IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Las naciones atraviesan hoy un caos que parece diferente al de otras épocas: no solo es generalizado, sino que ataca los fundamentos mismos de la sociedad. Frente a esta realidad, surge la pregunta que David se hizo en su momento: si los fundamentos son destruidos, ¿qué puede hacer el justo? La respuesta prioritaria es orar. Y aquí aparece un contraste incómodo: por cada vez que nos quejamos de lo que está mal en nuestra nación, ¿cuántas veces hemos orado por ella? Orar no es un sacrificio sino un privilegio extraordinario —hablar con el Creador a cualquier hora, en cualquier lugar, sabiendo que escucha, que responde, y que su respuesta será mejor que nuestra petición.
La oración de Salomón al dedicar el templo ofrece una guía poderosa. Él no ora por asuntos personales sino por la nación entera, y lo hace reconociendo una verdad incómoda: "no hay hombre que no peque". Salomón anticipa que el pueblo volverá a fallar y pide misericordia para cuando eso ocurra. Pero su petición tiene condiciones: que el pueblo recapacite, se arrepienta de corazón, y confiese sin excusas diciendo "hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos obrado perversamente". El arrepentimiento genuino requiere llamar al pecado por su nombre, sin atenuantes ni comparaciones con otros.
La motivación final de Salomón revela el propósito más alto de la oración: que todos los pueblos de la tierra sepan que el Señor es Dios y no hay otro. No oramos simplemente para salir de problemas, sino para que, en nuestra liberación o en nuestra prueba, Dios sea glorificado. Esto demanda corazones enteramente dedicados a Él —no parcialmente—, porque la obediencia parcial sigue siendo desobediencia total.
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Vamos a continuar con esta oración que Salomón hizo en la inauguración del templo que Dios mismo le había pedido que fabricara. En ocasión de su dedicación, Salomón hace una oración extraordinaria que ya cubrimos en gran parte en una primera mitad del mensaje. Esta es la segunda porción de ese mensaje, un mensaje que titulamos: "Orando por la nación, segunda parte." El mensaje de hoy va a estar arraigado en los versículos 44 al 61, y el 44 al 45, como ya veremos, será resumido por razones que explicaremos más adelante. Pero ahí estamos, 1 Reyes, capítulo 8.
Quiero iniciar este mensaje diciendo algo parecido a lo que dije en el primero, y es que no creo que sea un secreto para ninguno de nosotros que las naciones hoy en día están en medio de un caos. Un caos que tiene diferentes niveles, diferentes grados, dependiendo del continente o el país de referencia. Y ese caos, dependiendo de la noticia que esté leyendo o que esté viendo, aparece ser moral en un caso, social, político, económico, educacional, y aun climático en algunas ocasiones.
Y uno puede estar pensando y decir: "Bueno, las naciones siempre han estado en un estado caótico más o menos igual." La verdad es que hay cierta verdad en eso: época después de la caída, el mundo nunca ha estado en armonía. Pero la historia nos recuerda que hay períodos y momentos de mayor descomposición y confusión que otros. Puede pensar en la primera y la segunda guerra mundial, puede pensar antes y después de la pandemia. Pero hay algo nuevo en ese caos, algo que entendemos algunos de nosotros.
Por un lado, el caos parece ser generalizado. En segundo lugar, creo que hay una gran cantidad de personas, la mayoría, que no está percibiendo que realmente algo diferente está ocurriendo, que hay como una especie de ciclón social a nivel mundial. En tercer lugar, yo creo que también, leyendo y oyendo, que muchos están más o menos contentos con esta descomposición. Y en último lugar, que es quizás lo más importante, algo que es nuevo es que los fundamentos están siendo destruidos.
Piense por un momento la diferencia entre experimentar un terremoto en el décimo piso de un edificio, que haya un defecto de construcción a ese nivel, y experimentar el mismo sismo con un defecto de construcción grave a nivel de las zapatas. Eso no es la misma cosa, la experiencia no es la misma, y probablemente la suerte del edificio no sea igual. Yo creo que en todo ese contexto debemos hacernos la misma pregunta que el rey David se hizo en un momento dado, el padre de Salomón, que hizo esta oración que vamos a abordar: "Si los fundamentos son destruidos, ¿qué puede hacer el justo?" (Salmo 11:3).
La respuesta a esta pregunta no es simple, porque tiene múltiples aristas que pudiéramos mencionar. Pero yo creo que hay algo que es prioritario, algo que siempre debiera ser lo primero que ese justo hace independientemente de la circunstancia, y es orar. Orar por justicia, orar por sabiduría, orar por discernimiento, orar por arrepentimiento, por perdón personal y aun nacional, como lo hizo Daniel y como lo hizo Nehemías en su momento.
Lamentablemente, cuando alguien nos pide que oremos y decimos "sí, voy a orar por eso", con cierta frecuencia eso es como un cliché, porque luego nos olvidamos y no oramos. Y pensando en la nación, porque recuerda, este mensaje es "Orando por la nación, parte dos", piensa por un momento: por cada vez que te has quejado por algo que no está bien en tu nación, ¿cuántas veces has orado por esa misma nación? Eso cae duro al pasar, pero es la realidad.
A nosotros se nos olvida que orar no es un sacrificio, es un privilegio. Poder hablar con el Creador del universo a cualquier hora, en cualquier día, en cualquier lugar, en cualquier estado de ánimo, independientemente del estatus social, económico, educacional, del idioma, de la facilidad con el idioma. Eso, yo no sé si hay mayor privilegio. Y sobre todo, cuando piensas que Él te escucha, número dos, que Él va a responder, y número tres, que cuando responda, será mejor que tu oración.
Ahora bien, orar implica no solamente hablar con Dios, implica creerle a Dios, creer sus promesas, creer su control providencial. Pero también implica esperar en Dios. Porque, ¿por qué voy a orar si después que oré voy a actuar y no voy a esperar siquiera lo que Él tenga que hacer? A veces me imagino —no digo que ocurra, es solo una ilustración— que estamos orando, y entonces cuando terminamos, decimos "en el nombre de Cristo, amén", y Dios como que pudiera decir: "Pero si no te he dicho nada todavía", y ya nos fuimos. Solo una ilustración.
Pienso en todo eso porque el rey Salomón tuvo el privilegio, el encargo, el regalo de parte de Dios, de construir un templo que su padre había querido construir y Dios se lo prohibió, como hablamos. Y él construye el templo, y llega el día en que se va a dedicar, el arca del pacto es traída a este nuevo templo, hubo todo tipo de celebración, siete días de celebración, más de cien mil sacrificios. Y yo he querido escoger la oración de Salomón como parte de esta serie sobre la oración que hemos titulado "Orando con los héroes de la fe", y de manera particular, el mensaje anterior y este los he titulado "Orando por la nación", porque yo creo que en la Palabra hay mucha enseñanza para nosotros acerca de cómo orar. Está ahí, pero no la vemos.
En esta ocasión Salomón no toma asuntos personales para orar. No, Salomón piensa en la nación y ora por la comunidad entera. Y él tiene siete motivos de oración, de los cuales cubrimos cinco la vez anterior. Salomón oró por justicia —los estoy resumiendo—, oró por la seguridad de la nación, oró por misericordia en caso de que las condiciones climáticas de la nación fueran el resultado del juicio de Dios, como pasó en los tiempos de Elías, donde por tres años y medio no llovió, y realmente Elías oró y vuelve a llover. Oró por la intervención de Dios en caso de plagas y pestilencias que afectaran la nación, otra vez como consecuencia de su pecado, como leemos en Oseas 4. Y de manera particular, oró para que el favor de Dios estuviera con el extranjero en Israel, en un momento donde Israel veía a los gentiles casi como ciudadanos de segunda clase o seres humanos de segunda clase. El extranjero: el que está en República Dominicana, el colombiano, el venezolano, el boliviano, el cubano, el haitiano, el puertorriqueño, el mexicano, el norteamericano; que el favor de Dios de manera especial descanse sobre ellos. Cubrimos todo eso la vez anterior.
La sexta petición de Salomón la voy a resumir en un minuto, porque Salomón ya oró por esto; aparece en los versículos 44 y 45, donde él vuelve a pedir protección para la nación si sale en batalla, está en batalla, está en dificultad y está siendo derrotada: que Dios interviniera en medio de la batalla, que Dios los protegiera, los perdonara y les hiciera justicia.
La manera en que hoy nos vamos a concentrar es en el resto del texto de la oración, pero lo vamos a dividir en dos. La primera parte es la conclusión de la oración de Salomón, versículos 46 al 53. Y la segunda parte es la bendición de Salomón para la congregación, para la asamblea. Con eso, quiero invitarlos a que tomen la Palabra, el libro de 1 Reyes, capítulo 8, comenzando a leer en el versículo 46:
"Cuando pequen contra ti, pues no hay hombre que no peque, y estés airado contra ellos y los entregues delante del enemigo, y estos los lleven cautivos a la tierra del enemigo, lejos o cerca; si se arrepienten en la tierra donde hayan ido, donde hayan sido llevados cautivos, y te hacen súplica en la tierra de los que los llevaron cautivos, diciendo: 'Hemos pecado y hemos cometido iniquidad, hemos obrado perversamente'; si se vuelven a ti con todo su corazón y con toda su alma en la tierra de su enemigo que los llevó cautivos, y oran a ti vueltos hacia la tierra que diste a sus padres, hacia la ciudad que has escogido, y hacia la casa que he edificado a tu nombre; entonces escucha en los cielos, el lugar de tu morada, su oración y su súplica, y defiéndelos. Perdona a tu pueblo que ha pecado contra ti, todas las transgresiones que hayan cometido contra ti. Hazlos objeto de compasión ante los que los llevaron cautivos, para que tengan compasión de ellos; porque ellos son tu pueblo y tu heredad, que sacaste de Egipto, de en medio del horno de hierro. Que tus ojos estén abiertos a la súplica de tu siervo y a la súplica de tu pueblo Israel, para escucharlos siempre que te invoquen; pues tú los has apartado para ti como heredad de entre todos los pueblos de la tierra, como lo dijiste por medio de tu siervo Moisés, cuando sacaste a nuestros padres de Egipto, oh Señor Dios."
En esta última petición de la oración, tú puedes ver que Salomón estaba consciente de la historia pecaminosa del pueblo, estaba consciente de la tendencia continua de ese pueblo de alejarse de Dios. Al mismo tiempo, reconoce la pecaminosidad de todo ser humano, y al mismo tiempo reconoce que Dios, en su santidad, aborrece el pecado y, por tanto, se aíra contra él; porque al final, el pecado no es un ente, es una cosa que se hace.
Y de ahí que él diga: "Cuando pecan contra ti, pues no hay hombre que no peque". Notaste que Salomón no dice "si pecan contra ti", no; él asume que van a pecar, lo asume. Por favor, razone: él conoce la historia, él conoce el tiempo de los jueces, él conoce que por 350 años este pueblo estuvo pecando, siendo oprimido, clamando a Dios, siendo liberado, y otro ciclo más, y 350, casi 400 años pasaron en ese tejemaneje, como decimos nosotros. Él conoce esa historia, pero él también conoce la carne del ser humano. Dice "cuando ellos pecan" como que él sabe que esto va a volver a ocurrir, y él anticipa que cuando eso vuelva a ocurrir, si el pueblo se arrepiente, él está pidiendo que Dios les oiga.
Y entonces hay como una especie de paréntesis en nuestras Biblias; por lo menos dice: "Porque no hay hombre que no peque". Esta es la realidad tuya y mía. Y si eso es cierto, implica que la práctica del pecado, consciente o inconsciente, está en nosotros prácticamente todos los días. Y si eso es cierto, y lo es, entonces yo debiera cultivar la disciplina del arrepentimiento, como hemos estado hablando, de manera diaria, de tal forma que ella pase a ser parte de mi estilo de vida. Porque no hay hombre que no peque, porque yo no puedo vivir un solo día en conformidad completa a la ley de Dios, y porque Dios en su santidad se aíra contra el pecado y el pecador.
Y por eso es que Salomón dice: "Y cuando tú estés lleno de ira contra ellos y los entregues delante del enemigo, y estos los lleven cautivos a la tierra del enemigo, lejos o cerca". Salomón quizás no estaba completamente apercibido de lo que iba a pasar, pero él está orando proféticamente, porque eso es exactamente lo que ocurrió. El pueblo pecó y volvió, y pecó y volvió, y pecó, y Dios lo perdonó, y volvió a pecar, hasta que finalmente el reino del norte —perdón— es llevado cautivo a Asiria por los asirios, y luego las otras dos tribus del sur, el reino del sur, Judá, fueron llevados a Babilonia cien y pico de años después. Y él está orando para que cuando ya estén allá en tierra extranjera, si ellos oran y se arrepienten estando allá, Dios les escuche y les haga justicia.
Ahora recuerda: esto fue escrito hace 3.000 años más o menos, de manera que nosotros, a la hora de predicar, tenemos que tomar el texto bíblico y traerlo a la congregación 3.000 años después, y al mismo tiempo tomar la congregación y traerla al texto bíblico 3.000 años antes. De manera que tenemos que encontrar una cierta aplicación para la iglesia hoy, que no sería la de si nosotros somos llevados por naciones extranjeras a lugares lejanos, sino más bien si la iglesia es perseguida en nuestros días como consecuencia de su pecado, sabiendo que no toda persecución ha sido consecuencia del pecado, pero reconociendo que si pasó en el pasado, quizás en nuestros días el regreso de la persecución se deba al pecado de su iglesia.
O si lo pensamos en términos individuales, como no somos una nación: si yo pienso en mí mismo, ¿cuál es la aplicación de ese texto? Bueno, una nación extranjera quizás no sea la que me oprima, pero mi propio pecado me oprime, me hace cautivo, me quita la libertad que Cristo compró. Mi propio pecado me hace sufrir, me puede enfermar emocionalmente, espiritualmente, físicamente, reconociendo que no todo sufrimiento es secundario a mi pecado —obviamente no es así—, pero como dijimos hace dos semanas, el pecado nos daña más de lo que nosotros nos percatamos.
Salomón, el hombre más sabio que haya pisado la tierra en ese momento, caminando con Dios, tiene el discernimiento y la sabiduría para recordar la historia del pueblo judío, recordar que no hay hombre que no peque, recordar la santidad de Dios porque Él se aíra contra su pueblo. Y por tanto, en vez de pedirle a Dios que le dé la fortaleza a su pueblo para mantenerse en santidad —lo cual él sabe que se requiere, pero al final todavía no lo van a lograr completamente—, Salomón apela a la misericordia de Dios, al carácter de Dios. Pero mientras apela al carácter de Dios, Salomón también reconoce que, a pesar de que Dios tiene gracia y tiene misericordia e infinita bondad, hay ciertos requisitos que tú y yo debemos cumplir, y que el pueblo en esa ocasión necesitaba cumplir.
Escucha a Salomón: "Si recapacitan en la tierra donde hayan sido llevados cautivos y se arrepienten y te hacen súplica en la tierra de los que los llevaron cautivos, diciendo: 'Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos obrado perversamente'; si se vuelven a ti con todo su corazón y con toda su alma en la tierra de sus enemigos que los llevaron cautivos, y oran a ti vueltos hacia la tierra que diste a sus padres, hacia la ciudad que escogiste y hacia la casa que he edificado a tu nombre…"
Salomón entonces dice: si hacen eso —¿qué cosas?—, si recapacitan, si se arrepienten, si suplican, si oran, si reconocen su pecado. ¿Qué tanto tengo yo que reconocer mi pecado a la hora de un verdadero arrepentimiento? Bueno, Salomón dice: si ellos oran diciendo "hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos obrado perversamente". ¿Cuándo fue la última vez que en una confesión con Dios tú le llamaste a tu pecado "perverso"? Yo reconozco que es una palabra fuerte, yo reconozco que es una palabra que yo quisiera pronunciar con frecuencia sobre mi propio pecado, pero al mismo tiempo, de un tiempo para acá, es algo que yo quiero incluir en mi vocabulario, porque eso es como es delante de la santidad de Dios: es perverso, sea el pecado que sea.
Y la manera como Salomón oró es exactamente la manera como Daniel en el exilio y Nehemías en el exilio —como una oración profética— oraron esos dos hombres de Dios, antes de que Dios dijera: "Ok, nos vamos de regreso a Jerusalén". Tal cual Salomón oró, ya en el cautiverio Daniel y Nehemías oraron en un momento dado y le dijeron: "Dios, nosotros, yo y mi pueblo hemos pecado contra ti, y hemos cometido iniquidad, y hemos obrado perversamente". Los héroes de la fe concuerdan en cómo llamaban al pecado.
Ahora, ¿notaste algo cuando Salomón dice que si ellos se arrepienten y dicen —recuerda que la Palabra está inspirada verbalmente, palabra por palabra— "hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos obrado perversamente"? Ahí no hay un "si esto o aquello", ni "ellos también", ni "Señor, pero esta es la primera vez", ni "yo nunca había hecho eso". En inglés la frase es: "No ifs, ands, or buts"; ninguna de esas cosas. En buen dominicano, si se arrepienten y hablan a ti sin pelos en la lengua, diríamos nosotros.
Y el versículo 48 continúa, porque hay que decir: yo sé que eres misericordioso, pero hay una parte que a mí me toca. "Y si se vuelven a ti con todo su corazón y con toda su alma." Salomón no dice "si se vuelven a ti" y lo deja ahí; Salomón tampoco dice "si se vuelven a ti de corazón", no: "con todo su corazón, con toda su alma". Ese "todo" y ese "toda" están ahí por inspiración divina. Salomón reconoce —y tú y yo tenemos que reconocerlo también cuando estudiamos la Palabra— que es posible arrepentirse parcialmente, entre comillas. Cuando nosotros nos arrepentimos de lo que sea y continuamos deseando lo que estamos dejando, revelamos que nuestro corazón está dividido y nuestra mente también.
Ya Cristo había revelado: "No pueden servir a dos señores". Y cuando Él dijo eso, usó el dinero como referencia, pero los dos señores son básicamente Cristo como Señor absoluto, y luego otra cosa: otro pecado que yo anelo, que yo mantengo, que yo adoro. No se puede servir a los dos al mismo tiempo. Es la razón por la que el apóstol Pablo dice en Romanos 6:11 que nos consideremos muertos al pecado. No es que el pecado no esté en mí, no es que el pecado no esté vivo en mí; "considérate muerto" significa: considera que el pecado está tan muerto que tú no tengas que ceder, ni quieras ceder, a las demandas que el pecado en ti te hace. Considéralo muerto; ya Cristo murió por tu pecado.
El arrepentimiento, entonces, es más que un sentimiento, es más que una decisión: es una muerte, es una muerte a algo que yo deseo pero que no puedo tener. Y si eso que yo deseo pero que no puedo tener es algo que Dios no me quiere dar, mi mente y mi corazón permanecen divididos, y esa división engendrará frutos, y malos frutos.
Permíteme personificar el pecado, como Pablo lo hace en un momento dado. Yo he hecho esto otras veces, pero en esta ocasión permíteme hacerlo una vez más. Pablo dice que el pecado lo engañó como si fuera una persona, y dice incluso que el pecado lo mató, de nuevo como si fuera una persona. Entonces permíteme hacer lo mismo y personificar el pecado. Debilitar el deseo pecaminoso no es suficiente. ¿Sabes por qué? Porque el pecado tiene forma de ejercitarse otra vez; del vaso que vacías se fortalece y saca sus músculos de nuevo. "Bueno, pastor, yo lo que creo es que debemos negar el pecado." No, tampoco es suficiente, porque el pecado tiene su forma de reaparecer para que yo lo afirme en otras circunstancias: de manera que aquí no estuvo bien, pero aquí sí está bien. Tampoco. Alejarme del pecado tampoco es suficiente. ¿Sabes por qué? Porque el pecado tiene su forma de, cuando yo me alejo, acercarse a mí, en la personificación de ese pecado.
No puedo tomar el pecado y debilitarlo tanto que lo pongo en cuidados intensivos y en respiración artificial, porque el pecado es de tal naturaleza que tiene forma de salir del respirador, hasta que le den de alta y vuelva a encontrarse conmigo. La única manera de lidiar con él es matándolo. Si lo dejo vivo, él vuelve a salir de la hospitalización. Es parte de lo que yo he llamado en otras ocasiones la anatomía y la fisiología del pecado: la estructura y el funcionamiento del pecado en ti y en mí.
Habiendo dicho todo eso, es impresionante la gran preocupación que Salomón exhibe por ese pecado en su pueblo. Él no está pensando en él en este momento, aunque es parte de esa comunidad; él está pensando en ese pueblo y le muestra esa preocupación delante de Dios a favor de ellos, no importa dónde ellos estén, para que de alguna manera Dios pueda tener misericordia de ellos, pueda tener compasión de ellos. Si ellos oran vueltos hacia la ciudad y hacia el templo que te he edificado, esa era la manera de hacer lo que el Antiguo Testamento ordenaba, porque como Dios estaba en el templo, entonces la idea era que tú te arrodillabas en dirección a Jerusalén y al templo cuando fueras a orar. Pero nosotros hoy somos el templo, de manera que nosotros inclinamos nuestra mente y corazón hacia Dios.
Ahora, escucha el corazón de Salomón hablando a Dios a favor de su pueblo: "Perdona a tu pueblo que ha pecado contra ti, todas las transgresiones que hayan cometido contra ti." ¿Sobre qué base? "Y hazlos objetos de compasión ante los que los llevaron cautivos, para que tengan compasión de ellos." ¿Por qué? "Porque ellos son tu pueblo y tu heredad, que sacaste de en medio del horno de hierro. Que tus ojos estén abiertos a la súplica de tu siervo y a la súplica de tu pueblo Israel, para escucharlos siempre que te invoquen. Pues tú los has separado de entre todos los pueblos de la tierra como tu heredad, como lo dijiste a Moisés por medio de tu siervo Moisés cuando sacaste a nuestros padres de Egipto. ¡Oh, Señor Dios!"
Salomón apela al carácter de Dios y le pide que tenga compasión de ese pueblo pecaminoso. En la historia del pueblo no había nada merecedor de mérito. En tu historia no hay nada merecedor de mérito, no importa lo bueno que hayas obrado; aun en los caminos de Dios no hay nada que merezca mérito. De manera que a la hora de confesar, ni apeles a méritos, ni apeles tampoco a circunstancias que pudieran disminuir el peso de tu pecado, circunstancias atenuantes. No, empeoramos el pecado cuando hacemos eso. No digas: "Señor, lo que pasó fue culpa de la otra, del prójimo, del vecino, del pastor, de la oveja, de la hermana." Apela únicamente a la misericordia de Dios.
En este momento en que Salomón está caminando bien con Dios, en que Salomón tiene sabiduría de lo alto, Salomón tiene mucho que enseñarnos acerca de la oración. Salomón no ora ahora por beneficio personal; Salomón está enfocado en el bienestar de la nación. Esa es una gran lección para nosotros, para que cada vez que tú tengas algo de que quejarte de la nación, antes o después de la queja ores por ella. Y quizás si oras antes, ni siquiera llegues a quejarte, porque eso es como es. Y la circunstancia en medio de la cual te encuentres tampoco es accidental; es providencial. Ha sido diseñada por Dios para contribuir a la formación de la imagen de Cristo en ti.
Entonces, con eso nosotros terminamos de ver la séptima petición de Salomón. Pero ahora viene como el final, y el final ha sido considerado como la bendición de Salomón sobre el pueblo. Él comienza así, pero resulta que en medio de la bendición, como que la bendición se convierte en una oración. Yo te la voy a diferenciar a medida que avancemos. Escucha ahora del versículo 54 hasta el 61.
"Cuando Salomón terminó de decir toda esta oración y súplica al Señor, se levantó de delante del altar del Señor, de estar de rodillas con las manos extendidas hacia el cielo." Recuerda que al principio vimos que Salomón estaba parado. En algún momento de la oración él se arrodilló, y siguió con las manos extendidas hacia el cielo. Salomón está parado frente al altar de bronce, según leemos en Crónicas. "Y se puso de pie, y bendijo a toda la asamblea de Israel en voz alta diciendo: 'Bendito sea el Señor, que ha dado reposo a su pueblo Israel conforme a todo lo que prometió. Ninguna palabra ha fallado de toda su buena promesa que hizo por medio de su siervo Moisés. Que el Señor nuestro Dios esté con nosotros como estuvo con nuestros padres; que no nos deje ni nos abandone, para que incline nuestro corazón hacia Él, para que andemos en todos sus caminos y para que guardemos sus mandamientos, sus estatutos y sus preceptos que ordenó a nuestros padres. Estas mis palabras, con las que he suplicado delante del Señor, estén cerca del Señor nuestro Dios día y noche, para que Él haga justicia a su siervo y a su pueblo Israel según las necesidades de cada día, a fin de que todos los pueblos de la tierra sepan que el Señor es Dios, no hay otro. Esté, pues, vuestro corazón enteramente dedicado al Señor nuestro Dios, para que andemos en sus estatutos y guardemos sus mandamientos como en este día.'"
Tú dale la Palabra. Si eres de los que usa resaltador o marcadores, trata de, antes de captar y entender el texto, subrayar palabras que llamen la atención, y sobre todo cuando encuentres verbos, porque los verbos, como hemos dicho, llevan la voz cantante; ellos te dicen de qué habla el texto. De manera que lo primero que Salomón hace es bendecir a Dios: la bendición de Dios, por haber dado reposo a su pueblo, por haberlo sacado de Egipto y haberlo llevado a la tierra prometida. Esta fue la tierra de reposo, porque en Egipto eran esclavos. Bendición de Dios por su fidelidad, porque ninguna de sus promesas había fallado; todo lo que le había dicho a ellos por medio de su siervo Moisés se había cumplido.
Yo creo que nosotros necesitamos cultivar —y uso la palabra cultivar— al orar, la mención del carácter de Dios, o conectar nuestras oraciones al carácter de Dios, porque eso nos va a seguir ayudando a descubrir, o mejor dicho, a recordar el carácter de Dios, que finalmente es lo que a mí me cambia. Entonces, sabes que no es lo mismo dar gracias a Dios porque nos concedió algo, que dar gracias a Dios por su fidelidad al responder una de nuestras oraciones. Cuando yo doy gracias a Dios así: "Yo te pedí justamente eso y me lo concediste," mi beneficio está en el centro. Pero cuando yo le digo: "Señor, gracias por tu fidelidad, porque tú prometiste que me ibas a oír, y ayer yo te oré, me oíste y respondiste; gracias por tu fidelidad hacia mi persona," eso es diferente. Porque frecuentemente nosotros pensamos, estudiamos, leemos, escuchamos acerca de la fidelidad de Dios como un concepto teológico —"Dios es fiel"— y de repente todo el mundo dice: "Aunque seamos infieles," y eso nos gusta, nos encanta. Pero se nos olvida que yo necesito recordarlo todos los días: la fidelidad de Dios suple mis carencias. Dios promete llenar mis necesidades, y las necesidades de mañana no las va a llenar hoy; mañana no ha llegado, y por tanto la necesidad tampoco ha llegado. Es como pedir el analgésico el día antes de la cirugía: la cirugía todavía no ha llegado.
Y tú puedes ver aquí, hacia el final, de qué manera se ha revelado el corazón de Salomón en la conclusión, que nos muestra la motivación de la oración. Escucha con cuidado: no es lo mismo motivos de oración que motivación de la oración. Continuamente la gente me pregunta —o preguntamos en la cadena de oración— motivos de oración; la gente comienza a decirnos: "Tú responde con algunos motivos de oración." Esa no es la motivación; son motivos de oración. ¿Cuáles serían los motivos de oración? Yo te mencioné, en el resumen de los primeros cinco, protección para el pueblo, justicia, cambios climáticos, protección contra pestilencias. Esos son los motivos. La motivación, la motivación sale ahora.
Déjame ilustrar cómo esto ha ocurrido así a lo largo de tres mil años y como que no lo podemos ver. Quizás tú estás enfermo y alguien te dice: "Pastor, ¿cómo yo puedo orar por esto?" "Bueno, pídele a Dios que te sane." Ese es el motivo de oración. "¿Y para qué usted quiere sanarse?" "Bueno, es que a mí no me gusta sufrir." Bueno, es válido; a mí tampoco me gusta sufrir. Pero esa es la motivación, o sea que si Dios no te va a sanar, ya no tienes motivo de oración. En otras palabras, si yo no estoy en un problema, tampoco tengo motivo de oración, porque mi motivo de oración es que me resuelvan el problema o que me saquen del problema. Yo pudiera decirle al enfermo: "Yo quisiera que tú oraras para que Dios te sane, pero que si no, ya sea en la enfermedad o en la salud, puedas glorificar a Dios." Esa es la motivación de la oración: que yo pueda glorificar a Dios, ya sea sano o enfermo. Porque de lo contrario, si no me vas a sanar, pues ya no hay por qué orar.
Escucha a Pablo escribiéndole a los filipenses, en un momento de incertidumbre: "Aun ahora, como siempre, Cristo será exaltado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte." El texto entero dice que Pablo está diciendo: "Yo no quiero ser avergonzado," pero en contexto es que no se avergüenza del evangelio, y le está diciendo: "No importa si el no avergonzarme del evangelio me deja con vida o en la cárcel, o si me mata; no importa." Entonces, ¿para qué es que tú y yo oramos? Para que Cristo sea exaltado. La motivación de Pablo es que Cristo sea exaltado. El motivo es que no lo avergüencen. Son dos cosas completamente diferentes.
Y aquí tú puedes ver que las peticiones o motivos de oración de Salomón detrás tienen motivaciones. Por lo menos tres que yo puedo identificar. Motivación número uno: Salomón pide que la presencia de Dios no se aparte de ellos, y esta es la manera como lo hace, versículo 57: "Que el Señor nuestro Dios esté con nosotros como estuvo con nuestros padres; que no nos deje ni nos abandone."
Yo quiero que Tú los perdones, porque en el perdón Tú te vas a mantener con ellos, y el no perdonarles te va a mantener lejos de ellos, y nosotros necesitamos que Tú estés cerca. Esa es la petición de Moisés en un momento dado, cuando Dios amenaza con que ya no iba a seguir con ellos hacia la tierra prometida y que ellos iban a seguir, pero con un ángel. Moisés le dice: "Señor, mira" —una petición un tanto atrevida—: "Señor, si es con un ángel, no. Yo no hice compromiso con un ángel. Cuando yo salí de Egipto, no vale la pena. Si Tú no vas a revelar Tu voluntad de alguna manera, entonces yo prefiero no moverme hasta que Tú puedas hacer alguna de esas cosas, porque cualquier esfuerzo será en vano."
Yo les mencioné hace dos semanas atrás que la vida cristiana es en la presencia manifiesta de Dios, y en particular el ministerio es extremadamente gratificante y satisfactorio, o seco. La vida cristiana sin la presencia manifiesta de Dios —recuerdo: Dios es omnipresente, pero la omnipresencia de Dios, teológicamente hablando y a lo largo de cientos de años, ha sido reconocida como una cosa distinta a la presencia manifiesta de Dios—. Salomón sabe que Dios es omnipresente, pero está pidiéndole: "No nos quite Tu presencia." El gozo, la motivación, la energía para trabajar, el deseo y la voluntad para obedecer dependen todos de la presencia manifiesta de Dios, en mayor o menor grado, en cada creyente.
El gozo, la motivación para el día a día, la energía para trabajar, el deseo y la voluntad para obedecer dependen de la presencia manifiesta de Dios en nuestras vidas. Y si Dios le concede la petición a Salomón, ¿qué le está haciendo? Entonces la presencia de Dios, que es la motivación, no se va a apartar, y quizás eso solo se entiende solo: eso solo es una bendición. Por eso es parte de esta conclusión ahora.
Motivación número dos: que Dios, en el versículo 58, incline nuestro corazón hacia Él, porque yo no puedo hacer eso, para que andemos en todos Sus caminos y para que guardemos Sus mandamientos, Sus estatutos y Sus preceptos que ordenó a nuestros padres. "Que Tú inclines mi corazón, porque yo no puedo; yo no sé cómo hacer eso." Salomón le está diciendo: "Yo quiero que Tú no te apartes, y cuando Tu presencia es manifiesta, una de las cosas que ocurren es que Tú inclines el corazón de Tus hijos en Tu dirección." El apóstol Pablo lo dijo de otra manera: que Dios pone en nosotros el querer y el hacer. Cuando Dios pone en mí el querer, ha inclinado mi corazón hacia Él.
Y una vez mi corazón está inclinado hacia Él, ya es fácil obedecer, porque yo camino en la dirección de mi corazón. Por nuestra cuenta nosotros no tenemos esa capacidad. Ahora bien, sí podemos oponernos a la inclinación que Dios quiere hacer de mi corazón, y está Jonás para probarlo. Dios le dice: "Vamos para Nínive, que quiero inclinar tu corazón hacia Nínive." Pero Jonás no toleraba a los ninivitas; eran crueles, no le hacían ningún favor. De manera que él dice: "Yo no voy a inclinar mi corazón hacia los ninivitas", oponiéndose a la inclinación que Dios quiere obrar en su corazón. Entonces podemos oponernos, pero no podemos inclinarlo nosotros mismos.
Hace 1500 años, Agustín decía que cuando la mente le da una orden a la voluntad, la voluntad obedece. La cita es mucho más larga y más compleja; no podemos entrar ahí porque tendría que tomarse un módulo de San Agustín para eso. Pero Agustín está diciendo: inclinen ese corazón, esa mente. ¿Para qué? Para que guarden Tus mandamientos, Tus estatutos y Tus preceptos. De esa obediencia depende nuestro caminar; por tanto, esto sigue siendo una bendición, este final, porque le está diciendo: "Inclinan" —aunque es como una oración—, pero al final está diciendo que si Tú lo haces, eso es una bendición en sí mismo.
Motivación número tres: que estas palabras mías, esta oración con la que he suplicado delante del Señor, estén cerca del Señor nuestro Dios día y noche, para que Él le haga justicia a Su pueblo Israel según las necesidades de cada día. Hasta ahí va bien, suena bien. ¿Ya se dieron cuenta de que eso no es todo? Esa no es la motivación final de Salomón, y está ahí mismo; yo simplemente detuve el versículo. Salomón está pidiendo que la oración sea oída, para que Dios le haga justicia a él, a Salomón, y a su pueblo también, según la necesidad de cada día. El versículo continúa.
¿Para qué? Escúchenlo ahora. A fin de que. ¿Para qué le haga justicia? ¿Para qué intervenga? A fin de que todos los pueblos de la tierra sepan que el Señor es Dios y que no hay otro. En otras palabras: "Yo quiero que Tú saques a mi pueblo; si el pueblo peca y se arrepiente, yo quiero que Tú lo perdones y lo saques de su aflicción, porque yo quiero que todas las naciones de la tierra, todas las naciones paganas, sepan que Tú eres el único Dios y que no hay ningún otro Dios." Que la presencia manifiesta de Dios no se aparte de ellos. Que Dios incline su corazón. Que el pueblo sea conocido por la obediencia a Sus mandatos, preceptos y estatutos, con una sola intencionalidad: que todos los pueblos de la tierra conozcan que Tú eres Dios.
¿A qué suena eso? Eso es la Gran Comisión. La Gran Comisión es acerca de que todos los pueblos de la tierra conozcan que solamente Dios es Dios, que solamente el Señor es Dios. Esta es la Gran Comisión, tres mil años atrás. En el Antiguo Testamento, la encomienda era más bien: "Venid." Por eso la reina de Sabá fue a ver a Salomón. De tal forma que cuando vinieran al pueblo y vieran —no se dio así, lamentablemente— las extraordinarias cosas que Dios había hecho, quisieran buscar. La misión de Israel era reflejar a Dios como nación. La misión nuestra como iglesia es reflejarlo y proclamarlo; es ahora: id y contad. Y cuando cuentes, refléjame. Ambas cosas. Dar a conocer el nombre de Dios para que las naciones encuentren salvación.
¿Se dan cuenta de la diferencia entre motivos de oración y motivación de oración? Cuando nosotros oramos, es importante que sepamos: ¿cuál es la intención por la cual estoy pidiendo? ¿Cuál es el fin por el cual estamos orando? ¿Cuál es el propósito de nuestra oración? Porque el propósito, el fin, la intención no debe ser solamente que me saque del problema. Es válido pedirle a Dios que me saque del problema, pero al final está de nuevo el motivo. La motivación mayor es que, ya sea que tenga que permanecer en el problema o estar fuera del problema, yo pueda glorificar a Dios. "Dame lo que yo necesito para una cosa o la otra, ya sea por muerte o por vida", como decía el apóstol.
Y me convenzo de eso porque, como hemos dicho en otras ocasiones, frecuentemente la vida de oración del creyente es alimentada por los problemas, porque solamente los problemas lo motivan a ir a Dios para que los saque del problema. Ese no fue el caso de Salomón. En el momento en que él pide, el pueblo estaba bien; estaba en el apogeo de la riqueza y de la paz. David le entregó a Salomón un reino en paz, sin enemigos. Pero Salomón oró.
Ahora bien, hermanos, si bien es cierto que todo comienza con Dios y termina con Dios, no es menos cierto que entre el comienzo y el final hay un rol que a mí me toca, hay una parte que yo tengo que hacer. Y miren cómo Salomón lo menciona en el versículo 61: "Estén, pues, los corazones de ustedes enteramente" —noten eso—, "enteramente dedicados al Señor nuestro Dios, para que andemos en Sus estatutos y guardemos Sus mandamientos como en este día." No sé qué les llamó la atención, pero debiera llamarles la atención la palabra enteramente.
Imagínense que yo soy Salomón. Salomón ya le habló a Dios y, antes de terminar, dice: "Ahora déjenme hablarles a ustedes." "Estén, pues, los corazones de ustedes enteramente dedicados al Señor nuestro Dios." Recuerden que Salomón, en el rol que está llenando, es un intercesor, y está tipificando a un mejor Salomón a la enésima potencia, que es Cristo Jesús. O sea, si Salomón puede orar por el pueblo de Dios de esa manera tan vehemente como intercesor, imagínense lo que el último y mejor intercesor puede hacer por ti y por mí. De manera que ese último intercesor, Cristo, podría estar diciéndonos la misma cosa: "Estén los corazones de ustedes enteramente dedicados al Señor nuestro Dios, para que andemos en Sus estatutos y guardemos Sus mandamientos como en este día."
¿Notaron la frase enteramente dedicados? ¿De qué está hablando Salomón? Está hablando de santificación. Eso es lo que está hablando. ¿Y qué es la santificación? Bueno, santificación es el proceso por medio del cual Dios toma a un incrédulo, lo vuelve creyente, y ahí continúa conformándolo a la imagen de Cristo a través de una serie de tiempos, de circunstancias y de personas. ¿Pero qué es santificación? Santificación es consagración. ¿Y qué es consagración? Consagración es dedicación a Dios de manera exclusiva.
En el Antiguo Testamento, cuando se consagraban los instrumentos, solamente se tocaban en el templo. Se consagraban vestiduras; solamente se usaban en el templo. Bueno, nosotros no consagramos instrumentos ni vestiduras hoy; nosotros consagramos nuestras vidas. La palabra en hebreo para matrimonio, kiddushín, implica consagración exclusiva. Cristo se desposó con nosotros: Él es el novio, nosotros somos la iglesia, la novia. Y Él espera un kiddushín de parte mía, una consagración exclusiva a Él. Para eso yo necesito una dedicación total de mi mente y de mi corazón.
El problema está en que cuando yo hago las cosas de forma parcial, planteémoslo de esta manera: el problema de mi desobediencia y la tuya es un problema de dedicación parcial a nuestro Dios. Es como es, literalmente hablando. Queremos el reino de los cielos, pero tú sabes que como que una parte quiere el reino de los hombres, porque el que tiene es de malo. Deseamos las bendiciones de arriba, pero sin perder los placeres de abajo.
Imagínate esto. Hay gente con la que yo he hablado en el mundo secular, porque sería extraño que alguien me confesara así en el mundo cristiano, aunque yo pienso que pasa de otra manera. En el mundo secular, para ellos yo trabajo del lunes al viernes para el fin de semana, porque el fin de semana es como aquella película en inglés, *Friday Night Fever*, o sea, la fiebre del viernes en la noche. Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe, de manera que el viernes yo voy a beber, yo voy a comer, yo voy a bailar, de manera que el lunes vuelvo al trabajo. Entonces el domingo: ah, mañana a trabajar otra vez.
Pues más o menos, usa esa ilustración y piensa cómo tenemos la vida cristiana: vamos a esforzarnos, más o menos, del lunes al viernes, pero yo necesito mis escapadas. Sí, porque pastor, tampoco no todo es bíblico. Eso sí, yo lo he oído de cristianos. No es todo bíblico. Bueno, obviamente la medicina no es bíblica, pero mi vida tiene que conformarse a la Biblia.
Joel Beeke acaba de escribir, apenas hace un par de meses atrás creo que salió, su último libro, que se llama *Radical, Comprehensive Call to Holiness*, un llamado radical y completo a la santificación. Y él dice algo en la introducción que yo creo que es importante que lo acotemos aquí: "Cada victoria sobre el pecado parece aumentar la intensidad de la próxima batalla." Yo creo que es importante recordarlo, porque nosotros a veces luchamos con algo, lo vencemos, y entonces como que prontamente comienza otra batalla y pensamos: bueno, pero Dios, suéltame, ya me llamó. No, usted no ha huido, ni ha dicho que Dios como que se ha ensañado conmigo. Es que cada victoria sobre el pecado parece incrementar la intensidad de la próxima batalla.
Yo no sé quién va a ganar la batalla de Ucrania y Rusia, pero sí yo te garantizo que cada victoria, por pequeña que sea de un lado, es un avance hacia la victoria final. Y de esa misma manera, cada victoria sobre el pecado es un avance hacia la victoria final sobre el próximo pecado. Piensen en estos levantadores de pesas que levantan 350, 400 libras: no comenzaron ahí, sino en 10 libras, 20, 50, 100, 200, 250, siempre anhelando romper su propio récord. Los corredores profesionales, cada uno tiene un récord personal de cuántos segundos o minutos les tomó llegar a los 100 metros o a los 1000 metros, y cada uno quiere romper su propio récord. Y nadie dice: ya yo no voy a seguir corriendo, porque hoy tengo que volver a vencer este próximo desafío.
De esa forma, tú estás corriendo en una carrera donde el pecado abunda, y cada victoria, cada récord que tú rompes debiera animarte a romper el próximo récord y el próximo récord y el próximo récord, de manera que compites contigo mismo para una mayor santificación, de la misma manera que los corredores están apasionados por romper su próximo récord. Este récord se quedó atrás, pero eso requiere un corazón y una mente totalmente dedicados a Dios, no parcialmente.
Pastor, pero yo he cambiado mucho. No he dicho que no; yo también. Pero el cambiar mucho me lleva a obedecer mejor, pero obediencia parcial sigue siendo desobediencia total. Porque Dios no dice: mira, en realidad obedecer mejor requiere el cien al día, pero si tú sacas un 7 y un 7, tú estás bien. No, eso sigue siendo desobediencia. Permíteme el tiempo pasado; bueno, ahí te meteré en esta conclusión con una ilustración.
Cuando yo era niño, de 10, 11, 12 años, no recuerdo bien, pero alrededor de esa época, yo recuerdo soñar con ser médico. Y yo soñaba tanto con ser médico que soñaba teniendo mi propio hospital, tan grande que las enfermeras iban a ir por los pasillos en patinetas eléctricas porque no iban a poder llegar de un sitio a otro caminando. Eso fue divertido. Pero yo crecí, me hice adulto y, gracias a Dios, me hice médico. Y ahora yo tengo que ir y tratar pacientes con enfermedades serias y ser responsable de mi preparación, mi ejecución y de su salud.
Así también es la vida cristiana. Tú naciste de nuevo y en los primeros tiempos eres un niño espiritual y jugabas a ser cristiano. Pero yo no puedo seguir jugando a ser cristiano, no soy un bebé en la fe. Yo crecí, yo tengo que ir y ser ahora un cristiano en la práctica que, por la madurez alcanzada, pueda ir a sanar enfermos, no físicos sino espirituales. Enfermos que a veces son simplemente incrédulos que no conocen a Dios y están completamente enfermos, y yo soy el médico designado para el espíritu, para llevar el mensaje de Dios. Y otros que son creyentes pero que han enfermado, y que Dios me ha designado para ir en su rescate, en su ayuda, y ayudarlos a sanar.
Pero yo tengo que ser un adulto. No puedo seguir jugando a ser cristiano; ese tiempo pasó. Existe el síndrome de Peter Pan espiritual, que siempre quería ser un niño perpetuo, siempre jugando. Eso no se da, eso se desea en la vida como cuento, pero en el reino de los cielos no se acepta eso. Eso requiere una mente y un corazón completamente dedicados a Dios, de manera que mi vida entera sea para la gloria de Dios. No importa cómo las oraciones han sido respondidas con un sí o un no; yo vivo, yo existo, yo respiro, yo fui creado para glorificar a mi Dios.
Gracias. Gracias por el desafío, pero en realidad no es solo un desafío, es un privilegio, es una bendición poder vivir bajo tu ley, poder vivir bajo tu cobertura, poder vivir bajo tu reino. Señor, nosotros vamos a cantar ahora y vamos a usar la canción como una oración pidiéndote perdón por nuestras parcialidades, por nuestra dedicación incompleta. Luego yo voy a regresar y orar con tu pueblo, aquí a quienes tú escogiste, aquí a quienes sacaste del pecado, al cual yo pertenezco hoy también, pero yo quiero interceder como Salomón lo hizo para cerrar el servicio de hoy. Después de haber cantado lo que queremos decirte en adoración y oración, conócenos de una manera especial, en Cristo Jesús. Amén.
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