IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La vida cristiana enfrenta una tensión real: muchos estarían dispuestos a confesar a Cristo con una pistola en la frente, pero en el día a día luchan por reflejar esa misma fe. Romanos 12:2 contiene dos mandatos que a menudo se ignoran: no conformarse a este mundo y ser transformados. Conformarse, en el original griego, significa llevar una expresión externa que no refleja lo interior, como usar una máscara. El mundo no se refiere solo a cosas materiales, sino a la filosofía de vida, los valores y las corrientes de pensamiento de esta era. Lo triste es que los cristianos, siendo sal y luz, viven ocultándose tras los mismos moldes que usa el mundo.
La lista de 2 Timoteo 3 describe a los hombres de los últimos días: amadores de sí mismos, avaros, soberbios, ingratos, sin afecto natural, con apariencia de piedad pero negando su poder. El común denominador es el amor a uno mismo. Un amador de sí mismo busca aprobación a cualquier precio, exige sus derechos aunque otro pierda los suyos, quiere siempre ganar las discusiones y oculta sus debilidades para no parecer vulnerable. Un sencillo ejercicio lo ilustra: si metes la mano en una cubeta de agua y la sacas rápido, el agujero que queda mide cuánto se te echará de menos.
La máscara de la hipocresía es la más peligrosa porque hace lucir piadoso lo que está lleno de muerte interior. Cristo comparó a los fariseos con sepulcros blanqueados: hermosos por fuera, llenos de huesos por dentro. El llamado es a quitarse las máscaras, examinar el corazón y acercarse a Dios de todo corazón, porque él ha prometido dejarse hallar por quienes lo buscan con sinceridad.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Si tienes la soga al cuello, si tienes una pistola en frente y te dicen "¿eres cristiano?", no lo voy a negar: "Sí, soy cristiano, no lo voy a negar." Pero cuando yo tengo que ir a mi día a día y decir lo mismo que hubiese dicho si tengo la pistola en frente, cuando no la tengo en frente, cuando no tengo la soga al cuello, como que la vida cristiana es un poquito... como que a veces no entiendo algunas cosas. Entonces tú sabes que es un proceso; se nos hace difícil luchar contra las presiones del mundo y decirle al mundo, donde estamos todos los días, "Sí, yo soy cristiano y yo vivo para Cristo."
Mira, aquí están sus huellas. Hace unas semanas yo había puesto en mi corazón un mensaje que, gloria sea a Él, me ministró la vida de manera particular, y es mi deseo que también te ministre la tuya esta mañana, porque habla tanto de lo que es nuestra manera de vivir como cristianos. Y en la medida en que pude investigar, me di cuenta de que en el Nuevo Testamento es un mensaje que Dios una y otra vez martilló y martilló y martilló a través de los diferentes autores en los cristianos de la iglesia primitiva. Y hoy nosotros, que tenemos la herencia de la Palabra en nuestras manos, quiero compartir un pasaje que yo creo que quizás es uno de los más conocidos, quizás es uno de los más predicados también, pero al mismo tiempo creo que es uno de aquellos pasajes más ignorados por nosotros los cristianos, o por la mayoría de los cristianos.
Romanos 12:2 dice: "Y no os conforméis, o no os adaptéis a este mundo" —dependiendo de cuál es su traducción— "o a este siglo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente o entendimiento, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, aceptable y perfecto."
Os hablaré de no ser las personas que piensan que esto es un pasaje que nos habla de que no seamos conformistas: "No te conformes con lo que tú tienes, échale palante, fájate, estudia." La Palabra dice que no te conformes es al mundo. No estamos diciendo eso; es todo lo contrario. Es un pasaje que viene dentro de un contexto sumamente importante y clave en lo que es la vida de todo cristiano, y sobre todo en la vida de adoración de un cristiano. Y es que cuando leemos el versículo 1, vemos que Pablo ruega, a través de una exhortación de mucho peso, para que nos presentemos nuestros cuerpos como sacrificios vivos, lo cual es nuestro culto racional aceptable a Dios. Es un mandato cargado de mucho amor, mucha sensibilidad y a la vez de casi súplica, porque Pablo está suplicando: "Por favor, os ruego por las misericordias del Señor."
Y entonces cuando viene este pasaje que acabamos de leer, que es el pasaje en el que vamos a concentrarnos, donde nos da este mandato, también este pasaje contiene dos mandatos. Pudiéramos decir que contiene una estructura que conlleva una práctica y una disciplina, contiene un propósito y un beneficio. El primer mandato es: no os conforméis a este mundo. El segundo mandato es: transformaos. La metodología que envuelve una práctica, y pudiera llamar una disciplina, es: mediante la renovación de nuestra mente o entendimiento. Y el propósito, sin duda, es conocer la voluntad de Dios, para que la verifiquemos y la comprobemos con la nuestra, a fin de hacerla igual a la de Él. El beneficio quizás está un poco más implícito: es que todo lo que hagamos de acuerdo a Su voluntad será bueno, agradable y perfecto para nosotros.
Es muy fácil identificarnos con lo que es la metodología y sobre todo con los beneficios. Los entendemos perfectamente. De hecho, la mayoría de las iglesias que hoy predican un evangelio están predicando los beneficios del evangelio —entre comillas—: "Ven a Dios y tendrás esto, ven a Dios y tendrás aquello." Ya hoy no se predica el mensaje de "Ven a Dios y deja esto, ven a Dios y deja aquello." Nos gustan más los beneficios, y eso lo entendemos, eso nos interesa muchísimo. Sobre el propósito, bueno, algunos de nosotros podemos decirlo: "Sé cuál es el propósito de mi vida." A otros nos encontramos confundidos y perdidos, porque la realidad es que no estamos dispuestos a obedecer los mandatos anteriores; por consiguiente, no vencemos, y los mandatos están anteriores al propósito. Dios no nos va a revelar Su propósito, y mucho menos vamos a entender nuestro propósito.
Desde Adán hasta nuestros días, pasando por sus abuelos, los míos, por nuestros padres, incluyéndome, incluyéndolos, incluyendo nuestros hijos, hemos visto cómo se nos ha hecho tan difícil entender e identificarnos con los mandatos, con las ordenanzas. Y más que esto, yo diría que el problema es que no los acatamos; no estamos dispuestos a acatar el mandato. Si nos paramos a reflexionar sobre una etapa de nuestra vida en lo interior de nuestro corazón, nos vamos a dar cuenta de que en el día a día, la mayoría de las veces, no acatamos los mandatos de la Palabra de Dios, comenzando con: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente." Eso es algo que no lo acatamos el cien por ciento de los días.
Cristo, consciente de esta condición de nuestro corazón, lo dijo de la siguiente forma en Juan 14:15: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando." El Señor sabe que para nosotros es fácil decir: "Señor, yo te amo, Señor, yo te alabo, yo te bendigo, yo me rindo, yo quiero vivir para Ti, Señor. Es más, yo estoy dispuesto a morir por Ti." Es fácil decirlo. Pero a la hora de obedecer Sus mandatos, no entendemos; la vida cristiana necesitamos que nos la expliquen mejor; no sé qué quiso decir el Señor cuando dijo esto; le buscamos la vuelta y no llegamos a ningún punto.
Al final, mientras eso sucede, no estamos siendo sacrificios vivos que nos entregamos al Señor como culto y adoración a Él. Nos enfocamos solo en momentos específicos: el domingo aquí, cuando estamos, "Sí, Señor, yo me rindo a Ti"; el miércoles, "Señor, estoy aprendiendo esto y yo estoy en Tu Palabra, qué bueno, me estoy alimentando, yo creo que puedo crecer en mi vida cristiana, estoy creciendo"; el sábado en los grupos de jóvenes, "Excelente, Señor, yo te amo, yo estoy enfocado en Ti." El resto de los días vivimos en una constante lucha: "¿Hago o no hago lo que se me manda y se me ordena?" No se trata de días ni momentos específicos; se trata de una vida día a día, continua, minuto a minuto. De eso precisamente trata el pasaje de Pablo: tenemos que renovarnos continuamente, continuamente.
El llamado concreto para este día es que podamos entender las implicaciones de estos dos mandatos: número uno, no os conforméis a este mundo; y número dos, transformaos. Este es un pasaje que merecería varios domingos de predicación, por así decirlo, pero hoy quiero que nos enfoquemos en por qué no entendemos el mandato de que no nos conformemos al mundo, por qué no entendemos el mandato de que debemos transformarnos, y que entendiendo las implicaciones de esto podamos tomar una decisión hoy de verdaderamente marcar un rumbo que agrade al Señor, decidir que vamos a vivir una vida cristiana conforme al deseo, el propósito y la voluntad de Dios, que ya nos dijo que es buena, agradable y perfecta. Si ya estás viviendo ahí, gloria a Dios, excelente, qué bueno; quizás este mensaje te va a servir para recargar pilas y seguir el camino que todavía te falta por recorrer.
Este es el primer mandato: no os conforméis a este mundo. ¿Qué implica eso? Esta expresión "conformarse" viene de un vocablo que en el original se refiere a una expresión o condición externa que no refleja lo que hay en el interior. Alude a enmascarar, desfigurar o montar una actuación siguiendo un patrón o esquema preestablecido. Y cuando habla del mundo o siglo —dependiendo de la traducción que usted tenga—, se refiere no solo a las cosas materiales o vanidades que el mundo nos ofrece hoy para tentarnos o para atraernos; no se refiere exactamente a eso, sino que se refiere más bien a la filosofía de vida de la época en la cual vivimos: los valores, las ideas, las formas de pensamiento de esta generación o esta era, como si era, como otros le han llamado, y como alguien le llamó, "el espíritu de la época." A esto es que Pablo se refiere con no conformarnos a este mundo: que no tengamos una expresión externa que oculte lo que hay en el interior, y que no tomemos las prácticas, que no hagamos uso ni que dejemos filtrar en lo que hemos sido en nuestro interior las corrientes de pensamiento, las influencias del mundo en que hoy vivimos.
No es poco común ver cómo los incrédulos se visten de ángeles de luz. La Palabra está llena de pasajes donde nos advierten de falsos maestros, de aquellos que se hacen pasar por cristianos y no lo son, que son cizaña. Eso no es poco común; estamos quizás acostumbrados y podemos identificar a algunas de estas personas. Lo triste y lamentable —y aquí quizás está el llamado de atención de Dios, el párrafo uno a nosotros— es que nosotros los cristianos vivimos poniéndonos las máscaras que el mundo usa, vivimos ocultos en los moldes que el mundo ha predeterminado, sabiéndonos otros, que hemos sido llamados a ser sal y luz, que hemos sido regenerados en nuestro interior por el Espíritu de Dios el día que aceptamos a Su Cristo como Señor y Salvador, pero que seguimos viviendo como si todavía tuviéramos aquella vieja naturaleza.
Pablo habla de cuál era la condición que teníamos nosotros en Efesios 2:1 cuando dice que nos dio vida cuando estábamos muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Esa era nuestra condición antes de llegar al Señor. Sin embargo, dice la Palabra que nos dio vida, pero sigue diciendo que también vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de nuestra carne y de la mente, teniendo una naturaleza igual a la de los hijos de ira.
La carne estaba a rienda suelta. Todo lo que nuestra carne deseaba lo procesamos por las intenciones de nuestro corazón, y al mismo tiempo el deseo subía a nuestra mente. Y entonces nuestra mente comenzaba a generar pensamientos en dirección de satisfacer esos deseos de la carne. Y a eso es que Pablo se está refiriendo.
Que antes, dentro de una condición natural, esa era nuestra forma de proceder, pero que ya no. Que el día que aceptamos a Jesucristo como Señor y Salvador, el Espíritu Santo hizo una obra de redención en nuestro interior. Y que a partir de ahí, nuestra responsabilidad debe ser no adaptarnos, sino transformarnos diariamente.
Ojo, esta expresión de este versículo se refiere a una condición pasada. No se supone que exprese una condición de algunos de nosotros hoy. No se supone que ninguno de nosotros, cristianos, estemos viviendo en deleites y pecados, en medio de las corrientes de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, como si fuéramos hijos de desobediencia. No se supone que este pasaje hable de una condición presente. En otras palabras, un verdadero cristiano no debe tener estas condiciones. Sin embargo, lamentablemente, hemos podido ver que en la iglesia del Señor todavía podemos ver personas que muestran estas características.
Un traductor del siglo pasado, J. B. Phillips, tradujo Romanos 12:2 de esta manera: "No permitan que el mundo que los rodea se las arregle para meterlos a la fuerza en su propio molde." Estamos reconociendo que hay una presión, que hay una fuerza, hay un príncipe de la potestad del aire que está dominando, que está ejerciendo presión. Hay patrones, hay corrientes que nos llevan a insertarnos en ellas. Pero según este traductor, no debemos permitir que el mundo que nos rodea se las arregle para meternos a la fuerza en su propio molde.
Si esta condición es la que tenemos hoy, entonces definitivamente no hemos acatado el segundo mandato que dice: "transformados." Y esto viene del vocablo original del que obtenemos la misma palabra conocida como metamorfosis. Yo creo que eso es algo bien conocido para nosotros, porque hay dos ejemplos clásicos en la naturaleza que nos muestran exactamente lo que significa. Uno, el ejemplo de la mariposa, o el gusano que se transforma en mariposa, y dos, el ejemplo del renacuajo que se transforma en sapo o en rana. Eran algo y de repente ya no lo son. El gusano ya no es gusano, es mariposa. El renacuajo ya no es renacuajo, es un sapo. Con características en su interior totalmente diferentes a lo que eran antes, se produjo un cambio de tal magnitud que es un cambio de naturaleza. A eso es a lo que Pablo está refiriendo cuando dice "transformados."
Los cambios son evidentes, no solo en el interior sino en lo externo. Y cuando hablamos de la definición de conformarnos a este mundo, que mencionamos con el ejemplo de las máscaras y de ocultar lo que hay en el interior, no podemos estar transformados o estar transformándonos y al mismo tiempo ocultar externamente las características o condiciones que tenemos dentro, porque es contradictorio. Una transformación implica una observación externa evidente. Es decir, que lo que usted tiene en su interior, lo que Dios está haciendo en su corazón, debe ser evidente para otras personas.
Cuando unimos estos dos mandatos, de no conformados y transformados, podemos entender un poquito mejor el contexto de este pasaje. Y hay un estudioso del Nuevo Testamento, Kenneth Wuest, que hizo una paráfrasis que me pareció muy, muy buena sobre esto. Cuando dice, déjenme asumir —refiriéndose a este pasaje, Romanos 12:2—: "Déjenme asumir una expresión externa que sigue el patrón mundano, una expresión que no proviene y no es representativa de lo que ustedes son en su interior como hijos regenerados de Dios."
Yo quisiera retomar el ejemplo de las máscaras porque me gustó mucho, porque eso es precisamente lo que nosotros hacemos muchas veces: nos enmascaramos y presentamos algo que no somos. Pero si usamos el ejemplo de las máscaras, yo quiero parafrasear entonces el pasaje de la siguiente manera. Hermanos —me voy a incluir—, dejemos de ponernos las máscaras que el mundo utiliza en su forma de pensar, actuar y vivir, reflejando que somos personas aún muertas y no redimidas por la sangre de Cristo. Sino que más bien comencemos a exhibir públicamente las características que representan lo que ahora somos: hijos de Dios. Dejemos de parecernos a los hombres de esta generación y pongamos nuestro mejor esfuerzo en reflejar cada día la gloria de Cristo en nosotros. Este es el mandato de Romanos 12:2.
Pero es necesaria una renovación de nuestra mente para ser transformados. Porque como dijimos hace un rato, nuestros deseos de la carne que surgen del corazón vienen a nuestra mente, y nuestra mente los procesa para dirigir pensamientos que vayan en pos de alcanzar ese deseo carnal y pecaminoso. Por lo tanto, es vital transformar la mente para que entonces todo lo que llega a nuestro corazón sea procesado bíblicamente, santamente, conforme a la naturaleza que hemos adquirido por el Espíritu de Dios, y podamos ir desechando una cosa y tomando otra, haciendo la voluntad de Dios que es buena, agradable y perfecta.
Dios quiere que en este día —y es como yo lo he sentido hoy— revisemos el clóset de nuestro corazón y que en el tiempo que queda de este mensaje, o en el transcurso del día, podamos descubrir, o más bien reconocer, las máscaras que hemos estado llevando por largo tiempo. Dios quiere que nos demos cuenta, que nos veamos a nosotros mismos, y veamos qué tan parecidos somos a los hombres de este tiempo. Que podamos entender por qué se nos hace tan difícil vivir la buena y genuina vida cristiana: porque somos cristianos parecidos al mundo, conformados a los patrones de este siglo.
¿Cómo podemos saber si nos parecemos al mundo? Bueno, es fácil. Todo el mundo sabe lo mal que hace, ¿verdad? Yo sé cuándo tomo de más; claro, todos lo sabemos, y si yo tomo de más, obviamente me parezco al mundo. Pero me pareció muy interesante que Pablo, en su segunda carta a Timoteo, le da una lista de las características de los hombres de los postreros días. ¿Cómo van a ser? Y podemos decir: "Bueno, sí, pero eso es cuando el Señor venga, allá en el futuro." Pero cuando uno analiza y se da cuenta que eso es lo que estamos viendo hoy, entonces, ¿por qué no tomamos esa lista y la revisamos?
Pablo, en un sentido, le llamó a esto la enfermedad del siglo presente, la enfermedad del corazón. Porque Pablo no le advierte a Timoteo de los peligros que van a enfrentar con respecto a catástrofes, tormentas, el petróleo más caro que nunca, guerras, enfermedades, políticos mentirosos. No lo advirtió de eso. Pablo está más preocupado por el carácter de los hombres —y cuando digo hombres, mujeres, no crean que no las mencionó; hombres y mujeres—. Él está más preocupado por eso que por cualquier otra situación de calamidad. Para Pablo, esta es la enfermedad del siglo, que precisamente se origina en el corazón y en la mente entenebrecida del hombre, y se refleja en múltiples síntomas.
Pero vayamos entonces a este pasaje de 2 Timoteo, donde está esta lista. Yo la voy a ir mencionando, porque es una lista bastante generosa: 19 características, nada más 19. Para que entonces usted, con Dios, ahí —nadie lo va a escuchar—, a medida que vayamos mencionando cada una, piense si en su interior hay algún rasgo de similitud con este hombre o mujer de esta generación que Pablo describe.
Comencemos con la primera. En este tiempo, las corrientes de este mundo nos enseñan —parafraseando— que los hombres serán, y son, en este siglo, en este año 2008, en República Dominicana: amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, ostentanciosos, soberbios, blasfemos o mentirosos, desobedientes a los padres —padres, ¿verdad?, que hay mucha juventud desobediente de esta generación—, ingratos, irreverentes, sin amor, sin afecto, implacables, calumniadores, desenfrenados, salvajes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los placeres más que de Dios, que tienen apariencia de piedad pero que negarán su eficacia, negarán su poder.
Esta es la lista generosa que Pablo le ofrece: "Cuídate de estos hombres." Y yo le digo a mis hermanos de la iglesia —me incluyo—: cuidémonos de parecernos a estos hombres. Porque esta es la corriente de este mundo, entre otras cosas. Esta es la corriente que está ejerciendo presión, que está tratando de forzarnos y encasillarnos en moldes, de confeccionar máscaras con cada una de estas características para ofrecérnoslas al mejor precio. Un 2x1, a veces un 3x1 en oferta: nos están vendiendo máscaras de pecado y les estamos comprando. Pero yo sé que quizás ninguno de nosotros se parece a esto, porque eso son los cristianos de otras iglesias. En esta iglesia no hay nada de eso. Y quizás si tenemos máscaras, bueno, sí es verdad, yo tengo máscaras, pero no son tan feas, son un poquito más bonitas.
Aunque quisiera tomar el tiempo para revisar cada una de estas características, la verdad es que no hace falta, porque se explican por sí solas. Y es más, hay un común denominador entre todas; hay una que prácticamente las reúne a todas. Y esta es: amadores de sí mismos. Un amador de sí mismo tiene actitudes, acciones y pensamientos egoístas; obviamente el orgullo está muy presente en este individuo.
La Palabra hemos escuchado muchas veces que la raíz de todos los males es el amor al dinero, y es cierto. Pero, ¿qué me dicen del orgullo? Yo creo que el orgullo es un fuerte competidor del dinero en el premio de cuál es el mayor causante de males sobre la faz de la tierra. Yo creo que van ahí, el orgullo y el dinero. El orgullo fue lo que nació en el corazón de Satanás, y después de ahí usted conoce la historia. Bueno, pero yo no tengo orgullo, yo soy una persona humilde, yo no me he aumentado con nadie, yo respeto a los demás. Puede ser, pero vamos a verlo más en detalle.
Porque la Palabra de Dios dice que el corazón de los hombres es orgulloso. ¿Por qué no nos sinceramos con Dios y hacemos un ejercicio donde, en vez de seguir hablando en tercera persona, comenzamos a hablar en primera persona? Y comenzamos a decir: "Señor, yo soy un amador de mí mismo, porque..." —dos puntos, raya— y ahí usted pone lo que usted es. Como dicen los mexicanos: "no se hagan", que usted sabe. No se hagan, o sea, usted sabe por qué usted es un amador de sí mismo. Pero si no sabe, yo le voy a ayudar.
Yo soy un amador de mí mismo porque, entre otras cosas, yo busco la aprobación de los demás a cualquier precio, por encima de cualquiera. Yo exijo mis derechos, aun si esto implica que otra persona tenga que pagar el costo de que yo los obtenga. Olvidando que hubo uno más grande, que creó todo esto, que se despojó de todos sus derechos para salvarnos a ti y a mí. De repente comenzamos a exigir algo que Cristo no exigió para sí mismo, siendo Rey y Señor. Solo queremos de repente estar en posiciones donde otros puedan vernos y aplaudirnos, y esto se puede aplicar a nuestros trabajos, a nuestro grupo social, a la iglesia, a los ministerios donde servimos. No me gusta servir y rebajarme en un trabajo que cualquiera pueda hacer, porque obviamente yo no soy cualquiera.
Comenzamos y vivimos una vida jactándonos constantemente de nuestros logros, de lo que tenemos, lo que no tenemos, lo último que compré, mis habilidades, inclusive hasta nuestros dones dados por Dios. Nos vivimos jactando de eso. Por eso yo soy amador de mí mismo, y usted también. En una discusión sobre cualquier tema, y más si yo conozco de eso, siempre tengo que ganar. Yo siempre tengo la razón y no importa lo que el otro diga, yo tengo que ganar. Yo no pude decir: "Bueno..." Pero si yo conozco el tema, yo soy el que sabe de eso; es lógico que yo tengo que ganar. El problema no es si tú sabes; el problema es tu afán y tu deseo desenfrenado de sobresalir por encima de los demás.
Eso es lo que habla de un corazón orgulloso y egoísta, porque no pensamos en los intereses de los demás, sino más bien en mis propios intereses. Las cosas, por consiguiente, deben hacerse como a mí me gustan, como yo quiero, cuando yo quiero: en mi trabajo, en mi casa, en la iglesia, en el ministerio, en la escuela dominical, en cualquier lugar donde estamos. Si las cosas no se hacen como yo quiero o me gustan, me molesto.
Soy amador de mí mismo porque oculto mis temores e inseguridades. Claro, no puedo reflejar a otros mis faltas; después no van a creer en mí. Eso habla de un corazón amador de sí mismo, porque no es vulnerable. Piensa que el otro es el pecador y tiene debilidades, no yo. Soy amador de mí mismo porque no me gusta que me pidan algo que atente contra mí como líder. Cuando llego a la iglesia y mi hermano dice: "Siéntese aquí." —"No, por allá, que a mí me gusta allá." —"Por favor, hermano, la disposición es que nos sentemos en orden." —"Pues a mí me gusta aquí y me quedo aquí." Le parece extraño, pero eso es un corazón amador de sí mismo.
Es que nos demos cuenta de cómo nuestro corazón sí es orgulloso. Decíamos: "No, yo no soy orgulloso, no, yo no tengo eso. Eso son los otros." Comencemos a ver que en pequeñas cosas nos parecemos a las corrientes de este mundo mundano. Nos parecemos a los hombres y mujeres que hoy están por las calles, viviendo en su desobediencia.
Esto es muy bueno, porque tampoco ha pasado aquí, pero por si acaso lo voy a decir. Cuando me parqueo allá abajo en el parque de otra iglesia, no me importa si ocupo el lugar de dos hasta tres carros, con tal de que mi carro esté cómodo bajo una sombra o libre de posibles rayadas. Y además lo pongo ahí porque me queda más cerca: puedo llegar, desmontarme, entrar rápido, y a la hora de salir también puedo salir primero y montarme rápido. Entonces no me importa si yo ocupo dos o tres lugares; lo importante es que pude satisfacer mi deseo egoísta de poner mi carro cómodo. Y obviamente esto no es para ustedes porque, ¡gloria a Dios!, ustedes están aquí.
Cuando nos piden que vengamos al culto de las ocho de la mañana porque el de las diez está muy lleno, no nos importa que el culto de las diez o de las dos ya está inmanejable, que hay mucha gente que viene. No me importa; para mí el de las diez es más cómodo. Entonces yo voy a venir al de las diez porque es más cómodo. Por eso esto no tiene que ver con ustedes, que están aquí al de las ocho. Esta se la voy a decir al culto de las diez o de las dos. Pero hasta en eso nosotros reflejamos un corazón amador de sí mismo: no pensamos en el bien de los demás, no pensamos en que los hombres y mujeres que están sirviendo se están rompiendo la cabeza cada dos domingos manejando la gente que entra y sale porque no cabemos. Entonces, pudiendo nosotros venir al culto temprano —lo que implica un sacrificio y levantarse temprano—, no lo hacemos porque no es cómodo para mí. Pero ¡gloria a Dios! porque ustedes reciben las bendiciones del Señor cuando se disponen a sacrificarse y venir temprano a Su casa.
El orgulloso se cree más importante y superior a los demás. Y si alguna vez te pasó esto, tengo un rápido remedio para ti. Si alguna vez te creíste muy importante, alguna vez cuando tenías el ego por las nubes, alguna vez cuando estabas convencido de que eres el ganador, alguna vez cuando piensas que tu ausencia dejaría un agujero imposible de llenar, solo sigue estas sencillas instrucciones para que veas lo rápido que se hace un mil tu alma. Hay un ejercicio que ustedes van a hacer: toma una cubeta de agua, llénala, mete tu mano hasta la muñeca, sácala rápidamente, y el agujero que queda es la medida de cuánto se te echará de menos. Hagan el ejercicio para que vean.
Si tú crees que eres muy importante, que eres absolutamente imprescindible en ese ministerio que sirves, y que si te vas nadie va a poder hacerlo como tú, haz el ejercicio para que veas cómo tu alma orgullosa se convierte rápido: mete la mano en la cubeta, sácala rápido, y el hoyo que queda es la medida de cuánto te van a echar de menos. Quizás tú podrás agitar todo lo que está a tu alrededor al meter o sacar la mano; quizás puedas agitar el agua. Pero detente y mira: un minuto, quizás dos, y todo regresa a donde estaba antes.
Hay una ilustración muy buena también que habla de lo que hace el orgullo y el amor a sí mismo. Es de un entrenador famoso que hizo una pregunta y él mismo se la contestó. Él dijo: "¿Qué hace a un hombre luchar?" Y él mismo respondió: "Dos fuerzas luchan en todo luchador: uno, el ego; dos, un objetivo." Entonces dice: "Una sobredosis de amor a uno mismo —llámale ego—, eso, como una receta, hace vagabundos a hombres que deberían ser campeones. Por el contrario, olvidarse de uno mismo, la completa absorción en la meta, a menudo hace campeones a los vagabundos." Lo que nos está queriendo decir es que el afán por centrar el mundo sobre nosotros nos quita el privilegio de ser campeones, hombres y mujeres que glorifican a Dios en su diario vivir, y nos lleva a ser hombres conformados y moldeados de acuerdo a las corrientes y tendencias de este mundo. Eso es lo que quiere decir esta ilustración.
Cualquier persona amadora de sí misma, en teoría, puede llegar a tener todas las características de la lista de 2 Timoteo 3. Es decir, una persona amadora de sí misma es capaz de ser avara, vanagloriosa o jactanciosa, soberbia, mentirosa, desobediente a los padres, desagradecida, irreverente, sin amor, sin afecto, implacable, sin amor hacia los demás —porque lo tiene todo para él—, calumniadora, desenfrenada, salvaje, cruel, aborrecedora de los buenos, traidora, impetuosa, envanecida, amadora de los placeres más que de Dios, y con una apariencia de piedad. Esa es la máscara del orgullo.
Algunos de ustedes pueden decir delante de Dios en su corazón: "Señor, yo reconozco que he tenido la máscara del orgullo por mucho tiempo." ¡Gloria a Dios! El que lo diga, que lo diga con sinceridad delante de Dios. "Señor, yo reconozco que el egoísmo en mí tiene varios colores; tengo varias máscaras diferentes de egoísmo." Reconozcamos que tenemos esto.
Había una máscara muy conocida en el mundo: la de la avaricia. Te pregunto: ¿has usado alguna vez la máscara de la avaricia? Alguien que se le acerca al dinero dice: "Bueno, no es que me guste tanto, pero me calma los nervios." O: "No es que me guste tanto el dinero, pero es bueno tenerlo porque tú sabes que con el dinero uno se siente más seguro que aquellos." En otras palabras, buscamos un bienestar basado en acumular y en la errónea creencia de que nuestra seguridad está en los bienes, las riquezas y todo lo que podamos acumular.
Y Cristo lo dijo muy claro cuando habló del necio, el hombre necio que dijo para sí mismo: "Come, alma mía, come, bebe, descansa, divíértete, porque tienes muchos bienes depositados para muchos años." Tengo un ahorro en la cuenta, tengo una inversión en tal lugar... No conozco sus finanzas ni sus interioridades, pero piense en lo que usted tiene acumulado. Y revise a ver si por casualidad, cuando entra al banco y ve el saldo, siente ese alivio y esa seguridad. ¿Dónde está tu seguridad? Cristo habló de este hombre necio y dijo: "Este hombre no sabe que esta noche vienen a pedir su alma."
¿De qué te sirve acumular, tener abundancia? Este es el veredicto de nuestro Señor acerca del que tiene abundancia: que no es malo tener abundancia, tampoco estamos diciendo aquí que no la tenga. Si usted la tiene, Dios se la dio. ¡Gloria a Dios! Pídale a Dios que lo haga un buen mayordomo de esos recursos, que son de Él y que le ha dado para que usted los administre.
Pero este es el veredicto que Dios da para aquellos que tienen abundancia: dice que la vida no consiste en sus bienes. El que acumula bienes para sí, no es rico para con Dios. Lucas 12:15 y 21. Nuestro propio Señor está diciendo: si tú acumulas bienes, tú no eres rico para con Dios. Como dicen por ahí, baja de esa nube y deja de soñar, que tú no tienes nada. Tu vida no consiste en los bienes que tienes, aun si soy yo mismo quien te lo he dado.
Si Dios es quien te ha bendecido, quien te ha dado, te ha dado la capacidad para generar, te ha bendecido con habilidades, talentos, y te ha dado oportunidades, ni siquiera aun siendo Dios, en eso no consiste la vida. La vida para nosotros es conocer a Dios, amarlo, honrarlo y hacer su voluntad. Ese es nuestro llamado.
Hay muchas cosas que el dinero no puede comprar, y usted conoce un anuncio muy bueno por ahí que lo dice, ¿verdad? El dinero puede comprar una cama, pero no puede comprar el sueño. Puede comprar libros, pero no inteligencia. Puede comprar comida, pero no puede comprar apetito. Puede comprar galas, pero no belleza. Puede comprar una casa, pero no un hogar. Puede comprar medicinas, pero no salud. Puede comprar placeres, pero no paz. Puede comprar lujos, pero no necesariamente una cultura. Puede comprar y pagar por entretenimientos, pero no necesariamente puede comprar el gozo. Puede comprar hasta un crucifijo, pero no puede comprar un Salvador. Puede comprar una iglesia, pero no puede comprar el cielo.
Quitémonos la máscara de la avaricia, porque no nos va a llevar por buen camino. Nos va a llevar por el camino de la idolatría al dios dinero. Y por consiguiente, como dice el Señor, no podremos servir a dos señores, o amaremos a uno y aborreceremos al otro. No podemos servir a Dios y a las riquezas.
¿Y por qué nos hemos detenido en estos dos específicamente? Porque son de los que Pablo menciona como una de las principales características de los hombres de este tiempo. Y lamentablemente, son dos de las características más presentes en la iglesia de Dios. Por estos ojos, como dicen, se ve lo que pasa. Son cosas que yo he visto y usted lo ha visto también. Hay que prender la televisión para darse cuenta de que a unos propios predicadores de la Palabra están enseñando o portando máscaras de la avaricia.
Entonces, no nos olvidemos de la máscara de la ingratitud. Sobre esto, solamente quiero decirle que Dios le recriminó al hombre, y por tanto, su rebelión contra Él, por dos cosas: uno, conociendo que es Dios, no le glorificó como Dios; y dos, no le dio gracias. Primero, Dios creó al mundo, te creó a ti, te puso en medio de un mundo. Te dio una familia, te dio padres, te dio hermanos —en la generalidad de los casos; quizás a algunos no les dio hermanos, pero hablando en general—. Pero más que eso, te dio a su Hijo, que murió por ti en la cruz.
Se sacrificó. No tomó en cuenta el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo. Se humilló, se hizo hombre, se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. ¿Por qué? Por amor a nosotros. Esta es la actitud que debemos tener en nosotros, y en todo momento dar gracias, porque no nos merecemos lo que tenemos.
No nos merecemos la salvación. Eso lo hemos oído otra vez, pero de nuevo se los recuerdo. Te pudiera decir: bueno, ¿por cuánta vez nos vamos hacia estas cosas? Pregúntale al pueblo de Israel cuántas veces le dio la vuelta al desierto. Y lo tenemos bien fresquecito porque hemos estado hablando sobre eso. El hecho de que ya nos hayan dicho estas cosas no implica que no las volvamos a repetir, porque nuestro corazón es fácil para olvidar las cosas del Señor, y fácil, al mismo tiempo, para retomar las cosas del mundo. No olvidemos la máscara de la ingratitud. Dios se opone al ingrato.
Hay una máscara por excelencia, si pudiéramos llamarla así. Es precisamente la que nos hace aparentar lo que no somos. Es la máscara que hace ver a hombres y mujeres muy piadosos, pero que en realidad lo que está haciendo es ocultar todo un corazón lleno de pecado, todo un corazón lleno de moldes, donde se albergan corrientes de pensamiento, acciones y actitudes propias de este mundo, propias de los hombres e hijos de desobediencia. Estamos hablando de la hipocresía.
Lo irónico de todo esto es que Pablo, cuando advierte a Timoteo sobre que vendrán hombres que tratarán de engañar con su apariencia de piedad, no se refiere solamente a hombres y mujeres fuera de la iglesia, sino que se refiere a hombres y mujeres que están dentro de la iglesia, que están aquí, quizás al lado suyo. Mire al que está a su lado a ver. No, no, no, yo sé que no. Pero Pablo advierte: pueden venir y se van a infiltrar en la iglesia, y van a crecer juntos el trigo y la cizaña. Van a venir con apariencia de piedad, no solamente los que están fuera, sino los que están dentro.
¿Por qué vemos que esto es así? Porque dice que tratan de aprender, pero que no llegan a un pleno conocimiento de la verdad. O sea, usted lo ve, que se afana, y usted dice: "Fulano está buscando al Señor, viene a los miércoles y se esfuerza, es una buena persona." Pero no lo es. Es apariencia de piedad. Y Cristo lo dijo de una forma muy magistral, con frases célebres para la historia: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque limpiais lo exterior del vaso y del plato, pero por dentro están llenos de robo y desenfreno." Y más adelante sigue: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen muy hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia."
¿Usted alguna vez se ha detenido a meditar en esta ilustración con la que Cristo compara a los fariseos y escribas? Sepulcros blanqueados: por fuera muy lindos, y por dentro llenos de huesos de muerte y de toda inmundicia. "Así también vosotros, por fuera parecéis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad."
Y Pablo también advierte sobre esto a Tito en su carta, capítulo 1, versículo 16, haciendo en este caso alusión a los falsos maestros. Dice: "Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan, siendo abominables y desobedientes e inútiles para toda buena obra." Ojo: aunque este pasaje se refiere a falsos maestros, si hay falsos maestros, es porque también hay falsos seguidores. O en el mejor de los casos, seguidores confundidos y equivocados, apartados de la verdad; en definitiva, seguidores conformados a este mundo.
Cuando en nuestra vida diaria lucimos más las cosas que exhiben los hijos de desobediencia, estamos conformados a este mundo. Estamos encadenados a las corrientes de este mundo. Pablo nos exhorta nuevamente en Efesios 4:17-24, y este es un pasaje muy contundente sobre esta verdad.
Pablo les dice a los cristianos: "No andéis como andan también los gentiles, en la vanidad de su mente, entenebrecidos en su entendimiento, excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón; los cuales, habiendo llegado a ser insensibles, se entregaron a la sensualidad para cometer con avidez toda clase de impurezas. Pero vosotros no habéis aprendido a Cristo de esta manera." Esto no fue lo que Cristo les dejó como modelo. En otras palabras, lo que les está diciendo: si en verdad lo oíste, si habéis sido enseñados en Él conforme a la verdad que hay en Jesús, si es verdad que sois cristianos, no deberíais comportaros de esa manera, porque eso no fue lo que recibisteis en el Señor.
"En cuanto a vuestra manera anterior de vivir, despojaos del hombre viejo." Quítate la máscara del hombre viejo, "que se corrompe según los deseos engañosos, y sed renovados en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, el cual en la semejanza de Dios ha sido creado en la justicia y en la santidad de la verdad."
Asimismo, exhortó a los colosenses. Por eso les decía al principio: a través de mi estudio por el Nuevo Testamento, me doy cuenta de que los apóstoles se cansaron de advertirnos sobre esta misma cosa, a los efesios, a los colosenses, Pedro en su carta. ¿Qué está pasando en los primeros tiempos cristianos? ¿Qué está pasando en aquel tiempo? ¿Y qué sigue pasando hoy? Colosenses 3:10 dice: "Y os habéis vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó."
Pedro dice, en su Primera Carta, capítulo 1, versículo 14, como hijos obedientes: "No os conforméis a los deseos que antes teníais en vuestra ignorancia, sino que así como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir." Cuando decimos "en toda nuestra manera de vivir", es en toda. No solamente los domingos, o cuando me reúno con los grupos de parejas. No solamente cuando voy a la iglesia los miércoles, o cuando hay una actividad social donde hay algunos hermanos cristianos. Es en toda vuestra manera de vivir: cómo me visto, cómo gasto mi dinero, cómo me comporto con las personas, cómo trato a mis hijos, cómo los educo, cómo respondo a las tentaciones y a los placeres que el mundo me quiere vender, cómo manejo los recursos. En toda vuestra manera de vivir.
Hermanos, cuando se nos hace difícil despojarnos de alguna de estas máscaras, cuando se nos hace difícil dejar de conformarnos a este mundo, es porque entre el mundo y nosotros hay unos lazos de amistad muy fuertes, más fuertes que los lazos de compromiso y amistad que debemos tener con Dios. Entonces debemos revisar nuestra fe.
No sea que seamos tomados por hipócritas y falsos seguidores, con apariencia de piedad. No podemos decir que vamos a Dios cuando nuestro corazón delira y suspira por los placeres y las vanidades de este mundo. No podemos decir que vamos a Dios cuando nuestro pensamiento está marcado por la influencia de esta generación perversa. O amamos a Dios y aborrecemos al mundo, o amamos al mundo y aborrecemos a Dios. No se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo. Esta condición de doble ánimo no puede existir entre nosotros.
El apóstol Juan, en su primera carta, nos dice: "No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo."
Finalmente, Santiago hace un llamado mucho más fuerte a aquellos de nosotros que nos hemos conformado a este mundo. En el capítulo 4, él utiliza una expresión muy fuerte. Santiago dice: "¡Oh, almas adúlteras!", con todo el significado que eso implica. "¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiera ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios."
Muchos estudiosos han entendido que el libro de Santiago no se escribió necesariamente para los creyentes, sino más bien para los incrédulos, para las personas impías, porque muchas de las cosas que se mencionan en el libro no se supone que estén presentes en la vida de un cristiano. Sin embargo, el libro de Santiago se ha venido a constituir en un excelente examen para probar nuestra fe, para probar si verdaderamente somos o no tenemos más que apariencia de piedad.
Santiago ha hablado de una serie de cosas que son pruebas de si verdaderamente somos o no somos. Se los dejo de tarea para que lo lean. Pero en este caso hay una prueba de la indulgencia mundial: ¿cómo nos vamos a comportar frente a lo que el mundo está haciendo? ¿Seremos indulgentes? Esta es la prueba de Santiago. Revisemos nuestros lazos con el mundo y no toleremos sus prácticas, a tal punto que dejemos de adoptar sus patrones como parte de nuestro ser.
Aun si hoy hemos reconocido que tenemos almas adúlteras contra Dios, porque nos hemos enemistado de Él por hacer amistad con el mundo, todavía hay una misericordia que Él da. Todavía hay una gracia que viene de lo alto y que se renueva cada mañana. En el mismo libro de Santiago, capítulo 4, se nos hace el llamado a someternos a Dios. El autor nos insta a resistir al diablo y afirma que huirá de nosotros. "Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores, y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, lamentad y llorad. Que vuestra risa se torne en luto y vuestro gozo en tristeza."
Dejemos de reírnos de la vida cristiana. Dejemos de decir: "Bueno, me equivoqué otra vez, que yo soy así." Comencemos a afligirnos y a llorar por la condición de nuestro corazón, por la condición del corazón de los que están a nuestro alrededor. Lamentémonos. Cambiemos nuestra risa en llanto por un momento, nuestro gozo y nuestra alegría, por un momento, cambiémoslos en tristeza, para que verdaderamente podamos darnos cuenta de la condición en que estamos. Humillémonos en la presencia del Señor y Él nos exaltará.
Antes de conocer al Señor teníamos un velo —2 Corintios 3:14— que nos cegaba y endurecía el entendimiento. Pero cuando nos volvimos a Dios, entonces ese velo es quitado. Y ahora, con el rostro descubierto, viendo frente a frente la gloria del Señor, como en un espejo que nos refleja, podemos ser transformados a la misma imagen, de gloria en gloria.
Así como el profeta Jeremías habló a su pueblo de parte de Dios, hoy está abierto el mismo llamado para cada uno de nosotros. El Señor dice: "Me invocaréis y vendréis a rogarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis cuando me busquéis de todo corazón." Necesitamos esa condición: de todo corazón. Porque Dios ha prometido que si venimos de todo corazón, Él se dejará hallar por nosotros, declara el Señor. Jeremías 29:12-14.
Quiero cerrar con una oración que pronunció en una ocasión A. W. Tozer. Quiero que cierres tus ojos y quizás puedas identificarte con ella en el momento que concluimos este mensaje. A. W. Tozer dijo en una ocasión: "Padre, quiero conocerte, pero mi corazón cobarde se aferra a sus juguetes. No puedo separarme de ellos sin sangrar por dentro, y no trato de esconderte el terror de la separación. Vengo temblando, pero vengo. Por favor, arranca de mi corazón todas esas cosas que he atesorado por tanto tiempo y que han llegado a ser parte de mi mismo ser, para que tú puedas entrar y morar allí sin rival. Entonces harás glorioso el lugar de tus pies. Entonces mi corazón no tendrá necesidad del sol que brille en él, porque tú mismo serás la luz en él, y no habrá allí noche."
Acerquémonos a Dios. Acerquémonos a su presencia, que es acercarse a nosotros. Renovemos nuestra amistad con Él. Vayamos de todo corazón para que Él pueda ser, verdaderamente, nuestro Dios.
Luis Núñez es pastor de Adoración en la Iglesia Bautista Internacional. Conoció al Señor en 1983, siendo aún un niño. Tiene más de veinticinco años de experiencia en ministerios de adoración y música. Ha servido como músico, líder de adoración, director musical y pastor. Es graduado en Administración de Empresas (INTEC), egresado del Instituto Integridad & Sabiduría y posee una Maestría en Divinidad (MDiv) del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado desde 1999 con Carolina Joa y tienen tres hijos: Daniel José, Emma Carolina y Sarah Carolina.