Integridad y Sabiduria
Sermones

La preferencia humana: ganarse la salvación en vez de recibirla

Miguel Núñez 16 febrero, 2025

El ser humano ha preferido siempre esforzarse por ganar una salvación que no puede alcanzar, en lugar de recibirla como un regalo. Esta paradoja atraviesa toda la historia de la humanidad y explica por qué los judíos, con todas sus riquezas espirituales —la ley, las promesas, los patriarcas, el culto en el templo—, terminaron perdidos, mientras que los gentiles, que ni siquiera buscaban a Dios, alcanzaron salvación por medio de la fe. La diferencia fue simple pero devastadora: unos intentaron cumplir la ley con sus propias fuerzas; los otros recibieron la justicia que viene de Dios.

Esta preferencia por las obras no es exclusiva del pueblo judío. Más de mil quinientos millones de musulmanes, quinientos millones de budistas, mil doscientos millones de hinduistas y millones de católicos y protestantes viven bajo alguna versión de la misma ilusión: que sus esfuerzos religiosos pueden acumular méritos ante Dios. Pero Isaías ya lo había dicho: nuestras obras justas son como trapo de inmundicia. El fariseo que ayunaba y diezmaba bajó condenado a su casa; el recaudador de impuestos que solo pudo golpearse el pecho pidiendo misericordia fue justificado.

Cristo fue piedra de tropiezo precisamente porque su camino contradice el orgullo humano. No hay otro mediador, no hay otro sacrificio, no hay otra puerta. El pastor Núñez cierra con una pregunta que confronta: si nuestras obras públicas y privadas fueran conocidas por toda la iglesia, ¿serían un modelo a seguir o todos se alejarían? La fe que salva nunca está sola; produce un estilo de vida que testifica la transformación que solo Dios puede obrar.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bueno, creo que no sería sorpresa, verdad, que yo regresara aquí para continuar en Romanos. Decía en el tiempo más temprano que la última vez que estuve aquí en esta carta fue el 26 de enero, lo que implica que hace unos 20 o 21 días que nos apartamos de Romanos. Yo estaba comprometido con diferentes cosas, tanto fuera de aquí como en el país mismo, y por eso no estuve en el púlpito por un par de domingos.

Pero en el día de hoy vamos a continuar, y el hecho de habernos apartado por unas tres semanas hace necesario, aún más, que yo pueda tratar de resumir en algunas palabras algunas de las cosas que cubrimos en el capítulo 9 hasta ahora, de manera que podamos conectar mucho mejor con lo que continúa.

Recuerda que al principio del capítulo 9, el apóstol Pablo expresaba —y esta es la palabra— su agonía, su dolor profundo, por el hecho de que sus hermanos judíos estuvieran perdidos. Él estaba tan agónico con relación a su perdición que incluso dijo: "Si fuera posible, yo me ofrecería para ser hecho maldición, con tal de que ellos pudieran alcanzar salvación." Algo extraordinario.

Pablo estaba triste y perturbado porque él entendía que los israelitas fueron adoptados como hijos, que fueron testigos de la gloria de Dios en el desierto por cuarenta años, que ellos también fueron los receptores de la ley de Dios en el monte Sinaí. Ellos vieron a Dios, o vieron una manifestación del descenso de Dios, de la presencia de Dios: rayos y relámpagos y trompetas y una conmoción del monte entero. Ellos fueron testigos de cuando esa ley fue promulgada, pero también fueron los receptores de esa ley, una ley que Pablo consideró buena, santa y perfecta. Ellos fueron los receptores de los patriarcas, es decir, fueron los descendientes de Abraham, de Isaac, de Jacob. Fueron participantes del culto que Dios mismo confeccionó para ellos en el Tabernáculo y luego en el templo, y fueron los receptores de las enormes, grandes y múltiples promesas de Dios.

Como si eso no fuera suficiente, el Mesías descendería de su padre Abraham, de la simiente de Abraham; de ahí vendría el Mesías, de manera que tendrían una relación étnica con el Redentor de la humanidad. Y a pesar de toda esa riqueza espiritual recibida, que la mayoría de sus conciudadanos terminaran perdidos era algo que pesaba sobre el corazón de Pablo mucho más de lo que él podía expresar. Y la pregunta sería: ¿qué les pasó? ¿En qué fue que falló toda esa gente? ¿Cómo es posible que tú seas bendecido de una manera tan extraordinaria y que termines perdido de todas maneras?

O, peor aún, ¿podríamos nosotros tener la misma experiencia? Yo menciono esto porque todo predicador, entre otras cosas, necesita tomar la audiencia y traerla al texto. Yo te traje en términos de por qué Pablo escribió lo que escribió, pero yo tengo que tomar el texto y traerlo a ustedes. ¿Podríamos nosotros hoy, dos mil años después, tener la misma experiencia?

Yo creo que aquí estuvo parte del problema. Vamos a hablar del problema más completamente, pero parte del problema es que él recibió todas estas riquezas espirituales como un privilegio. Pero el ser humano, cuando recibe algo como un privilegio, con el tiempo llega a creer que ese privilegio es ahora un derecho. Y entonces, como lo considera un derecho, cuando el dador del privilegio decide compartir con otros lo que él considera su derecho, él se resiente. Por eso es que Jonás terminó resentido, porque él no quería ir a predicar a los ninivitas; ellos no merecían salvación. Pero él, como judío, al fin de cuentas, él y sus conciudadanos sí merecían salvación, porque eso era un derecho que le correspondía como descendiente de los patriarcas.

¡Qué cosas somos! Y eso es cierto aun en el día a día y en el diario vivir de las empresas y demás: tenemos privilegios que luego terminamos pensando que son derechos. Así terminó Jonás: al final del camino, a la búsqueda de sus privilegios, terminó perdiendo ese camino. Y eso entristeció a Pablo sobremanera, y eso es lo que él presenta en los primeros cinco versículos de Romanos 9, esa tristeza profunda.

De los versículos 6 al 29, entonces, el apóstol Pablo describe con cierto nivel de detalle la elección de Dios de aquellos que no merecían salvación, pero que por su gracia Dios, en vez de aplicar justicia a todos los hombres —enviarnos a todos de manera merecida a la condenación— decidió aplicar misericordia a un grupo y darnos salvación. Y cómo Él tenía el derecho, la autoridad en su soberanía de poder hacer eso, Pablo explica esas cosas en detalle.

Y entonces ahí llegamos nosotros, ¿verdad? De forma muy resumida, como acabo de mencionar, llegamos al versículo 29. Nosotros vamos a cubrir hoy del versículo 30 al 33 en Romanos 9, y del versículo 1 al 4 en Romanos 10. Yo he titulado mi mensaje: "La preferencia humana: 'ganarse' —y digo ganarse entre comillas— la salvación en vez de recibirla." Digo ganarse entre comillas porque nadie puede ganarla, pero es impresionante que esa sea la realidad: que el ser humano ha preferido todo el tiempo esforzarse por ganar una salvación que no puede alcanzar, en vez de recibir de parte de Dios algo que es un regalo.

Con eso quiero invitarlos a que lean conmigo de Romanos 9:30 al 10:4.

"¿Qué diremos entonces? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, alcanzaron justicia, es decir, la justicia que es por fe; pero Israel, que iba tras una ley de justicia, no alcanzó esa ley. ¿Por qué? Porque no iban tras ella por fe, sino como por obras; tropezaron en la piedra de tropiezo, tal como está escrito: 'He aquí pongo en Sión una piedra de tropiezo y roca de escándalo, y el que crea en Él no será avergonzado.' Capítulo 10: Hermanos, el deseo de mi corazón —ahí está otra vez— y mi oración a Dios por ellos es para salvación; porque yo les testifico que tienen celo por Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento. Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia de todo aquel que cree."

Para comenzar, Pablo explica que debido al orgullo nacional y personal de la nación de Israel, ellos no alcanzaron la salvación ofrecida por Dios. Y al mismo tiempo explica cómo los gentiles, que no conocían a Dios, no creían en Dios, no estaban buscando a Dios, terminaron recibiendo dicha salvación. Precisamente porque, como habla Juan 1:11 en su Evangelio, Cristo a los suyos vino y los suyos no lo recibieron. Eso es impresionante, eso es paradójico, es chocante, y eso es lo que Pablo está anticipando con la pregunta.

¿Cómo es posible que los gentiles, que Pablo describe en Romanos 1 como personas egocéntricas —somos nosotros todos los que no somos judíos—, personas amadores del dinero, amadores de los placeres más que amadores de Dios, que ese grupo, una gran parte, un buen número de ellos, alcanzara la salvación, y que los judíos que iban tras una ley de justicia no la recibieran? Era algo que Pablo pensó: "Seguro alguien me va a cuestionar; déjame ver si lo puedo explicar."

Déjenme leerles de nuevo los versículos 30 y 31 en la Nueva Traducción Viviente: "¿Qué significa todo esto? Pablo, aunque los gentiles no trataban de seguir las normas de Dios, fueron hechos justos a los ojos de Dios, y eso sucedió por medio de la fe. Pero los israelitas, que se esforzaron tanto en cumplir la ley para llegar a ser justos ante Dios, nunca lo lograron."

Eso es lo que tú estás explicando. ¿Cuál es la palabra clave? Los judíos no lo lograron. Claro que no lo lograron, porque la salvación no es algo que tú logras, no es algo para lo cual tú te esfuerzas, no es algo que tú puedes alcanzar: es algo que tú recibes. Y es la razón por la que Pablo está explicando aquí que los gentiles fueron hechos justos a los ojos de Dios. La justificación es algo que viene de parte de Dios. Escucha cómo Pablo lo dice: "Fueron hechos justos a los ojos de Dios, y esto sucedió por medio de la fe."

Entonces, para tratar de entenderlo: los gentiles, que no estaban tratando de cumplir la ley, recibieron salvación, y los judíos, que sí trataron de cumplir la ley, no alcanzaron dicha salvación. ¿Es así? Bueno, el versículo 32 en la Nueva Traducción Viviente de las Américas dice: "Porque no iban tras ella por fe, sino como por obras, y por eso tropezaron en la piedra de tropiezo." Si quieres saber la razón: estaban tratando de cumplir una ley, en vez de tratar de recibir la salvación de Dios por fe. Escucha la Nueva Traducción Viviente del versículo 32: "Porque trataban de hacerse justos ante Dios cumpliendo la ley, en vez de confiar en Él; tropezaron con la piedra en su camino."

Los judíos no estaban tratando de alcanzar esa salvación por medio de la fe en el Redentor que había sido prometido, sino a través de sus propias obras, las cuales, en el mejor de los casos —y así lo dice Isaías 64— eran como trapo de inmundicia. Tratar de cumplir la ley externamente, sin cumplirla internamente a nivel del corazón, más que traerte salvación te trae condenación.

Déjenme decir eso otra vez con otras palabras: venir a la iglesia, venir los miércoles, ser parte de un grupo pequeño de estudio bíblico, y luego tener una vida que deshonra a Cristo es peor que la vida que el incrédulo está llevando. Y la razón es esta: cuando el incrédulo vive su estilo de vida pecaminoso, él no está tomando el nombre de Dios en vano. Él no cree en ese Dios, no sigue a ese Dios, pero tampoco habla de ese Dios, tampoco dice ser testigo de ese Dios, ni hijo de ese Dios. Ahora, cuando el cristiano dice ser hijo de ese Dios, habla de ese Dios, dice ser creyente en ese Dios, dice tener salvación de parte de ese Dios, pero vive una vida de pecado, él toma el nombre de Dios en vano. Y eso es peor que lo que hace el incrédulo.

Es la razón por la que Dios le dice a la iglesia de Laodicea en el libro de Apocalipsis: "Si tú fueras frío o caliente, fuera mucho mejor. El problema es que no eres ni frío ni caliente." No eres ni creyente ni incrédulo de verdad; tú dices ser creyente y tienes la apariencia, pero no lo vives. "Por eso te voy a vomitar de mi boca." De esa generación y de esa forma de vivir hablaron Isaías y también Jesús.

Escucha las palabras de Jesús en Marcos 7:6: "Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: 'Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí.'" ¿Tú crees que es posible que hoy, en la iglesia de Cristo, en esta iglesia, haya personas así, que con los labios profesan algo, pero que con su estilo de vida niegan lo que profesan?

¿Por qué persiste el problema del pueblo judío? De hecho, Pablo escribió a los gálatas, que estaban tratando de volver a las obras de la ley, y les dijo: "El problema de ustedes es que habiendo comenzado por la gracia, ahora quieren moverse a la ley, olvidando que por las obras de la ley nadie será justificado." ¡Wow! ¿Saben cómo trataron de ser justificados por las obras de la ley? La realidad es esta: cuando tú revisas el registro histórico, el registro bíblico y luego la historia secular, te percatas de que la salvación por obras es la doctrina más comúnmente creída, y no solamente la más comúnmente creída, sino la doctrina preferida en todo el mundo. Eso es impresionante.

En el mundo tenemos 1.500 millones de musulmanes que creen que la salvación es obtenida por creerle a Alá, y que al final Alá va a pesar, como si fuera una balanza, tus buenas obras y tus malas obras. Así que al final lo que cuenta es que tus buenas obras sean más que tus malas obras. En el Islam, de hecho, no es necesario salvarte de tu pecado, y la crucifixión de Cristo tampoco era necesaria. Tienes 500, o más de 500 millones de budistas, creyendo que la salvación implica deshacerte de tus deseos egoístas, y que eso se adquiere a través de una serie de ayunos y de meditación —obras, otra vez—, y que entonces tú pudieras alcanzar dicha salvación. Tienes unos 1.200 millones de hinduistas que piensan que a través de obras ellos pueden purificar el karma, y entonces alcanzar un karma perfecto, y ahí unirse con Brahma al final. Tienes más de 1.300 millones de seguidores de la Iglesia de Roma que han oído que la salvación es por fe más las obras.

Pero también tienes entre 600 y 1.100 millones de protestantes que dicen creer que la salvación es por fe, pero no viven la fe que dicen creer, y que piensan que nuestros estilos de vida pecaminosos no son tan pecaminosos como para que Dios los condene. Y al final terminamos creyendo como los judíos: que si venimos a la iglesia, oramos, ofrendamos y tenemos cierta actividad religiosa, al final vamos a llegar al reino de los cielos y se nos va a dar entrada. De manera que, en cierta medida, también nos parecemos a los judíos de aquel tiempo.

La pregunta del millón de dólares es: ¿por qué la criatura prefiere esforzarse y tratar de acumular méritos que luego Dios pueda reconocer para darle entrada al reino de los cielos, en vez de arrepentirse de su pecado, acudir a Cristo, pedir perdón a Cristo por esos pecados en base al sacrificio que Cristo ofreció en la Cruz, entregarle su vida, recibirlo, proclamarlo como Salvador y reconocerlo como Señor para que dirija su vida? Y si tú estuvieras pensando lo que yo estoy pensando ahora mismo, tú dirías: "¡Ahí lo dijo!" Porque ahí está el problema; en esas últimas palabras está la explicación de por qué la gente prefiere la salvación por obras.

En primer lugar, arrepentirte de tus pecados requiere un reconocimiento de tu iniquidad, de tu maldad. Y el ser humano nunca se cree tan depravado como lo es, y el ser humano nunca cree que Dios es tan santo como Dios ha dicho y mostrado que es, como para que nos considere tan condenables como somos. Ese es el problema número uno. Además, el ser humano no ve a Dios como benevolente, sino como indulgente, de manera que él ve mi pecado, pero total, todos somos pecadores, y total, a tapas todos se pecan, y entonces Dios como que no me toma en cuenta tanto mis pecados, de manera que yo puedo tomarme mi licencia y disfrutar de la vida.

En tercer lugar, para yo ser salvo, yo necesito reconocer a Cristo como Señor, no solamente en palabras. No, no. Él tiene que ser la persona que dirige mi vida, que me permite cosas, que me impide cosas, que me prohíbe cosas. Y yo no debo tomar decisiones sin consultar con Él; yo no debo tomar un trabajo, mudarme de un país, hacer negocios, invertir, gastar, ganar, tener hijos, criar a mis hijos, darle una educación a mis hijos, sin hablar con el Señor de mi vida, con el Señor del universo. Porque en nuestra autosuficiencia, la criatura prefiere permanecer en control de su propio destino.

Y así el ser humano diseña una sociedad conforme a una meritocracia, de manera que hay un valor al mérito, una recompensa al mérito, y piensa que el reino de los cielos debiera ser también una meritocracia, como él la concibe. Porque cada uno de nosotros tiene un sentido de lo bueno y lo malo, y conforme a ese sentido de lo bueno y lo malo, busca: ¿cuáles obras pudieran condenarme y cuáles no? El problema es: ¿cuáles obras son las que tú quieres que Dios busque? Porque ya en Isaías 64:6, Dios dice que como trapo de inmundicia son todas nuestras obras justas. La palabra traducida como "trapo de inmundicia" implica trapo de menstruación; es una palabra médica, para que no me escriban después.

Las obras justas son como trapo de inmundicia. ¿Y cómo considera Dios entonces obras como nuestras mentiras? Bueno, yo te voy a decir: Proverbios 17:12, Dios las llama abominación. Y cuando nosotros planificamos algo que es malvado, perverso, ¿cómo llama Dios eso en Proverbios 15:26? Abominación. ¿Y cómo llama Dios al orgullo que tú tienes, que yo tengo, que todos los hombres tienen? En Proverbios 16:5, abominación. Y en Proverbios 28:9, Dios dice: "Al que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominación." Como que si yo no le hago caso a esta ley, eso es lo que implica apartarme de oírla, y me hago como que yo no sé, y ahora, luego de no seguir la ley, voy a orarle a Dios. Dios dice: "Eso para mí hoy es una abominación." ¡Wow! ¿Sigo, o eso es suficiente? ¿Cuáles obras le voy a presentar yo a Dios?

Los hijos de Israel cometían todo tipo de transgresión de la ley y pensaban que tenían salvación. El pueblo pensaba que estaba bien con Dios porque iban al templo, ayunaban, ofrendaban, diezmaban. Y déjame decirte lo enojado que estaba Dios con ellos por hacer eso. Déjame decirte lo enojado que estaba Dios con ellos. Malaquías 1, uno de esos días: "¡Oh, hubiera entre ustedes quien cerrara las puertas para que no encendieran mi altar en vano! No prenda el candelabro; no lo quiero ver prendido. No me complazco en ustedes, dice el Señor de los ejércitos, ni de su mano aceptaré ofrenda." ¡Wow! En otras palabras: "Sí, a mí las puertas que están detrás en el templo. No quiero servicio aquí adentro, no quiero sacrificio aquí adentro, no quiero que me toquen música, no me ofrendes, que no la voy a recibir." Pero es el pueblo que se creía sano.

Sigo en Malaquías 2:13-15: "Y esta otra cosa hacen: cubren el altar del Señor de lágrimas, de llanto y de gemido, y vienen aquí, van ante el Señor. Perdón, me dijeron, pero no voy a mirar tus oraciones." Y dicen: "¿Por qué Él no mira la ofrenda ni la acepta con agrado de nuestra mano?" ¿Por qué es que no reciben nuestras ofrendas? De inmediato yo te voy a decir por qué. "Porque el Señor ha sido testigo entre tú y la mujer de tu juventud, contra la cual has obrado deslealmente, aunque ella es tu compañera y la mujer de tu pacto. Pero ninguno que tenga un remanente del Espíritu lo ha hecho así." ¡Wow! Y dicho sea de paso, la pornografía no es nada diferente.

Malaquías 3:8-10, Dios pregunta: "¿Robará el hombre a Dios? Pues ustedes me están robando." Pero dicen: "¿En qué te hemos robado?" "En los diezmos y las ofrendas." Y tú sabes que con maldición están malditos, porque ustedes, la nación entera, me están robando. ¡Wow! Pero es la nación que se quería salvar, porque ellos estaban diezmando, creían ellos; ellos estaban ofrendando, ellos estaban orando, estaban ayunando. El problema es que cuando yo ofrendo del bolsillo y no ofrendo del corazón, yo no he ofrendado para Dios. Los hijos de Israel tenían una vida pública que no se correspondía con su vida privada.

Me llamó mucho la atención una frase que encontré en Twitter, pero es de alguien que solo publica cosas cristianas. Escucha lo que esta frase dice: "Cuando pecamos en privado, Dios es nuestra única audiencia." ¡Wow! Nosotros nos autoengañamos y pensamos que, como nuestra vida privada no es vista, no nos condena. Pero resulta que hay una audiencia que siempre está apercibida y en conocimiento de mi vida privada, y esa audiencia es de una sola persona: Dios. Pero resulta que esa es precisamente la persona que me puede condenar. ¿Qué hago ocultándome de los hombres? Nos autoengañamos y somos como este fariseo en la parábola relatada en Lucas 18, a partir del versículo 9.

"Dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás." Ahí está: confiaban en sí mismos como justos, como a veces hacemos nosotros. "Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos." El fariseo representaba como la crema y nata, porque ellos eran los maestros de la ley, no los intérpretes, pero sí los maestros, los escribas eran los intérpretes. Y el recaudador de impuestos era como lo peor de la sociedad. Entonces Cristo está usando estos dos personajes: el fariseo, puesto en pie, oraba así: "Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, estafadores, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos." Me lo imagino con los ojos viendo al recaudador de impuestos aquí al lado.

Escucha sus méritos ahora: "Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano." ¡Wow! Pero el recaudador de impuestos, estando a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "Dios, ten piedad de mí, pecador." Dice Cristo: "Les digo que este descendió a su casa justificado, pero aquel no; porque todo el que se engrandece será humillado, pero el que se humilla será engrandecido." El fariseo estaba confiando en sus buenas obras, en su ayuno, en su oración, en su diezmo. El recaudador de impuestos sabe que está en bancarrota espiritual, que él no tiene nada; él ni se atreve a levantar los ojos al cielo. Él sabe que lo único a lo que puede apelar es a la gracia y a la misericordia de Dios y, con un corazón humillado, pide perdón y se va a su casa justificado, se va salvo. El fariseo, que viene creyéndose salvo, se va a su casa condenado.

Ya no sé a dónde fue que los judíos aprendieron que la salvación era por obras, porque si comienzas con Abraham, la Escritura nos enseña que Abraham creyó y le fue contado por justicia. No fue que Abraham ofreció a su hijo y Dios dijo: "¡Wow, mira esa obra! Vale la salvación de Abraham." No, no, no. Él le creyó a Dios y le fue contado por justicia. Si te mueves al libro de Job, se piensa que Job vivió en la época de los patriarcas, en la época de Abraham. Y he aquí que Job estaba consciente de que él no podía ir a juicio con Dios, y hace la pregunta en Job 9:2: "¿Cómo puede un hombre ser justo delante de Dios?" Él la hace como una pregunta: "Yo no puedo ir a juicio con Él, yo no tengo forma de ser encontrado justo delante de Dios." Y luego, en 9:33, él dice: "Si hubiera un árbitro, un mediador, que pudiera poner la mano sobre Dios y la mano sobre mí, que mediara entre nosotros." Él sabe que no tiene el más mínimo chance de ser encontrado justo delante de Dios. Job, el hombre intachable, temeroso de Dios, apartado del mal. Y más claramente, en Habacuc 2:4 se nos dice que "el justo por la fe vivirá."

Es impresionante ver que a lo largo de la historia, la salvación que Dios ha ofrecido por gracia, por medio de Su Hijo colgado en una cruz, ofrecida a todos los hombres, los hombres la han rechazado, la han desestimado y han tratado de ganarse la salvación por medio de obras que ya yo te califiqué, te dije, te mencioné cómo Dios las considera. Esa era la lucha de Martín Lutero en su época, tratando de convencer a la Iglesia: "¡No! No es por obras. Las obras no contribuyen en lo más mínimo a tu salvación." Hermanos, decía yo esta mañana: no hay un solo sermón, no hay una boda, no hay un entierro, no hay una consejería, no hay una serie de sermones, no hay un dólar, un peso que yo haya donado, con lo cual yo haya contribuido en lo más mínimo, en la más infinitésima parte, a mi salvación. No, en lo más mínimo. Pero esta es la confusión.

En la Iglesia de Roma se considera que la salvación es fe más obras. La Iglesia de Roma no ha enseñado que la salvación es por obras solamente; no, es fe, pero las obras que tú hagas sí te ganan puntos a tu favor. Y de hecho, en la Iglesia de Roma, el pronunciamiento de si eres hallado justo o no para entrar al reino del cielo no ocurre hasta que tú te presentas, por así decirlo, luego de tu muerte: se examina tu vida, y si eres encontrado justo en ti mismo por las obras que hiciste en tu vida, entonces te dan entrada al reino del cielo. Por eso es que tú nunca sabes si eres salvo, porque no te han examinado todavía.

Lutero decía: "No, no es la fe más las obras lo que produce justificación." En la idea de Lutero y en el cristianismo bíblico, la fórmula es: fe igual a justificación más obras. ¿Qué fue lo que usted dijo? No lo que ha dicho. Fe es igual a justificación. Pero si la fe es verdadera, es la que produce justificación, y si la justificación es verdadera, tu vida va acompañada de obras. Eso es lo que defendía Santiago cuando decía: "Si tú tienes fe y no tienes obras, tu fe está muerta. Si tú quieres, yo te muestro mi fe por las obras." Ciertamente, Lutero defendió, Calvino defendió y los reformadores defendieron que la salvación es por fe solamente, pero decía Calvino: "Por esa fe, nunca sola." No, está acompañada de obras; está acompañada de obras que testifican que verdaderamente tú eres un hijo de Dios.

Ahora hay una tercera postura hoy en día, que es: fe menos obras igual a justificación. ¿Cuál es esa postura, pastor? Bueno, es una postura defendida por algunos teólogos incluso, que hablan de que tú no necesitas recibir a Cristo como Señor, solamente como Salvador, porque es la fe la que te salva y, por consiguiente, tú puedes recibir a Cristo como Salvador y vivir una vida más o menos pecaminosa, y al final, si tú has creído, entras, porque es simplemente la fe la que cuenta. Por tanto, es fe menos obras igual a justificación. Y ese es el grupo al que Cristo le estaba hablando en el Sermón del Monte, en Mateo 7:21, cuando dice: "No todo el que me dice: 'Señor, Señor' entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos." En otras palabras: llamarme Señor y no vivir bajo mi señorío no te entra al reino de los cielos. Entonces, si no lo llamo Señor tampoco voy a entrar, ¿entonces cómo entro? Dice: "No, tú vas en la voluntad de mi Padre que está en los cielos."

Esa es la razón por la que luego en Lucas 6:46 Jesús dice, en la versión de Lucas de este mismo sermón: "¿Por qué ustedes me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que yo digo?" Porque si soy Señor, haz lo que te digo. Y si no soy Señor, no me llames Señor. Y si no vas a hacer lo que te digo, pues no me llames Señor tampoco.

Recuerda lo que el pueblo judío le dijo a Moisés antes de morir, en Deuteronomio, que ellos iban a hacer la ley de Dios, y que si no las hacían, que cayeran sobre ellos todas las maldiciones que Dios había pronunciado. Lo iban a hacer, y en su tiempo Josué hizo lo igual, pero no lo hicieron. Y los gentiles, que no estaban buscando a Dios, que no iban a hacer la voluntad de Dios, se tropezaron con la salvación por medio de la fe.

¿Y por qué fue que se condenaron? Versículo 32: porque no iban tras ella, tras la salvación por fe, sino como por obras; tropezaron en la piedra de tropiezo, tal como está escrito en el versículo 33: "He aquí, pongo en Sion una piedra de tropiezo y roca de escándalo; el que cree en Él no será avergonzado." Es una cita, de hecho son dos citas de Isaías: Isaías 28:16 e Isaías 8:14. El versículo 33 combina esas dos citas: "He aquí, pongo en Sion una piedra de tropiezo y roca de escándalo, y el que cree en Él no será avergonzado."

Ciertamente Cristo fue una piedra de tropiezo para el pueblo. Claro, porque ellos esperaban un Mesías político, un Mesías que los pudiera liberar de la esclavitud de Roma, o de cualquier otra nación a la que estuvieran esclavizados cuando el Mesías llegara, y al mismo tiempo que los pusiera en la cima de las naciones de manera que ellos pudieran gobernar. Y de repente lo que aparece es un Mesías montado en un burrito, un siervo que no abre su boca para defenderse, tan humilde que lava pies. Claro que tropezaron. Se convirtió en un escándalo. Pero luego, cuando Él confrontaba sus malas prácticas, cuando confrontaba su doble vida, entonces Él se convertía en otro tipo de piedra de tropiezo, porque tropezaban y se caían.

Escucha algunas palabras de esta canción de Michael Card, un cantautor norteamericano muy profundo, muy bíblico. La canción se llama "Escándalo". No voy a leer toda la canción, no es necesario, pero te voy a leer algunas palabras con relación a cómo Cristo fue un escándalo y lo sigue siendo: "Los videntes y los profetas ya lo habían profetizado, que el esperado haría tropezar a los hombres, pero ellos esperaban un rey para vencer y matar, un Mesías político. ¿Quién hubiera pensado que sería tan manso y humilde? Él sería la verdad que a todos y cada uno ofenderá. Piedra que hace tropezar a los hombres y roca que los hace caer, muchos serán quebrantados para que los sane y muchos serán aplastados y perderán su propia alma. Para algunos Él es una barrera, para otros Él es el camino." ¡Wow! "Para que todos sepan el escándalo en quien han de creer. Parece que hoy el escándalo no ofende a nadie en absoluto. La imagen que presentamos de ese escándalo puede ser pisoteada. ¿Podría ser que seamos como los otros de hace mucho tiempo atrás? ¿Aprenderemos alguna vez que todos los que vienen deben tropezar? Él será la verdad que los escandalizará a todos."

Y ciertamente Cristo fue un escándalo en más de una manera, sobre todo cuando murió. Tú me estás diciendo, Pablo: un Dios, el Mesías que nos prometieron que vendría, que nos traería libertad, tú me estás diciendo que ese Mesías que está ahí en la cruz, colgado en un madero, pronunciada sobre Él maldición, porque maldito era todo el que moría en un madero, ensangrentado, con una corona de espinas, ¿tú me estás diciendo que Él es el que debía venir? ¿Y tú me estás diciendo, Pablo, que es Él el que me va a traer salvación, y quieres que yo deje mi esfuerzo en cumplir la ley y que lo cambie por una fe y confianza puesta en este hombre crucificado? ¿Eso es lo que tú me estás diciendo? Pues no, mejor me condeno. Yo voy a seguir esforzándome porque yo cumplo la ley.

Recuerda al joven rico que fue donde Cristo supuestamente buscando cómo llegar a la vida eterna. Y le dijo: "Señor, ¿qué hago para alcanzar la vida eterna?" Cristo comenzó a enumerarle los mandamientos uno por uno, y él dice: "No, yo todo eso lo he hecho desde mi juventud." ¿En serio? "Ahora bien, sabes qué: todo lo que tienes ve y véndelo y dalo a los pobres." Porque Cristo había visto cuál era su verdadero dios. Y cada uno de nosotros tiene sus ídolos.

Él es el camino, Él es la piedra de tropiezo; lo fue y lo sigue siendo. Hermano, no hay otro camino de acceso al Padre, no hay otra verdad que me haga libre, no hay otra puerta de entrada al reino de los cielos. No, no lo hay. No hay otro Dios como Él, no hay otro Redentor de mis pecados, no hay otro mediador entre Dios y el hombre. No, no lo hay. 1 Timoteo 2:5: un solo mediador. Los santos no lo son, los ángeles no lo son y, con todo el respeto, María tampoco lo es. Hay un solo mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús.

No hay otro Señor del universo, no hay otro rey en el trono, no hay otro dueño del cielo y la tierra. Él es. No hay otro Hijo que pueda heredar el reino y coheredarlo con Él; Él es el Hijo. No hay otra autoridad que determine mi destino, no hay otro juez que me diga si estoy condenado o libre: Él es quien me condena o me liberta. No hay otro nombre por encima del suyo, y no hay otro nombre debajo del cielo por medio del cual yo pueda ser salvo. No hay otro sacrificio para el perdón de mis pecados, y no hay otra esperanza tampoco. Él es la piedra de escándalo, Él es la roca, Él es quien Él dice que es.

Escucha cómo Cristo mismo lo dijo en Lucas 20:18, hablando de Él: "Todo el que caiga sobre esa piedra será hecho pedazos, y aquel sobre quien ella caiga quedará hecho polvo." Escucha cómo William MacDonald entiende estas palabras de Cristo en su comentario sobre Marcos. Dice que esta doble imagen de piedra y roca es representativa de la primera venida y la segunda venida. Dice lo siguiente: la primera vez, Cristo es la piedra que está en el suelo, y sobre esa piedra la gente ha tropezado, y cuando eso ha ocurrido han sido hechos pedazos. Pero luego la piedra es descrita como algo que cae sobre alguien; MacDonald dice que eso hace referencia a su segunda venida, cuando Él vendrá desde los cielos a hacer justicia, y aquel sobre quien caiga la piedra será hecho polvo. Así de brutal es su caída. ¡Wow!

Pero recorda dónde comenzamos: que judíos expertos en la ley, como los escribas y fariseos, hoy se encuentran fuera del reino en el que Moisés está. O sea que el conocimiento verdadero de la ley verdadera, dada por el Dios verdadero, en vez de salvarlos, los condenó. Sí, porque no es la ley la que me salva; la ley es lo que me condena, honestamente. Por eso Pablo dice que Cristo nos libró de la maldición de la ley. Aunque la ley es buena, santa y perfecta, el problema no está en la ley; el problema está en mí y en ti, que no la podemos cumplir. Entonces su mal entendimiento los llevó a una mala aplicación, su mala aplicación a un mal estilo de vida.

Y ahora llegamos al capítulo 10, brevemente, en unos minutos, versículos del 1 al 4. Pablo estaba otra vez expresando su dolor. Dice en el capítulo 10, en la Nueva Traducción Viviente, ya leímos en la Nueva Biblia de las Américas: "Amados hermanos, el profundo deseo de mi corazón y mi oración a Dios es que los israelitas lleguen a ser salvos." Pablo está diciendo: yo sigo orando por ellos. Hermanos, no sé si tú oras por los inconversos, pero si oras por los inconversos, no te olvides de orar por los judíos. Todavía Dios no ha acabado con ellos; lo veremos en el capítulo 11 de Romanos: Dios no ha terminado con ellos.

Pablo está diciendo: yo oro por mis hermanos para que lleguen a ser salvos; de hecho tengo un profundo deseo en mi corazón. En el versículo 2 dice: "Yo sé que ellos tienen un gran entusiasmo por Dios, pero es un fervor mal encauzado." Pablo está diciendo: yo sé que ellos son celosos por Dios, por el Dios verdadero, por Yahvé. Yo estaba ahí, yo era tan celoso de ese Dios que perseguía a los seguidores del Hijo de ese Dios. Y cuando me encontré con el Hijo, el Hijo me dijo: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Estaba celoso por Dios Padre y estaba persiguiendo al Hijo de ese Dios Padre. Despierta. La salvación es por la fe, Pablo.

Pablo dice: "Yo sé que ellos tienen celos, pero está mal encausado. Tienen un conocimiento mal entendido y, por tanto, mal aplicado y mal vivido". ¿Y qué fue? Pablo, versículo 3: "Pues no entienden la forma en que Dios hace justas a las personas ante Él. Se niegan a aceptar el modo de Dios y, en cambio, se aferran a su propio modo de hacerse justos ante Él, tratando de cumplir la ley".

¡Wow! Desde la época de Daniel estamos en la misma cosa. Nosotros rehusamos aceptar el modo de Dios. Puedes vivir aquí en el planeta entero, pero la fruta no te la comas. Ese es el modo de Dios. Y la respuesta fue: "Pues no me como la fruta porque no voy a aceptar tu modo, tu forma, tus estipulaciones. Yo las establezco". Y aquí está ahora con la salvación: ellos no aceptaron el modo de Dios de ser salvo para ser declarado justo. ¿Y qué hicieron? Se aferraron a su propio modo de hacerse justos ante Él, tratando de cumplir la ley.

¡Wow!, ¡cuánto nos parecemos! Cada vez que tú y yo violamos Su ley, estamos diciendo: "No, tu forma no, tu modo no, tu ley no. Tú no entiendes lo que yo necesito, tú no entiendes lo que yo deseo, tú no entiendes lo que a mí me llena, tú no entiendes mi necesidad. Y como tú no lo entiendes, yo lo voy a hacer". Eso es duro de ti y de mí.

El versículo 4: "Sin embargo, Cristo ya cumplió el propósito por el cual se entregó la ley. Como resultado, todos los que creen en Él son hechos justos a los ojos de Dios". Eso es lo que la Palabra de Dios enseña una y otra vez: ya Cristo es el fin de la ley. Cristo tuvo que venir porque nadie podía cumplir la ley, de manera que Él pudiera cumplirla. Y como ya la cumplió, tú pudieras confiar en lo que Él hizo, y entre esas cosas que Él hizo fue que murió por tus pecados. Pero nosotros no queremos Su forma; queremos nuestra propia forma.

Escucha cómo es cuando Pablo describe a Tito, capítulo 3, versículos 5 al 7: "Él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, no, no es así, nunca ha sido así, nunca será así, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por Su gracia fuéramos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna". ¿Cuál parte de "no es por las obras" no entendemos? ¿Cuál parte de "solo por gracia" no entendemos? Bueno, seamos honestos: si la verdad es conocida, no es que no lo entiendo, es que yo prefiero mi forma.

Ahora bien, hermanos, el pueblo al que Cristo vino hacía más obras prescritas por Dios que las que tú y yo hacemos. Ayunaban dos veces por semana, diezmaban fielmente, oraban tres veces al día, y aun así vivían condenados por la calidad de sus obras. Hermanos, si tus obras fueran examinadas —las públicas y las privadas—, ¿qué revelarían? Si tus obras fueran conocidas a toda la iglesia, ¿sería tu vida un buen modelo para la iglesia? Si tus obras, tus pensamientos, tu caminar fueran conocidos a toda la iglesia, ¿el resto de los hermanos se acercarían a ti pidiendo vivir conforme a tu modelo, o se alejarían todos de ti, sin haber pensado jamás que eras así?

Yo hago la pregunta porque tengo que traer el texto a la audiencia. Cuando te digo quién escribió el texto, cuándo lo escribió y para quién lo escribió, estoy trayendo la audiencia al texto. Pero yo necesito, si voy a ser fiel expositor de la Palabra, tomar el texto y llevarlo a la audiencia, y ponerme en el lugar de la audiencia junto con ustedes.

Hermanos, si estas palabras te resultaron duras, créeme —Dios es mi testigo— que yo te lo digo de pastor a oveja porque te amo, no porque estoy indignado, sino porque te amo. Hay pastores que puedes encontrar que pueden rascar tus oídos y hacerte sentir mucho mejor que yo, pero ese es un falso maestro que ha sido enviado del puro infierno. El pastor de ovejas se duele por sus ovejas, cuida de sus ovejas, piensa en sus ovejas, ora por sus ovejas, se carga con sus ovejas, y les predica y les enseña la Palabra de Dios: la palabra que liberta, la palabra que sana, la palabra que limpia, la palabra que nos redarguye, pero también la palabra que nos salva.

Hermanos, Cristo dijo: "Por sus frutos los conoceréis". Recuerda que tienes una audiencia todo el tiempo, y esa audiencia sabe cuáles son los frutos. Quiera Dios tomar este mensaje y usarlo en la vida de aquellos que no tienen salvación, y que tú puedas, antes de irte hoy, en tus propias palabras, donde tú estés, poder decir: "Señor, gracias porque me redarguiste hoy. Gracias por el arrepentimiento que traes. Perdóname, límpiame, purifícame, dame salvación. Tú eres la única persona que me puede salvar, pero yo te proclamo como mi Señor y voy a vivir mi vida de acuerdo a lo que Tú ordenes, no a lo que yo piense, no a lo que yo quiera, no conforme a mis deseos. Mis deseos los voy a poner a Tus pies y te voy a preguntar si son buenos o malos deseos. Si esos son los deseos que Tú tienes para mí, son simplemente los deseos que yo tengo para mí mismo, porque Tú eres Señor, Tú eres Señor de mis deseos, o no eres Señor; de mis sueños, de mis anhelos".

Y si tú eres creyente —verdaderamente creyente— o descubriste que no lo eras, lo mismo aplica. Para fines de lo que necesito, en el sitio del arrepentimiento: si eso no es cómo estoy viviendo, que no se diga el día de mañana de uno de nosotros que tampoco recibió salvación porque no la buscó conforme a la fe que salva, y que luego produjo un estilo de vida que testifica que verdaderamente ha sido salvo, sino que la procuró a través de obras —quizá no de la ley, sino de la tradición— que no me salvaron, y que las obras testificaban a favor de una no salvación en vez de una salvación en Cristo.

¡Padre, gracias! Padre, hay mensajes que Tú sabes que alguno de nosotros preferiríamos no tener que predicar. Pero como Tú eres Señor, no se supone que prediquemos lo que queramos, no se supone que digamos lo que deseamos, no se supone que hablemos lo que nos garantizaría popularidad y la aprobación del pueblo, sino que hablemos Tu palabra. Tú dijiste a ese que fuera: que prediquemos Tu palabra, escuchen o dejen de escuchar. Yo te pido, yo te imploro, Señor, que no seamos de los que dejan de escuchar, sino de los que quieren escuchar.

Señor, Tú dices: "Clama a mí y yo te responderé". Yo te clamo en este día, oh Dios, por este pueblo que aquí está reunido. Y yo te pido en el nombre de Cristo que Tú nos des lo que necesitamos para arrepentirnos en humildad todos los días, que nos abra los ojos a nuestra propia perdición y degradación —eso es como Tu palabra lo dice—, que nos abra los ojos a la santidad de Tu ser y, al mismo tiempo, que nos abra los ojos a cuán inmensos son Tu misericordia y Tu gracia. Y que podamos decir como David en un momento dado, como ese recaudador de impuestos en su momento: "Ten misericordia de mí, oh Dios, de mí. Yo, un pecador".

Enséñame a arrepentirme, enséñame a orar, enséñame a obedecer, enséñame a anhelar Tus anhelos, enséñame a pensar, enséñame a caminar por Tus sendas. Enséñame, oh Dios, a ser Tu hijo, enséñame a ser un testigo de Tu gracia y un testigo de la verdad. Enséñame a ser un buen amigo, un buen esposo, una buena esposa, un buen vecino, un buen prójimo. No sabemos —somos tan ignorantes que no sabemos—, y a veces simplemente decimos: "Ayúdame aquí, ayúdame allí", como si necesitáramos solamente una ayuda, y no necesitamos que nos enseñes. Perdónanos, perdónanos, oh Dios; visítanos con Tu gracia y ayúdanos a recordar que el justo por la fe vivirá, pero que la fe que salva no está sola: es una fe que testifica que Tú has regenerado mi corazón, mi espíritu, has transformado mi mente y has cambiado mi estilo de vida.

Ayúdanos a rechazar los ídolos, ayúdanos a rechazar nuestras mentiras que nos hemos creído, ayúdanos a abrazar Tu verdad. Que el oído y el corazón que dimos en Cristo Jesús, Su pueblo dice: amén.

Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servir de instrucción y bendición.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.