IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El Espíritu Santo no es una fuerza impersonal ni una energía divina comparable a la electricidad, como enseñan algunas corrientes religiosas. Es una persona, alguien a quien Jesús se refiere con pronombres personales y describe como "otro consolador" de su misma naturaleza. La palabra griega que Cristo usa no es "eteros" (otro diferente), sino "alos" (otro de la misma clase), indicando que quien vendría sería igual a él en poder, santidad y divinidad. Esta verdad transforma radicalmente cómo debemos relacionarnos con él: no buscando experiencias místicas, escalofríos o corrientes eléctricas, sino cultivando una relación personal.
El Espíritu viene a cumplir una misión específica: sostener, enseñar y santificar a los creyentes. El problema principal de Israel en el Antiguo Testamento fue su incapacidad para obedecer a Dios de manera sostenida. La solución divina no fueron más milagros ni más señales, sino la promesa de poner su Espíritu dentro del ser humano. Por eso la obra principal del Espíritu no es lo sobrenatural ni lo prodigioso, sino producir fruto espiritual: amor, gozo, paz, paciencia.
Hay un cambio fundamental entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Antes, el Espíritu estaba "con" el pueblo y podía retirarse según la conducta de la persona, como ocurrió con Saúl. Ahora habita "en" nosotros y permanece para siempre. Cada creyente es templo del Espíritu Santo desde el momento de su conversión, no como una segunda experiencia posterior. Esta realidad implica una responsabilidad: hacer sentir cómodo al huésped divino que mora en nuestro interior, cuidando lo que decimos, hacemos y pensamos en su presencia.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Juan 14, versículo 16. Voy a leer tres versículos, desde el 16 al 18, y luego el 26. Juan 14:16 dice así: "Y yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre. Es decir, el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir porque ni le ve ni le conoce, pero vosotros sí le conocéis porque mora con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros." Pero el Consolador, versículo 26: "Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho."
Estos cuatro versículos, a pesar de lo sencillos que son, contienen quizás tres o cuatro de las verdades más importantes acerca del Espíritu Santo, dichas precisamente por la persona de Jesús, la segunda persona de la Trinidad, que obviamente conoce íntimamente al Espíritu Santo.
Lo primero que queremos responder es: ¿qué es el Espíritu Santo? Fíjense que Jesús se refiere al Espíritu no como algo, sino como alguien. Fíjense en el versículo 17: Él dice "el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir." Es un "quién", no es un "algo" para Jesús. Y obviamente, cuando yo me refiero a otra cosa como alguien, como "quién", me estoy refiriendo a una persona.
El Espíritu Santo es una persona, distinto a lo que muchos piensan: que es una fuerza, que el Espíritu es el poder de Dios, que el Espíritu Santo es una manifestación de Dios. El Espíritu Santo, bíblicamente, es una persona. En los siglos II y III hubo un individuo llamado Arrio, de donde viene la corriente del Arrianismo, que tenía diversos planteamientos. Uno de sus planteamientos era que Dios Padre es el único Dios, que Dios Hijo no era realmente Dios, y que el Espíritu Santo era literalmente la energía desplegada de Dios.
Hoy en día los Testigos de Jehová eso es lo que creen. Los Testigos de Jehová entienden que Dios Padre, Jehová, es el único Dios, que Jesús es una creación, y que el Espíritu Santo es literalmente el poder de Dios. Según sus palabras, es la fuerza activa de Dios, similar a la electricidad; es como una fuerza, concluyen. Por lo tanto, esta referencia que Cristo hace al Espíritu como "a quien el Padre enviará" es significativa, porque yo no me refiero a una fuerza impersonal con un pronombre personal. Es alguien, el Espíritu, para Cristo.
En algunos círculos cristianos esta es una creencia común. Yo me he encontrado con algunas personas que son cristianas pero no entienden con toda claridad lo que es el Espíritu Santo. Y quizás alguno entre nosotros, si yo le preguntara qué es el Espíritu Santo —obviamente antes de haber empezado el mensaje—, quizás habría dudado un poquito antes de responder, y diría: "Bueno, para mí es como la fuerza de Dios o la manifestación de Dios." Es común encontrar este tipo de respuestas en el pueblo cristiano. Y cuando yo no sé lo que es el Espíritu, no me relaciono con Él como debe ser. Cuando no entiendo lo que es, no me relaciono con Él como lo que debe ser.
Entonces hay cuatro cosas que la Biblia enfatiza en parte de este pasaje. Como ustedes saben, nosotros no hacemos doctrina de un solo versículo; ese es un principio de interpretación bíblica. No puedo tomar un solo versículo y decir que ahí hay una doctrina. Tengo que ver qué más dice la Palabra acerca de esa verdad que estoy afirmando.
En primer lugar, la Biblia tiene abundante enseñanza acerca del Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento las referencias al Espíritu son casi 300, más de 300 referencias. En el Nuevo Testamento exceden por mucho las 300 referencias. Por lo tanto, si yo quiero hacer un estudio minucioso del Espíritu, de todo lo que la Biblia dice, voy a tener que leer mucho. Mucho, porque hay mucho que decir acerca del Espíritu de Dios.
Y yo no creo que sea casualidad, porque si queremos hacer un estudio de Dios Padre, que es Dios, tendríamos que leer mucho. Si tenemos que hacer un estudio de Dios Hijo, que es Dios, tenemos que leer mucho. Y si tenemos que hacer un estudio de Dios Espíritu Santo, tenemos que leer mucho, porque es Dios también. Dios se ha preocupado por colocar suficiente revelación en su Palabra acerca de las tres personas que componen la Trinidad.
En primer lugar, la Biblia dice que el Espíritu Santo tiene atributos de la personalidad. En 1 Corintios 2:10 se nos dice que el Espíritu conoce las profundidades de Dios, que las escudriña; es el Espíritu que conoce las profundidades de Dios y nos las revela a nosotros. Es decir, tiene intelecto, tiene la capacidad de conocer, tiene la capacidad de escudriñar. Número dos, el Espíritu tiene emociones. En Efesios 4:30 la Palabra nos dice que no contristemos al Espíritu Santo. Yo no puedo contristar a una energía; yo no puedo entristecer a una fuerza. Lo que se entristece, y si se entristece también se goza, obviamente, es un ser emocional, un ser que siente, que se siente bien, que se siente mal, que en un momento dado se siente triste por algo que yo hice, según el contexto de Efesios 4:30.
No solamente eso: el Espíritu Santo tiene voluntad. En Hechos 16, versículos 6 al 11, se nos relata un evento donde el Espíritu Santo le decía a los discípulos: "Vayan a esta región, no vayan a esta región", en diferentes ocasiones. Pablo dice que quiso ir, pero el Espíritu se lo impidió; el Espíritu le dijo que no, que fuera a otro sitio. En un momento dado el Espíritu dijo: "Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra que tengo para ellos." Tiene voluntad, diferente a la voluntad del Padre, diferente a la voluntad del Hijo; no contradictoria, pero diferente. Es otra persona.
No solamente tiene atributos de la personalidad —intelecto, emociones, voluntad—, sino que el Espíritu hace cosas que solamente una persona puede hacer. Nosotros acabamos de leer en Juan 14:26 que el Espíritu nos enseña; tiene la capacidad de enseñarnos, de instruirnos. En Juan 15:26 el Espíritu testifica de Cristo. Cristo dice: "El Espíritu testifica de mí." Da testimonio, y quien da testimonio de algo es una persona, no una cosa. En Romanos 8:14 el Espíritu guía. En Juan 16 el Espíritu convence. En Gálatas 5:17 el Espíritu refrena. Y así sucesivamente; son cosas que hace una persona: guía, instruye, refrena, convence. Es una persona que está actuando.
En tercer lugar, el Espíritu recibe un tratamiento personal en la Biblia. Ya vimos cómo Jesús en Juan 14 se refirió al Espíritu como "a quien el Padre enviará en mi nombre"; es un alguien. Pero no solamente ahí lo dice. En Hechos 10 se nos dice que al Espíritu se le obedece o se le desobedece. Yo no puedo obedecer ni desobedecer a una fuerza. En Hechos 5:3 al Espíritu se le puede mentir. Se le puede mentir, como lo hicieron Ananías y Safira. Dice Pedro: "¿Por qué has mentido al Espíritu Santo?", y agrega: "Por cuanto has mentido a Dios." Le mintió al Espíritu; le mintió a Dios. Hay una revelación interesante ahí. Se le reverencia, Salmo 51:11. Se le blasfema, Mateo 12:31. O sea, se le da un tratamiento de persona.
La Biblia indica, entonces, que el Espíritu Santo tiene atributos de la personalidad, hace obras personales y recibe un tratamiento personal. Además de eso, los discípulos tenían un trato personal con el Espíritu; tenían comunión con el Espíritu. Yo no puedo tener comunión con algo impersonal. Entonces, en este pasaje de Juan 14, lo que Cristo está diciendo al referirse al Espíritu como "a quien el Padre enviará" es que es una persona que el Padre va a enviar.
¿Qué tipo de persona, entonces? Esa es la segunda pregunta que queremos hacernos: ¿quién es el Espíritu? Bien, es un "quién"; ¿quién es Él? ¿Es una creación de Dios, una persona que Dios ha creado? ¿Qué es el Espíritu? El versículo 16 de Juan 14, parte del texto que leímos, dice lo siguiente: "Yo rogaré al Padre y Él os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre." Cristo había sido un consolador para sus discípulos. Él se va y les dice: "Yo estaba aquí", pues fue la última cena —Juan 14 es la última cena—. Jesús ya les anunció que se va; incluso Felipe le dice: "Muéstranos al Padre antes de irte", y Jesús le responde: "Felipe, tanto tiempo he estado con vosotros y todavía no sabes que el que me ha visto a mí ha visto al Padre, que yo soy la representación exacta del Padre, la imagen de su naturaleza." Pero Él les dice: "Yo me voy, mas yo les voy a enviar otro Consolador."
En el griego hay dos palabras para "otro." Yo puedo decir "otro consolador" y puedo usar la expresión *héteros*, de donde viene "heterogéneo." ¿Qué es heterogéneo en nuestro idioma? Diferente, ¿verdad? Heterogéneo es de diferente clase. "Heterosexual" tiene una inclinación por el sexo opuesto; *héteros* es otro, pero diferente. El "otro" que usa Jesús aquí no es *héteros*, sino *állos*, que significa otro de la misma clase. En otras palabras, Cristo está diciendo: "Yo me voy, pero les envío otro Consolador de mi misma clase, del mismo tipo que yo, con los mismos atributos, con las mismas cualidades. Me voy, pero les dejo a otro similar a mí."
Ya ese texto obviamente nos está apuntando a que ese Espíritu no solamente es una persona, sino una persona que puede ser igual a Cristo, y eso es Dios, porque nosotros sabemos que Cristo es Dios. Acontece que son tres personas, un solo Dios. Cuando Jesús en Mateo 28:19 les da la Gran Comisión a sus discípulos, les dice: "Vayan por todo el mundo, haced discípulos y bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo." Miren lo que ese texto incluye: dice "en el nombre", un solo nombre compuesto por tres personas —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, pero es un nombre. No dice "en los nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", sino "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", que es un solo Dios en tres personas.
Entonces aquí ya nos está expresando que el que él va a enviar es alguien, es otro, pero de la misma naturaleza que él es: alguien divino, con el mismo poder, con la misma santidad, con la misma sabiduría. En otras palabras, tener al Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, en nosotros es equivalente a tener a Cristo en nosotros. Eso lo dice la Palabra. De hecho, en un momento dado, al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de Cristo, sabiendo siempre que se trata de una persona distinta.
¿Y por qué es eso importante? Bueno, porque hoy en día hay mucha gente que se acerca al Espíritu y quiere tener una experiencia con el Espíritu, pero se acerca a él como para buscar una experiencia electrificante, una experiencia extática, una experiencia mística. Se acerca al Espíritu no como a una persona. Acuérdense que lo que el Espíritu quiere tener con nosotros, como persona que es, es una relación. No es una experiencia en la que tú en un momento dado te sientas caliente, te sientas tembloroso, sientas calambre. No excluyo que en algún momento el Espíritu de Dios pueda hacer algo de ese tipo, pero no debe ser la forma como yo me acerco a él. Yo no me acerco buscando un éxtasis; yo me acerco a él buscando una relación con él, porque él es una persona, y no cualquier persona: se trata de Dios.
Hoy en día es común ver eso en la televisión. En diversas actividades vemos cómo la gente se acerca al Espíritu, pero se acerca como si fuera algo a lo que me conecto y como que me da un corrientazo. Tenemos que tener cuidado si esa es la impresión que tenemos del Espíritu, porque se ha tratado de una persona de la que estamos hablando, una persona que es Dios.
¿A qué viene? Es la tercera pregunta que queremos responder, y está en el texto también, Juan 14:26: "Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho." Aquí hay dos componentes que es bueno desglosarlos para ver a qué es que viene el Espíritu Santo.
En primer lugar, la palabra "consolador" nos refleja que él viene a consolar, ¿verdad? Pero ocurre que en el español la palabra que tenemos nosotros es "consolador", pero esa palabra en el original tiene mucho más contenido que simplemente consolar. Muchos de ustedes saben que esa palabra es *parakletos*, y *parakletos* puede significar ayudador, abogado, animador, consejero, asistente, vicario, es decir, representante. Comunica la idea de estímulo, apoyo, asistencia, cuidado; comunica la idea de que él asume la responsabilidad por el bienestar mío. Ese es el contenido de la palabra "consolador": ayudador, abogado, sostenedor, defensor; me apoya, me respalda, obviamente en todo aquello que es consonante con la Palabra de Dios, con la voluntad de Dios. No es lo que yo quiera, sino aquello que es consonante con la Palabra de Dios.
Esa es la primera razón por la que viene el Espíritu: viene a sostenernos en nuestro caminar, en nuestra vida. El problema principal que Dios tuvo con el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento fue su desobediencia. El pueblo de Israel, por más que Dios le enseñaba su Palabra, por más que Dios lo disciplinaba, por más cosas y milagros que Dios hacía, el pueblo de Israel tenía muy breves tiempos de obediencia. Venía un castigo fuerte, venía un exilio, venía una matanza; dos o tres años caminaban bien con Dios, y a los pocos años otra vez se desviaban.
La solución a eso, la solución que Dios le dio, no fue "voy a hacer más milagros" ni "voy a hacer más naciones". La solución que Dios le dio, que tenemos en Joel, es que en los postreros días quitaré el corazón de piedra que tienen y pondré un corazón de carne, y pondré mi Espíritu en ellos, y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. La solución a la desobediencia es la presencia del Espíritu. La solución que Dios nos dio es que, a menos que tengamos al Espíritu ayudándonos, sosteniéndonos, respaldándonos, no podemos vivir de una manera agradable a Dios. Y a eso es que viene el Espíritu Santo.
La principal obra del Espíritu Santo no es hacer cosas sobrenaturales, aunque es parte de lo que viene a hacer; no es hacer prodigios, aunque también lo puede hacer porque es Dios y es sobrenatural. La principal obra del Espíritu es la santificación de los creyentes, la producción del fruto espiritual. Literalmente, Romanos 8:28-29 nos dice que el Espíritu ha venido para hacernos a la imagen de Jesucristo, que es la voluntad de Dios para nosotros. Y Gálatas 5:22, que todos conocemos, dice que el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, mansedumbre, fe, dominio propio. Ese es el fruto del Espíritu; el resultado de una vida rendida al Espíritu es una vida santificada. No dice que el fruto del Espíritu son milagros y cosas extraordinarias, aunque eso es parte de lo que hace. La idea fundamental es que Dios quería poner en el hombre una capacidad para obedecerle, y la solución fue poner al Espíritu dentro. Entonces la obra principal del Espíritu en nosotros es esa: santificar nuestras vidas. Esa es la primera razón por la que él viene.
La segunda razón está en el mismo versículo 26: "Él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho." Hasta ese momento, los discípulos habían sido sumamente torpes —sin ánimo de ofenderlos, porque nosotros a veces somos torpes también— en aprender lo que Jesús tenía que enseñarles. Jesús les dijo muchas veces que el Mesías debía ser crucificado, morir y luego resucitar al tercer día; ellos nunca lo entendían. Por esa razón es que cuando Jesús resucita, ninguno se lo estaba esperando. Ellos no habían entendido el mensaje que Dios les había dado en muchísimas ocasiones. La razón era que ellos no tenían la capacidad para entender las cosas espirituales; es una capacidad que nos da el Espíritu: enseñarnos todas las cosas y hacernos ver las cosas como Dios las ve. Y eso está en el versículo 26.
Este ministerio de enseñanza del Espíritu es un ministerio fundamental e importante. Lo fue para los discípulos y lo es para nosotros hoy en día. La forma como Dios escribió la Biblia fue poniendo su Espíritu y su inspiración en el corazón de hombres para que escribieran su Palabra. A veces uno se pregunta: ¿cómo es que Mateo recuerda todos esos detalles, cómo Juan recuerda todos esos detalles del caminar de Jesús, todas esas enseñanzas, y las coordina en una sola obra? Bueno, el Espíritu. Cristo se iba, pero no los dejaba solos; dejaba a alguien de su misma categoría, con sus mismas cualidades, con el mismo peso de la divinidad, lo dejaba en su lugar para que los ayudara, los sostuviera y los enseñara. Él no los soltaba, como decimos nosotros, "a la buena de Dios"; él procuró que quedaran bien cuidados. Y eso es lo que ha hecho incluso también con nosotros.
Hay algo importante: cuando nosotros estamos leyendo la Biblia, necesitamos la asistencia del Espíritu para entender las cosas que leemos y para hacer que esas cosas se transformen en realidad en nosotros. Eso es parte de su obra, y a eso fue que vino.
La cuarta pregunta, y última, que queremos responder es: ¿dónde está el Espíritu? Y eso está también en el pasaje, Juan 14:16-17: "Y yo rogaré al Padre y él os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros sí le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros."
Hasta ese momento, la forma como el Espíritu de Dios se relacionaba con el pueblo de Dios era diferente a cómo se iba a relacionar en el futuro. Cristo dice "está con vosotros", es decir, el Espíritu está con ustedes. En el ministerio de Jesús fue sumamente importante la presencia del Espíritu, y en muchas de las cosas que los discípulos hacían fue importante la presencia del Espíritu; pero la relación era diferente, era más parecida a lo que había en el Antiguo Testamento. En el Antiguo Testamento, cuando Dios quería usar a alguien de manera especial o de manera intensa, Dios ponía su Espíritu sobre él. Ya mencioné que lo hizo sobre David, lo hizo sobre los artífices para construir el templo, lo hizo sobre Saúl. Pero había una característica en esa presencia del Espíritu: se podía ir, dependiendo de cómo la persona se comportara o viviera.
En el caso de Saúl, si vamos a 1 Samuel 16:14, ahí nos dice que el Espíritu Santo se apartó de Saúl. Estuvo sobre él, pero luego se fue, y nosotros sabemos por qué: porque Saúl violentó diversos mandatos de Dios, de la ley de Dios. En el Salmo 51:11, David le dice a Dios: "No quites de mí tu Santo Espíritu." O sea, había una posibilidad. Ese es el salmo donde David pide perdón por el pecado de adulterio y de asesinato que él cometió, y David sabe que Dios puede decidir, ante un pecado como ese, quitar su Espíritu de él. David pide, le implora a Dios: "Por favor, no quites tu Espíritu de mí; restituye el gozo de tu salvación", más adelante le dice. O sea que el Espíritu de Dios en el Antiguo Testamento se podía ir y venir; estaba con el pueblo.
Pero ahora Jesús dice: "Estará en vosotros." Es diferente. Ahora una relación distinta. Y no solamente eso: el versículo dice "para siempre." Ahora la forma de estar es permanente. Es el sello, como le llama Pablo, de Dios en nosotros, hasta que entremos en gloria. Y es la razón por la que Pablo en 1 Corintios 3:16 dice lo siguiente: "¿No sabéis que sois el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?" La misma expresión de Cristo: "en vosotros."
Hay una diferencia entre diversos grupos cristianos en lo que respecta a la presencia o el bautismo del Espíritu. Muchos se...
Entienden que el bautismo del Espíritu es una experiencia —le han llamado algunos una segunda experiencia de gracia—, es decir, que después que tú te conviertes, después que te haces cristiano, en algún momento más adelante, dependiendo de tu caminar, dependiendo de cuánto lo pidas, dependiendo de cuánto lo ansíes, Dios te bautiza con su Espíritu Santo. Y muchas veces eso se relaciona con algún momento de lloro intenso o con hablar en lenguas, y entonces tenemos una confusión en el tema.
El bautismo en el Espíritu Santo es el momento cuando tú te haces cristiano. En ese momento tú te transformas en el templo del Espíritu de Dios, y el Espíritu Santo viene a morar en tu vida. Eso es una promesa, y lo vamos a ver mucho más detalladamente la semana que viene. Pero eso es una promesa que Jesús les hace a sus discípulos: "estará en vosotros." No depende de tu santidad. No depende de tu grado de las manifestaciones del Espíritu; sí dependen de mi grado de santidad. Yo puedo entristecer al Espíritu —lo leí hace poquito, ¿verdad?—. Pablo dice: "yo puedo apagar el Espíritu." Pablo le dice a los gálatas: "no apaguéis al Espíritu." O sea, que de alguna manera, como es una persona, si yo hago algo que le ofende, él se retrae, pero no se ha ido. Es diferente.
El bautismo del Espíritu es esa experiencia que ocurre en el momento que yo acepto a Cristo como Señor y Salvador de manera genuina: yo soy templo del Espíritu Santo. No es una segunda experiencia de gracia, es la misma. Y ahí entonces, cuando yo comienzo a caminar con el Espíritu —como lo dice Efesios 5—, yo puedo ser lleno del Espíritu en la medida que yo camino y le rindo mi vida a Dios. Él me llena de su presencia mucho más, no con más de su Espíritu, sino que Él se puede manifestar más libremente en mi vida porque yo estoy caminando de una manera que le agrada.
A mí, cuando yo trataba de entender esta verdad de que yo soy templo del Espíritu Santo, la verdad que se me apretó un poco la cabeza. Bueno, mi esposa estaba —yo fui, ya estaba en una televisión— y yo le digo: "Yo no entiendo esto. ¿Cómo es que el Dios todopoderoso, en la persona del Espíritu Santo, que es Dios también, habita en toda su plenitud dentro de mí? ¿Cómo es eso? No lo entiendo. ¿Dónde cabe? ¿Por qué no ando en el aire?" Me recordé entonces de una ilustración que en una ocasión, hablando con el pastor de otras cosas —a un lado del aborto y de la genética, cuando íbamos para el Congreso; hay unas discusiones que tuvimos en el Congreso acerca del aborto—, el pastor me decía algo que me marcó.
Me decía que nosotros, los seres humanos, tenemos miles de millones de células. La célula es lo que compone la materia; células agrupadas y cohesionadas es lo que forma este reloj, células. El ser humano es célula. Una célula microscópica contiene toda la información genética de lo que tú eres. Esa es la esencia de la clonación: la clonación te extrae una célula, y con esa célula reproducen un ser humano exactamente igual a ti, porque en una sola célula está toda la información genética que te pasaron tu papá y tu mamá —toda—, que se calcula que son tres mil páginas de información, en una célula. Y yo decía: "¡Y Intel creyó que hizo la gran cosa con su procesadorcito!" Mientras más chiquito que eso es una célula, de los miles de millones que tiene un ser humano, contiene microscópicamente toda la información que se necesita para reproducirte.
En otras palabras, una célula microscópica contiene la plenitud de lo que tú eres. De la misma manera, por pequeño que sea tu interior y tu corazón, tú contienes toda la plenitud del Espíritu, con todas sus condiciones, con todas sus cualidades de santidad, de poder, de integridad, de verdad —entero, completo—. Está en mí; no solamente en mí, pero está en mí en toda su plenitud. Así lo entendí un poquito más, porque todavía me sigue produciendo un dilema en mi cabeza cómo es posible, porque además de que físicamente no me lo puedo imaginar, es moralmente inimaginable que un Espíritu Santo, que pertenece a la Trinidad santa de Dios, habite un corazón pecaminoso.
Y allá, cuando Isaías veía el trono de Dios abierto y decía que los ángeles cantaban "Santo, Santo, Santo", muchos estudiosos entienden que cantaban: "Santo, Dios Padre; Santo, Dios Hijo; Santo, Dios Espíritu Santo." Entonces, el Espíritu Santo es una persona, es Dios, ha venido a enseñarnos, a sostenernos, a ayudarnos; está en nosotros. ¿Y qué importancia tiene todo eso para nosotros? ¿Qué aplicación puede tener para mi vida y para tu vida el que nosotros sepamos esta doctrina del Espíritu Santo? Y siempre decimos que la doctrina, por ser meramente doctrina, si no cambia tu vida no tiene mucho valor.
Dios se ha revelado, ha revelado lo que ha revelado precisamente para que nosotros, primero, nos relacionemos con Él apropiadamente, y para que nosotros vivamos de una manera que le agrada a Él. En primer lugar, ¿qué implica esto? Bueno, mi búsqueda del Espíritu no debe ser una búsqueda mística, una búsqueda de una experiencia, una búsqueda de un frío, un calor, un calambre; debe ser una búsqueda de una persona.
En una ocasión yo fui a un retiro, hace muchos años de eso —muchos años—, y en ese retiro, en una noche, hubo un tiempo de "ministración del Espíritu." En ese momento no le llamaba ministración; estoy hablando quizás de hace veinte años o más. Yo tenía como quince años. Tengo treinta y cinco; son veinte. No sé por qué hay que ocultarlo, ¿cuál es el problema? En ese retiro yo recuerdo que había una confusión con el tema del bautismo del Espíritu, y se entendía que el bautismo del Espíritu era una experiencia distinta, diferente. Yo recuerdo que esa noche yo pedía con todo mi corazón que Dios me bautizara en su Espíritu, y yo veía a la gente al lado de mí llorando, la gente al lado de mí postrada, con temblores, y yo decía: "¿Por qué a mí no me pasa? ¿Qué es lo que yo tengo dentro de mí que me impide que Dios me bautice con su Espíritu?"
¡Y vaya qué equivocado estaba! Yo sé que no era la intención quizás en ese momento, pero estas son cosas que, si no las entendemos, no vamos a tener un entendimiento apropiado de cómo relacionarnos con Dios. Poco a poco yo entendí que el Espíritu de Dios habita en mí, que yo soy su templo. Ahora yo tengo la información suficiente, ya yo sé; ahora yo voy a vivir de una manera que le agrade a mi huésped. Eso es lo primero: yo me relaciono con el Espíritu como una persona.
El Espíritu Santo es el huésped en tu corazón; tú eres su templo. Y cuando nosotros tenemos alguien en la casa, sobre todo si es alguien de cierto rango o que es importante para nosotros, tenemos todos los detalles y todos los pormenores arreglados. A ver si hasta pintamos la casa cuando viene visita. "¿No nos viene la tía Fulana de nuevo? ¡Yo, porque tengo cinco años que no la veo, hay que pintar la casa!" ¿Pero qué tiene que ver la tía con la pintura? Bueno, yo quiero que cuando ya venga se sienta cómoda, vea la casa limpia y arreglada. ¿Verdad? Eso es lo que queremos.
Y a veces, cuando la tía se queda con nosotros —o el tío, o el primo, o el hermano, quien sea, alguien importante para nosotros—, tenemos detalles con ellos. Les arreglamos la cama: "Acuérdate, usa mi cama, coge la habitación principal." O les decimos con la comida: "Mira, ¿qué tú quieres? ¿Tú quieres huevo revuelto, huevo frito, o de qué tipo lo quieres? Te dejé un jugo en la nevera. Mira, voy a salir, pero te dejo esto todo preparado." Estamos haciendo, preocupándonos, porque el huésped que tenemos en nuestra casa se sienta cómodo, se sienta bien, se sienta a gusto. No sé si tú lo has estado en alguna ocasión en una casa donde la pareja comienza a pelear delante de ustedes. No sabes dónde meterte.
Señor, hay cosas que no se hacen delante de la gente. De la misma manera, ustedes tienen, si han recibido a Cristo como Señor y Salvador, tienen al Espíritu Santo, Dios dentro de ustedes. Él es su huésped. ¿Qué hago yo, qué haces tú para hacerlo sentir cómodo, halagado? Hay cosas que no se pueden decir delante del huésped, hay cosas que no se pueden hacer porque el huésped está presente.
Y no solamente por el miedo a lo que diga el huésped, sino porque sucede que en este caso yo amo a ese huésped. Es mi Dios, es mi ayudador, es mi sostenedor, es el que viene al lado de mí para sostenerme. Yo quiero que ese huésped se sienta bien. Y ahí comenzamos a entender entonces que tener la persona del Espíritu dentro de nosotros no es solamente una bonita verdad, es una verdad transformadora, debe ser una verdad transformadora.
No hay aquello para un cristiano de que "yo no puedo cambiar ese hábito pecaminoso, no puedo." ¿Saben por qué eso no es cierto? Porque la Palabra de Dios nos ha dicho que la presencia del Espíritu en nosotros nos capacita para hacer todo lo que a Dios le agrada. Entonces, muchas veces el que yo no pueda dejar algo, el que yo no pueda cambiar una actitud o un hábito, no tiene que ver con la posibilidad de hacerlo, tiene que ver con mi deseo de hacerlo. Si tú quieres y pones mano a la obra, el Espíritu está ahí para apoyarte, para sostenerte, para ayudarte, para respaldarte en tu cambio de actitud, de forma, de expresiones, de caminar, de cambiarte de todo.
Entonces esto tiene una implicación sumamente práctica para nosotros. El Espíritu ha venido también para darnos sabiduría y darnos dirección, darnos apoyo en los momentos de dificultad. Cuando yo tengo un problema económico, de familia, de salud y demás, muchas veces recurrimos a Dios en último lugar. Lo primero que hacemos es ponernos nerviosos, nos paniquiamos como decimos los dominicanos, nos ponemos nerviosos, y esto y lo otro. Al final alguien nos pregunta: "¿Ya vamos a orar por esto, has orado?" "Ay no, yo no lo hice por eso, porque imagínate con tanta cosa."
Eso es lo primero que debes hacer: buscar su dirección, buscar su soporte, buscar su sabiduría. Cuando tú tienes una decisión importante que tomar y no estás seguro de que has recibido la dirección del Espíritu, no la tomes. Espera a estar seguro de que esa es la decisión del tremendo Consejero que tienes dentro de ti.
A veces nos apresuramos a tomar decisiones inconsultas con el Espíritu y al final le decimos a Dios: "Bendice esto, Dios." Él debe ser la primera persona a consultar, Él debe ser la primera persona a la que yo me vaya a desahogar cuando estoy frustrado, cuando estoy en un problema, cuando estoy en dificultades, porque Él es mi ayudador y está en mí y habita en mí. Y obviamente Él es la razón para que yo cambie mi forma de ser, mi forma de actuar, mi forma de vivir.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.