Integridad y Sabiduria
Sermones

Orando con el maestro (parte 1)

Miguel Núñez 5 junio, 2022

La oración que Jesús enseñó a sus discípulos no es un simple formulario para repetir, sino un modelo que revela cómo acercarse a Dios. Comienza con una verdad transformadora: podemos llamar a Dios "Padre". En el Antiguo Testamento, nadie se atrevía a dirigirse a Dios de manera tan personal; era considerado una osadía. Pero Cristo introduce algo nuevo: la palabra aramea "Abba", que implica cercanía, intimidad, como decir "papá". Al mismo tiempo, la frase "que estás en los cielos" equilibra esa familiaridad con reverencia, recordándonos que este Padre cercano es también el Dios trascendente, alto y sublime.

Las primeras tres peticiones del Padrenuestro no tienen que ver con nuestras necesidades, sino con el honor de Dios. "Santificado sea tu nombre" significa pedir que nuestra vida —pensamientos, palabras y acciones— nunca profane la reputación de Dios, sino que la refleje. El nombre de Dios habla de su carácter, su esencia; cuando el pueblo de Israel lo deshonró entre las naciones, Dios mismo juró reivindicarlo. "Venga tu reino" implica que el señorío de Cristo se expanda en nuestro corazón, que cada área de nuestra vida quede bajo su gobierno. Y "hágase tu voluntad" nos llama a buscar activamente lo que Dios ordena y a someternos pacientemente a lo que Él permite.

Si la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, ¿por qué nos resistimos tanto? Como señala el pastor Núñez, cada acto de desobediencia es obediencia a otra voluntad, frecuentemente la nuestra. Orar conforme a este modelo es aprender a vivir para el honor de nuestro Padre celestial.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bueno, la semana pasada iniciamos una nueva serie. A partir de hoy, de manera natural, estamos continuando con ella. Y esta vez hemos titulado el mensaje "Orando con el Maestro", todo en mayúscula esa palabra, porque estamos orando con Cristo. Estábamos estudiando la oración que todos nosotros conocemos como el Padre Nuestro; en inglés es más conocida como "The Lord's Prayer", o la oración del Señor. En realidad, esta no es la oración del Señor, sino la oración de los discípulos, porque en la misma oración se habla de que nos perdone nuestras deudas, y Cristo no tenía deudas que necesitaran ser perdonadas. Pero así se conoce. Esta es una de las oraciones, o quizás la oración más conocida y más famosa en toda la historia de la cristiandad y, de hecho, de toda la historia redentora.

Para Martín Lutero, esta es la mejor oración que jamás haya llegado a la tierra, o que cualquiera pudo haber pensado. Para Calvino, en el Padre Nuestro, el unigénito de Dios suple las palabras para nuestros labios, de manera que nuestra mente no tenga que estar divagando. Ha habido una serie de citas dichas y escritas por diferentes teólogos del pasado. Mi cita favorita es la del teólogo puritano Thomas Watson, que dice: "La excelencia de esta oración está relacionada a la dignidad del autor." Watson agrega: "Una obra tiene el elogio de su artífice, y esta oración tiene el elogio de su autor." De la misma manera que la ley moral de Dios fue escrita con el dedo de Dios —los Diez Mandamientos—, de esa forma esta oración salió de los labios del Hijo de Dios.

A lo largo de los siglos, múltiples libros han sido escritos y múltiples sermones han sido predicados sobre esta oración. De hecho, múltiples libros se siguen escribiendo acerca de ella. Hace apenas tres años, el Dr. Al Mohler publicó un libro que tituló, en español, algo así como "La oración que voltea al mundo patas para arriba." Apenas hace unos días salió el libro de Kevin DeYoung, que yo tuve la oportunidad de endosar, y su título es simplemente "The Lord's Prayer", o la oración del Señor, con el subtítulo: "Aprendiendo de Jesús el porqué, el qué y el cómo orar."

Esta oración ha ganado su nombre, no por lo extensa que es, no por lo sofisticado de su lenguaje, sino únicamente por las grandes verdades que comunica en poco tiempo, en pocas palabras, en contraposición a las largas oraciones y palabras vacías de los gentiles. De hecho, Cristo les dio a los discípulos esta oración sencilla y corta, inmediatamente después de haberles enseñado lo siguiente: "No usen ustedes repeticiones vanas como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería, por sus largas letanías. Por tanto, no se hagan semejantes a ellos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes que ustedes lo pidan." En otras palabras: cuando vaya a orar, piense bien lo que va a decir y cómo lo va a decir, porque en realidad vuestro Padre no necesita largas letanías.

Sin embargo, para Jesús la oración fue algo prioritario. Y si lo fue para Él, uno pensaría que tendría que serlo también para nosotros, en la medida en que tú y yo tratamos de vivir por su causa y para su honor.

En el día de hoy, voy a tomar esta oración que todos conocemos y la voy a dividir en dos. Vamos a tratar de cubrir la primera mitad de la oración hoy, y la próxima semana la segunda mitad. Lo vamos a hacer de manera diferente a como lo hicimos hace once años atrás, cuando tomamos el Padre Nuestro y dedicamos un mensaje a cada petición, más un mensaje de introducción. Pero esta vez he querido hacerlo diferente, darle una vuelta distinta y un abordaje diferente.

Vamos a leer en Mateo 6:9-10:

"Ustedes, pues, oren de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en los cielos."

Si tú lees la versión de Lucas, el Sermón del Monte en Lucas probablemente fue predicado en otro lugar, porque en Lucas se dice que el Señor bajó al llano y allí le habló a las multitudes, y tiene variantes significativas. En la versión de Lucas, el capítulo 11 comienza con el versículo 1 diciendo que aconteció que, estando Jesús orando en cierto lugar —no dice dónde, pero en algún lugar—, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó también a sus discípulos." Como que no hay descripción de que llegaron los discípulos en ese momento; simplemente, cuando terminó, uno de ellos habló.

Evidentemente, la reverencia con la que Cristo oró, o la frecuencia con la que lo hizo, o el tiempo que pasó orando —en una ocasión toda una noche—, o la manera como lo hizo, llevó a los discípulos a concluir la verdad de que: aunque hemos estado orando, no sabemos cómo orar. Viendo al Señor y oyendo al Señor, nosotros nos damos cuenta de que no sabemos. Y a la luz de lo que vimos la semana anterior, yo creo que es posible que algunos de nosotros hayamos concluido de manera similar, que hubiéramos dicho: a la verdad, no sabemos cómo orar.

De hecho, no sabemos qué orar. Eso es lo que Santiago nos dice: "No tenéis porque no pedís." En realidad no saben cómo orar, porque cuando piden, no saben qué pedir; cuando piden, lo hacen por deseos para gastarlo en sus propios deseos. No sabemos por qué orar, no sabemos qué esperar al orar, no sabemos cuándo orar y luego simplemente esperar, y tampoco sabemos cuándo orar e inmediatamente después actuar.

Habiendo dicho todo lo anterior, quisiera iniciar con el análisis o la exposición de esos dos versículos. Lo primero que quiero enfatizar es cómo el Señor comienza, diciendo: "Oren de esta manera." El Señor no dice: "Oren esto", aunque no estaría mal que lo hiciéramos. El Señor no dice: "Esta es la única forma de orar." No. No le está dando tanto una oración como un modelo, que en este caso consiste en una oración. Oren de esta manera.

La pregunta inmediata sería: ¿de cuál manera? ¿Cuál es la manera en que nosotros debiéramos orar? Yo creo que eso es importante. Todo lo que tiene que ver con Dios es importante. No creo que Jesús estaba diciendo: "Oren de esta manera porque orar con Dios requiere un formato sofisticado." Pero tampoco creo que Jesús estaba diciendo que no importa cómo oren. Es cierto que no hay un estilo obligatorio, no hay un lugar fijo, no hay una duración determinada, y no hay una oratoria exigida; eso es cierto. Pero hay una forma, porque de lo contrario no diría: "Oren de esta manera."

Quizás una forma de ilustrar lo que estoy tratando de decir es pensar en esas ocasiones cuando alguien te dice: "Mira, mi discrepancia contigo no es en el fondo, sino en la forma." En otras palabras: en el fondo, tú y yo estamos de acuerdo; es la forma como lo has dicho o lo has escrito. Bueno, cuando tiene que ver con Dios, el fondo importa y la forma importa. No las palabras exactas, no el estilo, no la oratoria, no lo sofisticado. Pero la oración de Jesús tiene una forma y tiene un fondo, y yo creo que eso es importante.

Nosotros tenemos diferentes niveles de vocabulario; el Señor entiende eso. Nosotros tenemos diferentes formas de expresión, diferentes formas emotivas y menos emotivas de expresarnos; el Señor lo entiende perfectamente. Sin embargo, la manera de orar todavía tiene un fondo o contenido, y tiene una forma de hacerlo. Y en este Padre Nuestro, en esta oración dada por Dios, tú encuentras que hay una introducción y hay seis peticiones. Vamos a analizar esas seis peticiones. Tres tienen que ver con Dios y su honor, y tres tienen que ver con las necesidades de la criatura.

La manera como quisiera iniciar es justamente por la introducción. Escucha la introducción: "Padre nuestro que estás en los cielos." El contenido de esa frase es, como se diría en inglés, una frase que está "loaded with content"; está cargada de contenido, y también tiene una forma. Vamos a tratar de esbozarla.

Para comenzar, Jesús está tratando de enseñarle algo nuevo en la oración a sus discípulos: que ellos pueden y deben acercarse a Dios llamándole Padre. Como les mencioné brevemente, eso era completamente nuevo —o era en ese momento completamente nuevo— para la mente hebrea. Pensando entonces en el contenido, "Padre" es el contenido. Y la forma nos dice: yo quiero que te acerques a Él con cierta confianza, porque "padre" implica cercanía, intimidad. Implica protección, porque eso es lo que un padre da. Implica provisión, porque esa es la inclinación natural de un padre. De manera que cuando vengas al trono de la gracia, así es como debes sentirte: estoy viniendo delante de una persona con quien puedo tener cercanía, que puede ser mi protector, que quiere protegerme y quiere proveer para mí.

Jesús está enseñando que a la hora de orar, recuerdes que si Él es tu Padre, tú eres su hijo. Pero al mismo tiempo, quiere que yo entienda que ese Padre al que me dirijo es el Creador, un Dios trascendente: "Padre nuestro que estás en los cielos." Es un Dios mucho mayor, mucho más exaltado que todos los creados, que toda criatura. De manera que como Dios Él es trascendente, y como Padre Él es inmanente —no inminente, sino inmanente—, lo que implica cercano, íntimo. El profeta Isaías, en el capítulo 57, versículo 15, nos resume esas dos ideas acerca de Dios.

En un solo versículo, en menos de un versículo de hecho, él resume lo que es el Dios trascendente y el Dios inmanente, el Dios alto y sublime y el Dios cercano. Porque así dice: "el alto y sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo, yo habito en lo alto y lo santo" —trascendente— "y también con el contrito y humilde de espíritu" —inmanente, cercano—. Al mismo tiempo que habita lo alto, habita de manera cercana. La palabra "inmanente" eso es lo que implica; "inminente" es cercanía cronológica, cuando algo es inminente está a punto de ocurrir, pero aquí no estamos hablando de eso. Estamos hablando de un Dios que tiene la capacidad de ser ambas cosas al mismo tiempo, y ahí está en la introducción del Padre Nuestro: "Padre nuestro" —cercano— "que estás en los cielos" —trascendencia—.

En el Antiguo Testamento nadie se atrevió; era una osadía dirigirse a Dios como padre de manera personal. En el Antiguo Testamento, Dios es referido como padre 14 veces, ninguna vez de manera personal, sino de manera impersonal o como padre de la nación hebrea. Fuera de la literatura bíblica en el Antiguo Testamento, nadie hace alusión a Dios de manera personal como padre; es una irreverencia. Y Cristo está diciendo: "Usted quiere aprender a orar, es lo que me han pedido, voy a comenzar por donde debo. Padre nuestro."

Pero en el Nuevo Testamento, Dios es aludido y referido como padre 275 veces. Algo ha cambiado. De hecho, Jesús —solamente Jesús, el personaje Jesús— se refirió a él como padre 60 veces en cuatro evangelios. De manera que ahora, en esta nueva enseñanza que Jesús trae, él está comunicando algo que el autor de Hebreos dice de forma distinta: que nos acerquemos al trono de la gracia con confianza. Claro, porque con un padre yo debo hacer eso.

De hecho, les mencioné el domingo pasado que algunos han dicho que la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento radica básicamente en una palabra, y es la palabra "padre". Como que algo tan trascendental ocurrió que permite que nosotros podamos ver a Dios como padre, y anteriormente no podíamos. La palabra en esa oración inicial es "Abba", es una palabra aramea que implica cariño; es como la palabra "padre" pero con cariño, es como "papá". "Papá nuestro" sería como la idea.

Ahora nota que Jesús no llama a Dios "Abba" e inmediatamente pasa a hacer peticiones, ¿no? Eso sería inconcebible. Jesús sabe que la criatura, nosotros, necesitamos algo, y es poder equilibrar la familiaridad del "Abba" con la majestad o majestuosidad de "que estás en los cielos". Yo puedo dirigirme a él como padre. Escucha al autor de Hebreos 2:11: "Porque tanto el que santifica como los que son santificados son todos de un padre, por lo cual él no se avergüenza de llamarlos hermanos." Esto es como decir que Jesús, por medio de la regeneración, me hizo su hermano, y por medio de la adopción, Dios me hizo su hijo.

El texto de Hebreos nos dice que Cristo no se avergüenza de llamarme hermano. Piensa por un momento en el peor pecado que tú has cometido. El peor pecado que yo he cometido: Cristo se para al lado y me dice: "¿Sabes qué? A pesar de eso, no me avergüenza llamarte mi hermano." Wow. En serio. "Ni mi Padre se avergüenza de llamarte su hijo." Es increíble pensar que, siendo nosotros tan pecaminosos como lo somos, él no se avergüenza de nosotros como hermano.

También es impresionante que Dios me asigne el mismo título de hijo que le asignó a la segunda persona de la Trinidad —al Dios trino, la segunda persona del Dios trino—, que ha existido desde toda la eternidad, que creó el universo. El Creador del universo y yo tenemos un título similar: hijo e hijo; él por la eternidad y yo por adopción en algún momento. Nosotros somos como ese hijo rebelde, es decir, rebelde, que el padre ha corregido una y otra vez, que ha sido reprendido, que ha sido disciplinado una y otra vez. Y Jesús responde a ese hijo siempre obediente que nunca ha sido castigado ni disciplinado, y que la única vez que fue castigado no fue por su pecado sino por el tuyo y por el mío.

Y esto es lo que Juan 1:12-13 nos enseña acerca de la paternidad de Dios y cómo yo llegué a ser hijo: "Pero a todos los que lo recibieron" —aquí, a Jesús— "les dio el derecho" —es un derecho— "de llegar a ser" —porque no éramos hijos de Dios—, "es decir, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad del hombre, sino de Dios." Antes de creer, nosotros éramos hijos de la ira; después de creer, hijos de Dios. Pero es más, porque el hijo adoptado, nosotros, resulta que vamos a ser coherederos con el unigénito de Dios y eterno Hijo. El Hijo poseía el reino todo el tiempo. El Hijo se encarna, el Hijo se ofrece, el Hijo nos salva, y luego me dicen: "No solamente te doy salvación; te voy a dar coherencia conmigo." Romanos 8:16-17.

La razón por la que Cristo quiere que yo entienda la paternidad de Dios es porque cuando Adán y Eva fueron expulsados, la paternidad se perdió. Se perdió porque de ahí en adelante los descendientes de Adán eran hijos de la ira, no de Dios. No todo el mundo es hijo de Dios; solo hay que creer en su nombre para que se le dé el derecho de llegar a ser. Y cuando tú no tienes un padre —padres, escúchenme— cuando tú no tienes un padre, tu hijo o tu hija crece con inseguridades y temores que van más allá de lo que debió ser. Pero si tú no tienes un padre celestial, las cosas se empeoran. Mis inseguridades se multiplican, mis temores se profundizan.

Y ahora, parte de lo que se supone que ocurra es que cuando yo vengo a la familia de Dios, tengo que intimar con Dios, conocerle como un padre, de tal manera que mis temores y mis inseguridades puedan comenzar a mermar, porque en él he encontrado lo que no encontré en mi padre terrenal; y sobre todo cuando ese padre terrenal no ha estado ahí para darme lo que debía haberme dado en primer lugar. Pero Cristo está interesado en que yo pueda entender lo increíble que es poder llamar a Dios padre, y que yo pueda, en esa experiencia de la paternidad, comenzar a liberar mis temores y dejar mis esclavitudes.

Lo ha dicho este mismo Jesús; se escucha que él dice en Mateo 6:8: "Su Padre sabe lo que usted necesita antes de que usted lo pida." En otras palabras, en inglés: chill out, relájate. ¿Cuál es ese afán de que si me va a faltar, de que si voy a tener en el día de mañana? Tu Padre sabe lo que tú necesitas. Mateo 6:14: "También su Padre celestial les perdonará a ustedes sus pecados." En otras palabras, si tú pecaste —y todos hemos pecado— tú sabes a dónde ir, al trono de la gracia, para que te los perdone; pero tienes que ir, tienes que pedir perdón. Mateo 6:26: "Vuestro Padre alimenta las aves, y vosotros valéis mucho más que las aves." ¿Cuál es el afán de que voy a comer, que voy a beber? ¿No has visto las aves lo bien alimentadas que están? Ustedes tienen mucho más valor; vuestro Padre sabe eso. Y Lucas 12:32: "No temas, rebaño pequeño, porque el Padre de ustedes ha decidido darles el reino." Le dio al Hijo; le va a dar el reino también, los va a hacer coherederos.

Padre nuestro: comienzo a relacionarme con Dios de otra manera. Nosotros debemos tener presente, cuando nos acercamos a ese Dios, las cosas que un padre da, lo que un padre es, porque nosotros no tenemos un padre terrenal solamente; tenemos un padre celestial que es bueno, que es fiel, que es sabio, que es eterno, que es bondadoso, que es misericordioso. A ese Padre es a quien acudimos. Lo cierto es que la naturaleza de la persona a quien abordas aquí como padre es dadivosa. Él tiene deseos, y uno de sus deseos es suplir tus necesidades. ¿Te imaginas? No todos los padres terrenales tienen el deseo de suplir la necesidad de sus hijos, y aquellos que tienen el deseo de suplirlas no siempre tienen los mejores medios ni la mejor manera de hacerlo. Dios sí.

La persistencia de mi oración, el toque continuo en el trono de la gracia, no cansa a mi Padre celestial. No hay razón para que un hijo de Dios piense que Dios no me está oyendo o que Dios se olvidó de mi petición; Dios no sufre de amnesia. Nuestro Padre celestial, cuando te da algo, solamente sabe dar buenas dádivas. Yo lo he ilustrado, lo he dicho otras veces, y lo voy a decir una vez más: mi diabetes por más de 50 años es una de las buenas dádivas de mi Padre. Yo tengo que entenderlo; lo que tengo que conocer es que Dios es bueno, y si Dios es bueno, yo no puedo recibir absolutamente nada malo de un Dios bueno. Nuestro Padre celestial es superior a nuestros padres terrenales, y así son sus dádivas. Nuestro Padre es increíblemente bueno; no solamente me dio a su Hijo, no solamente me dio su Palabra, me dio su Espíritu y lo puso dentro de mí.

Y eso es lo que él dice: "Cuando vayan a orar, oren de esta manera." En otras palabras: oren con confianza, oren con fe, oren esperando, porque quien los escucha es Padre nuestro. Ahora bien, Jesús no dice: "Bueno, y ahora comiencen a pedir." No. Antes de seguir hacia las peticiones, esto tiene un formato, tiene un fondo, tiene una forma: "que estás en los cielos." Esta frase está ahí para ayudarme a entender que yo necesito hacer esto de forma reverente, de forma honrosa. Esta frase está ahí para poner a Dios en su lugar y ponerme a mí en el mío, para poner al Creador donde corresponde y a la criatura después.

De hecho, esa frase protege a los hijos de Dios. Porque cuando los hijos de Dios se han olvidado que su Padre es el Dios que está en los cielos, han hecho de ese Dios un Dios pequeño, un Dios liviano, un Dios superficial, un Dios poco santo, un Dios que no lidia con el pecado, un Dios que se hace de la vista gorda con el pecado, y por tanto, un Dios que merece poco.

Pero cuando eso ocurrió en el pasado, Dios tronó desde los cielos y dejó ver que Él sigue siendo el Dios alto y sublime y santo desde toda la eternidad. De manera que esta frase, "Padre nuestro que estás en los cielos", protege la integridad del pueblo de Dios. Y es por eso que Cristo es cuidadoso para que podamos entender de qué manera yo debo aproximarme a Dios.

Luego Él pasa a las peticiones, y la primera de ellas es: "Santificado sea tu nombre". Muchas cosas se han dicho de lo que eso implica. Yo pensé que quizás la mejor manera de resumirlo es haciendo uso de algo que aparece en el Catecismo de Heidelberg. Es uno de los catecismos más famosos de la historia cristiana, un catecismo protestante escrito quizá unos cuarenta años después de la Reforma por dos hombres: uno discípulo de Calvino y el otro discípulo de Melanchton, quien fuera mano derecha de Lutero.

Esto es lo que el catecismo dice: "Santificado sea tu nombre es como pedir: concédenos, ante todo, que te conozcamos bien, y que santifiquemos, glorifiquemos y alabemos en todas tus obras, en las que brillan tu poder todopoderoso, sabiduría, bondad, justicia, misericordia y verdad; y concédenos también que dirijamos toda nuestra vida, nuestros pensamientos, palabras y acciones, de tal manera que tu nombre no sea blasfemado por causa nuestra, sino siempre honrado y alabado."

De acuerdo con los autores de este catecismo, la idea de esta petición es que Dios nos conceda, número uno, nunca profanar su nombre, y por otro lado, que nosotros podamos tratar a Dios con reverencia en nuestros pensamientos, palabras y acciones. ¿Te imaginas que esta fuera la manera en que tú y yo viviéramos? ¡Cómo cambiaría nuestro estilo de vida! Que no solamente mis acciones vayan a reverenciar el nombre de Dios, sino mis palabras también, y no solamente mis acciones y palabras, sino mis pensamientos, que nadie escucha, lo van a reverenciar también. En otras palabras, que mi vida refleje su carácter, que mi vida refleje su gloria.

Y la razón por la que yo tengo que pedir eso es porque tú y yo necesitamos ayuda para santificar el nombre de Dios. Tú y yo necesitamos ayuda, y no pequeña, si vamos a vivir de esa manera todos los días, todo el tiempo, todas las horas.

Tengo que entender entonces que cuando Dios alude a la santificación de su nombre, no es de la manera en que tú y yo pensamos acerca de un nombre. Un nombre no es simplemente cómo la gente me conoce. En el contexto hebreo no era así, y en el contexto de Dios, mucho menos. El nombre de una persona con frecuencia hablaba de su carácter, de su esencia, de quién él era; representaba algo que los padres querían que esa persona llegara a ser, o quizás que ya era. Y tú puedes ver eso a lo largo de la Biblia.

Esa es la razón por la que el Salmista escribe, en el Salmo 138:2, que Dios ha engrandecido su nombre y su palabra por encima de todo. ¿Por qué Dios hizo eso? Porque su nombre habla de su esencia, de quién Él es, y su palabra habla de su autoridad y de su fidelidad. Escucha lo bien que el Salmista entendía la importancia que tiene para Dios su nombre. El Salmo 25:11 dice: "¡Oh, Señor!, por amor de tu nombre, perdona mi iniquidad, que es grande." No es curioso que el Salmista no dice: "Señor, porque soy una criatura débil y emocional, porque estaba bajo presión, porque estaba pasando por un mal momento en mi vida." No, él está aludiendo a su nombre: "Por amor de tu nombre, tú tienes fama de Dios perdonador, fiel, misericordioso; por amor a tu carácter representado en tu nombre, perdona mi iniquidad, ten piedad de mí."

El Salmo 143:11 dice: "Por amor a tu nombre, Señor, edifícame; por tu justicia, saca mi alma de la angustia." Señor, he estado en angustia, y yo te pido —yo sé que yo soy el culpable, soy responsable de caer en tal angustia— pero yo te pido que por amor a tu nombre, la reputación que tú tienes de Dios que mira con compasión al que está en necesidad, yo te pido que me mires con ojos de piedad. Eso es lo que está en el nombre de Dios en la mente del Salmista.

Escucha cómo Daniel, en el capítulo 9, haciendo una oración nacional por la condición del pueblo, en el versículo 19, dice: "¡Oh, Señor, escucha! Señor, perdona; Señor, atiende y actúa. No tardes, por amor de ti mismo, Dios mío, porque tu nombre se invoca sobre tu ciudad y sobre tu pueblo." ¿Qué es lo que Daniel está diciendo? Señor, yo te pido que tú hagas algo por este pueblo. El pueblo ha pecado, el pueblo ha quedado en una condición horrible, merece juicio; pero el problema es que sobre ese pueblo se invoca tu nombre, y cuando los gentiles ven al pueblo sobre el cual se invoca tu nombre y ven la condición en que ellos están, ellos no concluyen buenas cosas acerca de ti. De manera que yo te pido que intercedas, que hagas algo por este pueblo, por amor de tu nombre, que no lo dejes caído porque el pueblo lo ha dejado caer.

Los diferentes nombres de Dios hablan de cuál es la reputación que Dios ha construido para su nombre. Dios ha construido una reputación sobre su nombre. Dios no necesitaba construir una reputación, pero nosotros sí, y Dios ha construido una reputación. En un momento dado Él dice que su nombre era Yahweh, el Dios autosuficiente, el Dios que no necesita nada ni nadie. Elohim, el Dios Creador de los cielos y la tierra, el Dios que abrió su boca y de la nada lo produjo todo. El Shaddai, el Dios Todopoderoso, el nombre preferido en el libro del Génesis, el Dios que no conoce nada imposible. Él ha construido la reputación de su nombre.

¿Qué hay en un nombre? El Elión, el Dios Altísimo, por encima de todo, trascendente. El Olam, el Dios Eterno, el Dios sin padre, sin madre, sin origen, que siempre ha existido, la causa de las causas, el Dios que tiene vida en sí mismo, el Dios que nunca ha dejado de ser; no ha habido un solo momento de la eternidad donde Dios no haya sido el Olam. Dios dio todos esos nombres para que entendiéramos qué hay en un nombre. Y ese es el nombre —y eminentemente en el Padre no es solo el nombre Yahweh, el nombre propio de Dios, sino todos estos nombres— que Dios usó para identificarse con ellos y que yo pudiera conocer algo más de Él. Ese es el nombre que Dios nunca dejará caer. Ese es el Dios que cuando una nación lo deja caer, jura levantarlo.

Escucha en Ezequiel 36. Escucha lo que dice Ezequiel, escribiendo desde Babilonia, en el exilio, donde Dios da testimonio a través de este profeta de qué es lo que ha pasado con su nombre y qué es lo que Él va a hacer. Versículos 19 al 23: "Los esparcí entre las naciones y fueron dispersados por las tierras. Conforme a sus caminos y a sus obras los juzgué. Y cuando llegaron a las naciones adonde fueron, profanaron mi santo nombre, porque de ellos se decía: 'Estos son el pueblo del Señor, y han salido de su tierra.'" Cuando ellos se fueron a las naciones y vivían como paganos, vivían en inmoralidades, la gente los veía y decía: "Estos son el pueblo del Señor, tanto así que salieron de su tierra." "Pero yo he tenido compasión de mi santo nombre, que la casa de Israel había profanado entre las naciones adonde fueron. Por tanto, di a la casa de Israel: Así dice el Señor Dios: No es por vosotros, casa de Israel, que voy a actuar."

No, yo no voy a actuar por ustedes. Ustedes no merecen mi misericordia, no merecen mi piedad, no merecen mi perdón. No es por ustedes que voy a actuar, sino por mi santo nombre que habéis profanado entre las naciones adonde fuisteis. ¿Y qué es lo que va a hacer? "Vindicaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre las naciones, el cual vosotros habéis profanado en medio de ellas." Yo voy a limpiar mi nombre. ¿Y cómo lo va a hacer? "Entonces las naciones sabrán que yo soy el Señor —declara el Señor Dios—, cuando demuestre mi santidad entre vosotros a la vista de ellas." Cuando yo juzgue a mi pueblo entre las naciones entre las cuales ellos profanaron mi nombre, y las naciones de alrededor vean lo que yo he hecho con ellos, entonces ellos sabrán quién yo soy. Porque por el estilo de vida que ellos han vivido, ellos no podrían saber quién yo soy. Yo voy a levantar mi nombre.

Entonces, esta es la petición: "Señor, santificado sea tu nombre. Permítenos vivir de acuerdo al nombre que se invoca sobre nosotros, para que no nos ocurran cosas como las que ocurrieron con el pueblo de Israel." Y como estas cosas se escribieron para nosotros, viendo el panorama mundial, quiero básicamente leerte este párrafo porque quiero ser cuidadoso y no quiero decir una cosa por otra, con relación al texto de Ezequiel y a nuestros días. Es el nombre del que estamos hablando. Es el nombre que la iglesia de Cristo en algunos lugares ha dejado caer en medio de las naciones en esta generación. Por eso hoy sufre las consecuencias.

Cuando una nación, y peor aún, cuando la iglesia en esa nación deshonra el nombre de Dios una y otra vez, Dios le da la espalda a esa nación. Sobre todo cuando esa nación ha sido bendecida por Dios, ha alcanzado un sitio especial entre las naciones, como ocurrió con Israel en la antigüedad, y luego esa nación decide pisotear los valores de nuestro Dios y sus ordenanzas; Dios le da la espalda a esa nación. El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

No es por accidente que esta petición es la número uno: "Santificado sea tu nombre." En el texto de Ezequiel que yo acabo de leer, son cinco versículos, y en cinco versículos cuatro veces Dios alude a su santo nombre y alude al hecho de que Él va a reivindicar su nombre. Y uno de los Diez Mandamientos fue dado precisamente para proteger la integridad del nombre de Dios.

Imagina que Dios levanta una nación, le da una constitución. Las primeras diez leyes importantes de esa constitución tienen que ver con el carácter de Dios, y Dios decide escoger uno de los diez mandamientos para proteger la integridad de su nombre: "No tomarás el nombre de Dios en vano." Eso no es simplemente que no jures en nombre de Dios, como frecuentemente se ha enseñado. No, no, no. En el contexto hebreo, no tomar el nombre de Dios en vano es no vaciarlo de su contenido.

De manera que, con frecuencia, cuando tú oyes en la radio, en la televisión, en los tweets, en las redes sociales, que la gente usa el nombre de Dios pero no vive conforme a la santidad de su nombre, han profanado el nombre de Dios, lo han tomado en vano. El peso que esta petición tiene para ser número uno es que ninguna otra petición será respondida si esta no está siendo llevada a cabo. Si el nombre de Dios no está siendo santificado en mi vida, yo no debo contar con que responda ninguna del resto de las peticiones. Es como un padre que tiene un hijo rebelde y en su rebeldía lo bendiga y lo bendiga y lo bendiga, y le dé cada cosa que ese hijo pida. No tendría sentido, lo estaría dañando. Santificado sea tu nombre.

Segunda petición: venga tu reino. ¿A dónde? ¿Cuándo? ¿En el presente, en el futuro? ¿Qué es el reino de Dios, o el reino de los cielos, o el reino de Cristo? La misma frase. ¿Cómo luce? ¿Cómo entro a ese reino? El reino de Dios, de acuerdo a unos diccionarios consultados, representa primordialmente el gobierno de Dios y la autoridad monárquica divina. Es el ejercicio de la autoridad soberana de Dios en el pasado, en el presente y en el futuro. Es el gobierno de Dios, su ejercicio.

En el reino de los cielos, esa autoridad soberana es una sola, se lleva a cabo, se ejerce sin oposición. Aquí abajo, Dios ejerce su gobierno, pero el ejercicio de su gobierno tiene continuamente una oposición: no solamente de parte de las huestes espirituales de maldad, sino también de parte de nuestras voluntades, que continuamente quieren rebelarse contra la voluntad de Dios, que continuamente cuestionan la voluntad de Dios.

¿Dónde está el reino de Dios hoy en día? Aquí abajo está en el corazón de cada creyente que ha creído y donde Cristo ha sido instaurado como Señor. Ahí se ejerce, pero se ejerce con oposición, como yo mencioné, oposición de la misma carne. Los deseos de la carne están contra el Espíritu. En el corazón del creyente, donde anteriormente reinaba el pecado y las tinieblas, hoy reina Cristo y la luz, pero no es sin oposición.

De manera que, por un lado, el reino de los cielos es esa realidad ya presente entre nosotros, que se abre paso entre el pecado del hombre y contra las huestes espirituales de maldad en el presente. El reino está; no es simplemente algo futuro. Hay una dimensión futura, pero el reino está, fue inaugurado. De hecho, tú lees en 1 Juan 2:8 que las tinieblas van pasando y la luz verdadera ya está alumbrando. Es como que Cristo invadió el reino de las tinieblas, su luz brilló, y nosotros continuamos brillando en medio de la oscuridad; la oscuridad comienza y sigue perdiendo terreno hasta que lleguemos a esta otra etapa final, descrita en Apocalipsis 11:15, donde se dice: "El séptimo ángel tocó la trompeta, y se levantaron grandes voces en el cielo que decían: El reino del mundo ha venido a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo."

El reino del mundo, el reino de las tinieblas, el reino gobernado por el príncipe de la potestad del aire, el reino gobernado por el dios de este mundo, ya no es así; ha pasado a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo, que reinará por los siglos de los siglos. Entonces, el reino es presente y el reino es futuro. Por tanto, la frase "venga tu reino" tiene como dos implicaciones.

Por un lado, cuando lo piensas, hay una aplicación para nosotros. ¿Cuál es la implicación para mí cuando está diciendo "venga tu reino"? Si el reino mora, si el trono está en mi corazón, bueno, pues es lógico que si el trono está en mi corazón y estoy pidiendo "venga tu reino", la idea ahí es que el señorío que Cristo ejerce en mi vida continúe ampliándose. De manera que no haya áreas en mi vida donde todavía Cristo no reine, que no haya deseos donde Cristo no sea su Señor, que no haya caminos donde Cristo no esté dirigiendo y dominando, de tal forma que mi manera de pensar cambie, mi manera de hablar, de exigir, de cuestionar, de esperar, de actuar, de valorar, de desear, de juzgar, que todo cambie, porque ha sido sometido al señorío de Cristo.

Que haya cada vez más evidencia de ello. Cuando yo digo "Señor, venga tu reino" y el reino está en mi corazón, ya está instaurado en mi corazón; lo que estoy pidiendo es que ese reino se expanda, que ese señorío se expanda, que cada vez haya menos evidencia del hombre viejo y más evidencia del hombre nuevo, que haya menos evidencia del reinado anterior del pecado y más evidencia del nuevo reinado. Así como tú ves en una tienda que dice "ahora bajo nueva administración", que tu corazón pueda decir: ahora bajo nuevo señorío. Que no haya nada, que no haya duda en la mente de los demás de quién está en mi corazón, que otros no puedan ver mi vida y decir: "¿Es cristiano o no es cristiano?" Hay una duda de quién es que reina.

De manera que cuando dices "venga tu reino", estás aludiendo a una dimensión presente: la extensión de ese reino de Cristo aquí en la tierra. Lo que también implicaría que estás pidiendo que otros, que no son creyentes, donde todavía reina el pecado, donde el pecado es el que está sentado en el trono de esa vida, puedan pasar a tener a Cristo como Señor de ese corazón. Y por tanto, en ese sentido, su reino sigue llegando, sigue llegando, hasta que finalmente sea instaurado por completo. De manera que esta petición está relacionada a la gran comisión, y tiene todo el sentido que si la gran comisión es el último mandato del Señor Jesucristo, ese último mandato guarde relación con esta petición: venga tu reino.

La próxima petición es similar a esta. La tercera: hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Hay una dimensión de la voluntad de Dios que yo no conozco; si no la conozco, no la puedo agradecer, simplemente va a quedar como un punto, no la puedo seguir porque no la conozco. Esta es la voluntad a la que Pablo alude en Romanos 11:33, cuando dijo: "¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!" Hay una dimensión de esa voluntad de Dios que, sabiendo que no podemos penetrarla, que es insondable e inescrutable, nosotros no tratamos de alcanzar. No tenemos la menor idea de lo que Dios está haciendo en Ucrania, lo que está haciendo en Rusia. No tenemos la menor idea de lo que está haciendo en China con un dictador, lo que está haciendo en Venezuela, lo que está haciendo en Suramérica con todos estos gobiernos volviendo hacia la izquierda. No tenemos la menor idea; no especulemos, tú no sabes, yo tampoco.

Ahora, cuando pedimos a Dios que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo, estamos hablando de una voluntad revelada. Estamos hablando de una voluntad que yo puedo seguir, que yo puedo hacer o no hacer. Estamos hablando de una voluntad que Dios dice: "Ahí está mi voluntad revelada; esa es la que tienes que seguir." Esa es la voluntad que tiene enormes implicaciones para mi vida cristiana.

Haciendo uso de Thomas Watson en su libro sobre el Padre Nuestro —la verdad es que estos puritanos sabían cómo pensar, tenían el tiempo para pensar, ordenadamente para pensar, tenían la conexión con Dios para pensar—, él habla entonces de cómo esa petición tiene detrás la idea de que yo necesito en mi vida una obediencia activa para que podamos hacer la voluntad de Dios activamente, tal como Él la ha ordenado. Eso es como Cristo en el huerto de Getsemaní: "Hágase tu voluntad y no la mía." Él está activamente persiguiendo una voluntad revelada que era el Calvario puesto de frente. Y al mismo tiempo, hay una voluntad pasiva, dice Watson, que tiene que ver con el sometimiento de mi vida a las aflicciones que Dios determina para mí, y que lo voy a hacer pacientemente.

De manera que no me voy a rebelar, no me voy a airar. Voy a hacer como Cristo: voy a buscar activamente que pase de mí esta copa, pero pasivamente voy a tomarme la copa si es lo que Dios Padre ha decidido para mí. Ahora, escuchen: si su voluntad es buena, agradable y perfecta, y tú lo crees, ¿por qué es que no nos sometemos más a su voluntad? ¿Por qué es que cuestionamos tanto su voluntad? ¿Por qué es que cuando la voluntad de Dios comienza a ocurrir en mi vida decimos: "No, ahí sí decimos no, no lo recibo, no lo soporto"?

Yo creo que tú puedes hacer, como dijimos, un mensaje de cada petición. Lo hicimos hace once años atrás, pero le dimos otro giro, le dimos otro abordaje. Esta vez yo he querido unir estas peticiones porque cuando las peticiones son unidas adquieren un peso mucho mayor. Entonces, cuando yo estoy diciendo "venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo", ¿qué es lo que debo estar pensando? Bueno, debo estar pensando como Cristo en Getsemaní. ¿Y qué estaba Cristo pensando? Bueno: la voluntad de mi Padre es perfecta, pero como es mi Padre, yo puedo con confianza ver si hay una posibilidad. "Padre, ¿es posible que pase de mí esta copa?" Ahí está la idea del padre, con confianza.

Yo te voy a decir cómo yo siento ahora. Estoy en angustia. "Mi alma está muy angustiada hasta la muerte", dijo Cristo. Se lo puedo decir a mi Padre. Pero como mi Padre también es alto y sublime, Cristo está actuando —recuerda— como representación mía en cuanto ser humano. Como mi Padre también es soberano y sublime, pues que se haga tu voluntad y no la mía, y yo me someto pasivamente a tus designios.

Para cerrar, escucha cómo Thomas Watson nos anima, nos motiva a pensar acerca de la voluntad de Dios, para que cuando lloremos podamos pensar: "¡Wow, esto es lo que estoy pidiendo! Esto es una petición extraordinaria." Escucha. Watson nos describe el gran diseño de Dios en su Palabra: cuando tú abres la Palabra, dice cuál es lo que Dios procura, que es hacernos, convertirnos en hacedores de dicha Palabra. Toda la Palabra tiene ese diseño: convertirme en un hacedor de su Palabra. De manera que Dios no va a parar, no va a cambiar esa idea.

Número dos: la meta de todas las promesas de Dios es llevarme a hacer su voluntad. Número tres: la porción de la Palabra que representa una advertencia o una amenaza —cuando Dios nos advierte, nos amenaza si haces el mal— tiene la finalidad de alejarnos del pecado y de convertirnos en hacedores de su voluntad otra vez. Número cuatro: el cuidado providencial de Dios tiene por fin el que lleguemos a hacer su voluntad. Tú sabes lo que es la providencia de Dios, el cuidado que Dios tiene sobre toda su creación. Pues ese cuidado que Dios tiene sobre toda su creación, que lo orquesta todo, tiene la finalidad de que yo llegue a hacer su voluntad. Y eso incluye, dice Watson, las aflicciones que son enviadas en mi dirección, e incluye las misericordias de Dios; ambas tienen el mismo propósito.

Número cinco: al hacer su voluntad, nosotros mostramos que tenemos amor por Cristo, o que no amamos a Cristo, porque Cristo dijo: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos"; si me amáis, haced mi voluntad. Número seis: hacer la voluntad de Dios es para mi beneficio. "En serio, pastor, ¿por qué? Porque es difícil." No, pero es para tu beneficio. Si la voluntad de Dios es buena, es agradable y perfecta, ¿cómo tú piensas que puede ser de otra manera? Es un beneficio, es un bien para ti.

Número siete: hacer la voluntad de Dios es nuestro honor. Es un privilegio. Sí, es un privilegio. Si tuviéramos un rey sobre la tierra —válgame Dios—, bueno, justo, humano, pero dentro de su humanidad un rey bueno, de una gran fama, con muchos siervos, y que entre todos él me llamara, te llamara a ti, y te dijera: "Mira, tengo una encomienda, y yo quisiera que fueras tú el que llevara a tal lugar esta encomienda." Esa es su voluntad, y tú saldrías de ahí muy ufano, diciendo: "¡Wow, el rey, entre toda la gente, mira a quién llamó!" La gente por menos que eso dice: "Si hubo una llamada del presidente a toda una asociación de bancos, me llamó el presidente." Dios te da una encomienda, y su encomienda es su voluntad. Nosotros debiéramos decir: "¡Wow, es un privilegio que Dios me haya encomendado hacer su voluntad!"

Número ocho: hacer la voluntad de Dios en la tierra nos hace semejantes al carácter de Cristo, nos va formando al carácter de Cristo. Número nueve: hacer la voluntad de Dios en la tierra nos trae paz en la vida y en la muerte. Escuchen. Veo pacientes continuamente, y la gente tiene todo tipo de ideas cuando está cerca y cuando está lejos de la muerte. La gente comienza a decirte, aún cuando no están enfermas: "Yo no quisiera terminar en una cama, porque esa no es mi voluntad." O sea, no acabamos de aprender que yo no estoy aquí para hacer mi voluntad.

A mí me da —en buen dominicano— me da cosa, nunca sé lo que es eso, que me da cosa; me da cosa que otros tengan que atenderme y limpiarme. A mí no me da ninguna cosa. Si Dios quiere que ellos sean instrumento para que otros crezcan a la imagen de Cristo, y otros tendrán que limpiarme y bañarme y cargarme y alimentarme, ese es problema de Dios, no mío. Yo simplemente quiero hacer su voluntad hasta el último día de mi vida, la que Él quiera, donde Él quiera. Porque hacer su voluntad nos trae paz en la vida y en la muerte.

Número diez: reconocemos a Dios como Señor, entonces debiéramos hacer su voluntad antes que cualquier otra voluntad. Cada acto de desobediencia es un acto en contra de la voluntad de Dios y en obediencia a la voluntad de otro, y frecuentemente ese otro soy yo. Entonces, esta es una petición extraordinaria: "Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en los cielos," sin oposición, por completo, con gozo, con alegría, como si fuera un acto natural de la vida. Cada acto de desobediencia es una oposición a la voluntad de Dios, es un acto en el que le cedemos el control a la voluntad de otros, y no como se hace en los cielos.

En fin, si tú y yo podemos entender el fondo de esta oración y la forma de esta oración, entonces tenemos un modelo para orar. No nos van a faltar maneras de orar, formas de orar, cosas por las cuales orar. No nos vamos a preguntar jamás por qué Dios no responde mis oraciones, por qué ahora tenemos que esperar, cuánto tiempo tengo que esperar, cuántas veces tengo que pedir. Eso es acercarse a tu Padre. El Padre sabe, el Padre te oye; no se le ha olvidado lo que le dijiste el primer día.

Padre, gracias. Porque hoy nosotros te podemos llamar Padre cuando éramos enemigos tuyos en el pasado. Ahora nosotros somos tus hijos y podemos sentarnos a la mesa a comer contigo y con tu Unigénito. De hecho, Él se fue de esta tierra deseando volver a compartir esa última escena, esa próxima escena cuando venga en el Reino de los cielos con nosotros, para volver a tomar el fruto de la vid. Señor, gracias, porque aún en una oración breve tú nos enseñas grandes profundidades del Reino de los cielos, de ti, de mí, de nuestra relación contigo. De ti conmigo.

Te pedimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo que tú nos permitas vivir cantando "venga tu reino," que tú nos permitas vivir deseando "hágase tu voluntad," que tú nos permitas vivir santificando tu nombre, que tú nos permitas orar continuamente y vivir recordando que, al mismo tiempo que tú eres nuestro Dios —el Padre nuestro—, también eres el Dios que habita las alturas, que tú eres el Dios santo, alto, sublime, pero el Dios que desciende y quiere intimidad con el contrito y humilde de corazón. Padre, gracias, gracias por hacer de nosotros lo que somos, gracias por seguir obrando en nosotros. Enséñanos ahora, porque ciertamente todavía no sabemos cómo orar. En Cristo Jesús hemos predicado, hemos orado. Su pueblo dice: ¡Amén, bendición!

Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal, de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.