de tener oposición adentro. La oposición de afuera no es tan temible, ¿sabes por qué? Porque una y otra vez, a lo largo de los siglos, cuando la iglesia ha sido perseguida o presionada, los miembros de la iglesia tienden a unirse para resistir la oposición. El problema está cuando la oposición se da desde adentro. Pero cuando viene de afuera, resistimos mejor.
Déjame usar la Palabra de Dios, dejar que la Palabra interprete a la Palabra, para mostrar algunas de las cosas que se dieron en iglesias del pasado y que crearon división. La iglesia de la región de Galacia —se acuerdan que cuando Pablo escribió esa carta dice "a las iglesias de Galacia", era un grupo de iglesias en esa región— se dividió por el judaísmo, o por el legalismo más bien. Había personas que insistían en que para ser salvos necesitaban las obras de la ley; tenían que regresar a ella. Pablo les escribe y debate eso, lo contradice. Pero llega un momento en que él quiere que entiendan qué es lo que va a resolver el problema de su división, aparte de volver a entender el evangelio.
Y él les dice en Gálatas 5:14-15: "Porque toda la ley —usted está discutiendo acerca de la ley, la ley los tiene divididos— en una palabra se cumple en el precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo." Esta es la unidad. Escucha lo que sigue: "Pero si ustedes se muerden y se devoran unos a otros, tengan cuidado, no sea que se consuman unos a otros." En Galacia los hermanos se estaban mordiendo unos a otros. "Si ustedes siguen así, se van a autodestruir." El legalismo es algo que ha dividido a la iglesia. El Espíritu de Dios es contrario a eso.
En Corinto, la iglesia se dividió por inmadurez, inmadurez espiritual. 1 Corintios 3:3: "Porque todavía son carnales. Pues habiendo celos y discusiones entre ustedes, ¿no son carnales y andan como hombres del mundo?" La inmadurez es una causa de división. El Espíritu Santo nos fue dado junto con Su Palabra para poner fin a la inmadurez emocional y espiritual.
En Roma, la iglesia se estaba dividiendo porque algunos hermanos querían guardar el día de reposo de manera especial, y había otros —también hermanos, a los dos grupos Pablo los llama hermanos— que entendían que todos los días eran igualmente santos y querían guardarlos como tales. Y Pablo les dice: no se vayan a dividir por esto. "El que guarda el día de reposo, para el Señor lo guarda; y el que entiende que todos los días son iguales, pues para el Señor lo guarda. Por favor, no estén en esta división."
En Filipos, había dos líderes, mujeres: Síntique y Evodia. Pablo dice que habían luchado junto con él por la causa del evangelio. Eran personas importantes para Pablo. Y parece que la falta de humildad entre ellas dos causó división en la iglesia. En una carta que se leía públicamente, conocida como Filipenses, Pablo las llama con nombre y apellido, por así decirlo. Imagínense que yo viniera hoy aquí y dijera: "Hay dos líderes mujeres, una Evodia aquí y Síntique aquí", y Pablo dice que les pide que se pongan de acuerdo. Incluso Pablo dice: "Y a ti, hermano" —hay alguien que parece que estaba recibiendo la carta— "ayuda a estas dos mujeres a que se pongan de acuerdo, ya que me han sido muy útiles por causa del evangelio." Ese hermano estaba siendo llamado a ser también un agente emulsivo, para unirlas a las dos.
Para resumir, entonces, cómo se logra la unidad: soportándose y esforzándose en amor. Escucha lo que Pablo le escribe a los corintios; lo pongo aquí porque creo que esto es válido para todas las iglesias y para todas las edades. De nuevo, 1 Corintios 1:10: "Les ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos se pongan de acuerdo."
Hermano, si tú no lo quieres hacer por Evodia, por Síntique, yo te ruego entonces que lo hagas por amor al nombre, al nombre del Señor, de su Cristo, y que no haya divisiones entre ustedes, sino que estén enteramente unidos en un mismo sentido y en un mismo parecer. Esta es la clave, o la frase clave: en un mismo sentir y en un mismo parecer. El poder de una iglesia depende de la unidad de sus miembros, y antes de que alguien me diga: "No, pastor, no es así, depende del poder del Espíritu", déjame decirte: no vayas tan rápido. Yo sé que depende del poder del Espíritu, pero no habrá poder del Espíritu si no hay unidad primero.
Déjame mostrarte algo de eso. En Hechos 4:32 dice el texto que la congregación de los que creyeron era de un solo corazón y una sola alma. Un solo corazón y una sola alma: esto es la clave. Yo estoy seguro de que en esa congregación —no sé cuántos había— no todos eran iguales, pensaban igual, tenían los mismos gustos, preferencias y demás. Yo estoy seguro de que no. Pero eran de un solo corazón y de una sola alma. Es decir, el versículo 32 y el versículo 33, inmediatamente después, dicen que con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Cristo. Eran de un solo corazón y de una sola alma; esa unidad permitió que el poder del Espíritu pudiera empoderar a los apóstoles para dar testimonio, para predicar.
Y ahora en esta oración —que es la oración de Cristo— Él está pidiendo al Padre por la unidad de ellos, y la frase que usa es "para que sean uno": una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces en la misma oración. Por eso decía que la división de la iglesia empaña la gloria de Cristo, porque la gloria que Cristo le da a su iglesia es el Espíritu Santo para que sea una. Y Cristo no solamente ora por la unidad de la iglesia, sino por la calidad de esa unidad: "Para que sean uno como tú y yo somos uno." Y luego dice: "Para que sean perfeccionados en unidad." Le está orando por la calidad de la unidad.
Míralo en el versículo 23, cómo lo dice: "Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú me enviaste y que los amaste tal como me has amado a mí." Dos veces, dentro de esas cuatro veces, Cristo dice que de esa unidad depende que el mundo crea que el Padre lo envió. De ella depende la credibilidad del mensaje, la credibilidad de la palabra de reconciliación.
Ahora déjame decirte de qué no estamos hablando cuando hablamos de la unidad del cristiano o de los cristianos. No estamos hablando de que todo el mundo hable igual, tenga los mismos gustos y las mismas preferencias. No estamos hablando de que todo el mundo eduque a sus hijos de la misma manera, ni de que todo el mundo envíe a sus hijos al mismo tipo de colegio o de escuela, o que ore de la misma manera, con las mismas palabras y la misma entonación. No estamos hablando de eso. No estamos hablando de que todo el mundo quiera ser misionero, o pastor, o diácono, o maestro de escuela dominical, o médico, o ingeniero, o financiero, o lo que tú quieras. Tampoco estamos hablando de que cada iglesia deba lucir de la misma manera, o de que todas las iglesias deberán tener solamente una denominación. No tiene nada que ver con eso.
Tampoco estamos hablando de que todas las iglesias deberán tener la misma filosofía ministerial, la misma tipo de gobierno de iglesia, el mismo tipo de canciones o de adoración, o el mismo tipo de pastores. No, tampoco estamos hablando de eso. Estamos hablando más bien de que los hijos de Dios, en quienes se ha formado la imagen de Cristo, puedan reflejar el carácter amoroso, reconciliador, tierno, manso y humilde que nos permita permanecer unidos a pesar de nuestras diferencias: a pesar de nuestras diferencias en filosofía ministerial, en gobierno de iglesia, en estilo de adoración, en personalidad del liderazgo. A pesar de todo eso, podamos permanecer unidos, siempre y cuando nos unamos alrededor de una serie de verdades bíblicas que forman la columna vertebral de la fe cristiana.
Yo no sé si ustedes lo sabían, pero no piensen que todos los predicadores que han venido por su causa a lo largo de los años estamos de acuerdo en todos los puntos doctrinales, porque no es verdad. Y sin embargo, a lo largo de los años hemos permanecido unidos en Cristo, hemos trabajado juntos, hemos predicado juntos, hemos enseñado juntos, hemos hecho sesiones de preguntas y respuestas juntos, nos amamos y seguimos juntos hasta el día de hoy. Recuerda lo que Cristo dijo: "Para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú me enviaste."
La unidad por la que Cristo estaba pidiendo tiene que ver con amar al hermano y estar interesado en el bienestar de tu hermano. Sepa esa palabra: bienestar. Estar interesado en que tu hermano esté bien, y que cada uno tenga el mismo interés por el otro. ¿Ven? Me dirás: ¿qué se supone que esta unidad no permite? No permite que condenes al hermano, que critiques al hermano, que asesines el carácter del hermano, que hieras el carácter del hermano. Porque la razón por la que Cristo quiere que sean perfeccionados en unidad es para que el mundo sepa que el Padre lo envió. E incluso Cristo dice que el mundo pueda entender que, como el Padre amó al Hijo, así el Padre ama también a los demás hijos. Eso me impresionó. Así de vital es la unidad para Cristo.
La unidad por la que Cristo está orando es una unidad que, si fuera lograda, sacudiría el mundo. Y me dirás: "Bueno, ¿por qué esto no va a pasar?" Ya pasó en el siglo I: eran de un solo corazón y de una sola alma, y sacudieron el mundo. Literalmente hablando, déjame leerte de Arístides una apología. Arístides fue un apologista que escribió algo llamado la Apología de Arístides en el siglo II, y tiene un buen número de páginas, algo extenso. Pero escucha este párrafo con relación a los cristianos:
"Se abstienen de toda impureza en espera de la recompensa que ha de venir en el otro mundo. En cuanto a sus siervos o siervas —en cuanto a las personas que trabajan en sus hogares, en cuanto a sus empleados o en cuanto a sus hijos— los persuaden a convertirse en cristianos por el amor que les tienen."
Piénsalo por un momento. ¿Quién tienes como empleado, ya sea en tu casa, en tu oficina o en una finca si tienes una? El instrumento persuasivo, de acuerdo a este apologista, que hacía que los emperadores dijeran "hay que respetar a esta gente, son diferentes", era que la gente trataba a sus siervos y empleados de tal manera que los convencía de que esta fe valía la pena. Y cuando se convertían, los llamaban sin distinción "hermano": "mi hermano, mi hermano", sin distinción. "No adoran a dioses extraños, andan en toda humildad y bondad, y no se halla entre ellos falsedad." De esa unidad es que Cristo estaba hablando.
Nosotros tenemos que pensarnos como hijos de Dios que se supone debemos reflejar algo del carácter de Dios, o de aquello que Dios representa. Me gustó mucho la manera como James Montgomery Boice, en su comentario sobre este texto, habla de estas marcas. Déjame leer del texto. El gozo es la marca del cristiano en su relación consigo mismo. Sí, tú tienes una relación contigo mismo, y puede ser que no te hayas percatado, pero la tienes, porque tú te hablas a ti mismo, te haces preguntas, e incluso tendemos a respondernos las preguntas que nos hacemos nosotros mismos. Boice dice que el gozo tiene que ver con esa relación que tú guardas contigo mismo. La santidad es la marca del cristiano con relación a Dios. La verdad es la marca del cristiano con relación a la Biblia. La misión es la marca del cristiano con relación al mundo. Y la unidad es la marca de la iglesia con relación a sus miembros. Los miembros deberán tener marcas distintivas entre todas estas, pero la unidad debe ser aquella que existe porque somos miembros de la iglesia de Cristo.
Como nos vamos aproximando hacia el final de la oración, déjame recoger rápidamente algunas cosas que involucra toda la oración —nos va a tomar un par de minutos—. Cristo tiene una serie de peticiones por la iglesia, por los creyentes. La primera petición aparece en el versículo 11, donde Él pide que sus discípulos sean guardados del mundo: no que los saque, sino que los guarde del mundo, de las influencias que no los vayan a desviar, que no vayan a sufrir las consecuencias. La segunda petición aparece en el versículo 13: pide para que su gozo fuera completo en ellos, "para que mi gozo sea completo en ellos." El versículo 15 contiene la tercera petición: pide para que sus discípulos sean guardados del maligno. El versículo 17 contiene la cuarta petición: pide por su santificación, "santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad." La quinta petición está en el texto de hoy, el versículo 21: para que ellos sean uno, algo que es repetitivo, como ya hablamos.
Ahora, en los versículos que nos quedan —24, 25 y 26— hay dos peticiones más. Escucha la próxima, el versículo 24: "Padre, quiero" —y esa es una palabra clave: "quiero"— "que los que me has dado estén también conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria, la gloria que me has dado, porque me has amado desde antes de la fundación del mundo."
Lapróxima petición, número seis, tiene que ver con los discípulos: que los que creen en nosotros puedan ver su gloria. Alguien pudiera decir: "Pero Juan dice en Juan 1 de su evangelio: 'Y nosotros vimos su gloria'. ¿Por qué Cristo está pidiendo ahora para que veamos su gloria?" La respuesta es, yo creo que es obvio, que cuando Juan dice "vimos su gloria", él está hablando de una gloria que ellos pudieron ver de una manera muy reducida.
Porque, por un lado, en el monte de la transfiguración —que es probablemente a eso a lo que Juan se estaba refiriendo—, ahí están Juan, Jacobo y Pedro. Jesús se transfiguró, pero dijimos que, a pesar de que su gloria era como brillosa y sus ropas brillaron, Jesús estaba todavía encarnado. Y habíamos dicho que el cuerpo humano de Jesús se veía como un velo para cubrir la gloria de la divinidad, de manera que ellos pudieran ver a Dios cara a cara, hablar con Dios cara a cara, lo cual ni Moisés pudo hacer. Por lo que nadie podía ver la gloria de Dios y vivir; en este caso, Dios les dio la divinidad en la persona de Cristo y podían relacionarse con la divinidad. Eso estaba limitado.
Pero la otra limitación para que ellos pudieran ver la gloria como verdaderamente es, es que ellos mismos eran personas comunes y corrientes, seres humanos. No tenían todavía el grado de glorificación que tendríamos en un futuro, y por tanto su conocimiento estaba limitado, la percepción de lo que pudieran ver y oír estaba limitada, su discernimiento también estaba limitado, porque de este lado de la gloria todo está limitado.
Entonces lo que Jesús está pidiendo es: "Yo quiero que estén conmigo, y cuando estén ahí, que puedan ver mi gloria, que puedan ver lo que nadie ha podido ver todavía." Para que no solamente la puedan ver, a la luz de todo lo que Cristo ha revelado, la Palabra dice que no es una simple visión de su gloria, es una participación en su gloria, de manera que podamos disfrutar todo lo que Cristo es y todo lo que Cristo tiene.
En un futuro —déjame ver si puedo ilustrar esto de una manera práctica—, en un futuro nosotros tendremos una intimidad con Cristo mucho mayor, muy superior a la que los discípulos aquí tuvieron con él en el aposento alto, sin lugar a dudas. Por otro lado, aquellos que vieron sus milagros pudieron ver cuando Cristo sanó a un ciego y, de repente, cobró la vista; cuando sanó a un sordo y, de repente, recobró la audición; cuando sanó a un paralítico y, de repente, pudo caminar. Yo creo que en ese momento dijeron: "¡Wow! ¡Eso es poder! '¡Levántate y anda y comienza a caminar!', treinta y siete años después de estar paralizado."
Pero, ¿sabes qué? Eso ni se compara a lo que tú y yo vamos a decir —"¡Wow!"— cuando nosotros entremos en gloria, entendiendo que Jesús es el agente de la creación, y comencemos a ver mundos sin fin, por así decirlo, de las cosas creadas por el agente de la creación, que no es otro que Cristo Jesús. Y nosotros comencemos a decir: "Verdaderamente, Jesús, 'ojos no habían visto ni oídos habían oído' lo que hoy estoy viendo y oyendo. ¡Esto es poder glorioso!" Porque lo que Juan, y Jacobo, y Pedro vieron era una dimensión solamente terrenal de esa gloria.
Cuando tú y yo entremos en gloria y nos veamos salvos, y veamos a Dios en toda su santidad, de repente yo creo que nosotros vamos a comenzar a sentir: "¡Wow! La verdad que yo era pecaminoso." Yo entiendo que eso fue lo que le pasó a Isaías, que se vio arruinado: "La verdad que yo estaba corrompido verdaderamente." Y yo creo que en ese contraste entre la santidad y el entendimiento que voy a tener de mi pecaminosidad, es que yo voy a comenzar a entender que verdaderamente su bondad, y su perdón, y su gracia, y su misericordia son infinitamente dulces y extraordinarias para haber salvado a alguien como yo.
Y de repente, ahora, la santidad de Dios, en vez de ser como traumática —como lo fue para Isaías y lo sigue siendo para nosotros en cierto sentido—, yo creo que esa santidad entonces nos parecerá hermosa, y adoraremos a Dios en la hermosura de su santidad. Cuando este cuerpo mortal sea removido, yo creo que podremos cantar mucho mejor, con más entendimiento, "Cuán grande es Él". Porque hoy lo cantamos, pero honestamente, creo que no sabemos cuán grande es Él. Nosotros tenemos una idea de cuán grande es Él, pero no sabemos; de verdad que no sabemos.
Cuando nosotros comencemos a entender los misterios de los que Pablo habló, y quizá le dieron entendimiento hasta cierto punto cuando fue al tercer cielo; cuando comencemos a entender misterio tras misterio, vamos a decir: "¡Pero es cierto! La verdad que Pablo tenía razón: '¡Cuán inescrutables son sus juicios, insondables sus caminos!' Es que esta sabiduría..." Mira, ahora yo estoy en gloria, y como soy finito, todavía no acabo de entender toda la sabiduría de Dios, pero vamos a entender mucho más, y el asombro será mucho mayor.
Lo más hermoso es cuando estemos en gloria: podrás ver lo profundo de tu caída, la caída de Adán, de dónde tú estabas, y que Dios te recogió. Y podrás ver todas las vueltas que Dios hizo que el mundo viera en su plan de redención: que tuvo que venir un diluvio en un momento, y luego un Abraham; y tuvo que venir un Moisés, y todos los profetas, y llegamos a Cristo. Y Cristo se encarna, y viene a los apóstoles, y ya pasaron los profetas y ahora vienen pastores y todo el mundo predicando, y gente que ha muerto y derramado su vida y su sangre. Todo eso para llevar a cabo el plan de redención.
Y tú podrás ver tu propia historia y decir: "¡Wow! Que el Señor tuvo que hacer esto y hacer aquello, y unirme a esta persona y a esta otra, y yo me casé con esta persona, y mira lo que resultó, y terminé aquí, y me salvó y me sacó del abismo. La verdad es que grande es su fidelidad. Infinita su fidelidad, extraordinaria su fidelidad." Y habrá quienes digan hoy: "Sus juicios, no sé, los juicios del Señor son severos." Cuando estemos arriba, la verdad que diremos: "Sus juicios son justos." Vamos a decir: "¡Bendita sea la ira y la justicia de Dios! Ahora entendemos."
Y ahora tú vas a poder obedecerle. Obedecerle será un gozo, será tu gozo. No será como someterse a los deseos de la carne; no, es un gozo obedecerle, y le vas a obedecer porque le amas infinitamente también.
La última petición, número siete, versículos 25 y 26: "Oh Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Y yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos."
En otras palabras: "Padre, yo salvé a los que salvé y salvaré a los que salvaré, porque yo quiero que el amor con que tú me amaste esté en ellos también." Esa es la razón. Porque cuando el amor con el que tú me amaste esté en ellos, ellos recibirán todas las bendiciones y todo el reino junto conmigo; serán coherederos conmigo, porque tú me lo diste, porque tú me amaste de esa manera. Jesús está diciendo que él quiere que ese mismo amor que él ha recibido, nosotros lo recibamos.
Ahora piensa en eso un momento, porque yo no sé si eso mueve tu corazón, mueve tu mente. ¿Arrodillarse? ¿Qué? Como el Padre amó al Unigénito, el Padre y el Hijo quieren que yo experimente la misma calidad del mismo amor eterno que el Padre tuvo para con su Hijo Unigénito. ¿Tú te entiendes, no? Y hay algo más que yo quiero que tú veas en la manera en que se enmarca esto.
Cuando Cristo pide por estas últimas cosas —que estén conmigo, que vean mi gloria, que experimenten el mismo amor que yo he experimentado—, oye lo que Cristo dice: "Padre, yo quiero." En Getsemaní, Cristo dice: "Señor, si es tu voluntad, que pase de mí esta copa." Pero aquí él dice: "Señor, yo quiero. Este es mi deseo." Tú no vas a encontrar nunca un deseo que el Hijo haya tenido que el Padre haya negado, de manera que tú puedes contar por seguro que estarás con Él, verás su gloria, y experimentarás el amor eterno, perfecto, indivisible y eterno que el Hijo sintió de parte de su Padre.
¿Te imaginas lo que eso, lo que esa experiencia será? De forma tal que, en esencia, yo creo que cuando el Hijo dice "yo quiero", no estaba diciendo: "Mira, Padre, este es mi deseo voluntario, no sé cuál es el tuyo." No. Yo creo que el Hijo sabía, como parte de la Trinidad, que el deseo del Padre cuando creó era justamente ese: que aquellos que fueron creados a su imagen y semejanza pudieran disfrutar de la misma relación, de la misma calidad del amor intertrinitario que existía desde antes de todos los tiempos. Y por eso el Padre quería un enviado, el Hijo se ofrece como tal. El Hijo viene, pero el Hijo viene con una intención: viene a rescatar lo que se había perdido, para que los perdidos pudieran otra vez disfrutar —o mejor dicho, por primera vez disfrutar— todo aquello que estaba en la mente del Padre cuando quiso crear una raza humana. Y es justamente que vieran su gloria, participaran en su gloria, disfrutaran de su amor, y pudieran ser parte de una sola y gran familia.
Cristo, conociendo eso, dice: "Padre, ese era tu deseo, y ahora, al final de la historia, ese es mi deseo por igual. Yo quiero." Y lo que el Hijo pide, el Padre lo concede. Ya lo pongo por seguro. Pero el Hijo está en gloria a la diestra del Padre hoy y sigue pidiendo, sigue intercediendo. Es extraordinario, pero no por Él, por ti, por mí, para ti y para mí.
Gracias, Señor, por ser tan extraordinario. Un Redentor incomparable, un Hijo que a mí me ha hecho suyo también. Gracias porque a través de tu Espíritu nosotros podemos ser uno, podemos entrar en gloria, participar de ella y sentirnos amados por ti. Gracias porque buscamos con ansias, con anhelos, poder bendecir tu nombre y cantarte y alabarte y decirte Santo, Santo, Santo por el resto de la eternidad.
Danos ahora un resto del día de meditación, donde podamos rumiar mucho mejor, y un resto de la semana donde podamos llevar a la práctica estas cosas que hemos escuchado y visto. Que lo pedimos en Cristo. Su pueblo dice: ¡Bendiciones!
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