IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La iglesia verdadera no es un edificio con paredes de concreto, sacerdotes con vestimentas especiales ni liturgias formales. Es un pueblo: piedras vivas unidas a Cristo, la piedra angular que los constructores rechazaron pero que Dios escogió como preciosa. Jesús fue rechazado, crucificado, y precisamente ese rechazo se convirtió en nuestra salvación. Él es el fundamento sobre el cual todo debe construirse, y nosotros, los creyentes, somos los bloques de construcción que Dios mismo va lijando y colocando donde él desea, transformándonos en las personas que necesitamos ser para encajar en su diseño.
Todo creyente en Cristo ha sido nombrado sacerdote, no una clase especial de clérigos separados del pueblo. En el antiguo pacto, solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año al lugar santísimo. Pero cuando Jesús murió, Dios rasgó esa cortina. Ahora cualquier creyente puede entrar directamente a la presencia de Dios. Este privilegio extraordinario trae responsabilidades: ofrecernos a nosotros mismos como sacrificio vivo, adorar a Dios continuamente, servir a otros y orar por los perdidos.
El pastor Zane Pratt, quien vivió años en Asia Central donde menos del uno por ciento son cristianos, recuerda que allí se podía viajar por días sin encontrar un cristiano, una Biblia o una iglesia. La adoración no termina dentro del templo; somos llamados a proclamar las excelencias de Cristo ante las naciones, viviendo vidas santas que respalden nuestro mensaje, conscientes de que este mundo no es nuestro hogar.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Es muy bueno estar aquí con ustedes! Siempre es bueno estar aquí con ustedes. Yo le he tomado un aprecio increíble a esta iglesia y a este ministerio. Y siempre es un gozo poder abrir la Palabra de Dios con ustedes. Les pido que abran sus Biblias a Primera de Pedro 2. Vamos a leer los primeros 12 versículos.
«Por tanto, desechando toda malicia y todo engaño, hipocresías y envidias y toda difamación, deseen como niños recién nacidos la leche pura de la Palabra, para que por ella crezcan para salvación, si es que han probado la bondad del Señor. Y viniendo a Él como a una piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también ustedes, como piedras vivas, sean edificados como una casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Pues esto se encuentra en la Escritura: "Yo pongo en Sion una piedra escogida, una preciosa piedra angular, y el que crea en Él no será avergonzado." Este precioso valor es para ustedes los que creen; pero para los que no creen, la piedra que desecharon los constructores, esa en piedra angular se ha convertido, y piedra de tropiezo y roca de escándalo. Pues ellos tropiezan porque son desobedientes a la Palabra, y para ello estaban también destinados. Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes en otro tiempo no eran pueblo, pero ahora son el pueblo de Dios. No habían recibido misericordia, pero ahora han recibido misericordia. Amados, les ruego como a extranjeros y peregrinos que se abstengan de las pasiones carnales que combaten contra el alma. Mantengan entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que les calumnian como malhechores, ellos, por razón de las buenas obras de ustedes al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación.»
Padre, estamos agradecidos por el regalo de Tu Palabra. Nos hemos reconocido que, aparte de Tu Palabra, no podemos entender, y estamos conscientes de que separados de Ti no pudiéramos ni siquiera entenderla. El problema no está en Tu Palabra, está en nosotros. Así que ahora pedimos a Tu Espíritu Santo que venga y sea nuestro maestro. Te pedimos que abras nuestra mente para que entendamos Tu verdad. Oramos para que nos des un profundo amor por Tu Palabra, y nos des la voluntad y el deseo de hacer lo que nos has mandado. Y lo pedimos todo en el nombre de Jesús. Amén.
¿Qué es una iglesia? Muchos dirían que una iglesia es un edificio. Que se necesita tener un edificio para hacer una iglesia real. Que la iglesia necesita ciertos elementos especialmente preparados para ser considerada una iglesia verdadera. Que debe seguir una liturgia especial para ser real. Muchos evangélicos también piensan que la iglesia verdadera requiere reglas, clero y formas establecidas para los servicios. Y muchos entienden que la iglesia verdadera tiene un edificio, sacerdotes y una liturgia formal.
Sin embargo, aquí Pedro llama al pueblo de Dios de una manera muy diferente. La Biblia no dice que el pueblo de Dios es un edificio. Pedro dice que somos sacerdotes. Y nos describe el servicio o liturgía que debemos desarrollar. Y finaliza estos versículos con un llamado a que vivamos vidas santas, mostrando la relación de todo esto con el evangelismo.
La primera imagen es la imagen de un edificio. Dice que nosotros somos el edificio de Dios y que la piedra angular de ese edificio es Jesús. Es una piedra angular que fue rechazada por las personas, y eso es una realidad histórica. Es increíble cómo personas que debieron haber tenido mejor conocimiento rechazaron a Jesús. Los líderes religiosos de esa época conocían las Escrituras; sin embargo, rechazaron al Salvador.
Ese rechazo hacia Jesús está en el corazón del Evangelio. Los rechazaron, lo crucificaron, pero esa crucifixión fue nuestra salvación. Ellos rechazaron esa piedra angular, pero eso se tradujo en una espada de doble filo. Al rechazar a Jesús, aceptaron su propia destrucción. Él lo describe como una piedra de tropiezo donde ellos iban a caer. Es una profecía del Antiguo Testamento. Y sin embargo, esa piedra que los constructores rechazaron es una piedra preciosa para Dios.
Últimadamente, no importa lo que la gente piensa; lo que importa es lo que Dios cree que es real. Para Dios, ese Cristo era una piedra preciosa, pero el pueblo estaba ciego. Y el que está ciego no puede reconocer una piedra preciosa. Jesús fue elegido por Dios para ser la piedra angular de Su edificio. ¿Y qué es una piedra angular? Es la primera piedra que se pone cuando vas a comenzar a construir, la que establece el patrón para todo lo demás y le da integridad estructural al edificio completo. Y así mismo es con Jesús.
Es muy fácil construir la iglesia sobre sabiduría humana, sobre ideas humanas. Pero realmente, Jesús y sólo Jesús debe ser esa piedra angular que sostiene todo. Debe ser el fundamento de nuestras iglesias y de todo lo que hacemos. Él es el centro de todo lo que hacemos.
Las piedras de construcción, los bloques de construcción, somos nosotros las personas, y nos referimos a creyentes específicamente. Pedro lo repite una y otra vez. En el versículo cuatro, se refiere a aquellos que van a Él. En el seis, habla de los que creen en Él. En el siete, dice: «ustedes los que creen». Una iglesia bíblica es una iglesia de creyentes. La iglesia no es un evento de la comunidad; es una unión especial de personas que han confiado en Cristo. Y por ende, la única forma de entrar a la iglesia es a través de Jesús.
También sabemos que bloques de construcción regados en el piso no son realmente un edificio. Esos bloques tienen que unirse para construir un edificio, y lo mismo nos pasa a nosotros. Los creyentes deben estar conectados con otros creyentes para cumplir los propósitos de Dios. Es un edificio con Cristo como piedra angular y creyentes como bloques de construcción, y está siendo construido por Dios.
Él es el arquitecto y también supervisa la obra. Él le da forma a las piedras para que encajen donde Él desea, y de hecho es un proceso incómodo para nosotros, pues Él tiene que lijar las cosas que no desea en nosotros para que encajemos bien. Así que Él está trabajando en nosotros, transformándonos en las personas que Él quiere que seamos. Luego coloca cada bloque en el lugar indicado, pues Él es el que tiene los planos en la mente. Nos conoce mejor que nosotros mismos, y nos coloca en ese cuerpo para que operemos como Él lo visualizó para nosotros.
¿Pero qué función tiene este edificio? De hecho, no es un edificio físico; es una casa espiritual. En muchas formas, es el cumplimiento de cosas que vemos en el Antiguo Testamento. Pensemos en ese templo del Antiguo Testamento: era el lugar donde se manifestaba la gloriosa presencia de Dios, el lugar donde las personas podían estar cara a cara con el Dios viviente y responder en adoración. Y desde ese templo se proclamaba la verdad de Dios. Eso ha sido ya cumplido. Ahora, en el nuevo pacto, ese templo no es un edificio físico sino el pueblo de Dios.
Entonces Pedro está usando esta metáfora de un edificio para describir a la iglesia. Pero ahora cambia la imagen y se enfoca en los sacerdotes que sirven en ese templo. Cuando usted escucha la palabra sacerdote, ¿qué le viene a la mente? Quizás un hombre pagano con una máscara extraña haciendo algunos rituales. O el sacerdote del Antiguo Testamento con su efod que sacrificaba animales. O un hombre con una túnica oscura y un collar extraño que lidera la misa y hace confesión de pecados. Pero eso no es el sacerdocio en el Nuevo Testamento.
Ustedes son sacerdotes. Todos los que pertenecemos a Jesús estamos en la posición de ser sacerdotes del Dios viviente. Así fue como todo comenzó en esa primera iglesia. Pero con el paso del tiempo, en la Edad Media, las cosas cambiaron. La iglesia comenzó a distinguir entre el clero y las personas comunes, y esos sacerdotes eran los únicos que tenían acceso directo a Dios, estaban entre el pueblo y Dios, y la persona común sólo podía llegar a Dios a través de ellos. Y eso no se ve en el Nuevo Testamento.
En el Antiguo Testamento los sacerdotes eran los que servían en el templo. Pero en el Nuevo Testamento esa misma palabra en griego no se utiliza para los líderes de la iglesia. La palabra para el líder de la iglesia es anciano o pastor, que eran parte del cuerpo y tenían funciones específicas, pero no estaban más cercanos a Dios que el resto. El sacerdocio pertenece a todo creyente en Jesús.
¿Y qué significa eso? Cuando piensas en el sacerdocio te das cuenta de que hay privilegios y responsabilidades, y ambos son importantes. Primero hablemos de los privilegios. El sacerdote tenía ese acceso directo a Dios.
Piensen en lo que era la estructura del templo del Antiguo Testamento. Era círculos cada vez más grandes, y mientras más adentro entrabas, menos personas podían llegar a esa zona. Afuera estaba la corte de los gentiles; cualquier persona podía entrar. Y luego la corte de Israel, donde solo podían entrar judíos.
Luego había el lugar santo, donde los sacerdotes entraban todos los días a hacer sus funciones, pero no se le permitía entrar a nadie que no fuese sacerdote. Y el lugar santísimo era ya la zona más cercana, donde estaba el arca de la promesa. Tenía una cortina muy pesada alrededor, y solo un hombre podía entrar: únicamente se le permitía al sumo sacerdote, y eso solo ocurría una vez al año. Para entrar, él tenía que llevar la sangre de un sacrificio.
Era un lugar tan santo que ni siquiera a los reyes se les permitía entrar. Algunos lo intentaron. El rey Uzías trató de entrar al templo a ofrecer sacrificio, y Dios lo castigó con lepra por lo que hizo. O sea, hasta el mismo rey tenía que utilizar al sacerdote para llegar a Dios.
Pero ahora, ahora, nosotros podemos ir más lejos de lo que pudieran ir los del antiguo pacto. En Hebreos 10:19-22 dice lo siguiente: "Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al lugar santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, y puesto que tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia y nuestro cuerpo lavado con agua pura."
Cuando Jesús murió, el mismo Dios rasgó la cortina que separaba al lugar santísimo. Y ahora nosotros podemos entrar libremente a donde solamente podía entrar el sacerdote una vez al año.
Ahora, eso no significa que no necesitemos la iglesia. Ese concepto de un cristiano independiente y aislado no está en la Biblia. En 1 Corintios 12, la Biblia nos dice explícitamente que nos necesitamos los unos a los otros. Pero tampoco significa que la iglesia no necesita de maestros ni de pastores. De hecho, Dios mismo llama a ciertas personas a ser pastores y maestros, y tienen un rol esencial que deben llenar. Ellos alimentan al pueblo, lideran al pueblo y protegen al pueblo.
Pero eso no significa que ellos están más cercanos a Dios que los demás. Ellos no están entre el pueblo y Dios; ellos están junto al pueblo de Dios buscando de Dios. Lo que significa que todos tenemos ese privilegio de tener intimidad directa y sin límites con Dios. No necesitamos que un santo interceda por nosotros para que Dios responda nuestras oraciones. Todos tenemos una relación directa con Él. Si crees en Jesús, tú has sido nombrado por Dios mismo como sacerdote.
Así que regocijémonos en ese privilegio. El más grande honor y placer es estar en la presencia de Dios. Vivamos en ese privilegio, saquémosle provecho a ese privilegio, busquemos la presencia de Dios cuanto podamos.
Pero todo privilegio real también trae responsabilidades, y aquí son dos: ministrar ante Dios y ministrar a los demás. Hablaremos primero del ministerio ante Dios. Cuando yo escucho la palabra sacerdote, la relaciono directamente con sacrificio. En el Antiguo Testamento vemos que mucho tiempo se dedica a explicarle a los sacerdotes cómo hacer los sacrificios. Y aquí nos dice que debemos ofrecer sacrificios espirituales aceptables para Dios.
Pero después de la muerte y resurrección de Jesús y la destrucción del templo, ¿cuáles son esos sacrificios que nosotros debemos ofrecer? El libro de Hebreos está muy claro en que no es sacrificar animales. Esos eran señales que apuntaban a Jesús, pero ya que Él ha sido sacrificado, no se necesitan esas señales. Ya no necesitamos un sacrificio que perdone nuestros pecados, porque la sangre de Jesús eliminó nuestro pecado de una vez y por todas.
Entonces, ¿qué es lo que ofrecemos? Bueno, nos ofrecemos a nosotros mismos. En Romanos 12:1, Pablo lo deja muy claro. Leemos que: "Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes." Esa es la liturgia o el servicio que ofrece la verdadera iglesia: ofrecemos todo lo que somos a Dios; todo lo que somos se entrega para su servicio, para su gloria.
Y no solo nos ofrecemos a nosotros mismos, sino que también ofrecemos el sacrificio de adoración. En Hebreos 13:15 leemos: "Por tanto, ofrezcamos continuamente mediante Él sacrificio de alabanzas a Dios, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre." Los sacerdotes del Nuevo Testamento adoramos a Dios. Y lo adoramos porque lo merece, lo adoramos porque fuimos creados para eso, y lo adoramos porque es lo que vamos a hacer por toda la eternidad.
Cuando veamos a Dios cara a cara, literalmente vamos a ser incapaces de contener la adoración. Le vamos a adorar por siempre y no nos vamos a cansar. Y nuestra adoración aquí en la tierra es como un ensayo para el cielo. La adoración es una responsabilidad que hacemos con gozo. Y si no tienes un deseo de adorar, eso probablemente significa que algo no está bien. Los creyentes del Nuevo Testamento somos un pueblo de adoración, y si no tienes ese deseo de adorar, quizás no conoces bien a Dios.
Pero también ofrecemos el sacrificio de ministerio los unos por los otros. En Hebreos 13:16 dice que no se olviden de hacer el bien y de la ayuda mutua, porque de tales sacrificios se agrada a Dios. Y en Mateo 25, Jesús lo deja muy claro: lo que has hecho por el menor de estos, lo has hecho para mí. El hacer el bien por otros realmente no es opcional para el cristiano; es parte de tu responsabilidad como sacerdote, y es una responsabilidad ante Dios.
Ahora bien, todo esto lo hacemos a través de Jesús. Si fuéramos por nosotros mismos, eso no sería aceptable para Dios. Él nos cubre a nosotros y nuestra adoración con su sangre, y lo que no es digno en nosotros, a través de Jesús es digno ante Dios. Adoramos a Dios a través de Jesús y le servimos a través de Jesús.
Pero los sacerdotes también tenían un ministerio con el pueblo: debían orar por el pueblo y enseñarle la ley de Dios. Entonces es verdad que ahora los pastores no están entre nosotros y Dios. Pero nosotros, que somos sacerdotes, estamos entre los que no son creyentes y Dios, y tenemos una responsabilidad con ellos. Samuel pedía que no se le permitiera pecar contra Dios al no orar por sus hermanos. O sea, debemos orar por las necesidades de nuestra congregación.
Pero también debemos orar por aquellos que aún no conocen a Jesús, para que puedan ser salvos. Debemos pedirle a Dios oportunidades de compartir el Evangelio, debemos orar para que Dios prepare a las personas para escucharlo, y orar para que haya obreros que vayan a hacer la labor de Dios y que el Evangelio pueda ser esparcido por el mundo.
Yo escuché a un misionero que estaba hablando sobre nuestras reuniones de oración, y dijo algo que me impactó. Dijo que nosotros pasamos más tiempo orando para evitar que los santos entren al cielo, que orando para que el pecador llegue al cielo. Pero si compartimos el corazón de Dios, también debemos orar porque el Evangelio avance. Como sacerdotes, oramos ante Dios por las personas y les proclamamos a esas personas la verdad sobre Dios.
En estos versículos que leímos, Pedro hace muchas referencias al Antiguo Testamento. Utiliza imágenes bíblicas que aplicaban para Israel y ahora las utiliza para la iglesia. Dice que somos linaje escogido. Antes estábamos fuera de ese pueblo escogido, pero ahora somos parte de él. Un real sacerdocio, lo cual hace énfasis en que somos sacerdotes de ese Rey viviente. Una nación santa: nosotros debemos reflejar el carácter de Dios en el mundo que está alrededor.
De hecho, Pedro hace referencias al libro de Oseas. Oseas tuvo dos hijos y les dio nombres muy extraños: "No compadecida" y "No pueblo mío". Eso hacía referencia a la condición espiritual de Israel en ese tiempo. Y más adelante, Dios dice que la que no había recibido misericordia recibirá misericordia, y los que no eran mi pueblo serán mi pueblo.
Tenemos este estatus especial, pero todo esto es con un propósito. En estos versículos se nos dice que somos todo esto a fin de que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ahí se combina la adoración y la evangelización. Proclamamos las excelencias de Cristo cuando adoramos, pero esa proclamación no debe ser solamente dentro de la iglesia; es una proclamación a las naciones, una proclamación de quién es Dios y qué Él ha hecho.
A veces reducimos el evangelismo a una fórmula de cómo ser salvo. Pero el Evangelio es las buenas nuevas de quién Dios es y qué Él ha hecho a través de Cristo. El énfasis del evangelismo tiene que estar en Dios. Es esa santidad de Dios la que nos pone en un dilema porque somos pecaminosos, y no hay mayor muestra del amor de Dios que haber enviado a su Hijo para morir por nosotros.
Así que el contenido de la adoración son las excelencias de Dios, y el contenido de nuestro testimonio también son las excelencias de Dios. Le adoramos aquí todos juntos y también seguimos adorándolo allá fuera, entre los no creyentes.
Pedro termina esta sección con un llamado a la santidad, y vuelve a este concepto de que nosotros somos extranjeros aquí en la tierra. Él comienza su carta en el capítulo 1 refiriéndose a los expatriados de la dispersión. Después que los babilonios conquistaron Jerusalén, eso dispersó a los judíos. Pero ellos no perdieron su identidad de ser judíos. Ellos eran muy diferentes por la forma como vestían, sus hábitos, sus costumbres; o sea, era bastante fácil detectar quién era judío entre las multitudes. Y ellos estaban muy conscientes de que donde ellos vivían, ese no era su hogar. Todos los años, cuando celebraban la Pascua, decían que el próximo año lo harían en Jerusalén. Ellos vivían en el exilio, pero nunca olvidaron que pertenecían a otro lugar.
Pedro nos aplica esa idea a nosotros. Yo, de hecho, he vivido gran parte de mi vida como un extranjero fuera de mi país de origen. Hice todo lo posible por sentirme bien en el lugar donde vivía. Aprendí el idioma, cambié mi forma de vestir, adopté ciertos hábitos culturales, como el hecho de quitarnos los zapatos al entrar a la casa. Yo quería ser un extranjero, pero aceptado. Pero a pesar de todo eso, nadie me iba a confundir con una persona de Asia Central. Yo tenía cabello —en una época— y era rubio, y mi barba era al rojo vivo. También es cierto que hasta la forma en que la gente camina es diferente entre las culturas. Yo reconocía a alguien a una milla de distancia nada más por cómo caminaba. Yo vivía en Asia Central, pero todo el mundo sabía que ese no era mi hogar.
Y eso debiera ser la realidad con todos nosotros. Nosotros vivimos donde sea que sea nuestra residencia, pero este no es nuestro hogar. Nosotros no somos ciudadanos de esta tierra. De hecho, estamos llamados a exhibir el hecho de que somos extranjeros. O sea, conscientemente debemos tratar de vivir como ciudadanos del cielo y no de este mundo. Cuando una persona nos vea, inmediatamente debiera pensar en Jesús. Y eso no quiere decir ropa diferente ni alimentos diferentes.
De hecho, estamos en territorio enemigo. Yo estaba bastante consciente de que las personas a mi alrededor odiaban a los cristianos; tenía que estar muy atento, ser muy cuidadoso. Y todos nosotros estamos en un campo de batalla ahora mismo. El enemigo, de hecho, es peor que cualquier terrorista, porque nuestros enemigos son los deseos de nuestra naturaleza pecaminosa. Cuando estás en una guerra, un enemigo dentro de tu campamento es mucho más peligroso que un enemigo afuera. Mi mayor enemigo es mi propio pecado. Pero Pedro nos llama a hacer todo lo que podamos para luchar en contra de las pasiones de la carne, y nos señala que el verdadero enemigo es nuestro pecado, y que debemos reconocer que es un enemigo mortal.
El propósito de esto es nuestro testimonio. Pedro conecta esto con el evangelismo. Dice que los cristianos vamos a ser atacados, que van a hablar mal de nosotros, y eso ha sido el caso en toda la historia. En todos los lugares quieren desacreditar al cristiano, y hasta se inventan cosas. Lo que Pedro nos dice es que tenemos que estar seguros de que eso va a ocurrir, pero que debemos enfrentarlo y eliminarlo. Y la forma de hacerlo es evitando constantemente esas prácticas pecaminosas que son muy comunes en el mundo, y visiblemente haciendo buenas obras para las personas, incluyendo aquellos que nos están atacando. Porque el propósito es darle gloria a Dios, y eso es esencial si queremos proclamar las excelencias de Dios a aquellos que no lo conocen.
O sea, llevar una vida santa no es evangelismo, pero vivir una vida santa es esencial para poder evangelizar. Si mi forma de vivir contradice mi mensaje, pues no lo van a escuchar. Y hemos sido llamados a darle gloria a Dios en toda nuestra vida.
Entonces vamos a hacer un resumen. La iglesia es un edificio de Dios, construido con Cristo como la Piedra Angular. Está construido por piedras vivientes que somos nosotros los creyentes, piedras que han sido unidas y conectadas. Es un edificio construido por Dios, que le da forma y encaja cada piedra como Él entiende. Y debe ser una casa espiritual, el lugar donde Dios mora, el pueblo de Dios, adonde los demás pueden venir para reunirse con Él. Pero también somos un real sacerdocio, con el privilegio del acceso directo a Dios. Nuestra responsabilidad es ofrecer sacrificios a Dios: nosotros mismos, nuestra alabanza y nuestro servicio hacia los demás. Y tenemos una responsabilidad hacia esa humanidad pecaminosa que está alrededor: orar ante Dios por ellos y proclamarles la verdad de Dios. Es un servicio que debemos desempeñar: adorar a Dios y adorarle ante las naciones. Como nos dice Pedro, proclamar las excelencias de aquel que nos ha llamado, y por eso debemos llevar vidas santas.
Debemos saber que vamos a ser atacados, pero debemos mostrar que esos ataques son falsos, y tenemos que hacerlo mediante una conducta excelente. Número uno: tienes que saber que necesitas la iglesia. Si tú eres una piedra que está separada, que no está como parte del edificio, no eres útil para el edificio. Si no eres creyente, tienes que estar consciente de que la única forma de entrar al cuerpo es a través de Cristo. Aprovecha el acceso que tienes ante Dios y dedica mucho tiempo a la oración. Mientras oras, adora a Dios, pero también ora por la salvación de los perdidos.
Y luego, recuerda que tu adoración no se queda aquí adentro en este edificio. Todos tenemos la responsabilidad de evangelizar. Hay algunos que tienen un don para eso, pero todos tenemos la responsabilidad de hacerlo. Hay personas perdidas alrededor de todos nosotros, y hay personas perdidas que Dios en su soberanía pone en tu camino. Todos los privilegios que has recibido de Cristo son con el propósito de que tú puedas proclamarles eso a los perdidos.
Y no se acaba aquí. Por favor, comparte el Evangelio aquí en tu ciudad, en Santo Domingo. Pero Santo Domingo ha sido bendecido por excelentes iglesias, y hay muchos lugares que no tienen eso. Yo viví por gran parte de mi vida en lugares donde casi no había cristianos. De hecho, Asia Central tiene menos del 1% de cristianos. Tú puedes viajar por días y no ver ni a un cristiano, ni una Biblia, ni una iglesia. Y estamos llamados a proclamar las excelencias de Cristo a ellos también. No hay nadie ahí que lo haga, así que hay que ir. La labor misionera no es responsabilidad nada más de algunas personas; es de todo el cuerpo de Cristo. Y a mí me emociona mucho ver cómo la iglesia en el sur global se está despertando a esa responsabilidad.
Yo disfruté mucho la clase que estuve dando en el instituto en estos últimos tres días. Una de las cosas que yo les decía era que hay lugares donde con un pasaporte dominicano se puede entrar, pero con mi pasaporte americano no puedo entrar. Y eso es una responsabilidad para ustedes. Así que yo oro para que ustedes sean los que proclamen a Cristo a aquellos que nunca han oído el Evangelio. Mientras reconocemos lo que somos en Cristo —ese edificio de Dios, los sacerdotes de Dios— pues adoremos a Dios y proclamémosle a las naciones.
Padre, gracias por hacer llegar el Evangelio a nosotros. Gracias por misioneros, evangelistas, pastores y padres que compartieron las buenas nuevas con nosotros. Te pedimos que el Evangelio no se frene con nosotros. Oro por esta congregación, Padre. Oro por que tú les des a cada uno de los que están aquí oportunidades en esta misma semana de compartir el Evangelio, y que cada miembro de esta congregación tenga la valentía de aprovechar esas oportunidades. Y que tú levantes obreros para el campo de cosecha de esta congregación, y que el Evangelio sea proclamado desde esta iglesia al resto del mundo. Lo pido todo en el nombre de Jesús. Amén.
Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida.
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Zane Pratt es Profesor Asociado de Misiones Cristianas en el Seminario Southern. Actualmente se desempeña como Vicepresidente de Capacitación Global en la Junta de Misiones Internacionales. Entre 2011 y 2013 sirvió como Decano de la Escuela Billy Graham, tras haber dedicado dos décadas (1991–2011) a la plantación de iglesias en Asia Central. Está casado con Catherine y juntos tienen dos hijos.