Integridad y Sabiduria
Sermones

Procurando la bendición de Dios

Luis Méndez 25 junio, 2017

Todos anhelamos ser bendecidos, pero con frecuencia llamamos bendición a cosas que luego traen tristeza. La verdadera bendición de Dios enriquece sin dejar amargura; se mide no por lo que disfrutamos por fuera, sino por el deleite del alma; no por un beneficio pasajero, sino por uno que perdura; no porque obtenemos lo que queremos, sino porque recibimos lo que necesitamos. Cuando Dios bendice, el resultado es que terminamos más cerca de él.

El texto de 2 Crónicas 7 nos sitúa en la dedicación del templo de Salomón, uno de los eventos más solemnes en la historia de Israel. Fuego descendió del cielo, la gloria de Dios llenó el lugar, y el pueblo se postró en adoración. Pero esa misma noche, Dios se apareció a Salomón no para felicitarlo, sino para explicarle cómo funciona la relación con su pueblo. El mensaje fue claro: si el pueblo se humilla, ora, busca el rostro de Dios y se aparta de sus malos caminos, entonces Dios escuchará desde los cielos, perdonará sus pecados y sanará su tierra.

La humildad nace de contemplar quién es Dios: aquel que mide los océanos en el hueco de su mano y para quien las naciones son como gota en un cubo. La oración brota de reconocer nuestra dependencia absoluta. Buscar su rostro significa desearlo a él, no solo sus beneficios; que Dios llegue a ser el tesoro que consume nuestros pensamientos y energías. Y apartarse de los malos caminos implica hacer guerra al pecado, porque es una ilusión creer que Dios bendecirá a quienes abrazan voluntariamente lo que le ofende.

La promesa permanece: Dios escucha, perdona y protege a su pueblo. El llamado es a cultivar intencionalmente vidas de humilde dependencia, oración constante y santidad práctica, para que su nombre sea glorificado.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Si son tan amables, vamos a nuestras Biblias en Segunda de Crónicas, capítulo 7. Vamos a estar considerando desde el verso 14. Segunda de Crónicas, capítulo 7. Hemos titulado el sermón de hoy: "Procurando la bendición de Dios."

Esta es básicamente la manera como me gustaría introducir. Yo estoy seguro de que todos nosotros vamos a estar de acuerdo en que anhelamos ser bendecidos. Esa es una realidad. Todo ser humano tiene ese profundo anhelo en su corazón de que pueda alcanzar bendición en esta vida. Yo diría que nadie en sus cabales, nadie se va a levantar una mañana deseando que las cosas le salgan mal. Yo creo que eso sería una locura.

El problema es este. A veces nosotros le llamamos bendición a cosas y a situaciones que luego, en el tiempo, resulta que no son tan buenas como pensamos. A veces nosotros usamos el término bendición y en realidad son criterios muy superficiales. A veces nos enfocamos únicamente en la necesidad de un momento y vemos cualquier cosa y llamamos a eso una bendición. Es una realidad. Para que algo sea una real bendición, Dios siempre tiene que ser parte de eso. Dios debe de estar incluido. Dios es el único que puede garantizar que lo que sea que esté en juego resulte, al final de la historia, algo bueno para nosotros.

Entonces la pregunta es esta: ¿A qué llamamos ser bendecidos por Dios? Si Dios es una parte esencial en ese anhelo de ser bendecidos, entonces la pregunta es: ¿A qué llamamos ser bendecidos por Dios? Bueno, hay un pasaje en la Biblia que dice que la bendición de Dios es aquella que enriquece pero que no trae tristeza con ella. Es un tremendo balance. A veces nosotros alcanzamos algo, pero la cuota de agonía, de sufrimiento que hay en medio de ella, lo invalida totalmente.

Cuando Dios bendice, el corazón se regocija, nosotros les decimos. Cuando Dios bendice, el resultado no se puede medir por lo que yo disfrute por fuera. El resultado debe medirse por lo que yo disfrute por dentro. Es algo que se mide por el deleite de mi alma, no por el deleite de mi cuerpo. Cuando Dios bendice, el resultado no puede medirse por un beneficio del momento, sino que debe ser un beneficio sostenible por el resto de mi vida. Cuando Dios bendice, el resultado no puede medirse porque yo obtengo lo que yo quiero, sino porque yo recibo lo que necesito. Muchas veces son dos cosas muy diferentes. En conclusión, cuando Dios bendice, el resultado es que terminamos más cerca de Él, terminamos conociéndolo más, disfrutándolo más, protegidos más por Él.

La pregunta otra vez es esta: ¿Cómo eso funciona? ¿Cómo yo alcanzo eso? ¿Cómo yo puedo ser bendecido por Dios? Y esa es la pregunta que intentaremos responder en este tiempo juntos aquí. Para eso hemos elegido este texto aquí en Segunda de Crónicas, capítulo 7. Yo quiero tomar un tiempo para poder establecer el contexto de lo que está sucediendo.

Aquí encontramos uno de los eventos más solemnes en la historia del pueblo de Dios, y es la dedicación del templo. Salomón, el rey, está haciendo esto. Los que conocen la historia bíblica lo sabrán. El pueblo de Israel estaba esclavo en Egipto. Dios lo liberó, pasaron 40 años por el desierto. Durante ese tiempo, mientras el pueblo se iba movilizando, lo que ellos tenían era una tienda de campaña, por así decirlo. Tenían un tabernáculo, un sitio movible donde Dios de alguna manera indicaba que su presencia estaba ahí. Por primera vez entonces se va a levantar un sitio fijo, un templo donde Dios habita. Estamos hablando de uno de los más grandes proyectos que encontramos en la historia del pueblo de Dios.

Salomón es el hijo del rey David. David quiso hacer esto. David deseaba levantar una casa para Dios. Pero en su gobierno, en su reinado, había estado involucrado en derramamiento de sangre. Y Dios dijo: "No, yo no quiero que seas tú. Eso lo hará tu hijo Salomón." Entonces aquí está Salomón en la dedicación de este templo. El proyecto tomó siete años y medio, y se empleó la mayor cantidad de obra humana que jamás podemos imaginar en esta historia. Estamos hablando de que, después de tanto tiempo, de tanta espera, este es el servicio donde van a dedicar el templo.

¿Se lo pueden imaginar? La solemnidad que había aquí. Ustedes deben imaginarse el gran acontecimiento que está sucediendo. Yo creo no exagerar al decir que es uno de los eventos más importantes de la historia del pueblo. Yo quiero tomarme un momentito para leerles la descripción que encontramos en la Biblia de lo que estaba pasando. Venimos aquí en Segunda de Crónicas, capítulo 7. Todo esto es como introducción a lo que vamos a ver hoy.

Segunda de Crónicas, capítulo 7, dice el verso 1: "Cuando Salomón terminó de orar, descendió fuego desde el cielo y consumió el holocausto y los sacrificios, y la gloria del Señor llenó la casa." Voy a imaginar esto. Yo les decía en el servicio pasado: no sé si usted ha tenido la oportunidad de ir a un concierto. Voy dando un concierto algo bien organizado, grande, con figuras famosas. Usualmente lo que pasa es esto: hay muchísima gente que empieza el concierto, sobre todo porque la gente llega tarde. Pero ya cuando llega la hora y va a salir el artista que todo el mundo vino a ver, bueno, por eso es una introducción, sale humo. Muchas veces se lanzan al individuo del aire, se inventan muchísimas cosas. Yo no estoy hablando de humo aquí. Fuego del cielo salió. Consumió todo el holocausto, la gloria de Dios se hizo presente. ¿Pueden imaginar eso?

Para un momento, para ver algo más. Mire la descripción. Verso 2: "Los sacerdotes no podían entrar en la casa del Señor, porque la gloria del Señor llenaba la casa del Señor." La presencia de Dios, véala ahí. "Y todos los hijos de Israel, viendo descender el fuego y la gloria del Señor sobre la casa, se postraron rostro en tierra sobre el pavimento, y adoraron y alabaron al Señor diciendo: 'Ciertamente Él es bueno, ciertamente su misericordia es para siempre.'" Entonces el rey y todo el pueblo ofrecieron sacrificio delante del Señor.

¿Qué tan grande fue el sacrificio? Verso 5: "Y el rey Salomón ofreció un sacrificio de 22,000 bueyes y 120,000 ovejas. Así dedicaron la casa de Dios el rey y todo el pueblo." Los sacerdotes estaban en sus debidos lugares, también los levitas con los instrumentos de música para el Señor, los cuales había hecho el rey David para alabar al Señor, porque para siempre su misericordia, cuando David ofreció alabanza por medio de ellos. Los sacerdotes tocaban trompetas frente a ellos, y todo Israel estaba de pie. ¿Van tomando una idea de cuál es el evento que estamos considerando aquí?

Todo el pueblo de Dios. Y dice el verso 7, estaba una función especial de Salomón como rey: "Salomón consagró también la parte central del atrio que estaba delante de la casa del Señor, pues allí había ofrecido los holocaustos y la grosura de las ofrendas de paz, porque el altar de bronce que Salomón había hecho no podía contener el holocausto, la ofrenda de cereal y la grosura." Y Salomón celebró la fiesta en aquella ocasión por siete días.

Si usted se encuentra en el servicio de la Biblia, ¡atienda esto! Este fue un culto que duró siete días, y todo Israel con él. Una asamblea muy grande que vino desde la entrada de Hamat hasta el torrente de Egipto. Y al octavo día, verso 9, tuvieron una asamblea solemne, porque habían celebrado la dedicación del altar por siete días y la fiesta por siete días. El día 23 del mes séptimo, Salomón envió al pueblo a sus tiendas, gozosos y alegres de corazón por el bien que el Señor había mostrado a David, a Salomón y a su pueblo. Estamos hablando de algo impresionante. El servicio de dedicación de este templo, que históricamente se estaba esperando.

En el lenguaje dominicano, esto fue un éxito. Todo salió como estaba planificado. Si viviéramos hoy, estaríamos hablando de cuánta gente se conectó en el internet, cuántos likes dieron en Facebook, los speakers del evento, la comida. Nosotros, los dominicanos, no podemos hacer nada sin comida, así que para evaluar un evento, aunque sea religioso, se habla de comida. No entiendo por qué, pero así es. Fue un éxito.

Y después de esto se viene una de las cosas más especiales del relato. Dice el verso 11 y 12: "Así acabó Salomón la casa del Señor y el palacio del rey, y llevó a cabo todo lo que se había propuesto hacer en la casa del Señor y en su palacio." Verso 12: "Y el Señor se apareció a Salomón de noche." Esto es muy importante. Esta es la segunda vez que encontramos en el relato bíblico que Dios se aparece a Salomón.

La primera vez sucedió justo cuando comenzó su reinado. Los que conocen la historia bíblica sabrán que el padre de Salomón, David, ya estaba descendiendo en su gobierno y surgió Salomón. ¿Saben qué edad tenía Salomón cuando comenzó a reinar? Los estudiosos de la Biblia creen que tenía entre 17 y 19 años, y era el rey de una de las naciones más poderosas. Entonces Dios se le apareció y le hizo esta pregunta: "Salomón, ¿qué tú quieres? Pídeme lo que tú quieres que yo te lo dé." Salomón era un joven temeroso de Dios. Le dijo a Dios: "Yo lo que quiero es que tú me des un corazón entendido, un corazón sabio para yo manejar un pueblo tan grande, porque yo no sé ni cómo salir ni cómo entrar, yo no tengo idea de cómo voy a manejar esto. Así que yo te pido esto: dame sabiduría, un corazón entendido."

Y dice la Biblia que Dios se agradó tanto en la petición de Salomón que no solamente lo hizo el hombre más sabio que existía en ese tiempo, sino que también le dio lo que él no pidió: le dio riquezas, le dio fama, estuvo con él en su gobierno. Entonces, ahora muchos años después, ya Salomón no es un adolescente de 19 años, ya tiene experiencia de vida. Ahora está Salomón en uno de los eventos más importantes, y otra vez Dios se le aparece.

Ahora la pregunta es: ¿qué le dijo Dios? Bueno, hay dos cosas que encontramos que Dios quería comunicar a Salomón. Lo primero es que Dios le quiso decir: "Salomón, ¿sabes qué? Usted me ha honrado, me han construido esta casa. Yo quiero decirle que he aceptado eso como morada." Míralo aquí.

Versículo 12: "Y el Señor se le apareció a Salomón de noche y le dijo: yo he oído tu oración y he escogido para mí este lugar como casa de sacrificio." Eso fue la primera parte.

Ahora la segunda parte no era como se esperaba. La segunda parte no fue que Dios vino impresionado. Dios no lo iba a felicitar a Salomón diciendo: "¡Wow, qué montaña! El humo me encantó. El sonido, la organización." No, Dios no se impresionó. Dios le dijo a Salomón: "Yo quiero ahora que tú hables al pueblo y que tú les expliques a mi pueblo cómo yo funciono, cómo yo me relaciono con el pueblo." Yo quiero, Salomón, que tú les expliques que yo sigo siendo el Dios soberano, el Rey del Universo, y que yo gobierno, que lo he creado conforme a mi voluntad. Y yo quiero que tú les expliques a mi pueblo que yo espero de ese pueblo, de tal manera que yo pueda seguir bendiciendo.

Vean lo que Dios le dio. Verso 13 y catorce: "Si yo cerrara los cielos para que no haya lluvia, o si mando la langosta a devorar la tierra, o si envío la pestilencia entre mi pueblo... y se humilla mi pueblo sobre el cual es invocado mi nombre, y oran, y buscan mi rostro, y se vuelven de sus malos caminos, entonces, y solo entonces, yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados y sanaré su tierra."

Nosotros decimos entonces. Hay cuatro aspectos aquí que Dios da a Salomón, que en cierta manera encierran el proceso que Dios sigue para bendecir a su gente. No estamos diciendo que eso es una receta, que si usted hace eso hay una garantía de que eso pasará. Pero yo creo que puede ser importante que como iglesia examinemos cuáles son los aspectos que comúnmente se dan en el pueblo de Dios cuando Dios bendice a su pueblo. Lo que yo quiero que examinemos es cuál es el llamado que Dios hace a su pueblo para que haya una expectativa racional de ser bendecido.

Entonces el estudio lo he dividido en dos puntos. Primero, el llamado de Dios establecido: ¿qué pide Dios? Segundo, la promesa de Dios de bendición: ¿qué dará Dios? Y tercero, un punto de aplicación, simplemente para que podamos poner en práctica estas cosas.

Así que el primer punto: el llamado de Dios establecido. Lo que miramos aquí en el texto es que antes de que el pueblo de Dios pueda experimentar una especial bendición, hay cuatro aspectos que deben ser exhibidos. El pueblo que Dios bendice espiritualmente es el pueblo al que Dios hace un llamado especial. ¿Cómo es ese llamado? Hay cuatro cosas en ese llamado.

Lo primero que dice es que es un llamado a la humildad. El pueblo que Dios bendice es un pueblo humilde. Dice el verso 14: "Si se humillare mi pueblo sobre el cual mi nombre es invocado." En el hebreo en que se escribió el Antiguo Testamento, la palabra que se usa aquí, "se humillare", indica alguien pequeño que se coloca bajo alguien más grande. Es alguien que ve su pequeñez y se pone, por así decirlo, bajo la protección de otro más grande. Lo que yo creo que está indicando es que el pueblo al que Dios bendice es un pueblo que siempre recuerda lo que Dios es.

¿Quién es el Dios a quien servimos? Nosotros servimos a un Dios que es grande. Es un Dios soberano. Es un Dios eterno. Es un Dios glorioso. Su poder es tan grande que Él sustenta todo lo creado por el poder de su palabra. La pregunta es: ¿cómo es el Dios a quien tú sirves? ¿Cómo tú imaginas a ese Dios? ¿Cuál es la visión que tú tienes de ese Dios?

Déjame ayudarte. Mira conmigo en Isaías, capítulo 40, por favor. Muy brevemente. Isaías, capítulo 40. En este pasaje encontramos cómo Dios se revela a sí mismo. Esto es impresionante porque esto corrige y ayuda nuestra visión de lo que Dios es. Escuchen lo que dice el verso 12, hablando de Dios: "¿Quién midió las aguas en el hueco de su mano?" Los océanos. "Con su palmo tomó la medida de los cielos. Con un tercio de medida calculó el polvo de la tierra. Pesó los montes con la báscula y las colinas con la balanza. ¿Quién guió al Espíritu del Señor o como consejero suyo le enseñó? ¿A quién pidió consejo? ¿Quién le dio ese entendimiento?"

Dice el verso 15: "He aquí que las naciones son como una gota en un cubo, y son estimadas como el grano de polvo en la balanza." Él levanta las islas como al polvo fino. Verso 17: "Todas las naciones ante Él son como nada." ¿Y qué significa eso de nada? Menos que nada. Insignificantes son consideradas por Él. Dice el verso 21: "¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿No lo han anunciado desde el principio? ¿No lo habéis entendido desde la fundación de la tierra?" Él es el que está sentado sobre la redondez de la tierra, cuyos habitantes son como langostas. Él es el que extiende los cielos como una cortina.

¿Han visto ustedes en la sala de algunos de nuestros hogares que para protegerse del sol ponen unas cortinitas? Yo no sé cómo se llaman exactamente, pero el punto es que cuando queremos luz abrimos la cortina. ¿Saben lo que hace Dios con los cielos? Él los abre así, como si fueran una cortina. Es el Dios en el cual hemos creído. Y dice el verso 28: "¿Acaso no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? El Dios eterno, el Señor, el Creador de los confines de la tierra, no se fatiga, no se cansa. Su entendimiento es inescrutable." Es ese gran Dios al que servimos.

El problema nuestro es que no vemos a Dios así. Algunos de ustedes saben que todavía mi familia y yo tenemos residencia en Arizona. Una de las atracciones más grandes del estado de Arizona es algo que llaman el Gran Cañón. El Gran Cañón es un hoyo inmenso. Para dar una idea, tiene 446 kilómetros de longitud. ¿Qué tan grande es eso? Yo estuve buscando en el internet y nuestra isla, incluyendo Haití y República Dominicana, desde el extremo este hasta el extremo más lejano al oeste en nuestro país hay 390 kilómetros. 1.600 metros de profundidad. Eso es un asunto que cuando usted va... y esa es la experiencia que a mí me gusta ver en la gente.

Usualmente cuando viene gente de visita, el Gran Cañón es el sitio obligado a llevar a los visitantes. Entonces lo que pasa es que después de ir manejando usted llega al Gran Cañón, se topa con ese abismo, y usted se para así. Usualmente hay cinco minutos en que usted no habla. Y usted se queda viendo ese asunto. Y entonces la gente me dice: "¿Y para qué sirve el Gran Cañón?" Para eso mismo. Para que usted se ubique. A uno se le va el orgullo. Cuando uno ve esta cuestión, uno sale chiquitito de ahí.

El problema nuestro es ese. No pensamos en Dios. No pensamos en su creación. Escuchen esto: Dios creó el universo y lo sustenta. Saben lo que es el universo. El universo está compuesto por millones de galaxias. Van a aprender un poquito de geografía aquí. Millones de galaxias, ¿ok? Eso es el universo. Una de esas galaxias, una de millones, es la Vía Láctea. La Vía Láctea tiene millones de estrellas, millones. Una de esas estrellas es el sol, el sistema solar. En el sistema solar hay muchísimas cosas, pero de lo que sabemos hay ocho planetas conocidos. Uno de esos planetas es la tierra.

Entonces escucha esto: la Vía Láctea es un puntito en el universo. El sistema solar es un puntito en la Vía Láctea. La tierra es un puntito en el sistema solar. Y hay gente que se siente grande porque tiene un solar. Ese es el problema. Cuando nos hacemos conscientes de lo que Dios es, eso sensibiliza nuestras conciencias para recordar lo que somos. Somos gente finita, mortal. Cuando nos hacemos conscientes de lo que Dios es, esto puede producir un santo temor, una reverencia a ese Dios. Eso debe producir en nosotros una santa humillación. Es venir a Dios y decirle: "Tú eres Dios. Nosotros somos gente mortal, creada, que dependemos de ti cada minuto y segundo de nuestras vidas."

Dios dice: el pueblo que yo voy a bendecir es un pueblo que se humilla en reverencia. Que reconoce lo que es. Dice Santiago: "Dios da mayor gracia. Por eso Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes." Dios espera de nosotros humildad. Entonces el pueblo al que Dios bendice espiritualmente es el que contempla con asombro su majestad. Es el que distingue su superioridad, su supremacía. Es el que tiene un vivo recuerdo de su grandeza, de su poder. Es el que se somete humildemente a su perfecta voluntad. El pueblo al que Dios bendice es un pueblo que continuamente está proclamando la grandeza de su nombre.

Entonces, ¿cuál es el llamado del pueblo de Dios? Dios dice: "Si se humilla," pero eso no es solo. En segundo lugar dice: "y oraren." Es un llamado a la oración. Si veo mi pequeñez y veo la grandeza de Dios, entonces el paso obligado es orar, pedirle. Dios puede hacer lo que yo no puedo hacer. Dios tiene lo que yo no tengo. Dios está disponible para mí. Yo voy a ir en humildad. Debemos ser gente de orar. Debemos ser un pueblo de oración.

El Señor Jesucristo ilustró esa verdad en Juan 15: "Yo soy la vid, vosotros los pámpanos. El que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto. ¿Por qué? Porque separados de mí nada podéis hacer." Nada. El pueblo que Dios bendice practica la oración. Es un pueblo que está en constante comunicación con Él. Es un pueblo que está consciente de su gran necesidad. Es un pueblo que conoce la misericordia de Dios y por eso va a Él. Es un pueblo que continuamente está dispuesto a honrar a Dios y darle gloria, teniéndole como su protector, como su escudo, como su fuente de bendición. La oración es la única manera de hacer la bendición de Dios sostenible. Si aprendemos a acercarnos más a Dios, a practicar más esa dependencia humilde de Él, seremos un pueblo de oración.

En tercer lugar, es un llamado a la devoción. Miren conmigo otra vez 2 Crónicas 7. Yo creo que leamos el versículo. 2 Crónicas 7, verso 14. Dice: "Si se humilla mi pueblo sobre el cual es invocado mi nombre, y oran, y buscan mi rostro." En el original hebreo la traducción sería: "Si me desean."

Una cosa es orar a Dios por mis necesidades y porque lo necesito, y otra cosa es desear a Dios. Son dos cosas muy diferentes. La idea es llegar a una condición como pueblo de Dios en que Él es la principal prioridad en nuestras vidas. Dios termina siendo el anhelo más profundo de mi corazón. Dios nos capacita para experimentar que ninguna vida es más hermosa, que ninguna vida es más importante, que ninguna cosa es más necesaria que una vida que le disfruta, una vida que le desea.

Alguien decía: "El verdadero tesoro de un hombre deberá ser medido por las cosas que él busca. Tu tesoro es lo que buscas." Yo te pregunto: ¿cuál es el tesoro de tu vida? ¿Qué es eso que te consume por dentro? ¿Qué es eso que desde que tú te levantas hasta que te acuestas es todo lo que desea tu corazón? ¿Qué consume tus principales energías? ¿Qué es lo que demanda tus más frescos pensamientos, tus anhelos, tus sueños? ¿En qué gastas tu vida? Lo que sea que sea la respuesta a eso, eso es tu Dios.

Entonces, hablamos de un pueblo que determina no tener dioses ajenos delante de Él. Hablamos de un pueblo que determina amarlo con una pasión que va más allá del deber. Nosotros no amamos a Dios porque debemos; nosotros amamos a Dios porque nos deleita amarle, porque nos gozamos con Él. Es un pueblo que determina seguirle con una gozosa y libre sumisión a su voluntad.

Está enamorado. Yo recuerdo cuando estaba enamorado de mi Morena —y estoy enamorado—, cuando empecé a enamorarme de ella. Para no meterme en problemas, mi mamá me decía: "¿Qué pasó con ese muchacho? ¿Perdió la cabeza?" Yo no me imagino que había que decirme: "Tienes que ir a visitar a tu novia." No, a mí había que decirme: "Tienes que salirte de tu casa." Eso es pasión.

El problema nuestro es que tenemos demasiados afanes en esta vida. Tenemos muchas cosas que nos distraen. Tenemos muchos obstáculos que impiden una real devoción con Dios. Y cuando esas cosas no se tratan adecuadamente, aun el deleite en Dios se vuelve una teoría. No hay pasión. Nosotros vivimos en una generación donde estamos bombardeados con las redes sociales. Yo estuve analizando una investigación que salió el año pasado, realizada por una compañía americana en América Latina, y ellos llegaron a la conclusión de que la persona promedio gasta cada día dos horas en las redes sociales. Dos horas. Y yo pregunto: si nada de esas dos horas está relacionada con Dios y su Palabra, ¿de dónde habrá pasión por Dios? ¿De dónde aparecerá la energía? ¿De dónde aparecerán los sentimientos, las emociones, los sueños para hacer eso?

Entonces, el pueblo a quien Dios bendice espiritualmente es aquel que determina enamorarse de Él. Es el pueblo que determina vivir más cerca de Él cada día, disfrutarlo por siempre, llegar a ser su deleite, su satisfacción en esta vida. Y de nuevo, mi pregunta a ti hoy es: ¿cómo está tu pasión por Dios? ¿Cómo está tu pasión por Dios? ¿Qué tanto tú disfrutas a Dios? ¿Qué tan satisfecho estás en Dios?

Dios es todo lo que necesitamos. Alguien decía: "Cristo más nada es igual a todo." En nuestra vida hay un vacío que solo Dios llena. Si ese vacío intentamos llenarlo de cualquier otra cosa, eso no va a funcionar, no importa lo que sea. Eso es como tratar de llenar una cisterna que está rota: mientras más le echo, más se pierde. Satisfechos en Dios.

¿Qué tanto deseamos a Dios? Cuando el rey David estaba contemplando esta realidad, escribió en el Salmo 16: "Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre." Plenitud de gozo, deleite para siempre. El mayor gozo posible, el mayor tiempo posible. Saben cuál es el problema que tenemos nosotros: que muchas veces las cosas que más disfrutamos duran solo un momentito. De hecho, la gente dice: "¡Ay, si no fuera por esos momentitos!" Son cortos. Pero en Dios tenemos plenitud de gozo, delicias para siempre. Es el mayor deleite que un ser humano puede experimentar.

Y finalmente, en el texto encontramos que el pueblo a quien Dios bendice tiene un llamado a la santidad. Dice el versículo 14: "...y oren, y busquen mi rostro, y se conviertan de sus malos caminos." Se regresan de sus malos caminos. El llamado es muy claro: Dios quiere que su pueblo pare de pecar, Dios quiere que su pueblo se aleje de los malos caminos. Lo que encontramos es un llamado de Dios que dice: "Examina tu vida, identifica aquellas cosas que no agradan a Dios, y déjalas; sal de ahí, abandona esos malos caminos." Es una ilusión óptica creer que Dios nos va a bendecir si estamos abrazando el pecado. Es una contradicción en la vida.

Cuando Dios se apareció a Salomón y le dijo: "Yo acepto estar aquí en este templo", había una realidad: "Salomón, dile al pueblo que tienen que abandonar su mal camino. Hay que devolverse." Necesitamos cultivar una vida de santidad. Todos estamos luchando con eso, nadie ha llegado; más bien, es la actitud que debemos tener. Si la meta es deleitarse en Dios, nosotros no podemos abrazar voluntariamente el pecar contra Él. Eso no va a funcionar.

Ezequiel, capítulo 18, dice: "Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel?" Y en Hechos, capítulo 17, en el mensaje del Evangelio: "Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan."

Entonces, el pueblo a quien Dios bendice es un pueblo que determina vivir una vida de santidad práctica. Es un pueblo que mira el pecado como una gran ofensa contra Dios. Es un pueblo que ve el pecado como la más terrible amenaza, porque le va a robar su gozo. Es un pueblo que elige voluntariamente apartarse de lo malo y vivir para la honra de su Dios. Cuando Jesús quiso explicar esa realidad, dijo: "Bienaventurados, felices, los que tienen limpio corazón, porque ellos verán a Dios."

Entonces, en primer lugar, ¿qué encontramos como llamado al pueblo que Dios bendice? Es un llamado a la humildad, es un llamado a la oración, es un llamado a buscar su rostro y deleitarse en Él, es un llamado a la santidad, a que se alejen de los malos caminos. La pregunta entonces es: ¿y Dios qué promete?

Vamos a nuestro segundo punto. Otra vez, 2 Crónicas 7:14: "Si se humillare mi pueblo sobre el cual es invocado mi nombre, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra." Ahora le toca a Dios. Es el turno de Dios, el Dios eterno, el Dios todopoderoso.

Lo primero que dice Dios es que escuchará. Eso es extremadamente importante. Eso es una gran bendición, porque escuchar es sinónimo de amar. Cuando Dios dice "te escucharé", es más que ponerte atención; es decir: "Te amo, voy a enfocar toda mi gloria y mi poder para hacerte el bien." Nosotros vivimos en una generación que ha gritado: "¿Hay alguien que me ame? ¿Hay alguien a quien yo realmente le importe? ¿Hay alguien que sin ningún interés quiera ayudarme?" La gente dice: "A mí nadie me escucha." Nosotros todos estamos demasiado enfocados en nosotros mismos; tenemos suficientes problemas para ocuparnos de los problemas de los demás. Es una generación que exhibe como nunca antes este grande sabor a soledad. Pero Dios dice: "Yo te escucharé."

Eso es tan importante que el rey David, siendo rey, le pedía al pueblo que orara por él cuando había situaciones muy difíciles, agonizantes. "Oren por mí." ¿Qué pedía David, el rey, que oraran por él? Dice el Salmo 20, solo lo voy a leer, verso 1: "Que el Señor te responda en el día de la angustia." Dice David: "Oren eso por mí, que el Señor me responda en el día de la angustia, que el nombre del Dios de Jacob te ponga en alto." ¿Quién de nosotros no ha pasado por eso? ¿Quién de nosotros no ha estado en esas situaciones dolorosas de aflicción, de pérdida, frustrado, sin ver salida a la situación? ¡Qué regalo más grande es saber que hay un Dios que nos escucha! ¡Qué regalo más grande es saber que Dios nos ama! ¡Qué regalo más grande es saber que hay alguien que responderá!

Y dice el Salmo 20 más adelante, versículos 7 al 9: "Estos confían en carros, y aquellos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria. Ellos flaquean y caen, mas nosotros nos levantamos y estamos en pie. Salva, Jehová; que el Rey nos oiga en el día que lo invoquemos." La más grande bendición es saber que hay un Dios que nos escucha. "Los ojos del Señor están sobre sus hijos, atentos sus oídos al clamor de ellos." Y dice la Escritura: "Sol y escudo es Jehová; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad."

Dice Dios: "Yo los escucharé desde los cielos." Pero hay algo más: "Yo los perdonaré." ¿Por qué esto es importante entender? Bueno, lo que hace el pecado en muchas facetas es que crea una distancia. Cuando nosotros pecamos contra alguien —un amigo, una amiga, un cónyuge, un hijo, lo que sea— una de las cosas que sucede es que inmediatamente, por la herida, se crea una distancia. Esa distancia puede ser física —algunas veces se separan—; otras veces es emocional: están juntos, pero hay distancia emocional. Cuando nosotros pecamos contra Dios se crea una distancia espiritual. No hay comunión con Dios. El perdón existe para resolver ese problema del distanciamiento.

Cuando Dios dice "te perdono", lo que Dios está diciendo es: esa distancia que ha creado el pecado entre nosotros, yo la voy a eliminar; te perdono, yo quiero que estemos cerca. Cuando nosotros practicamos la gracia del perdón, nos unimos y resolvemos esa distancia que hay. Por eso estamos llamados a perdonar cuando Dios perdona.

En una sociedad como en la que vivimos, donde la gente está más marcada por la culpa que por el gozo, es una bendición del cielo saber que Dios perdona. Es uno de los regalos más grandes que un ser humano puede alcanzar, un regalo del cielo. Dios perdona. ¡Ay, perdón, Jesús! Mi alma puede ser restaurada, en una comunión con Dios como nunca antes.

Y a nosotros, los hermanos, no estamos en el cielo todavía; pecamos aquí. ¿Qué debemos hacer? ¿Pedir perdón? Dice 1 Juan 1:9: "Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y para limpiarnos de toda maldad."

En el Salmo 32, el salmista experimentó eso que es la culpa en sí mismo, y esto fue lo que escribió. Dice el Salmo 32:1-2: "¡Cuán bienaventurado —la palabra es 'dichoso', 'feliz'— aquel cuya transgresión ha sido perdonada, cuyo pecado ha sido cubierto! ¡Cuán bienaventurado, cuán feliz es aquel a quien Dios no culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño!" Este hombre pasó por ahí y se estaba secando literalmente, estaba drenado en su alma, y llegó a un punto donde pudo alcanzar el perdón de Dios. Y él dijo: "¿Qué feliz, qué completo es aquel a quien Dios perdona?"

Y finalmente, Dios dice: "Yo sanaré eso. Te voy a escuchar desde los cielos, te voy a perdonar y voy a sanar tu tierra." Los estudiosos de la Biblia señalan que esta expresión se usa más para hablar de la protección de Dios, de la seguridad de Dios sobre su pueblo. Hay otros pasajes en la Biblia donde aparece la misma expresión. Por ejemplo, en Jeremías 33:6-7 —no lo busquen, yo lo voy a leer— dice: "He aquí que yo traeré salud y sanidad; yo los sanaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad. Yo restauraré el bienestar de Judá y el bienestar de Israel; yo los reedificaré como eran al principio." La idea aquí, entonces, es que Dios bendice a su pueblo porque Dios cuida de su pueblo; Dios es su escudo, Dios es su protección, Dios es su fortaleza en medio de la dificultad.

Aquí está el resumen. Cuando Salomón tuvo la oportunidad de hacer esa gran dedicación del templo, Dios descendió —esa es la escena— y Dios le dijo: "Yo escuché todo eso. Voy a hacer mi morada aquí. Pero hay algo que yo necesito que el pueblo entienda: la manera como yo funciono como Dios, yo soy soberano del universo, y hay algunos aspectos que yo necesito que el pueblo exhiba para poder bendecirlo." Tienen que mostrar humildad. Tienen que practicar la oración. Tienen que buscar mi rostro, deleitarse en mí. Tienen que apartarse de lo malo. Entonces, yo los voy a bendecir. Yo los voy a escuchar desde el cielo. Yo voy a perdonar sus pecados. Yo voy a sanar su tierra. Vivirán bajo mi protección.

¿Qué aprendemos? Bueno, amada iglesia, yo creo que Dios está mostrando mucho favor entre nosotros. Yo creo que estamos siendo testigos de muchas misericordias de Dios; hay muchas evidencias en esta iglesia de la gracia de Dios. La Palabra está siendo predicada fielmente cada domingo. Veíamos en un video precioso el testimonio de gente transformada de la oscuridad a la luz. Dios, en su poder, está transformando a la gente. El Evangelio está siendo predicado en los rincones no solamente de este país y de América Latina, sino aún en otras naciones. Dios nos está visitando con su gracia y su poder.

La pregunta es esta: ¿Cómo vamos a responder a Dios como su pueblo? ¿Cómo vamos a cultivar más humildad para que la gloria sea para Cristo? ¿Cómo vamos a incrementar nuestra vida de oración, nuestra vida de devoción individual en nuestros hogares? ¿Cómo vamos a lograr, por su gracia, enamorarnos más de Él? ¿Cómo vamos a resolver como iglesia que vamos a hacerle guerra al pecado, que vamos a cultivar vidas más santas y agradables a Dios en Jesús?

Yo creo que Dios ha sido muy bueno con esta iglesia. Su gracia nos ha sostenido hasta aquí. Ahora el reto que tenemos es este: ¿Cómo vamos a seguir dependiendo de Él de manera intencional para que su presencia continúe con nosotros? ¿Qué vamos a hacer como pueblo, de manera intencional, para cultivar vidas que glorifiquen más su nombre?

Que Dios nos ayude para que podamos ser un pueblo que viva en una humilde dependencia. Que Dios nos ayude para que podamos cultivar una vida de más oración. Que Dios nos ayude para que podamos cultivar una vida de más devoción a Él. Que Dios nos ayude para que podamos apartarnos como pueblo del pecado. Y que al final nosotros podamos decir: Dios bendice a este pueblo, Dios escuchó las oraciones de los miembros, Dios sigue perdonando nuestros pecados, Dios continúa sanando y vivimos bajo su protección. Que Dios nos ayude a que su Palabra pueda ser practicada en los miembros, y que sea su nombre el que se engrandezca.

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Luis Méndez

Luis Méndez

Luis Méndez nació en Santiago, República Dominicana, y conoció al Señor mientras cursaba estudios universitarios en 1985. Sirvió como diácono en la Iglesia Bautista de la Gracia desde 1987 y fue llamado al ministerio pastoral en 1997, función que ejerció allí hasta 2006. Ese mismo año se trasladó con su familia a Minneapolis, MN, para recibir formación teológica en el Instituto Teológico de Bethlehem Baptist Church, bajo la guía del pastor John Piper. Tras completar sus estudios, sirvió como pastor y anciano hasta 2016. Actualmente forma parte del liderazgo de la IBI enfocado en consejería. Es miembro de ACBC y Life Coach certificado por la AACC, labor que ejerce parcialmente con organizaciones y personas, incluyendo jugadores hispanos de béisbol profesional. Está casado con Vilma desde 1988 y es padre de Raquel, Eva y Luis Jr. Su residencia se divide entre Arizona, EE. UU., y Santo Domingo, R. D