IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay momentos en la vida del pueblo de Dios que definen todo lo que vendrá después. Son momentos coyunturales donde Dios trata con el pecado de manera severa, no por crueldad, sino porque lo que está en juego es demasiado grande. Eso es lo que ocurre en Esdras 10: un pueblo que acaba de regresar de setenta años de exilio —exilio causado precisamente por haberse unido a pueblos paganos— está cayendo en el mismo pecado. Y peor aún, son los sacerdotes y levitas quienes lideran la desobediencia.
Esdras llora, se arranca el cabello, ayuna. No es su pecado personal, pero le duele la vergüenza ajena, el irrespeto a la santidad de Dios. Su dolor se vuelve contagioso: hombres, mujeres y niños se unen a él y lloran amargamente. Ese sabor amargo del pecado es la primera señal de un arrepentimiento genuino. Entonces Secanías propone algo radical: despedir a las mujeres extranjeras y a sus hijos. Es una decisión que destroza el corazón, pero necesaria. Como cuando un médico amputa una pierna para salvar la vida, o como cuando unos padres deben pedirle a un hijo que abandone el hogar para proteger a los demás.
El problema nunca fue racial; era espiritual. Rut, siendo moabita, fue aceptada porque declaró: "Tu Dios será mi Dios". Pero estas mujeres aparentemente no estaban dispuestas a abandonar sus dioses. Un poco de levadura leuda toda la masa, y permitir que el liderazgo comenzara contaminado habría puesto en riesgo a toda la nación. El verdadero arrepentimiento no solo confiesa: hace restitución, acepta consecuencias, y está dispuesto a amputar lo que sea necesario para honrar a Dios.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Yo quiero leer el texto de Nehemías, capítulo 10 al versículo 17. Es uno de los temas, uno de los eventos, de los acontecimientos más problemáticos en el Antiguo Testamento para entenderlo emocionalmente, intelectualmente y bíblicamente. Y de hecho ha sido para mí hasta esta semana cuando pude profundizar un poco mejor en el tema y entender mejor cuál fue la razón por la que Dios hizo lo que hizo. Pero comenzando en el versículo 1 lo vamos a leer hasta el 17, y ahí nos vamos a detener.
"Mientras Esdras oraba y hacía confesión, llorando y postrándose delante de la casa de Dios, una gran asamblea de Israel, hombres, mujeres y niños, se juntó a él, y el pueblo lloraba amargamente. Y Secanías, hijo de Jehiel, uno de los hijos de Elam, respondió y dijo a Esdras: Hemos sido infieles a nuestro Dios y nos hemos casado con mujeres extranjeras de los pueblos de esta tierra. Pero todavía hay esperanza para Israel a pesar de esto. Hagamos ahora un pacto con nuestro Dios de despedir a todas las mujeres y a sus hijos, conforme al consejo de mi señor y de los que tiemblan ante el mandamiento de nuestro Dios, y que sea hecho conforme a la ley. Levántate, porque este asunto es tu responsabilidad, pero estaremos contigo. ¡Anímate y hazlo! Esdras se levantó e hizo jurar a los principales sacerdotes, a los levitas y a todo Israel que harían conforme a esta promesa, y ellos juraron. Después se levantó Esdras de delante de la casa de Dios y entró a la cámara de Johanán, hijo de Eliasib. Aunque entró allí, no comió pan ni bebió agua, porque hacía duelo a causa de la infidelidad de los deportados. E hicieron una proclama en Judá y Jerusalén a todos los deportados para que se reunieran en Jerusalén, y a cualquiera que no viniera dentro de tres días, conforme al consejo de los jefes y de los ancianos, les serían confiscadas todas sus posesiones y el mismo sería excluido de la asamblea de los deportados. Se reunieron pues todos los hombres de Judá y Benjamín en Jerusalén dentro de los tres días. Era el mes noveno, el día veinte del mes, y todo el pueblo se sentó en la plaza delante de la casa de Dios, temblando a causa de este asunto y de la inmensa lluvia. Entonces se levantó el sacerdote Esdras y les dijo: Vosotros habéis sido infieles y os habéis casado con mujeres extranjeras, añadiendo así la culpa de Israel. Ahora pues confesad al Señor Dios de vuestros padres y haced su voluntad, separados de los pueblos de esta tierra y de las mujeres extranjeras. Y toda la asamblea respondió y dijo a gran voz: ¡Está bien! Tal como has dicho, es nuestro deber hacer. Solo que el pueblo es numeroso y es la temporada de lluvia, y no podemos permanecer fuera; tampoco se puede hacer todo en un solo día ni en dos, porque hemos pecado en gran manera en este asunto. Que nuestros jefes representen a toda la asamblea, y que todos aquellos en nuestras ciudades que se han casado con mujeres extranjeras vengan en tiempos señalados junto con los ancianos y jueces de cada ciudad, hasta que la tremenda ira de nuestro Dios a causa de este asunto sea apartada de nosotros. Solamente Jonatán, hijo de Asael, y Jahazías, hijo de Tirva, se opusieron a esto, con Mesulam y el levita Sabetai, respaldándolos. Pero los deportados sí lo hicieron, y el sacerdote Esdras designó a hombres, jefes de casas paternas, por cada una de sus casas paternas; todos ellos por nombre se reunieron en el primer día del décimo mes para investigar el asunto, y terminaron de investigar a todos los hombres que se habían casado con mujeres extranjeras el primer día del mes primero."
Último versículo, el 44: "Todos estos se habían casado con mujeres extranjeras, y algunos de ellos tenían mujeres que les habían dado hijos."
Señor, gracias por tu Palabra. Por ir dentro, relatados en la revelación de tu Palabra que ciertamente sacude nuestras entrañas: matrimonios divididos ahora, esposas e hijos que tienen que ser despedidos por haber violado tu pacto. Padre, ayúdanos a entender lo que Tú entiendes. Ayúdanos a entrar en tus propósitos. Danos tu mente de manera especial en este momento. Dáselo al predicador. Permite que pueda explicar con claridad lo que Tú le has podido explicar de antemano, a través de tu Palabra y el Espíritu que mora en nosotros. Padre, te pedimos que nos ayudes a entender cómo todo esto se aplica a nuestros días, a nuestras familias, a mi vida de manera particular. En Cristo Jesús. Amén.
¡Guau! Pecados extremos que requieren de cirugía radical. Eso es exactamente lo que nosotros vemos, y esas cosas usualmente ocurren en momentos coyunturales del pueblo de Dios. Muchas ocasiones hemos hablado desde este púlpito de lo que son momentos de definición. Y es tan interesante cómo algunos de los diccionarios definen eso, porque es un término aceptado en inglés: "defining moments". El diccionario en línea habla de que momentos de definición se definen simplemente como momentos cruciales. Pero luego me fui a Dictionary.com y me encontré con una definición que yo creo que es mucho, mucho mejor que la anterior. Me dice: un momento de definición es una ocurrencia que tipifica o determina —escucha bien— o determina todos los eventos relacionados que seguirán después de esto. Es un momento de definición, es un momento crucial que cuando ocurre, lo que ocurre va a determinar el resto de los eventos relacionados a ese evento en particular.
Y es importante que lo veamos, porque en la Palabra de Dios hay eventos, hay momentos de definición, donde Dios ha lidiado con el pecado de una manera severa y distinta que en otras ocasiones. Y usualmente eso tiene que ver con los comienzos. La iglesia comienza a nacer; estamos en el libro de los Hechos, al principio de los Hechos, Ananías y Safira van y venden una propiedad por un precio, y luego van y dicen que lo vendieron por otro, y él se cae muerto simplemente por haber mentido. Imagínate eso en nuestra sociedad, donde con frecuencia lo más común que hay son dobles contratos: "Lo vendí por un precio, pero digo que es otro." Y la gente no se está cayendo muerta; quedarían muy pocos ciudadanos con propiedades hoy en día. Pero eso fue un momento coyuntural donde la iglesia estaba naciendo, donde no se podía permitir que la zapata de la iglesia quedara quebrantada y contaminada desde el principio.
Si nos vamos al Antiguo Testamento, te encuentras con que el pueblo llega a lo que es la tierra prometida, y Dios da las instrucciones de que capturen y conquisten la ciudad de Jericó, y una de las órdenes fue que de Jericó no tomaran absolutamente nada. Y Acán se le ocurrió violar el pacto y mentir: tomó un lingote de oro y tomó más, un manto babilónico. El pueblo perdió la próxima batalla, y cuando Josué le pregunta a Dios por qué la derrota —si Dios le había prometido que iría delante de ellos—, y fue la única derrota en todo el libro de Josué, Dios le contesta: "Israel ha pecado; sal a buscar el pecado y saca el pecado de en medio de ti." Bueno, Acán fue encontrado, Acán fue el que hizo esto, y sin embargo Acán, su esposa, sus hijos, sus hijas fueron sacados del pueblo, fueron apedreados y quemados, para que nunca más se hiciera esto en medio de ellos. Y sin embargo, hubo quienes pecaron de una manera similar después de este momento y no fueron tratados de la misma manera. Pero este es un momento coyuntural, es un momento de inicio: no podemos permitir que entremos a la tierra prometida con esta actitud de corazón, de tal manera que lo que ocurre hoy va a sentar el precedente para los próximos eventos que ocurrirán después. Momentos de definición, momentos cruciales en la vida del pueblo de Dios.
Y nosotros tenemos ahora en Esdras un momento de definición. El pueblo había tenido 70 años en el exilio, producto precisamente de haberse asociado con pueblos extranjeros, de haberse matrimoniado —si pudiéramos decir— con mujeres extranjeras, con otras costumbres, con otros hábitos, con otras culturas, pero peor aún, con otros dioses. El problema de Dios no fue la mezcla racial; eso sería racismo. Dios nunca tuvo problema con la mezcla racial, como lo vamos a ver más adelante. El problema de Dios era la mezcla del pueblo de Dios, que adoraba a un Dios único, con pueblos paganos que adoraban dioses extranjeros. No era un problema étnico; el problema de Dios con esa unión era un problema de religión, de relación con un Dios o con otros.
Con esa introducción, tenemos que recordar que en Esdras 9 ya Esdras había comenzado a llorar, a confesar; se había jalado pelo de la cabeza, se había jalado pelo de la barba, se había rasgado el manto, significando arrepentimiento, quebrantamiento. Y ahora lo que el capítulo 10 hace es que continúa el mismo evento. "Mientras Esdras oraba y hacía confesión, llorando" —esto es una continuación—. Mientras él hacía eso, resulta que hay gente que comienza a agregarse, a juntarse alrededor de Esdras. Esdras se había estado llorando, ayunando, y había hecho esto en señal de arrepentimiento, porque tenía vergüenza, tenía dolor, tenía dolor ajeno y vergüenza general. No es que él fuera el culpable de estos matrimonios con extranjeras, pero le dolió la vergüenza y el pecado ajeno, el pecado de su pueblo.
Mientras él oraba, dice el texto, y hacía confesión, llorando y postrándose delante de la casa de Dios, una gran asamblea de Israel, hombres, mujeres y niños, se juntó a él, y el pueblo lloraba amargamente. Desbordó el Espíritu de Dios y trajo un espíritu de arrepentimiento: hombres, mujeres y niños. Vieron a Esdras, la primera persona que ven, compungirse por el dolor del pueblo, y la reacción de Esdras, la sensibilidad de Esdras al pecado, contribuyó a sensibilizar a otros que terminaron llorando junto a él. Y dice el texto que lo hicieron amargamente. Esdras es la primera persona que muestra una conciencia sensible al pecado, que muestra sensibilidad a la violación de la ley de Dios.
Y si hay algo que nosotros conocemos es que las personas que caminan con Dios, la santidad de Dios, al encaminarlos, los sensibiliza no solamente hacia su propio pecado, sino que los sensibiliza hacia el pecado de otros. Nosotros vemos a él en esta ocasión llorando, confesando, experimentando dolor por pecado ajeno. Tú vuelves a ver lo mismo en Nehemías, tú vuelves a ver lo mismo en Daniel, tú vuelves a ver lo mismo en el Señor Jesucristo cuando viene bajando a Jerusalén y ve las consecuencias que le van a ocurrir a la ciudad de Jerusalén: Él llora de dolor por el pecado y las consecuencias del pecado del otro. Eso es una de las características de personas que caminan con Dios. Dios los ha vuelto sensibles.
Jeremías, el profeta, lloró. Dios lo hizo sensible a lo que es el pecado en su vida y el pecado en la vida de los demás. ¿Qué es lo que hace llorar al hombre de Dios? Yo quise revisar esto en la vida de Nehemías, de Jeremías. ¿Qué es lo que hace que esta gente ve lo que ve, ve lo que todo el mundo ve, pero Jeremías es el que termina llorando?
Bueno, hay múltiples cosas que causaron eso en Jeremías, y hay múltiples cosas que causaron lo mismo en el Señor Jesús cuando lloró. En sentido general, en primer lugar, la insensibilidad del otro que ha pecado, su insensibilidad en contra de la santidad de Dios. Es el irrespeto a ese Dios. Es la dureza del corazón del otro que vuelve el suyo triste. Es la despreocupación por las consecuencias que han de venir sobre su vida, no sobre la del profeta —Jeremías, o Nehemías, que no era profeta pero sí líder de Dios—, sino la despreocupación que tiene el que ha infringido la ley por las consecuencias que han de venir sobre su propia vida. Eso fue exactamente lo que Cristo le dijo a las mujeres que estaban llorando por Él camino a la cruz: "No lloren por mí, no lloren por mí, lloren por la ciudad de Jerusalén y sus habitantes."
Y eso es también lo que conmueve la conciencia, el corazón, el interior del hombre o la mujer de Dios. Es el desprecio por la confrontación, como Cristo le hizo saber a los judíos en una ocasión: ustedes son los que terminaron sacrificando a sus propios profetas. Es ese desprecio por la confrontación lo que hace que la conciencia del otro se duela. El desdén por su propia santificación, que el pecador que ha infringido la ley realmente no tiene mucha preocupación por su santificación —esto le preocupa poco, le duele poco, le mueve poco—, todo eso mueve la conciencia y el corazón del hombre o la mujer de Dios que termina llorando por vergüenza ajena y por pecado ajeno.
La reacción de Esdras —que es el primero, el modelo, el que va adelante— ante el pecado hizo que mucha gente se rodeara de él, y cuando lo vieron llorar, hombres, mujeres y niños lloraron amargamente. Sus palabras exactas no están todas descritas, pero esa reacción bastó. Y acá hay una gran lección para nosotros los líderes: es la necesidad que tenemos de caminar en santidad con el Dios santo, porque de la manera que nosotros reaccionamos ante el pecado del otro, de esa misma manera los seguidores han de ver el pecado de una manera o de otra.
Si él se hubiese reaccionado con una actitud liviana ante el pecado, así mismo habría reaccionado el pueblo: con una actitud liviana ante el pecado. Es una gran responsabilidad que Dios nos pone en las manos. El pueblo lloraba, y hemos dicho en otras ocasiones que el llanto no implica realmente arrepentimiento. Todos sabemos que hemos estado ahí como niños, o hemos estado ahí como adultos, o ambas cosas. Pero en ocasiones el ser humano llora simplemente de rabia, de pique: "¿Y por qué lloras?" "Porque me da pique." Eso no es arrepentimiento. A veces lloramos de vergüenza: "Me da vergüenza que fulano, zutano, perencejo se enterara." Pero eso no es arrepentimiento. A veces lloramos porque nos parece injusto, encontramos que las consecuencias que Dios nos impone son injustas. Pero eso tampoco es arrepentimiento.
Ahora bien, cuando tú comienzas a oír en el vocabulario cosas como esta —"lloraron amargamente"— tú comienzas a entender que aquí hay arrepentimiento, o que este es el comienzo del mismo. Porque cuando tu pecado comienza a saberte amargo, por primera vez has comenzado a arrepentirte de tu pecado. Antes de eso tienes un pesar: "Ojalá no lo hubiera hecho, hubiese sido mejor no haberlo dicho." Y ese pesar es mejor que ningún pesar, pero el pesar solo ni cambia vidas, ni cambia corazones, ni cambia estilos de vida, ni cambia formas de pensar, ni cambia hábitos. Lo único que cambia esas cosas es el verdadero arrepentimiento, que comienza como un mal sabor de lo que tu pecado es. Y tú comienzas a llorar amargamente.
Y yo sé que Dios le estaba trayendo a este pueblo arrepentimiento y un devolverse. Secanías, hijo de Jehiel, uno de los hijos de Elam, respondió y dijo a Esdras: "Hemos sido infieles a nuestro Dios y nos hemos casado con mujeres extranjeras de los pueblos de esta tierra, pero todavía hay esperanza para Israel a pesar de esto." Tú puedes comenzar a ver varias cosas aquí en Secanías que nos dicen que este era un hombre de Dios, y que él conocía no solamente su pecado y el pecado del pueblo, sino que también conocía a su Dios. Porque la única manera en que tú puedes hacer esas dos admisiones —"hemos pecado grandemente contra Dios, pero aún hay esperanza"— es si tú conoces a Dios, si tú conoces la misericordia de Dios, si tú conoces lo que Dios hizo a través de Jonás con gente criminal como era la gente de aquella nación, los ninivitas.
Y eso es precisamente lo que David conocía de su Dios cuando él peca tremendamente: él apela a la misericordia de Dios inmediatamente. Él comienza el Salmo 51 apelando a la misericordia de Dios. Todavía está en el problema, todavía está al principio del salmo, y ya está apelando a la misericordia de Dios. Él lidia con su pecado como un hombre que conoce a Dios, trata con su pecado admitiendo que está en falta, admitiendo que merece consecuencias, que Dios es justo y que lo determinado está bien hecho.
Y Secanías dice: "Todavía hay esperanza." Pero no lo dice porque no sea tan grave lo que han hecho. No, esto es grave, severamente grave lo que han hecho. Pero hay esperanza. De manera que yo quiero creer, por otras cosas que vamos a estar viendo, que Secanías había conocido su pecado, pero también conocía a su Dios. Así es como nosotros necesitamos lidiar con el pecado. Yo necesito, en primer lugar, reconocer el pecado. En segundo lugar, Dios va a ver todo eso: va a pesar mi corazón, va a ver cómo yo estoy lidiando con el pecado, y mis consecuencias vendrán no solamente conforme a mi pecado, sino también conforme a cómo yo haya lidiado con mi pecado. Déjenme repetir eso, porque es monumental y la mayoría de los hijos de Dios no han pensado en ello.
Hay dos cosas que determinan las consecuencias que han de seguir a mi pecado. Número uno: la gravedad de mi pecado. Número dos: cómo yo he lidiado con mi pecado. Secanías entiende que ellos han pecado, y él entiende, igual que David entendió, que eran dignos de la disciplina de Dios, sin lugar a duda. Número tres: yo necesito invocar la misericordia de Dios, y no puedo tratar de justificar lo que hice de ninguna manera. Necesitamos hacer exactamente lo que David hizo, y como él comenzó a reconocer su pecado. Déjenme ver rápidamente el Salmo 51: "Ten misericordia de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones." Él comenzó apelando a la misericordia de Dios. Él sabe que está en problema, él sabe que merece justicia, él lidia con su pecado como un hombre que conoce a Dios, trata con su pecado admitiendo que está en falta, admitiendo que merece consecuencias, que Dios es justo y que lo determinado está bien hecho.
Y ahora tu oración afirma, confiesa ese carácter renovador de nuestro Dios. Si esa cosa no ocurriera en Dios, no habría nada para mí. ¿Y qué es lo que ocurre cuando Dios no hace nada por mí? Dios me da la advertencia, me da la advertencia, me da la advertencia. Cuando eso no ocurre, cuando yo no respondo, Dios comienza a alejarse, no físicamente, porque Él permanece en mí en la persona del Espíritu Santo si soy creyente, pero Él comienza a distanciarse de mí espiritualmente hablando. De tal manera que su sentido de presencia comienza a desaparecer de mi vida, las cosas comienzan a perder su interés para mí, las cosas de Dios comienzan a perder su interés, me motivan cada vez menos. Y en la medida en que esto ocurre y mi corazón se endurece, comienzo a pecar de la misma manera o en otras áreas. Y comienzo a darme cuenta en un momento dado de que mi pecado es mayor, pero me importa menos.
Y Dios primero retira su presencia manifiesta, pero luego retira también a sus hijos, que en el caso de un matrimonio pueden ser los hijos que se alejan, que puede ser un cónyuge, que pueden ser amigos. Y Dios me va retirando todo eso. Sobre todo cuando estamos tratando con creyentes: cuando un cónyuge cristiano se aleja, el Espíritu Santo que mora en ese cónyuge también está experimentando una cierta lejanía, y el efecto que tiene el Espíritu Santo morando en el cónyuge sobre mi vida —y viceversa— comienza a disminuir. Y luego con amigos y hermanos de la iglesia.
Y una de las cosas que vemos entonces cuando Secanías comienza a confesar es la transparencia, la honestidad de la confesión: "Hemos sido infieles a nuestro Dios." La persona que ha comenzado a experimentar un verdadero arrepentimiento no solamente confiesa esto a la persona que lo confronta —Secanías lo está diciendo ante Esdras, públicamente, delante de todos—, sino que ahora tiene un deseo voluntario, ocurrido su arrepentimiento, de hablarle a otros de su pecado, de hablarles de cuándo pecó, de cómo pecó, de cómo Dios lo confrontó y de cómo Dios le ha estado restaurando. Para testimonio, precisamente, de la obra de Dios en él.
Cuando yo no quiero hacer eso, hay todavía en mí suficiente orgullo que no permite que yo quiera confesar aquello que Dios me ha revelado y con lo cual está tratando, lo cual habla de que mi arrepentimiento todavía no es completo. Ha iniciado a medias, pero no es completo o no es genuino.
Este es más o menos el proceso como se está dando aquí: el pueblo saborea lo amargo de su pecado, lo admite, lo confiesa, y ahora, de parte de Secanías —que aparentemente esto se venía hablando, por algo que vamos a ver ahora—, hay una propuesta de cómo vamos a hacer restitución. Eso es parte de lo que implica un verdadero arrepentimiento: ¿qué he hecho yo, qué puedo hacer ahora para reparar el daño que le he hecho a mi esposa, a mi esposo, a mis hijos, al amigo, a quien sea? El deseo y la disposición de hacer restitución es parte de un verdadero arrepentimiento en el pueblo de Dios, en el hombre o la mujer de Dios.
Y esta es la propuesta de Secanías: "Hagamos ahora un pacto con nuestro Dios, de despedir a todas las mujeres y a sus hijos, conforme al consejo de mi Señor y los que tiemblan ante el mandamiento de nuestro Dios." Lo que Secanías está diciendo es: "Esdras, vamos a hacer un pacto, vamos a enviar a las mujeres fuera y a los hijos." Fijaos lo que dice: "conforme al consejo de mi Señor" —ese es el Señor con mayúscula— "y conforme al consejo de los que tiemblan ante el mandamiento de nuestro Dios."
En otras palabras, Secanías aparentemente participó de discusiones donde Esdras estuvo involucrado y donde gente que temblaba ante el mandamiento de Dios estuvo involucrada, y él dice: "Hagamos esto que ya se habló. Esto es lo que se ha hablado, que quizá estamos postergando, que no nos atrevemos a hacer. Hagámoslo." Y esto sale de la boca de Secanías. Una de las grandes señales de arrepentimiento es precisamente eso: yo acabo de decir que en la búsqueda de restitución, el buscar la manera de cómo yo puedo resarcir el daño que hice, y Secanías hace esta propuesta.
Aparentemente esta decisión estaba pesando grandemente sobre ellos. Aparentemente los venía consumiendo emocionalmente, quizás debilitándolos. Yo no puedo pedirle a cada uno que entienda esto emocionalmente, pero quizás están siendo osados. ¿Cuánto debilita emocionalmente las grandes decisiones que necesitan ser tomadas en ocasiones? Pero la razón por la que yo entiendo que Esdras estaba debilitado, que esto se había discutido ya, por lo que acabamos de decir, es que Secanías le dice a Esdras: "Levántate, porque este asunto es tu responsabilidad." Y luego le agrega: "Estaremos contigo. Anímate y hazlo."
En otras palabras: "Esdras, tú tienes nuestro respaldo, pero tienes que levantarte. No podemos hacer nosotros esta responsabilidad, es tuya. Anímate." Y en esas palabras yo entiendo que Secanías había visto que esto lo había puesto a Esdras débil. Esto le había quitado el ánimo, le había quitado la fuerza, y él necesitaba no solamente nuestro ánimo, sino nuestro respaldo. "Estaremos contigo." No hay nada como encontrar respaldo cuando tienes decisiones monumentales que tomar y encuentras a otros líderes que respaldan tu decisión. Y eso es exactamente lo que Dios había provisto para Esdras en esta situación.
"Hagamos un pacto." Ahora, la manera como Secanías está proponiendo que se haga un pacto no es como hoy la gente hace un pacto con Dios: "Señor, si me bendices y si mi empresa llega a este nivel, yo le voy a dar a Dios tal cosa." Eso no es lo que Secanías está diciendo. Esta no era la manera como la gente del Antiguo Testamento entendía la frase "hagamos un pacto con Dios." Lo entendieron de dos formas, y esto lo puede ver a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Uno: afirmemos el pacto anterior, eso era lo que significaba. O dos: hagamos nosotros un compromiso delante de Dios, de que vamos a hacer esto, y Él queda como testigo de que hemos actuado delante de su presencia.
Y eso es lo que Secanías está diciendo: "Hagamos un pacto, hagamos un compromiso delante de Dios, delante de toda la asamblea —como el matrimonio es un compromiso delante de Dios, eso es un pacto—, hagamos eso, que nosotros nos vamos a comprometer a llevar a cabo esta decisión." Y a Esdras le pareció bien, y cuando él encontró el apoyo de Secanías, el ánimo cambió. El texto dice que se levantó, e hizo jurar. Yo no entiendo la palabra "se levantó" como que estuviera acostado, sino del estado de ánimo en que estaba: se levantó, se recuperó, cobró fuerza. Se levantó e hizo jurar a los principales sacerdotes, a los levitas y a todo Israel, que harían conforme a esta propuesta, y ellos juraron.
Nótese el orden de cómo se hace el pacto: él hizo jurar a los sacerdotes, a los levitas y al pueblo. Pero recuerda también cómo fue que el pecado comenzó, en Esdras 9, cuando vinieron algunos de los príncipes a Esdras y le dijeron que el pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas no se habían separado de los pueblos. Pero más adelante dice que lo peor era que los sacerdotes y los levitas fueron quienes llevaron la delantera en este asunto: ellos pecaron primero. Bueno, pues que juren primero. Y ahora, en el momento del pacto, Esdras hace jurar a los líderes primero y luego al resto del pueblo. Claro, los seguidores nunca van a poder ir donde los líderes no han ido. Nunca van a poder comprometerse donde los líderes no se han comprometido. Nunca podrán vivir lo que los líderes no han vivido. Ellos están siguiendo, quieren ver las huellas y caminar tras ellas, y llegarán y se comprometerán hasta el nivel donde sus líderes se comprometan. Y aquí está Esdras diciendo: "Tenemos que hacer esto, pero los primeros que vamos a jurar aquí son los sacerdotes y los levitas." Y el pueblo juró.
Bueno, tampoco podemos esperar tres años. Les vamos a dar tres días para hacer esto, porque tampoco somos diez personas para hacerlo en dos horas. Era el tiempo del otoño; de hecho, era el noveno mes —Quisleu se escribe, ese es el nombre del mes noveno en el calendario hebreo, que corresponde al final de noviembre y principio de diciembre—. Era la temporada de la lluvia. Estaba lloviendo. Dice el texto que ese día hubo gente que a causa del pecado estaba temblando, y a causa de la lluvia, porque claro, el frío le afectaba en ambas cosas. Pero el verdadero arrepentimiento en ocasiones hace temblar al arrepentido: a Job le temblaron los labios, y otras personas en la Palabra de Dios han experimentado lo mismo. No estamos seguros de la causa exacta de esos temblores, pero aquí mismo el texto dice que a causa de su pecado algunos del pueblo temblaban, y ciertamente el frío empeoraba esa condición.
Pero yo creo que parte de lo que hace temblar al individuo es el sentido inmenso de su pecado ante el sentido inmenso de la presencia y la santidad de Dios. Es como el choque de esas dos cosas lo que hace que el individuo en ese momento sienta que no puede dejar de temblar. Y yo no sé si usted ha estado ahí, pero yo he estado ahí. Y es un sentido dulce y amargo: amargo por la realidad de tu pecado, dulce porque Dios está ahí sanándote, presentándote tu realidad para sanarte y limpiarte. Por eso es dulce y amargo.
Entonces, se levantó el sacerdote Esdras y les dijo al pueblo: "Ahora vosotros habéis sido infieles y os habéis casado con mujeres extranjeras, añadiendo así a la culpa de Israel. Ahora pues, confesad al Señor, Dios de nuestros padres, y haced su voluntad." Noten cómo es la confrontación con el pecado, pero es hacer algo. No es que hagan lo que yo quiero, es que hagan su voluntad. Aquí están sus palabras: "Confesad al Señor Dios de nuestros padres, y haced su voluntad." Todo pecado es contra Dios. Toda confrontación es para que el confrontado haga la voluntad de Dios, no la voluntad del líder. Y Esdras les recuerda con estas palabras: "Haced la voluntad de Dios."
De hecho, en este versículo, donde hay un llamado al arrepentimiento, la frase "ahora pues, confesad al Señor de nuestros padres" —en el hebreo, esa palabra que se traduce como "confesar" implica más bien dar gloria y alabanza a Dios—. Pero en el contexto, los traductores han preferido traducirla, según los expertos, correctamente como "confesar," porque ellos entienden que la palabra puede traducirse de una forma u otra dependiendo del contexto. Pero la manera en que nosotros confesamos, si nos arrepentimos genuinamente, ciertamente es una manera de alabar a Dios por su misericordia al perdonar pecados, y de glorificarle cuando Él hace eso: que perdona nuestros pecados. Y eso es lo que Esdras está llamando a hacer: su voluntad. Pero escuchen ahora cómo él continúa.
"Apartaos de los pueblos de esta tierra y de las mujeres extranjeras." Dos cosas que tenemos que hacer: separarnos de las mujeres y separarnos de los pueblos. No se trata de separarnos de la mujer para seguir con los pueblos, ni de separarnos de los pueblos para seguir con las mujeres. Y toda la asamblea respondió y dijo: "¡Así es! Tal como has dicho, así debemos hacer." Escuchen: "Es nuestro deber hacerlo." ¿Entienden cómo la asamblea entendió, y hasta dónde entendió, que esto les tocaba en carne propia? Esto no es simplemente lo que el líder quiere que se haga. No, no, no. Es nuestro deber hacer esto. Y si no lo hacemos, vergüenza debiera darnos, porque es nuestro deber hacerlo.
Eso nos ayuda a entender: este pueblo está entendiendo de qué se trata. No se trata de algo impuesto, de algo legalista. Se trata de algo que a mí me toca reconocer, entender, hacer, confesarlo, arrepentirme y hacer restitución. Ahora, antes de hablar de la severidad de esto, déjenme compartir la opinión de algunos que para mí tiene mucho sentido, en cuanto a que esto haya podido ser el caso.
Algunos entienden que el problema con estas mujeres no era simplemente que eran extranjeras, sino que siendo extranjeras y habiendo sido confrontadas, no quisieron abandonar sus costumbres, sus hábitos, sus dioses. Esto no está en el texto, pero déjame ver si yo puedo encontrar un argumento para respaldarlo. Hasta ahí lo leí y luego comencé a pensar dónde estaría el argumento para respaldar esto en la Palabra de Dios, porque si no podemos encontrar un argumento en la Palabra de Dios para respaldar esa posible opinión, de nada vale decir la opinión. Pero hay un texto en la Palabra, yo creo, una historia bastante buena que nos dice que posiblemente ese era el caso, y está en el libro de Rut.
Hablar un poquito de Rut rápidamente, porque yo creo que es interesante ver que quizás esto era lo que estaba pasando. Tienes el libro de Rut: Noemí, que se casó con su esposo Elimelec. Elimelec y Noemí se casan, tienen dos hijos, Elimelec se muere. Sus dos hijos se casaron con dos mujeres moabitas, mujeres extranjeras, yugo desigual. Se murieron, quizás por eso se murieron, no sé, pero se murieron. Tres muertes: Noemí y sus dos nueras, Noemí, sus dos nueras: Orfa y Rut. Noemí decide regresar a su tierra y les dice a sus dos nueras: "Regresen a su tierra." Y ellas dicen que no, lloran, vuelve a decirles que no. Noemí vuelve e insiste, y la segunda vez Orfa decide: "Yo me voy." Y ella se va.
Escucha el diálogo ahora entre Noemí y Rut. Entonces Noemí dijo: "Mira, tu cuñada ha regresado a su pueblo y a sus dioses. Vuelve tras tu cuñada." Pero Rut dijo: "No insistas en que te deje o en que deje de seguirte, porque donde tú vayas iré yo, y donde tú mores moraré." Escucha ahora: "Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios mi Dios. Yo no voy a hacer como Orfa, que regresó a su pueblo y a sus dioses. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras allí moriré, y allí seré sepultada. Haga el Señor conmigo, y aun peor, si algo excepto la muerte nos separa."
¿Qué ocurre? Que Noemí se lleva a Rut. Booz es judío. Se casó con Rut, que era moabita, yugo desigual, pero no hay mención de eso como algo negativo. Al contrario, Rut es presentada como la gran Rut, y estos dos individuos, Rut y Booz, fueron los bisabuelos de David. ¿Qué tuvo que hacer Rut para permanecer en el pueblo judío sin ser rechazada y casarse en yugo desigual? "Mis dioses anteriores no serán mi Dios. Tu Dios será mi Dios, tu pueblo será mi pueblo." Se convirtió al judaísmo, y eso estaba permitido. Al día de hoy todavía te puedes convertir al judaísmo. Esa es una manera en que algunos entienden que quizás el problema estuvo en que estas mujeres no quisieron dejar a sus dioses, dejar sus altares, dejar sus costumbres. Cuando lo leí me pareció interesante, pero tenía que encontrar algún soporte para eso, y yo creo que la historia de Rut es muy, muy buena.
Pero independientemente de que haya sido así o no, tenemos que entender que el pueblo judío estaba en un momento coyuntural. Es un momento de comienzo: venimos de Babilonia, 70 años de exilio, donde nos fuimos precisamente por esto mismo, por habernos unido a pueblos extranjeros, por habernos casado con mujeres extranjeras. 70 años después vamos a regresar y están en lo mismo. Y peor aún, es el sacerdocio y toda la descendencia levítica la que está contaminada con esto al principio de este nuevo encuentro con Dios. ¿Vamos a comenzar nosotros como un liderazgo contaminado? No, imposible. Eso hubiese puesto en riesgo toda la comunidad y toda la fe judía de ahí en adelante.
Tenemos que recordar que Dios eligió a la nación judía como nación sacerdotal: "Estos son mis representantes." Era la nación que le iba a representar ante el mundo. De hecho, era la nación a través de la cual todas las demás naciones serían bendecidas. Permitir que esa nación sacerdotal, esa nación de bendición para otras naciones, esa nación representante, de la cual Dios se había divorciado —Jeremías dice que en un momento dado le dedicó carta de divorcio— y ahora Dios la está tomando una vez más... permitir que en este nuevo reencuentro de Dios con su pueblo el liderazgo del pueblo quedara contaminado desde el inicio era hacer un daño desde ese momento y para siempre a lo que era la fe judía y la comunidad judía.
Secanías dijo al principio: "Todavía hay esperanza." ¡Ajá! ¿Y cómo? Despachemos a esta gente. Ahora, esta decisión fue severa, pero Cristo lo dijo de otra manera: "Un poco de levadura hace perder toda la masa." Aquí está en juego toda la nación, y es un poco de levadura, porque cuando tú haces el conteo hubo 110 personas, porque están ahí del versículo 18 al 43, están numerados: de los sacerdotes, Fulano, Fulano, Fulano... 110 personas. Esa pequeña levadura iba a hacer perder toda la nación. No podemos.
Y eso es parte de lo que nosotros necesitamos entender. Yo creo que algunos de ustedes que han estado en situaciones distintas pero similares lo pueden entender mejor que otros. Creo que hay algunos de ustedes que han tenido hijos a los que en un momento dado tuvieron que decirles: "Lamentablemente no puedes continuar con nosotros en este hogar." Eso duele, sí duele. Quiebra todo el corazón de esos padres; ustedes me lo han contado. Los hizo llorar, los hizo llorar. ¿Y por qué lo dejaron ir, si tanto les dolió, si tanto les hizo llorar? "Pastor, porque yo tengo otros hijos y no podía permitir que éste me contaminara a los otros. Pastor, porque yo tengo otros hijos y si se lo permito a éste, tengo que permitírselo a todos los demás. Y sepa por qué también, pastor: porque ya yo no tengo más hijos, pero la honra a Dios es mucho más importante que la honra aun a los míos." Y eso es lo que ocurre en ocasiones.
Cuando usted ha hecho eso, usted se ha divorciado de su hijo, como estos se divorciaron de su esposa y de los hijos, porque las mujeres se fueron con sus hijos. Literalmente, este texto ha estado en mi mente y en mi corazón por no menos de un año, antes de comenzar en estas reflexiones, por razones que solamente Dios sabe. Y emocionalmente me molestaba el dolor. Espiritualmente no me molestaba, porque lo que Dios hace bien hecho está bien hecho; no hay que cuestionarlo. Pero emocionalmente me molestaba el dolor que este texto pudo haber sentido, y quería entender esto. Yo creo que Dios me ha ayudado a entenderlo en esta semana que pasó.
La honra a Dios está por encima de padre, madre e hijo. "El que deja padre, madre e hijo... el que ama más a padre, madre e hijo que a mí no es digno de mí." En medicina, yo creo que hay una buena ilustración: en ocasiones hay que amputar la pierna. Y cada vez que tú le hablas a un paciente o a un familiar de que hay que amputar la pierna para siempre a su ser querido, la pregunta es: "¿Pero cómo? ¿Va a ser nuestra solución?" Si no hacemos eso, arriesgamos el resto de la vida. En ocasiones ambas piernas han tenido que ser amputadas —ambas piernas, paralítico para el resto de la vida—, pero es eso o la vida entera. Esa es la razón de la amputación de la pierna, y es la misma razón de la separación de estas mujeres extranjeras: la vida de toda la nación está en juego, la vida de todo el sacerdocio y de la descendencia levítica está en juego.
Yo no sé dónde está cada uno de nosotros, porque las circunstancias pueden ser diferentes. Entiéndase que a la luz del Nuevo Testamento, el Nuevo Testamento no manda a divorciarse del cónyuge inconverso —1 Corintios 7—, y yo no quiero terminar sin decir eso. Rápidamente: dos personas creyentes casadas no deben divorciarse; si se separan, quédense sin casarse o reconcíliense y cásense de nuevo, esa es una opción. Personas en yugo desigual: si el incrédulo consiente en vivir con el creyente, quédense con él o con ella. Si él se va, usted quedó libre. Pero no hay un mandato de este tipo en el Nuevo Testamento.
En este momento coyuntural del comienzo de la nación —como lo que le pasó a Ananías y Safira, como lo que le pasó a Acán y su familia— es exactamente lo que está ocurriendo: ha de haber un nuevo comienzo, el momento de coyuntura. Pero quizás yo no tengo, o espero que no tenga, un cónyuge del que me quiera divorciar. Quizás hay cosas de las que yo tengo que divorciarme, cosas que tengo que amputar. Quizás es un negocio que no he querido soltar por el beneficio del negocio. Quizás es un socio que no he querido soltar por el beneficio del socio, aunque la separación me va a costar dinero, y preferimos el dinero antes que a Dios. Quizás es un hijo, quizás es una hija, quizás es un amigo, una amiga, quizás es una pareja de amigos inconversos que ha sido mi mejor amistad. O quizás es un hábito pecaminoso.
Cristo lo ilustró: "Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, pues sácatelo. Tu mano derecha, pues córtatela", hablando hiperbólicamente, pero hablando de que el pecado, en ocasiones, requiere cirugía radical. Y Dios conoce cómo estoy lidiando con el pecado. Dios sabe si estoy aceptando mi pecado, si se lo estoy confesando, si lo estoy admitiendo, si lo estoy compartiendo para beneficio de otro. Pero igualmente, Dios sabe si yo estoy tratando de, en vez de amputar esto en mi vida, tomarme dos aspirinas en vez de quitar el cáncer de mí.
Yo lo sé. Y mis consecuencias van a ser más severas o más largas dependiendo —lo dije y quería volver a repetirlo, porque esto es importante en la Palabra de Dios— dependiendo de cómo yo lidie con el pecado, de cómo lo trate, una vez que Dios me lo muestra. ¿Qué hago? Lo que va a seguir va a depender en gran manera de cómo yo lo enfrento: en humildad, confesándolo, admitiéndolo, compartiéndolo, haciendo restitución. Todo eso es necesario, aceptando las consecuencias que Dios me impone. Pero no hay nada que empeore más mis consecuencias que el yo rechazar la confrontación de Dios, como el pueblo de Israel hizo con los profetas; el yo no aceptar las consecuencias que Dios me impone; y el yo no admitir, confesar y hacer uso de mi pecado para beneficio de otros, para la gloria de Dios.
La respuesta del pueblo fue: "El pueblo es numeroso y es la temporada de lluvia, y no podemos permanecer fuera. Tampoco se puede hacer todo en un solo día ni en dos, porque hemos pecado en gran manera en este asunto. Que nuestros jefes representen toda la asamblea, y que todos aquellos en nuestras ciudades que se han casado con mujeres extranjeras vengan en tiempos señalados, junto con los ancianos y jueces de cada ciudad, hasta que la tremenda ira de nuestro Dios a causa de este asunto se aparte de nosotros."
Solamente Jonatán, hijo de Asael, y Jahazías, hijo de Tikvá, se opusieron a esto, con Mesulam y el levita Sabetai respaldándolos. Sorprende pensar que una decisión de esta magnitud no iba a encontrar oposición. El texto no dice qué hicieron con ellos, pero Esdras vino de Babilonia con poderes plenipotenciarios sobre la tierra que le perteneció al rey de Persia. Esta es la razón por la que él dice: "El que no firme el pacto, todas sus propiedades quedan confiscadas." Él tenía el derecho legal civil de hacerlo, y probablemente aquellos individuos quedaron con sus propiedades confiscadas, apartados; nadie les compró, nadie les vendió. Sufrieron peores consecuencias precisamente por haberse opuesto al consejo de Dios.
El proceso comenzó el día primero del décimo mes —mes diez, mes once, mes doce— y terminó el primer día del primer mes: tres meses. Esto nos habla de que, cuando hemos pecado, hacer restitución también puede tomar algunos días, algunas semanas, un par de meses. No siempre puedo reparar todo lo que necesito reparar en dos o tres días o dos o tres semanas, pero siempre y cuando Dios vea mi comienzo y mi intención de terminar lo que he comenzado, mis consecuencias serán aminoradas. Y esto es lo que estamos viendo en este momento, en esta coyuntura del pueblo de Israel.
Dios no está a favor del divorcio. Malaquías es el profeta que viene algunos años después de Esdras, y es a través de Malaquías que Dios dice: "Yo odio el divorcio." Lo que pasó aquí no es Su deseo, pero tuvieron que hacerlo porque un poco de levadura echa a perder toda la masa. Tenemos que entender ese principio para nuestras vidas en el día de hoy. No fue algo glorioso ni fue fácil; fue emocional, costó muchas lágrimas, pero fue algo que se hizo conforme a lo que sabemos del pecado. Y nunca se puede tratar con el pecado emocionalmente, nunca. Tú tienes que tratar con el pecado mentalmente, lógicamente, y llorar emocionalmente lo que has decidido hacer, pero no puedes tratarlo solo emocionalmente, o debilitarás las decisiones que tienes que tomar y aumentarás las consecuencias por las que vas a pasar.
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