IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El llamamiento a la salvación y el llamamiento al sufrimiento no pueden separarse. Esta verdad atraviesa toda la Escritura y la historia de la iglesia: a mayores bendiciones, mayor la necesidad de participar en los padecimientos de Cristo. El apóstol Pablo lo experimentó de manera singular. Después de recibir revelaciones extraordinarias —ser arrebatado al tercer cielo y escuchar palabras inefables—, le fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que lo abofeteaba. No como castigo por haberse enorgullecido, sino como disciplina preventiva para que no llegara a enaltecerse. La naturaleza humana caída no tiene capacidad de manejar grandes bendiciones sin corromperse.
El 14 de agosto, un incendio destruyó el templo donde la Iglesia Bautista Internacional se había congregado por seis años. El pastor Miguel Núñez comparte que, tras dos semanas de oración y meditación, llegó a un entendimiento: la iglesia había sido grandemente bendecida por diez años, pero no había sido probada. Si Dios planea usarla de manera más amplia en el futuro, necesitaba humillarla primero. Para algunos esta disciplina fue correctiva —si se sentían orgullosos del crecimiento, las instalaciones o la doctrina—; para otros fue preventiva, preparándolos para recibir lo que viene sin enaltecerse.
Pablo rogó tres veces que Dios removiera su aflicción, pero la respuesta no fue eliminación sino transformación: "Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad". El pueblo de Dios no vive de explicaciones sino de promesas. Este es tiempo de humillación y rendición, no de anticipar victorias con orgullo. Solo así Dios puede preparar receptores santos de sus bendiciones.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Segunda de Corintios, capítulo 12, en el versículo 1: "El gloriarse es necesario, aunque no es provechoso; pasaré entonces a las visiones y revelaciones del Señor. Conozco a un hombre en Cristo que hace catorce años —no sé si en el cuerpo, no sé si fuera del cuerpo, Dios lo sabe— el tal fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco a tal hombre —si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe— que fue arrebatado al paraíso y escuchó palabras inefables que al hombre no se le permite expresar. De tal hombre sí me gloriaré, pero en cuanto a mí mismo no me gloriaré sino en mis debilidades. Porque si quisiera gloriarme no sería insensato, pues diría la verdad; mas me abstengo de hacerlo para que nadie piense de mí más de lo que ve en mí u oye de mí."
"Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón —escúchenme— para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee para que no me enaltezca. Acerca de esto tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí, y Él me ha dicho: 'Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.' Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte."
El catorce de agosto, a eso del mediodía más o menos, un grupo de nosotros fuimos sorprendidos por la noticia de que el templo donde nos habíamos congregado por el espacio de seis años había sido prácticamente destruido por el fuego. Por un fuego que comenzó de manera imperceptible. Y cuando llegamos al lugar —algunos de ustedes llegaron mucho primero que yo, ya que estaba fuera de la ciudad— pero aún después, horas después, algunos estaban llorosos; otros estaban cuestionándose el porqué de todo esto, cuestionamiento que ha continuado; otros estaban... alguien me decía: "Estamos como en el aire, necesitamos que nos hable."
Pero en medio de todo eso, sin embargo, había una cierta tranquilidad por otro lado, hasta cierto punto paradójica, porque había un entendimiento también entre toda la comunidad de que Dios estaba en medio de esto. Porque nada ocurre sin su consentimiento. Y esas palabras que ya he mencionado en otras ocasiones, y que dije al pastor Luis cuando me llamó donde estaba, le decía: "Bueno, Giovanni, Giovanni, bendito sea el nombre del Señor." Yo creo que es algo de lo que la iglesia poco a poco se ha ido también apoderando, de ese mismo sentir.
Yo le decía a Dios: "Yo no voy a preguntarte por qué." Porque es algo que yo he aprendido: que el área de más misterio en lo que tiene que ver con Dios en la relación con su pueblo es el área de la existencia del dolor, el sufrimiento, el mal, en manos de un Dios todo benevolente y todopoderoso. Por eso le decía: "Dios, yo no te voy a preguntar por qué. Lo que sí quiero decirte, Dios, es que yo no quiero salir de esta experiencia sin haber aprendido cada una de las lecciones que tú quieres que aprendamos."
En esta noche yo voy a decir algunas cosas del propósito de Dios en la tribulación de manera categórica, basado en su Palabra. Cosas que yo sé, que yo sé, que yo sé, porque su Palabra lo afirma una y otra vez. Y hay otras cosas que yo ni siquiera voy a abordar, porque pertenecen al misterio de la voluntad de Dios. Y no quiero entrar en el área de la especulación, porque no quisiera oír las palabras de Dios para los amigos de Job, cuando les decía: "No han hablado lo recto delante de mí."
Sin embargo, yo voy a aprovechar la oportunidad y compartir con ustedes. Número uno: eso que yo sé categóricamente por la Palabra del propósito de Dios en las tribulaciones. Y luego, en segundo lugar, yo les voy a dar mi entendimiento de lo que ha ocurrido. Noten esa diferenciación que yo he hecho: número uno, lo que yo sé de manera categórica; y número dos, mi entendimiento de lo que ha ocurrido. No producto de una visión, no producto de un sueño, producto de dos semanas de meditación, de oración, de escuchar, de analizar y de ver los acontecimientos que días después Dios comenzó a orquestar para nuestra iglesia.
Habiendo dicho eso, yo quiero introducir el texto de hoy. Es precisamente hablando de aquellas cosas que yo sé con certidumbre. Y para eso yo voy a usar la vida del apóstol Pablo. Pablo, en un momento dado, camino a Damasco, persiguiendo cristianos quienes estaban bajo angustia, quienes estaban bajo dolor producto de la persecución. Pablo, tumbado del caballo —asumimos, aunque el texto no dice que iba sobre un caballo— pero tumbado al piso, Dios le habla. Dios tiene una experiencia con él. Pablo queda ciego y entonces es dirigido a un lugar donde él tiene que esperar. Y al mismo tiempo Dios va a donde Ananías y le habla a Ananías. Y Ananías, conociendo la reputación de Pablo, no quiere ir. Y le recuerda al Señor graciosamente que Pablo tiene la reputación de ser un perseguidor de la iglesia.
Y escuchen las palabras del Señor para Ananías en Hechos 9:15-16: "Ve, porque él me es un instrumento escogido para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel. Escúchame ahora, porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre." Noten la relación que Dios hace entre el llamamiento y el instrumento que Él va a usar, junto con la necesidad de padecer por su nombre.
Yo quiero enfatizar esta noche una y otra vez la relación que existe, continua, directa, entre nuestro llamamiento a la salvación y nuestro llamamiento al sufrimiento. De una manera clara nosotros vemos eso en las páginas de la Biblia. De hecho, la ausencia de padecimiento en mi vida es probablemente mejor evidencia de que no estoy viviendo por su causa que lo contrario. Y este es el testimonio de la Biblia y de la historia de la iglesia por dos mil años.
Pero si pudiera decir: "Bueno, esa es la experiencia del apóstol Pablo, pero eso no tiene que ser la experiencia de cada cristiano", esta fuera una excelente conclusión de hermanéutica si no supiera más nada acerca de lo que acabo de decir. Pero cuando Pablo —el mismo apóstol de quien estoy hablando— le escribe a los filipenses para explicarles precisamente el llamamiento que ellos han recibido, en su carta, en el capítulo 1, versículo 29, dice: "Porque a vosotros se os ha concedido, por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él."
A vosotros se les ha concedido, se les ha dado una gracia, un privilegio. El creer en Cristo es una gracia que no todos tienen, y se les ha concedido junto con el privilegio de creer el privilegio de sufrir por Él. No lo puedes separar. Una cosa no puede ir divorciada de la otra. Los filipenses estaban atónitos de esta enseñanza. La gracia es un regalo, es un privilegio, y así es el padecimiento por su causa.
En esa misma carta a los filipenses —la carta del gozo— Pablo le dice en el capítulo 3, versículo 10, que él quería llegar a conocer la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte. Él quería llegar a participar del poder de la resurrección, pero quería llegar a participar como Él en su muerte. Él conoce algo que muchos de los hijos de Dios no conocen: la unión inseparable de estas dos cosas, el llamamiento a la salvación y el llamamiento al padecimiento.
Y bien, escúchenme: a mayores bendiciones, mayor la participación en sus padecimientos. Déjame decir eso otra vez: a mayores bendiciones, mayor la participación en sus padecimientos. Yo lo sé de manera categórica. Y yo voy a usar el texto de hoy para que nosotros comencemos a ver parte de lo que estoy diciendo.
Segunda de Corintios 12, el texto que acabamos de leer, a partir del versículo 2 hasta el versículo 4: "Conozco a un hombre en Cristo que hace catorce años —no sé si en el cuerpo, no sé si fuera del cuerpo, Dios lo sabe— el tal fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco a tal hombre —si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe— que fue arrebatado al paraíso y escuchó palabras inefables que al hombre no se le permite expresar." Grandes revelaciones, grandes manifestaciones, grandes bendiciones.
Versículo 7: "Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón —escúchenme— por esta razón, la grandeza de las revelaciones, de las bendiciones, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee para que no me enaltezca." Por esta razón. A mayores bendiciones, mayor la necesidad de participar en sus padecimientos.
El aguijón en la carne... mucho se ha dicho de lo que es. En eso yo no especulo, de áreas que yo no conozco, y que todos los académicos tienen dos mil años especulando. Nadie sabe lo que es esa espina o aguijón. Pero sí sé que en el griego esta palabra es "skólops" y significa no una espina, sino una estaca. Es algo grande, es algo doloroso, es algo poderoso. No es simplemente una espinita de un rosal. Esto es monumental, que ha sido permitido que llegue a la vida del apóstol Pablo.
La razón está aquí. La naturaleza nuestra, la carne, la naturaleza caída nuestra, no tiene la capacidad de manejar sin enorgullecerse grandes bendiciones o revelaciones. "Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee para que no me enaltezca." Esta dificultad, este impedimento, esta prueba, esta aflicción, le fue dada para que no se enalteciera.
Escuchen que el texto no dice "porque te habías enaltecido", sino "para impedir que te enaltezcas". Esta es una disciplina para Pablo, pero es preventiva. Y yo sé de manera también categórica por la Palabra que algunas disciplinas son preventivas y otras son correctivas. Esta es preventiva para el apóstol Pablo: para que no se enaltezca, no porque se había enaltecido. La otra noche yo oraba no por lo que pasó.
Oraba por entendimiento de este texto, para la predicación y exposición del mismo. Y en medio de la oración, trajo a mi mente un par de cosas que yo vi al entrar al templo. Esto no fue una visión; yo había visto esto en el templo el día que yo entré a inspeccionarlo, por así decir. Ustedes lo vieron, otros lo han comentado, algunos lo fotografiaron. Digo eso para que quede claro que esto no es una visión ni un sueño ni algo que yo me estoy inventando. Pero yo estoy orando, tampoco estoy orando por lo que pasó; estoy orando por el texto. Lo he leído, tenía horas reflexionando, quiero entenderlo bien, y en medio de eso el Señor trajo a mi memoria la foto. La imagen, gracias, del púlpito que permaneció con todo alrededor destruido, y las Biblias que permanecieron intactas. Y a través de este texto, el Señor trajo algo que me dio mucha paz y tranquilidad.
Y dado dos semanas de oración, dos semanas de meditación, dos semanas de estar en su Palabra como nunca antes, de estar en los Salmos como nunca antes, de escudriñar su corazón, yo quiero decirte, y este es mi entendimiento, no la palabra infalible de Dios: IBI había sido bendecida grandemente por diez años. IBI no había sido probada, y eso me habían oído decirlo más de una vez. Nuestra fe no había sido probada. Entiendo, por una serie de circunstancias que incluso han comenzado a ocurrir posterior al incendio, que aquella cosa por la que veníamos orando, puertas que estaban cerradas, en los próximos días comenzarán a moverse y abrirse de una manera rápida, para que quede claro que Dios estaba haciendo algo con nosotros y en nosotros.
Y entiendo también que Dios quiere usar la iglesia de una manera extremadamente grande en el futuro, pero si IBI no era humillada primero, no iba a poder manejar el lugar, el trabajo, la obra que Dios iba a hacer con ella, y se iba a enorgullecer quizás más de lo que pudiera haber estado hasta este momento. Esta disciplina para algunos ha sido correctiva y para otros ha sido simplemente preventiva. Pero yo voy a ayudarle quizás a comenzar a explorar cómo ha sido para su caso.
Si usted se sentía orgulloso de la iglesia, por las razones que fuera —orgulloso de su crecimiento, de su tamaño, de su facilidad, de su doctrina, de su enseñanza, de su liderazgo, de su adoración, de su proyección hacia afuera, como Dios nos ha ido llevando—, para usted esto es una disciplina correctiva. Iba por mal camino; esa no es la forma de recibir las bendiciones que Dios provee. "Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor", fueron las palabras de Jesús para aquel a quien Él sanó en Juan 5:14. Si tú has reconocido, producto de tu introspección en tu vida —olvídate de todos los demás—, que realmente tú has estado orgulloso de alguna manera, toma esto como una disciplina correctiva, y hoy humíllate delante de Dios. Vete a tu casa y no peques más, no sea que te ocurra algo peor.
Si usted se sentía orgulloso o superior a otras iglesias, a otros que comenzaron con usted, a otros que comenzaron antes que usted, pero usted entendía que los había alcanzado, los había sobrepasado, estaba disfrutando de bendiciones que ellos no tienen, si eso era parte de cómo usted se sentía, iba por un mal camino. Esto es una disciplina correctiva, porque no hay nada peor que unos gallos espirituales a etapa temprana de crecimiento. Si eso es así al principio, ¿qué pasaría después si Dios nos bendice más grandemente?
Ahora escucha. Si por otro lado tú te sentías indigno, inmerecedor, altamente agradecido, y te preguntabas continuamente: "¿Por qué tantas bendiciones?", esto es una disciplina preventiva para tu vida, para que cuando Dios lleve a la iglesia al próximo nivel, la próxima etapa, al próximo uso, tú no te enaltezcas, como Pablo fue prevenido de que así ocurriera.
Como parte de la interpretación de los hechos, yo entiendo que en los días cercanos Dios, después de haber preparado su iglesia, comenzará a moverse de manera rápida, abrirá puertas, hará cosas que queríamos que ocurrieran que hasta ahora no habían ocurrido. Esto no es producto de una profecía, de una visión, de un sueño. Esto es simplemente un entendimiento a través de su Palabra, de la oración, de la meditación y del análisis de las circunstancias que Dios ha comenzado a orquestar, y muchas de las cuales habíamos estado esperando.
El apóstol Pablo recibió una disciplina preventiva, y este apóstol describe su experiencia y dice que esta espina le fue dada; es un regalo, un regalo envuelto en papel de Satanás. "Me fue dada por Dios una espina, un aguijón, un mensajero de Satanás." La palabra en el original es "ángelos". Cada vez que el apóstol Pablo usa la palabra "ángelos" en sus cartas, en todas las ocasiones se refiere a un ángel. En este caso debía ser entonces un ángel de Satanás, por tanto un demonio que está orquestando, organizando muchas de las persecuciones, de las calamidades, de las dificultades por las cuales Pablo estaba transitando. "Ángelos" también ha sido traducido como "mensajero", para que Pablo no se enorgullezca de las revelaciones.
Esto que Pablo recibe, que viene vía Satanás, él lo ve como un regalo. Y ahora, si lo ves así, entiende mejor por qué todas las cosas cooperan para bien, aun aquellas que vienen vía emisarios de Satanás, cuando es Dios que las ha orquestado para tu beneficio y el mío. Pablo tenía un claro entendimiento de lo que estaba ocurriendo en su vida: las palizas, las persecuciones, los pleitos, la mala reputación de la cual él fue objeto —perdón—, fueron orquestadas en el ámbito espiritual. No hay duda de eso; Pablo lo atestigua. Permitidas por Dios con el propósito de que aquellas cosas que él había visto no lo enaltecieran.
Escucha cuánto sufrió Pablo en Segunda de Corintios 11, a partir del versículo 24: "Cinco veces he recibido de los judíos treinta y nueve azotes. Tres veces he sido golpeado con varas, una vez fui apedreado, tres veces naufragué y he pasado una noche y un día en lo profundo. Con frecuencia en viajes, en peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de mis compatriotas, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos. En trabajos y fatigas, en muchas noches de desvelo, en hambre y sed, a menudo sin comida, en frío y desnudez. Además de tales cosas externas, está sobre mí la presión cotidiana de la preocupación por todas las iglesias."
Yo no quiero pasar eso rápidamente; déjame revisar algunas cosas. Golpizas, palizas: siete. Tres de treinta y nueve latigazos, que era el castigo de los judíos; tres de palos, que era el castigo de los romanos; y una de apedreada, que era otro castigo de la ley de Moisés. Naufragios: tres, y en uno de ellos pasó todo un día y toda una noche en alta mar, probablemente agarrado de un madero, un pedazo del barco que probablemente se desprendió.
El apóstol Pablo enfrentó peligros mientras viajaba: ocho tipos. Peligros cruzando ríos —me imagino ríos crecidos—, peligro de ser asaltado, peligro por parte de los judíos, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, y peligros de falsos hermanos. En cuanto a trabajos y fatigas, muchas noches de desvelo. Me preguntaba: ¿desvelo preocupado, ansioso? No, quizás, quizás todo eso, pero quizás del dolor de las palizas, de los latigazos que le dieron, de las pedradas que recibió. Quizá del dolor no podía dormir. En hambre y sed, a menudo sin comida —oye, esto no era infrecuente—, a menudo sin comida, en frío y desnudez. Y la razón por la que está pasando por todo esto no es su pecado; es la predicación no adulterada de su Palabra y la oposición continua a los falsos maestros, a los falsos apóstoles que querían corromper la verdad de Jesucristo.
El Señor traía todo eso y traía la imagen del púlpito y traía sus Biblias intocadas. Y me hablaba a través de este pasaje.
La tradición nos dice cómo murieron los apóstoles y otros líderes. Mateo fue muerto a espada en un pueblo lejano de Etiopía. Marcos murió en Alejandría después de ser arrastrado brutalmente por las calles de la ciudad. Lucas fue ahorcado en un árbol de olivo en Grecia. Juan fue exiliado a Patmos, pero hubo un intento primero de freírlo en aceite caliente. Pedro fue crucificado con la cabeza para abajo. Jacobo el mayor fue decapitado en Jerusalén. Jacobo el menor fue tirado desde el templo y después golpeado hasta la muerte con un palo. Bartolomé fue frito en un sartén estando vivo. Andrés fue atado a una cruz desde donde predicó a sus perseguidores. Tomás fue traspasado con una lanza en la India, y Judas —no Iscariote— fue muerto a flechazos. Matías fue apedreado y luego decapitado. Bernabé fue apedreado en Salónica, y Pablo fue decapitado por Nerón.
¿Y quién dice que nosotros debemos tener una suerte diferente? Con razón el salmista dice en Salmo 34:19: "Muchas son las aflicciones del justo." Por su causa, por su Palabra, por no comprometer los estándares, por el pecado que ve y le provoca y le produce lo que le produce en su interior, porque no tolera la injusticia.
El tiempo que este país ha vivido nos ha dado un llamado a predicar la Palabra en medio de una generación perversa y torcida, como dice el apóstol Pablo a los filipenses. Nosotros tenemos una responsabilidad. Yo no sé si tú la sientes, pero es una responsabilidad que no me deja día y noche.
Tenemos una responsabilidad en medio de una generación cargada de falsos maestros, de falsos profetas, de levantarnos a exaltar su Palabra, a proteger su Palabra, a predicar su Palabra. Y quiero que sepan que cuando hoy por ahí dicen: "Qué bueno que le pasó lo que le pasó por estar denunciando los falsos profetas" —lo que ellos entienden como falsos profetas—, no me voy a cansar. Si tengo que dar mi vida, daré mi vida por causa del Evangelio, pero vamos a continuar defendiendo el Evangelio, así se quemen todas las iglesias que ocupemos. El que fue fiel a la Palabra vale eso y más. Esta gente que fue delante de nosotros, no les quemaron los templos, les quemaron sus vidas, los quemaron en la fogata. Y si eso es lo que nos va a ocurrir producto de defender su Palabra, a la fogata iremos. Y lo haremos gustosamente. Mi Señor, mi amo, mi Redentor, mi Dios fue a la cruz, y si tengo que ir a la cruz por Él, iré gustosamente a la cruz por Él. Es nuestro llamado.
Ahora, escúcheme. La persona que afligió a Job es la persona que afligió a Pablo: Satanás. Un emisario, un ángel, un demonio, lo que tú quieras, pero Satanás. Dios no persigue a sus hijos, Dios no martiriza a sus hijos, Dios no tortura a sus hijos, pero Satanás sí. Si pasó, por algo lo permite. Claro que lo permite, todo trabaja como parte de su orquestación y de sus propósitos. Y es por eso que ante eso nosotros tenemos que decir: "¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién ha conocido la mente del Señor? ¿O quién llegó a ser su consejero? ¿O quién le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar? Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén." ¡Oh profundidad de la sabiduría y del conocimiento de Dios!
El juicio de los hijos de Dios cayó sobre los hombros de su Hijo, y en lo adelante sus hijos deben esperar disciplinas preventivas o correctivas o ambas. Oye, la garantía que tenemos: las cosas malas cooperarán para bien, las buenas como mi salvación no las puedo perder, y las mejores están por verse en mi glorificación. Eso yo lo sé categóricamente por la Palabra de Dios.
Escuchen también: Job no tenía idea de lo que estaba pasando allá arriba entre Dios y Satanás, y nosotros tampoco. Ahora, Job sí sabía que Dios estaba en medio de esto. Pablo sabía más que Job; sabía que Dios estaba en medio de esto, pero sabía también que esto venía de Satanás, que esto era un mensajero de Satanás. Escuchen lo que Pablo, sabiendo lo que Job no sabía, escuchen lo que Pablo no hace. Pablo no va ahora donde Satanás y le dice: "Este es un mensajero tuyo, te reprendo Satanás, si tú piensas que me vas a desanimar, si tú piensas que me vas a parar, te equivocaste Satanás", como hoy la iglesia acostumbra hacer. No, fue donde la misma persona que Job fue: donde Dios. Yo no tengo nada que hablar con Satanás. Él no tiene parte ni suerte ni derecho en mi vida para yo hablar con pasajeros. El capitán de mi avión es mi Redentor; con Él hablo, con Él solicito audiencia, con Él es que permanezco. No me dirijo a Satanás. No tiene nada que decirme ni yo tengo nada que decirle ni que negociar con él. Él fue derrotado en la cruz por Jesucristo.
Job solicitó una audiencia con Dios y por mucho tiempo Dios no se la dio. Y cuando se la dio no fue una audiencia, porque Dios lo que hizo fue preguntarle a Job acerca de su creación, en esencia para decirle: "Job, si tú no entiendes ni siquiera la creación física y el mundo físico, mucho menos vas a entender el mundo espiritual. Déjame eso a mí, tranquilo, Job." Como dicen por ahí: tranquilo, quieto, como dicen por ahí. Al final Dios reprendió a los amigos de Job porque no hablaron correctamente. Reprendió a Job también porque había comenzado a escudriñar un área que él no entiende ni nosotros tampoco. Y Job al final dice: "Es que ahora yo entiendo que de oídas te había conocido, pero ahora mis ojos te ven. Ahora es cuando yo sé quién tú eres. Ahora yo sé a dónde yo debo ir."
"Pastor, pero es que yo no entiendo. Yo no entiendo por qué Dios no le dio una explicación a Job." La mejor respuesta es algo que leí en el comentario de Warren Wiersbe acerca de este texto. Yo lo quiero decir, pero voy a decirlo en inglés para aquellos que saben inglés y lo puedan saborear de esa manera, y luego te lo traduzco: "The people of God do not live on explanations, but on promises. The people of God do not live on explanations, but on promises." Esa es la razón por la que Job no necesitaba una explicación. El pueblo de Dios —Ibis, escúchame para el resto de tu historia— no vive de explicaciones, vive de promesas.
Escucha lo que dice el autor de Hebreos once, versículo trece: "Todos estos murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y aceptado con gusto desde lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra." Hebreos 11:36-40: "Otros experimentaron vituperios y azotes, y hasta cadenas y prisiones. Fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada. Anduvieron de aquí para allá cubiertos con pieles de ovejas y de cabras, destituidos, afligidos, maltratados —de los cuales el mundo no era digno—, gente tan fiel como esta, errantes por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas de la tierra. Y todos estos, habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa, porque Dios había provisto algo mejor para nosotros, a fin de que ellos no fueran hechos perfectos sin nosotros."
Vivimos de promesas. Aún no las recibimos, las creemos, porque Dios nunca ha faltado a su Palabra. No necesitamos las explicaciones. Su promesa me basta, me es suficiente. Yo la creo y entraré en gloria sabiendo que la recibiré. Él es fiel.
Pablo conocía que sus sufrimientos estaban siendo causados por un mensajero de Satanás. Como les dije, no habló a Satanás. Donde manda capitán no manda soldado; no tenía nada que hablar con él. Pablo sabía que él tenía una audiencia con Dios. Necesitaba una audiencia con Dios y él fue tres veces donde Dios. Dios le dio la audiencia tres veces y le pidió a Dios que le removiera este ángel mensajero de Satanás, a quien Pablo no está reprendiendo. Y él suplica, pero él sabe que Dios es el que tiene que decidir lo que va a pasar.
Acerca de esto dice Pablo en el versículo 8: "Tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí, y Él me ha dicho: 'Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.' Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí." ¿Escuchaste la respuesta de parte de Dios? "Te basta mi gracia." La respuesta de Dios no fue eliminación, fue transformación de la experiencia. La prueba fue mantenida, la gracia añadida, y la experiencia fue entonces transformada de tal manera que ahora él se sentía suficiente en medio de la prueba. Si Dios remueve la prueba de la vida de Pablo, se iba a enorgullecer dada la grandeza de las revelaciones.
Quizás algunos de ustedes, a nivel personal —podemos llegar en un momento a la iglesia, pero a nivel personal— han estado bajo prueba. Y quizás la razón por la que Dios no la ha quitado ni piensa hacerlo por un tiempo es porque si te la remueve ahora te hace más daño que si te deja la prueba. Yo no sé cuántos de ustedes han ido al mar, a los arrecifes, y cuántos de ustedes han hecho la observación que donde las olas golpean más duramente las superficies lucen más pulidas que en las rocas donde las olas pocas veces golpean. Así somos nosotros en nuestra vida de santificación. Mientras más esa área ha sido golpeada por las olas de Dios, más santificado yo luzco en esas áreas. Y las áreas donde yo no he sido golpeado, más puntiagudas y cortantes y afiladas permanecen. Por eso Dios tiene que dejarnos las olas, tiene que dejarnos estos mensajeros que nos abofetean, de tal manera que tú y yo no nos enaltezcamos de las bendiciones que Él provee.
Y yo estoy convencido: Dios nos va a usar grandemente. Pero este es el tiempo de humillarnos; de lo contrario quedaremos descalificados en el proceso. Candeleros han sido removidos. Y nosotros tenemos una oportunidad hermosa de responder bíblicamente como Dios quiere que respondamos: que nos humillemos delante de su presencia. Y que producto de la humillación Él pueda hacer en nosotros y prepararnos para esta próxima etapa, y que nosotros podamos dar la talla para la cual Él nos ha llamado. Su poder se perfeccionará en nuestra debilidad. Nuestra fortaleza, nuestra confianza, interfieren con el trabajo de Dios. Debilidad es un prerrequisito —escucha esta paradoja— debilidad es un prerrequisito para fortaleza. Entonces cuando soy débil, entonces soy fuerte.
Pablo puede ahora vivir con el aguijón. No solamente él puede vivir con el aguijón, él quiere vivir con el aguijón. Porque él sabe que este aguijón tiene un propósito y que ese propósito es santo y lo está manteniendo en el camino; le está impidiendo que se enaltezca. Dios se lo ha revelado. Él ha ido donde Dios, Dios le ha dicho: "No te lo voy a eliminar, voy a transformar la prueba." El problema nuestro es que siempre queremos eliminación de la dificultad, eliminación del dolor, eliminación del sufrimiento. Dios dice: "No, te basta mi gracia. Transformaré tu dolor, tu experiencia, tu dificultad en gloria. ¿Me crees?" Por su gracia.
Pastor, y entonces si a mayor nuestro compromiso con su causa en medio de una generación perversa y de labios torcidos, nos esperan mayores dificultades. Si tú oíste eso, me oíste bien. Yo no estoy esperando que las pruebas disminuyan en el futuro. Yo sé que yo sé que yo sé. A nivel personal, para comenzar por ahí, las pruebas y las presiones han ido en aumento en el último año y continuarán en aumento. De todo tipo, cosas que quizás algunos no conocen, o muchos, o todos no conocen.
A nivel de iglesia, si Dios ha de usarnos —y el tiempo lo probará o lo negará—, si Dios ha de usarnos, como yo entiendo que lo ha de hacer, yo no espero que las pruebas disminuyan. Apretémonos la correa, levantemos los jugos, los pantalones, pongámonos los tenis y aprestémonos para correr.
¿Y cómo vamos a hacer eso, Pastor? Como Pablo hizo. Segundo de Corintios 6, del 6 al 10: "En pureza, en conocimiento, en paciencia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en la palabra de verdad, en el poder de Dios, por armas de justicia, para la derecha y para la izquierda, en honra y en deshonra, en mala fama y en buena fama, como impostores pero veraces, como desconocidos pero bien conocidos, como moribundos y he aquí vivimos, como castigados pero no condenados a muerte, como entristecidos mas siempre gozosos, como pobres pero enriqueciendo a muchos, como no teniendo nada aunque poseyéndolo todo."
¡Aleluya! ¡Gloria a Dios! Bendito sea tu santo nombre, Dios. Gracias, Dios, por tu misericordia, por tu gracia, por tu poder, por tu bendición y por tu mano millonaria sobre nosotros. No la remuevas, Dios, no la remuevas. Y ahí venimos a entender cuándo estamos siendo disciplinados preventivamente y cuándo estamos siendo disciplinados de forma correctiva.
Ahora, escúchame bien, esto es importante para terminar. Esto es mi convicción, lo que te he comunicado hoy, pero no podemos abordar ese proceso enorgullecidos de que ahora que vamos a tener bendiciones, ahora es que el mundo va a ver, ahora que vamos a hacer por Dios. ¡Por Dios, no! Esta es la hora de la humillación, esta es la hora de la rendición, esta es la hora de la sumisión. Si tú quieres ver tu iglesia y tu nación sanada, esta es la hora de nosotros venir delante de Dios y decir: "Dios, yo quiero humillarme delante de ti, hoy me arrepiento."
Y de poquito en poquito hace eso, podéis a Dios: sana nuestra iglesia, sana nuestra tierra, Dios. Pero no puedes pedir eso si no es en humillación, en rendición, en entendimiento de que Él lo es todo y nosotros somos meros instrumentos. Que Dios necesita prepararnos para hacer buenos receptores y santos receptores de sus bendiciones.
Que si Dios nos lleva a ser una iglesia más grande, mejor provista, con impacto más grande, que nunca se oiga entre nosotros, que nunca se piense entre nosotros que somos mejores, que somos superiores, que tenemos lo que otros no tienen, que tenemos mejor doctrina, que tenemos mejor liderazgo, que tenemos mejor organización, que tenemos mejores músicos, mejores cantantes, mejor este instrumento, que tenemos, que tenemos, que tenemos. Que se oiga delante de Dios todo el tiempo: "¿Por qué? ¿Por qué me bendijiste tanto? No lo entiendo, no soy digno, no soy merecedor, pero gracias por tus bondades, gracias por tus misericordias."