IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La vida cristiana transcurre en un mundo caído, injusto e insatisfactorio, habitado por personas que también son caídas y rebeldes. Esta realidad hace que la aflicción no sea una excepción sino parte del currículo divino para formar en nosotros el carácter de Cristo. Santiago cierra su carta dirigiéndose a creyentes que estaban siendo maltratados y oprimidos, y les ofrece una perspectiva transformadora: la paciencia que Dios pide no es hasta que salgas de esta dificultad, sino hasta la venida del Señor. De este lado de la eternidad, siempre habrá aflicción.
Para perseverar bajo el dolor se necesita paciencia y dominio propio, virtudes que solo produce el Espíritu Santo. La carne es impaciente por naturaleza, quiere ser deleitada ahora y a cualquier precio. El Salmo 37 enseña que debemos esperar en el Señor confiados y en silencio, reconociendo que Dios no es ignorante de nuestro dolor sino que lo controla soberanamente. José soportó la esclavitud y la cárcel injusta, pero al final pudo decir a sus hermanos que Dios lo había querido para bien. La aflicción en manos de Dios nunca es obra del azar.
Santiago ofrece tres ilustraciones: el labrador que espera con paciencia hasta recibir el fruto de la tierra, los profetas que sufrieron siendo voceros de Dios, y Job que lo perdió todo pero vio la compasión del Señor al final. El mejor ejemplo es Cristo mismo, quien pasó por el peor sufrimiento y recibió la mayor recompensa: un nombre sobre todo nombre. Perseverar bajo el dolor tiene su recompensa, y Dios promete que será grande.
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Bueno, en el día de hoy yo voy a abordar un tema en la misma carta de Santiago. Ya estamos concluyendo esta carta que se ha hecho como querida para muchos de nosotros, por toda la cosa que Dios ha hecho y nos ha dicho a través de ella. Pero quisiera introducir mi tema. Cuando tú lees las Escrituras, hay una serie de temas que son recurrentes; algunos de ellos incluso permean toda la Biblia, cada libro, cada página. Pudiéramos pensar en lo que es, por ejemplo, la revelación del carácter de Dios: eso está en cada página de la Biblia de una u otra forma. Pudiéramos pensar en el pecado y sus consecuencias, en la necesidad de arrepentimiento, de perdón, la vida de santidad, la vida de servicio, y así pudiéramos continuar y hacer una larga lista: la condenación, la salvación.
Pero en el día de hoy yo quisiera abordar un tema que también es recurrente. De hecho, es un tema que yo diría que permea cada libro de la Biblia, probablemente cada página de la Biblia, si prestamos atención. Me refiero al tema del dolor y el sufrimiento, y la necesidad de perseverar hasta el final, como ya veníamos cantando en alguna de las canciones, y la esperanza que nosotros tenemos. Esa es la razón por la que he titulado mi mensaje de esta mañana: "Perseverar bajo el dolor tiene su recompensa."
Dios reconoce que vivimos en un mundo de dolor y de sufrimiento, como ya oíamos también al pastor Joan. Dios no solamente lo reconoce, Dios lo describe en Su Palabra, pero al mismo tiempo nos deja ver que tenemos un llamado a perseverar. Y no solamente nos hace ese llamado, sino que nos deja ver también a través de Sus palabras que al final de la carrera hay una recompensa.
Hace dos domingos atrás, el pastor Chacho les habló de José: de su venta a manos de sus hermanos, cómo es esclavo, cómo termina en Egipto y, queriendo honrar a Dios, haciendo lo bueno, viviendo justamente, termina en la cárcel. El domingo pasado, el pastor Reinaldo nos habló acerca del peligro de aprovechar oportunidades que la vida te brinda, o que el mundo te brinda, o que personas te brindan, que no vienen de parte de Dios, y que en nuestra impaciencia muchas veces nos apresuramos, tomamos la decisión equivocada, nos desviamos y luego pagamos las consecuencias.
La paciencia de la que Reinaldo hablaba, la necesidad de la paciencia, es una de esas características del amor incondicional. Cuando tú lees 1 Corintios 13, dice que el amor es paciente, de manera que mucha de nuestra impaciencia se debe a que todavía no estamos amando como Cristo amó. Pero por otro lado, cuando tú lees Gálatas 5:22-23, se nos dice que una de las virtudes del fruto del Espíritu es la paciencia. Y para perseverar, que es el tema de nuestro hoy, yo necesito paciencia; pero si voy a tener paciencia, yo necesito la llenura del Espíritu, porque es una de Sus virtudes. Vamos a abordar eso en un momento, pero lo voy a dejar ahí, en manera de introducción, para que puedas ver otras cosas más adelante.
Recuerda que en mi último mensaje en la carta de Santiago hablamos de un grupo de hermanos adinerados, poderosos, de influencia, que estaban aparentemente abusando de otros hermanos con menos capacidades financieras, o de posiciones quizás inferiores según la sociedad lo califica. Santiago le estaba diciendo a este grupo, le estaba hablando de la injusticia que estaban cometiendo, y que ellos, mientras estaban siendo injustos, al mismo tiempo vivían lujosamente, que habían llevado una vida desenfrenada de placeres y que habían engordado sus corazones.
Inmediatamente después, Santiago comienza a aconsejar en el próximo versículo a aquellos que están siendo oprimidos. Digo esto porque el texto de hoy es exactamente donde comienza. Santiago viene desarrollando el capítulo 5 de su carta, nos habla de esta gente que está siendo oprimida con salarios que le están siendo retenidos, y entonces trata de ayudarles a ver, o de recordarles, que Dios no es ignorante de su dolor o de su sufrimiento, y que Dios tiene algo que decirles a ellos y a nosotros también, para que podamos correr con paciencia la carrera marcada delante de nosotros, como dice el autor de Hebreos en 12:1.
De manera que, en vista de ese maltrato bajo el cual ellos están, esto es lo que Santiago les dice. Quiero ahora que leas conmigo comenzando en el versículo 7 de Santiago 5 hasta el 11:
"Por tanto —notaste el 'por tanto'; el 'por tanto' me está conectando con lo anterior—, por tanto, hermanos, sean pacientes hasta la venida del Señor. Miren cómo el labrador espera el fruto precioso de la tierra, siendo paciente en ello hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía. Sean también ustedes pacientes —es la tercera vez que les habla de ser pacientes—, fortalezcan sus corazones, porque la venida del Señor está cerca. Hermanos, no se quejen unos contra otros para que no sean juzgados; ya el Juez está a la puerta. Hermanos, tomen como ejemplo de paciencia y aflicción a los profetas que hablaron en el nombre del Señor. Miren que tenemos por bienaventurados a los que sufrieron. Han oído de la paciencia de Job y han visto el resultado del proceder del Señor, que el Señor es muy compasivo y misericordioso."
Fíjate cómo él cierra ese texto llamando la atención sobre el carácter de Dios, que está plasmado en todos los pasajes de la Biblia: "El Señor es muy compasivo y misericordioso."
Santiago tiene tres recomendaciones para estos hermanos y tiene tres ilustraciones en el pasaje que acabamos de ver. La primera recomendación está en el versículo 7: "Sean pacientes hasta la venida del Señor." En vista de las aflicciones bajo las cuales están estos hermanos que no están siendo tratados de manera justa, Santiago les llama, y nos llama a nosotros, a ejercitar la paciencia.
Cuando Santiago nos llama a ejercitar la paciencia, él nos brinda perspectiva, y es algo que yo aprecio enormemente. Cuando Dios nos dice cosas, al mismo tiempo nos da cierta perspectiva para que podamos entender que eso que Él me está llamando a hacer o a vivir tiene una forma de ser visto y vivido. Cuando Santiago comienza a decirle a este grupo "sean pacientes", inmediatamente les dice: "Hermano, yo no les estoy diciendo que sean pacientes en este trabajo que tienen porque viene uno mejor. No. Yo no sé si viene un trabajo mejor. La paciencia a la que les estoy llamando es una que debe extenderse hasta la venida del Señor." En otras palabras, de este lado de la eternidad siempre habrá aflicción. Puedo salir de una, pero probablemente hay otra que viene de camino.
Si es verdad, Santiago quiere que tú y yo comencemos a ajustar nuestras expectativas, porque frecuentemente caminamos, andamos, vivimos la vida cristiana con expectativas erróneas. Recuerda: este es un mundo caído, injusto, insatisfactorio. Y peor todavía, no es solamente que el mundo es así; nosotros somos personas caídas, autocentradas, rebeldes, y todavía más: en necesidad de ser afligidos para que Dios pueda cultivar en nosotros un carácter santo, humilde, sabio y manso. Si tú conjugas todo eso —un mundo caído, insatisfactorio, injusto, donde viven personas rebeldes, autocentradas, y que necesitan pasar por aflicción para que la aflicción produzca en nosotros el carácter que Dios quiere ver—, entonces podemos comenzar a ajustar nuestras expectativas.
Ahora, cuando la Palabra nos llama a ejercitar la paciencia, como yo decía, nos va a dar perspectiva. Santiago ya nos dio parte de esa perspectiva: esto es hasta la venida del Señor, no hasta que tú salgas de esta dificultad puntual en la que estás. No, no; tú tienes que continuar ejercitando esa paciencia. Pero como la Palabra complementa a la Palabra, el Salmista nos dice en el Salmo 37:7, escucha cómo él entiende que yo debo esperar: "Confía, callado, en el Señor y espera en Él con paciencia." ¡Vaya! En pocas palabras me dijo un montón de cosas. Tienes que esperar en el Señor, pero la manera de hacerlo es confiando en Su soberanía, en Su benevolencia; también la otra manera de hacerlo es callado, en silencio —ahora veremos por qué—, y si vas a esperar, no es con tu fuerza, es en Él.
Cada una de las recomendaciones que el Salmista nos da en apenas un versículo es vital, porque tiene que ver con la debilidad de la carne que nos dificulta perseverar, sobre todo en medio de la dificultad y del dolor. Y esa misma carne nos dificulta perseverar aun cuando la cosa va muy bien, porque entonces nos olvidamos de Dios, comenzamos a confiar en nosotros mismos y comenzamos a desviarnos y alejarnos del camino.
La semana pasada, el domingo pasado, creo que escuchamos que la carne es sumamente impaciente de todas formas, de múltiples maneras, y parte del problema es que la carne no tiene otra perspectiva que no sea la terrenal, en el aquí y el ahora. La carne quiere ser deleitada ahora, quiere su deleite a cualquier precio, no importa quién es destruido, aun si eres tú mismo o el otro. La carne es dominantemente egocéntrica, es hedonista: lo que le guste es el placer, y solo el placer. La carne no sabe esperar; cuando tú la deleitas hoy, quiere que la deleites mañana otra vez, porque no se satisface. Eso es la carne.
La carne no es regenerada el día que tú naces de nuevo. Recuerda eso: nosotros tenemos un cuerpo caído todavía. Y la carne siempre le está diciendo a tu mente —estoy personificando la carne— la carne está siempre diciéndole a tu mente lo que ella quiere, lo que quiere hacer. Tu mente, si tú has nacido de nuevo, debe haber sido renovada, y entonces ahora tu mente sabe lo que debe hacer. La carne te dice lo que quiere hacer; tu mente sabe lo que debe hacer, y ahora hay un conflicto.
Escucha cómo Pablo describe el conflicto con lujo de detalles en Romanos 7:22-23: "Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios; con mi mente conozco la ley de Dios, la puedo saborear, quiero deleitar en eso. Pero", versículo 23, "veo otra ley en los miembros de mi cuerpo" —esa es la carne— "que hace guerra contra la ley de mi mente, se opone y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros." Ahora hay un conflicto entre lo que mi carne quiere, lo que le está diciendo que quiere, que demanda, y lo que mi mente sabe. Y lo que va a resolver el conflicto, hermanos, una y otra vez, es la llenura del Espíritu. Cuando no hay llenura del Espíritu, la carne ganará el conflicto una y otra vez.
Yo menciono esto porque Gálatas 5:22, el versículo al que yo aludía, comienza diciendo: "Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia", y luego continúa y termina en dominio propio. Para perseverar yo necesito paciencia; para perseverar yo necesito dominio propio, y sobre todo para perseverar bajo la dificultad y el dolor, y eso solamente lo produce el Espíritu en mí. Nota que la primera virtud del fruto del Espíritu —para agrandar la idea todavía más— es amor, y 1 Corintios dice que el amor es paciente. De manera que la paciencia es el fruto de renunciar a nosotros mismos y permitir entonces que el Espíritu nos controle.
Porque frecuentemente me controlan mis emociones, mi mente que la dejo ser inundada con cosas que yo mismo pienso, o pensamientos que quizás Satanás se las ingenia para poner en mi mente. Somos controlados por la opinión de los otros, somos controlados por la desaprobación de otros, somos controlados por las corrientes de la sociedad. Yo necesito finalmente renunciar y saber que la vida que ahora yo vivo no la vivo yo, sino que la vive Cristo en mí, y que el Espíritu controla mi vida. El control del Espíritu nos hace pacientes; de lo contrario, tenemos controladas las emociones e iremos de aquí para allá.
Entonces, dado todo eso, Santiago nos dice: "Sean pacientes." Y se le está diciendo a un grupo de personas que están siendo tratadas injustamente —versículos 1 al 6— y a ellos les dice: "Sean pacientes hasta la venida del Señor." Y recuerda lo que el Salmista dijo: que debemos esperar en el Señor confiados y en silencio. Recuerda esas otras cosas: ¿cómo es que debemos esperar en el Señor? Porque no lo puedo hacer de otra manera. Si necesito el fruto del Espíritu para perseverar, para ser paciente, tengo que hacerlo en el Señor. Fuera del Señor no tengo el Espíritu, y si no tengo el Espíritu no tengo su fruto.
Número dos: yo tengo que esperar confiado. El Salmista sabe algo que tú y yo debemos saber, porque lo hemos hablado aquí anteriormente, y es que el sufrimiento —como una materia de la universidad, la asignatura llamada sufrimiento— es parte del currículo. Hay Sufrimiento 101, 102, 103, 104, hasta que entramos en gloria. El Salmista me está diciendo que espere confiado porque él sabe, y tú también, hermano, si tienes un tiempo en la vida cristiana, que la aflicción está bajo el control del Señor. La aflicción de Job no la controló Satanás; la produjo Satanás, pero la controló el Señor. De la misma manera que Dios controla el viento, la lluvia y las fuerzas del mal, controló el sufrimiento.
Recuerda cuando el pastor hablaba de José: cómo él soportó la aflicción, y al final, cuando sus hermanos vinieron y estaban todos amedrentados, él les dijo: "Cálmense, tranquilos, que esto Dios lo quiso para bien, para salvar a toda una nación." La aflicción de José estaba bajo el control de Dios. No es obra del azar —el azar, para pronunciarlo bien— no tiene control de nuestras vidas, no sabe lo que yo necesito, no sabe cuándo hacer comenzar una aflicción y cuándo hacerla terminar. Son obra de las manos de Dios, por razones que tú y yo muchas veces no entendemos. Pero el Salmista nos llama a confiar, y la confianza es en el carácter de Dios: en su amor, en su gracia, en su benevolencia, en su soberanía.
Hermanos, el mejor barómetro de una iglesia o de tu vida no es la teología que dice creer. No, no, no. Es la confianza con la que vive después de haber sido informado por la teología. De ahí la pregunta —creo que les conté esa historia del pastor rumano que vivía en Estados Unidos y le preguntó al pastor Ken Hughes en una ocasión; este fue Richard Wurmbrand, yo creo que te lo dije recientemente— de si su iglesia era una iglesia que creía la Biblia o una iglesia que vivía la Biblia. Santiago nos está diciendo: vive lo que dices.
El Salmista nos llama a ser pacientes en silencio, y la razón es que nuestro Dios es el Señor de la aflicción. Y el mejor ejemplo de cómo se espera con paciencia, bajo aflicción, en silencio, lo dio su Hijo, que vino, cerró su boca y, como oveja que va al matadero, así, sin abrir dicha boca, entendiendo: "Esto es providencia de mi Padre. Yo le dije hace un rato en el jardín que se haga tu voluntad y no la mía. Estos clavos son su voluntad."
Si Dios es quien trae o permite la aflicción en nuestra vida, lo único que yo puedo hacer —o lo primero que debo hacer— es orar para reconocer el señorío de Dios sobre nuestras vidas y dar gracias a Él por su bondad. En las manos del Señor: Dios es el Señor de los buenos tiempos y es el mismo Señor de los peores tiempos. Nada escapa a su control. Moisés entendió eso. Recuerda: cuando vinieron a quejarse contra él, Éxodo 16, él les dice en el versículo 8: "Sus murmuraciones no son contra nosotros, sino contra el Señor." Esta idea de salir al desierto vino de Dios. La idea de regresar del desierto a Egipto vino de Dios. Esta falta de agua es Dios que no nos da agua todavía. La falta de lo que tú quieras, la necesidad que en un momento dado estás experimentando, la mano de Dios lo está regulando.
Entonces, si Él orquesta, controla y dirige la aflicción, el Salmista nos dice que esa es la razón para esperar en silencio. Mira a Cristo: Él sabe lo que hace. Escúcheme, yo no sé cuál es tu dolor, yo no estoy minimizando; puede ser horrible, se puede sentir como lo peor que tú puedes atravesar en tu vida. No quiero minimizar eso. Lo que sí quiero decir es que el Señor, el Dios, Cristo —lo quiero decir así— está en control de ese dolor. ¿Por qué? Porque es soberano. Y si Dios no está en control de tu dolor, Él no es soberano, y si Él no es soberano, Él no es Dios.
El llamado de esperar bajo la aflicción hasta su regreso, en último caso, es un llamado a la sumisión al Señor, a la sumisión a sus propósitos. Getsemaní. Con frecuencia mi mente se encuentra en Getsemaní, en el aladín de la lección —porque son momentos que tienen tanta enseñanza— en Getsemaní, el Señor Jesús, representándonos a nosotros, le dice a su Padre: "Lo que yo no estoy aquí abajo para hacer es mi voluntad, sino la tuya. Sea lo que sea, yo voy."
Santiago ya nos había dicho en el capítulo 1 que nuestra fe es probada. Quizás no lo recuerde, pero Santiago nos abrió el capítulo 1 hablando acerca de la necesidad de paciencia bajo tribulación, y cierra su carta ahora en el capítulo 5 hablando de la misma cosa, como todos los buenos libros. Porque Santiago nos dice en el capítulo 1 que la fe es probada, y la fe probada engendra paciencia, y la paciencia es necesaria en el proceso de formación de nuestra perfección. Escucha cómo Santiago lo dice: "Sabiendo que la prueba de su fe", capítulo 1, versículo 3, "produce paciencia"; seguimos hacia el versículo 4: "y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que sean perfectos y completos, sin que nada les falte."
Entonces, así es como vamos a definir la paciencia bíblicamente, a la luz de lo que estamos viendo: es la capacidad para esperar por las promesas de Dios bajo presiones variables, con tranquilidad y esperanza, para ser obtenidas en el tiempo de Dios y a la manera de Dios. Me repetiré eso otra vez: la capacidad para esperar por sus promesas, las promesas de Dios, bajo presiones variables, con tranquilidad y esperanza, para ser obtenidas en el tiempo de Dios y a la manera de Dios.
La recomendación número 1 de Santiago, informada por otros versículos bíblicos de la palabra —o interpretada por otro versículo bíblico de la palabra—, lleva a la recomendación número 2, tal en el próximo versículo, versículo 8: "Fortalezcan sus corazones, porque la venida del Señor está cerca." Otra vez, Santiago no estaba brindando perspectiva. Cuando tú lees esa frase, "la venida del Señor está cerca", nos choca, porque decimos que tenemos dos mil años esperando y todavía no sabemos cuándo viene. Pero tú cantaste exactamente lo mismo y no nos chocó. Tú cantaste una línea que decía "el Señor pronto volverá." Tú cantaste lo mismo que Santiago. El Señor pronto volverá; Santiago dice: la venida del Señor está cerca.
Recuerda que, cuando lees, animado, cuando cantes, presta atención a lo que cantas, antes de unir muchos de los versículos y demás con lo que estás cantando. Porque tan pronto yo canté esa línea que le había cantado en otra ocasión, me dije a mí: "Oops, pero eso es lo que Santiago dice." Porque, dada la eternidad, y dado el tiempo que nosotros vivimos aquí abajo, el tiempo que vivimos aquí abajo alrededor de la eternidad —o al lado de la eternidad— es como un abrir y cerrar de ojos, hasta el punto de que mil años son como un día y mil días como un año. Entonces Santiago sí dice: "Fortalezcan sus corazones, porque la venida del Señor está cerca."
Ahora la pregunta es: ¿qué significa fortalecer mi corazón? Porque no es el músculo cardíaco al que Santiago se está refiriendo. Es una forma de decirnos: tú tienes que estar firme. Firme de diferentes maneras. Escucha cómo la palabra nos informa cómo podemos estar firmes. Escucha, 1 Corintios 15:58: "Está firme." Bueno, todavía no me dice cómo, pero sí me dice que debo hacerlo.
1 Corintios 16:13: "Está alerta, permanece firme en la fe." Ahora sé algo más. La misma carta de Corintios, la primera carta, en 16:13, ahora sé que para estar firme necesito tener fe. 2 Corintios 1:24: "Porque en la fe permanecéis firmes." Es otra vez Pablo que me lo dice. Gálatas 5:1: "Por tanto, permaneced firmes." Eso es lo mismo que fortalecer tu corazón. Efesios 6:11: "Para que podáis estar firmes." Efesios 6:13: "Estad firmes." 6:14: "Estad, pues, firmes." Filipenses 4:1: "Estad firmes en el Señor." Ahora sé que para estar firme necesito estar en el Señor, vivir la vida en el Señor, y necesito fe para estar firme.
Colosenses 4:12: "Perfectos y completamente seguros en toda la voluntad de Dios." Ahora entiendo que otra forma de estar firme, o de fortalecer mi corazón, es desear, pedir y vivir en la voluntad de Dios. Fuera de la voluntad de Dios no tengo firmeza. Así que, hermano, según 2 Tesalonicenses 2:15: "Estad firmes y conservad las doctrinas." Si rechazo las doctrinas, no voy a estar firme. Necesito conocer lo que Dios ha revelado, creerlo, confiarlo y proclamarlo, y voy a estar firme. 1 Pedro 5:9: "Resistidle, a Satanás, firmes en la fe."
De manera que cuando Santiago me dice que fortalezca mi corazón, no me está diciendo que espere pasivamente. Yo necesito fortalecer mi corazón creyendo lo que Dios ha revelado, confiando en la voluntad de Dios, pidiendo la voluntad de Dios, deseando la voluntad de Dios, viviendo la voluntad de Dios, y yo necesito fe en ese Dios. De hecho, todos los versículos que te leí los puedes resumir bajo tres sombrillas: debemos estar firmes en la fe; debemos estar firmes en la voluntad de Dios, porque eso nos va a ayudar a esperar confiados; y debemos estar firmes en las doctrinas que hemos aprendido.
Esa es la manera como la Biblia interpreta "fortalecer vuestros corazones." Si no sé qué significa eso, el resto de la Biblia nos ayuda a entender. Esperar con la actitud correcta es vital, hermano, no solamente para tu estabilidad emocional y mental, y no solamente para honrar a Dios, sino que es vital porque la manera como esperas —bien o mal— es un buen o mal testimonio para los que todavía no han creído.
Escucha a Pedro en su primera carta, 2:12: "Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable." Igual, les recuerdo que cuando tú lees los requisitos para ser pastor, que dice que el pastor debe ser irreprensible e irreprochable, eso no es solo para él; eso es para todos nosotros. "Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable." ¿Y cuál es el propósito de eso? Pedro lo dice: "A fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación." Va a llegar un día en que Dios quiera visitar a los gentiles, y ellos se acordarán de que conocieron una persona que les dio un buen testimonio, que vivía bien, que confió en Dios, que permaneció firme aun bajo el dolor y la aflicción, y eso les va a ministrar.
Recomendación número tres de Santiago: "Hermanos, no se quejen unos contra otros, para que no sean juzgados. He aquí, el Juez está a la puerta." Uno pensaría que Santiago está diciendo: "Antes de que ustedes se mueran, van a ver al Juez." No. Es que nosotros vivimos con una perspectiva eterna donde las cosas temporales es como que pueden pasar hoy. Como en efecto, Cristo pudiera venir hoy, a la luz de lo que la Escritura revela; el Juez pudiera estar a la puerta. De manera que yo tengo que vivir como si es el caso, en el camino, en el proceso, en la espera, bajo dolor, bajo aflicción.
Santiago me dice que, como una de las peores cosas, una de las cosas que nosotros tendemos a hacer, es quejarnos unos contra otros. Nosotros tenemos una tendencia —cuando las cosas no van bien— a dudar, y el fruto de la duda, tú sabes cuál es: la queja. Hermanos, ¿cuándo fue la última vez que te quejaste? ¿Cuántos días llevas sin quejarte? ¿O cuántas horas? ¿O cuántos minutos? Si te das cuenta, mi corazón no está fortalecido cuando yo comienzo a quejarme. Yo voy a comenzar a dividirme o a alejarme de Dios o de mis hermanos, y no hay nada que debilite más mi corazón o mi caminar que la queja. Si Dios controla mi aflicción, muy bien sé que las murmuraciones no son contra nosotros, sino contra Dios.
Satanás es un experto en distraernos, y una de las maneras como nos distrae es justamente provocando en nosotros ese espíritu, porque ese espíritu no confía en Dios. Por un momento, momentáneamente, desviamos los ojos de Dios, comenzamos a poner los ojos en los demás, en las circunstancias, y de repente no vemos la viga, o vemos la paja del hermano, pero no vemos la viga en nosotros. De repente, sus debilidades para nosotros son grietas. Su contribución al problema la vemos, pero no la nuestra. Vemos orgullo y no digerimos el orgullo, pero no el nuestro. Vemos su falta de crecimiento, pero no nuestra debilidad de la carne.
Y nosotros no podemos esperar en el Señor —ni podemos esperar como el Salmo nos anima— en el Señor, confiados y callados, si estamos en esta condición. Hermano, ya lidiamos con el versículo 7, lidiamos con el 8, estamos en el 9: "No os quejéis unos contra otros, para que no seáis juzgados." Cuando no tengo gracia con el otro, no puedes esperar gracia de parte de Dios.
Un autor —no muy conocido, pero muy respetado— escribió un comentario sobre el libro de Números, donde están todas las quejas del pueblo judío, y él dice lo siguiente: a la queja nunca se le da mucha atención como un problema en sí, como un pecado grave. Y él agrega: la queja no es uno de esos siete pecados capitales reconocidos desde la antigüedad —la lujuria, la glotonería, la envidia, la avaricia, la pereza, la ira y el orgullo—, los siete pecados capitales de los que habló Dante en su famosa comedia. De manera que este autor dice que no cree que la queja estaría en esa lista, aun si se ampliara a cincuenta.
Él dice lo siguiente: "Porque nadie va al consejero y le dice: '¡Ayúdame, soy adicto a quejarme!' No hay reuniones de quejones anónimos, ni programa de doce pasos diseñado para curar esta condición." Esto no se debe a que no haya personas que sufran de este problema, porque ¿quién de nosotros no se ha quejado acerca de algo en la vida, o acerca de todo en la vida? Quizás asumimos que, como la queja es tan frecuente, el quejarnos no puede ser tan grave. Él agrega que es virtualmente nuestro pasatiempo nacional; está tan arraigado en nosotros que ha sido descrito como nuestro derecho dado por Dios.
No sé si recuerdan Filipenses 1:29: "A nosotros se nos ha concedido, no solamente creer en Él, sino también sufrir por Él." A nosotros se nos concedió como privilegio creer en Cristo y sufrir por Cristo, como privilegio. La manera que Santiago entiende la gravedad del problema, él dice: "¡No lo hagas! No juzgues a otros para que no seas juzgado." ¿Por quién? Bueno, por Dios, pero también por otros, porque los que me oyen juzgar llegarán al momento en que dirán: "Óyelo juzgando, pero mira cómo él también ha estado. ¿Qué hace?" Por eso el Salmo 37:7 nos manda a esperar confiados y a ejercitar la fe.
En último caso, la queja es incredulidad. Piénsalo bien. Si Moisés tiene razón —Dios hablando por medio de él— cuando dice: "Sus murmuraciones no son contra nosotros, sino contra Dios", entonces la queja es incredulidad: no creo que Dios esté pendiente de la situación en la que me encuentro, ni del dolor que estoy padeciendo, ni sabe lo cansado que estoy, y tampoco creo que Él tenga nada que ver con esto.
Entonces Santiago nos da esta tercera recomendación y pasa a darnos otra ilustración. La primera ya estaba arriba, en el versículo 7: "Miren cómo el labrador espera el fruto precioso de la tierra, siendo paciente en ello, hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía."
La lluvia temprana es alrededor de esa área de octubre y noviembre, quizás principio de diciembre; la lluvia tardía ya como marzo y abril. Él dice que el labrador trabaja la tierra, ara la tierra, abona la tierra, trabaja duro, abona la tierra y luego siembra la tierra y se sienta a esperar. Pero llega un momento en que la tierra le produce una recompensa. Esa es la ilustración perfecta para dejarnos saber a nosotros que debemos esperar después de padecer la aflicción, la dificultad, porque si la tierra —también te lo digo de esta manera— si la tierra sabe recompensarte, mucho más sabe el Dios de la tierra cómo recompensarte. Y ahí está el llamado a esperar con paciencia.
La segunda ilustración está relacionada con la paciencia de los profetas, versículo 10. No se ha situado, pensado detenidamente, en la aflicción de los profetas, pero nota cómo él dice que prestemos atención o recordemos la aflicción de los profetas. No lo deja ahí: que hablaron en nombre del Señor. En otras palabras, el hecho de ellos ser mensajeros del Señor, voceros del Señor, de la voluntad del Señor, no los eximió del dolor. De hecho, padecieron mucho más que muchos de nosotros. De manera que Santiago está usando el hecho de que fueran profetas, de que hablaron en nombre del Señor y la aflicción que sufrieron, para decirles: nada de eso te exime ni a ti ni a mí del dolor. De hecho, el hecho de ser todo eso los arriesgó, los predispuso, los hizo más vulnerables al dolor, y no solamente más vulnerables, los hizo partícipes de mayor tribulación.
Escucha lo que Pablo le dice a Timoteo en su segunda carta, capítulo 3, versículo 12: "En verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos." Yo quiero pensar que todo el que se considera cristiano aquí quisiera vivir piadosamente, ¿sí o no? Ok, ahora yo no sé si tú quieres lo que sigue: todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos. ¿Cuántos quisiéramos ser perseguidos? Sean sinceros ahora. El problema es que una cosa va con la otra; si quieres comerte el bizcocho tienes que ponerlo en el horno. Entonces, todos los que quieren vivir piadosamente serán perseguidos.
Tú estás viviendo en territorio enemigo, hermano. No sé si te has dado cuenta. El mundo no es un territorio friendly, amistoso —como se dice en inglés, friendly—, no. Recuerda las palabras de Juan: en 1 Juan, todo el mundo yace bajo el poder del maligno. Por eso es que todo el que quiera vivir piadosamente en territorio enemigo será perseguido por aquel que ejerce poder en este mundo, no fuera de control, pero Dios le ha permitido que lo ejerza.
Tú recuerda las palabras de Esteban en el libro de los Hechos cuando lo estaban apedreando. Lo estaban apedreando porque él comenzó a confrontarlos, y en esencia, cuando él se percató de que realmente lo que querían era matarlo, lo que hizo fue intensificar la acusación contra ellos, y les hizo una pregunta: "¿A cuál de los profetas no persiguieron sus padres?" De eso está hablando Santiago: recuerda la paciencia de los profetas, que eran portadores, voceros de Dios, que hablaron en nombre del Señor, ¿y cuánto sufrieron? Y ahora Santiago dice: dime uno solo, uno solo, a cuyos padres no hayan perseguido. Ellos mataron a los que antes habían anunciado la venida del Justo, del cual ahora ustedes se han hecho traidores y asesinos. Imagínate que yo les diga eso a ustedes que me están escuchando. Y por eso es que el texto del libro de los Hechos dice que ellos crujieron los dientes en ese momento y le entraron a pedradas.
Dar una vida virtuosa, hermanos, no es vivir una vida sin problemas. No, no garantiza eso. De hecho, creo que te garantiza lo opuesto. Si piensan en el pasado, los que vivieron piadosamente les fue peor, aparentemente. José: vendido por sus hermanos, acusado de algo que él ni siquiera quería hacer. Moisés: criticado por Aarón, su hermano, y María, su hermana. Daniel: echado en el foso de los leones. Sus tres amigos: echados en un horno de fuego. Oseas: se le pidió que se casara con una prostituta para ejemplificar la infidelidad de Israel. Si yo hubiera sido Oseas y el Señor me dice: "Oseas, tienes que casarte con una prostituta", yo le habría dicho: "Señor, ¿qué me estás pidiendo?" Pero ponte en los zapatos de Oseas.
En el caso de Ezequiel, el Señor le dice: "Mira el tesoro, la niña de tus ojos —si quieres—, la perla de tus ojos, yo te la voy a quitar." Se lo dijo en la mañana y le dijo: "Pero cuando muera, tú no puedes llorar." Y en la noche se la quitó. ¿Para qué? Para ejemplificar que este templo que Israel tiene, que es como la niña de sus ojos, que ellos tanto adoran —el templo del Señor—, le falta poco para ser profanado y destruido. O sea, Dios te habla a través de la vida, te da la instrucción: los mejores de Dios pasaron por las peores experiencias, y el mejor de todos, Cristo, pasó por la peor. El peor sacrificio lo experimentó el mejor de todos. Y parecería entonces que mientras mayores son las bendiciones de Dios sobre sus hijos, mayor la participación en sus padecimientos.
Seguir a Dios como Él ordena es colocarse en la lista de hombres que han sufrido el repudio de los demás. Seguir a Dios como Él ordena es voluntariamente colocarte en la lista de los hombres que han sufrido el repudio de los demás: a veces de tus hijos, a veces de tus padres, a veces de tus vecinos. Pero ahí está Santiago. Esa fue la segunda ilustración.
La primera tiene que ver con el labrador que espera por el fruto de la tierra. La segunda tiene que ver con los profetas: los profetas antes de Cristo estaban anunciando al Mesías que vendría, y luego vendría el Mesías y tendríamos que seguir esperando. Y la tercera ilustración tiene que ver con el personaje de Job, versículo 11.
"Miren que tenemos por bienaventurados a los que sufrieron." Déjame leerlo de otra manera: "Miren que tenemos por bendecidos a los que sufrieron." Y aquí viene Job. "Han oído de la paciencia de Job y han visto el resultado del proceder del Señor, que el Señor es muy compasivo y misericordioso." Y ahí está la paciencia. Lo que le está diciendo es: pero luego, cuando Job esperó, ¿viste cómo el Señor le devolvió todo, y de forma acrecentada? Porque el Señor es compasivo y misericordioso. Porque esperar bajo el dolor, perseverar bajo el dolor, tiene su recompensa.
Job perdió todos sus bienes. En un solo día, el mismo día, pierde sus diez hijos. Perdió el apoyo de su esposa, que lo incitó a maldecir a Dios. Perdió a sus tres amigos más cercanos, que la primera semana le dieron el mejor consejo. ¿Se acuerdan lo que le dijeron la primera semana? Estos tres amigos. Fue el mejor consejo de todos: no dijeron nada. Se quedaron en silencio. Ese fue el consejo más sabio que le pudieron haber dado. De la segunda semana en adelante lo condenaron. Le dijeron: "Tú tienes que haber hecho algún pecado y no lo estás confesando. Tú eres un orgulloso." Oye, con amigos así, no duras tres minutos esperando.
"Bienaventurados", dice Cristo, "serán cuando los insulten y persigan y digan todo género de mal contra ustedes falsamente por causa de mí. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de ustedes." Hermano, si no te están persiguiendo, si no te están condenando, si no te están maldiciendo, quizá no estás siguiendo al Señor. "Cuando los insulten y persigan falsamente —ni siquiera justamente, sino falsamente— regocíjense." Y tengan por seguro algo que los puede mantener perseverando: que la recompensa de ustedes en los cielos será grande.
Job no entendió el porqué de lo que le estaba pasando, y muchos de nosotros tampoco entendemos el porqué nos pasa lo que nos pasa. Pero como ya dijimos en una ocasión anterior, citando a Warren Wiersbe: el pueblo de Dios no vive de explicaciones, vive de promesas. Dios nos da algunas explicaciones generales, pero no particulares. Él nos dice: en este mundo habrá dolor y aflicción, espera eso; te van a perseguir, espera eso. Pero cuando tienen que ver con experiencias personales del día a día, Él no nos explica, pero Él nos da sus promesas. Y cuando nos da sus promesas, nos ayuda a entender que realmente podemos confiar en su carácter para ser recompensados.
La Palabra de Dios nos dice en Hebreos 11:6 que Dios recompensa a los que le buscan, y que le buscan intensamente. Si buscas al Señor, todavía mayor será tu recompensa. De hecho, en Marcos 10 leemos que no hay nadie que haya dejado padre, madre, amigos, hijos, hijas, que no vaya a recibir cien veces más en esta vida y en la venidera. Si hay algo que Dios hizo de manera recurrente fue recordarnos: hay una recompensa, hay una espera para una recompensa, y no es pequeña. En el texto que te leí de Mateo 5 nos dice que la recompensa será grande: "Grande será tu recompensa." Pero luego en el texto de Marcos 10 que te acabo de citar le dice: "No, tú vas a recibir cien veces más de lo que diste, de lo que dejaste, en esta vida y en la venidera." No me está hablando de forma material; me está hablando de que aquello que Dios va a dar a mi vida tendrá un valor cien veces mayor aquí, y todavía en el siglo venidero o en la vida venidera.
Al menos, cuando Cristo habló de nosotros y nos llamó "pequeños", estos niños pequeños en la fe, les dijo: "El que haya dado un vaso de agua al más pequeño de estos —¿qué puede ser más insignificante que un vaso de agua?— el que le haya dado un vaso de agua a uno de estos mis pequeños, será recompensado en la próxima vida." ¿Está oyendo? La cosa más mínima, hecha a su nombre, por su causa, para uno de los suyos, tendrá recompensa. Eso es impresionante.
León Morris, en el comentario sobre la carta a los Tesalonicenses, dice: "El Nuevo Testamento no mira el sufrimiento de la misma manera que la mayoría de las personas modernas. Para nosotros el sufrimiento es algo malo, un mal, algo para ser evitado a toda costa. Ahora, mientras el Nuevo Testamento no pasa por alto este aspecto del sufrimiento, no pierde de vista que en la providencia de Dios el sufrimiento, frecuentemente, es el instrumento de Dios para llevar a cabo su propósito eterno. El instrumento desarrolla en los que sufren cualidades del carácter y nos enseña lecciones valiosas."
El sufrimiento no es algo que el creyente puede evitar; para él es inevitable, él ha sido predestinado para eso. Tú fuiste predestinado para sufrir. Alguien quizás lo ha oído: Dios tuvo un solo Hijo sin pecado, pero no ha tenido ninguno sin dolor o sufrimiento. Tú no vas a ser el único, Él no ha tenido uno hasta ahora, y tú y yo no vamos a ser los únicos sin dolor o sufrimiento.
Dios es realista; nos dice cómo es, pero no solamente nos dice cómo es, nos dice cómo atravesar el dolor, la experiencia, el sufrimiento, y nos dice también qué esperar al final de la experiencia. Y cómo la experiencia que es controlada por Él, permitida por Él, contribuye a formar en nosotros justamente el carácter de Cristo, que es el propósito número uno para el cual Él te predestinó desde la eternidad pasada. Todas las cosas cooperan para bien para los que son llamados conforme a su propósito, que es formarte a la imagen de su Hijo.
De manera que ahora nosotros tenemos la fórmula de cómo perseverar bajo el dolor para recibir la recompensa. Tú espera en el Señor; tienes que entregar tu vida completa para que el Espíritu te controle, y el Espíritu que te controla desarrolla en ti paciencia como una de sus virtudes y desarrolla en ti dominio propio. Tienes que esperar confiado en un Dios que es soberano, en un Dios que es benevolente, en un Dios que es amoroso, lleno de gracia, y que te dio a su Hijo. Y debes esperar y ser manso y en silencio, como el único Hijo de Dios que vino sin pecado, que como oveja fue al matadero sin abrir su boca.
Pero tú sabes lo que se dijo de Él. Él pasó el peor de los sufrimientos, la peor de las aflicciones, pero nadie ha sido ni será recompensado de mejor manera. Porque a Él se le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Él es el Señor. El mejor de todos pasó la peor aflicción y recibió la mejor de las recompensas: un nombre sobre todo nombre, el señorío sobre toda la creación, y todo el mundo tendrá que reconocer lo que cantamos: "Señor, Señor mío."
Padre, gracias por ayudarnos a enfocar otra vez en cómo vivir la vida aquí abajo en el poder del Espíritu que vino de allá arriba, para la gloria del Dios que habita en el cielo, que es alto y habita de forma sublime en presencia de los seres celestiales que cantan y Tú escuchas: "Santo, santo, santo." Señor, ayúdanos a esperar, sabiendo que la recompensa no tardará. Gracias por tu Hijo Jesús, que modeló cómo esperar, cómo callar, cómo confiar, para luego mostrar cómo se nos recompensará a nosotros. Es en su nombre que hemos orado. Amén, amén.
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