Integridad y Sabiduria
Sermones

Un recordatorio de nuestra temporalidad

Pepe Mendoza 2 agosto, 2009

El Salmo 49 lanza un llamado universal que no distingue entre ricos y pobres, humildes y encumbrados: todos deben escuchar este recordatorio solemne sobre la temporalidad humana. Vivimos en un mundo que nos presiona constantemente a confiar en los bienes materiales y a jactarnos de las riquezas, como si pudiéramos construir reinos eternos aquí bajo el sol. Pero hay algo que el hombre jamás podrá conquistar: la victoria sobre la muerte. Nadie puede, de ninguna manera, redimir a su hermano ni pagar a Dios el rescate por su alma, porque ese precio es demasiado costoso.

El íntimo pensamiento del ser humano es que sus casas serán eternas, que sus moradas permanecerán por generaciones, que su nombre quedará grabado en algún lugar. Sin embargo, el hombre en su vanagloria no permanece; es como las bestias que perecen. Aun los sabios mueren, y tanto el torpe como el necio dejan sus riquezas a otros. Pero para el creyente hay una esperanza diferente: Dios redimirá su alma del poder del sepulcro.

El pastor Pepe Mendoza compartió cómo su abuelo, un hombre completamente ciego desde los treinta años pero amante de la vida y sus placeres, resistió el evangelio durante décadas. Solo en su lecho de muerte, un 24 de diciembre, finalmente soltó aquello a lo que se aferraba y entregó su vida a Cristo. No tenemos que esperar al momento final para soltar lo que creemos valioso. Nuestra perspectiva debe cambiar hoy, reconociendo la urgencia de servir al Señor, porque nuestro tiempo pronto terminará.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Salmo 49: Un recordatorio solemne

¡Vamos a abrir nuestras Biblias en el Salmo número 49! Vamos a tratar de descubrir en esta mañana cómo el Salmo 49 tiene un llamado especial para nosotros. El Salmo 49, junto con el Salmo 50, no son básicamente una exhortación, sino que son más bien lo que podríamos llamar un recordatorio solemne. La manera que tiene el Señor para llamar nuestra atención sobre determinados temas que se supone deberían estar en nuestra mente y en nuestro corazón de forma continua, pero que por una razón o por otra nosotros lo estamos perdiendo de vista.

El Salmo 49 tiene la fuerza de un llamado de atención, la fuerza de un chispazo de luz que busca proveerle a nuestra alma, a nuestra mente, a nuestro corazón, un nuevo entendimiento de la condición y de la forma en la que nosotros estamos viviendo. Y el salmista, a lo largo de todo su escrito, reacciona con rapidez, trata de dar un mensaje que pueda ser captado por todos. Y en los primeros dos versículos nosotros leemos: "Oíd esto, pueblos todos. Escuchad, habitantes todos del mundo, tanto humildes como encumbrados, ricos y pobres juntamente."

Si hay una característica que tiene este salmo que es muy diferente a muchos de los otros escritos del Antiguo Testamento, es que no está dirigido única y exclusivamente al pueblo de Israel. Por el contrario, tiene una visión universal y muy amplia, está dirigido a todos los pueblos de la tierra, a todos los habitantes del mundo, sin ninguna distinción. Allí en el verso dos menciona a cuatro grupos: tanto humildes como encumbrados, tanto ricos como pobres, todos juntamente deben escuchar este mensaje.

Es una manera muy interesante que el hebreo en su traducción al español no puede brindarnos toda la riqueza literaria de esta narración poética, es que nosotros tenemos que clarificar un poco las ideas. Y cuando habla de humildes y encumbrados, en realidad el texto original dice tanto para los hijos de Adán como para los hijos de los hombres. Y en la literatura hebrea, un hijo de Adán era alguien que no había logrado mucho en la vida, alguien de quien no podíamos reconocer ni grandes talentos, ni mucha prosperidad, ni grandes avances en su vida; una persona humilde era alguien que se le reconocía como un hijo de Adán. Sin embargo, se utilizaba el término hijo de los hombres para aquel que en medio de los hombres había logrado algún tipo de éxito, se había hecho algún nombre, había alcanzado prosperidad material o intelectual, había alcanzado fama de algún tipo. Y por lo tanto, el salmista se dirige a los habitantes de toda la tierra, a todos los pueblos juntamente, a los humildes como a los encumbrados, a los ricos como a los pobres.

Y es tal su deseo de comunicar este mensaje que él señala en los siguientes dos versículos, en los versículos 3 y 4, él declara la fuente, el origen de ese mensaje, y dice: "Mi boca hablará sabiduría y la meditación de mi corazón será entendimiento. Inclinaré al proverbio mi oído, con el arpa declararé mi enigma." Él está diciendo: mi boca hablará sabiduría, pero esta sabiduría no es una sabiduría propia, sino que es la sabiduría de Dios. Él no hablará sabiduría, sino que su boca hablará sabiduría, porque la sabiduría en la Escritura siempre está relacionada con el Señor, y es el hombre que descubre la sabiduría de Dios y la hace propia y la enseña a los demás. Mi boca hablará sabiduría, y la meditación de mi corazón será entendimiento. Lo que yo les voy a decir, está diciendo el salmista, es entendimiento.

Y en el verso 4 él dice: "Inclinaré al proverbio mi oído, con el arpa declararé mi enigma." Y así como cuando un músico se inclina hacia las cuerdas para escuchar el sonido de las cuerdas y ver si está completamente afinado, así también el salmista está inclinándose hacia el proverbio para tratar de entregarlo en toda su finura a este público abundante al que él se está dirigiendo, al público del mundo entero. Escúchenme, que voy a hablar sabiduría sin distinción. Ni los humildes ni los encumbrados, ni los pobres ni los ricos se salvan de lo que yo voy a decir en este momento, porque esto es para todos. Yo les voy a declarar mi enigma.

Y la palabra enigma en el Antiguo Testamento es muy parecida a la palabra misterio en el Nuevo Testamento. Es algo que nosotros no llegamos a ver con claridad, es algo que está en el aire, pero que necesita ser develado, es algo que está oscurecido, pero que necesita ser iluminado. Esa es la idea del enigma. Y el salmista está tomando la decisión de darle a conocer un mensaje a todos los pueblos que no deben olvidar, un mensaje que tienen que volver a iluminar, una situación que tienen que volver a considerar con atención. Esa es la idea que da al inicio en la introducción de este pasaje, y esto no es una exhortación propiamente tal, sino más bien es un recordatorio solemne, si lo podemos llamar de alguna manera. El salmista va a darnos un recordatorio solemne acerca de nuestra propia temporalidad.

Y sin mayor dilación, él empieza directamente allí en los versos 5 y 6 a hacerse la pregunta clave de este enigma que él quiere resolver ante la humanidad sin distinción. Él se pregunta allí en los versos 5 y 6: "¿Por qué he de temer en los días de adversidad, cuando la iniquidad de mis enemigos me rodee, de los que confían en sus bienes y se jactan de la abundancia de sus riquezas?" Se hace esta pregunta, él dice: ¿por qué yo he de temer?

Algunos estudiosos han señalado que este pasaje tiene que ver directamente con un conflicto bélico o militar, con una incursión de algún pueblo enemigo sobre Israel que está generando un determinado temor en medio de la nación. Sin embargo, nosotros aquí no vemos ningún tipo de violencia, no vemos ningún tipo de interrelación entre lo que el salmista está diciendo y aquellos que él declara que son sus enemigos. Sin embargo, la pregunta sigue latente, y dice: ¿por qué he de temer los días de adversidad?

Y esta idea de temor con la adversidad está muy claramente definida porque todos entendemos el temor que surge en el alma humana cuando nos enfrentamos a un gran adversario, a alguien que es más grande que nosotros y se opone a nosotros. La idea de adversidad viene de la idea de adversario, de alguien que se opone a nuestras vidas. Pero el salmista se pregunta: ¿por qué voy a temer ante la adversidad, ante una situación adversa? ¿Por qué he de temer en los días de adversidad? Todos nosotros, de una manera u otra, nos enfrentamos a algún tipo de enemigo personal, a alguien que consideramos en medio de nuestra vida una circunstancia, una situación, un personaje, un problema, una determinada persona que ocupa un lugar de adversario y que nos genera temor y dificultad en nuestras vidas. Son los días de temor y de adversidad.

Pero el salmista se pregunta: ¿por qué voy a temer? Y él continúa en su afirmación y dice, casi de manera dislocada porque es muy difícil el poder interpretarlo, él dice: "Cuando la iniquidad de mis enemigos me rodee, de los que confían en sus bienes y se jactan de la abundancia de sus riquezas." Ahora, ¿cuál es la conexión entre el temor en los días de la adversidad con aquellos que tienen que ver con la iniquidad de mis enemigos, con aquellos que confían en sus bienes, que se jactan de sus riquezas? Pues vayamos haciendo un desarrollo expositivo.

La palabra iniquidad significa sin ley. Esa es la idea de la palabra iniquidad. La idea de un inicuo es una persona que camina sin ley en este mundo. Es una persona que no se gobierna por ninguna ley más que por sí mismo. Y habla de "cuando la iniquidad de mis enemigos me rodee." Ya que los salmos están escritos en un lenguaje poético, la idea de enemigo también no es una idea sencilla de traducir. Aquí lo que está diciendo en realidad es la idea de los suplantadores. Más que un enemigo es un suplantador. Y si nosotros lo tradujéramos literalmente, diría más que "mis enemigos," diría "de los jacobitas."

¿Y por qué esta historia de un suplantador y un enemigo sin ley? Quizás nosotros podríamos referirla a la historia de Génesis 25, cuando Esaú, muerto de hambre, llega donde su hermano Jacob y le pide alimento, y a cambio del alimento él reclama la primogenitura. Y en esa discusión Esaú dice: ¿de qué me sirve yo tener la primogenitura si es que yo voy a perder mi propia vida en este momento? Y esa es la idea que se esconde en la segunda parte del verso 5 cuando habla de la iniquidad de mis enemigos que me rodean. Aquí no hay presión de ningún tipo. Sin embargo, lo que se está notando es que el temor que surge con los adversarios tiene que ver con el temor que todos nosotros sufrimos en un mundo que vive sin ley y que vive básicamente en oscuridad y sin la ley de Dios. En un mundo en donde todos nos están pidiendo que nosotros vendamos nuestra primogenitura espiritual con tal de conseguir un plato de lentejas en la gran oferta de cosas materiales de este mundo. Esta es la idea que está presentando el salmista en esta primera parte.

Y en la segunda parte, en el verso 6, habla de aquellos que confían en sus bienes y se jactan de la abundancia de sus riquezas. Si hay algo que nosotros escuchamos machacadamente una y otra vez en medio de nuestras sociedades, cuando prendemos la radio, cuando vamos por la calle, en los anuncios en las calles, en los anuncios en la televisión, todo nos dice que nuestra vida solamente se puede vivir aquí bajo el sol. Todo el mundo, todas las señales del mundo y toda la invitación que nosotros recibimos desde fuera bajo presión es la idea de que nosotros tenemos que confiar en nuestros bienes y jactarnos de nuestras riquezas. Todo tiene que ver con el hecho de vivir en este mundo sin ley, en donde estamos recibiendo la presión, como la que dice el salmista, esta presión de un adversario que parece más grande que nosotros y nos lleva a vivir de una manera que nosotros no quisiéramos vivir, y nos lleva a suplantar, a vender nuestros títulos espirituales con tal de conseguir una tajada de este mundo material.

Y esa es la realidad, es una realidad permanente en nuestras vidas, en donde continuamente estamos luchando con nosotros mismos por entender cuál es la realidad del cielo y cuál es la realidad de mi vida en esta tierra, y en qué medida yo me he comprometido por completo a tratar de alcanzar los frutos de este mundo olvidándome de las riquezas del cielo. ¿Por qué he de temer en los días de adversidad cuando la iniquidad de mis enemigos me rodee, de los que confían en sus bienes y se jactan de la abundancia de sus riquezas?

Una y otra vez nosotros somos confrontados con una realidad personal, con una realidad material, con una realidad de logros personales y profesionales en donde estamos poniendo todos nuestros esfuerzos y toda nuestra dedicación, todo lo que somos, todas nuestras esperanzas, todo lo mejor de nuestro tiempo, todo nuestro sudor para poder alcanzar un pedazo en esta tajada del mundo material que suponemos que nos corresponde. Porque así se jacta el mundo, porque así el mundo confía en sus riquezas, riquezas y contribuciones que nosotros vamos a ver más adelante en el llamado de atención que el salmista nos hace. Marcan solamente una parte muy insignificante de lo que es la verdadera vida del hombre.

En el verso 7 el salmista continúa de una manera muy marcada y sin pausa ni prisa, él insiste en tratar de develar este misterio, de develar este enigma. Y él dice en el verso 7 hasta el verso 10: "Nadie puede en manera alguna redimir a su hermano, ni dar a Dios su rescate por él, porque la redención de su alma es muy costosa y debe abandonar el intento para siempre, para que viva eternamente, para que no vea corrupción. Porque él ve que aún los sabios mueren, el torpe y el necio perecen de igual manera y dejan sus riquezas a otros."

A pesar de toda esa confianza que el hombre pueda tener en las cosas del mundo, a pesar de la negación del hombre a toda condición de ley que venga de Dios, a pesar de que podamos afirmar que en este mundo vivimos sin leyes y sin dominio de ninguna clase, a pesar de poder decir que confiamos en esto o en aquello, hay algo que el hombre no puede conquistar, que es la victoria sobre la muerte. Nadie puede, en manera alguna, redimir a su hermano, ni dar a Dios su rescate por él. El hombre podrá jactarse de muchas cosas, pero nunca podrá jactarse de haber vencido a la muerte, porque la paga del pecado es la muerte.

La realidad de la muerte es el descubrimiento de nuestra propia temporalidad, el descubrimiento de nuestra separación de Dios. Y a pesar de que tratemos de construir un mundo a nuestro alrededor que parece que durará para siempre, sin embargo nosotros somos conscientes de nuestra propia temporalidad, del reconocimiento de que nosotros algún día dejaremos esta tierra, del saber que cada uno de nosotros, desde el momento en que Dios nos puso en el vientre de nuestra madre, un reloj en reversa empezó a caminar inevitablemente porque el día de nuestra partida ya está marcado.

No se trata de que alguien sufriendo una penosa enfermedad esté muriendo. Todos nosotros en este lugar estamos muriendo también. Y ninguno de nosotros podrá, ni con nuestros bienes, ni con nuestra inteligencia, ni con nuestra sabiduría, ni con nuestra fama, ni con el cariño de los nuestros, ni con dietas, ni ejercicios, ni con cirugías, ni con una cuenta bancaria, podremos resolver ese problema. Esa es la verdad.

¿Por qué? Y hay dos porqués que van en respuesta a esa pregunta. El verso 8 dice: "Porque la redención de su alma es muy costosa y debe abandonar el intento para siempre." La redención del alma solamente se paga con la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, nuestro Señor Jesucristo. Dios mismo, derramando su sangre por nosotros. No hay otro que pueda pagar ese precio por sí mismo. No hay riqueza ni sabiduría ni obras que puedan pagar ese precio para que alguien pueda vivir eternamente y para siempre, para evitar la descomposición de nuestro cuerpo.

Hace unos días yo leía, exactamente el 13 de julio de este año, yo leía en el periódico The Times de Inglaterra, que es uno de los más prestigiosos del mundo. Y el artículo lista un científico que se pregunta: ¿tú quieres realmente vivir para siempre? Y él empieza a señalar que debido a algunos avances científicos, uno podría interpretar o pensar que en algún momento los hombres y las mujeres van a poder vivir para siempre. Sin embargo, él señala en un pequeño párrafo, después de analizar muchos aspectos hablando de la realidad del cuerpo humano y de la vida humana sobre esta tierra, él dice: "A este momento, aún el mejor cuidado para el ser humano, es muy difícil que él pueda ir más allá de los 120 años, porque los procesos naturales de reparación del cuerpo hacen un alto en esa fecha y todo proceso corporal se detiene para siempre."

Esta afirmación es del 13 de julio en un periódico inglés. Sin embargo, esto no nos sorprende porque ya en el primer libro de la Biblia, en Génesis capítulo 6, verso 3, dice: "Entonces el Señor dijo: No contenderá mi espíritu para siempre con el hombre, porque ciertamente él es carne. Serán, pues, sus días, ciento veinte años." Casi como el periódico de la semana pasada.

Todavía esa barrera no la vamos a poder romper, porque dice el verso 10: "Porque él ve", el hombre ve con tristeza, con dolor, con quebranto, con amargura, "que aún los sabios mueren, y el torpe y el necio perecen de igual manera y dejan sus riquezas a extraños." Todo aquello que cosechemos en este mundo se quedará en este mundo, porque desnudos salimos del vientre de nuestra madre, desnudos volveremos a partir. Salimos del polvo y volvemos al polvo, esa es la realidad inescrutable de la vida humana.

Y el salmista no quiere hacer una declaración lúgubre, como para que nosotros empecemos a pensar: "Oh, ¿por qué tendremos que pensar en la muerte?" Sin embargo, esta es una realidad que nos debe llevar a nivelar nuestra posición en esta tierra y descubrir a quién realmente tememos y por qué le tememos.

En el Salmo 39, por favor, acompáñenme al Salmo 39 a partir del verso 4, el salmista, que es en este caso el rey David, él dice: "Señor, hazme saber mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que yo sepa cuán efímero soy. He aquí, tú has hecho mis días muy breves, y mi existencia es como nada delante de ti. Ciertamente, todo hombre, aún en la plenitud de su vigor, es solo un soplo." Es solo un soplo. "Señor, hazme saber mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que yo sepa cuán efímero soy."

Cuando creemos que nosotros estamos conquistando el mundo o ganándonos un lugar para siempre, nosotros tenemos que descubrir cuán efímeros somos. Yo no sé cuántos de ustedes se han topado con la realidad de su propia muerte. Algunas veces es un accidente, otras veces es la muerte de un ser querido, la partida de un ser querido, que de golpe nos presenta de cara ante la realidad de la muerte, una realidad que nosotros no queremos ver, una realidad que nosotros quisiéramos esconder de nuestra vida porque todos morirán menos yo.

Sin embargo, déjenme contarles que cuando yo era niño, cuando yo tenía unos seis o siete años, un día mi abuelo me dice: "Pepe, vamos a ir a un lugar, que yo te voy a llevar y que quiero que conozcas." Mi abuelo, tengo que decirles que mi abuelo era completamente ciego. Él usaba un bastón, pero él me llevaba de niño a todas partes, sin problemas, sin dificultades. Nunca nos hemos perdido en ningún lugar y siempre llegaba exactamente al lugar a donde él quería ir, sin hacer nunca ninguna pregunta. Yo nunca lo vi, nunca le escuché preguntarle a alguien: "Por favor, ¿estoy cerca de aquí? ¿Estoy cerca de allá?" Él sabía cruzar las pistas, cruzábamos las pistas, subíamos a vehículos, bajábamos de vehículos y siempre llegábamos al lugar exacto donde él quería ir.

Pues en esa oportunidad él decidió llevarme al cementerio de la ciudad de Lima. Me llevó al cementerio que se llama el Cementerio Presbítero Maestro, un cementerio que es casi una gran ciudad ahí en Lima, que hay gente enterrada por lo menos de un par de siglos allí. Y él me lleva por los recovecos del cementerio, por en medio de los grandes mausoleos, yo totalmente asustado, primera vez en mi vida entrando a un lugar como ese. Y caminando, caminando, me lleva hasta una de esas pequeñas cuadrillas en donde hay muchos nichos, y él empieza a contar con su bastón, porque él contaba con su bastón, hasta que hace un alto y me señala allí. Y me dice: "¿Qué dice allí?" Entonces yo leo, recién aprendiendo a leer, y digo: "José Alberto Mendoza." Ay, ay, ay. Estaba frente a mi propio nombre, frente a mi propio nicho.

Era una sensación así, tenía, era muy pequeño, pero yo sentí muy claramente la sensación de mi propia finitud, de mi propia temporalidad. Mi abuelo en ese momento me cuenta una historia que nadie me había contado hasta ese momento. Mis tíos no habían sido los hijos de mi abuelo, no habían sido dos, sino que habían sido tres. Y este José Alberto había sido el primer hijo de mi abuelo, que un día del año 49, mientras llevaba a mi padre a la escuela, un autopatrulla policial perdió el control en una avenida, se subió a la vereda, y mi tío toma a mi padre, lo lanza hacia un lado para salvarlo, y él recibe el golpe frontal del auto y muere inmediatamente teniendo catorce o quince años.

Entonces mi padre me puso ese nombre en reconocimiento de él, pero ese choque fue tan grande, que yo inmediatamente tuve una sensación de muerte que nunca imaginé que iba a tener y que nunca sentí antes en ese momento. Tanto que recuerdo el aire, el cielo gris de Lima que es permanente, el friecito húmedo de ese momento, el olor, ese olor a flores que tiene todo cementerio. Todo eso lo recuerdo porque fue como un momento como si me hubiera encontrado con el futuro.

Pero finalmente, hermanos, hay una cosa que a pesar de todo lo que podamos sentir, todos tenemos el sentimiento íntimo de que todos se morirán menos yo. ¿O no? Porque yo prometo enterrarlos a todos, hermanos.

Les prometo que a todos les hacemos un buen responso. Yo me pongo, yo, porque todos se mueren menos yo. Y eso es justamente lo que dice el pasaje en cuanto a esa sensación de nuestra temporalidad. Es el llamado de atención que el salmista está haciendo: que no debemos luchar con nuestra temporalidad, porque estaríamos luchando con Dios, y a Dios no le vamos a poder vencer.

Y dice el verso 11: "Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas, sus moradas por todas las generaciones, y a sus tierras han dado sus nombres. Mas el hombre en su gloria, en su vanagloria, no permanecerá, porque es como las bestias que perecen." Si hay un íntimo pensamiento que yo tengo en el corazón, es que yo no voy a morir. Si hay una sensación íntima que yo tengo en mi alma, es que a mí eso nunca me va a pasar. Eso tiene que ver con nuestra realidad de ser hechos a imagen y semejanza de Dios, con inmortalidad en el corazón. Pero por causa del pecado, habiendo sido destronados de la presencia de Dios, entonces tenemos que experimentar la muerte como algo antinatural en nuestra vida, pero que es la realidad efectiva de nuestra condición de pecado y separación de Dios.

Pero el hombre es así: su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas. Si nosotros estamos construyendo algo, pensamos que es para siempre, queremos que sea para siempre. Estoy haciendo esto y esto es para siempre, y no reconozco que mi vida es como un soplo que simplemente está hoy y que mañana puede dejar de ser. Y si no son mis casas eternas, dice allí la segunda parte del verso 11, entonces mis moradas serán para todas las generaciones. Y los estudiosos hablan de que habla de la construcción de mausoleos: hacerse una gran pirámide en recuerdo de mi propia vida, para que todo el mundo sepa que yo pasé por aquí y que yo no me quería mover. Pero igual me fui, pero que quede el recuerdo de que yo pasé por aquí.

Una de las cosas, uno de los lugares que a mí más me ha impresionado, es la Plaza Roja en Moscú. Algunos exagerados dicen que la Plaza Roja es tan grande que uno desde una esquina puede ver la curvatura de la tierra. Si ustedes han visto, seguramente alguna vez en la televisión, la Plaza Roja cuando están todos los soldados desfilando, los tanques, los cañones, los cohetes, ustedes pueden darse cuenta del tamaño de la plaza porque todo se ve infinitamente pequeño. Y uno puede ver una gran formación de ejército, cañones, soldados y tanques, todos dentro de ese mismo lugar.

Pero una de las cosas interesantes de esta plaza es que en el centro de la plaza hay un pequeño sarcófago, una pequeña casita cuadrada hecha de mármol marrón, que tiene grandes letras en la puerta y se lee: Lenin. Y uno cuando se acerca a la puerta, hay dos guardias afuera y dos guardias adentro. Y dentro, completamente oscuro, uno entra allí y solamente una luz ilumina el cadáver momificado de Lenin, que está allí puesto abierto, destapado, como si se hubiera muerto ayer. Yo recuerdo que el día que a mí me tocó visitarlo, estaba el momento justo de cambio de guardia, los guardias estaban saliendo y no había más visita más que Erika y yo. Así que entramos y en eso no había nadie más, más que Erika y yo, y Lenin.

Pero saben una cosa, ver a este pequeño caballero dormido con una luz, con las manos sobre el pecho, con los ojos cerrados... Uno podía acercarse casi a una distancia de un metro de él y podía observarlo. Y yo recuerdo, siempre tengo una imagen en la mente del Lenin que hay una foto en donde él sale muy agresivo, arengando así, no sé si ustedes han visto, arengando a la multitud, y está con la mano así y gritando muy fuerte allí en Rusia, en algún lugar. Y todo lo que hizo, y todo el desastre que armó, y todo lo que significó este hombre, para ser dejado allí en ese sarcófago para que uno lo mire, sin más expresión de vida, sin nada más que representar que ese cuerpo momificado abandonado a la posteridad y para la historia.

Queremos que nuestras moradas sean para todas las generaciones, pero no es verdad. Queremos darle nuestro nombre a nuestras tierras. Queremos: me voy a comprar un fundito y le voy a poner "Fundito Pepe Mendoza" para que todos se acuerden que yo pasé sobre la tierra; le voy a poner al fundito, al ranchito, "Pepe Mendoza".

Yo recuerdo también de niño, ustedes conocen seguramente a Mario Moreno, Cantinflas, este famoso cómico mexicano. Y yo recuerdo un día viendo las noticias, lo recuerdo muy claramente. En la Ciudad de México le estaban haciendo un homenaje a este hombre, ya muy anciano, y estaban dándole su nombre a una calle. Y era con ese humor que le caracteriza, él se para delante de la gente que le estaba haciendo la celebración y toma el micrófono y dice: "Tantos años de esfuerzo, tanto trabajo realizado, para que yo termine como un hombre de la calle." O sea, su nombre puesto en la calle. Pero ese es el deseo del ser humano: el tratar de prevalecer a pesar de que sabemos que es imposible.

El verso 12: "Mas el hombre en su vanagloria no permanecerá. Es como las bestias que perecen." No hay diferencia entre otros seres vivientes y la realidad corporal del hombre. Es como las bestias que perecen.

Y el verso 13 es aún más enfático diciendo: "Este es el camino de los insensatos, y de los que después de ellos aprueban sus palabras." Este es el camino de los insensatos y de los que después de ellos aprueban sus palabras. ¿Cuál es ese camino? Dice: "Como ovejas son destinados para el Seol, la muerte los pastoreará." Y más adelante dice: "Su forma será para que el Seol los consuma, de modo que no tienen morada."

Interesantemente, un hombre que ha tratado de sacar su nombre adelante y diferenciarse del resto, toda su vida tratando de conseguir cosas materiales, llega un momento que cuando pase el umbral de la vida se convierte como en una oveja que es pastoreada por la misma muerte. Una de las cosas que a nosotros nos gustaba más en Inglaterra era recorrer la campiña inglesa, pequeñas carreteras y pequeños caminos que daban a pequeños pueblitos muy pintorescos. Pero en medio de los pueblitos, cada habitante, cada persona, tenía un hatito de ovejas ahí, pequeñas ovejas que se veían pastando en esos pastos hermosos de ese lugar. Y cuando nosotros deteníamos: "¡Ay, cosita tan linda esta ovejita! ¡Qué bonita la ovejita!" Entonces nos acercábamos, y en realidad la oveja, qué les puedo decir, si no están comiendo, están así. Entonces decía: "Pues pongámosle nombre a la ovejita, ya, esta de aquí la vamos a poner Bonita, ok." "Ya, pongámosle otra..." "Se movió Bonita, ¿cuál es Bonita?" Todas son iguales, no hay forma de diferenciarlas, no hacen gracias, no se mueven. No es que una viene moviendo la cola y te hace algo, no. O comen o están así, no hay más.

Y qué terrible la declaración del salmista cuando dice: "Como ovejas son destinados para el Seol. Su forma será para que el Seol la consuma." O sea, toda su apariencia, todo aquello que dijo ganar, todos los espacios que se daba, todos los lujos, toda la ropa que vestía, todas las joyas que cargaba, todas las cuentas que tenía en el banco, toda apreciación que él tenía de sí mismo, todo eso se pierde y desaparece. Porque seremos como ovejas que son destinados para el Seol, en donde la muerte nos pastorea. Su forma será para que el Seol la consuma, de modo que no tienen morada. Esa es la afirmación terrible en cuanto a la muerte.

Y esta afirmación tiene dos sentidos. En primer lugar, que cuando estamos en la tierra no nos acordamos de esa realidad y tratamos de construir un reino efímero en este mundo, pensando que lo que hacemos materialmente en este mundo servirá para el otro, y no es verdad. Y cuando nosotros partimos, creemos que simplemente lo que tenemos funcionará, y tampoco funciona.

Por eso es que el salmista, de una manera muy breve pero muy poderosa, dice en el verso 15: "Pero Dios redimirá mi alma del poder del Seol, pues él me recibirá." Pero Dios pagará el precio por mi alma y me sacará del poder del lugar de la muerte, pues él me recibirá. El Señor con el que yo estoy hablando hoy mientras estoy vivo será aquel que me reciba cuando yo cruce el umbral de la muerte, porque yo le pertenezco a él. Mi vida está escondida con Cristo en Dios, como lo dice el apóstol Pablo.

Y el apóstol Pablo también en 1 Corintios 15 nos cuenta un secreto maravilloso. En 1 Corintios 15, a partir del verso 51, nos cuenta un gran misterio que él revela para cada uno de nosotros: "He aquí, os digo un misterio."

No todos dormiremos, pero todos seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final. Pues la trompeta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad. Pero cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: "Devorada ha sido la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu aguijón?" El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. Pero a Dios gracias, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Esa es nuestra victoria. Pero esa victoria de redención tiene que afectar la forma en que yo viva hoy, porque yo todavía vivo temiendo en esta vida. Todavía vivo sujeto a las tensiones de confianza y de jactancia de la sociedad contemporánea. Todavía estoy tratando de creer en los anunciados de vida eterna que de manera engañosa nos ofrece la sociedad contemporánea, en lugar de vivir la vida redimida que el Señor quiere para nosotros, teniendo los ojos puestos en el Señor allí en el cielo, en su trono de gracia.

Por eso es que el verso 16, nuevamente del Salmo 49, responde a la pregunta: ¿por qué he de temer en los días de adversidad? Y él dice: "No temas cuando alguno enriquece, cuando la gloria de su casa aumenta, porque nada se llevará cuando muera ni su gloria descenderá con él. Aunque mientras viva a sí mismo se felicite, y aunque los hombres te alaben cuando prosperes, irá a reunirse con la generación de sus padres, quienes nunca verán la luz."

No temas. Y esta palabra "temor" me cautiva mi corazón, porque no encuentro la razón total para que el salmista tenga que decirme "no temas cuando alguien enriquece". Porque debería decir "no codicies". Pero ¿por qué "no temas"? Porque inmediatamente yo veo que algo funcione en esta tierra, inmediatamente lo quiero también para mí. Yo empiezo a temer y empiezo a sentirme inseguro y empiezo a querer también yo lo mismo. Y ese es nuestro gran pecado.

Pero dice: no temas. Acuérdate que tú has sido redimido. Acuérdate que el Señor ha pagado el precio para que tu alma salga del Seol. No temas cuando alguno enriquece, cuando la gloria de su casa aumenta, porque al final de cuentas nada se llevará cuando muera ni su gloria descenderá con él. Aunque mientras viva se felicite a sí mismo, y aunque los hombres te alaben cuando tú prosperes, igual recuerda que nada te llevarás y que tú estás aquí solo por un corto período de tiempo.

El Salmo 90, el verso 10, dice: "Los días de nuestra vida llegan a setenta años, y en caso de mayor vigor a ochenta años. Con todo, su orgullo es solo trabajo y pesar, porque pronto pasa y volamos." Esa es la realidad de nuestro corazón.

Por lo tanto, la pregunta que nosotros tenemos que hacernos, queridos hermanos, es: ¿cómo hacer que nuestro sentido de temporalidad no se convierta en una visión lúgubre de la vida, sino un acto transformador para hacer sal y luz en el poco tiempo que tenemos? Para transformar a nuestra propia generación en la urgencia de saber que no estamos aquí para siempre, sino que estamos aquí de paso, y que el Señor espera que nosotros nos ocupemos de hacer su voluntad.

Porque Primera de Juan, capítulo 2, verso 17, dice: "Y el mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre." El mundo pasa y también sus pasiones. Hermanos, que no nos quedemos envueltos en las modas de nuestro tiempo, que no nos quedemos envueltos en las pasiones de este tiempo, sino que busquemos hacer la voluntad de Dios, porque el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

El verso 20 termina diciendo: "El hombre en su vanagloria, pero sin entendimiento, es como las bestias que perecen." Si nosotros no sacamos entendimiento —no dolor, no quebranto, no angustia, sino entendimiento— de la realidad de nuestra propia temporalidad, simplemente seremos igual como las bestias que un día están y el otro día dejan de ser. Pero a diferencia de una bestia que perece y se queda allí, no hay más esperanza: nuestra alma eterna tendrá que ser juzgada por el Señor y tendremos que rendirle cuenta al Señor por nuestra vida. El hombre en su vanagloria, pero sin entendimiento, es como las bestias que perecen.

Yo empecé contándoles una historia, una historia con mi abuelo. Él era ciego, como les he contado, completamente ciego. Quedó ciego a la edad de treinta años. Él trabajaba en el Banco Central en el Perú y tuvo que dejar su trabajo y tuvo que cambiar todo su estilo de vida. Pero después de los treinta años él se casó, tuvo sus hijos, prosperó, y era un hombre completamente mundano, amante de la vida hasta lo sumo. Él no quería perder nada, ninguna de las cosas que el mundo ofrecía. Él nunca tuvo ninguna intención ni interés espiritual, porque a él el mundo y todas sus cosas, la jactancia de las riquezas y la confianza en los bienes, era lo que a él le cautivaba.

Yo nunca le escuché tener una palabra de queja contra su situación. Nunca le escuché dolerse por su propia vida. Él tenía una autoestima superior, muy alta. Y no solamente muy alta, sino que él había luchado contra su propio mal, y podíamos decir que había vencido. Había salido adelante, había cambiado su propia vida. Él viajó dos veces a Europa, y se fue dos veces solo a Europa, contra la oposición de toda la familia. Porque toda la familia decía: "¿A qué te vas a ir a Europa?" Y él respondía: "Yo no veo, pero yo huelo, yo siento, yo degusto. Hay otras cosas que yo puedo disfrutar a pesar de que yo no vea."

Un hombre que vivía preocupado de sí mismo hasta lo mínimo. Vivía haciendo ejercicios, así, a dietas muy precisas, muy preocupado por su peinado. Tenía unos bigotitos delgaditos que yo no sé sinceramente cómo se los cuidaba, porque era ciego, pero él se los cortaba, los tenía muy bien recortados, nunca más largo de un lado que del otro.

Cada otoño y cada primavera yo lo acompañaba a su sastre, y él le preguntaba al sastre: "¿Cuáles son las telas de moda? ¿Qué cosa está de moda? ¿Los colores de esta estación?" Y él escogía los trajes que él se iba a hacer para la temporada. Y él los escogía por la textura; él los palpaba con la mano y decidía cuál era el traje que él se iba a comprar. Y a mí me preguntaba por los colores: "¿Es más claro o más oscuro?" Y él iba decidiendo los trajes que se iba a hacer. Y luego lo acompañaba para los zapatos, y luego de los zapatos los calcetines, y las camisas, y las corbatas.

Y él nunca se equivocaba. Él tenía en sus cajones todo acomodado por colores y por sensaciones. Él podía saber cuáles eran los colores. Nunca lo vi con un calcetín diferente, nunca lo vi con algo que no concordaba, nunca lo vi despeinado. Nunca. Era un hombre completamente mundano. Amaba la vida. Siempre preocupado: olores, sabores, comidas. Un hombre muy enamorador también, muy enamorador. Se aprovechaba de su ceguera: le tocaba las manos a la señorita, le decía: "Yo no veo, pero usted tiene una mano hermosa. Como que usted es muy linda." Y le hablaba así, las enamoraba a las señoritas en la calle, por todos lados. Un hombre amante de la vida.

Yo conversaba mucho con él de niño y de mi primera adolescencia, hasta que yo llegué a los pies del Señor a los catorce años, y nuestras discusiones de ser mundanas pasaron a ser discusiones espirituales. Pero él siempre me rechazaba, porque él pensaba que todo está en esta vida, y él había conquistado la vida y no la iba a soltar, y no se la iba a entregar a nadie. Porque él había conquistado para sí mismo. Todos sus logros eran los logros que él se había hecho, y los había hecho solo, sin nadie a su lado. Él había salido adelante a los treinta años cuando lo pierde todo, y todo lo recupera y con creces.

Un día en la iglesia vienen trayendo un Evangelio de Marcos en braille, que es el lenguaje escrito de los ciegos. Y preguntaron en la iglesia: "¿Habrá algún ciego?" Y yo dije: "No, en la iglesia no, pero en mi casa yo tengo uno." Entonces ellos me regalaron ese tomo grande. Se lo llevé a mi abuelo, y mi abuelo se lo aprendió de memoria. Todo Marcos, de memoria. Me lo recitaba de arriba y de abajo, de atrás adelante. Pero él no quería saber nada con el Señor Jesús. Para él era historia entretenida, muy agradable, porque él siempre estaba aprendiendo algo. Aprendía idiomas, siempre estaba con algo nuevo. A veces me llamaba por teléfono para que yo le haga averiguaciones en el diccionario sobre palabras y cosas. Si hubiéramos vivido en el tiempo de internet, nunca me hubiera dejado vivir, porque yo pienso que él hubiera estado loco con esa cosa haciendo preguntas y tratando de averiguar todas las cosas.

Pero la edad llega, y el tiempo del Señor también llega. Y con la edad vinieron muchos achaques y muchos sufrimientos. Él se rompió la cadera una vez y salió adelante, se volvió a levantar. Se le rompió la cadera una segunda vez cuando estaba en su tiempo de ejercicios, porque él hacía ejercicios y dietas para mantenerse esbelto. Y se rompe la cadera, y el rompimiento de la cadera ya cerca de los noventa años empieza todo un proceso de degradación muy rápido que lo llevaron a él a la clínica.

Ya estando muy mal, le habían hecho una traqueotomía para que pueda respirar. Y un 24 de diciembre del año 83 yo lo fui a visitar para saludarlo por Navidad. Pensando que había mucha gente en la clínica, me encontré que solo estaba yo con él. Y como habíamos tenido una relación tan íntima, empecé a hablarle, y me iba respondiendo. Trataba de gesticular con la boca y al mismo tiempo me tocaba la mano, me apretaba y me soltaba diciéndome sí o no.

En medio de la conversación nosotros llegamos al Señor Jesucristo, y yo le dije: "Abuelo, yo te agradezco por la vida que tú has llevado, porque tu vida me enorgullece. La vida que tú has llevado me hace ver que cualquier dilema o problema que yo haya que pasar en el futuro no es nada en comparación con todo lo que tú has sabido salir adelante."

Aquello que tú has vencido en tu propia vida. Tú nunca te has quejado de nadie, nunca te he escuchado hablar mal de nadie, nunca te he visto triste, nunca te he visto desanimado. Siempre nos has sacado adelante a toda la familia. Tu carácter es extraordinario, te has cuidado a ti mismo, has cuidado tu cuerpo, has cuidado tu vida. Pero todo tiene un fin, y ese fin está cercano.

Pero tú estás aferrándote a una vida que no te pertenece, porque esta vida no es tuya ni los logros son tuyos. Esta vida le pertenece al Señor, y yo creo que ha llegado el momento en que tú puedas reconocer que no es nada de lo que hayas conquistado aquí, sino todo lo que el Señor te puede entregar, lo que puede hacer un cambio sustancial en tu vida a partir de este momento, porque tú estás a poco tiempo de encontrarte con el Señor.

Así de sincera fue nuestra conversación. Yo lo invité a que tome una decisión, como lo había hecho tantas veces, de que tome una decisión por Cristo. Y él me apretó muy fuerte, muy fuerte los dedos, como dándome a entender que había llegado el momento en que él quería aceptar al Señor. Entonces yo hice una oración por él, y él me fue siguiendo con los dedos muy apretados.

Mientras, al momento que yo terminé la oración, yo canté ese himno antiguo que dice: "Cuando anuncie el arcángel que más tiempo no habrá, y aclare esplendoroso el día final, cuando todos los salvados se presenten ante Dios, entre ellos yo también tendré lugar. Cuando allá se pase lista, cuando allá se pase lista, yo feliz a mi nombre responderé." Mira, ahí lo conocen. Y se lo estaba cantando.

Cuando en eso yo sentí fuertemente la presencia de Dios. Y yo recuerdo haber volteado así a un ventanal en la clínica donde estaba, en diciembre, esa entrada de verano en el Perú. Y había un sol medio tibio que estaba como descendiendo en medio de la permanente nube grisácea de la ciudad. Y yo sentí la presencia del Señor y le dije: "Señor, él ya está listo para partir contigo, puedes llevártelo." Y en ese momento el respirador dejó de sonar, y mi abuelo partió con el Señor. En ese momento el Señor se lo llevó.

Doctores y enfermeras entraron a la sala producto de que las máquinas se detuvieron y empezaron a dar los pitos de emergencia. Me sacaron, y luego de un rato vinieron a darme las condolencias. Pero yo tenía una sonrisa de oreja a oreja. Yo no sabía cómo decirle a mi familia: "Se ha muerto el abuelo, se ha muerto el abuelo," porque la alegría que yo sentía por mi abuelo que había partido a la presencia del Señor era muy grande.

Pero él tuvo que soltarse a la vida que él imaginaba que era lo único que valía. Y yo creo que todos nosotros no tenemos que estar en el momento final de nuestra muerte para poder soltarnos de todo aquello que nosotros tenemos, que pensamos que tiene valía. Tenemos que soltar nuestra vida desde ya, porque sabemos que todos nosotros estamos muriendo, hermanos.

No es que alguien que está en una enfermedad terminal o porque es muy anciano está muriendo. No, desde el día en que el Señor nos puso en el vientre de nuestra madre, ese reloj empezó a correr, y el Señor tiene su tiempo, e inevitablemente ese tiempo llegará. Por lo tanto, nuestra perspectiva de la vida tiene que cambiar. Tenemos que reconocer nuestra propia temporalidad y tenemos que reconocer la urgencia que tenemos por servir al Señor en medio de nuestra generación, porque nuestro tiempo pronto pasará.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.