IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La oración del apóstol Pablo en Efesios 3 no pide cosas materiales ni soluciones temporales; pide algo de mayor trascendencia: que el creyente sea fortalecido en su hombre interior. Ese hombre interior —la mente, el corazón, la voluntad, la esencia de lo que somos— es el lugar donde se ganan o se pierden las batallas espirituales. Es ahí donde tenemos comunión con Dios, donde revisamos nuestras convicciones, donde el Espíritu nos confronta. Si perdemos la batalla de rodillas, ya perdimos; la derrota fue decretada antes de salir a enfrentar el mundo.
Pablo pide que ese fortalecimiento ocurra conforme a las riquezas de la gloria de Dios, no conforme a nuestra fe débil ni a nuestras oraciones limitadas. Quiere que ocurra algo en nosotros que tenga el tamaño de Dios. Y el propósito de ese fortalecimiento es que seamos arraigados y cimentados en amor, porque la madurez espiritual se mide por nuestra capacidad de amar. Ni los dones del Espíritu ni su fruto tienen valor sin amor. El gozo es el canto del amor; la paz, su descanso; la paciencia, el amor perseverando; el dominio propio, el amor controlándolo todo.
El pastor Núñez cierra con una historia: un mendigo pide diez centavos a un desconocido, solo para descubrir que es su propio padre, quien llevaba años buscándolo para darle todo lo que tenía. Cristo nos busca para llenarnos de su plenitud, y nosotros seguimos mendigando las pobrezas del mundo que llamamos riquezas.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Esta es una carta, como ustedes conocen. Cada carta, incluyendo las que ustedes escriben, tiene un propósito particular. En este caso, esta carta ha sido llamada la carta a la iglesia de Cristo en general, porque hay grandes cosas dichas en ella. De la misma forma que la carta a los Filipenses ha sido llamada la carta del gozo, esta ha sido llamada la carta de la iglesia.
De tal forma que lo que vayamos a leer y exponer es el deseo de Pablo para la iglesia, pero era el deseo de Pablo para cada una de las iglesias. De manera que lo que sea que digamos se alinea con el corazón de Dios, de aquel que originó la iglesia, para cada iglesia local en todas las épocas y en todas las localidades.
La semana pasada nosotros comenzamos viendo una de las oraciones de Pablo, una de las grandes oraciones de Pablo en esta carta, en el capítulo 1. Y titulamos en esta ocasión el mensaje "Orando en grande con el apóstol Pablo". La única razón para decirlo de esa forma fue precisamente por las cosas que Pablo oró; no fueron oraciones cotidianas ni ordinarias. Él oraba por un espíritu de sabiduría y de revelación para que ellos pudieran entender mucho mejor, captar y ganar un mejor entendimiento de todo lo que Cristo es para nosotros.
La idea, dijimos, no era que Dios le concediera un espíritu de revelación para conocer cosas o verdades ocultas que solamente algunos lograban alcanzar, sino que Dios le permitiera entender mejor el contenido y la aplicación de lo que ya Dios había revelado por medio de los profetas y por medio de los apóstoles, ahora en el Nuevo Testamento, para que ellos pudieran comprender y entender todo aquello que Cristo es para nosotros y lo que Cristo significa. Junto con eso, Pablo oró para que los ojos de los efesios y los nuestros fueran iluminados, para que pudiéramos entender la esperanza de nuestro llamamiento, la riqueza de su gloria y el poder que estaba a nuestra disposición. De hecho, la extraordinaria grandeza de su poder para aquellos de nosotros que hemos creído. Esa fue una oración extraordinaria: orando en grande con el apóstol Pablo.
En el día de hoy, quiero que veamos otra de esas oraciones de Pablo. Es una oración distinta, pero es una oración importante y significativa, como nosotros también vamos a ver. En esta ocasión, entonces, el título de mi mensaje es "Orando por madurez espiritual con el apóstol Pablo". Y cuando nosotros podamos exponer el texto, se podrá entender mejor por qué lo denominé de esa manera.
Entonces, en el capítulo 3 de Efesios, comenzando en el versículo 14 hasta el 19: "Por esta causa, pues, doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra". Esa es la invocación de Pablo a la hora de orar. Ahora la petición: "Le ruego que Él les conceda a ustedes, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior". La motivación, ahora: "De manera que Cristo habite por la fe en sus corazones. También ruego que, arraigados y cimentados en amor, ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios".
Hay una invocación, hay una petición y hay una motivación. Pablo comienza el versículo 14 con la misma frase con que comienza el versículo 1 del capítulo 3: "Por esta causa". ¿Cuál es la causa? Cuando tú revisas la carta de Pablo, la causa a la que se está refiriendo es la historia redentora, el plan o el propósito eterno de Dios de reunir a gentiles y judíos en una sola familia, dada la gracia en Cristo Jesús para con nosotros los que hemos creído. De manera que el plan de salvación, la sabiduría y misericordia de Dios en el plan de salvación, ha hecho que el apóstol Pablo doble sus rodillas ante Dios.
Dijimos en esa ocasión que, aunque la posición más común del pueblo judío para orar era la posición de pie, esa posición de rodillas usualmente era usada ante circunstancias especiales, ante una encrucijada o dificultad, o ante una ocasión o una petición que quien estaba orando consideraba de suficiente importancia y peso. Como dijimos la semana pasada, como el caso de Salomón cuando dedicó el templo a Dios. Pablo entiende que lo que está a punto de comunicar, que tiene que ver con el plan de salvación y cosas de sumo peso, tiene la suficiente importancia para doblar sus rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Él nos dice un par de cosas. La primera es que está dirigiendo esta petición al Padre, tal cual Jesús nos enseñó a orar, que oráramos al Padre en su nombre; exactamente eso es lo que Pablo está haciendo. El Padre está ahí, el Hijo también está mencionado, el Espíritu será mencionado: la Trinidad entera está en esta oración. Pablo dice entonces que de ese Padre derivan su nombre todas las familias de la tierra y las familias celestiales.
En un sentido amplio, Pablo está diciendo que todos nosotros, creyentes y no creyentes, y los seres angelicales, derivamos y hemos sido originados a partir de Dios. Pero en un sentido más específico, que es probablemente lo que él tiene en mente aquí, porque esta es la carta de la iglesia, Pablo está hablando de que de ese Padre, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, derivan su nombre tanto judíos como gentiles, todas las naciones, todos los creyentes en todas las épocas y en todas las latitudes, junto con los seres angelicales: todos formamos parte de una misma familia. Probablemente eso es lo que Pablo está diciendo.
Esa es la invocación, y es importante que a la hora de orar yo pueda hacer esa invocación inicial con cierto peso y reverencia, porque me recuerda delante de quién yo estoy, me recuerda dónde yo estoy con relación a Él, me recuerda la seriedad de lo que estoy a punto de hacer, de pedir o de cómo voy a interceder. De manera que las invocaciones en las oraciones que encontramos en la Biblia ninguna de ellas es fortuita o superficial. Pablo se acaba de colocar delante de Dios, de rodillas, para orar por estos efesios.
Segundo, entonces, la petición, el versículo 16: "Le ruego", esto es lo que él va a pedir, "que Él les conceda a ustedes y a nosotros, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior". De manera que la petición es por fortaleza en el hombre interior. La pregunta que surge inmediatamente es: ¿qué es el hombre interior?
Es una frase muy paulina, usada dos, tres, cuatro veces en sus cartas. Y quizás si nos vamos a uno de los pasajes donde Pablo menciona ese hombre interior fuera de esta carta, comenzamos a entender mejor la diferencia entre una cosa y otra. Cuando él escribe a los corintios en su segunda carta, capítulo 4, versículo 16, Pablo les dice: "Por tanto no desfallecemos; antes bien, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día". Hombre exterior, hombre interior. ¿Cuál es el hombre exterior? El cuerpo, aquello que envejece, aquello que se desgasta, aquello que va pereciendo poco a poco. Pablo dice: esa es una realidad. Sin embargo, al mismo tiempo, por lo menos en su caso, él entiende que el hombre interior se va renovando.
La pregunta, otra vez: ¿cuál es el hombre interior? Bueno, en un sentido amplio, en general pudiéramos decir que es la parte no material de nosotros, que es la esencia de lo que yo soy, lo cual necesita ser definido más ampliamente, porque él está pidiendo fortalecimiento ahí y yo necesito entender qué es ese hombre interior. Tiene que ver con el alma, mi alma regenerada; tiene que ver con mi mente, porque la mente no es parte material. No estoy hablando del cerebro, estoy hablando de la mente, esa capacidad de poder pensar; mis emociones, mis deseos, mis convicciones, mi carácter. Tiene que ver con el deseo por las cosas de Dios, tiene que ver con la imagen de Cristo que se ha ido formando. Y algunos pudieran decir: "Bueno, pastor, eso es el proceso de santificación". Bueno, y vale; yo no argumentaría contra eso. Yo he preferido, y ya lo verán, llamarle a esto madurez espiritual.
El hombre interior es la esencia de lo que yo soy, y la esencia de lo que yo soy tiene que ver con mi madurez espiritual, como vamos a ver. Cuando Pablo habla de que por medio del Espíritu seamos fortalecidos en nuestro hombre interior, yo entiendo, y otros también, que Pablo está pidiendo que podamos madurar espiritualmente.
Entonces, con esa idea, déjame decirte que el hombre interior representa la mente del individuo. Y una vez más no dije el cerebro del individuo, sino la mente del individuo. Representa el corazón, no físico, sino el corazón de la persona; representa la voluntad de cada creyente. La mente de la que estoy hablando tiene que ser fortalecida porque es la que es asaltada continuamente por ideas y pensamientos de ira, envidia, resentimiento, orgullo, lujuria, y múltiples otras cosas que son pecaminosas. Esa mente caída necesita ser conquistada por la Palabra de Dios, o de lo contrario la mente conquistará todo mi ser con sus desviaciones. Es la mente la que tiene que llenarse de la revelación de Dios, o de lo contrario se va a llenar de la insensatez del mundo, y más hoy que nosotros estamos llenos de información barata a través de las redes.
Si tú piensas en un niño, un niño es altamente vulnerable porque no es maduro, porque no piensa maduramente.
De hecho, hay una ingenuidad o una inocencia en ese niño que carece de madurez. De esa misma forma, la mente del creyente que no pasa siempre en la revelación de Dios tiene una inmadurez, una incapacidad para ver la vida, procesar la vida, reaccionar ante la vida, diferenciar lo bueno de lo malo, tomar decisiones correctas y todo lo demás. De manera que esa mente tiene que madurar, tiene que ser fortalecida. Una mente infantil espiritualmente es presa fácil de tentaciones, tendencias, corrientes e ideas que parecen atractivas pero que no son de Dios.
Esa mente infantil espiritualmente no tiene conocimiento suficiente de la Palabra de Dios, no ha sido entrenada en la meditación, en la reflexión, en el discernimiento, en la diferenciación de una cosa o de la otra. Alguien decía —no recuerdo si fue Luis o quién lo dijo— que lo más difícil es lograr que el otro piense. Y sin embargo nuestra mente vive llena de pensamientos; pero estaba aludiendo a que piense correctamente, que tome tiempo para reflexionar acerca de lo que está viviendo.
Uno de los pecados más comunes del cristiano es la letargia de la mente. De esto le hablamos a un grupo de líderes de grupos pequeños el viernes en la noche: una mente letárgica es una mente dormida, es una mente anestesiada, es una mente que no entiende su tiempo, no entiende cómo vivir en el tiempo que le ha tocado vivir, es una mente que no crece en el conocimiento de Dios. Y tanto es así que muchas veces, si hablas con esa persona y le dices: "Cuéntame tu testimonio", te cuenta su testimonio de conversión, y cuando pasas de ahí y le preguntas "¿qué más ha hecho Dios en tu vida?", la respuesta es vaga: no está clara, ni siquiera tiene claro qué es lo que ha dejado atrás, cómo ha cambiado, qué es diferente.
Muchas veces esa mente se ha ido formando más conforme a las corrientes, a lo que se publica, a lo que se dice, a los rumores. Es como los gérmenes que se nos pegan cuando caminamos por el mundo; así es el conocimiento que ha ido adquiriendo. Ese hombre interior —esa mente— tiene que ser fortalecido, porque ella funciona junto con la conciencia. Y el corazón también es parte de ese hombre interior que tiene que ser reforzado.
Los deseos del corazón están continuamente haciéndonos perder la batalla. El corazón vive enamorado de lo que el mundo ofrece, y hasta que el corazón del hombre no sea capturado y conquistado por el carácter de Dios, no ganará sus batallas. Mi corazón, con sus deseos, necesita ser capturado por el carácter de Dios, y luego conquistado por ese mismo carácter, para yo poder ganar mis batallas. Mi mente necesita conocer a Dios para que mi corazón pueda desear a Dios.
Cuando un cristiano tiene dificultad para vencer sus deseos de manera repetitiva —todos hemos tenido esa batalla y todos hemos fallado en alguna ocasión en ella—, hay una sola explicación: hay un corazón que late con poca fuerza por las cosas de Dios, y por eso pierde la batalla una y otra vez. La mente, parte del hombre interior, necesita ser fortalecida; el corazón necesita ser fortalecido; y la voluntad también necesita ser fortalecida. La voluntad es libertada de la pena o de la esclavitud del pecado el día que tú naces de nuevo, pero luego hay una lucha, y la voluntad necesita ser libertada del poder del pecado, de la influencia que el pecado ejerce sobre nosotros. Por tanto, esa voluntad, que forma parte del hombre interior, necesita ser fortalecida también.
La mente, con su forma de pensar, y el corazón, con su forma de desear o de imaginar, son los que mueven la voluntad. Y el problema de una voluntad débil es un problema de la mente y del corazón. Nosotros hacemos lo que amamos; esa es la realidad.
Pablo, en vez de pedir que Dios le conceda una petición material en medio de una necesidad temporal, lo que dice es —como si le estuviera hablando a su hermano—: "Yo no voy a emplear mi tiempo en pedir por cosas materiales. Ya yo sé que Dios se las va a dar por añadidura. Yo voy a emplear mi tiempo, el tiempo que tenga, en pedir cosas que sean de mayor trascendencia, de mayor bendición, y el resto lo voy a dejar como añadiduras de Dios." Yo estoy pidiendo ahora, dice Pablo, por un hombre interior fortalecido.
La pregunta es: ¿cuál es la importancia de ese hombre interior fortalecido? Ya te mencioné algunas cosas, pero todavía voy a empujarlo un poco más. En momentos de crisis, en momentos de dificultad, en momentos de turbulencia en tu vida —que ya te llegaron, o te van a llegar, o que estás en medio de ellos—, tu hombre interior es el lugar donde tú te retiras. Es en tu hombre interior donde tienes comunión con Dios. Es en tu interior donde revisas tus convicciones, tus deseos, tus pasiones, los comparas, te convences a ti mismo de que hay una discrepancia, y si tu hombre interior está fortalecido, tú usas tu mente, tu corazón y tu voluntad para decirle a tus deseos: "Entiendo que lo quieres, pero no puedes; esto es lo que debes hacer." Eso está en el hombre interior.
Es en el hombre interior donde el Espíritu de Dios te da convicción de pecado, donde Dios te convence de hacer Su voluntad. Ahí es donde yo soy confrontado. Es en el hombre interior donde yo necesito ganar mis batallas. Cuando me arrodillo —pensando en Pablo arrodillándose a pedir por algo—, es en el hombre interior donde tengo que ganar mis batallas antes de ponerme en pie. Tú puedes dar por sentado que vas a ganar tu batalla cuando vayas a vivir allá afuera con las pasiones del hombre exterior, pero si pierdes la batalla en el hombre interior, ahí de rodillas, ya perdiste la batalla. Ya ni siquiera tienes que salir; date por muerto, la batalla se perdió, la derrota ya fue decretada.
Yo he estado ahí, yo sé lo que es. Me lo hablan en Romanos 6 y 7: esa lucha que a veces lo lleva a uno a hacer cosas que no quiere hacer. La enseñanza es que ahí, en el hombre interior, es donde ustedes y yo nos damos a ser fortalecidos. Ese fue y sigue siendo el secreto de los que han podido soportar las peores crisis, aun en medio de la tribulación. Esos hombres y mujeres que fueron fortalecidos por Dios en su hombre interior, Dios los hizo inconquistables.
Ese es el Daniel que dice: "Si me quieren tirar al foso de los leones, al foso voy, pero no voy a doblar mi brazo para ofender a Dios." Ese es el hombre interior en los tres amigos de Daniel, que dijeron: "Rey, no te vamos a adorar. Si nos tiran al horno de fuego, nuestro Dios es capaz de librarnos, y si no, tampoco vamos a adorar a esta bestia que tú quieres que adoremos."
El hombre que no conoce a Dios ni siquiera sabe que tiene un hombre interior; nunca ha oído ese término. Él tiene un hombre interior que está deshecho, pero ni siquiera lo sabe. En ese sentido, es como si no lo tuviera. Él no puede retirarse a ese lugar a tener comunión con nadie, porque no tiene a alguien. No puede retirarse a ese lugar a comparar sus convicciones con lo que está enfrentando, porque las convicciones que tiene son opiniones cambiantes que ha abrazado a lo largo de su vida.
A este hombre inconverso, lo único que él conoce es la idea del hombre exterior, y al hombre exterior le llama mucho la atención la posición, la riqueza, el poder, aquello que brilla, los placeres, el reconocimiento público. Eso es lo que ha cultivado, eso es lo que él ve, eso es lo que le da brillo. Pero el cristiano que tiene una idea clara, por su Palabra, de lo que es el hombre interior, Pablo dice en esta oración: "Yo oro para que tú seas fortalecido en el hombre interior." Es ahí donde tú decides vivir por fe y no por vista. El hombre que no conoce a Dios vive por vista y no por fe. Para él cuenta lo que ve, lo que está en papel, lo que está firmado, o el efectivo que tiene en mano; eso es lo que cuenta, o la posición que le han otorgado.
El apóstol Pablo cultivó esa vida; pasó por las peores vicisitudes, como bien la conocen: latigazos, golpes con vara, prisionero continuamente. Pero el único daño que Pablo sufrió en todas esas experiencias lo tuvo en el hombre exterior; más nada. En cada una de esas experiencias, su hombre interior fue fortalecido. Es a eso que Pablo se está refiriendo cuando dice: "Todos los días, en el hombre exterior nos vamos desgastando, va decayendo; pero todos los días, en mi hombre interior, yo —nosotros— somos fortalecidos o transformados."
Una observación más de la petición: notaste que el instrumento del fortalecimiento es el Espíritu Santo. Y la próxima observación —porque esto es un solo versículo, pero es un versículo que, como dirían en inglés, es pregnant with meaning, preñado de significado—: el instrumento es el Espíritu. De manera que esto no es algo que yo hago; yo no fortalezco mi hombre interior. Hay disciplinas espirituales que yo necesito, pero no es eso lo que lo hace; es el Espíritu de Dios el que lo hace.
Pero recuerda algo más que está en el texto: Pablo pide que ese fortalecimiento ocurra conforme a Sus riquezas en gloria. Que a la hora de que el Espíritu trabaje y fortalezca mi hombre interior, el Espíritu lo haga conforme a todo lo que Dios tiene a Su disposición para lograr ese trabajo en mí.
Nota que Pablo no dice "el Señor fortalézlo conforme a la frecuencia de sus oraciones". Pablo sabe que no oramos suficiente. Tampoco dice "fortalézlo conforme a la profundidad de sus oraciones". Pablo sabe que no sabemos cómo orar. Pablo tampoco dice "fortalézlo conforme al tamaño de sus oraciones". No, Pablo entiende perfectamente bien que nuestras oraciones tienen el tamaño del hombre. Pablo quiere que ocurra algo en mí, en mi interior, que tiene el tamaño de Dios: conforme a tus riquezas en gloria.
Pablo no pide que nos fortalezcan conforme a nuestra fe, porque Pablo sabe que nuestra fe es muy débil. No pide que ese fortalecimiento ocurra conforme a algo nuestro, que es muy limitado. No, Pablo está diciendo: "Señor, conforme a lo que tú eres en tu ser, dale a estos efesios y al resto de tus hijos lo que necesitan en su interior, conforme a la abundancia de lo que tú tienes en ti, que forma parte de tu carácter, que son tus riquezas en gloria."
Esto es enorme, porque todo esto es ilimitado. Sus riquezas en gloria —hablamos un poco la semana pasada— tienen que ver con su gracia, su sabiduría, su santidad, su poder, su voluntad. Pablo dice: cuando vayas a hacer algo por medio de tu Espíritu, hazlo conforme a eso. Imagínate que yo sea multimillonario en grado extremo y tú me dices: "Pastor, le estoy pidiendo que haga una donación conforme a su riqueza." Estás pidiendo una donación grande. Pues bien, Pablo está diciendo: conforme a las riquezas infinitas de Dios, haz un trabajo en tus hijos.
¿Cuál sería el resultado de eso? Sería un hombre o una mujer cuya única motivación de vida sería Dios, su gloria y sus propósitos. Sería un Cristo, sería un Pablo, que no tenía la naturaleza divina. Ese sería el resultado. Es por eso que vale la pena estar pidiendo eso; esa es la petición.
Entonces, la invocación la vimos, la petición terminamos de ver. Quiero que veamos ahora la motivación de la oración como tercer y último punto, los versículos 17 al 19. "De manera que" introduce el resto del pasaje. Esta es la intención: "Cristo habite por la fe en sus corazones. También ruego que, arraigados y cimentados en amor, ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios."
La frase "que Cristo habite en vuestros corazones" puede parecer extraña, porque son creyentes. Pero la palabra traducida como "morar" en el original es *katoikeo*, que tiene que ver, más que con simplemente vivir, con residir de manera agradada y complacida. De manera que lo que Pablo parece estar pidiendo es que, ya que Cristo mora en ellos, su estilo de vida y su motivación para vivir sean tales que complazcan y agraden al Cristo que mora en ellos. Es más la calidad de la morada de Cristo que la cantidad, por así decirlo.
Porque es posible —y creo que muchas veces ocurre— que Cristo more en el creyente sin estar necesariamente complacido con su estilo de vida. Yo creo que Pablo está pidiendo que Dios fortalezca a los efesios, y a nosotros, en el hombre interior, para que al vivir la vida cristiana con ese hombre interior fortalecido, Cristo resida en nosotros de manera complacida. Y que entonces, con ese hombre interior fortalecido, seamos arraigados y cimentados en amor.
Si tú revisas la carta de Pablo —lo cual yo, para este estudio, volví a hacer de diferentes formas— vas a descubrir el sitio enorme, exclusivo de hecho, que Pablo le da a la capacidad de amar. De hecho, la madurez espiritual en la teología paulina es medida por tu capacidad y mi capacidad para amar. En 1 Corintios 12 y 14, Pablo habla de todos los dones del Espíritu: dones de profecía, de sanación, de sabiduría, de revelación. Y luego, en el capítulo 13, Pablo dice: "¿Pues sabes qué? Todos esos dones, qué extraordinarios, pero van a pasar." Y concluye hacia el final diciendo: "Pero ahora van a permanecer tres: la fe, la esperanza y el amor."
Eso lo recordamos. Lo que quizás recordamos menos es que Pablo concluye el versículo diciendo: "Pero el mayor de ellos es el amor." Primero, todos estos dones van a pasar, pero van a quedar tres: la fe, la esperanza y el amor. Y de esos tres, el mayor es el amor. Pablo coloca la capacidad de amar —obviamente el amor *ágape*, incondicional— por encima de la fe. No solamente en ese versículo, sino que anteriormente, en 1 Corintios 13, dice: "Si tú tienes fe para mover una montaña y no tienes amor, tú no eres nada; es como si no tuvieras ninguna fe."
De hecho, Pablo dice que si yo tengo todos esos dones, que puedo predicar, que puedo profetizar, pero no tengo amor, oye lo que Pablo dice: eres como un metal que resuena o un címbalo que retiñe. Déjame platanarlo en buen dominicano. Si tú subes para acá hoy y predicas un sermón extraordinario, exegéticamente sólido, con excelente oratoria, con excelente secuencia de ideas, de puntos, de aplicaciones, y cuando bajas allá abajo vas mal con una oveja, ese domingo lo que hiciste te va a decir lo que eres. Eso es lo que Pablo diría: fuiste un metal que resuena o un címbalo que retiñe.
De hecho, Pablo dice un par de versículos más abajo: no importa lo que tengas o lo que poseas; sin amor, escucha esta cita de Pablo, "de nada aprovecha." Ni los dones del Espíritu tienen valor en ausencia del amor, ni el fruto del Espíritu tiene valor en ausencia del amor.
Donald Barnhouse fue el pastor de la iglesia presbiteriana de Filadelfia, una iglesia con una larga historia de grandes predicadores. Su sucesor fue James Montgomery Boice, y después de que Boice murió en el año 2000, han pasado varios predicadores, incluyendo a Philip Ryken, que está ahora como presidente del Wheaton College. Barnhouse escribió acerca del amor como la zapata de cada uno de los frutos del Espíritu. Revisemos el fruto del Espíritu para luego decirte la conexión que Barnhouse hace con el amor. El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.
Entonces, escucha ahora a Barnhouse. El gozo es el canto del amor. La paz es el descanso del amor. La paciencia es el amor perseverando. ¿No te gusta eso? La benignidad es el toque del amor. La bondad es el carácter del amor. La fidelidad es el hábito del amor. La mansedumbre también es parte del carácter del amor. Y escucha esto: el dominio propio es el amor controlándolo todo. El dominio propio es el amor que controla lo que vas a decir. El dominio propio es el amor que controla lo que vas a hacer. El dominio propio es el amor controlando tus pensamientos de ira, de resentimiento, de venganza.
De manera que ninguno de los frutos del Espíritu es algo sin el amor, y ninguno de los dones del Espíritu tiene valor sin el amor. Una iglesia llena del amor de Dios es una iglesia madura. Una iglesia llena del amor de Dios es una iglesia donde la división no ocurre, ni corre el chisme, ni corre el espíritu de crítica y mucho menos de condenación. Una iglesia madura es una iglesia que puede amar incluso al hermano que tropezó y cayó, que puede restaurarlo y no solamente que puede restaurarlo, sino que quiere restaurarlo.
La madurez cristiana, a la luz de la revelación de Dios, está directamente relacionada a mi capacidad de amar. De hecho, los dos más grandes mandamientos —otra vez lo voy a repetir— están directamente relacionados a mi capacidad de amar a Dios sobre todas las cosas y a mi capacidad de amar al prójimo como a mí mismo, como el segundo y más grande mandamiento. De manera que cuando yo no amo, estoy en violación del primero y del segundo mandamiento de la ley de Dios.
Es por eso que Pablo está pidiendo que ellos sean arraigados y cimentados en amor, porque Pablo entiende que la salud de una iglesia depende de la profundidad y la calidad del amor entre los miembros de la iglesia. Dios entiende que la zapata de todo edificio —en este caso, la zapata del edificio de la iglesia que somos nosotros— está, o tiene que estar, arraigada en el amor. Imagínate el amor como un terreno donde vas a sembrar; nosotros intentamos echar raíces profundas en el terreno del amor. Cuando Pablo dice "arraigados", es una expresión que se ve mejor desde la agricultura. La otra metáfora que aparece es cuando Pablo dice "cimentados", que otras traducciones dicen "edificados" o "levantados en amor", una palabra que tiene que ver con algo que se levanta. Pablo dice: yo quiero que ellos sean arraigados —hacia abajo— y levantados —hacia arriba— en amor.
¿Y qué se requiere para eso, según Pablo? Bueno, que ustedes, versículo 18, sean capaces. Esta es la manera como eso se logra: "Que ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento." Pablo está pidiendo por una mayor comprensión del amor de Cristo. Pablo sabe que el amor de Cristo es infinito, que no lo podemos comprender completamente. Pero él ha llegado a un nivel de entendimiento del amor de Cristo por él que puede escribirle a los corintios en su segunda carta y decirles: "El amor de Cristo me constriñe" —Reina Valera 1960— o "El amor de Cristo me impulsa" —Reina Valera 2015.
El amor de Cristo me controla, es quien me dirige, me frena, me impulsa, me controla. Nueva Traducción Viviente: "El amor de Cristo me obliga." Nueva Versión Internacional: me obliga a vivir como yo vivo. Es como que Pablo está diciendo: el amor de Cristo no ha dejado ninguna otra opción, porque me controla, que no sea vivir la vida que estoy viviendo. El amor de Cristo está tan extraordinario en la vida de Pablo, que Pablo estuvo dispuesto a amar incluso a sus enemigos, hasta el punto de que prefería ser condenado con tal de que los perdidos llegaran a conocer la salvación.
Me encanta cómo la paráfrasis de The Message, de Eugene Peterson, lo pone en inglés —no está en español, hasta donde yo sé—. Pero él dice, parafraseando de esta forma: "Su amor tiene la primera y la última palabra en todo lo que hago." Eso es similar a que me controla, me gobierna, me obliga. Pablo está diciendo: el amor de Cristo tiene la primera y la última palabra en todo lo que yo hago y en todo lo que no hago.
Entonces él describe el amor de Cristo en cuatro dimensiones. Y a decir verdad, nadie está pensando que Pablo tenía con cada dimensión una idea exacta de qué era lo que debíamos entender, sino que él estaba tratando de decir: el amor de Cristo es infinito, tan grande y dimensional, que estas cuatro dimensiones nos sirven para imaginar qué cosa pudiera estar detrás de estas palabras. Quizás, si tú piensas en la anchura del amor de Cristo, es un ancho que puede abarcar a judíos y gentiles, en todas las épocas, en todas las localidades, ricos y pobres, blancos y negros, educados y no educados, gente sofisticada y gente simple, gente muy inteligente y gente no tan inteligente. Así de ancho es el amor de Dios.
Podemos pensar también en la longitud. Podemos imaginar un poco esa longitud hacia atrás: el amor de Dios es eterno, desde allá atrás me ha amado, y el Señor dice que me va a amar hasta la eternidad futura. Así de largo es el amor de Dios: de la eternidad pasada a la eternidad futura, no va a terminar, no tuvo comienzo. Dios me ha amado desde antes de que yo pudiera existir.
Quizás las últimas dos dimensiones son las que más me atraen la imaginación. La profundidad del amor de Dios, porque es esa profundidad —ese moverse hacia abajo— lo que movió a Cristo desde la gloria hasta la vergüenza, hasta los lugares más bajos, para redimirnos. "De tal manera amó Dios al mundo que entregó a su Hijo", desde la gloria hasta la vergüenza de los hombres. En la tierra, Dios entró en su Hijo; el Hijo entró en su vida, en la Cruz. Fue el amor de Cristo lo que lo sostuvo en la Cruz, no los clavos. El amor de Cristo lo llevó a derramar sangre, de manera que con su sangre pudiera pagar la deuda que tú y yo habíamos contraído con nuestro pecado. Me justificó. El amor de Dios trajo al Hijo aquí abajo: esa es la profundidad de su amor.
Y la siguiente dimensión —pensando imaginativamente otra vez—, la altura del amor de Dios, es la que toma al pecador arrepentido desde aquí abajo y lo lleva hasta la altura de su trono. ¡Vaya! Escucha cómo Juan lo entendió. En su primera carta, capítulo 3, versículos 1 y 2, miren qué grande es el amor que el Padre nos ha otorgado. Juan también quiere que yo entienda el amor de Dios. "Miren qué gran amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios, y eso somos." Eso es versículo uno, y ya eso es extraordinario.
El versículo dos dice: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es." Entonces esto me hizo repensar: la profundidad del amor de Dios trajo al Hijo de Dios, con imagen de Dios plena y perfecta, hasta aquí abajo, y lo hizo semejante al hombre, a nosotros. Y la altura del amor de Dios va a tomar al hombre, con una imagen de Dios distorsionada, y lo va a llevar hasta allá arriba para darle la imagen de Cristo, en quien mora la plenitud de Dios.
¿Entienden? La profundidad del amor de Dios trae a Cristo y lo hace semejante a nosotros. La altura del amor de Dios toma al hombre como nosotros y lo hace semejante al Hijo de Dios, en quien mora la plenitud de Dios. Juan dice: tú debes saber que así es el amor de Dios. A. W. Tozer lo decía de esta forma: "Como Dios es eterno, su amor no tuvo comienzo; su amor tampoco tiene fin. Porque Dios es infinito y no conoce límites. Porque Dios es santo, su amor es el ejemplo perfecto de pureza. Porque Dios es inmenso, su amor es incomprensible."
Muchas veces nosotros —bueno, quizás casi siempre o siempre— amamos lo que nos atrae, lo que nos beneficia, lo que nos hace bien. Pero Dios me encuentra en miserias y pecado y me ama así de deformado como el pecado lo había logrado. Él nos amó voluntariamente, no por lo que éramos, sino por lo que habríamos de llegar a ser. Es su amor incomprensible.
Si tú piensas en la oración de Pablo, no hay nada trivial, no hay nada ordinario, no hay nada cotidiano en ese amor. Pablo, de nuevo, no va a perder tiempo pidiendo por cosas materiales para los efesios. Cuando ellos tengan esto, cuando Dios desarrolle aquello en ellos, el resto de lo que él pide vendría por añadidura. Ahora bien, estamos desarrollando la motivación de la oración en esta última parte. Pero cuando tú llegas al final, cuando alguien dice: "¿Ok, cuál es tu punto? Como que te estás tardando mucho en dar la explicación, ¿cuál es tu punto?", es como si le dijéramos: "Pablo, ¿ok? Ya gastaste mucho tiempo en descifrar esto."
Entonces Pablo dice, como lo expresa el versículo 19: "¿Para qué?" Es una cláusula de propósito: "Para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios." ¿Qué? Pablo dice: lo que estoy hablando es que Dios toma sus riquezas en gloria y comienza a hacer un trabajo en su hombre interior, de transformación, de tal manera que usted llega a comprender el amor de Cristo, que a mí me construye, me empuja, me obliga. Cuando eso ocurra, tú descubrirás que habrás sido llenado de toda la plenitud de Dios.
¿Pablo está diciendo que serás infinito como Dios? No. Lo que está diciendo es: de todo eso que Dios es, Él te ha llenado de poder, de sabiduría, de gracia, de misericordia, de amor, de determinación, de discernimiento; de todo eso que Él es, ya te ha llenado de todo eso. Y como eso se manifiesta en tu madurez espiritual es con una capacidad para amar como la que Cristo tuvo y, en el caso de Pablo, como la que Pablo exhibió.
La palabra traducida como "plenitud", la plenitud de Dios, es *plerón* en el texto original, y tiene que ver con ser dominados. Si tú dices que alguien estaba lleno de ira, está dominado por la ira. En este caso Pablo está diciendo: yo quiero que esa transformación en el hombre interior ocurra de tal forma que ustedes sean dominados por Dios. Como él dice que el amor de Cristo lo controla, lo empuja, lo obliga: dominado. La persona dominada completamente por los deseos de Dios y las cosas de Dios está *plena* de Dios.
En manos de Dios están las riquezas de su gloria, y nosotros vivimos deseando las pobrezas del mundo que llamamos riquezas. Y es como esta ilustración que voy a describir —es una historia real—: este hombre se perdió cuando era niño, y un día iba caminando por una de las calles y vio a un señor como cualquier otro. Lo tocó en el codo y le dijo: "Señor, ¿usted me podría dar 10 centavos?", en los tiempos en que 10 centavos era algo. Tan pronto el señor se volteó, giró la cara para ver quién le estaba pidiendo, el pordiosero se percató de que era su propio padre. Y el pordiosero exclamó: "¡Padre, padre, me reconoces!" Y tirando sus brazos sobre el pordiosero, con lágrimas en los ojos, el padre dijo: "¡Oh, hijo mío, te he encontrado! ¿Tú qué eres, 10 centavos? Todo lo que tengo es tuyo."
"Padre, yo he estado mendigando en las calles por 18 años, y tú me has estado buscando para darme todo cuanto tienes." Cristo te ha estado buscando por todo este tiempo para darte todo lo que Él es, todo lo que Él posee, y nosotros seguimos mendigando por las calles las pobrezas del mundo que llamamos riquezas. Y Cristo dice: "No entiendo el intercambio. Yo logré un glorioso intercambio en la Cruz, de mi vida por la tuya, y no entiendo el intercambio tuyo de mis riquezas por las pobrezas del mundo. No entiendo."
La oración de Pablo, mi oración, es que nosotros dejemos de mendigar por las cosas que el mundo nos ofrece y decidamos, de una vez por todas, abrazar las riquezas en gloria para fortalecer nuestro mundo interior. Escucha dos, tres, cuatro ilustraciones de lo que Dios quiere darte, porque yo ni siquiera puedo acabar la lista. Dios quiere darme su mente para pensar. Dios quiere darme su corazón para sentir. Dios quiere darme su sabiduría para discernir. Dios quiere darme su voluntad para caminar. Dios quiere darme su santidad para librarme del poder del pecado, ese pecado que me sofoca. Dios quiere darme su gracia y su favor para vivir su propósito con gozo. Yo no puedo vivir su propósito con gozo sin su gracia y su favor. Y cuando eso ocurra, tú y yo estaremos llenos de la plenitud de Dios.
Dios anda buscándonos para llenarnos, y nosotros estamos como corriendo de la fuente que puede llenarnos, siguiendo tras cisternas agrietadas que, si acaso existen, son cisternas agrietadas que no retienen agua. Y Pablo está consciente de eso.
Pablo ha vivido en el mundo. Habló teniendo una idea de cómo vive la humanidad, habló teniendo una idea de cómo vivían los creyentes de la iglesia de Corinto, de la iglesia de Filipos, de la iglesia de Éfeso. Y Pablo dice: "Yo sé, yo he oído de su fe, yo he oído de esto, pero saben que todavía hay mucho trabajo que hacer en su hombre interior." Es un trabajo del Espíritu de Dios, quien tiene riquezas en gloria. Y cuando tú llegues a comprender el amor de Cristo, estarás arraigado y cimentado en amor, y cuando llegues ahí, entonces tú podrás estar lleno de toda la plenitud de Dios, porque el amor es como la marca final de que tu madurez ha llegado donde tenía que llegar.
Nada de tus habilidades, dones, talentos y fruto del mismo Espíritu son nada sin tu capacidad para amar. Y Cristo fue a la cruz justamente para eso. Hermanos, lo único que tenemos es Cristo. ¿Saben por qué? Porque todo lo que está fuera de Cristo, yo no lo tengo. Yo lo puedo tener en mis manos, en la cuenta del banco, pero cuando yo me vaya, se queda. Por tanto, yo no lo tengo. Todo lo que yo verdaderamente poseo, lo poseo en Cristo, en quien yo estoy. Por tanto, Cristo basta. Cristo es suficiente. Cristo es todo lo que ya necesito.
Padre, te damos gracias porque todo lo que yo tengo está en Cristo, y es con Cristo que me voy a encontrar cuando yo parta de este mundo. Gracias por haberme colocado en Cristo. Gracias por salvarme en Cristo. Ayúdame ahora a vivir en Cristo por el poder de Su Espíritu. Fortalece mi hombre interior con todo lo que hemos mencionado, para que, al igual que Pablo, yo pueda decir: "El amor de Cristo me empuja, me constriñe, me obliga, me deleita. Es lo primero y lo último en todo lo que hago." Y que del amor de Cristo, derramado en mí y que me desborda, yo pueda amar, y que para otros pueda ser de bendición y de testimonio de que finalmente alcancé la madurez que me faltaba en Cristo. Amén, bendiciones.
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