Integridad y Sabiduria
Sermones

Un recordatorio de la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre

Pepe Mendoza 9 agosto, 2009

El Salmo 50 presenta a Dios mismo convocando a la tierra desde Sion, manifestándose en fuego y tempestad como lo hizo en el Sinaí. No envía un mensajero: viene él, el Dios tres veces santo, a hablar directamente a su pueblo. Y lo primero que declara es que quienes están delante de él son suyos porque han hecho pacto con sacrificio. Esa es la seguridad del creyente: a pesar de lo que Dios tenga que decirnos, no dejamos de ser su pueblo ni él deja de ser nuestro Dios.

Pero entonces viene el recordatorio que la iglesia contemporánea necesita escuchar: nuestro Dios no necesita nada de nosotros. Mío es todo animal del bosque, dice, el ganado sobre mil colinas, toda ave de los montes conozco. Si tuviera hambre, no te lo diría a ti, porque mío es el mundo y todo lo que en él hay. Los científicos estiman que hay entre 150 y 200 mil millones de aves volando en este momento, y el Señor las conoce todas. Esa es su grandeza. Lo que ofrecemos en servicio ya le pertenece; nuestros talentos son suyos. Lo único verdaderamente nuestro que podemos darle es gratitud.

Por eso Dios pide sacrificio de acción de gracias, votos cumplidos y que lo invoquemos en el día de la angustia. Él librará, nosotros honraremos, y el ciclo de gratitud continuará. El sermón cierra con la historia de dos jóvenes ladrones marcados con una S en la frente por robar sortijas. Uno huyó; el otro enfrentó su vergüenza transformado por Cristo. Años después, unos niños preguntaron por la marca del anciano. La respuesta: mi mamá dice que es por santo. Cualquier cicatriz puede ser redimida cuando recordamos quién es Dios y quiénes somos nosotros.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a abrir rápidamente nuestras Biblias! En el Salmo 49 y 50, que es la serie que hemos estado dando durante la semana pasada y la presente semana, hemos hablado de que estos dos salmos son grandes recordatorios o recordatorios sublimes, como los hemos llamado.

En el Salmo 49 de la semana pasada, el siervo de Dios se presenta como un vocero del Señor. El salmista se presenta como un vocero del Señor con un mensaje importante que él tenía que dar a todos los hombres de toda la tierra, sin importar su condición social o económica, sin importar su raza o ninguna otra cosa. De manera general, el Señor tenía un mensaje para todos los hombres y era el recordatorio de nuestra propia temporalidad. El recordatorio de que nosotros estamos en esta tierra no para quedarnos aquí para siempre, sino que estamos simplemente de paso, y que en medio de nuestra transitoriedad tenemos que encontrar sabiduría para poder reconocer cuál es nuestro lugar en la tierra delante de Dios. Y que finalmente aquello que todos nosotros hubiéramos querido comprar, que es nuestra propia redención y vivir aquí eternamente, no lo podemos comprar por nosotros mismos, sino que es algo que solamente el Señor nos puede ofrecer a través de la redención que es en Cristo Jesús.

En el Salmo 50, al que vamos a hacer alusión hoy día, ya no es un siervo escogido el que se presenta para dar este segundo recordatorio, sino que de manera diferente nosotros vemos que el salmista presenta a Dios mismo presentándose delante de su pueblo y dándole el mensaje que Él le quiere dar. El verso 1 del Salmo 50 dice: "El poderoso Dios, el Señor, ha hablado y convocado a la tierra desde el nacimiento del sol hasta su ocaso." El salmista está usando el nombre de Dios en toda su magnitud y en toda la gama de su magnificencia. El Elohim Yahveh ha venido y está convocando a la tierra desde el nacimiento del sol hasta su ocaso. El Señor entonces está haciendo Él mismo una convocatoria.

Y esta convocatoria la realiza, dice el verso 2, desde Sion, perfección de hermosura, donde Dios ha resplandecido. Recordando que el Señor había prometido depositar su presencia en el templo que los judíos habían erigido en Jerusalén, es allí que el Señor, cumpliendo su promesa, dice que se presenta en Jerusalén, el lugar que es perfecto en hermosura, en donde Dios ha resplandecido. Este es un llamado general de parte de Dios, Dios haciéndose presente, y en cada una de estas palabras nosotros vamos centrándonos en descubrir algo importante: Dios no está enviando sus voceros para darnos un mensaje; Dios está tomando el tiempo para venir Él mismo en toda su gloria y en toda su majestad a decirnos algo importante que todos nosotros no debemos olvidar.

El verso 3 es un verso de convocatoria. Dice: "Que venga nuestro Dios y no calle; el fuego consume delante de Él y a su derredor hay gran tempestad." Las diferentes traducciones no llegan a ponerse de acuerdo en cuanto a la forma gramatical de esta frase, y debido a la fuerza del llamado de este pasaje es que es difícil poder traducirlo. Sin embargo, de lo que se trata es de un vocero que está anunciando la llegada de Dios o la llegada del Rey. O quizás, para ponerlo en palabras de nuestro tiempo, es como cuando vemos en las películas el anuncio de la llegada del juez durante un juicio, y el oficial que está parado allí dice: "Pónganse todos de pie, que el juez fulano de tal ha venido a dictar sentencia", y todo el mundo se pone de pie en reverencia ante la autoridad del juez que ha venido para hacer justicia.

De la misma manera, el verso 3 dice: "Que venga nuestro Dios y que no calle", o podríamos traducirlo: "Nuestro Dios ha venido y no ha venido para estar callado." Esa es la certeza del pasaje. Y la magnificencia de la presencia de Dios está en la segunda parte del verso 3 cuando dice: "El fuego consume delante de Él y a su derredor hay una gran tempestad." Estas palabras nos hacen recordar Éxodo capítulo 19, en los momentos preparativos en que el pueblo de Israel, estando a las faldas del monte Sinaí, estaba preparándose para cuando Moisés iba a recibir las tablas y las ordenanzas de la ley allí arriba del monte. Y los israelitas miraban atemorizados cómo el fuego ardía ahí en la cima de la montaña y al mismo tiempo una tempestad rugía a su alrededor.

Esa es la grandeza del Dios que se hace presente. Y nosotros lo vemos de la siguiente manera: el vocero de Dios, el salmista, dice: "Dios ha venido y no está callado." Y en ese mismo momento, desde atrás, nosotros vemos aparecer al Señor en toda su grandeza, y nos dice el verso 3 del pasaje: "El fuego consume delante de Él y en su derredor hay una gran tempestad." La magnificencia del Dios que se hace presente en toda su gloria, en toda su magnificencia, en la magnitud de todo lo que Él es: el Dios tres veces satisface al que Isaías temió, el Dios grandioso ante el cual el pueblo de Israel se sobrecogió ante su voz y le pidió a Moisés: "Que no nos hable a nosotros, que te hable solamente a ti, porque nosotros tememos ante la grandeza de su voz."

Es el mismo Dios que luego aparecerá al final de los días en el Apocalipsis, con la manifestación de ese Cordero como inmolado que aparece en toda su majestad en Apocalipsis capítulo 1. Así es el Dios que es convocado en este momento y que se presenta delante de su pueblo para darle un mensaje grandioso.

El verso 4 al verso 6 habla de esta gran convocatoria. El Señor nos está convocando, mis hermanos, pero el Señor nos está convocando como Él es: el Dios grande, tres veces santo, maravilloso, que está llamándonos para que nosotros escuchemos su voz. Y dice: "Él convoca a los cielos desde lo alto y a la tierra para juzgar a su pueblo." Y dice: "Juntadme a mis santos, los que han hecho conmigo pacto con sacrificio." Y los cielos declaran su justicia porque Dios mismo es el juez.

¿Qué está sucediendo aquí? El Dios que aparece y que es anunciado y se presenta en medio del fuego y de la tempestad hace un llamado, y Él dice: "Juntadme a mis santos, los que han hecho conmigo pacto con sacrificio." La palabra "santo" se puede traducir también como la palabra "fieles" o aún la palabra "mansos", pero en realidad, en el contexto, la idea de santidad tiene que ver con aquellos que yo he separado para mí a través del pacto del sacrificio.

Si hay algo que nosotros encontramos en la Escritura es que el Señor es un Dios fiel que cumple sus promesas y que garantiza sus pactos desde el principio de la creación, cuando el hombre es puesto en el jardín del Edén. Dios establece un pacto para con él, Dios le da ordenanzas, le establece mandamientos, y aún le clarifica cuál es su relación en la tierra para con el resto de la creación y para con el Señor, que es el Creador del universo y de todas las cosas. Ya desde el principio el Señor, que es un Dios fiel, delimita cuáles serían las condiciones del hombre sobre la tierra: "De todo árbol del huerto podrás comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás."

El Señor es un Dios de pactos, el Señor es un Dios que habla. Nuestro Dios, el Dios de los cristianos, es un Dios que ha pronunciado sus palabras, y sus palabras son vivas, son vivas y son eficaces, y permanecen para siempre. Esa es nuestra seguridad.

Y luego del Génesis nosotros vamos avanzando y nos encontramos con el pacto con Noé, el famoso arcoíris en el cielo y la promesa del Señor que Él no volvería a hacer lo que había hecho en ese momento, producto de la degradación del ser humano. El corazón del hombre no ha cambiado, pero la misericordia del Señor se ha extendido de tal manera que el Señor pone después de la lluvia un símbolo en el cielo que le recuerda a Él y que nos recuerda a nosotros que Él tiene misericordia de nuestras pequeñas vidas. Luego nosotros nos encontramos con el pacto de Abraham, y a través del pacto de Abraham el Señor nos promete que a través de él y su descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra. Y el Señor cumple su promesa y el Señor cumple su pacto.

Por eso es que dice el versículo 5: "Juntadme a mis santos, los que han hecho conmigo pacto con sacrificio." Y nosotros, si estamos en este lugar, es porque somos conscientes que en algún momento de nuestra vida nosotros hemos hecho un pacto con sacrificio con el Señor. Pero ese pacto con sacrificio no es el de mi propio sacrificio, sino el sacrificio de Dios mismo a través de su Hijo Jesucristo, quien fue a la cruz a morir por nuestros pecados. Y en esa promesa nosotros hemos hecho un pacto con el Señor, y el Señor ha hecho un pacto con nosotros, de tal manera que nos declara santos porque somos de su pertenencia, porque le pertenecemos a Él.

No nos equivoquemos: el Señor es un Dios de orden, y el Señor se relaciona con sus criaturas a través del pacto, del nuevo pacto que el Señor ha hecho a través de la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Y el Señor está convocando: "Juntadme a mis santos, los que han hecho conmigo pacto con sacrificio." Y los cielos declaran su justicia porque Dios mismo es el juez.

Dios mismo como juez viene y se presenta delante de su pueblo y nos declara suyos. Y por lo que somos, porque somos suyos, el Señor está diciendo: "Yo tengo jurisdicción sobre sus vidas, y por lo tanto lo que tengo que decirles es importante. Yo voy a declarar mi justicia." No habla de nuestra justicia, sino que habla de su justicia, porque justificados por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Esa es la declaración.

Todo lo que hemos visto de los versos uno al seis es justamente la declaración de la magnificencia de Dios, de la grandeza de Dios, de un Dios que excede a nuestras posibilidades, de un Dios que por sus propias características de santidad simplemente, al acercarnos a Él sin su consentimiento, podría producir la destrucción de nuestras propias vidas.

Y la aniquilación de nuestra existencia producto de nuestros pecados. Pero el Señor nos convoca y nos acepta porque Él ha hecho un pacto de aceptación, un pacto en donde nosotros podemos acercarnos a Él con confianza a través de nuestro Señor Jesucristo, que es nuestro mediador entre Él y nosotros. Esa es nuestra seguridad.

Pero nosotros tenemos un gran problema en la iglesia contemporánea. La iglesia de nuestros días se ha olvidado de la grandeza de Dios. Tratando de encontrarse con un Dios familiar, con un Dios amigo, con un Dios que forma parte de nosotros mismos, se ha olvidado de ver la grandeza del Dios que presenta el Salmo 50. Y en teología hay dos palabras que representan la grandeza de Dios: una es la palabra trascendencia y otra es la palabra inmanencia.

Cuando hablamos de un Dios trascendente estamos hablando del Dios del pacto, estamos hablando del Jesús que se hizo hombre y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad. El Dios trascendente es el Dios que irrumpe en medio de nuestra historia, en medio de nuestra temporalidad, se acerca a nosotros, transforma nuestras vidas, y nosotros podemos llegar a afirmar por la fe que Él habita en nuestros corazones. Esa es nuestra seguridad, la seguridad de un Dios trascendente.

Pero nuestro Dios trascendente también es un Dios inmanente. Y cuando hablamos de un Dios inmanente estamos hablando de que el fuego consume delante de Él y a su alrededor hay gran tempestad. Es un Dios tres veces santo, es el Dios que puede sostener el universo en la palma de su mano, es el Dios todopoderoso y eterno, es el Dios tan grande, el Dios tan autosuficiente, que vive totalmente alejado de nosotros y autosuficiente en medio de su propia grandeza. Nosotros tenemos entonces, hermanos, que temblar ante la grandeza del Dios inmanente y glorificar al Dios trascendente porque se acerca a nosotros a pesar de lo grande que es.

Pero esta primera declaración es la convocatoria que el Señor hace a sus santos, a aquellos que le pertenecen porque han ratificado el pacto con Él. Y la pregunta que yo les hago es si ustedes han ratificado el pacto con el Señor. Si ustedes han reconocido la obra de Jesús en la cruz como suya, si ustedes tienen una fecha en el alma en que firmaron el documento que estaba establecido con la sangre de Jesús y le dijeron al Señor: "Yo ahora le pertenezco a Él porque Él es mi Señor, porque Cristo murió por mí". Este mensaje es para sus santos, para aquellos que han hecho con Él pacto con sacrificio.

Y por eso en los versos 7 y 8 Él habla, el Señor mismo habla y declara su juicio, y dice: "¡Oye, pueblo mío, y hablaré! Israel, yo testificaré contra ti. Yo soy tu Dios, yo soy Dios, tu Dios". Esta afirmación es una seguridad de que, a pesar de lo que el Señor va a decir, hermanos, a pesar del llamado de atención que el Señor pueda hacernos, a pesar de la reprensión que el Señor pueda hacerle a nuestro corazón producto de nuestra desviación y nuestro pecado, producto del pacto con sacrificio podamos estar seguros que no dejaremos de ser su pueblo ni que Él dejará de ser nuestro Dios.

Esa es nuestra seguridad, y el Señor dice: "Tengo algo que decirte que no te va a gustar, pero quiero que sepas que tú eres mi pueblo y quiero que sepas que yo soy tu Dios. Eso no lo cambio, porque hemos hecho pacto con sacrificio y el pacto con sacrificio es irrevocable, porque tú eres mío y yo soy tu Dios".

Pero empieza entonces el llamado de atención, y en el verso 8 le dice: "No te reprendo por tus sacrificios ni por tus holocaustos que están continuamente delante de mí". Una de las cosas que sorprende en el pasaje, y que posiblemente sorprendieron a los primeros lectores de este salmo, es que la reprensión de Dios, la reprensión que el Señor tenía para con su pueblo, no iba en relación con los ritos religiosos que el pueblo de Dios hacía para glorificar al Señor y para, poder decirlo de alguna manera, tener al Señor contento.

El Señor de manera inmediata le dice: "Yo no te voy a reprender por tus sacrificios, yo no te voy a reprender por tus holocaustos, porque todo eso está continuamente delante de mí". Si hay algo que el Señor estaba reconociendo es que Él se agradaba en lo que su pueblo de manera religiosa estaba haciendo. Si nosotros lo trasladamos a nuestro tiempo, podríamos decir que el Señor se agrada en nuestro sacrificio de adoración que realizamos cada domingo durante los servicios. El Señor se agrada con nuestros ministerios, el Señor se agrada con nuestros maestros, el Señor se agrada en las tareas que estamos haciendo para Él. El Señor no tiene nada que decir con respecto a eso: "Yo no te reprendo por tus sacrificios ni por tus holocaustos que están continuamente delante de mí".

Entonces la pregunta que surge es: "Señor, si tú has venido como juez, si tú has convocado a toda la tierra y a todos los cielos, si tú has venido en medio del fuego que consume y en medio de la tempestad para hablar, ¿qué es lo que tienes que decirnos si finalmente tú estás agradado con todo lo que estamos haciendo para ti?"

Inmediatamente, a partir del verso 9 hasta el verso 13, el Señor hace una declaración central sobre algo que nosotros debemos recordar y no debemos olvidar acerca de quién es Él. A partir del verso 9 dice: "No tomaré novillo de tu casa ni machos cabríos de tus apriscos, porque mío es todo animal del bosque y el ganado sobre mil colinas. Toda ave de los montes conozco, y mío es todo lo que en el campo se mueve. Si yo tuviera hambre, no te lo diría a ti, porque mío es el mundo y todo lo que en él hay. ¿Acaso he de comer carne de toros o beber sangre de machos cabríos?"

Hay algo que el Señor declara, y el Señor declara de manera portentosa en este pasaje, que no es un llamado de atención sino es un recordatorio. Es un recordatorio a ubicarnos delante del Dios delante de quien nosotros estamos. A veces cuando nosotros preparamos este lugar para la adoración podríamos olvidarnos y no pensar en la grandeza de nuestro Dios, que excede a este lugar, que excede a la elocuencia de los predicadores, que excede al amor de los siervos de Dios, que excede a las posibilidades de ministerio. Sí, tenemos que recordar al Dios a quien nosotros estamos sirviendo, pero debemos recordarlo en toda su grandeza.

En el verso 9, de manera sarcástica, aparecen las siguientes palabras: "No tomaré novillo de tu casa ni machos cabríos de tus apriscos". Si hay algo que el Señor le está diciendo a su pueblo en ese momento es: "¿Sabes una cosa? Yo no estoy recibiendo de tus cosas. Yo no estoy recibiendo de lo que tú me vienes a ofrecer. Tú no me estás dando de tu tiempo. Tú no me estás dando de lo que tú tienes. Tú no me estás dando de tus talentos. Tú no me estás dando de tu esfuerzo. No lo creas así, porque déjame decirte algo: mío es todo animal del bosque y el ganado sobre mil colinas, toda ave de los montes conozco y mío es todo lo que en el campo se mueve. Mío es todo, y tú también. Tus ganados, tus machos cabríos, tus ovejas, no, todo es mío, todo es mío. Lo que tienes y lo que no tienes es mío. Por lo tanto, ubícate en esa realidad, ubícate en esa realidad".

Mío es todo animal del bosque. Cuando dice en el verso 11: "Toda ave de los montes conozco", yo me preguntaba y recordaba un pasaje que ustedes seguramente lo saben, en Mateo 10:29. Nuestro Señor Jesucristo dice: "¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo vuestro Padre". Conocemos el pasaje, ¿verdad? No se venden dos pajarillos por un cuarto. O sea, un cuarto era la moneda mínima, no había debajo de eso nada. Por lo tanto, ese pajarillo necesitaba venderse de a dos porque uno era muy poquito, tenían que venderse de a dos, ya no había más monedas con que vender estos pajarillos miserables, para poder, decirlo de alguna manera.

¿Ustedes saben en este momento cuántos pajaritos están volando alrededor de la tierra? De acuerdo a los estudiosos, de acuerdo a la ciencia, en este momento alrededor del globo terráqueo están volando de 150 mil millones a 200 mil millones de pajaritos. ¡Ah, se quedaron callados! Y dice el verso 11: "Toda ave de los montes conozco". En este momento todavía la ciencia no conoce todas las aves de la tierra. Hay aves que solamente han sido vistas una vez por el ojo humano. La última, el último descubrimiento de un ave, se hizo el año 1984, en donde solamente se le vio una vez ese tipo de pajarito y nunca más. Y el Señor dice: "Toda ave de los montes conozco, y mío es todo lo que en el campo se mueve". Hermanos, esa es la grandeza de nuestro Dios. Esa es la grandeza del Dios a quien nosotros servimos.

Y el Señor nos dice en el verso 12: "Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti, porque mío es el mundo y todo lo que en él hay, incluso tú. Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti". No pienses que el servicio religioso es una posibilidad de poder conquistar algo de Dios, porque en realidad nuestro Dios no necesita nada, porque Dios es propietario de todo, porque Dios ya lo conoce todo, porque Dios tiene toda suficiencia y porque Dios tiene absoluta independencia. Ese es nuestro Dios.

Pero en medio de esa grandeza y de esa separación de la realidad humana, el Señor se acerca a nosotros por puro amor. Y el Señor se acerca a ti, no porque te necesite, sino porque te ama; no por lo que puedas darle, sino por lo que Él quiere entregarte. Ese es el pacto con sacrificio que el Señor hace con nosotros.

El verso 13 dice: "¿Acaso he de comer carne de toros o beber sangre de machos cabríos?" ¡Por favor! Eso no significa nada para mí, pero significa mucho para ti, y por eso lo recibo, y por eso lo acepto, y por eso es que esto viene a mí. La realidad, hermanos, si nosotros lo trasladamos a nuestros dones, a los dones o talentos, a la forma en la que nosotros nos presentamos delante de Dios, es simplemente reconocer que todo lo que podamos poner delante del Señor ante el altar ya le pertenece.

Todo lo que nosotros podamos hacer para Él ya es de Él. Aún las buenas obras, Dios las preparó de antemano para que anduviésemos por ellas. Aún los talentos y los dones le pertenecen al Señor, porque el Señor nos lo ha regalado de esa manera. Y es lo que el apóstol Pablo dice, y recuerdo estas palabras del apóstol Pablo en 1 Corintios 4:7, hablando justamente de la realidad de nuestras vidas. El apóstol Pablo le dice a sus discípulos de Corinto: "¿Quién te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?" ¿Quién te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido, que no sea un don de Dios? Y si lo recibiste, ¿por qué jactarte como si fuera tuyo? Todo es de Él, hermanos, todo es de Él.

Y por eso es que nosotros volvemos a la figura de las ovejas de la semana pasada, y a la figura con la que el Señor nos llama a nosotros también, porque delante de los ojos del Señor, el Señor no ve diferencia, el Señor nos ve a todos iguales sin discriminación. Y si ante los ojos humanos nosotros viéramos que algunos tienen más talentos, o el Señor le ha concedido a otros más dones, si el Señor le ha dado a algunos el privilegio de estar sobre autoridad, si a otros les ha dado los talentos musicales, delante del Señor eso no es nada. Quizás delante de nuestros ojos, pero delante de Él todos somos iguales, porque el Señor dice: "Si mío es el mundo y todo lo que en él hay." Esa es la realidad de lo que nosotros debemos descubrir en cuanto a nuestro Señor, y esa es la realidad que el Salmo 50 nos está invitando a recordar: la grandeza de nuestro Señor.

Por eso es que los versos 14 y 15 nos dicen finalmente qué es lo que espera Dios de nosotros. Un Dios tan grande, ¿qué es lo que espera Dios de su pueblo? El Señor dice: "Ofrece a Dios sacrificio de acción de gracias, cumple tus votos al Altísimo, e invócame en el día de la angustia, yo te libraré y tú me honrarás."

El Señor tiene ciertas demandas para nosotros, pero cuando nosotros estamos viviendo en un mundo que no nos pertenece, en una vida que no nos pertenece, usando talentos que no nos pertenecen, aprovechando de situaciones que no son nuestras, lo único verdadero que puede salir de nuestro corazón y que sea nuestro es: "Gracias, Señor." ¿Qué más podría yo tener que decir más que gracias por tu misericordia? Es lo único propio que yo puedo ofrecerle al Señor, son expresiones de gratitud. Darle gracias por la oportunidad de vivir, darle gracias por la oportunidad de servir, darle gracias por la salud, darle gracias por el trabajo cuando hay y cuando no hay, darle gracias porque el Señor nos concede la posibilidad de vivir y vivir con Él, porque Él ha hecho pacto de sacrificio a nuestro favor.

Por eso Él dice: "Ofrece a Dios sacrificio de acción de gracias." Que nosotros vivamos continuamente agradecidos y no reclamando por lo que nos falta, sino agradecidos por lo que tenemos, agradecidos por lo que el Señor hace a nuestro favor, agradecidos por las oportunidades que nos da de poder servir y de poder ser usados por Él, de manera pequeña, de manera grande. Recuerden que delante de Dios esas medidas no existen; podrán existir a los ojos de los hombres, pero no delante de nuestro Dios.

Entonces el Señor nos invita a vivir en acción de gracias, y esto viene de manera muy clara en Hebreos capítulo 12, un pasaje que nosotros debemos mantener en nuestro corazón, los versículos 28 y 29. Y de nuevo habla justamente de cómo esa expresión de gratitud debe estar influenciando toda nuestra vida. Dice Hebreos 12:28-29: "Por lo cual, puesto que recibimos un reino que es inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable, con temor y reverencia, porque nuestro Dios es fuego consumidor."

Recuerden ustedes la grandeza de Dios. Cuando recordamos quién es Él y quiénes somos nosotros, entonces lo único que puede haber en mi corazón es gratitud. Y solamente a través de la gratitud yo puedo servir al Señor. "Mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable, con temor y reverencia." Yo voy a servir al Señor no porque haya muchos necesitados, yo voy a servir al Señor por gratitud a Él. Voy a aceptar lo que el Señor me ponga porque soy su esclavo, porque finalmente no tengo nada más que gratitud por lo que Él hace en mí. Porque yo sé cuál es mi condición, porque la paga del pecado es la muerte y eso es donde yo merezco estar. Sin embargo, el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor, y es la vida que yo estoy disfrutando en este momento.

Acción de gracias. Y la acción de gracias, como dice Hebreos, debe producir un servicio aceptable. Y por eso dice en el verso 14: "Cumple tus votos al Altísimo." Una de las cosas más difíciles que los que ejercemos algún tipo de liderazgo en las iglesias tenemos que bregar o luchar es con aquellos que hacen promesas que nunca llegan a cumplir, con aquellos que dicen que van a realizar algo para el Señor pero al segundo día se cansan, con aquellos que abandonan muy rápidamente sus compromisos que hacen delante de Dios, con aquellos que llamamos nosotros en nuestro tiempo los voluntarios, porque simplemente no les estamos pagando y retribuyendo con dinero por las horas que ellos puedan dedicar para el Señor.

Pero de manera revolucionaria, la grandeza del Señor nos invita aquí a que nosotros vivamos en gratitud y que nosotros cumplamos nuestros votos al Altísimo. Cumple tus promesas, cumple las promesas que tú le hagas al Señor. El Señor no te está obligando, no está generando votos para ti. Dice: cumple los votos que tú le hagas al Señor en gratitud. Tú sabrás cuán agradecido estás y tú le dirás al Señor: "Entonces, Señor, este es el tamaño de mi gratitud y esto es lo que yo puedo o no puedo hacer para ti."

Y justamente en Eclesiastés capítulo 5, si nosotros lo miramos por favor brevemente ya que el tiempo va corriendo, a partir del verso 1, Eclesiastés capítulo 5 señala con mucha claridad y dice: "Guarda tus pasos cuando vas a la casa de Dios y acércate a escuchar en vez de ofrecer el sacrificio de los necios, porque estos no saben que hacen el mal. No te apresures en hablar ni se apresure tu corazón a proferir palabra delante de Dios, porque Dios está en el cielo y tú en la tierra." Nuevamente, ¿quiénes somos y quién es Él? "Por tanto, sean pocas tus palabras, porque los sueños vienen de la mucha tarea y la voz del necio de las muchas palabras. Cuando haces un voto a Dios, no tardes en cumplirlo, porque Él no se deleita en los necios. El voto que haces, cúmplelo. Es mejor que no hagas votos a que hagas votos y no los cumplas. No permitas que tu boca te haga pecar, y no digas delante del mensajero de Dios que fue un error, que me equivoqué. ¿Por qué ha de enojarse Dios a causa de tu voz y destruir la obra de tus manos?"

Cuando hagas una promesa al Señor, cúmplela, porque lo hacemos en gratitud, porque lo hacemos no por presión. Lo hacemos porque estoy agradecido con el Señor por todo lo que Él hace en mí. Y esa manifestación de la obra de Dios en mí se cumple aún más en el verso 15 cuando dice: "E invócame en el día de la angustia, yo te libraré y tú me honrarás."

En medio de nuestras vidas cambiantes, en medio de las circunstancias que nos afectan, en medio de los problemas del diario vivir, en medio de las crisis que tenemos que enfrentar, en medio de nuestra temporalidad, en medio de nuestra condición de pecado, en medio de las circunstancias erróneas en las que nos podemos meter, el Señor nos está diciendo: "Te doy el privilegio de que me invoques en el día de la angustia. Yo te libraré y tú me vas a honrar."

Esto es lo que yo espero de ti. De tal forma que aquí se convierte en un ciclo de gratitud delante de Dios: estoy agradecido por lo que Él ha hecho en mí, por lo tanto yo hago votos con Él de servirle con todo mi corazón. Y en medio de esas circunstancias difíciles, otra vez enfrento problemas, y yo vuelvo a invocarle, Él me libra, yo le honro, soy agradecido. Vuelvo arriba, con gratitud le digo que le sirvo; mientras le estoy sirviendo entro en dificultades, en medio de las dificultades yo le busco, Él me libra y vuelvo a estar agradecido. Esa es la expectativa que el Señor tiene conmigo. El Señor no está esperando algo de mí; el Señor está esperando que yo tenga un corazón que le reconozca por todo lo que Él es. Eso es lo que el Señor está mostrando en este pasaje: invócame, invócame.

¿Y qué es la palabra invocar? Es una palabra que ya no usamos en este tiempo. En las películas lo vemos para con las brujas, ¿no? Cierto, las brujas invocan. Ya no se usa la invocación mucho en nuestro tiempo, pero la palabra invocación significa literalmente hacer presente. Hazme presente en el día de tu angustia, haz que yo esté contigo, llámame para que no estés solo. Invócame en el día de la angustia, yo te libraré, yo te voy a librar y tú me vas a honrar.

Hay algunos de nosotros que cuando estamos en dificultades le decimos: "Señor, aliéntame". ¿Me escuchó? ¿Dije aliento? Dice una vez: "Aliéntame". ¿Qué le está pidiendo? Aliento. Pero no le dice: "Señor, involúcrate, hazte presente, ponte delante, toma el toro por las astas que yo no puedo". Eso es lo que está diciendo el Señor: invócame en el día de la angustia, yo te voy a librar, tú me vas a honrar. Esa es mi parte y esa es tu parte. Tú pídeme cuando estés en necesidad y yo voy a obrar, y tú me vas a honrar y vas a ser agradecido y vas a cumplir tus votos, y cuando estés en dificultad nuevamente yo voy a obrar a tu favor. Esa es la expectativa de Dios.

Y lo más importante, hermano, es que en los versos 14 y 15 no aparece un solo ser humano que ocupe el lugar de Dios. No hay un solo ser humano que ocupe el lugar de gratitud que Dios se merece. Todo el resto de nosotros, a los cuales el Señor nos da el privilegio de ponerlos delante, solo somos instrumentos, y malos instrumentos para colmo. Es el Señor el que merece toda la gratitud, es el Señor a quien nosotros cumplimos los votos. No cumplimos nuestros votos a los pastores, no cumplimos nuestros votos a la iglesia, no cumplimos nuestros votos porque hay necesidad. Lo hago por gratitud ante el Señor, a quien le debo yo todo. Eso es lo que nos dice Eclesiastés. Y en último lugar, cuando estoy en necesidad es el Señor a quien yo invoco, y es el Señor el que me libra, y es el Señor a quien yo quiero honrar, porque no hay un solo ser humano que aparece en este pasaje.

Pero para terminar, continuando a partir del verso 16 hasta el verso 21, aparece una contrariedad. El Señor, que había llamado a sus santos, que le había hablado de una manera tan hermosa, que había reconocido su grandeza, ahora tiene que mostrar la pequeñez de nuestra propia realidad. Que es, para empezar, de ser santos que hemos sido convocados por causa del pacto que Él ha hecho con nosotros. Sin embargo, la realidad de nuestras personas como pecadores y seres humanos finitos tiene que manifestarse.

Y dice a partir del verso 16 hasta el verso 21: "Pero al impío Dios le dice: ¿Qué derecho tienes tú de hablar de mis estatutos y de tomar mi pacto en tus labios? Pues tú aborreciste la disciplina y a tus espaldas echas mis palabras. Cuando ves a un ladrón te complaces con él, y con los adúlteros te asocias. Das rienda suelta a tu boca para el mal, y tu lengua trama engaño. Te sientas y hablas contra tu hermano; al hijo de tu propia madre calumnias. Estas cosas has hecho y yo he guardado silencio; pensaste que yo era tal como tú, pero te reprenderé y delante de tus ojos expondré tus delitos".

Si hay alguien que es grande es el Señor, y si hay alguien que es pequeño es su pueblo. Si hay alguien que es tres veces santo es el Señor, y si hay alguien que es completamente imperfecto es el ser humano. Y allí inmediatamente, a pesar de la grandeza de la declaración de Dios, se manifiesta nuestra pequeñez.

Y el verso 16 y 17 habla justamente de nuestra inconsistencia espiritual ante la realidad del pacto que hemos hecho con el Señor: "Pero al impío Dios le dice: ¿Qué derecho tienes tú de hablar de mis estatutos y de tomar mi pacto en tus labios? Pues tú aborreciste la disciplina y a tus espaldas echas mis palabras". La palabra impiedad tiene que ver con el hecho de vivir sin Dios, como si Dios no estuviese presente. ¡Y qué tal inconsistencia después de todo lo que hemos visto! Pero a veces el pecado nos ciega y nos hace vivir como si Dios no estuviese presente.

Y yo le preguntaba al grupo anterior si ustedes habían oído hablar del hermano Gatica. No sé si ustedes conocen al hermano Gatica. ¿Cuántos han oído hablar del hermano Gatica? El hermano Gatica es el que predica pero no practica. Ahora ya lo conocen. Y justamente el verso 16 habla: ¿Qué derecho tienes tú de hablar de mis estatutos y de tomar mi pacto en tus labios, y es que tú no lo pones en práctica? Si es que tú aborreciste la disciplina y a tus espaldas echas mis palabras como si no tuviesen valor.

El Señor nos llama la atención, hermanos, y nos invita a poner en práctica sus palabras, a que no caigamos en esa inconformidad, en esa paradoja de ser gente que conoce mucho pero que hace muy poco. Esa es la primera invitación. Nuestra primera debilidad es que hablamos mucho y hacemos muy poco. Somos oidores pero no somos hacedores de la satisface de un Dios que ha dicho: "Estoy aquí por ustedes completamente. Yo, el dueño del mundo y del universo entero, estoy a tu favor". Pero ¿qué sucede dentro de nuestro corazón? Esa inconsistencia entre lo que Dios dice y lo que nosotros hacemos.

Luego el verso 18 dice: "Cuando ves a un ladrón te complaces con él, y con los adúlteros te asocias". Y nuevamente hay otra inconsistencia. La primera inconsistencia tiene que ver con nuestro teorizar acerca de Dios y no practicar lo que Dios nos está mandando hacer. Y lo segundo tiene que ver con el hecho de que tenemos valores que no están transformados, valores que no están acorde a los valores de Dios. No hemos tomado el riesgo de cambiar nuestros valores, de llevarlos a la casa de cambio de Dios y ponerlos en monedas del cielo, que no puedan ser usadas en la tierra y que solo tengan valor delante de la presencia de Dios. Dice el verso: "Cuando ves a un ladrón te complaces con él, y con los adúlteros te asocias". ¿Qué hay ahí? Hay valores no transformados. Todavía no entendemos a quién servimos y de quién nosotros somos.

Pero lo más terrible es lo que dicen los versos 19 y 20, porque dice: "Das rienda suelta a tu boca para el mal, y tu lengua trama engaño. Te sientas y hablas contra tu hermano; al hijo de tu propia madre calumnias". Si hay algo que también se manifiesta de manera muy evidente en medio del pueblo de Dios, es que a veces no sabemos controlar nuestra lengua. Que a veces la misma lengua con la que adoramos al Señor es la misma lengua que clavamos en la espalda de nuestro hermano, hablando en contra de él.

Y el darle rienda suelta es como cuando estamos montando el caballo y soltamos al caballo para que se desboque y corra a su propia velocidad y a su propia fuerza, sin estar sujeto a ningún control. Y habla entonces el pasaje de dar rienda suelta a tu boca. Y esto me hace recordar algo que dijo el apóstol Pablo en Gálatas capítulo 5, los versos 13 y 14.

En Gálatas capítulo 5, el apóstol Pablo, hablándole con mucho corazón a sus discípulos, le dice en los versos 14 y 15: "Porque toda la ley en una palabra se cumple en el precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os devoráis unos a otros, tened cuidado, no sea que os consumáis unos a otros." Y ese es el llamado de atención que el Señor nos hace, porque no puede ser que entre el pueblo de Dios nosotros tengamos que decir: "pueblo chico, infierno grande." El Señor nos dice que la ley, ciertamente en el verso 14, toda la ley en una palabra se cumple: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De tal forma que nosotros encontramos la grandeza de Dios en contraposición con nuestra propia pequeñez, y eso es algo que nosotros debemos recordar. Como esa frase que hemos repetido tantas veces: "Yo soy un gran pecador, pero tengo un gran Salvador." Y esa imagen de nuestra pequeñez tiene que ir asociada con la grandeza de nuestro Dios.

Y en el verso 21 dice: "¿Estas cosas has hecho? Yo soy el juez." No lo podemos negar, no lo podemos negar. Estas cosas has hecho y yo he guardado silencio. Y quizás el silencio de Dios está acompañado, en contraposición, con las muchas palabras de los hombres. Pensaste que yo sería igual que tú, pero no te equivoques, yo soy mucho más grande que tú. No somos iguales, por eso te reprenderé y delante de tus ojos expondré tus delitos.

Pero aquí hay algo maravilloso, hermanos. Lo maravilloso es que este Juez que se ha presentado en toda su magnificencia nos ha hecho recordar cuán grande es el Dios a quien nosotros tenemos, y nos ha hecho recordar en segundo lugar cuán pequeños y cuán pecadores nosotros somos. Y es que nos alejamos de Él, pero al mismo tiempo Él, que declara nuestra condición delante de Él y delante de nuestros propios ojos, Él solo dice: "Te reprenderé y expondré tus delitos." Pero no nos dice que nos va a destruir. No habla de un gran castigo, sino habla de una reprensión para que nosotros cambiemos de actitud. Habla de una manifestación, la manifestación de un llamado de atención para que nosotros podamos vivir de una manera distinta.

Y en esta mañana nosotros podemos tomar el tiempo para devolverle a Dios su grandeza, para que no confundamos y no nos confundamos pensando que Dios es igual que nosotros y no más grande que nosotros. Y para que al mismo tiempo podamos aceptar nuestra pequeñez, la reprensión de Dios ante nuestra pequeñez y nuestro pecado, pero que estos delitos sean para arrepentimiento, para manifestación de gratitud delante del Señor.

Porque como termina el salmo: "Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os despedace y no haya quien os libre. El que ofrece sacrificio de acción de gracias me honra, y al que ordena bien su camino le mostraré la salvación de Dios." Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios. Y nosotros podríamos traducirlo mejor: los que os olvidáis de quién es Dios.

Cuando nosotros veamos a Dios en toda su magnificencia y podamos entender que en medio de toda esa magnificencia Él se dispone a tener relación con nosotros, entonces se va a hacer evidente nuestra pequeñez. Pero al reconocer mi pequeñez, entonces yo voy a poder ofrecer sacrificio de acción de gracias, y voy a poder honrar al Señor, y voy a tratar de ordenar mi camino. Pero no solamente ordenar mi camino, sino ordenar bien mi camino, para que el Señor me muestre de una vez por todas qué significa la salvación. Porque yo quiero saber qué es la salvación, pero no como concepto, sino como una transformación radical de mi vida.

Y si yo soy agradecido con el Señor a pesar de mi condición, y yo estoy buscando ordenar bien mi camino, entonces el Señor me va a mostrar lo que significa la salvación. ¿Quieres saber tú lo que significa que el Señor te haya salvado? Ordena bien tu camino, sé agradecido, reconoce tu condición, dale gracias al Señor en medio de su grandeza, y el Señor te va a mostrar qué es ser salvo realmente, qué es una vida transformada, qué es lo que el Señor puede hacer en ti. Y por eso permítanme terminar con una muy breve historia.

Durante el tiempo de la Reforma hubo en un pequeño pueblo en Europa, en Alemania, un par de jóvenes adolescentes que eran terribles en medio del pueblo. Solamente causaban situaciones de violencia, inmoralidad, desencanto. Eran unos muchachos que realmente estaban causándole un gran dolor de cabeza a su pueblo. Un día estos dos muchachos, en medio de su maldad, deciden entrar a la casa de una mujer noble, una mujer rica de la ciudad donde ellos vivían, a robar. Ellos entran por una ventana y se roban de un alhajero dos sortijas sumamente valiosas de piedras preciosas y oro. Y cuando ellos estaban huyendo son apresados, y con las manos en la masa se descubren estas dos sortijas valiosas que ellos habían tomado de esta mujer.

Ellos son llevados delante del juez, y muchos acusadores llegaron para hablar de la maldad de estos muchachos, que simplemente no merecían nada más que la propia cárcel. Ellos son juzgados, el juez actúa con mucha severidad debido a todas las cosas que se decían de ellos y lo último de este gran robo. Y el juez decide dictar una terrible sentencia: decide que estos dos jóvenes de aproximadamente veinte años van a pasar veinte años en la cárcel. Pero no solamente eso, sino que les dice: "Ustedes no han mostrado ningún signo de arrepentimiento. Por lo tanto, yo voy a hacer algo aún más dramático, para que cuando ustedes algún día lleguen a salir de esta cárcel, nadie se olvide la clase de personas que ustedes son. Yo voy a mandar a hacer un hierro con la letra S de sortija, y voy a hacer que el hierro lo calienten y que se lo pongan en la frente, para dejar marcada una S en su frente que recuerde. Y para que ustedes cada vez que vean sus reflejos se acuerden de lo que han hecho, porque ustedes robaron y estas sortijas serán lo último que ustedes hicieron."

Pasan los años, ellos todavía en prisión, y uno de ellos conoce al Señor en la cárcel y empieza una transformación en su corazón. El Señor empieza a obrar y lo guía hacia la humildad, lo guía hacia la gratitud, lo lleva a invocar al Señor y suplicarle que haya una transformación en su vida. En el otro no pasó nada.

Cuando pasan los veinte años de cárcel, uno de ellos, el malvado, decide irse lejos porque con esta marca no iba a poder vivir. Sin embargo, el otro decide enfrentar a su pueblo, enfrentar su condición y enfrentar esa marca. A pesar de que esa marca simbolizaba todo lo malo que él había hecho, él consideraba que había sido perdonado por el Señor. Al principio, cuando llegó, definitivamente se acordaron de este muchacho de leyenda que hace unos veinte años atrás había causado tantos disturbios. Al principio lo trataron con recelo, pero en la medida que este hombre empezó a mostrar la salvación de Dios en su propia vida, el cambio que el Señor había hecho en su corazón, la gente lo empezó a aceptar. Y este hombre se empezó a convertir en parte de esa comunidad, y no solamente en parte de esa comunidad, sino también en una columna espiritual de esa comunidad.

Muchos años después, cuando este hombre ya era anciano, dice que un día iba caminando por una calle con ese caminar lento de una persona mayor, y había dos niños jugando en la tierra que levantan la cabeza. El anciano los saluda y los niños empiezan a hablar entre ellos. Y le dice uno: "Oye, ¿has visto a ese anciano?" Y un niño le pregunta al otro, y el otro le dice: "Sí, raro, ¿no? Tiene una S en la frente." "Sí, sí lo he notado. ¿Y tú sabes por qué es?" El otro niño le responde, dice: "Yo no sé por qué es, pero mi mamá dice que es por santo."

Yo no sé cuál es el símbolo que tú tienes en tu frente: adulterio, mentira, engaño, violencia. Todos nosotros tenemos una marca en nuestra frente que nos hace olvidar quiénes somos delante de Dios. Pero existe la posibilidad de que el Señor transforme esa marca en una marca de victoria. La violencia se puede convertir en victoria y el adulterio en adoración. El Señor puede cambiar cada una de esas palabras si es que nosotros nos rendimos delante de Él, si es que nosotros recordamos lo que el Salmo 50 nos invita a recordar: que Él es grande y nosotros pequeños. Pero no por eso podemos seguir actuando como estuvimos actuando. Él está a nuestro favor. Sacrifiquemos delante de Él acción de gracias, cumplamos nuestros votos delante de Dios, y cuando estemos en angustia invoquémosle, porque Él nos librará y nosotros le honraremos. Cumplamos ese ciclo y veremos cómo cualquier símbolo o cicatriz que haya en nuestra vida podrá ser transformada por Él.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.