IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
¿Quién es mi prójimo? La pregunta que un intérprete de la ley le hizo a Jesús hace dos mil años sigue siendo urgente hoy, en medio de un clima de violencia, soledad agresiva e individualismo extremo. Las redes sociales nos han encerrado en cajas de resonancia donde solo vemos lo que queremos ver, y hemos perdido la capacidad de relacionarnos significativamente con personas de carne y hueso. Incluso la iglesia se ha atomizado: tenemos el mejor de los mundos porque la tecnología nos conecta, pero también el peor, porque no rendimos cuentas a nadie ni nos sentimos parte de una comunidad real.
Cuando aquel experto en la ley respondió correctamente que debemos amar a Dios con todo nuestro ser y al prójimo como a nosotros mismos, Jesús lo bendijo. Pero añadió algo incómodo: "Haz esto y vivirás". El problema nunca ha sido la teoría; nos encanta conocer el mapa sin pisar el terreno. La parábola del buen samaritano revoluciona la pregunta: el prójimo no es alguien que califica según un formulario, sino que soy yo quien lleva esa identidad encapsulada. El samaritano —representante de un pueblo odiado por siete siglos de conflicto— mostró compasión inexplicable hacia un judío moribundo que no podía responder ninguna pregunta sobre si merecía ayuda.
Esta historia es también nuestra historia espiritual: nosotros éramos ese hombre medio muerto a la vera del camino, y la religión pasó de largo porque no podía darnos vida. Pero Jesús, el más despreciado de la historia, tuvo compasión, sanó nuestras heridas y pagó por nuestro restablecimiento. Si hemos recibido esa gracia, la respuesta es clara: ve y haz tú lo mismo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El tema que quería compartir con ustedes ha sido un tema que ha estado en mi mente por mucho tiempo, especialmente dadas las circunstancias que nos ha tocado vivir. Tiene como título la pregunta: ¿y quién es mi prójimo? Esa fue la pregunta que le hizo un intérprete de la ley a nuestro Señor Jesucristo hace más de dos mil años atrás, y era una pregunta un tanto cínica, porque la intención de este intérprete de la ley era probar a Jesús. No era aprender, sino tratar de pillar a Jesús en algún aspecto en donde lo pudiera mostrar como un hereje o como alguien que no conocía la ley. Sin embargo, para nosotros en este tiempo, yo considero que es una pregunta sumamente importante por responder.
¿Y quién es mi prójimo? Basta solamente analizar lo que está pasando a nuestro alrededor para darnos cuenta de que estamos viviendo un clima de profunda violencia. No solamente la pandemia nos ha separado; hace poco leía algunos análisis e investigaciones recientes que señalaban cómo la pandemia nos ha separado de tal manera que hemos perdido la capacidad de tener relaciones significativas entre personas de carne y hueso. Nos hemos tornado más que todo hacia las redes sociales, y en las redes sociales tampoco encontramos un clima positivo. Quienes tenemos cierta participación pública en las redes nos damos cuenta de todo lo que se puede decir de uno sin que lo merezca: teorías de conspiración, odio, comentarios adversos, y de eso nos estamos nutriendo unos a otros de manera permanente.
Vemos un clima de enemistad constante. No solamente eso, sino que los estudiosos señalan que estamos enfrentando un tipo de soledad que han denominado soledad agresiva: no solamente me siento solo, sino que al mismo tiempo esta soledad tiende a ser agresiva; tiendo a rechazar, tiendo a desconfiar, tiendo a insultar, a pesar de que me encuentro completamente solo. En el mismo sentido, esta soledad se magnifica a través de los medios virtuales que usamos ahora, porque en realidad los famosos algoritmos lo que hacen es que nosotros veamos solo aquello que nos gusta, que sigamos y pensemos que el mundo es del color que a mí me encanta. Nos sorprendemos cuando descubrimos que el mundo no es como yo me lo imagino ni como yo lo quiero. Vivimos en medio de una caja de resonancia, en medio de una habitación repleta de espejos en donde solo termino mirándome a mí mismo.
Por eso es que la pregunta ¿quién es mi prójimo? es importante. Es importante también porque nosotros estamos conscientes ahora de una serie de tendencias que han sido exacerbadas. Nosotros sabemos que somos individuos, pero ahora se ha exacerbado algo que se denomina un individualismo extremo: la tendencia a pensar que yo puedo actuar por encima de todos los demás, que todo lo que importa es aquello que yo quiero, aquello que yo requiero y aquello que yo necesito, y que lo puedo lograr sin que nadie que se mueva a mi alrededor sufra por eso. Se habla también de una autonomía extrema, una libertad autodirigida y una independencia moral sin mayor consideración que los propios pensamientos, los propios sentimientos y la propia voluntad. Es el reinado de la opinión.
Por eso es que la pregunta ¿quién es mi prójimo? es fundamental. Tenemos que volver a preguntarnos quiénes están a mi alrededor, y no es solamente una pregunta social, sino que se trata de una pregunta espiritual, porque nosotros hemos sido llamados a convivir en comunidad con otras personas, y la esencia de esa comunidad espiritual es la iglesia. Pero aun en la iglesia nosotros descubrimos que también se ha desmembrado. Por un lado estamos viviendo el mejor de los mundos, porque la iglesia ha aprovechado la tecnología de tal manera que ahora nosotros podemos, como en este momento, ser vistos en muchos lugares. Hay muchos jóvenes que se han levantado, han abierto sus páginas, sus canales de YouTube, y han abierto sus corazones para transmitir verdades. Podríamos decir que ese es el mejor de los mundos, pero también es el peor de los mundos, porque tendemos a atomizarnos, a separarnos; no sabemos a dónde pertenecemos, no nos sentimos parte de una comunidad, nos sentimos parte del mundo virtual, pero no rendimos cuentas a nadie.
Finalmente, nosotros tenemos que preguntarnos quién es mi prójimo por una razón fundamental: como nunca antes, el cristianismo, sus valores, sus principios y sus iglesias están siendo cuestionados, y cada vez de una manera más agresiva y violenta, hasta el punto de que se quiere erradicarnos de la faz de la tierra. Pareciera que ya nosotros los cristianos tenemos que ocultar quiénes somos porque ya no somos prójimos de nadie. Eso se ha ido exacerbando con el tiempo y lo vemos cada vez de una manera más notoria, no solamente en el primer mundo, sino también a nuestro alrededor. Hay ciertas ideologías que tienen como base la erradicación del cristianismo porque les perjudica en aquellas cosas que promueven, y lo vemos diariamente. Entonces esa es la pregunta que nosotros debemos hacer: ¿quién es mi prójimo?
Así que voy a invitarles a que podamos abrir nuestras Biblias en Lucas, el capítulo 10. Nos encontramos con un pasaje sumamente conocido y sencillo, pero que es sumamente profundo y amplio, y que debe llevarnos a tomar decisiones con respecto a esta pregunta que este intérprete de la ley le hace a nuestro Señor Jesucristo. En Lucas 10:25 en adelante dice así la Palabra del Señor:
"Cierto intérprete de la ley se levantó y, para poner a prueba a Jesús, dijo: 'Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?' Y Jesús le dijo: '¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?' Respondiendo, dijo: 'Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.' Entonces Jesús le dijo: 'Has respondido correctamente. Haz esto y vivirás.' Pero queriendo él justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: '¿Y quién es mi prójimo?'"
Vamos a quedarnos allí por un momento y vamos a tratar de meditar y sacar algunos principios y verdades de esta primera parte. Definitivamente la intención de este intérprete de la ley no era muy santa; lo declara el mismo Lucas: el intérprete de la ley se levanta para poner a prueba a Jesús. Esa era su intención. Las circunstancias que propician esta conversación no son del todo claras, porque aparentemente Lucas está cerrando una etapa con el regocijo de Jesús en los versículos anteriores, y aquí simplemente, sin mayor introducción, dice que cierto intérprete de la ley se levantó y se presentó delante de Jesús para probarlo. Por lo tanto, nosotros no podemos saber exactamente cuál era la motivación de este hombre, más que simplemente dejar en ridículo a Jesús o desacreditarlo públicamente a causa de sus enseñanzas.
Ahora, hablemos un poco de qué significa ser un intérprete de la ley, ya que todos estamos aprendiendo. Definitivamente su pregunta iba respaldada por su currículo, por decirlo de alguna manera. Este intérprete de la ley gozaba de cierta reputación pública en el tiempo de Jesús. Quizás la palabra "intérprete de la ley" no nos diga mucho, pero si miramos la traducción en otras versiones, encontramos que una versión dice que era un doctor de la ley, otro lo llama maestro de la ley, otro experto en la ley religiosa. Definitivamente el intérprete de la ley era un teólogo versado en la ley de Dios, de tal manera que podía él argumentar en profundidad acerca de lo que la ley traía consigo. Es interesante que las versiones en inglés dicen que era un abogado, un representante de la ley que respondía ante ella para resolver los asuntos humanos. Y esto es sumamente interesante: no es solamente un valor teológico académico, sino que uno acudía al intérprete de la ley para resolver asuntos de la vida diaria a través de la ley de Dios.
La palabra griega es la palabra *nómikos*. Y *nómikos* viene simplemente de *nomos*, que es ley, y la terminación habla de una persona que ejecuta la ley: una persona entendida en la ley judía, especializada en interpretar el Antiguo Testamento y en la aplicación de la enseñanza de algunos rabinos de renombre. Este era el personaje que se presenta delante del Señor y del cual desconocemos su nombre.
Él le hace una pregunta que parece muy sencilla: "Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Él no pregunta en términos generales; lo pregunta para él mismo: "Maestro, ¿qué haré yo para heredar la vida eterna?" Recordemos, tal vez esto nos trae a la memoria la misma pregunta del joven rico. ¿Recuerdan ustedes? La misma pregunta: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?" Definitivamente esta pregunta debe haber sorprendido a la multitud, porque Jesús siempre estaba rodeado de gente que lo reconocía. Y aquí este intérprete de la ley pregunta en comunidad, pero lo hace para sí mismo: "Señor, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Se le muestra como un hombre desprendido, un hombre que está por encima de las vanidades del mundo, que pregunta no por esta vida y sus beneficios, sino que busca heredar la vida eterna, una vida de la cual nuestro Señor Jesucristo había hablado en múltiples oportunidades.
Esa era la pregunta: ¿qué haré para heredar? ¿Qué es lo que yo tengo que hacer para gozar del beneficio de Dios, de esta vida que solamente Él puede ofrecer? La respuesta de Jesús es sumamente interesante, la respuesta de Jesús es inmediata. Él le repregunta a él, que es experto en la ley, y le dice: "Bueno, ¿qué está escrito en la ley? ¿Qué es lo que tú, básicamente, qué es lo que tú lees en ella?"
El hombre, por supuesto, un intérprete de la ley, no duda en la respuesta. Una respuesta que nosotros conocemos a cabalidad. Él usa dos pasajes: un pasaje de Levítico y un pasaje de Deuteronomio, Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18. Y él repite la ley, porque esa fue la pregunta que le hizo Jesús. "¿Qué lees en ella?" Y él lo dijo, probablemente de memoria: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo."
¿Qué les parece esa respuesta? Brutal, para decirlo de alguna manera. Era la respuesta precisa. Recordemos que el Señor Jesucristo había dicho en Mateo 22:40 con estas palabras: "De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas." De tal manera que era evidente en este momento que este hombre sabía de lo que estaba hablando.
¿Cómo le responde Jesús? Simplemente: "¿Has respondido correctamente?" ¡Cuánto nos gustaría que el Señor nos diga eso, ¿verdad?! Cada vez que uno tiene que preparar un sermón, una clase, yo siempre me pregunto si el Señor diría: "¿Has respondido correctamente?" Imagínense ustedes: el Señor Jesucristo le dijo a este intérprete de la ley: "Has respondido correctamente. Amar al Señor con todas las fuerzas y al prójimo como a ti mismo. Te has basado en dos pasajes esenciales que resumen toda la ley y los profetas." Clarísimo, todo está bien, aplausos, cerremos el caso, ¿quién viene después de él?
Pero, saben, hay un pequeñísimo problema. El Señor nunca nos va a dejar en el plano teórico cuando habla de la ley de Dios. Nunca nos va a dejar en el plano teórico. Porque le dice: "¿Has respondido correctamente?" Y luego utiliza otro pasaje también de Levítico, Levítico 18:5, y le dice: "Haz esto y vivirás." Y hermanos, ahí es donde nosotros empezamos a complicarnos la vida, porque no basta solamente que hablemos bonito, sino que nosotros tenemos que vivir la realidad de aquello que el Señor está presentando.
Si le damos vuelta a la página y miramos el capítulo 11 de Lucas, vamos a ver que Jesús se enfrentó a unos intérpretes de la ley, solamente para que tengamos el contexto de la impresión que Jesús está dejando. En el capítulo 11 de Lucas, a partir del versículo 45, dice: "Respondiendo uno de los intérpretes de la ley, le dijo: 'Maestro, cuando dices esto, también a nosotros nos insultas.'" Porque Jesús se estaba refiriendo a la hipocresía de los fariseos, pero parece que el intérprete de la ley se sintió aludido. Y Jesús, ¿qué le respondió? Versículo 46: "Y él dijo: '¡Ay también de ustedes, intérpretes de la ley, porque cargan a los hombres con cargas difíciles de llevar, y ustedes ni siquiera tocan las cargas con uno de sus dedos!'"
Ahora me queda claro por qué Jesús le dijo: "¿Has respondido correctamente? Haz esto y vivirás." Y yo creo que esto nos toca a todos nosotros, hermanos, de manera particular. Porque a nosotros nos encanta la teoría, a nosotros nos encanta la charlita de café para resolver los problemas del mundo. Nosotros no pateamos una pelota, pero sabemos cómo hay que hacerlo, y al que no lo hace correcto, yo le digo exactamente mientras me tomo el cafecito: "¿Cómo no lo hizo así? ¿Y por qué es que esa cosa no ha funcionado?"
Y ese es nuestro problema. Nuestro problema radica en que a nosotros nos gusta conocer el mapa, pero no nos preocupamos por pisar el terreno. Nos encantan los mapas coloridos, nos encanta recorrer las superficies solamente con el paso de la vista, y yo siento que con eso ya lo sé todo.
Sin embargo, el Señor nos dice claramente que podemos responder correctamente, que no hay error en Él. No nos equivoquemos: el problema no es que nosotros sepamos y conozcamos la Escritura. Jesús bendijo a este hombre. Imagínense, le digo: "¿Cómo ha respondido correctamente? ¡Recibes un cien!" ¿Cuál es la nota máxima en República Dominicana? 100. En Perú es 20, en Chile es 7, en otros países es 4. Entonces por eso estaba medio confundido, pero le digo: ha recibido un 100.
"Hazlo y vivirás." Esa es nuestra gran demanda con respecto a este pasaje de la Escritura. La verdad es que nosotros reconocemos que debemos amar a Dios por sobre todas las cosas, pero "haz esto y vivirás"; que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, pues "haz esto y vivirás." Es interesante que San Agustín hablaba con respecto a estos pasajes sobre el amor a Dios por sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a uno mismo, y él decía que nosotros tenemos un problema de amor desordenado.
¿Qué significa que tenemos un problema de amor desordenado? Significa que nosotros amamos y perdemos la calificación del orden del amor. Mi problema no es que amo cosas malas, sino que no las amo en el lugar que les corresponde. Cuando el Señor establece estos dos mandamientos que son la base y la esencia de la ley, nosotros tenemos que reconocer cuál es nuestra posición en base a ese amor que el Señor ha establecido. ¿Cuál es el orden correcto para que yo pueda vivir correctamente?
Es por eso que este intérprete de la ley seguramente se ve pillado. Cuando escuchó primero "has respondido correctamente", el pecho se le levantó y puso esa cara de "¿qué te dije?" Pero inmediatamente le dice: "Haz esto y vivirás", y se lo dijo delante de todo el mundo. Y todo el mundo ya ve: "Tú quieres que yo haga de todo, pero tú con un dedo lo mueves." Ahora pues, responde.
Es por eso que este hombre, como dice el versículo 29 del capítulo 10 de Lucas, queriendo justificarse a sí mismo, quería volver a recuperar la aprobación que había perdido. Porque a pesar de que el Señor lo había dicho "has respondido correctamente", en la práctica tenía un problema, y por eso le hace esta pregunta que nosotros también nos hacemos hoy: "¿Y quién es mi prójimo?"
Quiero mostrarles que esta pregunta no se puede responder teóricamente, porque ya la teoría está respondida, ya la teoría está clara. Pero él insiste y pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?" Tengo que reconocer que la pregunta no era muy descabellada; la pregunta tiene una razón de ser que tiene que ver con la concepción que los judíos tenían en su tiempo de quién era su prójimo. En ese momento, ellos interpretaban Levítico de una manera nacional y corporativa, basándose en el pueblo de Dios, en el Israel geográfico y en el Israel racial.
En Levítico 19, en los versículos 17 y 18, la ley dice lo siguiente: "No odiarás a tu compatriota en tu corazón; ciertamente podrás reprender a tu prójimo, pero no incurrirás en pecado a causa de él. No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo." El contexto de este pasaje les hacía presumir a los judíos que el único deber para con el prójimo que ellos tenían era con sus compatriotas, nada más. Porque el pasaje dice: "No odiarás a tu compatriota en tu corazón... no te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo."
Por lo tanto, la idea de "¿quién es mi prójimo?" quedaba restringida única y exclusivamente al pueblo de Israel. Cualquier otra persona que no fuera judía quedaba fuera del alcance de la definición y de la responsabilidad que el mandamiento traía consigo. Por eso es que esta pregunta es fundamental, porque la forma en que Jesús la responde es una forma maravillosa, y es una forma, hermano, en la que todos nosotros debemos reflexionar.
Ustedes conocen la parábola del buen samaritano, ¿no es verdad? Así que ustedes van a hacer ahora como que no la conocen, porque es como contar el chiste cuando ya saben el final. "Pastor, todos saben esta historia." Entonces, ¿cómo la cuento si ya la saben? Entonces no saben esta historia, ¿ok? Vamos a ser como si fuera la primera vez. Nadie la sabe, nadie.
Entonces Jesús le responde a este hombre en el versículo 30 y le dice: "Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores, los cuales, después de despojarlo y de darle golpes, se fueron dejándolo medio muerto. Por casualidad, cierto sacerdote bajaba por aquel camino y cuando lo vio, pasó por el otro lado del camino. Del mismo modo también un levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado del camino." Detengámonos ahí. ¿No saben el final? No salgan.
Cuando el Señor cuenta esta historia, Él representa una historia que realmente nos llama a todos la atención. Cada vez que hay un drama humano, todos tenemos una opinión. Yo imagino que cuando el Señor empieza a contar: "Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores, los cuales, después de despojarlo y darle golpes, se fueron dejándolo medio muerto", en medio de la multitud todo el mundo decía: "Eso pasa en ese camino, siempre, siempre, siempre. Yo conozco, yo tengo un primo que le ha pasado; estaba ahí también, le dieron duro, le sacaron y quitaron todo lo que tenía. El pobre se tuvo que ir caminando porque hasta el burro se lo llevaron, hasta lo dejaron sin burro." Todos conocemos esas historias, ¿verdad?
Esta historia impacta, te empuja a sentirte parte de alguna manera en aquello que está pasando. Y luego Jesús, que es el maestro del llamado de atención, habla no cierto de este hombre a quien le han dado tantos golpes que lo han dejado medio muerto. Ni siquiera sabemos quién es; un hombre que no puede responder por sí mismo, no puede pedir ayuda. No sabemos quién es. Está tirado con la cara ahí a la vera del camino y probablemente tiene la apariencia de que ya está muerto.
Sin embargo, dice el versículo 31: "Por casualidad, cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y cuando lo vio, pasó por el otro lado." Un sacerdote. Un sacerdote que viene bajando desde Jerusalén, baja y sigue el camino. Ese no sabe quién es su prójimo. Pero Jesús no se queda tranquilo, porque ya bastaba el sacerdote, ¿verdad? Pero luego cuenta y dice: "Del mismo modo también un levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado."
Imagínense la multitud. Hagamos ruido como que estamos murmurando entre nosotros: "¡Uaaah! ¿Lo es? ¿Cómo se le ocurre? ¿Pero es posible? Este sacerdote, que no sé qué, que no sé yo... sé que a estos les gustan solo los diezmos para quedárselos. Y el levita este, no cierto..." Así eran las voces en medio de la multitud, porque todos reconocían ya lo malo que había sucedido. E imagino al intérprete de la ley diciendo: "Yo nunca hubiera hecho como ese sacerdote." Y la gente alrededor: "¡Por supuesto! ¡Nunca!" Porque todos sabemos jugar el partido, ¿no es cierto? Cuando nos cuentan la historia, todos nosotros lo hubiéramos hecho distinto, todos nosotros lo hubiéramos hecho perfecto, todos nosotros hubiéramos levantado al hombre y pedido el helicóptero.
Lo cierto es que la historia no termina ahí, y aquí viene lo bueno. Aquí dice: "Pero cierto samaritano..." Y la gente da un paso atrás. "¿Pero cierto samaritano...?" Entonces lo único que se espera es que haga lo mismo, ¿verdad? O sea, si el sacerdote pasó de largo y el levita también, y el hombre está por morir, este samaritano no va a hacer nada. "Pero cierto samaritano que iba de viaje llegó a donde él estaba."
Aquí, hermano, yo quiero mostrarles lo fuerte de lo que Jesús está hablando en este momento. Porque esta historia es muy sencilla, pero el punto de giro de la historia es lo que nos debe llevar a descubrir quién es nuestro prójimo. Debemos recordar que setecientos años antes de Jesús empezaron los problemas con los samaritanos, que vienen a ser la mezcla de la raza de israelitas con asirios que se quedaron poblando el Israel abandonado, producto del exilio babilónico. ¡Setecientos años! Imagínense un pleito de 700 años.
Estos samaritanos luego aparecen en la historia de Esdras y Nehemías, y nos dicen que ellos se opusieron a la reconstrucción del templo y de la muralla, ya 455 años antes, y siguen los problemas. Los judíos, que tampoco eran de quedarse tranquilos, destruyeron el templo de Gerizim que los samaritanos se habían edificado 200 años antes de Jesús. Debemos recordar que en el tiempo de Jesús mismo, los samaritanos no dejaban pasar a la gente por su territorio. ¿Recuerdan eso?
Y no solamente eso, sino que vienen con detallitos. Nosotros miramos la página anterior en nuestras Biblias físicas y encontramos cuando el Señor reprende a Jacobo y a Juan. Queriendo pasar por una aldea samaritana de camino a Jerusalén, los samaritanos no los dejaron entrar. ¿Y cuál fue la respuesta de los morosos Juan? Bueno, al ver esto, sus discípulos Jacobo y Juan dijeron: "Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?" Estamos hablando de ahí no más.
Entonces aparece en la historia este samaritano. Y este samaritano, hermanos, representa todos los valores de compasión y misericordia que el Señor coloca sobre él. Dice el pasaje ahí en el versículo 33: "Y cuando lo vio, tuvo compasión. Acercándose, le vendó sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas. Poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero y dijo: 'Cuídemelo, y todo lo demás que gaste, cuando yo regrese se lo voy a pagar.'"
¿Cómo entendemos esto? Imagínense la multitud. Un sacerdote insensible: es posible. Un levita distraído: es condenable. Pero un samaritano compasivo con un judío: ¡es inexplicable! Es inexplicable.
En medio de esta historia, Jesús nos presenta una realidad inexplicable, pero que responde justamente al valor de la acción que el Señor está demandando de nosotros. Nos está demandando una acción inexplicable. Un teólogo dice: "La historia de Jesús sobre el samaritano compasivo, sin embargo, en vez de angostar la definición de prójimo, reformula todo el tema de dos maneras: el samaritano odiado viene a ser incluido en la categoría de prójimo, y el prójimo es definido como uno que muestra, en vez de uno que recibe, la misericordia." Yo soy prójimo cuando muestro misericordia. Mi prójimo no es simplemente el que esté en necesidad, sino que el prójimo es el que se entrega.
Por eso es que Jesús le pregunta a este hombre, cuando acaba la parábola, en el versículo 36: "¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?" El intérprete de la ley respondió: "El que tuvo misericordia de él." No dijo "samaritano", no lo dijo, pero era obvio.
Hermanos, nosotros nos encontramos aquí ante una situación sumamente complicada. Nosotros estamos viviendo una situación de odio social exacerbado en medio de nuestra comunidad. Nosotros podemos reconocer muy claramente quiénes son de los nuestros y quiénes no son de los nuestros. Pero el Señor nos manda en su Palabra de una manera absolutamente clara a que nosotros podamos reconocer quién es nuestro prójimo, pero no en la medida de buscar a quienes son iguales, ni en la medida en que nosotros reconocemos a aquella persona que está pasando necesidad para reconocerla como nuestro prójimo. La identidad de prójimo la asumo yo y la llevo en el camino, de tal manera que yo vengo a ser el prójimo aun de aquellos que aparentemente no deberían recibir ningún beneficio de mi parte.
A nosotros nos encanta llenar los formularios de prójimo. "A ver, Francisco, tú eres mi prójimo. A ver, dime: ¿cuánto ganas?, ¿dónde vives? No calificas. Perdóname, pero no calificas para prójimo." Lo cierto, hermano, es que nosotros descubrimos a ese judío medio muerto que no podía responder ninguna pregunta, que no podía afirmar si era bueno o si era malo. No sabemos si era bueno o si era malo, si era una buena persona, un buen padre, un buen hijo. No sabemos nada. Lo único que sabemos es que el samaritano se acercó, lo vio y tuvo compasión de él, y actuó de esa manera.
Yo creo que esta actitud revolucionaria es la actitud que nosotros debemos asumir en este tiempo, y es urgente, hermanos, que la asumamos. Nosotros estamos sintiendo tal presión social que a veces no podemos salir de esa marea que nos impulsa a mirarnos con odio unos con otros. Pero el Señor enseña con absoluta claridad que nuestra capacidad de identificar a nuestro prójimo es fundamental. Porque cuando este hombre responde —miren ustedes—, el intérprete de la ley dice en el versículo 37: "El que tuvo misericordia de él." ¿Y qué le responde Jesús? "Ve y haz tú lo mismo." No cambió un solo ápice del mandamiento. Él ya había respondido correctamente y simplemente ahora le pone un ejemplo sumamente complicado, y nuevamente le reitera: "Ve y haz lo mismo."
Hermanos, todos nosotros tenemos relaciones familiares, amicales, religiosas, sociales, profesionales. Lo que el Señor me está diciendo aquí es que este mandamiento me lleva a trascender, a ir más allá de todas esas relaciones en el reconocimiento de quién es mi prójimo. Llegan momentos, hermanos, en donde tendremos que descubrir lo que significa poner la otra mejilla. Llegan los momentos en donde nosotros vamos a tener que atender a aquellos que realmente se oponen con toda su fuerza contra nosotros. Este es un asunto espiritual, es un asunto de testimonio personal.
Y no solamente eso, sino que déjenme decirles que esto se conecta al Evangelio de una manera muy sencilla. Esa persona a la vera del camino soy yo, muerto en mis delitos y pecados. Yo soy el que estaba a la vera del camino, y la religión pasó de largo porque la religión no puede devolverme la vida, y el levita pasa de largo porque no puede hacer nada por mí. Pero Jesús es el Samaritano, porque Jesús ha sido el hombre más despreciado de la historia. "A los suyos vino, y los suyos no le recibieron." Pero con todo, Jesús tuvo compasión de mí, me tomó, me levantó, sanó mis heridas, me devolvió la vida y pagó por mi restablecimiento personal.
No solamente basta saber que yo debo amar a Dios con toda mi fuerza y a mi prójimo como a mí mismo, sino que yo debo reconocer que yo he sido privilegiado por el amor y la compasión del Señor al reconocerme a mí y darme la vida que no merecía. Porque el salteador y el ladrón era yo, y las heridas me las infligí yo mismo, y estaba ahí a la vera del camino. Pero el Señor me rescató.
Hermanos, si nosotros hemos vivido esa gracia de Dios, pues ve y haz tú lo mismo. Los cristianos somos los samaritanos de esta generación, y nosotros vamos a responder con compasión, porque si recibimos de gracia, daremos de gracia. Saben, este es un tema espiritual. Porque la discusión —y es interesante, y puede ser para otro tema— no giró acerca de cómo amar a Dios por sobre todas las cosas, sino que la conversación giró alrededor de quizás la parte más difícil que nosotros tenemos, que es cómo amar a nuestro prójimo.
Es bien interesante que cuando el Señor recibe la pregunta del joven rico, cuando le pregunta cuáles son los mandamientos que tiene que obedecer, Jesús le habló de todos los mandamientos que tenían que ver con las relaciones con las otras personas. Y yo leía un comentarista que decía: "La advertencia de nuestro Señor es que nuestra religión no perjudique nuestro amor al prójimo", que la religión no nos perjudique, que no nos sintamos que ahora que tenemos el mapa ya no necesitamos el territorio. Jesús no se quedó en el cielo; Jesús descendió y se hizo hombre. "Y vimos su gloria, como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad." Y se humilló hasta lo sumo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Ese es nuestro ejemplo, y eso es parte del testimonio, hermanos, que debemos fortalecer en estos tiempos difíciles.
Así que consideremos, hermanos, esta historia y recordemos: "Ve tú y haz lo mismo." Pero ese "ve tú y haz lo mismo" no es en referencia a toda la teoría que nosotros recibimos en la Escritura, sino que hemos descubierto que esa teoría se ha hecho realidad en nuestra vida. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ahora puedo estar aquí en pie delante de ustedes, porque el Señor me ha dado vida. Y esa vida no es simplemente para que yo la aproveche para mí, sino para que yo pueda también mostrar de esa vida a los que se mueven a nuestro alrededor, y que probablemente son tan enemigos nuestros como lo eran los samaritanos con los judíos en el tiempo de Jesús.
Oremos, hermanos. Señor, queremos darte gracias por el testimonio de tu Palabra, Señor, en esta historia sencilla pero al mismo tiempo tan poderosa. Yo te pido, Señor, que tú nos concedas el privilegio de poder responder ante nuestro prójimo con la misma compasión con la que tú has respondido, Señor, por nosotros. Te damos gracias, Señor, porque tú nos has dejado con claridad cuál es tu expectativa: que te amemos a ti con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con toda nuestra fuerza. Y queremos tener, Señor, nuestro amor en orden, poniéndote a ti en primer lugar y eminente en nuestra vida. Pero queremos recordar, Señor, que el segundo es semejante: amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Señor, que nosotros también vayamos y hagamos lo mismo. Y que saliendo de este lugar, nosotros también reconozcamos, Señor, que el prójimo somos nosotros. Nosotros llevamos, Señor, encapsulada en nuestra vida la visión de prójimo, para que podamos responder, Señor, con esa misma soltura y con ese mismo amor que Jesús mostró por cada uno de nosotros. Gracias, Señor, por tu Palabra. Gracias, Señor, por esta pregunta que nos hace reflexionar en estos tiempos tan difíciles. Ayúdanos a caminar contigo y en obediencia a ti. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.
Que el Señor les bendiga, mis hermanos. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal, de forma que tú puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.