IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La oración más poderosa que un creyente puede hacer por su nación nace de la cercanía con Dios. Salomón, al dedicar el templo, ofreció una de las oraciones más largas de la Biblia, una intercesión que revela cómo debe orar quien camina en intimidad con el Señor. Lo extraordinario es que este mismo hombre, capaz de una oración tan centrada en Dios, más tarde se perdería acumulando mil mujeres. La diferencia entre orar como el mejor de los creyentes o vivir como el peor de los incrédulos radica únicamente en cuán cerca o lejos estamos de Dios.
Salomón no inventó palabras para orar: tomó las promesas que Dios ya había dado y se las devolvió. Así oramos nosotros cuando decimos el Padre Nuestro, y así podemos orar cuando recordamos que todas las cosas cooperan para bien y le decimos a Dios: "Tú lo prometiste, yo lo creo, déjame verlo". La oración de Salomón tiene un estribillo constante: "escucha y perdona". Pide por justicia cuando nadie sabe quién es culpable, por rescate cuando la nación es derrotada por su pecado, por lluvia cuando el cielo se cierra, por sanidad cuando llegan las plagas. E incluso pide por el extranjero que viene de lejos porque ha oído del nombre de Dios.
El propósito final de toda intercesión no es resolver problemas temporales, sino que la gloria de Dios sea vista. Dios está más interesado en lo que hace en nosotros mientras buscamos su rostro que en sacarnos de la coyuntura donde nos encontramos. El llamado es a interceder por las naciones, sabiendo que Dios siempre se ha movido cuando alguien se para en la brecha.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El miércoles que viene, 24 de agosto, se recuerda —no creo que pudiéramos hablar con memoria, porque no hay ninguna celebración— pero se recuerda un día de mucho pesar en la historia de la iglesia, conocido como *The Great Ejection*, el día de la gran expulsión en Inglaterra, cuando de los 1.500 ministros puritanos fueron despojados de su ordenación y de sus posiciones en la iglesia por no someterse, por no acomodarse a las desviaciones mundanas de la iglesia ni a las demandas estatales del momento. Entre los expulsados estuvieron puritanos de gran renombre como Richard Baxter, John Flavel, Thomas Watson y Thomas Brooks, personas que tenemos varios cientos de años citando por el legado y el impacto que ellos dejaron. Fueron expulsados, dejados fuera.
Este movimiento del puritanismo, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, probablemente haya sido —como algunos lo han reconocido— el más grande llamado al arrepentimiento de manera corporativa de una iglesia que andaba en carnalidad. Yo creo que los tiempos quizá no sean tan diferentes hoy. Cuando tú viajas, cuando tú ves, cuando tú escuchas, cuando tú lees, es evidente que hay mucha oposición a la iglesia, dentro y fuera de ella, y las naciones no andan mejor. Pero las naciones no pueden andar mejor si las iglesias andan como muchas veces han caminado, porque se supone que nosotros somos la luz del mundo y la sal de la tierra. Si nosotros perdemos la salinidad, en muchos lugares eso ha ocurrido, de nada servimos. Si la luz se ha puesto debajo de una mesa, pues ya no alumbramos.
En gran manera, el futuro de las naciones depende, primeramente, de nuestro Dios, pero depende de la iglesia en cada momento, que puede orar e interceder ante ese Dios para que se deje escuchar y que Dios quiera responder. La historia está ahí para probar que eso ha sido el resultado de los grandes avivamientos.
Con eso, yo he titulado el mensaje de esta mañana: "Orando por la nación", que comenzaremos hoy y terminaremos en una próxima ocasión. Está basado en una oración larga, quizás la oración más larga, o de las más largas, que tú puedes encontrar en la Biblia. Es una oración pública que el rey Salomón hizo en un momento señalado cuando caminaba con Dios. El texto nos habla de que Salomón estaba de pie delante de toda la asamblea, pero de acuerdo a 2 Crónicas 6:13, Salomón terminó de rodillas el día que oraba.
Salomón terminó de construir el templo que Dios le dio el privilegio de edificar, después de que David había querido edificarlo y Dios le había negado ese derecho. El mismo día que David recibió la negación, ese mismo día Dios le prometió que su hijo Salomón sería quien construiría el templo, porque David había derramado mucha sangre. Este día el rey Salomón dispuso una gran celebración: 22.000 bueyes fueron sacrificados y 120.000 ovejas fueron ofrecidas al Señor. Algo extraordinario: la casa de oración que David y luego Salomón quisieron edificar a Dios fue terminada.
Y eso es lo que el versículo 10 de 1 Reyes 8 dice: "Y sucedió que cuando los sacerdotes salieron del lugar santo, la nube llenó la casa del Señor. Así que los sacerdotes no pudieron quedarse a ministrar por causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba la casa del Señor." La misma nube que acompañó al pueblo en el desierto, la misma nube que descendió al monte Sinaí el día que Dios quiso hablar y dar los diez mandamientos, esa nube había descendido, había llenado, había penetrado esta nueva casa del Señor. Era una nube representativa de la gloria de Dios, de la presencia manifiesta del Señor, lo que los rabinos judíos llamaban la Shekiná, la gloria de Dios.
Madres y hermanos, nosotros no tenemos hoy en día una nube que nos recuerde y nos deje ver la presencia manifiesta de Dios. Pero en la historia de la iglesia hay algo registrado, conocido como la presencia manifiesta de ese Dios, que en ocasiones ha sido tan perceptible que tú casi puedes palparla. De hecho, era el tema predilecto de predicación y de vida de A. W. Tozer en el siglo pasado. Cuando un creyente, y peor aún cuando una iglesia, pierde el sentido de la presencia manifiesta de ese Dios, ese creyente, esa iglesia, comienza a recordar las cosas de Egipto —para usar el vocabulario del pastor el domingo pasado— y no pasará mucho tiempo cuando él, o toda la iglesia, se encuentra viviendo en Egipto nuevamente.
Cuando tú ores por ti mismo, cuando tú ores por la iglesia de nuestros días, pídele a Dios continuamente que no nos quite su presencia manifiesta, al precio que sea, independientemente de que te cueste sacrificios, estilos de vida, menos ingresos, menos relaciones o menos diversiones. La pérdida del sentido de la presencia de Dios no tiene precio; eso no es un precio que tú te puedes dar el lujo de pagar. Es esa pérdida lo que hace que los mandamientos de Dios se hagan gravosos. Es esa pérdida lo que hace que la vida cristiana se vuelva rutinaria, más de lo mismo. Es esa pérdida la que provoca el deseo de vivir en Egipto otra vez, o por lo menos de visitar Egipto los fines de semana, o de irnos de vacaciones a Egipto. Como dice el refrán, ¿verdad?, hoy es viernes y el cuerpo lo sabe.
Cuando la nube llenó el templo ese día, dicha nube fue tan densa que los sacerdotes tuvieron que salir. El sentido de la presencia de Dios fue tan extraordinario que era como si ellos y Dios no cabían en el mismo lugar. Ahora bien, como nosotros veremos, y el mismo Salomón lo afirma, Dios no necesitaba de ese templo; el templo necesitaba a Dios. El hombre fue expulsado del jardín, fue expulsado de la presencia de Dios, pero Dios nunca perdió el deseo —hasta el día de hoy, y no lo perderá— de morar con su pueblo, y buscó la forma de hacerlo todo el tiempo.
En el Antiguo Testamento, el punto de contacto, el punto de reunión entre el pecador y el Dios perdonador, era el tabernáculo y eventualmente el templo. En nuestros días, el punto de contacto donde el pecador y el Dios Padre se juntan es Cristo Jesús. Jesús es para nosotros lo que el tabernáculo y el templo fueron para el pueblo de Dios. De hecho, Él mismo se refirió a sí mismo como el templo que ellos destruirían y que Él reconstruiría en tres días. Tanto es así que cuando tú llegas al libro de Apocalipsis en el capítulo 21, se nos dice que en la ciudad nueva, en la nueva Jerusalén, dice Juan escribiendo: no vi en ella templo alguno. El templo anterior no estaba, el tabernáculo no estaba, pero Juan explica por qué: no vi templo alguno porque su templo es el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero. Y allá vamos, rumbo a la gloria, rumbo al jardín otra vez de donde fuimos expulsados.
En el ínterin hay mucha oración que hacer, en el ínterin hay mucha reflexión que hacer, hay muchas vueltas que dar. Y la oración que yo estoy a punto de leer es larga. Pero yo creo, como creyente, que es preferible oír la voz de Dios a la voz del hombre, de manera que no importa cuán larga sea, la vamos a leer. No completa hoy, pero la vamos a leer por completo entre hoy y el próximo mensaje que lidie con este texto.
Yo estoy seguro de que mientras estemos leyendo la oración, alguien lo estará pensando, de manera que vamos a hacerlo conjuntamente. Cuando lees la oración, la oración es extraordinaria: está centrada en Dios, en su propósito, está llena del corazón de Dios. Pero tú te tienes que preguntar de manera natural: ¿el hombre que hizo esta oración en este momento es el mismo hombre que se dio a los placeres y acumuló mil mujeres? Y la respuesta es que el mismo Salomón, aunque hizo una cosa, hizo la otra.
Yo creo que ya antes de leer la oración, la oración misma es una enseñanza de que es posible, en un momento dado, estar caminando con Dios con tal intimidad de poder orar de esta manera. Esta oración probablemente supera a todas nuestras oraciones, y que en otro momento posterior pasara de lo sublime no solamente a lo ordinario, sino a la miseria humana. Que en un momento dado tú puedes orar como el mejor de los creyentes, y en otro momento tu comportamiento puede ser como el del peor de los incrédulos. Y pensar que la única diferencia entre una cosa y la otra es el grado de cercanía o de lejanía a Dios.
En cualquier momento de nuestro caminar con Dios, de tu caminar o del mío, nuestra vida reflejará el lugar donde nos encontramos viviendo. O reflejamos el reino de los cielos o reflejamos el reino de los hombres. O reflejamos Egipto o reflejamos la tierra prometida. O reflejamos lo sagrado o reflejamos lo mundano. O reflejamos la gloria de Dios, como Salomón está haciendo en esta oración, o reflejamos la miseria humana, como el mismo Salomón la reflejó posteriormente.
Cuando Salomón hace esta oración narrada en el capítulo 8 de 1 Reyes, Salomón suena como un siervo humilde, dependiente de Dios, que necesita a Dios, que está consciente de la necesidad de la misericordia de Dios. Se ve a alguien que está caminando en intimidad con Dios. Y sin embargo, ese Salomón se perdió en el camino, y al perderse, perdió el sentido de lo sagrado, y con eso se perdió el resto.
Cuando nosotros caminamos cerca de Dios, nosotros tendemos a alejarnos del pecado; así es como ocurre. Pero cuando nosotros comenzamos a alejarnos de Dios, usualmente la espiral es de esta forma: primero coqueteamos con el pecado, luego calculamos hasta dónde vamos a pecar, y finalmente vivimos en el pecado, pero para entonces hemos perdido el sentido de dónde vivimos. Coqueteamos, calculamos y vivimos. Yo creo que eso le pasó a Salomón.
Pero el punto del mensaje de esta mañana es el contenido de la oración. Y no solamente el contenido de la oración: es una enseñanza de cómo orar, de cómo orar cuando de interceder se trata, y de cómo orar cuando de interceder por la nación se trata. Yo creo que eso es algo que nosotros hacemos poco. Dios instruyó a que oráramos por las naciones.
Dios instruyó al pueblo de Israel: en la nación donde tú vas, como exiliado, como disciplina de Dios, procura el bien de esa nación, lo cual implica también orar, porque en su bienestar está tu bienestar.
Este es el rey Salomón. Voy a leerte una porción, la comentamos y exponemos, y así seguiremos hasta pararnos en algún lugar. Por eso vamos al capítulo 22 de Primera de Reyes 8. Entonces Salomón se puso delante del altar del Señor en presencia de toda la asamblea de Israel, y extendió las manos al cielo y dijo: "Oh Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú, ni arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, que guardas el pacto y muestras misericordia a tus siervos que andan delante de ti con todo su corazón. Has cumplido con tu siervo David, mi padre, lo que le prometiste. Ciertamente has hablado con tu boca y lo has cumplido con tu mano, como sucede hoy. Ahora, pues, oh Señor, Dios de Israel, cumple con tu siervo David, mi padre, lo que le prometiste diciendo: No te faltará quien se siente en el trono de Israel, con tal que tus hijos guarden su camino para andar delante de mí como tú has andado delante de mí. Ahora, pues, oh Dios de Israel, te ruego que se cumpla tu palabra que hablaste a tu siervo mi padre David."
Salomón está de pie junto con la asamblea, está delante de la asamblea. De acuerdo a Segunda de Crónicas 6:3, Salomón estaba en los atrios del templo, estaba frente al altar de bronce, lugar perfecto para simbolizar lo que implica acercarnos a Dios. Porque el pecador, cuando venía al templo, se acercaba al sacerdote, y el sacerdote lo acercaba con su sacrificio al altar de bronce. En otras palabras, tú bien puedes acercarte a Dios por medio de un sacrificio que perdone tu pecado. Y cuando tú y yo nos acercamos a Dios, lo hacemos por medio de otro sacrificio: el de Cristo Jesús. Por eso es que oramos en el nombre de Cristo. Él es quien ha perdonado nuestros pecados, Él es quien permite que yo pueda acercarme a Dios, porque el pecado me aleja de Dios.
Y ahí está Salomón, con las manos alzadas, lo que metafóricamente se ha interpretado como una disposición interna, de la mente, del corazón, de decirle a Dios: "Dios, lo que tú me has dado yo he recibido, lo que tú me diste está bien." E inmediatamente después, Salomón confiesa y afirma la singularidad de Dios, la incomparabilidad de Dios, cuando dice: "No hay Dios como tú, ni arriba en los cielos, ni abajo en la tierra." Tú eres Dios. Eso es una afirmación del primer mandamiento, de la ley de Dios: no tendrás otros dioses delante de mí. Es una reafirmación del Shemá, el que habló el pastor Reinaldo: "Escucha, oh Israel, Dios es uno," que va, es uno.
Y cuando Salomón estaba diciendo esto, en esencia lo que estaba diciendo es: "No hay Dios como tú, ni arriba en los cielos, ni abajo en la tierra. Tú no tienes competencia. No hay razón, no hay forma de que nosotros, tus hijos aquí debajo, podamos edificar, pensar, crear ídolos en nuestros corazones o con nuestras manos que puedan sustituirte." Tú eres único, tú eres incomparable, tú reinas por encima de cualquier otra cosa. De manera que no hay persona, no hay cosa, no hay profesión, no hay póliza, no hay posición, no hay posesión que pueda tomar el lugar de Dios. Y cuando cualquiera de esas cosas guía nuestras vidas, demanda nuestras vidas, nos lleva a tomar decisiones en nuestras vidas, esa cosa, persona, situación o posesión se constituye en el dios que compite con el único verdadero Dios.
Salomón lo dijo poéticamente: "No hay Dios como tú, ni arriba en los cielos, ni abajo en la tierra." Pero lo que Salomón hace es que inmediatamente toma palabras que Dios había dicho de Él mismo y se las cita a Dios. Escucha: "Que guardas el pacto y muestras misericordia a tus siervos que andan delante de ti con todo su corazón." Eso fue más o menos, casi idéntico, a lo que Dios le dice a Moisés cuando pasa delante de él mostrándole una parte de su gloria, y le dice que Él es ese Dios que guarda el pacto y la misericordia con millares de aquellos que le temen. De manera que lo que Salomón está haciendo, en vez de crear palabras para orar, es tomar las palabras que ya Dios le había dado a su pueblo y devolvérselas a Dios.
Y si eso te suena un tanto extraño, recuerda lo que tú y yo hacemos cuando oramos el Padre Nuestro: tomamos palabras que Dios nos dio y las oramos de regreso a Dios. Es la mejor manera de orar: tomar prestadas las palabras que ya Dios nos dio para orar. Lo que Salomón está haciendo es decir: "Yo sé que tú eres un Dios fiel porque tú lo dijiste. Yo lo he creído porque tú lo has demostrado. Y por eso, porque tú eres un Dios fiel, porque yo sé que tú guardas la misericordia con millares, porque yo sé que tú eres fiel, cumple tu promesa." Esta es la razón por la que yo estoy orando ahora. Yo no tengo otra razón que no seas tú mismo para orar. Yo tengo un deseo, pero la razón para orar es porque yo sé que tú me estás escuchando y tú vas a responder.
Escucha cómo él lo dice en el versículo 26: "Te ruego que se cumpla tu palabra que hablaste a tu siervo mi padre David." Y con eso Salomón no está ni demandando que Dios cumpla su promesa, como que dijera: "Tú lo prometiste, dámelo," como a veces los hijos les dicen a los padres. No, él no está demandando eso. Él tampoco le está recordando a Dios porque a Dios se le olvidó y tuvo amnesia de la promesa. No. Lo que Salomón está haciendo es decir: "Yo estoy pidiendo que tú lo cumplas porque yo sé que tú lo prometiste. Como tú lo prometiste, yo sé que tú lo vas a hacer, porque no hay manera de que tú no cumplas tu palabra. Y como yo sé que tú lo vas a hacer, lo que yo estoy pidiendo es que me permitas verlo con mis ojos." Déjame verlo. Sé que va a pasar. Como yo sé que va a pasar porque tú lo prometiste, lo prometiste a mi padre David, y ya yo vi el primer cumplimiento, que es esta obra, este templo que está aquí. Pero también tú prometiste que sobre el trono de David siempre se sentaría un descendiente de David. Déjame verlo, hazlo, que se cumpla. Y en el tiempo se cumplió, porque el que se sentó en el trono de David permanentemente no es otro que Cristo Jesús hasta el día de hoy.
Salomón está diciendo: "Acuérdate de que tú dijiste, que tú dijiste estas promesas." Hermano, yo estoy tratando, hermano, no tanto de extraer cada punto teológico de la oración; yo estoy tratando de que veamos la oración y aprendamos a orar. Y una de las cosas que está clara en esta oración es que tú tomas las palabras de Dios y se las oras de regreso a Dios. ¿Y cómo tú haces eso? Déjame darte una ilustración. Traté de explicar cómo Salomón lo hizo, pero te voy a dar una ilustración de cómo tú lo puedes hacer. Tú recuerdas con frecuencia, yo también, Romanos 8:28: que todas las cosas cooperan para bien. El día de mañana tú estás en una situación difícil, con tus hijos, con tu esposo, con la iglesia, con el pastor, con el vecino, con la nación, con tu jefe, no importa. Tú estás orando y dices: "Señor, tú dices que todas las cosas cooperan para bien. Yo lo creo, yo lo afirmo. Tú eres un Dios que hace cooperar todo para bien. Esta situación en la que yo me encuentro también cooperará para bien. Déjame verlo." Ahora estás devolviendo la misma palabra de regreso a Dios. ¿Cuál es el riesgo de que yo no crea tu palabra? Esto es lo que Salomón está haciendo.
Pero recuerda: Salomón está conectado a Dios en este momento, él está viviendo en intimidad con Dios. Esta es la razón por la que él puede orar como está orando. Y ahora escucha las palabras de Salomón en el versículo 27. Hay una pregunta de Salomón: "¿Pero morará verdaderamente Dios sobre la tierra?" La respuesta retórica es: claro que no. Escucha la respuesta de Salomón: "Si los cielos, si los cielos de los cielos no te pueden contener, ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?" Yo te he pedido que vengas y mores entre nosotros, pero yo sé que tú no puedes morar en esta casa. Es simplemente que yo sé que este es el punto de reunión, el punto de contacto entre la humanidad caída y tú. De manera que yo quiero que este lugar se mantenga activo como comunicación con Dios.
Dios no mandó a construir el templo porque iba a beneficiar a Dios. Dios no puede beneficiarse absolutamente de nada, porque Dios lo tiene todo. Dios mandó a construir el templo para beneficio del pueblo de Dios, donde el hombre vendría a orar, a sacrificar y a encontrar perdón por sus pecados. Hermano, Dios nunca ha hecho, nunca ha creado, nunca ha dicho absolutamente nada que a Él lo pueda beneficiar. ¿Te imaginas eso? Un ser que ha dicho mucho, que ha hecho mucho, que ha creado mucho, y nada de eso ha sido para su beneficio, porque Él lo tiene todo. Todo lo que Dios ha dicho y hecho, lo ha dicho y lo ha hecho para el beneficio de sus criaturas.
Salomón lo sabía. Pablo lo sabía, cuando fue a Atenas y dijo que Dios no habita en templo hecho con manos humanas, como si Él necesitara de algo o de alguien. Salomón lo sabía, pero Salomón está orando porque él sabe que en la fidelidad de Dios, Él va a escuchar y va a responder. En el último caso, cuando yo trabajo la razón —me gusta hacer eso conmigo mismo—, cuando yo trabajo la razón de por qué hago lo que hago, no hago lo que hago, o digo lo que digo, me gusta encontrar la causa final. Nuestras oraciones son pocas porque nuestra creencia en la fidelidad de Dios, y en el hecho de que Dios me está escuchando y va a responder, no importa la oración que yo haga, y la va a responder para mi bien, porque esa creencia no está. Si lo contrario fuera cierto, oraríamos continuamente.
Hermanos, cada vez que Dios responde una oración que tú haces, ten por seguro que la respuesta que vendrá, y parte de ella, será mejor que la petición que tú has hecho. ¿Te imaginas tener esa garantía? Pídeme lo que tú quieras.
A lo que Dios va a decir: "No te estoy diciendo que te voy a dar todo lo que pidas; te estoy diciendo que cada vez que me pidas, te voy a dar algo mejor de lo que me pidas, que tú lo aprecies a sus otras cosas." La colaboración que no hicimos, pero que Cristo como intercesor hizo por mí, o el Espíritu de Dios hizo con gemidos indecibles por mí, es otra evidencia más de la fidelidad de Dios que me da cuando yo todavía ni siquiera he pedido.
Cada oración respondida con un no por parte de Dios es otra evidencia de su fidelidad, porque cuando lo pedí y Dios dijo no, yo no sabía lo que estaba pidiendo. Y Dios me dijo: "Esto es lo que tú quieres, pero eso no es lo que te conviene."
En el versículo 28 de esta oración, Salomón suena como un verdadero intercesor, con un corazón que siente por el pueblo de Dios. Pero recuerda que lo que el ungido de Dios está haciendo es dándonos como una tipología en Salomón como intercesor del mejor intercesor de todos, que es Cristo Jesús. De manera que si esto suena como "¡Wow, qué corazón!", imagínate el de Jesús; pues es solamente un reflejo del corazón de Dios.
Escucha a Salomón el intercesor: "No obstante, atiende la oración de tu siervo y a su súplica, oh Señor Dios mío, para que oigas el clamor y la oración que tu siervo hace hoy delante de ti; que tus ojos estén abiertos noche y día hacia esta casa, hacia el lugar del cual has dicho: 'Mi nombre estará allí', para que oigas la oración que tu siervo haga hacia este lugar. Y escucha la súplica de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren hacia este lugar; escucha tú en el lugar de tu morada, en los cielos; escucha y perdona."
En el versículo 28, Salomón usa tres palabras para referirse a la oración. La misma palabra "oración", que es como la oración de intercesión regular que tú y yo hacemos; luego se refiere a escuchar la "súplica", que es una oración más intensa, de mayor fervor. No sé cuántas veces nosotros suplicamos, porque tengo la impresión de que la mayoría de las veces simplemente oramos. Y luego Salomón dice "escucha el clamor", que es esa oración que tú haces cuando estás en dificultad, que la haces casi con hipidos. El autor de Hebreos dice que durante su vida Cristo oró con clamor y súplicas. Esa oración que Cristo hizo clamando, con dolor, con compasión, con deseo.
En ese momento Salomón está pidiendo que Dios mantenga sus ojos sobre esta casa, porque la gente va a venir a orar, y le está pidiendo que Dios cuide a su pueblo. Quiere que Dios tenga sus oídos atentos a su pueblo cuando vengan a esta casa a orar, porque es el punto de reunión. "Lo que yo quiero es que Tú les oigas", porque por lo que vamos a ver más adelante, cuando Tú les oigas, Tú vas a responder, y no solamente vas a responder a sus oraciones —como ya dijimos— sino que lo vas a hacer mejor de lo que ellos pidieron.
Por eso en el versículo 30, escucha la súplica de tu siervo y de tu pueblo: es raíz de ambos. "Yo quiero que Tú me veas a mí, pero lo que te estoy pidiendo es que los oigas a ellos." De manera que esta es una oración extraordinaria. Es como si Cristo estuviera en los cielos ahora diciendo al Padre: "Mira, yo quiero que Tú me oigas a mí cuando yo interceda por ellos, pero yo quiero que Tú los veas a ellos también."
Y lo único que Salomón está haciendo, todavía sin haber pedido nada, es invocar el nombre de Dios. "Tú dijiste: 'Mi nombre estará allí'"; en otras palabras, Tú has puesto, Tú has invertido, la gloria de tu nombre no en el soberbio templo, no en lo material, sino en lo que aquí puede ocurrir: el perdón de pecado, la expresión de misericordia, el despliegue de gracia, la expresión de tu corazón.
Escucha cómo Salomón resume en dos palabras, en el versículo 30, el deseo entero de lo que él va a decir. Dos palabras al final del versículo 30: "Escucha y perdona." Eso es. Lo único que te estoy pidiendo, Dios, es que escuches y perdones.
Cuando Salomón comenzó a orar por el pueblo, comenzó a orar por perdón. Yo lo mencionaba esta mañana, y ya me han oído decir esto no sé cuántas veces, y lo seguirán oyendo: yo aprendí a orar por perdón de manera prioritaria, prácticamente todos los días. ¿Y ahí es donde Salomón comienza? Si es verdad que nuestros pecados hacen separación entre Dios y nosotros —yo sé que Cristo los perdonó—, pero ahí en lo temporal hay una cierta distancia que también ocurre. Yo quisiera que esa distancia no estuviese, que esté cerca todo el tiempo. De esa misma manera, prácticamente cada oración, al final del día, comienza pidiendo perdón.
Salomón ahora conoce la historia del pueblo judío anteriormente; conoce la historia durante el tiempo de los jueces. Él sabe que durante el período de los jueces, en ese libro que lleva su nombre, 350 o 400 años de rebelión, opresión de parte de tribus extrañas y extranjeros, clamor de parte del pueblo a Dios, Dios escucha, perdón, liberación… rebelión, clamor, perdón, liberación. Siete ciclos de eso. Salomón dice, caminando cerca de Dios: "Recuerda, este pueblo va a ser lo mismo otra vez; déjame anticipar y pedir de manera futurista que Dios perdone sus pecados cuando ocurra."
¡Wow! Eso es como Cristo en la cruz: "Padre, las consecuencias que vienen sobre este pueblo como consecuencia de estos clavos que han hallado… perdónalos, porque no saben lo que hacen." Salomón está tipificando la intercesión de Cristo; él no lo sabe, pero Dios lo está usando para reflejar su corazón.
La primera petición de Salomón es por justicia. "Si alguien peca contra su prójimo y se le exige juramento, y viene y jura delante de tu altar en esta casa, escucha desde los cielos y obra y juzga a tus siervos, condenando al impío, haciendo recaer su conducta sobre su cabeza, y justificando al justo, dándole conforme a su justicia." ¿De qué está hablando Salomón? Bueno, en la antigüedad, el pueblo de Israel, igual que hoy, tenía casos personales, pero también casos nacionales donde esta persona peca contra esta persona; esta persona dice que las cosas fueron de una manera, esta persona dice que fueron de otra manera, no hay testigos. Los ancianos de Israel traían a esas dos personas —o a esos grupos, quien sea— al altar, y ahí en el altar le pedían que jurara cuál era la verdad.
Salomón dice: "Cuando no se sepa a dónde cae la verdad, yo te pido que tu justicia desde los cielos haga que el culpable pague y que el inocente quede libre." Tú piensa que esa es una oración que podemos hacer en esta nación, o en cada nación, cuando los tribunales no sean confiables, cuando los jueces no sean confiables, cuando las leyes no sean confiables, cuando la corrupción llega a un grado tal que, al final, con las redes sociales involucradas, no se sabe quién es el culpable y quién es el inocente. En vez de irnos a las redes sociales a decirnos cosas, esto es lo que tú vas a hacer: vas al trono de la gracia, al Juez del cielo y la tierra, y dices: "Señor, que se haga tu justicia; que la culpa caiga sobre el culpable y que el inocente salga libre." ¿Y qué es lo que crees? Que Dios es soberano.
La segunda petición de Salomón es por el rescate de la nación, si esta es derrotada por otra nación como castigo de parte de Dios. Escucho los versículos 33 y 34: "Cuando tu pueblo Israel sea derrotado ante el enemigo por haber pecado contra ti, si se vuelven a ti, confiesan tu nombre y oran y te hacen súplica en esta casa, escucha tú desde los cielos, perdona el pecado de tu pueblo Israel y hazlo volver a la tierra que diste a sus padres."
Israel había estado involucrado en múltiples guerras y perdió un número de conflictos simplemente por haber pecado; no se suponía que fuera así. Pero recuerda que si bien es cierto que los conflictos entre las naciones —hoy tenemos muchos de ellos en el mundo— se dan por el pecado en el corazón de los hombres, no es menos cierto que ellos no ocurren despreciando la providencia y la soberanía de Dios. Dios permite, Dios orquesta, Dios suprime, Dios trae. En la época de los jueces, la opresión que Israel sufrió en cada uno de los casos fue fruto de su pecado, y fue liberado por intervención del mismo Dios.
Pastor, hoy no tenemos un Israel; no hay una nación así de especial. No. Pero hay una iglesia, y hay una iglesia que parece estar siendo derrotada por el secularismo de nuestros días. Una iglesia que en Occidente, en Norteamérica, en Europa ha perdido su influencia y su relevancia; pero primero perdió su trascendencia, su conexión con Dios. No puedes perder, como iglesia, tu relevancia y tu influencia si no has perdido tu trascendencia primero.
De manera que el llamado hoy, de manera aplicada con ese texto, es a llamar a la iglesia que está siendo perseguida, que está siendo debilitada, que está siendo oprimida —con todas las predicciones futuras de que las cosas quedarán peor— a un llamado al arrepentimiento al pueblo de Dios, a regresar a ese Dios. Y así nos lo dice el versículo 33: ¿de qué manera?, ¿cuáles son los requisitos? "Si se vuelven a ti, confiesan tu nombre y oran y te hacen súplica en esta casa." Esa es la manera como regresamos; es la manera como nosotros podemos pedirle a Dios que fortalezca su iglesia otra vez, que la iglesia sea la iglesia una vez más donde una vez lo fue, que las naciones puedan tener la influencia que tuvo el movimiento puritano.
Harvard, la famosa universidad de Harvard, fue creada por puritanos. No solamente por puritanos, por puritanos calvinistas, y cuando comenzaron a llegar teólogos arminianos, estos bajaron y fundaron Yale. Más de 100, 125 instituciones educativas universitarias, que llaman colegios en Estados Unidos, fueron fundadas por cristianos que salieron de ese movimiento puritánico que quería transformar su sociedad.
En tercer lugar, Salomón pide para los casos cuando Dios haya causado que el clima cambie como consecuencia del pecado del hombre, como cuando la lluvia deje de caer y haya sequía. De hecho, en el profeta, en el libro del profeta, Dios dice: "Yo causé sequías en un lugar, yo desvié la lluvia en otro, había inundaciones y no te volviste a mí." Dios directamente dice: "Yo produje cambios en ciertos lugares donde no había agua, y la gente iba corriendo de una ciudad a otra en busca de agua, procurando que te volvieras a mí, y no te volviste a mí."
Salomón expresa el deseo de que Dios le perdone. Cuando Salomón expresa el deseo de que Dios le perdone, lo que está expresando es el deseo de Dios de perdonar al pecador que se arrepiente. Eso es literalmente lo que está haciendo. Este es un reflejo del corazón intercesor del Cristo futuro. Salomón, una y otra vez, está diciendo: "Cuando esto pase, cuando aquello pase, yo te pido que tú escuches su clamor, su oración, que lo tengas en cuenta y que les perdones." Una y otra vez, una y otra vez.
"Cuando los cielos estén cerrados y no haya lluvia" —versículo 35— "por haber ellos pecado contra ti, y oraren hacia este lugar y confesaren tu nombre y se volvieren de su pecado cuando tú los afligieres, escucha tú desde los cielos y perdona el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel. Sí, enséñales el buen camino por el que deben andar, y envía lluvias sobre su tierra, la que diste a tu pueblo por heredad."
Enséñales el buen camino. Si están ciegos, si están perdidos, no saben cómo caminar. Enséñales el buen camino, para que les puedas enseñar la senda por donde ir, porque se perdieron. Es exactamente lo que Cristo quiere hacer contigo y conmigo.
Al menos yo sé que, con todos los avances tecnológicos que tenemos, cada vez que hay cambios climáticos tenemos explicaciones científicas de por qué ocurren. También las había en los tiempos de Israel, lo que no había era la ciencia. Lo que a la luz de la humildad no me puede decir es que esos cambios ocurren lejos de la soberanía y la providencia de Dios, divorciados del control absoluto que Dios tiene, cuando Él mismo ha declarado que no dos pajarillos —el cielo, las nubes, los mares— no dos pajarillos caen al suelo sin Su consentimiento.
Nosotros no podemos perder de vista que todos los acontecimientos... Cada vez que lees los periódicos, lo que tú lees tiene dos lecturas: una la que nosotros le damos aquí abajo, y otra como Dios la ve desde arriba. Y esas dos lecturas son completamente diferentes con frecuencia, o siempre. Tu confianza está en el Dios a quien Salomón está orando. Pero tú no puedes dejar de hacer algo que Salomón está haciendo, y yo tampoco. Aquí tenemos que confesar nuestro pecado, y es que tenemos que interceder. Tú quieres ver cambios en tu familia, en las naciones, en tu iglesia, en ti mismo; tú tienes que orar. Tú y yo tenemos que orar, volvernos, volver a Dios, regresar a Él y creer que Él nos va a escuchar y nos va a responder.
Número cuatro: Salomón ora ahora por cuando la nación esté pasando por medio de plagas, hambre, pestilencias o cualquier enfermedad por causa del pecado, para que Dios escuche a cualquier hombre que eleve su clamor a Él, o si la nación entera ora —en nuestro caso, si la iglesia entera ora— o un solo creyente ora, para que Dios escuche. Él está intercediendo por situaciones de calamidades, enfermedades, opresión y pecado. El único deseo es que Dios escuche. Versículos 37 al 40:
"Si hay hambre en la tierra, si hay pestilencia, si hay pestes o plagas, langosta o saltamontes, si un enemigo los sitia en la tierra de sus ciudades, cualquier plaga, cualquier enfermedad que haya, toda oración o toda súplica que sea hecha por cualquier hombre o por todo el pueblo de Israel, conociendo cada cual la aflicción de su corazón y extendiendo sus manos hacia esta casa, cuando se haga así, escucha tú desde los cielos, el lugar de tu morada, y perdona, y actúa y da a cada uno conforme a sus caminos, ya que conoces su corazón, porque solo tú conoces el corazón de todos los hijos de los hombres."
¿Para qué? ¿Para qué quiere Dios perdonar a gente que merece el castigo, la disciplina? Escucha el versículo 40: "Para que te teman todos los días que vivan sobre la superficie de la tierra que diste a nuestros padres." En esos párrafos hay diferentes dificultades en las que la nación de Israel pudiera estar envuelta, y ahí están enfermedades y plagas.
Yo sé que nosotros podemos hablar de que una investigación y un virus escapó de un laboratorio de una nación del oriente, que esa sea la causa de toda esta pandemia que nosotros tenemos hoy. Pudo haber sido, o que alguien estuvo manipulando el virus y que eventualmente, fruto de eso, terminamos como hemos terminado. Pero eso no divorciado, no despegado de la soberanía y la providencia de Dios. Eso no ocurre, no va a ocurrir. Un millón de personas —más de un millón de personas— se pueden morir de la última pandemia, pero no despegado de la providencia de Dios. La gente muere cuando Dios dice que ya terminó su vida aquí debajo.
Ahora, no sé si tú has notado el énfasis de Salomón, el énfasis personal. Versículo 38: "Conociendo cada cual la aflicción de su corazón." Si tuvo que orar, es porque cada cual sabe cuánto tiene que arrepentirse. Cada cual conoce la aflicción de su corazón. Versículo 39: "Actúa y da a cada uno conforme a sus caminos, ya que tú conoces su corazón, porque solo tú conoces el corazón de todos los hijos de los hombres."
Ahora, cualquiera que oye eso y lee pudiera pensar que Salomón quiere que Dios le tuerza el brazo al pueblo de Israel. Escucha: Salomón sabe que cada cual, cada uno de nosotros, tiene diferentes cosas y grados distintos de arrepentimiento que llevar a cabo. Pero oye lo que Salomón quiere —versículo 40— y lo que Salomón quiere es lo que Dios quiere. ¿Cómo lo sé? Porque esto está aquí para ejemplo, y porque él simboliza al intercesor futuro que es Cristo Jesús. Versículo 40: "Para que te teman todos los días." Y cuando la palabra "temer" es usada en ese contexto, lo que implica es: para que te reverencien, para que te amen, para que te obedezcan, para que te honren, "para que te teman todos los días que vivan sobre la superficie de la tierra que diste a nuestros padres."
Salomón está interesado en una sola cosa. Escúchalo: perdonarlos y bendecirlos. Y Dios está interesado en la misma cosa. "Quiero escucharte. Cuando te escucho y tu corazón es sincero, contrito, humillado, quiero perdonarte y quiero bendecirte." Es cierto, pero no vienes, o no vienes con el corazón contrito. Pero al corazón contrito y humillado, Dios no desprecia.
Número cinco: Salomón ora a favor del extranjero que vive en tierra de Israel. No solo tenemos extranjeros en nuestro país, extranjeros que han venido del norte, del sur, del este y del oeste. Si había una nación donde no había razón para orar por el extranjero, era la nación de Israel, porque ellos eran el pueblo elegido. Nosotros somos los judíos, los otros son gentiles. Hubo rabinos que llegaron a pensar que Dios creó a los gentiles para atizar el fuego del infierno y usarlos de combustible. O sea, que si había una nación donde no había que orar por el extranjero, sería esa. Pero escucha a Salomón reflejando el corazón de Dios, versículos 41 y 42, y con esto cerramos:
"También en cuanto al extranjero que no es de tu pueblo Israel, cuando venga de una tierra lejana a causa de tu nombre, porque oirán de tu gran nombre, de tu mano poderosa y de tu brazo extendido." En otras palabras, hay extranjeros que han venido, que van a llegar a Israel, porque han oído que ese es el pueblo donde tú estás obrando. Hay gente que ha venido aquí a la iglesia más de una vez, en múltiples ocasiones, que han pasado adelante y me han dicho: "Pastor, estamos considerando mudarnos a Santo Domingo porque nosotros vemos que Dios está obrando aquí, y donde nosotros vivimos, como que no vemos eso."
Salomón está diciendo: "Cuando ese extranjero venga, cuando venga a orar a esta casa, escucha tú desde los cielos, el lugar de tu morada, y haz conforme a todo lo que el extranjero te pida. Escucha al extranjero también." Escúchalo también, de la misma manera que debes escuchar al pueblo de Israel, "para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, para que te teman." Eso es la gran comisión. La gran comisión es que todos los pueblos de la tierra escuchen y sepan del nombre de Dios y se lleguen a temerle, como te teme tu pueblo de Israel, "y para que sepan que tu nombre es invocado sobre esta casa que he edificado."
Salomón está diciendo: "Mi deseo, mi ruego, es que tú quieres que la gloria de Dios cubra la tierra." Como Dios en el Antiguo Testamento, pues eso es lo que te estoy pidiendo: cuando el extranjero venga, permítele que venga y permítele que te conozca, y cuando ore, que tú le escuches, que tú le respondas, que tú le bendigas, y que él sepa que fue bendecido en el pueblo que llevaba tu nombre.
¿Estás dispuesto a orar por los venezolanos, los colombianos, los peruanos, los bolivianos, los cubanos, los puertorriqueños, los mexicanos, los norteamericanos, los canadienses, los haitianos? Que Dios los escuche, que ellos sean convertidos, que ellos lleguen a temerle, para que todos nosotros contribuyamos a reflejar la gloria de nuestro Dios, su misericordia, su gracia y su perdón. Salomón quiere que Dios quede conocido en todas las naciones.
Preguntas retóricas, de cierre y de reflexión. ¿Tenemos nosotros esa clase de intención cuando pedimos algo, o por alguien, o por alguna nación? "Ah, bueno, pastor, yo nunca pido por las naciones, y menos por algunas." Bueno, es tiempo de arrepentirnos y cambiar. Mi oración es que Dios te escuche, te perdone y te bendiga.
¿Estamos nosotros tan centrados en Dios como Salomón lo estaba al orar? Cuando pedimos que Dios nos escuche en nuestra oración, ¿estamos más bien deseando que la gloria de Dios se aviste cuando responda la oración que pedimos? Entonces, considerémonos. ¿Qué es lo que creemos: que Dios me resuelva el problema temporal que tengo, o que yo quiero que, independientemente de si lo resuelve, no lo resuelve, o cómo lo resuelva, en la resolución o no del problema la gloria de Dios se aviste?
"No, pastor, así no. Yo lo que quiero es que Dios me arregle la cosa, lo que está roto que lo arregle." Bueno, puedes arrepentirte, y mi deseo es que Dios te escuche, que Dios te perdone y que Dios te bendiga. Pero es más importante el despliegue de la gloria de Dios que el arreglo de mis problemas.
Lo mismo por los extranjeros que habitan en nuestra nación y los que están llegando. Básicamente, nuestras oraciones están centradas en nuestros intereses y problemas. He estado conversando el viernes en la tarde con una persona joven que quería que la ayudara con algunas decisiones, y le decía: "Mira, la decisión es importante, pero a todos los años que tengo caminando con el Señor, déjame decirte que Dios está más interesado en lo que Él va a hacer en ti mientras tú buscas su rostro y su decisión final, que en la decisión misma que tú quieres encontrar en este momento."
En cada una de las coyunturas en las que tú y yo nos encontramos, Dios está más interesado en lo que Él va a hacer en ti, en relación a la imagen de Cristo, en medio de esa coyuntura en la que te encuentras, que en sacarte de la coyuntura en la que estás.
Alguien me decía —ahora cuando fui a México, Reinado estaba conmigo, de manera que no me dejó; no estaba conmigo en esta reunión, pero sabe que esta reunión sería hoy, con ese testimonio—, alguien me decía: "Estoy viviendo ciertas dificultades —voy a dejarlo bastante anónimo en esta situación—, estoy viviendo en este lugar y yo no sé si es el lugar donde Dios me quiere." Yo le dije: "¿Dónde tú estás? En tal lugar." "Sí." "Ahí es donde Dios te quiere." "¿Y cómo tú sabes?" Porque en cualquier momento de la historia, en cualquier momento particular de la historia, donde tú estás es donde Dios te quiere, porque si no te quisiera ahí, te tuviera en otro lugar donde Él sí te quiere. Él es soberano sobre mis deseos.
Le dije: "Dame, ilustrémoslo. Jonás, antes de que estuviera en el vientre del pez, ¿dónde Dios lo quería? En Nínive. Cuando él estaba en el vientre del pez, ¿dónde Dios lo quería? En el vientre del pez, por eso estaba ahí, porque eso era lo que Jonás necesitaba para aprender lo que implica obedecer a Dios, no seguir la voluntad de Dios, oponerse a Dios. Y no había ningún otro lugar como el estómago del pez para que él descubriera eso, de manera que ese era la voluntad de Dios."
En cualquier momento de la historia, donde tú estés, ese es el lugar donde Dios te quiere. ¿Cómo sé yo que Dios me quería predicar en este púlpito? Porque aquí estoy predicándolo. Si Él hubiese creído que yo estuviera en México, hubiese parado todos los aviones, me deja en México, y allá tuviera yo que predicar en el día de hoy, si fuera necesario.
Recuerda: en la medida en que intercedemos por otros y por nosotros, Dios está más interesado en lo que hace en ti, en la formación de su imagen, que en cualquier otra cosa que tú estés pidiendo, tratando de hacer o logrando. Me voy a detener en eso porque está aquí, porque el propósito eterno de Dios es exclusivo para cada uno de ustedes. Eso es increíble. Que Dios de esa manera te diga: "Cuál es mi propósito para ti, para ti, para ti, para ti." Y ese es exclusivo. Es la formación de la imagen de mi Hijo —Romanos 8:29—, desde la eternidad pasada. Toda tu historia, toda tu historia, la buena, la mala y la no tan buena, está orientada a formar la imagen de mi Hijo en ti.
Si Salomón está ahí intercediendo, y aunque él no tiene estos conceptos tan claramente definidos como tampoco los tenemos nosotros del todo, sí tiene el mismo concepto del carácter de Dios: que Dios es soberano, que es providencial, que Dios obra, que Dios es misericordioso, que Dios perdona, y que la única manera en que al pueblo le puede ir bien es que se acerque a Dios, que le hable a Dios. El resto, ya él sabe lo que va a ocurrir: Dios le va a perdonar, Dios le va a bendecir.
Padre, gracias. Gracias porque si hoy no pensamos tanto en términos de una nación como Israel y de naciones diferentes, sí pensamos como iglesia. Y como iglesia, nosotros queremos acercarnos, arrepentirnos, recibir perdón y recibir tu bendición. Yo te pido en el nombre de Cristo a favor de todas y cada una de tus iglesias a lo largo del globo. Te pido por los ministros y los pastores. Te pido por un grado de arrepentimiento masivo de parte de todas tus ovejas, independientemente de la posición que ocupen. Te pido, Señor, que tú nos escuches cuando te hablemos, que tus oídos, que están inclinados hacia nosotros, escuchen, y que en tu bondad nosotros encontremos perdón.
Pero inmediatamente, Señor, yo recuerdo que tú nos pusiste como iglesia en medio de las naciones para que seamos sal y luz, de manera que en esta mañana nosotros queremos cerrar pidiéndote que te acuerdes de las naciones. En tu bondad y en tu favor, acuérdate, Dios. Recuérdanos a nosotros que tú estás presto a moverte a favor de ellas, pero que tú siempre lo has hecho cuando alguien se para en la brecha a favor del necesitado, y en este caso de las naciones.
Acuérdate, acuérdate de Haití, Dios. Acuérdate de Ucrania. Acuérdate de Afganistán. Acuérdate de Yemen. Acuérdate de Rusia. Acuérdate de Estados Unidos. Acuérdate de Canadá. Acuérdate del continente europeo. Acuérdate de China, Dios. Acuérdate de Japón. Acuérdate de todo el Medio Oriente completo: árabes, palestinos, judíos. Acuérdate de todos ellos, que en tu bondad y en tu favor tú muevas a todas esas naciones a venir a ti, en arrepentimiento, en búsqueda de lo que solamente tú tienes. Que tú les oigas, que tú les perdones, que tú les bendigas. En tu nombre. Amén.
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