IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La felicidad se ha convertido en el centro de la cultura moderna: un derecho inalienable, individual y privado que nadie debe tocar. Pero esta búsqueda personal, casada con la individualidad y la privacidad, ha producido una felicidad que depende solo de lo que poseemos y consumimos, ajena a Dios y a los demás. Es la misma trampa en la que cayeron los líderes de Israel al regresar del exilio: buscaron su propia felicidad apartada del plan de Dios cuando tomaron mujeres paganas. Como cristianos, hemos aprendido a poner delante del Señor nuestro pecado, nuestras tristezas y enfermedades, pero ¿qué hacemos con nuestra felicidad?
El apóstol Pablo descubrió el secreto de la verdadera felicidad después de veinticinco años de ministerio marcados por azotes, cárceles, naufragios y peligros constantes. Desde una prisión en Roma escribió once veces sobre el gozo en su carta a los Filipenses. Su secreto fue simple y radical: "Para mí el vivir es Cristo". La felicidad no es facilidad ni frivolidad, sino vivir con Cristo y dejar que él reine sobre toda nuestra vida, incluyendo nuestros sueños, compras y carreras.
Pablo aprendió a estimar como pérdida todo lo que antes consideraba ganancia, a cambio del incomparable valor de conocer a Cristo. El desafío es preguntarle al Señor no solo que bendiga nuestros intereses, sino cuáles son los suyos en cada área de nuestra vida. La felicidad empieza con fe; sin ella, solo queda vacío.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Abramos nuestras Biblias en la carta del apóstol Pablo a Filipenses, el capítulo 4, los versos del 4 al 7. Filipenses, capítulo 4, los versos del 4 al 7, dice así la Palabra del Señor: "Regocijaos en el Señor siempre; otra vez lo diré, regocijaos. Vuestra bondad sea conocida de todos los hombres; el Señor está cerca. Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús." Regocijaos en el Señor siempre; otra vez lo digo, regocijaos.
Durante las últimas semanas hemos estado estudiando el libro de Esdras, un precioso libro que nos habla del regreso del pueblo de Israel después de 70 años de exilio a una Jerusalén destruida que había que reconstruir completamente. Pero no solamente se trataba de una reconstrucción física, de la reconstrucción de un estado, de una nación, de un pueblo, sino que también el libro de Esdras está lleno de la reconstrucción espiritual de un pueblo, de la reconstrucción espiritual, personal, moral y de las decisiones de un pueblo que permaneció 70 años apartado de su nación por causa del pecado.
El pastor Miguel nos ha estado dirigiendo a través de este proceso, y a través de este proceso nos ha ido mostrando lo importante, lo grandioso, lo soberano de la santidad de Dios, y lo tremendo de la realidad de nuestro pecado. Y en la medida en que nosotros nos hemos ido adentrando en el proceso de comprender la grandeza de Dios, y también la grandeza caída de nuestra condición, hemos ido aprendiendo que no se trata de una sola dimensión, que no se trata solamente de confesar nuestra realidad delante de Dios, que no basta solamente con el hecho de decir: "Yo soy un pecador y necesito de Él." Sino que a través de los textos el Señor nos ha ido mostrando la necesidad de nuestra humillación personal, la necesidad de nuestro quebrantamiento, la necesidad de ponernos delante de Dios con todo nuestro corazón.
Pero también hemos escuchado al pastor Héctor, y el pastor Héctor, usando un precioso pasaje de Hebreos, el capítulo 12, nos fue mostrando cómo, de manera particular, no solamente se trata de entender la santidad de Dios y la realidad de nuestro pecado, sino que nos presenta una nueva dimensión en nuestra búsqueda de crecimiento para nuestra madurez personal. No solamente es santidad y pecado, sino también descubrir aquello que es importante en la vida con el Señor y aquello que es insignificante en nuestra vida de relación con Dios. En ese pasaje de Hebreos, la vida espiritual se caracteriza como una carrera, una carrera que debemos correr con paciencia, puestos los ojos en Jesús.
Pero Héctor le puso énfasis al desafío de despojarnos de todo peso, de todas aquellas cosas en nuestra vida que, aunque valiosas, aunque puedan ser de significado para nosotros, entorpecen nuestra carrera, le ponen un peso a nuestra vida que impide que nosotros podamos alcanzar la meta a la cual el Señor nos ha llamado. De tal manera que vamos descubriendo las dimensiones de crecimiento espiritual: entre la santidad y el pecado, entre lo importante y lo insignificante.
Pero la semana pasada, cuando estuvimos analizando el pasaje de Esdras, nos fuimos sorprendidos por algo que también sorprendió a Esdras en su corazón. El texto nos dice que los príncipes, entre los levitas y los sacerdotes, que lideraban al pueblo de Israel de ese tiempo, habían tomado una decisión: la decisión de comprometerse con mujeres que no eran de la nación de Israel, cayendo en pecado. Eso es lo que trató el pastor Miguel la semana pasada.
Pero en medio de esa decisión nosotros nos preguntamos: ¿Es solamente el quebrantamiento de la ley? ¿Solamente tiene que ver con el hecho de que la santidad de Dios fue afectada por causa del pecado del pueblo? ¿Acaso el hecho de haberse juntado con una mujer pagana solamente tiene que ver con la decisión entre lo importante y lo insignificante? Cuando discutía con Miguel esto hace un par de semanas, y la semana pasada también, veíamos que esta decisión no solamente era una decisión legal, sino que nos encontramos con hombres que toman una decisión: la decisión de tomar una mujer, unirse en matrimonio, criar hijos y formar una familia.
De tal manera que no estamos hablando solamente de una decisión legal; estamos hablando de una decisión emocional. Una persona que decide tomar una mujer y formar una familia está poniendo en juego el ideal de su felicidad también. Los hombres que tomaron esta decisión, que era en contra de la voluntad de Dios, no solo pensaron en la voluntad de Dios, sino que también seguramente pensaron en la búsqueda de su propia felicidad, de aquello que significaba para ellos ser felices en ese momento, en aquello que estaban viviendo.
Los historiadores nos dicen que, analizando las características de los libros de Esdras y de Nehemías y de los profetas que hablaron en ese tiempo, era muy posible que después del destierro volvieran más hombres que mujeres a Palestina. Era posible que muchos de ellos, al no poder escoger entre mujeres judías, tuvieron que escoger entre mujeres de los pueblos paganos de alrededor. Pero en medio de cualquier otra consideración, si nosotros lo miramos humanamente, desde nuestro punto de vista contemporáneo, simplemente vemos que hay allí una decisión de felicidad sin Dios. Eso es.
Por lo tanto, hombres, levitas, sacerdotes, príncipes que, después de 70 años en el destierro, desean volver a Jerusalén para restaurar la tierra, para restaurar la ciudad, para volver a construir el templo, para volver a adorar al Señor, toman una decisión equivocada en la que creen que su felicidad es ajena al plan de Dios. Ese es el punto.
Entonces, nosotros nos encontramos con una nueva dimensión de las luchas del creyente por su crecimiento espiritual. No solamente es el tema entre la santidad y el pecado, no solamente es el tema entre lo importante y lo insignificante, sino que se genera una nueva dimensión: la dimensión de aquello que nos hace felices, de aquello que nos hace infelices. Y muchas veces, nosotros como cristianos estamos acostumbrados a dejar nuestra infelicidad, nuestra tristeza, delante de Dios. Nosotros estamos acostumbrados a poner delante del Señor nuestro pecado. Nosotros estamos dispuestos a poner delante del Señor nuestra enfermedad, nuestro sufrimiento y nuestras lágrimas. Pero, ¿qué con respecto a nuestra felicidad? Esa es la pregunta que yo quisiera que nos respondamos en esta mañana.
¿Pero qué entendemos por felicidad? Esa es la primera pregunta que podemos hacernos. Felicidad, ¿qué es felicidad? Yo creo que la felicidad es difícil de interpretarla porque se basa mucho en las situaciones que nosotros estamos viviendo. Yo quisiera encontrar una definición clara; primero, una definición del diccionario. ¿Qué es la felicidad? El Diccionario de la Real Academia, donde uno debe buscar en primer lugar la definición de una palabra, dice que es el sentimiento de complacencia, un estado de ánimo que se produce cuando se consigue o cuando se posee algo.
Me fui para el lado de los ingleses a ver qué piensan ellos acerca de la felicidad, que a veces está diferente de la nuestra por cuestiones culturales. Y el diccionario de la Universidad de Cambridge no da mayores luces; la definición es aún más restringida. Solo habla de un sentimiento de placer o satisfacción, sin mencionar ningún origen en particular.
Si ustedes van a los diccionarios bíblicos, tratando de encontrar esta palabra en las concordancias etimológicas en los lenguajes originales, van a encontrar que la palabra "felicidad" no aparece como tal. Sin embargo, nuestro Señor Jesucristo sí la usó una sola vez, pero de una manera muy interesante. Es la palabra *makários*, que nosotros traducimos como "bienaventurado", o "feliz" en algunas de nuestras versiones. Es la única vez que el Señor Jesucristo utiliza directamente esta palabra.
Y la palabra *makários* en realidad no tiene un significado estricto; podría significar largo, grande, abundante. Ese es el significado literal de la palabra *makários*. Usualmente en la Escritura se le usa para señalar a una persona que ha sido singularmente favorecida por Dios, que ha sido favorecida y bendecida por Él. Por eso es *makários*, y por eso los traductores de la Biblia no usan la palabra "felicidad" propiamente tal, porque la felicidad en un sentido responde a mí mismo. Pero la palabra *makários*, la felicidad en la Escritura, siempre está relacionada con Dios. No hay felicidad sin Dios.
Y más interesante aún está el hecho de que cuando Jesús utiliza el término felicidad por una sola vez en la Escritura, lo utiliza de manera contracíclica, para usar el término económico que todo el mundo usa hoy. ¿Qué significa contracíclico, amigos? Ustedes entienden: contra la corriente. Jesús lo utiliza contra la corriente, porque llega a decir: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos." "Bienaventurados cuando por mi causa os persigan y os maldigan diciendo toda clase de mal contra ustedes, mintiendo." O sea, Jesús utiliza el sentido de felicidad de una manera totalmente opuesta a como el mundo la percibe.
Entonces, hasta el momento no logramos capturar esa cosa que yo percibo como felicidad y que seguramente ustedes entienden como felicidad. Y el problema radica en que el término "felicidad" ha cambiado a lo largo de los siglos. El término "felicidad" se ha vuelto preeminente en los últimos tres siglos de nuestra historia moderna y occidental.
Básicamente, después del Renacimiento, la idea de felicidad empezó a ir ocupando un lugar primordial en la cultura y en el pensamiento humano, y ahora el ideal de felicidad ocupa el centro de todo el pensamiento moderno, de todo el pensamiento filosófico. Ya a finales del siglo XVII, el famoso filósofo inglés John Locke decía que la empresa de un hombre es ser feliz en este mundo. La empresa de un hombre es ser feliz en este mundo. Un siglo después, la declaración de la independencia norteamericana declara como un derecho inalienable, en el mismo lugar que la vida y la libertad, la búsqueda de la felicidad. La búsqueda de la felicidad se convierte en un derecho inalienable del hombre: así como tiene derecho a vivir y tiene derecho a ser libre, tiene derecho a ser feliz.
Sin embargo, este ideal de felicidad todavía no está claro y todavía no lo podemos percibir en la medida en que lo percibimos hoy día, porque la búsqueda de la felicidad, acuñada con la vida, acuñada con la libertad, como la gran empresa de todo ser humano, va acompañada de un nuevo argumento que no existía anteriormente, que es el sentido de individualidad. El derecho a ser individual. Yo soy único. Cuando Dios me creó, rompió el molde. No hay otro como yo. Yo lo merezco todo, porque yo soy único y lo que busco en la vida es diferente a todos los demás.
Ese sentido de individualidad, tan profundamente arraigado en la cultura contemporánea, va acompañado del sentido de la búsqueda de la felicidad, porque la búsqueda de la felicidad se ha convertido en un componente meramente personal, individual. Yo busco mi propia felicidad y nadie se debe meter con ella. De tal manera que la búsqueda de la felicidad se casó con la individualidad y tuvieron un hijo. ¿Saben cómo se llamó ese hijo? Se le llamó privacidad. El derecho a la privacidad. Yo soy feliz privadamente. Yo soy feliz porque esa es la manera en que yo quiero vivir.
Entonces, la búsqueda de la felicidad en la práctica, ¿qué cosa es? La búsqueda de la felicidad en la práctica es el derecho inalienable a vivir nuestras vidas como nos plazca, sin interferencias de ninguna clase, con plena libertad de acción para escoger los valores, los bienes y el estilo de vida que consideramos mejores para nosotros. Lo que suceda en el exterior solo no nos concernirá, siempre y cuando no me afecte directamente. Mi búsqueda de felicidad nunca será afectada por lo que sucede afuera, porque dependerá absolutamente de mí y de lo que yo quiera alcanzar.
Chuck Colson, en un libro que se llama *La vida buena*, dice que la idea de definir la propia vida, de vivir bajo sus propias pautas, se presenta pocas veces bajo una luz negativa, porque la meta final de la vida es la autonomía personal: ser libre, libre de toda restricción, libre para buscar mi propia felicidad. Por eso es que nunca se ve de manera negativa. Nosotros vivimos bombardeados: en el cine, en las películas, en la publicidad, en el aire que respiramos, en los consejos que recibimos. Trata de ser tú mismo. No dejes que nadie te apague. Tú tienes que ser feliz. Busca tu felicidad interior. Tú tienes el cambio ahí; búscalo, búscalo, búscalo.
Y la búsqueda de la felicidad, finalmente, que queda reducida a este sentimiento de gratificación producto de poseer algo, se basa básicamente en este siglo XXI en una búsqueda material. El valor material, la gratificación que los bienes materiales traen consigo, es el *summum bonum*, es la meta máxima de la felicidad. Y esta felicidad personal, que es un sentimiento íntimo, pocas veces tiene un componente moral o ético distintivo. Por el contrario, es más emocional y está definida por una voluntad férrea que evita que nadie se meta con mi felicidad. Y eso trae consigo un oculto desprecio y una privada falta de consideración para con los demás.
Y es así que nosotros, como cristianos que hemos aprendido a poner delante de Dios toda situación pecaminosa, que hemos aprendido a traer delante del Señor nuestras tristezas, nuestros fracasos, nuestros quebrantos, tenemos mucha dificultad para poner delante de Él nuestra felicidad. Yo recuerdo un muchacho que yo conocí cuando era más joven, y este muchacho andaba buscando al amor de su vida. Yo conozco algunos por aquí que hacen lo mismo. Pero él había desarrollado una técnica.
Ustedes no se asusten a saber, pero los nazis en su tiempo inventaron una pseudociencia que llamaron frenología. Y la frenología tenía que ver con el hecho de medir las características corporales de las personas: la distancia entre los ojos, el tamaño de las manos, el color de la piel, para definir las características interiores, el carácter de las personas. Y a través de la frenología, ellos concluyeron que la raza aria era superior a todas las demás. Pseudociencia, por supuesto.
Pero este muchacho tenía una cierta clase de frenología. Había definido cómo tenía que ser la mujer ideal para su vida basándose en la apariencia física. Había determinado de qué tamaño tenían que ser sus manos, cómo tenía que ser; iba estudiando a todas las jóvenes de la iglesia para tratar de definir cuál era la mujer de su vida. ¿Por qué? Porque eso lo iba a hacer muy feliz. Pero una de las cosas que yo le dije alguna vez, y que él nunca me aceptaba, era: pero, ¿oremos por esta muchacha? Y él no quería; se negaba a orar. Le digo: "Pero el Señor está de por medio también." No, no quería orar. Hasta que un día le dije: "¿Y por qué no quieres orar?" Y él me respondió: "¿Y si me da una fea?"
Y hay veces que nosotros creemos que el Señor, que dice "de cierto, de cierto te digo", a veces lo dice como si dijera "de terco, de terco te digo". Entonces, ¿cuál es el miedo? Si yo oro por mi felicidad, el Señor se mete en esa área. Y por eso es que muchas veces, queridos hermanos, y lo digo con mucho respeto, nosotros nos volvemos al Señor, nos convertimos, venimos al Señor, nos apartamos de muchos pecados, pero mucho de nuestro estilo de vida no cambia. Nuestras vacaciones no cambian, el autazo no cambia, los caballitos de la camisa no cambian. No cambian. ¿Por qué? Porque están íntimamente ligados a nuestra felicidad, y mi felicidad es mía. Señor, bendice mi felicidad. Señor, hazme más feliz cada día.
Y no solamente es eso, hermanos, sino que una de las grandes desviaciones de la Iglesia contemporánea —toda la teología de la prosperidad, y del "tú eres un campeón", y del "tú eres lo máximo", y del "tú eres el rey de la vida"— es producto de que son iglesias que han sometido el Evangelio al sentido de felicidad contemporáneo. Ese es el problema.
Entonces ahora yo me pregunto: todo ese ideal de felicidad, ¿cómo yo puedo trasplantarlo para convertirlo en algo que sea conforme al plan de Dios? ¿Qué es ser feliz conforme al plan de Dios? De tal manera que las dimensiones con las cuales yo estoy trabajando —mi crecimiento espiritual y mi madurez— no queden cojas. Yo estoy buscando la santidad y estoy apartándome del pecado, estoy luchando para hacer lo importante y dejar lo insignificante, pero también se trata de consagrar mi felicidad delante de Dios, para que yo entienda la felicidad en los términos en que el Señor la tiene.
Y para eso yo quisiera que nos detuviéramos en Filipenses, en algo que el apóstol Pablo aprendió. ¿Saben por qué? Porque si le pudiéramos poner un título a la carta de Filipenses, yo le pondría como subtítulo: *El hombre que aprendió a encontrar la verdadera felicidad*. ¿Saben por qué? Déjenme hacerles un repaso. Hace un par de meses nosotros estuvimos estudiando la conversión del apóstol Pablo, ¿verdad? Pues desde la conversión del apóstol Pablo hasta que él escribe Filipenses han pasado alrededor de 25 años. 25 años en su vida y en un ministerio que no se extendería más de 30.
El apóstol Pablo escribe Filipenses mientras estuvo preso en Roma. Luego él sería dejado libre, y cuatro o cinco años después sería ajusticiado a muerte. O sea, estamos hablando de un período de tiempo de alrededor de 30 años. Una carrera, la carrera de un hombre, una carrera profesional, un ministerio de 30 años. Durante esos 30 años, la vida no fue fácil para el apóstol Pablo. Pero él aprende, y en Filipenses es ahí en donde él dice, desde la cárcel: "Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez te lo digo: regocijaos." Y lo dice 11 veces en medio de esta carta: estoy gozoso, estoy lleno de gozo, gócense conmigo, regocíjense, otra vez les digo, gócense en el Señor.
Sin embargo, el apóstol Pablo entendió algo que nosotros debemos entender y que nosotros tenemos que aplicar para santificar y para redimir nuestra propia felicidad. Dios no nos quiere infelices. Dios no quiere darnos lo feo. Dios quiere darnos el verdadero sentido de la felicidad, el verdadero significado de la felicidad. Pero saben, en nuestro mundo existe mucha oposición para entender la verdadera felicidad, porque la felicidad está en el centro de nuestra cultura. El centro de nuestras culturas se mueve alrededor de la felicidad del hombre y de cómo el hombre debe alcanzarla. Nuestro mundo se ha convertido en un lugar en donde por todas partes el hombre es bombardeado para mostrarle lo que es ser feliz.
Y aun en la Semana Santa, por ejemplo, estamos viendo esto. Yo no sé por qué en República Dominicana la Semana Santa se convierte en un festival comercial. Llegó la Semana Santa: cómprese la ropa de verano. Llegó la Semana Santa y llegó la ropa de baño que va a ser el furor en el verano. Leía una publicidad que era la tapa, la gota que rebasó el vaso: "¡Viva la Semana Santa!" Ya no es santa, ahora es viva. Cómprese el auto no sé cuánto para ir de aquí para allá, porque ha llegado la Semana Santa, y la publicidad ya es total.
Es una semana de reflexión. Reflexione, comprécela. Comprase la Semana Santa. Y hermano, nosotros vivimos encerrados en esa presión por vivir la felicidad que el mundo nos ofrece. Y tenemos que luchar, así como luchamos entre la santidad y el pecado, entre lo importante y lo insignificante. Nuestra felicidad también tiene que ser un medio para crecer y para poder crecer en la medida de la estatura de la plenitud de Jesucristo.
Y si le pensamos, fue escrito 25 años después de que el apóstol Pablo empieza su ministerio. ¿Tiempos difíciles? ¿Saben por qué? Porque a veces nosotros, así como ponemos la Semana Santa en lugar de la Semana Santa, a veces también confundimos las palabras con la felicidad. Y la felicidad a veces se convierte en facilidad, pero la felicidad no es facilidad.
Y el apóstol Pablo lo demuestra. Por ejemplo, unos años antes él escribe en Segunda de Corintios, el capítulo 11, lo que su ministerio fue para él. A partir del versículo 23, por favor, acompáñenme rápidamente. A partir del versículo 23 hasta el versículo 27, Pablo nos dice: ¿quieren saber ustedes qué hizo Pablo durante los últimos 25 años? Aquí lo va a decir. Dice: "Son servidores de Cristo, hablo como si hubiera perdido el juicio. Yo más, en muchos más trabajos, en muchas más cárceles, en azotes un sinnúmero de veces, a menudo en peligros de muerte. Cinco veces recibí de los judíos treinta y nueve azotes. Tres veces he sido golpeado con varas. Una vez fui apedreado. Tres veces naufragué, y he pasado una noche y un día en lo profundo. Con frecuencia en viajes, en peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de mis compatriotas, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos, en trabajos y fatigas, en muchas noches de desvelos, en hambre y sed, a menudo sin comida, en frío y desnudez."
¡Wow! Pero cuéntanos algo alegre. ¿Cómo, Pablo? ¿Cómo es esto? ¿Qué vida fue esta en todo esto, en 25 años? Cinco veces recibió de los judíos treinta y nueve azotes. Tres veces fue golpeado con varas. Una vez fue apedreado. Yo quisiera imaginar el cuerpo de Pablo, las cicatrices que seguramente él cargaba sobre sí.
Pero no solamente era esta carga física, estas presiones físicas sobre él. Si nosotros miramos el capítulo 6 de este mismo libro, él narra y explica de su ministerio de 25 años algo interior. Él dice, a partir del versículo 8 al 10 del capítulo 6: "En honra y en deshonra, en mala fama y en buena fama, como impostores pero veraces, como desconocidos pero bien conocidos, como moribundos, y he aquí que vivimos, como castigados pero no condenados a muerte, como entristecidos pero siempre gozosos, como pobres pero enriqueciendo a muchos, como no teniendo nada, aunque poseyéndolo todo."
La propuesta del apóstol no es fácil, no es fácil. El apóstol había aprendido un secreto, un secreto que quiere compartir con nosotros. Cuando el apóstol llega a Roma, solamente para hacer un análisis de los cuatro últimos años de su vida —que ustedes lo van a estudiar con profundidad si están en el instituto, en el curso, en la materia de Hechos—, si ustedes empiezan a leer a partir del capítulo 23 del libro de los Hechos, van a encontrar ahí todo el camino del apóstol Pablo hacia Roma. Y no fue un camino fácil.
El capítulo 23 nos dice que Pablo, en algún momento de la discusión y en medio de los juicios, el comandante romano tuvo que tomarlo por la fuerza, porque los judíos con los cuales él estaba discutiendo estuvieron a punto de despedazarlo. No solamente era una discusión intelectual, sino que estaban a punto de quitarle la vida, de despedazarlo por la ira que tenían contra él. Mientras él estuvo preso en Jerusalén, tuvo que ser movido a Cesarea, una ciudad romana, debido a que los judíos estaban planeando su asesinato, y hubo muchos hombres judíos que prometieron no comer hasta que Pablo estuviera muerto.
En Cesarea, debido a las presiones por las cuales el apóstol Pablo estaba viviendo, dice que el mismo Señor se le apareció. El mismo Señor se le aparece y le dice: "Pablo, así como has testificado de mí en Jerusalén, así también lo harás en Roma." Como que el Señor le prometió que él iba a ir a Roma y que iba a predicar el evangelio allí. Pero si nosotros seguimos leyendo en el capítulo 27, vamos a darnos cuenta con una sorpresa: dice el texto que, pasados dos años, Pablo seguía preso en Cesarea. Y no solamente eso, sino que las autoridades romanas habían cambiado y que todo el juicio tenía que empezar de nuevo, porque las nuevas autoridades estaban esperando que Pablo les pagara para poder soltarlo, y ellos estaban dilatando el tiempo.
Y no solamente eso, sino que cuando Pablo puede partir hacia Roma en el capítulo 27, se nos habla de una serie de terribles consecuencias marítimas, de vientos, huracanes y ciclones, tanto así que el apóstol Pablo llega a Roma casi colgado sobre una tabla, en medio de un naufragio. Porque felicidad no es facilidad. ¿Quién dijo que felicidad es facilidad? A veces nosotros esperamos que nuestra vida cristiana va a ser el resultado de la facilidad. O sea, voy a ser feliz porque todo va a ser fácil. Pero el apóstol Pablo nos dice que esto no es así.
Porque él llega a afirmar en el capítulo 1, versículo 21, allí en la carta a los Filipenses, el secreto de su felicidad en medio de las circunstancias difíciles que le tocó vivir. El capítulo 1, versículo 21, él dice: "Pues para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia." Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia. ¿Y qué significa esto? Significa que nosotros debemos aprender a reconocer como Señor y soberano de nuestras vidas a Jesucristo, que está dirigiendo nuestras vidas no para hacer de ellas algo más fácil, no para ponernos en una nube de algodón, sino para hacernos vivir la vida con Él. Porque el que quiera vivir en fidelidad con el Señor padecerá persecución, que es lo que dice la Escritura.
Pero este Filipenses 1:21 no solamente es el resultado de la reflexión final de Pablo. Si nosotros miramos unos libros antes, en la carta a los Gálatas, en el capítulo 2, versículo 20, nos encontramos con un pasaje muy similar en donde el apóstol Pablo expresa casi las mismas palabras, pero de una manera más detallada. Y él dice: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí, y la vida que ahora vivo en la carne la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí."
¿Y por qué traigo a colación este pasaje? Porque Filipenses es una de sus últimas cartas, mientras que Gálatas es una de las primeras cartas, o quizás la primera carta que el apóstol Pablo escribió. Es la primera carta del Nuevo Testamento; ni siquiera los evangelios fueron escritos antes que esta carta. Es el primer testimonio cristiano escrito: la carta a los Gálatas. Y desde el principio de su ministerio, el apóstol Pablo ya tenía claro algo que el Señor había dicho de una manera muy clara y muy iluminadora: "El que quiera ser mi discípulo, tome su cruz y sígame."
El apóstol Pablo había entendido el secreto de la felicidad, no basado en el egoísmo contemporáneo que nos invita a pensar que todo lo merecemos, que todo tiene que ser mío, que todo lo que me plazca yo lo puedo alcanzar, sino que había descubierto el secreto de la felicidad basado en el hecho de que la felicidad no es facilidad, que la felicidad es vivir con Jesucristo y dejar que Jesucristo reine en nuestras vidas.
Es por eso que Pablo, en la misma carta, cuando habla de Timoteo, habla de él como su gran discípulo, como una persona a la que quería de una manera muy especial. Y en el capítulo 2, versículo 21, hablando de Timoteo, hablando de su siervo, él dice una realidad que tiene que ver con nuestra realidad contemporánea: "Porque todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús." Filipenses 2:21. Todos buscan sus propios intereses, no los intereses de Cristo Jesús. Podríamos pensar: bueno, Timoteo era un misionero profesional, un pastor, alguien que había consagrado toda su vida al Señor.
Sin embargo, el apóstol Pablo extiende este llamado al principio del capítulo 2, a partir de los versículos 3 y 4, y lo hace universal: "Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con una actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás."
Si nosotros ponemos solamente este versículo central en comparación con la idea contemporánea de felicidad, vamos a ver que existe una profunda tensión. La búsqueda de la felicidad individual y privada, que es solo para mí, entra en continua tensión con este pasaje, en donde dice: "No buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás." Por un lado, los intereses de los demás; y por otro lado, lo que dice Pablo de Timoteo en el 2:21: todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús.
Por un lado, entonces, extendemos nuestros intereses, no solamente pensando en lo que a mí me corresponde —primero yo, segundo yo, y si queda también para mí—, sino que como cristianos extendemos nuestros intereses hacia los demás. De tal manera que cuando yo tengo que tomar la decisión de ser feliz con una televisión de alta definición de no sé cuántas pulgadas, de la cual yo tengo el dinero para comprarla porque me la he ganado honradamente en mi trabajo y bastante sudor me costó, yo tendré que pensar no solamente en mi felicidad, sino también en la felicidad de los demás y en los intereses de Cristo Jesús.
Y de tal manera, yo tendré que decidir si vale la pena para mí ser feliz: tener una pantalla plana de 75 pulgadas, o comprarme una de 21 y usar el dinero para servir a los otros. De tal manera que yo pueda decir, cuando la gente va a mi casa: "Vengan, vengan, los voy a llevar a la sala de la televisión. Quiero que vean mi súper televisor que me costó 150 mil pesos." Y la gente ve uno de 21 pulgadas, de esos gordos antiguos, con botones, al estilo antiguo. "Pero, ¿cómo es que te costó 150 mil?" "Sí, me costó 150 mil. Yo pagué seis mil y los otros 144 mil los usé para servir a los otros." Y soy feliz, porque el televisor me costó 150 mil.
Porque la verdadera felicidad no es facilidad. No es todo lo que yo merezco. Sino que, como nos muestra la Palabra, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Porque todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús. Eso es por un lado.
Pero por el otro lado, también nosotros hemos hecho de nuestros intereses los intereses del Señor. Y le dijimos al Señor: "Señor, bendice mi trabajo, bendice mi negocio, bendice mi carrera, bendice mi carro, que nunca se me pinche la llanta, que nunca se me raye la pintura, que nunca me choque. Cuida mi ropa, cuida mi zapato, cuida mi zapatilla, cuida mi media. Señor, por favor, bendíceme para ser feliz."
Pero la pregunta que nosotros tenemos que hacernos con respecto a la verdadera felicidad no es solamente esa, sino: ¿cuáles son los intereses de Cristo Jesús en mis negocios, en el puesto gubernamental que estoy desempeñando, en el negocio que acabo de ganar, en los pacientes a quienes tengo que tratar, en la carrera que tanto trabajo me está costando desarrollar? Los intereses del Señor no solamente son mis intereses; Él tiene sus propios intereses con respecto a mi carrera, con respecto a mis bienes, con respecto a mi dinero. Él tiene sus propios intereses, y si nosotros queremos ser felices, la felicidad no es facilidad, pero la felicidad es también buscar que el Señor sonría con mi propia vida.
Y el Señor sonría con mi propia vida no solamente por el hecho de que lo tengo todo, sino que todo ese todo lo he puesto delante de Dios para el servicio de los demás. De tal manera que no solamente será alterada mi vida de santidad, mi reconocimiento de lo importante y lo insignificante, sino que también mi felicidad se afectará para bien, en la medida en que estaremos descubriendo el gozo de lo que significa servir al Señor. Y este es el desafío. Pero este desafío es íntimo. No es algo que nosotros podamos plantear desde afuera; es algo que ustedes tienen que plantearse desde dentro del corazón.
Que la felicidad no es facilidad, pero la felicidad tampoco es futilidad. Y cuando hablamos de futilidad, ¿qué es algo fútil? Algo fútil es algo sin importancia, algo que no vale la pena. Muchos entienden la felicidad como el hecho de vivir en una fiesta eterna, en donde todo lo demás pasa a un segundo plano, menos el hecho de pasarla bien y disfrutar al mil por ciento. Para muchas personas la felicidad es no tomarse la vida tan a pecho, rebajarle el valor a las cosas, estar menos aprensivo, con menos expectativas; o sea, hacer nuestra vida algo más trivial, menos productiva.
"Ah, si yo ya no pudiera trabajar... Si yo me retirase a los cuarenta, ¡sería tan feliz! Si tuviese tanto dinero para viajar y andar por el mundo, sería tan feliz. Si yo me ganase la lotería, ah, mi vida sería..." Sería, porque ahora no es. Mi vida sería a partir de ese momento. Pero las cosas que valen la pena no pueden ser tratadas trivialmente, porque las cosas que valen la pena tienen un costo. Y por eso podemos decirlo de otra manera: si las cosas que valen la pena tienen un costo, entonces hay que tener una vida que valga la felicidad de vivirla.
Y tener una vida que vale la felicidad de vivirla es tener una vida que pueda estar dispuesta a pasar por riesgos, como los riesgos de vida y muerte que el apóstol Pablo vivió. Vivir una vida riesgada en donde nos atrevamos a responder a las demandas del Señor: no someternos a los patrones de este mundo, ofrecernos en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, como hemos aprendido en nuestra clase de Romanos. De tal manera que en mi felicidad no radique la acumulación de cosas para provecho personal, sino en la medida en que yo puedo bendecir a otras personas. Porque eso es justamente lo que el Señor descubrió, y es el ejemplo que el apóstol Pablo encontró y aprendió.
El significado de la felicidad que Pablo les enseña a sus discípulos de Filipos está allí en el capítulo 2, a partir del versículo 5, donde dice: "Haya pues en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."
Quizás para Jesucristo la felicidad hubiera sido permanecer allí a la diestra del Padre, sentado en una nube de algodón, mirando cómo las cosas suceden y gobernando desde las alturas. Pero Jesús se humilló a sí mismo, se hizo hombre, fue a la muerte y a la muerte de cruz, porque nos consideró valiosos a nosotros, que no merecíamos nada, y eso lo llenó de gozo. Porque en Hebreos capítulo 12, ese pasaje que nos mostró el pastor Héctor hace un par de semanas atrás, dice que por el gozo puesto delante de Él, Jesús menospreció la cruz. ¿Cuál era el gozo puesto delante del Señor en esa situación tan tremenda? Pues nosotros, que no lo merecíamos. Jesús fue feliz porque estaba haciendo algo no para Él, sino para restaurar el orden del universo, y eso lo hizo feliz.
Y eso hizo que Pablo se gozara, porque Pablo se goza en oración al principio de la carta a los filipenses. En el versículo 6, el apóstol Pablo dice algo que lo llena de gozo: "Estando convencido precisamente de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo." El Señor no nos toma a la ligera; el Señor lo hizo todo por nosotros para que nosotros alcancemos el estándar que Él espera que alcancemos. El Señor Jesús renunció a su gloria, renunció a su divinidad, se hizo hombre; no solamente hombre, sino que se humilló a sí mismo, tomó forma de siervo y fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz, y eso lo hizo feliz.
Por eso es que el apóstol Pablo, siguiendo este ejemplo, dice en Filipenses 2:17-18: "Pero aunque yo sea derramado como libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me regocijo y comparto mi gozo con todos vosotros. Y también vosotros regocijaos de la misma manera y compartan su gozo conmigo." La felicidad del apóstol Pablo estaba en entregar, en hacer de su vida una vida fructífera, pero una vida fructífera no solo para sí mismo, sino para beneficio del Señor.
No era una vida trivial, poco productiva, en la que uno no se la toma tan a pecho, en que se rebajan las cosas, se está menos aprensivo, con menos expectativas. No, eso no era lo que Pablo buscaba. Pero sí hay quienes dicen: "No quiero estar preocupado por lo que sucede en el país, no me interesa lo que le suceda a mi vecino. Las presiones que pone el predicador son muy grandes; cuando él predica, yo hago la-la-la porque no quiero escuchar. Tiene que ser trivial, por favor. Baje, baje, baje; que sea más fácil, más bonito. Yo quiero salir contento."
El apóstol Pablo dice en Filipenses 1:29: "Porque a vosotros se os ha concedido, por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él." Y eso es parte de nuestra felicidad, porque la felicidad no es frivolidad.
Finalmente, para terminar, ustedes ya se han dado cuenta de que la palabra felicidad empieza con fe. Y cuando nuestra felicidad no tiene fe, se convierte en "licidad". ¿Y qué es "licidad"? Nada. ¿O alguien tiene una definición de "licidad" ahí atrás? Nadie. Felicidad empieza con fe y termina con fe, porque sin fe solo hay "licidad". Quizás en inglés podría ser mejor: happiness, ha, ha, ha, ha, happiness. Como el español es el lenguaje del cielo, tiene que ser con fe, no con risa. Pero felicidad empieza con fe, y eso es algo que nos puede hacer recordar, hermanos, todos los días.
Cuando yo estoy pensando en mi felicidad, que mi felicidad es la camioneta más grande, el televisor más grande, la casa más grande con 58 baños, todo lo demás, que te voy a cambiar el mueble... O sea, cuando mi felicidad no... Felicidad empieza con fe. Sin fe no hay felicidad; me convierto en "licidad". ¿Qué es "licidad"? No es nada. Tengo que estar atento.
Y eso es lo que el apóstol Pablo descubrió, porque esa es la atención que nos falta trabajar en nuestras propias vidas: que nosotros podamos entregarle al Señor nuestras tristezas, pero también nuestras alegrías. Que nosotros podamos entregarle al Señor lo que queremos echar de la casa, pero también lo que queremos dejar. Entregarle al Señor aquello que quisiéramos que se quede en la casa. Que nosotros podamos entregarle al Señor aquello que ya queremos cambiar, pero también aquello que quisiéramos comprar. Que nosotros podamos entregarle al Señor lo que fueron nuestras derrotas, pero también aquello que son nuestros sueños. De esta manera, toda nuestra vida se vea afectada y empiece a actuar conforme al plan de Dios.
Y eso es algo que el apóstol Pablo encontró allí en Filipenses, y eso es algo que él muestra de una manera muy contundente en el capítulo 3, en los versículos 7 en adelante. Él muestra este cambio en su felicidad, porque este cambio en su felicidad tiene que producir un cambio valórico. Porque felicidad no es frivolidad. Felicidad no es frivolidad. La frivolidad tiene que ver con esta vida ánima bajo el sol, sensual, en donde todos estamos mirándonos unos a otros, tratando de competir con otros por tener y cambiar todas las cosas una y otra vez. Porque ese es el mecanismo de la felicidad del mundo: consumir y consumir y consumir y tener cosas más grandes, y juguetes más grandes. Mientras mayor soy, más grandes son los juguetes, más cosas quiero tener, más cosas quiero alcanzar, pero solo para mí.
Sin embargo, el apóstol Pablo muestra que él encontró y aprendió el secreto de la felicidad, porque él luchó con dos variables que son muy importantes conocer en esta mañana. Él dice a partir del versículo 7 del capítulo 3: "Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo." Todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Jesucristo. Él tiene el amor de Cristo así como la perla de gran precio, que es la parábola de nuestro Señor Jesucristo.
Y él hace una estimación. Él va a la casa de cambio del cielo y le dice: "Señor, acá tengo mi camioneta dorada con vidrios polarizados, acá está mi casa con 54 baños, acá está mi carrera que yo he desarrollado a punta de codazos, todos quedaron atrás, yo estoy adelante. Aquí está mi vida, Señor. Acá están las tres cirugías plásticas que pensaba hacerme, acá está mi televisor de alta definición, ultra ultra súper todo. Pero, Señor, ahora yo quiero que tú me estimes estas cosas con respecto a tu amor, y que yo las pueda valorar nuevamente, que las pueda mirar con otros ojos, que pueda percibirlas en la real dimensión de lo que esto significa para mí y para mi propia vida." No que las deje de tener, no que me convierta en un franciscano, no que ande ahora vestido con un abrigo del año 50, sino que las ponga en su real dimensión, y que ya no me preocupe por mis propios intereses, sino por los intereses de los demás y por los intereses de Cristo Jesús.
"Todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo y lo considero como basura, a fin de ganar a Jesucristo." El apóstol Pablo pone una condición, y la pone aquí y la pone también en 1 Timoteo: "Pero gran ganancia hay en la piedad cuando está acompañada de contentamiento." Y el contentamiento tiene que ir acompañado a nuestra felicidad.
"Y aún más, estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo." Sí, él ya lo había perdido todo. Estaba en la cárcel, no tenía nada. La carta a los filipenses y esta cárcel son consecuencia de que la iglesia de Filipos había recogido una ofrenda, y Epafrodito había viajado más de un mes hasta el punto de enfermarse de muerte para poder llevar esa ofrenda a Pablo, porque Pablo estaba preso y no tenía modo de sustentarse a sí mismo. Él lo había perdido todo. "Pero lo considero como basura, a fin de ganar a Cristo."
Tenemos que ganar a Cristo, hermano. Pero eso tiene que ver con la estimación de lo que nos hace felices, de aquello que es importante para nosotros. Que nosotros podamos darle el real valor a las cosas: nada. Y el real valor a Cristo: todo. Que nosotros podamos vivir con las cosas, pero que las cosas no ocupen el lugar de nuestra felicidad, sino que más bien nuestra felicidad sea empuñada en fe.
De tal forma que cuando nosotros miremos nuestros intereses, le preguntemos al Señor no solo que bendiga nuestros intereses, sino que le preguntemos: "¿Cuáles son tus intereses, Señor? En las cosas que yo hago, en las cosas que no hago, en las cosas con que me visto, en la forma en que yo ando, en la forma en que me alegro, en la forma en que me río." Y que nosotros podamos abrir, en medio de esta sociedad contemporánea, nuestros valores y podamos rechazar esta cultura contemporánea de desperdicio, que nos hace creer que lo merecemos todo y que lo necesitamos todo, y podamos decirle al Señor: "Señor, lo único que necesito es a ti."
¿Cómo es? A God, hello, Juan, por Christmas, and you. Pero ese es Cristo. No Cristina, tampoco Cristóbal: es su Cristo. Y en esta Semana Santa que comenzamos, hermanos, en que el Señor empieza su camino hacia Jerusalén, hacia la muerte, "mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." Y ahí está el secreto de la felicidad. Yo quiero ganar a ese Jesucristo, y para eso tengo que despojarme, buscar la santidad, aferrarme a lo importante y dejar mi felicidad en Él.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.