IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El hombre busca libertad en todas partes —libertad política, económica, de género, de expresión— pero mientras más la proclama a su manera, más se hunde en un calabozo de esclavitud. Esta es la paradoja que Jesús expone cuando dice: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." Los judíos que lo escuchaban se ofendieron: "Somos descendientes de Abraham, nunca hemos sido esclavos de nadie." Pero Jesús no hablaba de cadenas visibles. Hablaba de algo peor: "Todo el que comete pecado es esclavo del pecado." Y el esclavo no permanece en la casa para siempre; será echado. Solo el Hijo permanece, y solo el Hijo puede hacer verdaderamente libres.
Cristo vino a proclamar el jubileo de los jubileos: el año favorable del Señor donde los cautivos son liberados, las deudas canceladas, y lo perdido restaurado. Pero esta libertad viene con una condición que muchos pasan por alto. Jesús no dijo simplemente "crean en mí"; dijo: "Si permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos." La prueba de la libertad genuina no está en la profesión de fe, sino en la permanencia.
Dos hombres ilustran el contraste. Enrique de Navarra, reformado del siglo XVI, negó su fe protestante a cambio de la corona de Francia; demostró ser esclavo de su ambición. Policarpo, discípulo del apóstol Juan, a los ochenta y seis años rechazó negar a Cristo aunque le costara la vida: "Por ochenta y seis años he sido esclavo de Cristo, y él nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo puedo blasfemar a mi Rey que me salvó?" Uno tenía falsa libertad; el otro, verdadera. La pregunta permanece: ¿cuál de los dos eres tú?
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bueno, como les dije al principio, tengo el privilegio de compartir la palabra de Dios. Es un honor y, al mismo tiempo, es algo que nos recuerda cuán pequeños somos nosotros y que somos vasijas de barro, portadoras de un inmenso tesoro que es Cristo, precisamente como lo que vamos a cantar. Así que quiera Dios que, al abrir su Palabra, ese tesoro pueda abrirse desde dentro de nosotros y que muchos que quizás no lo conocen aún hoy lo puedan tener.
Todo lo que hemos cantado hoy es un sermón en canción. Y de manera expresa, si usted tiene un tiempo con nosotros, se habrá fijado que cuando es posible, y en la mayoría de los casos, nosotros queremos exaltar al Señor, proclamar su nombre, proclamar su Palabra por medio de nuestras canciones, responder a Dios a través de las canciones, para que nuestro corazón se mueva a acciones de gracia, a una adoración en espíritu y en verdad, a partir de lo que Él ya ha revelado de sí mismo en su Palabra. Es esa adoración que siempre procura que lo que cantemos, como leíamos al principio, esté lleno de la Palabra de Cristo. De manera que nuestro corazón también pueda ser enfocado, preparado y alineado para que, cuando Dios nos comunique en su tiempo, nosotros podamos responder con lo que es nuestra verdadera adoración, nuestra respuesta a su Palabra.
Vamos a compartir un texto que es muy conocido para muchos de nosotros. ¿Cuántos de nosotros no conocemos el texto que dice: "Y conoceréis la verdad"? Hasta en el escudo de nuestra bandera está, pues nuestros padres de la patria, que tuvieron el temor de Dios, reconocieron que la verdadera libertad se encontraba en Cristo. Juan 8:32, y el versículo 36 es una reafirmación de esta verdad cuando dice: "Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres", o realmente libres, dependiendo de la traducción. Eso hemos cantado.
El concepto de libertad es algo con lo que estamos muy bien familiarizados, aunque ha sido difícil de definir al ser un concepto, un principio un poco abstracto. Pero en sentido general se entiende por libertad la facultad que todo ser vivo —no solamente los humanos, todo ser vivo— tiene de llevar a cabo una acción de acuerdo a su propia voluntad, sin restricciones; la posibilidad que tenemos de decidir por nosotros mismos cómo actuar en las diferentes situaciones que se nos presentan en la vida. Y de manera muy sencilla, muy práctica: "déjame hacer lo que yo quiero". Sabemos que muchas veces asociamos el concepto de libertad a eso. "Déjame libre, déjame ser", dice mucha persona.
Pero en el contexto bíblico, que es lo que nos ocupa hoy, debemos mirar este concepto a la luz de cómo Dios lo entiende, de cómo Dios diseñó su creación y nos diseñó a nosotros. Tenemos que considerar y ver este concepto de la libertad a través de los lentes de Dios y de lo que la Palabra de Dios dice. En ese contexto bíblico podemos entender mejor el concepto de libertad a partir de lo que perdimos una vez, y eso fue precisamente eso: lo que perdimos. El hombre la tuvo en el Edén, pero después de Génesis 3 todo cambió.
Desde entonces el hombre ha cargado con un peso sobre sus hombros, un barril lleno de consecuencias, producto del ejercicio equivocado de su libertad —entre comillas—; un ejercicio de su libertad que lo llevó a perder su libertad. Parece contradictorio, pero es la realidad. Y hasta el día de hoy vemos que el mundo sigue procurando y proclamando libertad: libertad del yugo extranjero, de gobiernos opresores o de tiranías. Son causas nobles y justas, pero el mundo sigue buscando la libertad, buscando salir de presiones injustas. También el mundo proclama libertad económica, libertad de los mercados, libertad de los padres, libertad de género, "déjenme ser lo que yo quiero ser", libertad para cometer toda clase de deseos producto de la carne. Y ahí vemos entonces libertad para poder cometer abortos: "déjenme la libertad y pónganme eso en una ley". Libertad para hacer lo que yo quiero; eso es más bien libertinaje. Pero es la realidad del hombre: por más que busca y proclama su supuesta libertad, vive engañado; y mientras más proclama esta libertad a su manera, de acuerdo a su propio entendimiento y no según el plan de Dios, se sumerge más y más hondo en un calabozo de esclavitud.
Aun muchos de nosotros los cristianos, que nos decimos cristianos, que hemos profesado una fe en Cristo, decimos y creemos que somos libres. Pero la realidad es que, aunque muchos sí lo somos, otros no son verdaderamente libres; también viven engañados, creyendo que lo son, pero no lo son. Lo cierto es que en Génesis 3 se perdió la libertad, pero de inmediato Dios prometió restaurar esa libertad. Así que tenemos desde muy temprano en el texto bíblico una libertad perdida y una libertad prometida.
El hombre pecó, fue separado de Dios, y desde entonces Dios comenzó a correr su plan para traer de nuevo la libertad. Y en la plenitud de los tiempos, es decir, en el tiempo preciso, Dios envió a su Hijo unigénito con la misión de traer esa verdadera libertad. Y en una pequeña ciudad, como dice la canción, sin renombre, en un humilde pesebre, un día nació la libertad prometida; nació la salvación. Entonces, para nosotros los cristianos, el concepto de libertad es una de las palabras, uno de los conceptos, a través del cual mejor podemos entender o que mejor describe el significado de la salvación. Y este fue el propósito que Cristo mismo declaró: ¿por qué y a qué había venido? ¿Por qué había sido enviado por el Padre?
Desde tiempos antiguos vemos al profeta Isaías, aproximadamente 700 años antes de la venida de Cristo, profetizando el retorno de esa libertad. Hay un pasaje que, antes de entrar a nuestro texto, necesitamos entender como parte de toda esta introducción y contextualización hacia donde vamos. Hay un pasaje que para mí es uno de los más maravillosos de todo el texto bíblico; hay muchos, pero este me gusta mucho a mí. Y espero que así como me impacta a mí, al ver cómo Dios fue orquestando las cosas y cómo en el cumplimiento de sus promesas Él muestra que es fiel a lo que promete, también les impacte a ustedes.
Tenemos en Lucas 4:17-21 el momento cuando Cristo retorna a Nazaret. Él había estado ya predicando, ya era un maestro, un rabino judío conocido, y un día, el día de reposo, entra a esta sinagoga. Se estilaba que cuando había un maestro en la región que visitaba la sinagoga, se le diera la oportunidad de predicar ese día. Ellos tenían un culto o un servicio similar al nuestro; algunos registros indican que ellos iniciaban orando y cantando salmos, adorando a Dios. Pero una vez pasaban estos cánticos al Señor, entregaban entonces el rollo, la Palabra de Dios, a este maestro, quien se ponía en pie, lo leía y luego se sentaba en un lugar un poco más alto, como una silla de honor que representaba autoridad, mostrándo a todos que el centro de adoración es precisamente lo que va a suceder ahí: vamos a escuchar la Palabra de Dios y vamos a responder a la explicación de la Palabra de Dios.
Esos entró a esta sinagoga y entonces le dieron el privilegio de predicar. Le entregaron el rollo del libro de Isaías. Cristo abrió el rollo del libro de Isaías, que debes saber que en el hebreo estos rollos no estaban divididos por capítulos, por versículos, ni siquiera por espacios. En el hebreo todo está como un solo bloque de texto completo. De hecho, se lee al revés, de derecha a izquierda, en vez de izquierda a derecha. Es dificilísimo para nosotros entender eso, bueno, pero se puede lograr, se aprende.
Pero Cristo mostró que dominaba a la perfección el texto bíblico. Bueno, Él lo inspiró, su Espíritu nos lo inspiró. Que inmediatamente escogió de este rollo de Isaías qué iba a leer. Y esto fue lo que sucedió. Entonces Lucas 4:17-21: "Le dieron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el Evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos y la recuperación de la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año favorable del Señor. Cerrando el libro, lo devolvió al asistente y se sentó en esa silla de honor, de autoridad, en el centro de la sinagoga, y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en Él."
Y dice el versículo 21: "Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oído." Hoy se ha cumplido. La cita era Isaías 61:1-2. Hoy es el año favorable del Señor, del libro del profeta Isaías. Y esa es la referencia que el pueblo conocía.
Este año favorable del Señor apuntaba a un año de jubileo. Y debemos recordar que en el tiempo del Antiguo Testamento, cada cincuenta años había una fiesta de celebración, y durante ese año se proclamaba en toda la tierra un tiempo para que cada habitante retornara a su casa. Y en eso consistía el jubileo. Ponga atención a esto, porque aquí hay un simbolismo hermoso con lo que entendemos que ha sucedido espiritualmente en nosotros.
En este año se proclamaba jubileo, celebración. Cada habitante podía retornar, debía retornar a su casa, a su clan, a su propiedad. Pero más significativamente aún, el jubileo era un año de amnistía donde los esclavos eran liberados de su servidumbre. Era un año de redención donde los que debían algo eran liberados de sus obligaciones financieras. Era un año de restauración donde la propiedad perdida era retornada a su legítimo dueño por derecho.
Pero más aún, el profeta Isaías apuntaba en esta profecía al día de lo que se llamaba el jubileo de jubileos, el último de los jubileos, que implicaba el real y efectivo retorno. Es que ellos esperaban que el Mesías venía a hacer esto en ellos, a liberarlos. No estaban refiriéndose a un simple jubileo. Y Cristo con esto lo que les estaba diciendo era: eso que fue profetizado y que ustedes esperan, ese jubileo de jubileos, está aquí. Yo soy. O sea que ellos no podían alegar ignorancia; ellos sabían exactamente que era una referencia directa al Mesías.
Después de este mensaje, y muchos otros donde Cristo se proclamó a sí mismo como Mesías, muchos creyeron y otros no creyeron. Pero este es el mensaje de Cristo desde el principio: vine a libertar a los cautivos, vine a traer salvación. En lo adelante, muchos mensajes fueron predicados por Cristo, muchos creyeron, muchos no creyeron.
Y aquí llegamos entonces a nuestro texto de Juan 8: "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres." Es un texto donde Cristo vuelve a hacer referencia a esa libertad de la cual Él habló en esa sinagoga de Nazaret, por la cual había venido. Pero antes de entrar en este texto, es importante que veamos los versículos anteriores que nos enseñan que Cristo ya estaba predicándoles y hablándoles a estos judíos a los cuales Él pronunció estas palabras: "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres", y posteriormente: "Así que si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres."
El versículo 30 del capítulo 8 de Juan dice: "Entonces muchos de los que oyeron sus palabras creyeron en Él." Y la pregunta para nosotros entonces es: ¿cuáles fueron esas palabras? En este capítulo 8 tenemos el versículo 12, el 19, el 21 y el 28, donde tenemos cuatro importantes declaraciones de la enseñanza de Jesús que ellos escucharon y por las cuales, dice el texto, creyeron.
Aquí está el famoso texto. Juan 8:12 dice: "Yo soy la luz del mundo. Si ustedes me siguen, no tendrán que andar en la oscuridad, porque tendrán la luz que lleva a vida eterna." "Si me conocieran a mí, también conocerían a mi Padre." "Yo me voy. Ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden ir. Ustedes son de abajo, yo soy de arriba. Ustedes pertenecen a este mundo, yo no. Por eso dije que morirán en sus pecados, porque a menos que crean que yo soy quien afirmo ser, morirán en sus pecados."
Y ellos decían: "¿Y tú quién eres?" Él dijo: "El mismo que he sido siempre, el mismo que he dicho siempre." Por eso Cristo dijo: "Cuando hayan levantado al Hijo del Hombre —aunque no está explícito, pero implícitamente se entiende que es en la cruz— entonces comprenderán que yo soy." Pero no que "yo soy" como decimos: "Hola, yo soy Luis", o "Hola, yo me llamo Fulano de tal." No. "Yo soy" el Yo Soy. Así como cuando Dios se reveló en Éxodo 3:14: "Yo soy el que soy." Así que este es el preámbulo a partir del cual llegamos entonces al versículo 31.
Y en ese texto dice: "Entonces Jesús decía a los discípulos que habían creído en Él." El versículo 30 dice que muchos creyeron, y Él les dice a los que creyeron en Él. Entonces es esta enseñanza, y es para nosotros la enseñanza de hoy. Leamos entonces: "Decía a los discípulos que habían creído en Él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." Ellos le contestaron: "Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: seréis libres?" Jesús le respondió: "En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí permanece para siempre. Así que si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres."
Muchas veces nos enfocamos solamente en "conoceréis la verdad y seréis libres", libertad, libertad, pero obviamos todo lo que está pasando ahí. Y lo que está pasando ahí es que Jesús está predicándoles a muchos que dicen que creyeron, pero en realidad eran incrédulos. El corazón del hombre era el mismo ayer y es el mismo hoy, y las palabras de Cristo fueron las mismas ayer y son las mismas hoy.
Así que para todos los que hemos creído en este lugar, y aquellos de nosotros que quizás a partir de estas palabras de Jesús vamos a creer, para nosotros es importante entender —y es el mensaje de Cristo— en qué consiste ser libre. ¿Cómo puedo ser verdaderamente libre? Y, ojo, importante: ¿cómo comprobar que soy verdaderamente libre? Porque Cristo estaba probando la fe de ellos.
Así que para seguir la lógica del pensamiento, lo que para nosotros parece ser más importante en este caso es la libertad. Dime, ¿en qué consiste? Nosotros no nos detenemos en el versículo 31. No nos vamos al 32: "Conoceréis la verdad, la verdad os hará libres." No nos vamos al versículo 34, donde habla de que somos esclavos del pecado. Y no nos vamos al 36: "Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres." Pero es necesario que veamos todas estas enseñanzas.
Entonces, ¿qué quiere decir ser libre? Y eso es lo que ellos, los discípulos, le preguntaron. Versículo 33: ellos le contestaron a Jesús ante esta declaración de "conoceréis la verdad y la verdad os hará libres": "Nosotros somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: seréis libres?" Y aquí nos damos cuenta de que ellos pensaban que eran libres.
Y es algo que yo puedo identificar, y es lo que puedo proponer aquí: que Jesús estaba contrastando y mostrándoles que la supuesta libertad que ellos decían tener era en realidad una falsa libertad, y que en realidad lo que ellos tenían era una verdadera esclavitud. Así que falsa libertad versus verdadera esclavitud está aquí implicado en este diálogo de Jesús con los judíos.
Ellos no tenían libertad terrenal, por lo tanto no podemos asumir que ellos estaban pensando en la libertad terrenal. Ellos de hecho eran un pueblo que tenía una larga historia de esclavitud: desde Egipto, a Siria, a Babilonia, a Persia, a Grecia, a imperios que vinieron, entraron, se los llevaron, los trajeron, los esclavizaron. Y justo en ese momento el Imperio Romano estaba dominando toda la región de Palestina. Así que ellos no eran tontos, ni nosotros, ni Jesús, ni nadie, para entender que el contexto era libertad nacional o política. No, no. Ellos sabían que Jesús se estaba refiriendo a una libertad espiritual.
¿Por qué? Porque ellos dijeron: "Nosotros somos descendientes de Abraham." Nosotros tenemos por derecho legítimo el ser hechos hijos de Dios, porque a Abraham se le dio la promesa. Ellos tenían un orgullo de nacer con ese derecho y creían que al ser descendientes de Abraham tenían, en efecto, libertad espiritual. Pero esta supuesta libertad, nosotros sabemos, estaba atada a un sistema de justificación por obras y, para ellos, por herencia.
Luego vemos que a través de la ley de Moisés todo este pueblo se fue tras el cumplimiento de la ley, tratando de mostrar que podían tener el favor de Dios si la cumplían. Estaban predicando con sus hechos que el disfrute de esa libertad, y una relación con Dios, y el llamado pueblo de Dios, se basaba en que podían cumplir la ley. Ante Dios ellos se sentían justificados por esto. Y su esperanza de un supuesto Mesías que iba a venir no era para liberarlos espiritualmente, sino para liberarlos de manera terrenal de la opresión de los imperios y gobiernos, e instaurar un gobierno y una nación próspera judía.
Lo cierto es, hermanos, que su esclavitud espiritual era peor que la libertad terrenal que ellos anhelaban. Eso es lo que responde entonces: "En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado, y el esclavo no queda en la casa para siempre."
Casa para siempre. El hijo sí permanece para siempre. ¿Pero cómo así? Porque Pablo en su carta a los Romanos 6:7 nos habla de cuando nosotros obedecemos a la pasión de nuestra carne y sus lujurias y deseos, y nos presentamos para hacer estas cosas, nos convertimos en esclavos del pecado. Eso es lo que Pablo abunda a lo que Cristo ya dijo de manera simple: el que comete pecado es esclavo del pecado.
Pablo lo expande y dice de hecho que fuimos vendidos a esclavitud del pecado, que el pecado reina en el hombre y que el hombre no puede decidir por sí mismo. Dice que todos han pecado, todos somos esclavos del pecado. Romanos 3:23: "Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios." Todos hemos pecado.
Ahora, es importante aclarar el versículo 34. Cuando dice "todo aquel que comete pecado es esclavo", en el original no está diciendo que todo aquel que peca, porque tú y yo pecamos todos los días. Más bien está diciendo: todo aquel que es esclavo del pecado, el que practica, el que vive una vida de pecado obedeciendo a los deseos y a la lujuria de la carne, aquel que cede al deseo del pecado es esclavo del pecado. Todo el que vive en la práctica del pecado es esclavo del pecado.
Nosotros que somos cristianos, aun cuando seguimos pecando, ya no somos esclavos del pecado. ¿Por qué? Porque ahora somos esclavos por amor. Cristo rompió el poder del pecado. Así que no estamos sugiriendo que cuando tú pecas te haces esclavo del pecado. No. Pero si llevas una vida de pecado, la práctica del pecado, examínate, porque aunque tú digas que eres cristiano, quizás no lo eres. En realidad eres un esclavo del pecado, y esto es lo que Pablo y Cristo dicen.
Esta esclavitud llega mucho más allá, porque no solamente nos hacemos esclavos del pecado y de la carne, sino también del dominio y las cadenas de mentira de Satanás. Mira lo que Pablo dice en 2 Corintios 4:4: "Satanás, el dios de este mundo, ha cegado el entendimiento de los que no creen, para que no vean la gloriosa luz del Evangelio, quien es la imagen exacta de Dios", refiriéndose a Cristo, la luz del evangelio de Cristo.
En este mismo contexto, Juan 8:43, Cristo más adelante les dice a los judíos que seguían defendiendo su linaje de descendientes de Abraham: "¿Por qué no entendéis lo que digo? Porque no podéis oír mi palabra. Sois de vuestro padre el diablo, no de Abraham. Sois de vuestro padre el diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él ha sido homicida desde el principio y no se ha mantenido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso y padre de la mentira. Pero porque yo digo la verdad, no me creéis."
De la misma manera que Satanás miente porque es su naturaleza, nosotros pecamos porque es nuestra naturaleza: somos pecadores. Y esta es la mentira que debe ser contrastada con una gran verdad. Por más bonita y apetecible que parezca la fruta, por más apetecibles que luzcan los reinos de este mundo, por más seguridad y bienestar que ofrezcan el poder y las riquezas, la obediencia a nuestra carne que va tras estas cosas nos revela que somos esclavos del pecado.
Y aquí hay una gran verdad, y es una verdad de Dios: lo que el pecado te va a devolver en dividendo, la paga del pecado, es muerte. Y ustedes lo saben. Eso es lo que dice el texto en Romanos 6:23. Pablo dice que todos hemos pecado y todos hemos muerto, como lo dice Romanos 5:12. Lo peor de todo, hermanos, es que muchos no se dan cuenta de esta realidad, y es lo que Cristo está tratando de mostrar, y es lo que hoy Cristo está tratando de mostrarle a ti.
¿Por qué? Porque estamos cegados. El Salmo 36:1-3 dice: "La transgresión habla al impío dentro de su corazón; no hay temor de Dios delante de sus ojos, porque en sus propios ojos la transgresión le engaña en cuanto a descubrir su iniquidad y aborrecerla." No la descubrimos, no la odiamos, no nos damos cuenta. Vivimos como el pez en el agua. "Las palabras de su boca son iniquidad y engaño; ha dejado de hacer sabio y de hacer el bien." Esa es la condición del hombre.
La Nueva Traducción Viviente dice: "A los malvados el pecado les susurra en lo profundo del corazón; son ciegos de presunción, no pueden ver lo perversos que son." Esta es la condición del hombre que no tiene fe en Cristo. Por tanto, morirán en su pecado, como él les dijo a ellos en este capítulo 8. Y la consecuencia de esto es condenación eterna, porque Juan 3:18, en las palabras de Cristo, dice: "Todo el que no cree en él, en Cristo, ya ha sido condenado por no haber creído en el único Hijo de Dios." Esta condenación se basa en el siguiente hecho: la luz de Dios llegó al mundo, pero la gente amó más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malvadas.
Por eso Cristo, en el versículo 35 de nuestro texto, Juan 8:31-36, pero de manera particular en el 35, en continuación de este argumento en contra de la opinión de los judíos que se apoyaban en Abraham y en su linaje, les dice: "Un esclavo no quedará para siempre en la casa", en la casa del amo. Y se entiende en este contexto que la casa es la de Dios. Él está aludiendo a que ellos, los judíos, estaban confiados en su supuesta descendencia de Abraham y se consideraban con un derecho de hijos, pero que en realidad no son hijos, son esclavos, porque son esclavos del pecado. Y lo que dice el versículo 35 es que el esclavo no permanece para siempre en la casa, será echado, será sacado. Lo que está diciendo es: ustedes serán echados, ustedes serán condenados. Esta es la condición no solamente de estos judíos, sino de todo aquel que no tiene una genuina fe en Cristo.
Pero, como dice el pastor Miguel en muchas ocasiones: "Pero Dios." Pero Dios envió a su Hijo a anunciar el evangelio a los pobres, a aquellos que no tenían solvencia moral y espiritual para salir de su esclavitud, que no podían pagar. Vino a libertar a los cautivos, a devolver la vista a los ciegos. Por eso dijo que Él es la luz del mundo. Vino a proclamar el año favorable del Señor, a proclamar el año del jubileo, el año de las buenas nuevas, el año de la redención. ¿Recuerdan el sermón de Cristo en la sinagoga de Nazaret? Eso fue lo que vino a proclamar.
Hoy, aquí también anunciamos lo que Cristo proclamó aquel día. Este es el año favorable del Señor. Hoy anunciamos que Él vino a hacernos no solamente libres, sino verdaderamente libres. Vino a hacernos hijos, para que no seamos echados como el esclavo, para que podamos permanecer para siempre en la casa.
Recordemos, hermanos, lo que 1 Juan 3:4-5 dice: "Todo el que practica el pecado practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley." Y eso apoya el punto de que no es pecar, porque todos pecamos; es la práctica del pecado. Pero el texto sigue diciendo: "Y vosotros sabéis que Cristo se manifestó a fin de quitar los pecados, y en Él no hay pecado." Esto es lo que Cristo está predicando: ustedes tienen esta condición, pero yo he venido a quitar sus pecados.
Entonces, porque en Él no hay pecado y Él viene a quitar nuestros pecados, podemos entender mejor la verdad del evangelio. Y así es como podemos llegar a entender cómo llegamos a ser verdaderamente libres. "Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." Al decir esto, Cristo también de entrada les está diciendo a ellos: ustedes no conocen la verdad, ustedes están en el error, viven una mentira, necesitan conocer la verdad.
¿Y qué es conocer la verdad? Bueno, tú y yo sabemos que Él es la verdad. Conocer la verdad es conocer al Hijo. La verdad es igual al Hijo. Juan 14:6 dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida, y nadie viene al Padre sino por medio de mí." Y Juan 14:9 dice: "Si ustedes me conocieran, también sabrían quién es mi Padre. Y ahora en adelante ya lo conocen y lo han visto." Y le dijo a sus discípulos más cercanos: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre." Él es la verdad; Cristo personifica la verdad. Hay que conocer a Cristo.
Y tú debes entender esto: para el judío, el verbo "conocer" no tenía solamente una implicación intelectual. Para el judío de la época, cuando Cristo decía "tú tienes que conocer la verdad", le estaba diciendo: tú tienes que tener una experiencia personal con el objeto conocido. Para el judío, conocer iba mucho más allá que el intelecto; implicaba una relación estrecha, cercana, producto de un impacto. También puede implicar una relación íntima y personal. Si ustedes se van a Génesis 4:1, cuando dice que Adán conoció a su mujer Eva y concibió, en el texto bíblico cuando se nos habla de conocer a Dios, conocer a Cristo, está usando el mismo verbo, el mismo término que se refiere a cuando el hombre conoce a su mujer, es decir, cuando tiene una cercanía íntima tal que se hacen una sola carne.
Entiéndase: Cristo no está proponiendo que nos hagamos una sola carne con Dios, para nada. Lo que está diciendo es: así como el conocer del esposo y la esposa implica intimidad, cercanía, confianza, amor y fidelidad, así tú tienes que conocer la verdad, tienes que conocerme a mí. Y nosotros sabemos que para conocer a Dios, Él tiene que revelarse a nosotros primero. Dijo Cristo en Juan 17:3: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado."
Y Él se reveló, porque le dijo al Padre: "Yo te glorifiqué y completé mi obra. Ahora glorifícame tú." En esta oración de Juan 17, dijo: "Yo he manifestado tu nombre a los hombres de este mundo que me diste, y han guardado tu palabra. Y ahora ellos han conocido que yo vengo de ti." Conocer implica una relación.
Pero también, para el judío, el sustantivo "verdad" tampoco tiene un sentido puramente intelectual. Verdad en el contexto bíblico, para ellos, y debe serlo para nosotros, se refiere a la sabiduría de Dios hecha norma de vida para la vida diaria. De manera que conocer la verdad es vivir cada día conforme a su Palabra. Pero también la verdad es el evangelio, y eso es lo que hemos cantado y lo que hemos expresado de distintas maneras. Y el evangelio se resume en...
Muchas de muchas maneras, pero Cristo lo dijo también así, pura y simplemente: "El tiempo se ha cumplido, el reino de los cielos se ha acercado, arrepentíos y creed en el evangelio." ¿Y qué es el evangelio? Al que no conoció pecado. Eso es lo que Pablo nos enseña en este resumen de 2 Corintios 5:19-21: al que no conoció pecado, a Cristo, a quien Dios envió, Dios le hizo pecado por nosotros, llevando nuestros pecados sobre Él en la cruz, que era el peor castigo destinado para los peores criminales de la época, una muerte cruel y vergonzosa, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.
Y así, por el sacrificio de Cristo en nuestro lugar —porque nosotros merecíamos esa muerte, porque la paga del pecado es muerte— Dios no tomó en cuenta nuestra transgresión, sino que cargó sobre Cristo el peso de Su ira, y el que ha sido justificado en Él es por esto reconciliado con Dios en Cristo.
Conocer la verdad significa conocer la verdad: la verdadera libertad se pagó a un alto precio, la sangre de Cristo, y tuvo un origen en un gran amor, el amor del Padre. Tú debes creer con fe que Dios hizo esto. Tú debes conocer la verdad íntimamente, conocer a Cristo íntimamente, y abrazar Su sacrificio y Su obra en la cruz. Así que si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres.
Tenemos el beneficio del perdón del pecado, somos nuevas criaturas, libres de la esclavitud de Satanás y de la mentira. Ahora no tenemos ignorancia espiritual porque la luz está en nosotros. Somos parte de la familia de Dios, eso lo sabemos por tantos otros pasajes. Tenemos al Espíritu Santo que nos conduce a Su verdad, que nos ilumina, que nos consuela. Ahora somos nuevos ciudadanos del reino, ahora tenemos un Abogado, al Sumo Sacerdote que intercede por nosotros. Todo eso es parte de la real y verdadera libertad.
No la falsa libertad de los judíos, que probablemente puede ser la misma falsa libertad que muchos pensamos tener hoy. No, porque yo tengo padres cristianos, yo crecí en una iglesia cristiana, eso no te hace libre. No, porque yo sirvo en la iglesia, eso no te hace libre. No, porque yo soy la híe —miembro— eso no te hace libre. Solamente si el Hijo te hace libre serás verdaderamente libre.
¿Tú crees esto? Si creemos esto, entonces necesitamos considerar lo que Cristo les dijo a ellos, que está en la primera parte de este texto y que muchas veces pasamos por alto. ¿Cómo compruebo que soy verdaderamente libre? Versículo 31. Vamos un poquito atrás: dice Jesús a los discípulos que habían creído en Él, y nosotros dijimos aquí: "Ahora sí, yo creo." Mirad lo que Cristo te dice: "Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos." Entonces, versículo 32, que nos sabemos muy bien, que está en nuestro escudo: "Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres."
Así que, en el contexto de lo que Cristo estaba tratando de comunicarles a ellos y a nosotros hoy, la verdadera libertad es comprobada en nosotros si verdaderamente somos discípulos verdaderos. Y la condición para ser discípulos es permanecer en Su palabra, ser fieles a Su palabra, poner en práctica Sus enseñanzas. Aquí hay claramente dos tipos de creyentes entre comillas. Juan 2:23-25 nos muestra que Cristo, antes de este suceso, dice que, debido a las señales milagrosas que Jesús hizo en Jerusalén durante la celebración de la Pascua, muchos comenzaron a confiar en Él, pero Jesús no confiaba en ellos porque conocía todo acerca de las personas. No hacía falta que le dijera nadie sobre la naturaleza humana, pues Él sabía lo que había en el corazón de cada persona.
No se trata solamente de si yo acepto a Cristo en mi corazón. Eso no necesariamente implica lo mismo para Dios. Eso no es fe, aunque es profesar, es parte de mi ejercicio de fe. Más importante aún, yo tengo que considerar esto: los que le van a creer —creer— es igual, es una condición inseparable de ser un verdadero discípulo de Cristo. Y esto es lo que Cristo dijo en la Gran Comisión. ¿Qué fue lo que dijo Cristo en la Gran Comisión? "Hagan discípulos." No dijo: "Hagan profesores de fe", ni "hagan a aquellos que profesan." "Hagan discípulos." Y para hacer discípulos hay que profesar la fe, predicar el evangelio, y enseñarles a guardar todas estas cosas. Eso implica permanecer en la Palabra.
Así que no hay verdadera libertad sin conocer la verdad, y la verdad es Cristo. No hay verdadera libertad si Cristo, quien es la verdad y el único verdadero Salvador, no nos hace libres. Y no hay verdadera libertad si yo no permanezco en Su Palabra. Y no hay verdadera libertad si no soy Su discípulo.
Así que, hermano, el concepto de permanecer está muy bien definido y explicado en Juan 15, y te lo pongo de tarea. Cuando Él se nos presenta como la vid verdadera y nosotros los pámpanos, nos enseña que hay que permanecer pegado al tronco que es Cristo, porque solamente permaneciendo en Él podremos ver frutos, no solamente de buenas obras, sino fruto de arrepentimiento, fruto de que verdaderamente somos cristianos, frutos que revelan que ya no vivimos en esclavitud al pecado sino que vivimos en libertad por la gracia de Dios, y que estamos ahora trayendo gloria a Dios con nuestra vida. Nada podemos hacer alejados de Cristo.
Y Cristo les está diciendo a ellos: "Tú crees en mí, tú tienes que permanecer en mí. Solo así tú serás verdaderamente libre." Entonces, ¿cómo estamos? Me gusta la idea de ser libre, me gusta la idea de que Él es el que me puede hacer libre, entiendo el evangelio, lo creo. Y ahora no hay verdadera libertad sin evidencia de frutos.
Ahora bien, no confundamos, hermanos. No estamos diciendo que la salvación es por medio de los frutos, porque haríamos el sacrificio de Cristo bueno pero estaríamos diciendo que es por obras. No. Si tú tienes una fe genuina en Cristo, tú tienes salvación de manera inmediata, como el ladrón en la cruz, que no tuvo tiempo para mostrar frutos. Su fe fue genuina, recibió vida eterna, recibió salvación, y la puedes tener tú. Pero cuando confesamos a Cristo, cuando mostramos que verdaderamente ya el pecado no nos reina, entonces comenzamos a producir ya no un fruto de la carne, sino un fruto de que hemos sido renovados, que el Espíritu va a obrar en nuestra vida y que ahora producimos frutos espirituales.
Así que si tú no vas inmediatamente a Su presencia como el ladrón, una vez habiendo confesado a Cristo, tienes días, semanas, meses, años por delante para mostrar que tú verdaderamente eres libre. Y ese es el llamado cardinal para nosotros hoy: para aquellos de nosotros que hemos creído, pero también para aquellos que hoy están diciendo por primera vez "creo." Cristo les dice a los que creyeron en Él: "Si vosotros permanecéis en mi palabra, entonces son verdaderamente mis discípulos." Y ser discípulo implica que vas a conocer la verdad, porque vas a tener una relación cercana, vas a aprender de tu Maestro, vas a guardar Su enseñanza, la vas a poner en práctica, vas a permanecer caminando en ella.
Recordad lo que era el concepto de verdad para los judíos y para los griegos: sabiduría de Dios aplicada a la vida diaria humana. Si conoces esa verdad, la vas a poner en práctica en el día a día. ¿Qué dice Dios? ¿Cómo puedo vivir según la sabiduría de Dios? Eso es conocer la verdad. No quiere decir que un verdadero discípulo no es tentado. No quiere decir que un verdadero discípulo no cae. No quiere decir que un verdadero discípulo no falla, no peca. Sí, hermanos, fallamos, caemos.
Lo que sí quiere decir —y esto lo vemos en el resto del texto bíblico— es que si tú eres un verdadero discípulo, tú te vas a levantar. Si tú eres un verdadero discípulo, tú vas a volver al camino. Si tú eres un verdadero discípulo, tú no andas en una práctica de patrón del pecado. Puedes pecar, pero tu práctica no es hacia el pecado, sino hacia las obras del Espíritu, a las cosas de Dios. Si tú eres un verdadero discípulo que cae, te vas a poner en pie, porque Su Palabra que está en ti te va a confrontar, y Su Espíritu te va a traer convicción de pecado, y vas a poner en práctica lo que ya sabes.
¿Y qué es lo que sabes? Que tú eras antes un esclavo, tú estabas muerto, tú estabas ciego, pero ahora tú ves, tú eres libre, y tú has sido perdonado, y que te han sacado de un hoyo de perdición. Vas a recordar lo que has aprendido de Su Palabra, y eso es caminar en Su Palabra. El día que caigas, el día que te tropieces, vas a hacer un recorrido desde la cruz, y vas a pasar por la tumba vacía, y vas a mirar a la diestra de Dios Padre, y vas a recordar todas las promesas que están para ti: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo." Y vas a recordar también que ese que te salvó —amén— que ese que te salvó y te hizo verdaderamente libre va a volver, va a regresar, y ahora toda esta lucha con este cuerpo de muerte, como dice Pablo, va a cesar.
Y entonces disfrutarás la real, verdadera y eterna libertad, con un nuevo cuerpo glorificado, siendo como Él por toda la eternidad. Si eso no es verdadera libertad, yo no sé qué libertad tú quieres encontrar en este mundo. No existe. Solamente si el Hijo te hace libre eres verdaderamente libre.
"Pero yo soy débil, pastor, yo no tengo fuerza." No se trata de tus fuerzas. Si el Hijo te libertó y eres verdaderamente libre, tú no perseveras porque tú eres fuerte, tú perseveras porque Él es fiel. No es que perseveramos porque yo soy fuerte, sino porque Él persevera en Su pacto. Y perseverar hasta el final significa que la misericordia de Dios se renueva cada día, está para ti, y que Cristo prometió: "Nunca te dejaré ni te desampararé."
Debemos entonces mirar a Pablo en Romanos 6. El versículo nos dice en adelante, y es el estímulo para nosotros: "Hey, tú eres verdaderamente libre, pon atención a esto." Cristo murió una vez y quebró el poder del pecado en ti. Cristo vive y vive para la gloria de Dios. Nosotros nos consideramos muertos al poder del pecado y vivos para Dios por medio de Cristo Jesús. Por lo tanto, no permitas que el pecado controle la manera en que vives. No dejes que ninguna parte de tu cuerpo se convierta en instrumento de mal para servir al pecado.
Cambia. Entrégate completamente a Dios, porque antes lo estabas muerto y ahora tienes vida. Así que usa tu cuerpo para glorificar a Dios. El pecado ya no es tu amo; tienes un nuevo amo que no promete muerte, sino que promete vida eterna. Y esa es la libertad en la gracia de Dios.
Hermanos, cuando Cristo confronta a estos judíos acerca de su fe, si es genuina o no, me hace pensar en los tiempos que vivimos, donde hay una aparente apostasía. Parecería como que está llegando el tiempo de separar el trigo de la cizaña. Crecen juntos y parecen que son iguales, pero llega el tiempo de la cosecha y Dios manda recoger, separar y echar la cizaña al fuego, y dice que al trigo lo lleva a su granero. Yo no sé cuál es tu condición hoy, pero verdaderamente el Hijo te hace libre. Dios quiere que tú compruebes si tienes verdadera libertad y que pongas a prueba tu fe.
Hay dos historias, y con esto voy cerrando nuestra reflexión este día. Hay dos historias reales: una de alguien que pensaba que era verdaderamente libre y que lo puso a prueba en su vida, si era verdaderamente discípulo; y otra de alguien que también pensaba que era verdaderamente libre y que era considerado seguidor de Cristo, un discípulo. Historias separadas por muchos años, siglos de diferencia. El primer caso es del siglo XVI; el otro caso, del siglo primero.
En el segundo tenemos al rey Enrique de Navarra, de Francia, miembro de la familia real francesa en el siglo XVI. Era un reformado que había sido influenciado bajo la doctrina de Juan Calvino y de Martín Lutero. La Reforma había explotado, por así decirlo, y él se había autonombrado protestante y seguidor de Cristo. Había profesado la fe, pero era parte de la realeza. Cuando se le presentó una oportunidad para librarse de la muerte y para acceder a una oferta que pareció, y fue en efecto, irresistible para él, le dijeron: "Tú puedes ser rey de toda Francia. Solo hay una condición: vas a salvar tu vida y tendrás poder." ¿Cuál es la condición? Tienes que negar tu fe protestante, tienes que volver a la religión tradicional de Roma, tienes que convertirte otra vez a aquello de lo cual, según decías, Dios te había hecho libre.
Él accedió. Pensó que tenía la libertad de decidir. Mostró que era esclavo de su ambición, de su pecado, y se fue tras los placeres y de las glorias de este mundo. No permaneció firme. La verdad es que no era un verdadero discípulo; no tenía verdadera libertad. Tenía una falsa libertad y una verdadera esclavitud.
El otro ejemplo es Policarpo, uno de los ancianos u obispos de la iglesia primitiva. Desde niño escuchó de los propios labios del apóstol Juan, el que escribió el texto que hoy estamos compartiendo. Tuvo el privilegio de ser discípulo de Juan desde la niñez, escucharle y crecer bajo sus enseñanzas. Este hombre ya había entrado bien en edad cuando, en el año 156 después de Cristo, fue tomado por las autoridades romanas. Se le pidió retractarse de su fe y renunciar a ser discípulo de Cristo, a cambio de preservar su vida. Y él rechazó esa oferta diciendo estas palabras: "Por 86 años he sido esclavo de Cristo y Él nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo puedo yo blasfemar y negar a mi Rey, quien me salvó?"
Con estas palabras, él mismo se entregó a las fieras en el arena que estaban esperando para devorarlo. Y así pasó él, siendo verdaderamente libre de este mundo, a la libertad eterna. Él tenía verdadera libertad. Él permaneció firme en la Palabra. Fue discípulo de Cristo hasta el final. Él fue trigo, no cizaña. Él demostró en su vida que la libertad que predicaba, que decía tener, era realmente libertad, porque el Hijo lo libertó.
Hermano, este hombre, Policarpo, escuchó de los labios del apóstol Juan las mismas palabras que hoy estamos compartiendo. Lo que tú estás escuchando hoy son las mismas palabras. No podemos decir: "Bueno, así sí es fácil; él era un niño y estuvo ahí delante de Juan. Si yo hubiese estado delante de Juan, yo me mantengo firme hasta el final." Son las mismas palabras, inspiradas por el Espíritu de Dios. Es el mismo Señor, el mismo bautismo, en la misma iglesia a la que hasta el día de hoy le estamos dando continuidad, o que Dios le está dando continuidad y nos ha hecho parte de ella. Es el mismo evangelio y es el mismo pecado que habita en el hombre, pecado que Cristo vino a romper en el año del jubileo.
¿Cuál de estos dos hombres eres tú: Enrique de Navarra o Policarpo? ¿Cuál de estos dos hombres quieres ser? ¿Y cuál de estos dos hombres no quieres ser? Si eres Enrique de Navarra, necesitas creer el evangelio y necesitas entender que ciertamente eres libre, porque aun muriendo, perdiendo tu vida, la ganarás. A los ojos de los hombres, tratando de preservarla de la manera en que el hombre la preserva, la perderás a los ojos de Dios.
Mi oración es que ciertamente no seamos Enrique de Navarra, sino que seamos como Policarpo. Y si tú eres Enrique de Navarra, todavía estamos proclamando el año del jubileo. No ha pasado todavía el tiempo para que puedas regresar, para que la declaración de amnistía pueda beneficiarte, para que la redención pueda llegar a tu corazón y para que tú puedas encontrar en Cristo la verdadera libertad. Así que piensa: ¿cuál es el pecado que te tiene esclavizado? Cristo vino a romperlo, y Él quiere que tú permanezcas en su Palabra. Él está comprometido a transformarte y a mostrar al mundo que la verdadera libertad se exhibe en aquellos que verdaderamente son sus discípulos.
Él quiere que tú seas su discípulo, no solamente que profeses. Y ese es el mensaje final, oculto para muchos de nosotros que nos encantamos con la idea: "Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres." Amén. "Si conocéis la verdad, seréis libres." Lo sabemos desde chiquito, desde niños. Pero Cristo les dice: "Sí, pero hay más que eso." Y ese es el mensaje para nosotros hoy aquí, en este año. Que Dios quiera que nosotros podamos descubrir lo que muchos descubrieron y que fue el mensaje que Pablo proclamó.
Con esto cierro. Para lo cual Pablo fue constituido apóstol. Y tú vas a comprobar entonces que el mensaje de la libertad consiste en la proclamación del año favorable del Señor. El evangelio, el mensaje evangélico, regalo de Dios para recibirlo por fe, que trae como resultado: luz para los ciegos, perdón de pecados, deuda cancelada, liberación del yugo del pecado y de Satanás para servir al Señor, recibir la herencia eterna, ser transformado por medio de la santificación, permaneciendo en su Palabra. Porque Cristo dijo: "Santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad."
Esa es mi conclusión. Ahora, si tú me dices: "Bueno, esa es tu conclusión, no la de Dios", yo te lo voy a mostrar exactamente en la Palabra de Cristo cuando llamó a Pablo. Cristo le dijo: "Pablo, Pablo, ¿por qué me persigues?" Una luz luminosa lo derribó a tierra. Y es mi oración que tú puedas caer ante la gloria de Dios hoy y que puedas escuchar las palabras de Cristo. Cuando le dijo a Pablo: "Yo te he escogido para que a los gentiles vayas, para que abras sus ojos, a fin de que se vuelvan de la oscuridad a la luz y del dominio de Satanás a Dios, para que reciban, por la fe en mí, el perdón de pecados y herencia entre los que han sido santificados." Palabras de Cristo. Y esa es la oración y el mensaje para ti hoy.
Cristo te ofrece verdadera libertad, pero necesita iluminar tu corazón. Mi oración y deseo es que esta Palabra ya haya iluminado tu corazón y que tú puedas decir: "Sí, yo quiero, yo creo, yo quiero ser discípulo de Cristo para recibir esa real libertad." Cristo te hace una gran invitación hoy de venir. Y cuando digo "venir al altar", no es realmente que pases aquí delante, sino que vayas al altar que Él abrió, el altar de gracia, para que tú vengas a sus pies. Cristo te invita. Y mira lo que Cristo en una ocasión dijo.
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así fue tu agrado." Tú y yo somos niños espirituales que recibimos lo que Dios ha querido revelar. Y si tú lo has recibido hoy, siéntete agraciado, beneficiado, bienaventurado. La luz del mundo iluminó tu corazón y hoy tú puedes entender este mensaje.
Cristo te dice: "Si estás cansado de buscar, buscar y buscar, ven a mí. Ven a mi altar. Yo te haré descansar. Yo te he liberado del yugo del pecado y de Satanás para que tú tomes mi yugo. Aprende de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarás descanso para tu alma."
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Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.
Luis Núñez es pastor de Adoración en la Iglesia Bautista Internacional. Conoció al Señor en 1983, siendo aún un niño. Tiene más de veinticinco años de experiencia en ministerios de adoración y música. Ha servido como músico, líder de adoración, director musical y pastor. Es graduado en Administración de Empresas (INTEC), egresado del Instituto Integridad & Sabiduría y posee una Maestría en Divinidad (MDiv) del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado desde 1999 con Carolina Joa y tienen tres hijos: Daniel José, Emma Carolina y Sarah Carolina.