Integridad y Sabiduria
Sermones

Orando a nuestro Padre celestial

Luis Méndez 26 agosto, 2018

Dios nos invita a acercarnos a Él en oración con una promesa extraordinaria: que responderá. En Mateo 7:7-11, Jesús presenta un triple mandamiento —pedir, buscar, llamar— que revela la intensidad con la que debemos acudir al Padre celestial. No se trata de una petición casual, sino de una búsqueda apasionada y perseverante. Los verbos en el original griego indican acción continua: sigan pidiendo, sigan buscando, sigan llamando. Como el niño que busca a su padre por toda la casa y toca la puerta hasta encontrarlo, así debemos persistir en la oración.

La promesa que acompaña este mandamiento es igualmente contundente: todo el que pide recibe, el que busca encuentra, al que llama se le abre. Esto no significa que Dios conceda cualquier capricho, sino que siempre dará lo mejor para sus hijos, en el tiempo y la manera correctos. Un padre terrenal, aun siendo imperfecto, no daría una piedra a su hijo que pide pan ni una serpiente al que pide pescado. Cuánto más el Padre celestial, que no tiene las limitaciones humanas de recursos, paciencia o sabiduría, dará cosas buenas a quienes le buscan.

La tragedia de la iglesia contemporánea es su apatía hacia la oración. Dios extiende la invitación más gloriosa posible y muchas veces la ignoramos, entretenidos con cosas pasajeras. Sea en el gozo de la prosperidad o en el dolor de la aflicción, la oración siempre será la respuesta correcta. Siempre es buen momento para orar.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a amar su Palabra! Bueno, algunos de ustedes saben que yo tengo la mitad de mi vida, sobre todo en el aspecto de consejería, ligada al béisbol, a los Estados Unidos, y prácticamente todo mi lenguaje ha estado siempre saturado de alguna alegoría del béisbol.

En el béisbol, cuando hay un pitcher abridor —que es realmente el lanzador— las estadísticas dicen que efectivamente un buen pitcher abridor te puede tirar 100 lanzamientos. En alguna excepción, algo así. Cuando ese pitcher llega a los 100 lanzamientos, entonces hay que entrar un relevista, que es el individuo que lo sustituye. Mi hermano ha tirado 100 lanzamientos, entonces necesitamos un relevista; me mandaron a buscar y aquí estoy. ¡Qué hermoso que seamos un equipo, qué regalo tan grande que podamos ser una familia!

Y cuando yo estaba pensando: ¿qué será lo que yo voy a hablar este domingo, sobre todo en las circunstancias que estamos viviendo, con las cosas que se han hablado? Una de las cosas que yo decía era: ¿qué será hablar, que sea más evidente, que podamos ver a Dios cerca, que podamos contextualizar la situación, pero que Dios se haya mostrado, que lo veamos en su grandeza y su poder? Y pensé en este texto de Mateo capítulo 7, así que yo quiero invitarles, por favor, a Mateo capítulo 7, versículo 7 al 11. Hemos titulado el sermón: "Orando a nuestro Padre celestial."

Dice el versículo 7: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá, porque todo aquel que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá. ¿O qué hombre hay entre vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más —esa es la palabra que Jesús acentúa— cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan?"

Es decir, una de las cosas más importantes que nosotros debemos refrescar como creyentes es el entendimiento de que debemos aprender a responder bíblicamente a cada circunstancia. Debemos aprender, en cada circunstancia que venga a nuestras vidas, a dar una respuesta bíblica. Hay diferentes tipos de eventos, situaciones y circunstancias, y cada una de esas circunstancias demanda una respuesta específica y diferente. Y lo más importante es recordar que todos estos eventos están diseñados para acercarnos más a Dios.

Dios gobierna, Dios reina; en su providencia gobierna la creación, y Dios permite cada evento en nuestras vidas con el propósito de que al final nosotros seamos más acercados a Él. Entonces, sea en el gozo de la prosperidad o en el dolor de la aflicción, nosotros debemos elegir responder de la manera que más tome en cuenta a Dios, de la manera que más nos acerque a Él. Y entre todas esas posibles respuestas que podamos activar, la oración es un elemento común. No importa cuál sea el tipo de respuesta que vamos a dar; si está teniendo en cuenta a Dios, entonces la oración debe estar presente, será un elemento común. Por eso decimos: siempre, siempre, siempre, siempre será un buen momento para orar. Siempre será un buen momento para orar. Oramos para dar gracias por las bendiciones; oramos para suplicar fortaleza en la aflicción.

Entonces, esta es la pregunta que yo quisiera responder esta mañana: ¿Cómo debemos nosotros, como iglesia, cómo debemos nosotros como la IBI, responder en las presentes circunstancias que estamos viviendo? ¿Qué espera Dios de nosotros en medio de esta presente situación que estamos viviendo? La respuesta a esa pregunta es: debemos orar a nuestro Padre celestial. Eso es todo lo que yo les voy a decir. De hecho, pudiéramos recoger e irnos ya. Eso es en esencia, pero no se vayan, porque tengo que detallar algunas cosas.

Debemos orar a nuestro Padre celestial. Eso es lo mejor que podemos hacer. Detengámonos por un momento en esto y consideremos esto en relación con Dios. Dios es infinitamente fuerte y poderoso; Dios puede hacer todo lo que sea conforme a su voluntad. Dios es infinitamente justo; Dios puede hacer todo lo que es correcto. Dios es infinitamente bueno, y Dios puede responder perfectamente de acuerdo a su bondad. Dios es infinitamente sabio; Dios sabe por qué, cómo y dónde se puede hacer. Dios es infinitamente amoroso; Dios ha mezclado su gloria y su poder para hacernos el bien.

Pensemos entonces: Dios es todo eso, y al mismo tiempo Dios nos invita a venir a Él, a que le pidamos, con la promesa de que Él va a responder. Eso es increíble. Eso es algo que debe sorprendernos. Eso es algo que debe chocarnos. Eso es algo que debe despertarnos. Dios nos invita a orar para darnos. Dios nos invita a orar para bendecirnos.

¿Cómo entonces interpretar esa natural pereza que nosotros exhibimos para orar? Esta es una tragedia. Esta es una penosa verdad. Una de las grandes tragedias que la iglesia en estos tiempos experimenta es esa apatía para poder buscar a Dios en la oración. La más grande invitación posible, Dios la pone delante de nosotros y la extiende incomprensiblemente, y nosotros nos entretenemos con otras cosas, nosotros volteamos la mirada. Es como si Dios nos enviara una invitación especial para un banquete, para una fiesta especial que ha hecho, que ha preparado para nosotros, y respondemos: "Yo he comprado una siembra y necesito ir a verla; te ruego que me excuses. He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego que me excuses. Acabo de casarme y por tanto no puedo ir," como dice Lucas capítulo 14.

El problema no es que pedimos mucho. Nuestro problema es que pedimos poco. Y lo que pedimos muchas veces ha estado enfocado en cosas temporales, en cosas pasajeras. Yo digo personalmente, es mi convicción: estamos en un momento en que debemos refrescar este mensaje. Como iglesia, estamos en un tiempo donde sobre todo Dios nos está llamando a orar. No solamente como iglesia, como nación, como familia, como individuos; estamos en un tiempo donde, sobre todas las cosas, Dios nos llama a orar.

¿Qué tan importante es la oración? Todavía estoy en la introducción del sermón de esta mañana. Piensen en este contraste por un momento: que el Señor usó mucho, mucho, mucho tiempo de su ministerio terrenal para enseñar a los discípulos a orar. Hubo mucha instrucción, como vemos aquí en el Sermón del Monte. Pero nunca entrenó a sus discípulos a predicar. Se requiere más entrenamiento para hablar bien con Dios que para hablar con los hombres. Se necesita más instrucción y motivación para tener el poder de hablar con Dios que para hablar con los hombres acerca de Dios. Jesús sabe el poder que experimenta un pueblo cuando es un pueblo que ora, y nos invita a venir al Padre celestial.

En el contexto estamos en el Sermón del Monte. Para los que no están familiarizados con la teología: el Sermón del Monte fue un sermón que se dio en un monte. Eso es. Pero es el mejor sermón del mundo que se ha dado, porque fue el mejor predicador que ha predicado. Es la porción especial de Mateo donde Dios declara los deberes como creyentes, los privilegios como creyentes; una parte clásica de la Palabra. En el Sermón del Monte, esta es la tercera vez que el Señor Jesucristo trae el tema de la oración. En Mateo capítulo 6, versículos 5 al 8, Él enseña cómo orar; dice que no hay que orar para ser vistos de los hombres. En Mateo capítulo 6, versículos 9 al 17, Él enseña cómo se debe orar y presenta lo que se conoce como el Padrenuestro, donde oramos a Dios con tres peticiones de su gloria: su nombre, su reino, y luego oramos por nuestra necesidad, también por el pan de cada día, por preservación, por protección. Y otra vez en el Sermón del Monte, el Señor vuelve a hablar de la oración.

Y otra vez en nuestro texto, el Señor enseña qué debemos esperar cuando oramos, con qué expectativas debemos venir a nuestro Padre cuando oramos. Entonces, mi oración es que Dios use este mensaje para que todos seamos estimulados a una vida diferente en nuestro tiempo de oración. Que seamos motivados, que podamos ser retados para buscar más el rostro de nuestro Creador.

Yo voy a exponer nuestro texto siguiendo tres puntos. Primero, el mandamiento: el Señor dice: "Pide, busca, llama." Segundo, la promesa: dice que el que pide recibe, el que busca encuentra, el que llama, se le abre la puerta. Y finalmente, la ilustración: el Señor Jesús, del versículo 9 al 11, establece una ilustración del Padre celestial en comparación al padre terrenal. Estoy siguiendo en gran medida el material del pastor John Piper en cuanto a esto.

Vamos al primer punto: el mandamiento. Déjenme leer el versículo 7: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá." Cuando hablamos de orar, en primer lugar, eso es algo que demanda una acción. Jesús dice: "Pedid." El Diccionario de la Real Academia define este verbo "pedir" como hacer un requerimiento en modo de favor. Es un término que envuelve un deseo. Es un término que envuelve una necesidad. Es acudir a alguien en quien tú confías y no solamente en quien confías, sino que tú crees que tiene la capacidad para darte eso que tú necesitas. Por eso hablamos de que es un acto de fe. Cuando pedimos en los términos que Jesús está hablando aquí, hay que pedir con fe y hay que actuar con fe. Lutero, el gran reformador, decía lo siguiente —escuchen esta expresión—: "Ora como si todo dependiera de Dios y luego actúa como si todo dependiera de ti." Orar con fe, actuar con fe.

No solamente es una acción. En segundo lugar, es un deber que demanda una pasión, porque Jesús dice también: "Buscad." Entonces, el término orar no solo envuelve una petición, sino que hay un sentido de urgencia en la petición. No debemos acudir a Dios con una oración desabrida. No debemos ir a Dios con una oración aburrida. Dios quiere hijos apasionados que le busquen. Hay gente a veces, sobre todo en consejería, que dice: "Pastor, ¿por qué ya yo oro?" Y yo digo: entonces tú como que te resignaste ya.

Como lo que hay que hacer para dar reunión de miembro del miércoles. Tú te anotas y ya. No. Jesús dice: pide, pero tú tienes que buscar también. Dice Jeremías 29:13: "Me buscaréis y me encontraréis cuando me busquen con todo el corazón." Muchas veces nuestra búsqueda de Dios es tan deficiente que no podemos encontrarlo, aun cuando Él está ahí.

Pero hay algo más. No solamente es una acción, no solamente es apasionado, sino que requiere perseverancia. Jesús dice: "llamad." Ahora es un término mucho más complejo. Estamos hablando de pedir algo de lo cual tú tienes tanta necesidad que no vas a renunciar a eso a menos que haya una respuesta.

Déjenme dar algunas observaciones en general, entonces, con relación a este mandato. Miren el sentido de progresión en la petición: pide, busca, llama. Lo ilustro de esta manera. Un niño buscando a su papá: si el padre del niño está ahí al lado de él, él solo pide y se acabó, le pide al papá. Pero supongamos que el papá no está cerca de él, pero él sabe que está en la casa. Entonces el niño busca a ese papá, y cuando lo encuentra, entonces pide. Pero vamos a suponer que el niño busca al padre, no lo encuentra, pero sabe que está dentro de una habitación. ¿Qué hace el niño? Llama, toca la puerta, llama, lo que sea. Pedir, buscar, llamar.

Jesús está enseñando que tiene que haber intensidad en nuestra oración, tiene que haber pasión en nuestra oración. Esta repetición de Jesús es una motivación para nosotros. Es Jesús diciendo: "Yo quiero que ustedes oren. Yo quiero que hagan eso. Yo quiero que pidan al Padre lo que necesiten. Yo quiero que busquen al Padre cuando haya una fuerte necesidad. Yo quiero que llamen a la puerta de la casa de su Padre, que Él abra las puertas, que supla la necesidad." Pidan, busquen, llamen.

Hay algo más aquí, algo importante. En el idioma original, en el griego en que se escribió el Nuevo Testamento, los tres verbos aquí están en tiempo presente imperativo. Eso es algo muy importante, pues indica que Jesús está hablando de una acción continua. La traducción literal vendría a ser: "sigan pidiendo, sigan buscando, sigan llamando." No es algo que tú haces una vez y piensas que ahí terminaste; es algo que demanda una acción continua.

Y esto está en la Biblia. Esto no es nuevo. A lo largo de la Biblia encontramos la perseverancia de los hombres buscando a Dios en su necesidad. Por ejemplo, piensen en el apóstol Pablo. Leemos en la Biblia de un aguijón que él tenía. Los teólogos todavía discuten qué quiere decir ese aguijón, si es una cosa o la otra. El punto es que él buscó al Padre en cuanto a esto. Dice 2 Corintios 12:8: "Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quite." En otras palabras: yo buscaba auxilio en Dios, yo estaba en eso.

No solamente él. El Señor Jesucristo, en el momento más difícil de su ministerio, en el Getsemaní, dice que en su agonía —dice Mateo 26:44— "dejándolos de nuevo, se apartó y oró por tercera vez, diciendo otra vez las mismas palabras." Hay gente que tiene problema con eso. Hay gente que dice: "¿Para qué repite lo mismo? ¿Para qué tuvo que hablar si es lo mismo?" Jesús no tenía problema con eso: tres veces, usando las mismas palabras. Dios no está interesado en nuestra palabrería. Dios no está interesado en nuestro discurso. Dios no está interesado en nuestra creatividad. Dios está interesado en nuestra fidelidad.

Cuando le honramos como un Padre celestial, muchas veces Dios espera porque quiere bendecirnos, porque muchas veces la necesidad real no es provisión, la necesidad real es transformación. Y la solución no es darnos algo, sino cambiarnos por dentro. Dios sabe lo que hace.

Entonces, aquí está el mandamiento. Jesús dice: "pide", porque es algo que demanda una acción. Jesús dice: "busca", porque es algo que demanda pasión. Jesús dice: "llama", porque es algo que demanda perseverancia. Dios dice: "en medio de tus necesidades, ven a Mí; en medio de tus confusiones, ven a Mí; cuando te falten las fuerzas, ven a Mí; cuando sientas que no hay salida en tu situación, ven a Mí." Ven, pide, busca, llama. No importa cuál sea tu circunstancia, Jesús dice: "ve a tu Padre celestial."

En segundo lugar está la promesa. No solamente Jesús manda, sino que pone muchas motivaciones para hacerlo en términos de promesa. Miren ustedes los versículos 7 y 8. Lo voy a leer otra vez. Él dice: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá."

Quiero dar varias anotaciones aquí en este punto. Primero, la realidad de la promesa. En esencia, ¿cuál es la promesa que Jesús nos hace como hijos de Dios? Que Dios siempre responde nuestras oraciones. Muchas veces no es como queremos, pero Dios está ahí, Dios responde. La oración, en un primer nivel, es como pedir: hacemos nuestras peticiones conocidas a Dios, y todo el que pide recibe; recibir es la recompensa en ese nivel. Otras veces la oración está en el nivel de buscar: buscamos a Dios, buscamos en su Palabra, buscamos hacer su voluntad, y todo el que busca halla; hallar es la recompensa en ese nivel. Y otras veces la oración es como llamar: no vemos a Dios tan claramente en nuestras vidas, y ahora le pedimos a Dios que nos muestre su presencia, y el entrar por esa puerta abierta que Dios abre es la recompensa.

John Piper decía que hay siete promesas aquí en el versículo. Se va a contar: versículo 7, "pedid y se os dará", uno; "buscad y hallaréis", dos; "llamad y se os abrirá", tres; "porque todo aquel que pide recibe", cuatro; "y el que busca halla", cinco; "y al que llama se le abrirá", seis; y en el versículo se dice: "¿Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a aquellos que le pidan?", siete. El punto aquí es que Jesús nos está motivando. Jesús quiere que oremos al Padre celestial. No es en vano cuando oramos. Dios no está jugando con nosotros. Dios responde, Él da buenas cosas cuando lo buscamos.

Jesús dice: "Motívense a hacerlo. Oren continuamente, oren regularmente, oren confiadamente." El punto es que no importa en qué nivel estés en tu vida espiritual. Si sientes que Dios está tan cerca de ti que puedes verlo, pide. Si sientes que Dios está un poco distante en la presente circunstancia, búscalo. Si sientes una nube espiritual en tu vida, donde no ves al Señor, entonces llámalo. La Biblia está llena de testimonios de que Dios responde a nuestras oraciones. El salmista en el Salmo 34:4 dice: "Yo busqué al Señor, y Él me respondió y me libró de todos mis temores." Marcos 11:24 dice: "Por eso os digo que todas las cosas que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas." Y dice Santiago 5:16: "Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho." En otras palabras: oren, oren.

No solamente vemos la realidad de la promesa; déjenme ahora ir un poco más particular en el texto. Creo que debemos ver el alcance de esta promesa. ¿Quién está incluido aquí? El versículo 8 dice: "Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá." Cuando Jesús puso ahí ese pronombre —todo— Jesús sabía lo que estaba haciendo. Jesús sabía la realidad de nuestros corazones, que a veces, en la incredulidad, podemos estar llenos de dudas y de temores en cuanto a si Dios nos oirá. Y a veces sentimos que estas bendiciones pueden ser para todos los hermanos, menos para mí.

Obviamente, como nota de aclaración, se está hablando aquí de un verdadero creyente, de un hijo de Dios, no de todos los seres humanos. Una persona que no tenga a Jesús como Señor y Salvador de su vida, esta promesa no aplica para ella. Juan 1:12 dice: "Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de ser llamados hijos de Dios, a los que creen en su nombre." En otras palabras, para ser un hijo de Dios debemos recibir a Dios en los términos que Él prescribe en su Palabra. Es Jesús quien logra esa capacidad de adopción. Para eso son estas promesas: para aquellos que reciben a Jesús, para aquellos que le temen y que andan en sus caminos.

El punto que yo quiero resaltar es que ninguno de los hijos de Dios está excluido; todos son invitados a venir. Y ahora, si tú eres un verdadero creyente, escucha esto, escucha esto: no importa cuál sea tu condición hoy, Jesús te invita a acercarte a tu Padre celestial para que tú pidas, para que tú busques, para que tú llames. Esa es una verdad gloriosa.

En el primer servicio mencioné un caso de consejería, de un hermano que pecó contra Dios, contra su esposa, contra su familia. Estaba al borde de perder su matrimonio, y Dios lo tocó, lo convenció; voluntariamente él fue y confesó su pecado, todo lo que había pasado. Entonces yo le decía: "Bueno, bueno, qué bueno que viniste. Vamos ahora." Y él me decía: "Pastor, ¿a orar? ¿Cómo yo voy a orar? Usted no se da cuenta de dónde estoy. Usted no sabe lo que yo he hecho. Yo he pecado contra Dios voluntariamente; Dios me habló y todo lo que yo hice, lo hice sabiendo lo que estaba haciendo. Yo he abusado de su misericordia, de su bondad; yo he abusado de todo. He perdido a todo el mundo. Dios no quiere saber de mí, Dios está lejos."

Ese es el poder de la cruz. Por eso nosotros nos gloriamos en la cruz de Jesucristo, porque en Él todos los pecados son perdonados. Eso no es una licencia para pecar, porque todo pecado tiene sus consecuencias y no se van a borrar. Pero si tú eres un verdadero hijo de Dios, si tú tienes el Espíritu de Dios en ti, Jesús dice: "Eres bienvenido. Ven, habla con tu Padre celestial."

Hay algo más que yo quiero decir con eso.

Es decir, hablar de la condición de la promesa. Hay un punto de balance aquí. No estamos hablando de una promesa abierta como algunos han interpretado, donde puedes suponer que Dios te da todo lo que le pidas. No significa eso que un hijo de Dios le pide a Dios y recibirá todo lo que pide. Eso, obviamente, no es así en el contexto. La razón es que nosotros, en efecto, nos transformaríamos en Dios si Dios hiciera todo lo que le pedimos. No debemos ser Dios. Dios debe ser Dios. Para estar en esa posición, deberíamos tener una carga de sabiduría infinita que no tenemos. Simplemente no sabemos lo suficiente para tomar la mejor decisión en un momento. Hay que dejárselo a Dios. Dios es Dios. Dios sabe lo que está haciendo.

¿Cómo responde Dios? Bueno, a veces Dios nos da justo lo que pedimos. A veces nos responde cuando lo pedimos. Dios a veces nos da en la forma en que lo hemos pedido. Pero siempre, siempre, siempre Dios nos dará lo que es mejor para nosotros, en el tiempo que es mejor para nosotros, y en la manera que será mejor para nosotros. No somos Dios, no somos infinitamente fuertes, no somos infinitamente justos, ni infinitamente buenos, ni sabios, ni amorosos. ¡Qué gran misericordia que tenemos un Padre celestial que no nos da todo lo que le pedimos!

Debemos hablar conforme a su voluntad. Nuestras peticiones tienen que ir llenas de fe. Debemos pedir sin egoísmo. Entonces, ¿qué tenemos como mandamiento? Pedid. Buscad. Llamad. ¿Y qué tenemos como promesas? El que pide recibe. El que busca halla. Al que llama se le abrirá.

Vamos entonces a la ilustración. Jesús es el mejor maestro que ha existido sobre la tierra, y es una costumbre en sus enseñanzas que cuando hay verdades tan transformadoras, Jesús las deja ilustradas. Los estudiosos de la Biblia creen que del versículo 9 al 11 lo que encontramos es una ilustración de lo que Jesús ha enseñado. Déjeme leer de nuevo el versículo 9 al 11: "¿O qué hombre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan?"

Déjeme dar algunas anotaciones técnicas aquí. No se olviden de que esto fue parte del Sermón del Monte, un sermón que fue predicado sobre todo en el territorio de Galilea. Los alimentos más comunes alrededor del mar de Galilea eran el pescado y el pan. Recuerden ustedes muchos de los milagros de Jesús sucedieron en Galilea, era como su centro de operación. Recuerden una vez que Jesús alimentó a cinco mil personas. Había un muchacho en la multitud, y dice en Juan 6:9 que ese muchacho tenía cinco panes de cebada y dos pescados. Con eso Jesús hizo el milagro de la multiplicación. Pero qué interesante que lo que el muchacho tenía era pan y pescados, pues eso era lo más común en ese territorio.

Los estudiosos bíblicos de los tiempos bíblicos también señalan que había una costa en el mar, y había una gran cantidad de rocas de piedra calcárea que ya estaban alisadas por las aguas, pues con el tiempo las aguas golpean esas rocas y las van desgastando. Y había también una variedad de serpientes que se escondían en esas rocas. Todo lo que yo quiero indicar es que estas palabras, la ilustración que Jesús presenta aquí, resultaba extremadamente familiar para la audiencia que estaba escuchando a Jesús en ese entonces. Jesús les habló en su lenguaje. Jesús les habló en su contexto.

Jesús trae dos ilustraciones en formato de preguntas, tomando a un niño pidiéndole a su padre terrenal. La primera está en el versículo 9. Dice: "¿Qué hombre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?" Es una pregunta retórica. La respuesta implícita es, por supuesto que no. Nadie que ama a su hijo le va a dar una piedra cuando lo que su hijo necesita es pan. La segunda ilustración está en el versículo 10. Jesús dice: "¿Y si le pide un pescado, le dará una serpiente?"

Aquí hay una nota técnica. Obviamente un pescado en general no se parece a una serpiente. Entonces algunos estudiosos de la Biblia señalan simplemente que la palabra "serpiente" en el original, que se traduce aquí, puede referirse a un pez como una anguila que no tenía escamas. A los judíos se les prohibió comer ese tipo de pescado en Levítico 11:12. Si un padre le daba a su hijo un pez sin escamas, eso era como desahuciarlo, era una manera de sacarlo de la comunidad ceremonialmente; estaba destinado al aislamiento. Entonces, no importa cuál sea la interpretación, sea que le dé una serpiente o un pez que se parezca a una anguila, el punto es que un padre no haría eso. La respuesta es que un padre responsable nunca daría algo así.

La pregunta es: ¿cuál es el propósito de estas dos ilustraciones? ¿Por qué Jesús está usando estos ejemplos? ¿Cuál es el punto que Jesús quiere dejarnos? Bueno, Jesús quiere recordarnos que nuestro Dios es un Padre celestial, y contrasta eso con un padre terrenal. Cuando Jesús dice la palabra "Padre", era más que una palabra, es una realidad. Hermanos, una de las verdades más gloriosas para nosotros es que Dios es nuestro Padre celestial. Dios es nuestro Padre; nunca, nunca, nunca Dios nos dará algo malo. Eso es imposible. Dios nos dará lo que es mejor. Entonces Jesús dice: "¡Vengan! Pidan, busquen, llamen, pues Él es nuestro Padre celestial."

Una cosa más es esta: hermanos, no limites tu entendimiento de la paternidad de Dios basado en la experiencia que tú has tenido con tu padre aquí en la tierra. Eso sería un error inmenso, inmenso. Dios está en los cielos. No hay ninguna restricción para Él. Dios no está limitado como nosotros los padres terrenales en estas cosas. El punto es que los padres terrenales usualmente tienen suficiente gracia común para dar cosas buenas a sus hijos. Es verdad que en una sociedad caída como la que vivimos hay padres abusivos que abusan de sus hijos. Pero en la mayor parte del mundo, los padres se esfuerzan por el bien de sus hijos, aun cuando no entienden todo acerca de la bondad y de la justicia. Pero nuestro Padre es celestial, mil veces mejor, mil veces mejor.

El argumento de Jesús es este: si eso son tus padres terrenales, ¿cuánto más será tu Padre celestial? Una de las cosas implicadas en esto es que Dios solo nos dará cosas buenas. Solo nos dará cosas buenas. Jesús lo dice; mira el versículo otra vez: "¿Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan?" Hermano, piensa en esto: Dios siempre, siempre, siempre sabe lo que es mejor para sus hijos.

Mira el contraste en nosotros los padres aquí, aun siendo creyentes. A veces nosotros tenemos un lío en la cabeza con nuestros hijos, porque ¿qué sabemos nosotros? Nosotros más o menos estamos intentando, oramos, buscamos consejos. Pero nosotros no las sabemos todas. Aun para disciplinar a un niño muchas veces no sabemos. Queremos correr de ambos extremos: no queremos ser simplistas ni permisivos, no queremos ahogar a los muchachos con legalismo, pero no hay una fórmula. Nosotros tenemos serias limitaciones para conocer qué es lo mejor. Dios nunca tiene esa limitación, nunca.

No solamente eso: Dios siempre, siempre está preparado y es capaz de darnos todo lo que necesitamos. Piensen por un momento en eso. Nosotros tenemos serias limitaciones. A veces queremos darle algo bueno a los muchachos y no podemos. Tenemos limitaciones financieras. A veces los muchachos quieren jugar y uno llega del trabajo deshecho; ¿de dónde va a sacar fuerza? De poco no pasa uno de los cuarenta, y los muchachos con siete años queriendo saltar y ya no nos dan las fuerzas. A veces el problema es emocional, a veces es de distancia, a veces nuestros hijos están en un sitio y uno quisiera estar ahí, pero no somos omnipresentes. Dios nunca tiene esa limitación. Dios siempre puede proveer.

No solamente eso: Dios siempre, siempre, siempre es paciente y tierno con sus hijos. Y eso sí trae mucha convicción a nosotros. Nos desesperamos con los muchachos. A veces les decimos las cosas, un momento las hacen, y al rato hay que pedirles perdón de nuevo porque nos llenamos de impaciencia, de incredulidad, o simplemente nos cansamos. Dios siempre es tierno con sus hijos. Dios es un Padre celestial. Dice Isaías 49:15: "¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ella se olvidare, yo nunca me olvidaré de ti, dice su Dios." Nunca me olvidaré.

No solamente eso: Dios siempre está cercano a los suyos. No hay obstáculo por el medio. Dice Jesús: pide, busca, llama a un Padre celestial que no tiene restricciones, que no tiene limitaciones, que tiene todo lo que necesitas y te ama perfectamente.

Ahora una pregunta más al texto. ¿Qué exactamente quiere decir Jesús cuando dice que Dios nos dará buenas cosas? Otra vez aquí en el texto, en el versículo 11, dice: "¿Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan?" ¿Cómo puedo interpretarlo? Bueno, un ejercicio de hermenéutica en el estudio de la Biblia es comparar con otros pasajes. Muchos de estos sermones están relatados en otros de los Evangelios, sobre todo en Mateo, Marcos y Lucas. Déjeme leerle el pasaje paralelo de Lucas de este mismo evento. Dice Lucas 11:13: "Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que le pidan?" Lo que Mateo traduce como "cosas buenas", Lucas lo traduce como "el Espíritu Santo."

En base a eso, yo creo que podemos concluir cuál es el énfasis. El énfasis primario aquí en el texto es Dios dando bendiciones espirituales a sus hijos. Obviamente no es lo único; Dios provee todas nuestras necesidades emocionales, físicas y lo que sea, pero en este contexto ese es el énfasis. Y dice Santiago 1:17: "Toda buena dádiva y todo don perfecto..."

Todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en el cual no hay cambio ni sombra de variación. Jesús entonces nos está invitando a venir al Padre celestial. ¿Saben por qué? Porque Dios nos dará lo mejor para una específica circunstancia. ¿Por qué nos guiará por su Espíritu Santo? Porque Dios está en control y Dios sabe lo que está pasando.

Jesús nos invita a venir al Padre celestial porque Él no tiene nuestras limitaciones, porque Dios siempre está dispuesto, Dios siempre está cerca, Dios puede saciar nuestra necesidad. Jesús nos invita a venir al Padre celestial porque Dios nos conoce, y más que eso, porque Dios nos ama. Dios nos ama. En resumen, Jesús realmente nos motiva ahora. Jesús jamás hablaría de esta manera si su meta para nosotros no fuera que oremos. Jesús quiere invitarnos ahora. Aquí está el mandamiento, aquí está la promesa, aquí está la ilustración.

¿Qué aprendemos con todo esto? Déjeme primero hablar a los amigos que están aquí, que no conocen al Señor Jesucristo, que todavía no han decidido entregar su vida a Él. Amigo que estás aquí o que escuchas, no me desatiendas: la cruz es la base de todas las respuestas a nuestras oraciones. Lo que hace posible que Dios pueda responder así es que Jesús murió por nuestros pecados. Si tú no has entregado tu vida a Jesús, esto que estamos hablando aquí no tiene sentido para ti.

La Palabra dice que Jesús vino no para ser servido, sino para servir, para dar su vida en rescate por muchos. Él dio su vida para rescatarte a ti de la ira de Dios. Solo Jesús puede hacer posible que Dios te reciba como un hijo. Solo por su sangre tú puedes ser limpiado. La muerte de Jesús es la base de todas las promesas de Dios.

Entonces, escucha esto: si Dios está hablando aquí en esta mañana, no te quedes indiferente al llamado de Dios. La primera oración que tú debes hacer es: "Señor, ayúdame. Ayúdame, dame fe en mi incredulidad. Señor, perdón, ames mis pecados, soy un hijo tuyo. Perdón porque yo he andado indiferente a la realidad de lo que tú eres. Yo anelo, yo deseo poder estar dentro de ese grupo que es bendecido por ti. Yo quiero tener el privilegio de poder pedir, buscar, llamarte, con la certeza de que voy a tener una respuesta de ti." Antes de aspirar a tener la bendición de Dios en estas cosas, primero tienes que conocerle en lo personal, que tengas una relación con Él a través de su Hijo, de su Cristo. Y la Biblia dice: hoy es el día aceptable, hoy es el día de salvación. No le cierres tu corazón a Dios si Él te está llamando.

En segundo lugar, amados hermanos que estamos aquí, ¿qué vamos a hacer con estas cosas? Eso es algo por lo cual debemos luchar. La oración no es algo natural en nosotros. No lo es. Lo normal es que no deseemos orar. Lo normal es que tengamos obstáculos para orar. De hecho, lo normal es que tengamos muchas excusas para no orar. Pero nada de eso debe frenarnos de la bendición que Dios nos extiende cuando dice: "Venid a mí."

Necesitamos orar. Necesitamos orar mucho. Debemos orar para que Dios nos siga sosteniendo como iglesia. Debemos orar para que Dios cuide a nuestros líderes. Debemos orar para que Dios supla nuestra necesidad, para que dé fortaleza a los que están cansados. Debemos orar para que Dios levante a los caídos, para que Dios nos mantenga con una visión fresca de su grandeza y de su poder. Debemos orar para que Dios nos libre de las tentaciones del mundo, para que Dios nos santifique como su pueblo, para que Dios se muestre más glorioso y más poderoso en nosotros.

Debemos orar para que Dios siga usando su Palabra con poder, para que podamos ser retados y andar cerca de Él, para que muchos puedan conocerle. Debemos orar para ser más llenos de Él. Debemos orar para que Dios nos cautive con una impresión tan real que podamos enamorarnos más de lo eterno y menos de lo temporal. Jesús nos invita a orar. Jesús dice: pidan, busquen, llamen.

Una de las cosas más importantes que debemos recordar como creyentes es aprender a responder bíblicamente a las circunstancias. Hay muchos eventos en la vida y cada evento demanda una respuesta diferente, y Dios permite todas esas cosas con el propósito de acercarnos a Él. Sea el gozo de la prosperidad o sea el dolor de la aflicción, debemos abrazar aquella actitud que más nos acerque a Dios. Y la oración es un elemento vital en todas ellas, siempre, siempre, siempre, siempre.

Es un buen momento. ¿Cómo debemos nosotros, como iglesia, responder a estas presentes circunstancias que estamos viviendo? Debemos orar a nuestro Padre en este momento. Eso es lo mejor que podemos hacer.

Esta es una producción que llega a ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. ¡Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra!

Luis Méndez

Luis Méndez

Luis Méndez nació en Santiago, República Dominicana, y conoció al Señor mientras cursaba estudios universitarios en 1985. Sirvió como diácono en la Iglesia Bautista de la Gracia desde 1987 y fue llamado al ministerio pastoral en 1997, función que ejerció allí hasta 2006. Ese mismo año se trasladó con su familia a Minneapolis, MN, para recibir formación teológica en el Instituto Teológico de Bethlehem Baptist Church, bajo la guía del pastor John Piper. Tras completar sus estudios, sirvió como pastor y anciano hasta 2016. Actualmente forma parte del liderazgo de la IBI enfocado en consejería. Es miembro de ACBC y Life Coach certificado por la AACC, labor que ejerce parcialmente con organizaciones y personas, incluyendo jugadores hispanos de béisbol profesional. Está casado con Vilma desde 1988 y es padre de Raquel, Eva y Luis Jr. Su residencia se divide entre Arizona, EE. UU., y Santo Domingo, R. D