IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Cuando el pueblo de Israel regresó del exilio en Babilonia, lo primero que hizo no fue construir sus casas ni organizar un ejército para defenderse de los pueblos hostiles que los rodeaban. Aterrorizado, sí, pero con las prioridades claras, este remanente levantó un altar. Antes que cualquier otra cosa, la adoración. Ese es el patrón que Dios estableció desde el principio: Caín y Abel ofreciendo sacrificios, Noé al salir del arca construyendo un altar, Abraham al llegar a Canaán haciendo lo mismo. La vida de adoración no es un complemento de la fe; es su centro.
Lo que sorprende de este pueblo que vuelve después de setenta años de castigo es que no regresa resentido ni amargado. Celebran la fiesta de los tabernáculos, dando gracias a Dios por su protección durante los cuarenta años en el desierto. Cantan que Dios es bueno y que su misericordia permanece para siempre. Han aprendido algo en Babilonia: que ellos fueron los que fallaron, no Dios. Y regresan no como individuos aislados, sino como comunidad, organizados por familias y pueblos, como un solo hombre.
Cuando los cimientos del nuevo templo fueron echados, hubo quienes lloraron recordando la gloria del templo anterior, y hubo quienes gritaron de alegría mirando hacia adelante. El profeta Hageo les dice: no temáis, mi Espíritu permanece con vosotros. Hoy no hay un templo de piedra que construir, pero cada creyente es templo del Espíritu Santo. La pregunta que el pastor Núñez deja es directa: si alguien pudiera examinar los cimientos de tu vida —la verdad que abrazas, los valores que celebras, el estilo de vida que llevas—, ¿habría motivo para regocijarse o para entristecerse?
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El capítulo 2 de Esdras y el capítulo 3 tienen una parte de la historia del pueblo que, sobre todo en su totalidad, haría sumamente difícil quizás tratar de exponer la idea aquí de manera detallada. Yo voy a leer entonces simplemente del capítulo 3 los primeros ocho versículos y luego, como devolvernos, tratar de integrar en la exposición el dos y el tres de una manera que el dos no nos resulte pesado pero que tampoco le pasemos por encima.
Capítulo 3, versículos 1 al 8: "Cuando llegó el mes séptimo y los hijos de Israel estaban ya en las ciudades, el pueblo se reunió como un solo hombre en Jerusalén. Entonces Jesúa hijo de Josadac, con sus hermanos los sacerdotes, y Zorobabel hijo de Salatiel con sus hermanos, se levantaron y edificaron el altar del Dios de Israel para ofrecer holocaustos sobre él, como está escrito en la ley de Moisés, hombre de Dios. Y asentaron el altar sobre su base porque estaban aterrorizados a causa de los pueblos de aquellas tierras, y sobre él ofrecieron holocaustos al Señor, los holocaustos de la mañana y de la tarde. Y celebraron la fiesta de los tabernáculos como está escrito, con el número diario de los holocaustos conforme a lo prescrito para cada día, y después ofrecieron holocausto continuo y los de las lunas nuevas, los de todas las fiestas señaladas del Señor que habían sido consagradas, y los de todos aquellos que ofrecían una ofrenda voluntaria al Señor. Desde el primer día del mes séptimo comenzaron a ofrecer los holocaustos al Señor, pero los cimientos del templo del Señor no se habían echado todavía. Entonces dieron dinero a los canteros y a los carpinteros, y alimento, bebida y aceite a los sidonios y a los tirios para que trajeran madera de cedro desde el Líbano por mar hasta Jope, conforme al permiso que tenían de Ciro, rey de Persia. En el segundo año de su llegada a la casa de Dios en Jerusalén, en el mes segundo, Zorobabel hijo de Salatiel y Jesúa hijo de Josadac, y los demás de sus hermanos, los sacerdotes y los levitas, y todos los que habían venido de la cautividad a Jerusalén, comenzaron la obra y designaron a los levitas de veinte años para arriba para dirigir la obra de la casa del Señor."
Hoy continuamos esta serie en el libro de Esdras, que tiene que ver con el retorno del pueblo judío después de setenta años de esclavitud en Babilonia. La intención, cuando tú llegas al capítulo 2 de Esdras y probablemente la mayoría de los lectores comienzan a ver esta lista que parece interminable de personas, de familias que vienen de regreso —los hijos de Fulano, los hijos de Sutano—, la intención de la gran mayoría de los lectores es ignorarlo y seguir al capítulo 3. Y honestamente esa fue mi intención y mi tentación, porque se hace tan difícil para fines de predicación tratar de revisar esta lista interminable de nombres de personas y de familias.
Y otra idea tuve de hacer eso, hasta que me recordé que si ciertamente Esdras fue quien escribió estos nombres de familias, no era menos cierto que quien los inspiró fue el Espíritu de Dios. Y ya el Espíritu Santo nos había dicho que toda Escritura es útil para enseñar, reprender y corregir, de tal manera que si Dios se había tomado la molestia de emplear setenta versículos de la Biblia para describir nombres y familias, alguna intención de enseñanza debió haber tenido Dios cuando plasmó estas palabras. Y entonces tuve que revolverme, meditar, reflexionar, revisar esos nombres y tratar de ver qué Dios pudiera enseñarnos.
Con eso yo quiero simplemente introducir el capítulo 2, que comienza de esta manera: "Estos son los hijos de la provincia que subieron de la cautividad, de los desterrados que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado cautivos a Babilonia, y que volvieron a Jerusalén y a Judá, cada uno a su ciudad." Estos son los que habían sido llevados cautivos, que habían pasado setenta años en cautiverio y que ahora regresaban. Luego se nos dan unos nombres de líderes. Se nos habla de Zorobabel, que llegó a ser el gobernador del pueblo. Se nos habla de alguien de nombre Jesúa, que luego Esdras menciona como el sumo sacerdote. Nos da el nombre de Nehemías, pero no el Nehemías que conocemos, sino alguien que no sabemos quién era. Se nos habla de un Mordecai, que tampoco es el Mordecai del libro de Ester, alguien que tampoco sabemos quién era. Pero sabemos algo de Zorobabel, el gobernador, de Esdras el escriba, y de Jesúa el sumo sacerdote.
Luego viene esta serie interminable de nombres que yo quiero simplemente agrupar de manera resumida. Hay un número de familias enlistadas en los versículos 3 al 20. Hay otro grupo de personas mencionadas por el pueblo de procedencia, de donde venían, en los versículos 21 al 35. Luego vienen los sacerdotes, del 36 al 39. Luego los levitas, del 40 al 42, y dentro de los levitas se mencionan los cantores, los porteros que van a estar a cargo de las puertas del templo, y los sirvientes o servidores del templo. Luego los hijos de los sirvientes de Salomón, versículos 55 al 57, y un grupo de individuos que entendían que eran sacerdotes, descendientes del levita, pero cuya descendencia no pudo ser encontrada. Y al final del capítulo 2, en los versículos 64 y 65, se nos dice que el total de estos individuos que se proponían regresar era 49.987.
Si yo hubiese leído esa lista aquí delante de ustedes, hubiese sido muy tedioso, pero esta lista de genealogías algunas enseñanzas debían tener. En primer lugar, yo quiero que veamos que con toda probabilidad esta lista de individuos serviría para determinar quiénes tenían derecho legítimo a reclamar la propiedad. Porque en el pueblo judío era inconcebible pensar que la tierra pasara de una familia a otra; la tierra estaba supuesta a permanecer dentro de la familia, y las generaciones posteriores tenían el derecho de reclamar la propiedad de generaciones anteriores.
Hasta el punto que, antes de irse al exilio, estando la ciudad de Jerusalén rodeada y sitiada, a días de caer, sabiendo Jeremías que ya se iban al exilio, Dios le dice a Jeremías que le compre una propiedad a su primo que estaba en manos de otra persona, porque Jeremías tenía el derecho de redimirla. No tenía ningún sentido invertir en eso, con la ciudad sitiada y a punto de irse, pero Dios le pide a Jeremías que redima la propiedad, y se lo dice con esta intención: para que se sepa en años posteriores al regreso, setenta años después, que en este lugar ha de construirse y venderse tierra otra vez. De tal manera que Dios no solamente estaba haciendo la predicción de que este pueblo se iría pero regresaría a este lugar, sino que estaba haciendo provisión. Porque cuando Jeremías compra el terreno, resulta que lo compra en la tierra de Anatot. En la lista del capítulo 2 hay 125 individuos del pueblo de Anatot que ahora regresan, y cuando ellos regresaran, habrían de venir a decir: "¿Dónde está la tierra que Jeremías compró, cuya evidencia está aquí, que él se la compró a su primo Fulano y que hoy nos pertenece a nosotros?" Esta lista, al regresar, iba a servir por lo menos para establecer quién tenía el derecho legítimo a reclamar la tierra.
En segundo lugar, la lista serviría para mantener claramente la distinción entre los que verdaderamente eran judíos e israelitas y aquellos que pudieran estar mezclados. Los samaritanos ya estaban en el lugar, y era una raza que se había mezclado con pueblos ajenos, extranjeros, algo que le había sido prohibido al pueblo precisamente porque sus dioses paganos y sus costumbres paganas también iban a contribuir a corromper al pueblo. Cuando el pueblo pasa setenta años en Babilonia, ha aprendido algunas cosas, y una de estas cosas que ha aprendido es que su prohibición de no mezclarse con el pueblo extranjero necesita ser mantenida. Esta lista establecía quién era ciertamente un judío que venía como descendiente de Abraham.
La lista también iba a servir para asegurarse de que aquellas personas que van a ejercer el sacerdocio ciertamente fueran descendientes de Leví, descendientes de Aarón. De hecho, hubo un grupo de personas que se presentó y dijo algo parecido a: "Nosotros somos descendientes sacerdotales." Escucha lo que dice el versículo 62 y 63 del capítulo 2: "Estos buscaron en su registro de genealogías, pero no se hallaron, y fueron considerados inmundos y excluidos del sacerdocio. Y el gobernador les dijo que no comieran de las cosas santísimas hasta que un sacerdote se levantara con Urim y Tumim."
Estos individuos creían que eran descendientes sacerdotales, pero no había evidencia. Y antes de que ellos se inmiscuyeran en el trabajo del templo, el gobernador dice: "No, no pongas tu mano a nada santo. Tenemos que esperar a que un verdadero sacerdote con Urim y Tumim —que no son dos individuos; no sabemos exactamente lo que eran, pero eran dos piezas que cuando Aarón comenzó su sacerdocio estaba supuesto a llevar sobre su pectoral, y que en los casos de dificultad para discernir la voluntad de Dios serían consultadas, y Dios lo movería sobrenaturalmente para revelar su voluntad— venga y entonces se pueda determinar con certidumbre si son o no son sacerdotes." Porque no nos vamos a correr el riesgo de ser maldecidos por Dios por tener personas no sacerdotales ejerciendo el sacerdocio. ¡Esta gente ha aprendido algo! Esta gente ha aprendido que con Dios no podemos jugar y que sus cosas sagradas verdaderamente son sagradas. Setenta años en Babilonia les ayudaron a entender algunas cosas.
Por último, esta lista —y yo les recomiendo que ustedes la lean en casa— serviría para probar la continuidad de este remanente que ahora regresa con el pueblo anterior.
Dios ha querido dejar rastros claros de evidencia desde que Él llamó a Abraham hasta el día de hoy. Él se ha reservado un remanente que mantiene una continuidad de una generación a la próxima, y este pueblo iba a probar que ese remanente tenía continuidad con los descendientes anteriores. El pueblo de hoy, la iglesia de hoy, necesita recordar, como iglesia, que nosotros somos un pueblo de Dios con una historia y una continuidad. Nosotros no podemos, al igual que este grupo no podía, despegarnos simplemente del pasado y pretender que no existía, que no existió. Hay un legado espiritual que Dios va dejando en cada generación, y Dios espera que esa generación se lo pase a la próxima, de tal manera que la continuidad hable —valga la redundancia— de la continuidad del propósito de Dios en el pueblo de Dios, y de cómo Él a través de los siglos preserva a su pueblo. Nosotros, como iglesia, necesitamos recordarle eso a la iglesia de hoy, a la iglesia moderna que muchas veces quiere despegarse del pasado, inventar su propia historia, pretender que no hay una continuidad con el legado espiritual que los reformadores y otros nos dejaron en el pasado.
Ahora nota que cuando tú lees la lista —que necesitaríamos tiempo para repasar en detalle— esta gente regresa no de manera personal o individual; regresa por familia, como comunidad, como pueblos, todos unidos. El concepto de comunidad fue algo que Dios implantó en su pueblo, y la iglesia primitiva incluso comienza con ese concepto de comunidad: vendían las cosas y las tenían todas en común. Es algo que la iglesia occidental necesita recordar, porque nosotros en Occidente somos muy personales, individuales, individualistas. Si la verdad es conocida, la mayoría de nosotros preferiríamos llevar nuestra fe de manera personal, individual, un poco egoísta: yo aquí y tú allá. Pero ese nunca ha sido el diseño de Dios. Él diseñó su relación con Él para que sea también una relación comunitaria, de un pueblo que se ministra el uno al otro, que se sirven los unos a los otros, que le adoran juntos. Y eso es como este pueblo regresa: con un sentido extraordinario de comunidad.
Todavía en Israel, a pesar de lo lejos que está hoy de una revelación plena del Antiguo Testamento, existen los famosos kibuts, donde la gente vive en comunidad. En aquella ocasión, si yo tenía un invitado en mi casa, mi vecino entendía que no era simplemente mi invitado; era mi invitado primero, pero también el invitado de todos nosotros, y todos teníamos que contribuir a que él se sintiera bien. Ese sentido de comunidad es algo de lo que la iglesia de Occidente carece por completo. La pregunta de aplicación es: ¿cómo estás tú llevando tu vida en medio de nosotros, la iglesia Bíblica Bautista Internacional? ¿Estás integrado a una comunidad, o la llevas más bien de manera individualista? Porque ese no es el diseño de Dios. Es más bien un deseo del viejo hombre que quiere permanecer aislado, quiere permanecer de visitante: vengo el domingo, escucho y me voy. Pero ese no es el diseño de Dios para su pueblo.
Este pueblo regresa organizado de manera comunitaria —familias, pueblos— que van a habitar en el mismo lugar. Y cuando ellos regresan con ese sentido de comunidad, no solamente regresaron así para hacer los novecientos kilómetros de distancia juntos, sino que comenzaron a trabajar de esa manera. Escucha una vez más el primer versículo del capítulo 3 que yo te leí: "Cuando llegó el mes séptimo y los hijos de Israel estaban ya en las ciudades, el pueblo se reunió como un solo hombre en Jerusalén." ¡Wow! Como un solo hombre. Se parece esto mucho a cuando tú lees la historia de la iglesia en el libro de los Hechos, que dice que eran de un solo sentir y un solo corazón.
Ahora se nos dice que esta gente se reunió en el mes séptimo, el mes más sagrado del calendario religioso del pueblo judío, como un solo hombre. Y el pueblo nunca entendió que la vida de adoración de los individuos era para ser mantenida de forma exclusivamente individual. Aunque había que tener una vida de adoración individual, el pueblo entendió que la adoración a nuestro Dios era primordialmente corporativa y comunitaria, para que todo el pueblo de Dios se pudiera reunir como un solo hombre y ofrecer sacrificios y cantos de alabanza a Dios. De ahí las múltiples fiestas que ellos tuvieron, fiestas que eran celebradas de manera comunitaria.
Y esperaron el séptimo mes para dar reinicio a este trabajo. El mes séptimo del calendario civil, pero el primer mes del calendario religioso. Y ese séptimo mes era el mes más sagrado. Era el mes en que se celebraban varias de las fiestas principales. El primer día del mes se celebraba la Fiesta de las Trompetas, que anunciaba el comienzo del mes. Al décimo día, la Fiesta de la Expiación —el Día más sagrado en el pueblo judío—, cuando solamente el sumo sacerdote podía entrar una vez al año al Lugar Santísimo y ofrecer sacrificio por todo el pueblo. Ese décimo día de ese mes, por ahora, no se podía celebrar porque el templo no estaba en pie todavía. Y luego la Fiesta de los Tabernáculos, que recuerda el versículo 4, sí celebraron.
Ahora, ¿por qué me llama la atención la celebración de la Fiesta de los Tabernáculos? Es porque esta fiesta, que duraba siete días —del día quince al veintidós—, donde el pueblo habitaba en casas de campaña por toda una semana, conmemoraba y celebraba la benevolencia, la protección y la gracia de Dios durante los cuarenta años en el desierto. El pueblo que tiene setenta años en el cautiverio regresa para darle gracias a Dios por su benevolencia, por su protección, por su guianza en el desierto por cuarenta años. Ellos entendieron que quienes se habían desviado eran ellos, y que Dios, a pesar de las vicisitudes por las que los hizo pasar, seguía siendo bueno y misericordioso.
Yo creo que algo que llama la atención es que este pueblo que se va al exilio regresa, y no regresa a resentir, no permanece herido, no está amargado ni está sospechoso de las formas de Dios, como quien dijera: uno no puede confiar mucho en Dios porque mira cómo nos trató. Y cuando tú traes esto como principio de aplicación a la vida de iglesia hoy, yo creo que puedes hablar de individuos que hoy se desvían, se accidentan espiritualmente, se alejan de Dios. Y cuando tratan de regresar al pueblo de Dios, regresan resentidos, heridos, sospechosos del otro, y tratan incluso de regresar manteniendo la distancia, permaneciendo en la periferia. Cuando ese nunca ha sido el diseño de Dios, y no hay manera de poder agradar a Dios de esa forma, porque Dios quiere que yo regrese y me inserte nuevamente dentro de lo que es la vida de comunidad de su pueblo, como Él originalmente la diseñó.
Este pueblo regresa con un espíritu y una disposición de alabar a Dios, de reverenciar a Dios y con agradecimiento. Este pueblo entendía que nada hacemos nosotros con cantar, predicar la Palabra, levantar nuestros brazos, si no hay un sentido de agradecimiento hacia Dios. No podemos decirle a Dios en oración: "Dios, gracias por esta comida" o "gracias por mis hijos", cuando mi estilo de vida no refleja una actitud continua de agradecimiento. Porque no importa las circunstancias en las que esté, no importa la ocasión, el lugar, el día, la hora en que yo esté: si la verdad es conocida, yo siempre estoy mejor de lo que merezco. Y lo decimos, pero no lo vivimos.
Este pueblo regresa y una de las primeras cosas que quiere hacer es ofrecer sacrificios de agradecimiento. La Fiesta de los Tabernáculos no solamente celebraba los cuarenta años en el desierto, sino que también era una Fiesta de agradecimiento por la cosecha del otoño, ya para cerrar el año y darle gracias a Dios. Eso es impresionante, habiendo venido de setenta años de castigo.
Guardando el lugar, esta lista, cuando tú la lees con detenimiento, te enseña que este pueblo tenía claro a qué regresaba. Porque la lista enseña que este pueblo regresa organizado para la adoración: los sacerdotes están mencionados por separado, los levitas por igual, los cantores, los porteros que van a estar en las puertas del templo, los sirvientes del templo. Esta gente tenía claro a qué regresaba. Cuando Dios saca al pueblo de Egipto al desierto, Dios le dice: "Te saco para que mi pueblo adore." La tradición lo dice así: "para que mi pueblo me sirva", pero en esencia era un servicio de adoración. Este pueblo tenía que entender, recordó que ellos tenían un llamado —desde siempre, como lo tiene el pueblo de hoy— a una vida de adoración.
Yo no sé dónde nosotros hemos perdido ese sentido que el pueblo de Israel, aun el pueblo que no anda bien hoy, todavía mantiene, porque están locos por construir el templo una vez más, entendiendo que la vida del templo es esencial para su supervivencia como nación. ¿Quién sembró ese legado en sus corazones? ¿Quién pasó ese legado de generación en generación? Sus antepasados. Cuando tú abres el libro del Génesis, una de las primeras cosas que te encuentras es a Caín y Abel ofreciendo un sacrificio de adoración. Cuando te encuentras a Noé saliendo del arca, una de las primeras cosas que hace es construir un altar para adorar a Dios. Cuando te encuentras a Abraham, que sale de su tierra y llega a Canaán, lo primero que hace es construir un altar para adorar a Dios. Cuando Dios le pide al pueblo que se vaya al desierto, le dice a Moisés que lo saca, y una de las primeras cosas que le dice es: "Construye un tabernáculo en el centro del campamento y que todas las casas se construyan a su alrededor, todas mirando hacia el tabernáculo, para que mi pueblo entienda que yo y su vida de adoración son algo central a su supervivencia."
Cuando tú abres el libro de Apocalipsis al principio y miras el trono, lo que está ocurriendo en el cielo —capítulo 4, capítulo 5—, te encuentras un enorme servicio de adoración. Cuando tú entras a lo que es el templo del milenio, lo que encuentras son nuevamente servicios de adoración a nuestro Dios, con el templo como su centralidad.
La iglesia de hoy, el creyente de hoy necesita recordar que de la misma manera que este pueblo regresa, de esa misma manera el que se ha desviado y quiere regresar debe observar un patrón similar. Él piensa que tiene que regresar, toma la decisión de regresar y regresa. No como algunos que, aunque han hablado mucho de hecho: "No, yo sé que tengo que regresar", "No, yo sé que yo voy a regresar", "Me van a ayudar." No, es regresar.
En segundo lugar, si voy a regresar, necesito hacer de mi relación con Dios, mi vida de adoración, algo central para construir el resto. Y eso es importante. Esta gente tuvo ese cuidado. Nosotros no vemos a este pueblo que llega cansado y dice: "Ay, no, tenemos 70 años de clavo, descansé un rato primero. Construyamos nuestras casas, pongámonos cómodos, y luego cuando nos sobre el tiempo le construimos el templo a Dios." No, esta gente no construyó sus casas primero. Esta gente comenzó construyendo el altar, del cual leímos en el capítulo 3 de Esdras.
Una de las quejas de Dios en el Antiguo Testamento, a través de uno de los profetas, fue que mientras sus casas estaban tan adornadas, ornamentadas, miraba cómo estaba Su casa cayéndose a pedazos. Y quizás la aplicación hoy es que, ya que yo soy el templo, mientras mi casa donde recibo luce también fruto del esfuerzo y del dinero invertido, y mientras quizás mi cuerpo externo luce también producto del gimnasio, de salones y demás, mientras mi templo interior, el verdadero templo donde reside el Espíritu Santo, se está cayendo a pedazos.
Quizás yo debiera emplear algunas de las horas que le doy a lo que es la apariencia externa del cuerpo y de mi casa, y dárselas a lo que es el cuidado del templo espiritual que yo soy, porque en mí reside el Espíritu de Dios. De la misma manera que esta gente no construyó sus casas sin haber hecho el templo de Jehová, nosotros no construyamos ni empleemos tiempo en lo externo sin primero dedicar tiempo a la preparación y la cultivación del hombre interior, que es donde está mi verdadero templo.
Esta gente sabía que venía. Pero el levita estaba preparado, los sacerdotes también, los cantores, los porteros y los sirvientes del templo. Ahora nota que el capítulo 3, el versículo 1 dice que el pueblo se reunió como un solo hombre. El versículo no dice que se levantaron y edificaron el altar de Dios y ofrecieron holocaustos como está escrito en la ley de Moisés. Tú no hubieras regresado de Babilonia después de 70 años diciendo: "Yo me acordaba que esto era más o menos como se hacían los sacrificios. Yo me acuerdo que más o menos así era cómo se construía el altar." No, no, no, no. "Tenemos que volver a la ley, como aparece y como está escrito en la ley de Moisés. Tenemos que volver a los fundamentos, encontrar cómo se construye el altar y el templo, y cómo se ofrecían los sacrificios, y hacerlo conforme a ese patrón."
Ese pueblo había aprendido que no se trata de opiniones. "Yo no creo", "No me parece", "Yo no estoy de acuerdo", como si eso tuviera algún valor. Lo único que tiene valor es: ¿cuál es la opinión de Dios? Y este pueblo dice: "Lo vamos a hacer, pero lo vamos a hacer conforme a la ley de Moisés." Y fueron y buscaron y encontraron. Y edificaron conforme a como la ley mandaba. El interés era volver a poder adorar a nuestro Dios.
Si yo me accidenté en el camino y dañé mi vida, dañé mi matrimonio, o mi familia, y yo decido regresar, qué bueno. Pero yo nada hago con tratar de reconstruir cualquiera de esas cosas si primero no me dedico a cultivar una vida de relación interna, interior, íntima, de adoración a mi Dios. El resto no va a funcionar. Yo necesito comenzar a reconstruir por el mismo lugar donde ellos comenzaron a reconstruir. Dios sabe que lo importante no es tanto lo que ocurre afuera; es lo que ocurre verdaderamente adentro, donde Dios es honrado, glorificado y edificado, o donde Dios es avergonzado. Y nosotros necesitamos observar esos patrones.
Versículo 1, versículo 2, versículo 3: "Y asentaron el altar sobre su base, porque estaban aterrorizados a causa de los pueblos de aquella tierra." Entonces, ¿escuchaste lo que yo escuché? La razón de plantar el altar rápidamente: estaban aterrorizados de los pueblos de alrededor. ¿Sabes por qué eso llama la atención? No llama la atención que estuvieran aterrorizados; eso es normal. Es un grupito de personas, unos 49,000 y pico de personas, muchos de los cuales eran niños y mujeres. Y hay una gran cantidad de pueblos paganos alrededor que probablemente estaban celosos de que esta gente volviera a reclamar tierra que ellos ya habían estado ocupando.
El miedo es normal. Lo anormal es que estando aterrorizados de los pueblos de alrededor, no construyeron un ejército, no se compraron más caballos, no se compraron más espadas, no se compraron más arcos, sino que construyeron un altar. Este pueblo había aprendido que su seguridad no está en la fuerza del hombre, no está en los materiales; está en lo espiritual. Este pueblo había aprendido que Jehová ciertamente era su escudo y su fortaleza, y que si iban a pelear, iban a tener que pelear vía adoración delante de Dios para que Dios hiciera el resto.
Cuando Dios manda a ungir a un rey, una de las cosas que le dice es: "No quiero que tengan muchos caballos. No se te vaya a ocurrir en alguna ocasión que tus victorias futuras te las dan tus caballos y tus fortalezas de ejército." David se olvidó de eso. En un momento dado de olvido, de los varios que David tuvo, se le ocurre hacer un censo. Un siervo tiene más sentido, como le dijo a David: "¿Para qué?" Desde cuando nosotros hemos hecho un censo para saber la fortaleza con que contamos, ¿no? Y ya que era un censo, "Ok, ahí va el censo." ¿Sabes qué pasó? Dios usó eso, y 70,000 personas murieron por haber confiado en nosotros y no en Dios.
Este pueblo se fue 70 años; cuando regresa, están atemorizados, tienen miedo, pero no compraron caballos, no trataron de levantar un ejército. Entonces, ¿qué hicieron? Levantaron un altar. ¡Wow! El texto lo dice: "Asentaron el altar sobre su base, porque estaban atemorizados a causa de los pueblos de aquella tierra, y ofrecieron holocausto al Señor." Los próximos versículos, básicamente el versículo 5 al 7, más o menos del 4 al 7, nos describen los tipos de holocausto que ofrecieron: uno por la mañana, uno por la noche, los de luna nueva. Se celebró la fiesta de los Tabernáculos. Pero en la reconstrucción y el ofrecimiento de estos sacrificios, el pueblo mostró lo agradecido que estaba de su Dios, a pesar de su experiencia.
Y si nosotros entendiéramos la mano de Dios como ciertamente es, nosotros estuviéramos agradecidos de Dios no solamente en los buenos tiempos; estuviéramos agradecidos de Dios aún en los peores tiempos. Porque, una vez más, la verdad es que nosotros no estuviéramos con la imagen de Cristo que tenemos hoy, la que sea, pero no estuviéramos ahí si no hubiese sido por los tiempos de dificultad y tribulación que Dios permitió para atravesar, porque Dios trabaja más grandemente en nosotros en esos tiempos. De manera que nosotros debiéramos, en los tiempos difíciles, decir: "Dios, gracias, porque me tienes en el yunque y me está moldeando." Y eso es lo que este pueblo experimentó en Babilonia, y por eso viene ya cambiado.
El miedo era normal, pero no lo paralizó. El miedo no impidió que ellos hicieran lo que les tocaba hacer: construir el altar. Nosotros, muchas veces, movidos por el miedo, dejamos de hacer lo que Dios entiende que yo debo hacer. Y hacemos lo que tiene que ver con nuestra fortaleza, con nuestra preparación, con nuestros dones, con nuestro talento: "Yo voy a hacer esto para asegurar que esto ocurra." Nosotros no tenemos pueblos enemigos alrededor que nos representen una amenaza, pero tenemos circunstancias adversas que han sido anunciadas para el 2009, 2010. Tenemos una bolsa de valores que se está desplomando.
Mi respuesta como cristiano no es asegurar mis ingresos, no es asegurar mi trabajo, no es asegurar mi cuenta de banco. Mi respuesta como cristiano es reparar, reconstruir y mantener mi altar personal delante de Dios. Él es mi escudo y mi fortaleza en medio de las peores circunstancias. Pero en vez de hacer eso, nosotros nos vamos al mundo y tratamos de garantizar mejores ingresos, garantizar mi trabajo. Y Dios dice: "Bueno, pues si eso tú crees que te puede proteger, pues dile a tu jefe que te proteja, y conmigo no cuentas."
Este pueblo ha entendido; este pueblo tiene un poco más de esa sabiduría, tiene un poco más de discernimiento, tiene un poco más de confianza. Decía alguien, y creo que es muy buena observación: "Este pueblo tuvo temor, pero tuvo valor." Y tú puedes preguntar: "¿Cómo tú puedes tener temor y valor?" Pues eso es parte de la definición. Valor no es no tener miedo; eso creo que es confianza. Valor es tener miedo y hacer lo que te toca hacer a pesar del miedo; eso es valor. "Yo tengo miedo de lanzarme, pero toca buen valor y me lancé a pesar del riesgo." La gente tuvo miedo, pero no dijo: "¿Y ahora qué hacemos? ¿Regresamos a Babilonia? ¿Compramos caballos? ¿Compramos armas?" No. Construyeron un altar, y no impidió el miedo que ellos hicieran lo que les tocaba hacer.
Pero el altar estaba listo, los sacrificios iniciaron, la adoración había iniciado, pero no había templo. Y ellos enseñan también esto: que este es un pueblo que antes de ir a Babilonia le había dado una importancia tal al templo, que el templo para ellos era prácticamente Dios, y Dios estaba en un segundo plano. Y estaban orgullosos de ese templo, hasta el punto de que cuando Dios les hace ver lo que han hecho del templo, Dios le dice a Jeremías: "Yo quiero que te vayas a la puerta del templo, y cuando la gente venga entrando el día de reposo, el próximo día de reposo, en el famoso Sabat, yo quiero que les digas a todo pulmón: 'Ustedes vienen acá diciendo: el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor', como quien dice gran cosa."
Este pueblo aprendió que, aunque el templo era importante, no era lo primordial. Dios es, y ahora hay adoración sin templo. Pero querían reconstruir el templo como mandaba. Y en el segundo año de su llegada, versículo 8, a la casa de Dios en Jerusalén, Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Josadac, y los demás de sus hermanos, los sacerdotes y los levitas, y todos los que habían venido de la cautividad a Jerusalén, comenzaron la obra y designaron a los levitas de veinte años para arriba para dirigir la obra de la casa del Señor, exactamente en el segundo mes. Cuando Salomón fue a construir su templo también eligió el segundo mes, por las razones que fueran de ese calendario. En ese segundo mes ellos iniciaron la reconstrucción del templo.
Escucha algo más de los versículos que ya leímos. Cuando los albañiles terminaron de echar los cimientos del templo del Señor, se presentaron los sacerdotes en sus vestiduras con trompetas, y los levitas, hijos de Asaf, con címbalos, para alabar al Señor conforme a las instrucciones del rey David a Israel, y cantaban alabando y dando gracias al Señor, porque Él es bueno, porque para siempre su misericordia sobre Israel. Y todo el pueblo aclamaba a gran voz alabando al Señor, porque se habían echado los cimientos de la casa del Señor.
A mí lo que me llama la atención nuevamente es... Quizás no están todos en querer alabar a Dios, aunque yo creo que eso llama la atención. Pero es que cuando ellos deciden alabar a Dios, los atributos que deciden exaltar son que Dios es bueno y que Su misericordia ha estado con ellos. Vienen de setenta años de cautiverio, sí, pero Dios es bueno. Bueno, el castigo que les impuso, sí, pero Dios ha tenido misericordia para con Israel. Este pueblo que regresa tiene una mente más bíblica que el anterior. No juzga a Dios por lo que a ellos les ocurra; juzga a Dios por lo que Dios dice que es. Y Dios ha revelado y ha mostrado que Él es bueno y misericordioso.
Pero lo único —escucha— esta algarabía, esta alabanza, este cántico, esta oración... lo único que ha ocurrido es que los cimientos los acaban de poner. Ni siquiera el templo, los cimientos, y ya el pueblo está: ¡Wow! Ellos saben que todo comienza por la zapata, y que una buena zapata, una buena intención y una buena relación con Dios va a garantizar la construcción del resto. Hoy no tenemos un templo de esa manera, aunque vamos a construir uno, de Dios mediante. Pero el templo que tú lo tienes, continuo en tu vida, eres tú. Pablo nos dice que somos templos del Espíritu Santo. La próxima pregunta es: tus cimientos, ¿cómo andan?, los de tu templo.
¿Y cuáles son tus cimientos? La verdad que abrazas, los valores que celebras, el estilo de vida que llevas. Si el resto de la comunidad de creyentes pudiera cavar y ver tus cimientos, ¿pudiera el resto de la comunidad de creyentes alabar y regocijarse en Dios como estos lo hicieron?, ¿o pudiera ser que una gran parte de la comunidad de creyentes se entristeciera por las condiciones de tus cimientos?
Eso que yo acabo de mencionar para tu vida personal era tan vital en la mente de Cristo, que cuando Cristo pronuncia estas palabras, yo creo que no han habido palabras más severas que hayan salido de los labios de Cristo que estas, y más amedrentadoras: "En aquel día muchos me dirán: Señor, Señor, en tu nombre predicamos; Señor, Señor, en tu nombre echamos demonios, hicimos milagros. Y yo les diré: fuera de mí, que nunca os conocí." Inmediatamente después de estas palabras, escucha la ilustración que Él usa, que tiene que ver con cimientos.
"Pero cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca. Y cayó la lluvia, vinieron las corrientes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa, pero no se cayó, porque había sido fundada sobre la roca. Y todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica, será semejante a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Y cayó la lluvia, vinieron las corrientes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa, y cayó, y grande fue su destrucción."
Dos hombres, ambos constructores, ambos hicieron una casa, ambos pasaron por una tormenta de lluvia y vientos. Una casa se derrumba, otra casa se sostiene. Y Cristo relaciona esa casa a lo siguiente: aquel que oyó Sus palabras y las puso en práctica edificó su casa sobre la roca. El que oyó estas palabras —las que usted está oyendo hoy de parte de la Palabra de Dios— y no las pone en práctica, es el que está construyendo sobre la arena. ¿Cómo están tus cimientos? En la medida en que tú escuchas la Palabra de Dios domingo tras domingo, miércoles tras miércoles, y no las pones en práctica, estás construyendo sobre la arena. La tribulación va a venir, la dificultad va a venir, y uno de los propósitos de la tribulación es probar los cimientos.
Y lo increíble es que esta ilustración viene inmediatamente después de que Cristo dice: "En aquel gran día muchos me dirán, Señor..." En otras palabras, vendrá mucha gente con casa construida sobre la arena, pensando que tenía algo de valor. Y cuando vengan a Su presencia, las casas se derrumbarán.
Se echaron los cimientos, y resulta que hay un grupo que está súper contento. ¿Pero hay un grupo que está triste? Escucha esta reacción. "Pero muchos los sacerdotes y levitas, y jefes de las casas paternas, los ancianos que habían visto el primer templo" —ese es el grupo de los mayores— "cuando se echaron los cimientos de este templo delante de sus ojos, lloraban en alta voz, mientras muchos otros daban gritos de alegría. Y el pueblo no podía distinguir entre el clamor de los gritos de alegría y el clamor del llanto del pueblo, porque el pueblo gritaba en voz alta y se oía el clamor desde lejos."
Los cimientos están echados. Hay un grupo que está triste y otro que está contento. ¿Quiénes lloraron? Aquellos que estaban todavía pensando en el pasado: "Ay, lo que tuvimos. La grandeza del templo de Salomón. Mira la poca cosa que esto es." Y eso no iba a estimular a Zorobabel, ni iba a estimular a Josué como sumo sacerdote. Hay otro grupo que no está en el pasado, que está contento: "¡Nosotros, los regresados, hemos comenzado! Construiremos esto otra vez. ¡Vamos a echar para adelante!" Pero hay un grupo que está en el pasado. Y el pasado puede cambiar quién tú eres: el pasado me puede volver un motor que empuja el barco hacia adelante, o un ancla que no me deja mover. Aquí hay un grupo anclado y otro grupo con el motor prendido.
El profeta Hageo está presente cuando eso está ocurriendo. Él está oyendo la reacción del pueblo, y Dios lo ha enviado y lo ha levantado para que mueva a esta gente y no se deje desmoralizar. Y en Hageo 2:3, Hageo dice lo siguiente: "¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto este templo en su gloria primera? ¿Y cómo lo veis ahora? ¿No es como nada a vuestros ojos?" Hageo dice: "Yo les estoy oyendo llorar. Este templo del que ustedes dicen que es poca cosa, que no va a servir..." Y Dios inspira a Hageo. Esto es lo que él continúa diciendo en Hageo 2:4.
"Pero ahora, sé fuerte, Zorobabel, declara el Señor. Sé fuerte tú también, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote. Esforzaos, todos vosotros, pueblo de la tierra, declara el Señor, y trabajad, porque Yo estoy con vosotros, declara el Señor de los ejércitos. Conforme a la promesa que os hice cuando salisteis de Egipto, Mi Espíritu permanece en medio de vosotros. No temáis." Los pueblos de alrededor: no temáis. Los ancianos están llorando y tristes: no temáis. Mi Espíritu está con vosotros. Zorobabel, continúa. Esdras, continúa. Josué, continúa. No se dejen desanimar. Yo he hecho una promesa y estoy cumpliendo Mi promesa.
Dios había querido en aquel entonces tener un gran templo donde el pueblo Le adorara, Le honrara, Le glorificara, y lo hiciera de una verdadera manera, de tal forma que Él pudiera hacer ver Sus bendiciones sobre toda la nación, y que las demás naciones pudieran venir y ver y decir: "¡Wow! La diferencia entre adorar a este Dios y adorar a nuestros dioses paganos." Pero el pueblo no lo hizo. Y Dios, hoy, no tiene un templo similar, pero tiene un equivalente, y es tu vida. Y Dios está construyendo ese templo también. La diferencia está en que en este caso es tu vida, y en segundo lugar, que ahora el llamado no es a que los pueblos vengan y te vean, sino a que tú vayas a los pueblos.
Así es como Pedro lo dice en su primera carta. Escúchame un momento: "También vosotros, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual" —¿te das cuenta de que eres un templo?— "sed edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo." Primera observación: vosotros sois casa espiritual, y van a hacer sacrificios, no de corderos. Romanos 12 nos dice quiénes son los sacrificios: "Ofreced vuestro cuerpo como sacrificio vivo, agradable y santo a vuestro Dios, que es vuestro culto racional." Nosotros somos esos templos; nosotros somos el templo, somos los sacerdotes, somos los sacrificios y somos los que hacen los votos, todo al mismo tiempo.
Y la idea entonces no es que los pueblos vengan y vean, como en aquel templo, sino que nosotros vayamos y contemos. Escúchalo ahora, cuatro versículos más adelante, 1 Pedro 2:9: "Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable." Esta es tu misión, este es tu llamado: cultivar ese templo, cuidar de ese templo, ser edificado como piedra viva, de tal manera que puedas entonces ir y anunciar las virtudes de Aquel que te sacó del lodo cenagoso, te limpió y te trajo a Su luz admirable. Que antes no eras Su pueblo, pero hoy eres pueblo de Dios.
¿Se dan cuenta de cuál es nuestra responsabilidad? ¿Se dan cuenta de lo importante que es para Dios tu vida personal de adoración, el sentido de comunidad y el servicio de adoración corporativo? Que no es una cuestión personal ni individualista.
¿Se da cuenta lo importante que es para Dios el mantener ese templo que es tu vida en orden, y tenerlo a Él en la centralidad de toda tu vida? Te das cuenta de que si eso no existe, nada más en tu vida puede ser. No tiene garantías sobre tus hijos, no tiene garantías sobre tus negocios, no tiene garantías sobre tu casa de cemento, concreto y varilla; no tiene garantías sobre nada, a menos que Dios ocupe la centralidad de tu vida en el templo que eres tú.
Y que eso sea una vida de adoración, y que entonces, de manera natural, como fruto de esa vida de adoración que vives, tú puedas, donde vayas, reflejar y anunciar las virtudes de aquel que te llamó de las tinieblas a una luz admirable.