Integridad y Sabiduria
Sermones

Un recordatorio del perdón completo en nuestro Señor

Pepe Mendoza 16 agosto, 2009

El pecado es como tomar carbones encendidos entre los brazos creyendo que no arderán nuestros vestidos ni se quemará nuestra piel. Eso fue exactamente lo que le sucedió a David, un hombre conforme al corazón de Dios que, al abrazar la tentación, descendió en espiral hasta convertirse en adúltero y asesino. Tomó a Betsabé, la esposa de Urías, uno de sus soldados más leales que peleaba sus batallas en la distancia. Cuando supo que ella estaba embarazada, intentó ocultar su pecado haciendo venir a Urías, emborrachándolo, y finalmente enviándolo a morir en el frente de batalla con su propia sentencia de muerte en las manos.

Durante casi un año David vivió con el corazón endurecido, hasta que el profeta Natán lo confrontó con una parábola sobre un hombre rico que robó la única corderita de un pobre. Cuando David estalló en ira contra ese hombre injusto, Natán le dijo: "Ese hombre eres tú". En ese momento, David soltó los carbones que consumían su alma y el Salmo 51 se convirtió en su canto de arrepentimiento.

Lo que David pide en este salmo no es compensación religiosa sino transformación. Él no ofrece sacrificios ni promesas de mejor conducta; simplemente abre su corazón como un libro y suplica: borra mis transgresiones, lávame de mi maldad, crea en mí un corazón limpio. Reconoce que solo Dios puede hacer esa cirugía mayor en el alma. Los sacrificios que agradan a Dios son el espíritu contrito y el corazón humillado, no la religiosidad que intenta pagar por el pecado cometido.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos! Nosotros estamos completando hoy día una serie de tres mensajes, tres recordatorios en el Salmo 49, 50 y ahora el Salmo 51. El Salmo 49 fue un recordatorio de nuestra temporalidad, de nuestra transitoriedad en la vida, un recordatorio para que no olvidemos que estamos de paso sobre esta tierra y que nosotros estamos en búsqueda de la salvación y la redención del Señor que va más allá de toda nuestra esperanza terrenal.

El Salmo 50 fue otro recordatorio que nos hace nuevamente vivenciar la grandeza del Señor en toda su magnitud, un Dios que se presenta y declara su soberanía, su control y su propiedad sobre todas las cosas. Y al mismo tiempo, comparando la grandeza de Dios, nosotros descubrimos nuestra propia pequeñez, nuestro pecado, la realidad de nuestras propias debilidades, nuestra propia iniquidad. Como lo dice el pasaje, el Señor nos invita a no olvidarnos de quién es Él y que recordemos nuestra necesidad como personas de Él. Y en el Salmo 51 tenemos un tercer recordatorio, pero este tercer recordatorio tiene que ver con afirmar el perdón de Dios sobre nuestras vidas, más allá de nuestra debilidad y más allá de nuestro pecado.

En el Salmo 49 fue un profeta; el salmista se presenta como un profeta, como un vocero de Dios que convoca a la humanidad desde cualquier lugar, sin importar su condición social, sin importar su raza, y es convocada para darle este mensaje, este recordatorio de transitoriedad. En el Salmo 50 ya no es un profeta, un anunciador especial, sino que Dios mismo se presenta. Y como dice el verso 3 del Salmo 50: "Que venga nuestro Dios y no calle; fuego consumirá delante de Él, y a su derredor hay gran tempestad". Es el Dios que se presenta de manera majestuosa y nos hace recordar visiblemente quién es Él y quiénes somos nosotros en consecuencia.

En el Salmo 51 no hay una presentación, más bien lo que se da es la presentación de una circunstancia. El rey David había pecado, y dice allí en esa breve introducción, en esas palabras cortitas antes del verso 1: "Para el director del coro. Salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé, el profeta Natán lo visitó". Lo que nosotros encontramos en el Salmo 51 es el canto lastimero que sale del corazón de David cuando, advertido por el profeta Natán, reconoce que ha pecado delante de Dios.

Los que sabemos la historia, los que hemos leído de la historia, hemos escuchado en algún momento, basta hacer un breve recordatorio: Segunda de Samuel, los capítulos 11 y 12. Nos cuenta que en los tiempos en que los reyes y sus ejércitos salían a las guerras para seguir demarcando sus fronteras, el rey David decide quedarse esa primavera en Jerusalén mientras su ejército, dirigido por el general Joab, estaba batallando contra los amonitas. Una tarde de sol, él decide salir a los balcones reales y a lo lejos él observa a una mujer de aparente buen parecer quien estaba bañándose, probablemente en un río cercano.

David la observa y no se queda solamente con esa observación, sino que él decide tomar cartas en el asunto, y el espiral del pecado y de la destrucción en el alma empieza a suceder. David no solamente la observa desde lejos, sino que inmediatamente llama a sus asistentes y se informa acerca de quién es esta mujer. Le dicen que es la esposa de Urías heteo, un personaje que no le era desconocido, porque Urías aparece en el récord de los mejores soldados de Israel en los tiempos de David como uno de los treinta valientes, probablemente un oficial reconocido por su valentía que había peleado muchas veces brazo a brazo con el rey David.

Pero David, que ya había concebido el pecado dentro de su propio corazón, no se dejó llevar por la Palabra del Señor ni por la moralidad ni por el respeto ni por la lealtad que le debía a uno de sus soldados que estaba peleando sus batallas en ese mismo momento en la distancia, sino que inmediatamente, basado en el poder real, hizo traer a esta mujer a la alcoba real y tuvo relaciones con ella.

Este suceso simplemente nos habla de la realidad del pecado. Dice la Biblia que David, en palabras mismas de Dios, era un hombre conforme a su corazón. Un hombre conforme a su corazón que nosotros descubrimos a lo largo de la Escritura, que se expresa y que muestra el corazón de Dios de muchas maneras, y de muchas hermosas y bellas maneras, declarando su necesidad de Él, declarando su comunión con Él, declarando su deseo de obediencia. Pero él también era un pecador, y en el momento en que él permite que el pecado anide en su corazón, sucede algo que en Proverbios capítulo 6 lo dice de manera muy clara y que todos nosotros debemos recordarlo de esta manera.

Dice Proverbios capítulo 6, los versos 27 en adelante: "¿Puede un hombre poner fuego en su seno sin que arda su ropa? ¿O puede caminar un hombre sobre carbones encendidos sin que se quemen sus pies? Así es el que se llega a la mujer de su prójimo; cualquiera que la toque no quedará sin castigo".

La realidad del pecado, sea este pecado sexual de un hombre con una mujer o de una mujer con un hombre indistintamente, sea la avaricia, la mentira, el orgullo, la violencia o la ira, cualquier situación pecaminosa en la Biblia se relata que es como un fuego. Un fuego que nosotros tomamos en nuestros brazos y que aparentemente no va a producir nada más que placer o victoria o cualquiera de las cosas que nosotros estemos buscando, pero que en realidad va a producir un profundo daño espiritual.

Y el proverbista lo señala de manera muy precisa, en una breve cápsula de verdad muy clara y muy definida. Él dice que el pecado es como cuando alguien pone carbones encendidos entre sus brazos sin creer que sus vestidos van a arder y sin creer que su piel se va a quemar. Dice el pasaje: "¿O puede un hombre poner fuego en su seno sin que arda su ropa?" Definitivamente no, es irracional hacerlo. "¿Podrá alguien caminar sobre carbones encendidos sin que se quemen sus pies?" No, definitivamente no, porque es irracional hacerlo.

Pero así de irracional es el pecado. Cuando el pecado se presenta delante de nuestros ojos, simplemente nosotros lo abrazamos a pesar de sus consecuencias, y cuando nuestros vestidos se empiezan a arder y cuando nuestra piel se empieza a quemar, perdemos la capacidad de poder razonar con discernimiento acerca de lo que nos está pasando.

Y eso es lo que le sucedió a David. Un hombre conforme al corazón de Dios estuvo con esta mujer, y al poco tiempo recibe el aviso de que esta mujer, la esposa de su soldado, había salido embarazada. David, en ese momento, en medio del espiral del pecado, en medio de la ceguera de la condición en la que había caído, desciende aún más procurando ocultar lo que a él le estaba pasando, procurando ocultar la realidad del pecado.

Y simplemente empieza a tratar de manipular la situación, empieza a tratar de cambiarla. Él hace traer a Urías, este soldado que estaba peleando lejos contra los amonitas, y lo hace traer a la ciudad de Jerusalén procurando que él pueda tener un encuentro con su mujer que oculte la realidad de su pecado. Pero no lo logra, porque Urías era un hombre leal, Urías era un hombre fiel. En comparación con este David que se estaba destruyendo a sí mismo producto de este carbón encendido que había entre sus brazos, que era su propio pecado, este Urías se presentaba delante de él como un hombre fiel, como un hombre leal.

Y cuando David lo hace venir, buscando informarse aparentemente de la situación de guerra contra los amonitas, David le dice: "Pero hombre, Urías, ya que estás aquí, ¿por qué no te vas a tu casa y estás con tu mujer? Ahora aprovecha, hombre, que te he hecho venir; aprovecha estos días de descanso, luego vuelves al campo de batalla". Pero la Biblia nos dice allí en Segunda de Samuel capítulo 11 que Urías no quiso volver a su casa, porque él era un hombre leal con su causa y un hombre leal con su ejército, y él decide simplemente dormir allí en el patio del palacio junto con otros soldados y no ir a su casa conforme a la idea que David estaba planteando.

Luego David, al darse cuenta de esta situación, decide hacer algo más. "Bueno, ya que no es posible, ya que no es posible hacer que Urías vaya a su casa en sus cabales, vamos a embriagarlo". Y dice que lo invita y lo embriaga, procurando que luego Urías embriagado pudiera ir a su casa y estar con su mujer y ocultar el pecado. Sin embargo, eso tampoco pasa, porque Urías, aun embriagado, vuelve nuevamente a acostarse en el patio real con otros soldados, porque su lealtad no se aminoraba a pesar de la intoxicación con alcohol.

Finalmente, David decide hacer una cosa terrible. Él escribe una carta en donde le ordena al general Joab que ponga a Urías al frente de la batalla, y cuando estén en lo más recio del combate, lo dejen solo para que Urías muera. Él cierra la carta, la pone en un sobre y le entrega la carta a Urías y le dice: "Por favor, lleva esta carta a Joab, que hay órdenes importantes que darle". Lo que no sabía Urías es que estaba llevando su propia condena de muerte.

David se había convertido en un hombre completamente endurecido. Endurecido en su corazón, endurecido por las circunstancias del pecado. Definitivamente esos carbones encendidos estaban lacerando su piel, su alma, su corazón, su cerebro, su entendimiento, su visión de la realidad. Y él, que era un hombre conforme al corazón de Dios, se estaba convirtiendo en un hombre absolutamente pecador, con un corazón completamente ennegrecido, oscurecido y endurecido por el pecado.

El general Joab recibe la carta y, obedeciendo las órdenes del rey, pone a Urías y a otros valientes en el frente de la batalla, y luego los dejan solos, y Urías muere en el fragor de la batalla ahí contra los amonitas. Cuando David se entera, simplemente él acepta la situación. Betsabé hace el duelo por su marido, luego la recibe en su casa y la toma por mujer oficial como una de sus muchas esposas que él ya tenía.

Al año siguiente, casi un año después de esta situación, se presenta delante de David el profeta Natán con un mensaje de Dios.

Y en este mensaje Natán usa una estrategia muy interesante. Cuando nosotros estamos endurecidos por el pecado, difícilmente aceptamos nuestra situación. Cuando nosotros hemos tomado carbones encendidos entre nuestros brazos y nuestros vestidos están ardiendo y nos hemos quedado sin cabello y empezamos a oler ese olorcito chamuscante de cabello quemado, nosotros decimos: "¿De quién será? Porque no es mío, mío no es. Ni es vestido no arde, ni piel me arde, pero yo no digo, yo no siento nada, no sé qué está pasando". Me miro al espejo, ya no hay pestañas, ya no hay cejas, ya no hay cabello, pero igual yo digo: "A mí no me está pasando nada", porque me deleito con ese carbón que está acabando conmigo mismo. Y eso estaba pasando con David.

Pero Natán usó de una manera muy estratégica una historia, y permítanme contarles muy brevemente lo que pasó. Natán se acerca y le dice: "Quiero contarte una historia. Había un lugar en donde hay un hombre muy rico que tiene mucho ganado, que es un hombre muy potentado, que tiene muchas ovejas, mucho ganado, muchas tierras, un hombre muy rico. Y a su lado hay un pequeño, un hombre muy pobre que solamente tiene una corderita, una corderita preciosa que la familia la quiere tanto que aún le dan de comer en la mesa, y la trata este hombre, la trata como si fuera su propia hija. Un día este hombre potentado recibe a un invitado y quiere hacerle una cena especial a su invitado. Él decide que no va a usar de su propio ganado, que es abundante, sino que decide tomar de manera violenta la corderita de esta familia que solamente tenían este animalito que lo querían como a una hija, y lo lleva y lo sacrifica y lo ofrece a su invitado".

David no pudo aguantar la ira en ese momento y él golpea la mesa y dice: "¡Esto no puede ser! ¡Qué hombre tan malo! ¡Merece morir!". Dice, según 2 Samuel capítulo 12: "Este hombre merece morir y debe pagar cuatro veces por el daño que ha hecho". En ese momento, cuando estaba con los colores sobre la cara sintiendo la ira que él no podía ver en sí mismo, el profeta Natán le dice: "Ese hombre eres tú. Ese hombre eres tú, porque tú tomaste la mujer de tu siervo Urías mientras peleaba en la guerra". Es allí que David inmediatamente cae conmovido por la realidad de su pecado, descubierto y abriendo sus ojos ante la realidad de ese carbón encendido que se iba consumiendo su piel y había llegado hasta sus propios huesos. Y lo suelta y se declara en arrepentimiento delante de Dios.

Y es así que el Salmo 51 se convierte en el canto, en la expresión de búsqueda de perdón de Dios. Nosotros no escuchamos en el Salmo 51 la voz de Dios. Nosotros escuchamos en el Salmo 51 la voz de un hombre que ha sido descubierto ante la realidad de su propia maldad y ya no hay lugar en donde ocultarse, un hombre que ha sido expuesto a la luz de Dios y que necesita ahora transparentar y arreglar su condición delante del Señor.

Y en los primeros dos versículos del capítulo 51 de los Salmos, el rey David habla con mucha claridad en medio de su súplica y dice: "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad, límpiame de mi pecado". David sabía que la única manera de poder alcanzar el perdón de Dios y la transformación de su alma radicaba en una invocación por la misericordia de Dios. La realidad de su pecado, la realidad de la obra que él había hecho, trastornado por la realidad de su deseo, le hizo descubrir que no había más en él que invocar la gracia de Dios. Y él dice: "Ten piedad de mí, conforme a tu misericordia, conforme a tu compasión. No hay nada en mí para alcanzar el perdón, solamente a través de ti yo puedo alcanzar el perdón que tanto necesito".

Y él, en esta introducción, señala tres cosas importantes que él pide. Él dice: "Borra mis transgresiones, lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado". Al parecer podrían sonar como tres cosas iguales dichas de manera diferente, pero no es así. Cuando él dice "borra mis transgresiones", él se está refiriendo a las acciones específicas que él ha realizado producto de su ceguera en el pecado. Él había tomado a esta mujer. Él había hecho que sus siervos traigan a esta mujer, haciéndolos pecar también. Él se acuesta con ella y cuando se entera que está embarazada, él decide ocultar aún más el pecado trayendo a este hombre valiente, fiel y leal llamado Urías, y lo condena a muerte producto de que él quería ocultar la realidad de su pecado. Él conocía cuáles eran las acciones erradas que él había cometido y él está pidiéndole al Señor: "Por favor, Señor, borra las transgresiones, borra esas acciones que le hacen daño tanto a mi alma, que me avergüenzan hasta el punto de que tiemble mi cuerpo cuando yo las recuerdo. Por favor, hazme olvidar y borra tú, Señor, de tu récord, todas aquellas acciones que yo he hecho de manera pecaminosa".

Pero saben una cosa, nosotros a veces nos centramos muchísimo en nuestras transgresiones, en las acciones que nosotros cometemos en contra del Señor, y nos olvidamos muchas veces de la raíz de donde salen esas acciones. A veces atacamos las cosas, los sucesos, pero nos olvidamos de atacar el centro de nuestra propia maldad. Por eso David insiste, dice: "Señor, borra de tu mente aquellas acciones que yo he cometido en contra tuya, pero también lávame por completo de mi propia maldad". Cuando habla de maldad se está refiriendo a la actitud pecaminosa que hace que nosotros caigamos una y otra vez en la misma situación que deploramos una y otra vez, pero volvemos a caer una y otra vez, porque el Señor no está lavando la fuente de nuestro pecado, que es nuestra propia maldad. Y él dice: "Lávame por completo de mi maldad, lávame por completo de mi maldad. Señor, por favor, de una vez por todas erradica de mi corazón esa actitud pecaminosa que está haciendo que yo mienta continuamente, que yo viva permanentemente abrazando la lujuria, que continuamente ande en violencia para con los demás, que yo viva mintiendo, Señor, acerca de mi realidad y acerca de la realidad de los otros. Ayúdame a erradicar el centro de donde florece esa maldad que tanto daño me está haciendo".

Y por último él pide una tercera limpieza y él dice: "Límpiame de mi pecado, límpiame de mi pecado". Y cuando ya está hablando de pecado, ya no está hablando de las acciones ni de la actitud de donde el pecado surge, sino que está hablando del decreto de Dios en contra nuestra proclamado producto de las consecuencias que nuestro pecado traerá consigo. Por eso es que David en esta introducción pide tres cosas: "Señor, borra de tu mente estas acciones que yo he cometido. Ayúdame, Señor, y lávame por completo de esa actitud pecaminosa que me hace caer una y otra vez en esta misma realidad. Y por último, Señor, borra el decreto que hay en mi contra de todas aquellas consecuencias que esto traerá consigo".

Y cuando él lo dice, él afirma delante de Dios lo que todos nosotros deberíamos hacer cuando nos enfrentamos a la realidad de nuestra condición de pecado. A partir del verso tres hasta el verso cinco, lo que hace David es abrir su vida como un libro delante de Dios y él dice: "Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas. He aquí yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre".

En todas estas palabras, hermanos, ya no hay excusas. En todas estas palabras ya no hay justificaciones. En todas estas palabras ya no hay pretextos. En todas estas palabras ya no hay qué razones que aducir para poder justificar por qué caí o por qué no caí. Es simplemente abrir el corazón como si fuese un libro abierto y decirle: "Señor, yo reconozco mis transgresiones. Yo quiero que tú sepas que yo reconozco el mal que yo he hecho. Yo quiero que tú sepas que yo reconozco las acciones con las cuales yo te estoy deshonrando. Yo quiero, Señor, ponerlas delante de ti y decirte que yo también las conozco".

Y quiero que sepas que mi pecado está siempre delante de mí. Y cuando él usa esta frase, está diciendo: "Señor, hay algo más que quiero reconocer. Quiero reconocer mis acciones, pero al mismo tiempo quiero reconocer que esto no es algo fortuito. Esto no es algo que sucedió de repente. No, no quiero decir delante de ti: 'Yo no sé cómo esto pasó, yo no sé cuándo sucedió, yo no sé en realidad, mira, es las circunstancias o los hechos o aquí o allá, la lluvia, la temperatura, el ambiente, el lugar en donde estaba, no debía haber estado allí o sí debía haber estado acá'". Señor, justificaciones no. Mi pecado está siempre delante de mí. No hay nada fortuito en esto que yo he hecho. Lo que yo he hecho lo he hecho porque yo soy así.

El verso 5 dice: "He aquí yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre". Señor, no voy a confundir el hecho de que yo haya estado en la iglesia muchos años, de que yo tenga un cargo o no lo tenga, que haya tomado mil cursos o dos cursos. Yo no quiero decirte ni esto ni lo otro. La realidad de mi pecado está en mí desde mi nacimiento y lo que ha sucedido en mí no es algo fortuito, no es un accidente, no es una circunstancia, es lo que yo soy. Yo soy un pecador. Yo soy un pecador. Esa es la realidad de mi vida.

Y por eso, Señor, contra ti, dice el verso 4, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que tú eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas. Contra ti, contra ti solo he pecado.

Algunos estudiosos se encuentran en problemas para poder interpretar este pasaje porque dicen: ¿cómo es que David puede decir que ha pecado solo contra Dios? ¿Y qué de Betsabé, a la que forzó a entrar a su alcoba? ¿Qué de Urías, este valiente soldado que murió en lealtad hasta el final? ¿Qué de Joab, que tuvo que usar una estrategia vil para hacer asesinar a Urías? ¿Qué de tanta gente alrededor que tuvo que cubrirle las espaldas al rey para ocultar ese pecado? ¿Por qué es que David tiene que decir "contra ti, contra ti solo he pecado"?

Es la realidad, hermanos, de que nada hay fuera de Dios. Que en realidad cuando estamos mintiéndoles a nuestros hijos o estamos actuando en avaricia, descontándole lo que les corresponde a nuestros empleados, aún al más pequeño se lo estamos haciendo al Señor. Porque nuestros hijos son del Señor y nuestros empleados también. "Contra ti, contra ti solo he pecado." Porque no hay rincón en el universo donde yo me puedo ocultar y pueda decir: "Señor, esto yo lo voy a hacer sin que te afecte." Porque en realidad todos nuestros actos están abiertos delante de Dios.

Y por eso David dice: "He hecho lo malo delante de tus ojos." David es consciente en este momento de que todo lo que él hizo, todas las trampas que él maquinó, todo el llamado que él hizo de Betsabé, lo que sucedió aún en su propia alcoba, la manera en que planeó el asesinato de Urías, todo lo hizo delante de los ojos de Dios. No hay pecado en nuestras vidas, no hay situación de nuestra existencia que no sea abierta como un libro delante de los ojos de Dios.

Por eso es que David reconoce y dice: "¡Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas!" Señor, si tú me estás reclamando esta realidad es porque estoy pecando contra ti. Si tú me estás reclamando este pecado es porque lo hice delante de tus ojos y yo no lo puedo ocultar.

Entonces David tiene que insistir en este llamado, y en el verso 6 él dice: "He aquí, tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría." He aquí, tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría.

Hay algo, hermanos, que es fundamental que reconozcamos en nuestra vida delante de Dios. El Señor espera que la verdad no sea aplicada en la periferia de nuestra existencia, sino en lo más íntimo de nuestro corazón. La verdad tiene que liberarnos desde el centro de nuestro corazón hacia afuera, y no desde afuera hacia adentro. El Señor quiere que nosotros amemos la verdad en lo íntimo y que empecemos a descubrir el secreto de una vida buena en lo profundo de nuestro corazón. El Señor espera que nosotros empecemos a vencer el pecado desde adentro y no desde afuera. Afuera permanecerá siempre la inmundicia, pero si nuestro corazón está limpio, la Biblia dice: "Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios."

Ahora, este salmo es un salmo de perdón, no es un salmo de condenación. Es un salmo en donde no trata de poner en evidencia ni de generar una conciencia despreciable delante de Dios producto de la realidad, pero había que ser veraz. Y ser veraz significa reconocer quién yo soy.

Por eso es que David, ya a partir de este momento, empieza a pedir y a decirle al Señor: "Señor, ¡persuádeme con tu verdad! Señor, ¡persuádeme con tu perdón! Señor, que yo pueda descubrir que he sido perdonado. Señor, ya no tengo nada que ocultar, pero ahora tan grave ha sido mi situación que yo veo que no hay más posibilidades para mí. Por lo tanto, yo te pido que tú me des la seguridad de tu perdón."

Y yo no sé cuántos de nosotros vivimos bajo la inseguridad del perdón de Dios. Vivimos como pensando: "Tan grave fue mi situación, tan terrible lo que he hecho, tan terrible lo que sigo cometiendo, que finalmente he renunciado a poder vivir bajo el perdón de Dios." He renunciado a la posibilidad de vivir bajo la seguridad de que el Señor me ama como soy y que me ha cambiado totalmente, me ha dado la posibilidad de vivir una vida completamente nueva. Vivimos con un pie aquí y un pie allá, creyendo que simplemente nunca habrá para mí la completa seguridad de vivir bajo el perdón de Dios.

Pero esto es lo que David está pidiendo del verso 7 al verso 9. Él está pidiendo ser persuadido en el perdón. Él dice al Señor: "¡Señor, purifícame con hisopo y seré limpio! Lávame y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría; que se regocijen los huesos que has quebrantado. Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis iniquidades."

Lo que David está pidiendo es la posibilidad de poder saber de una vez por todas que él ha sido perdonado. Saber de una vez por todas que no habrá pecado, por más grande que este sea, que la sangre de Jesucristo no pueda limpiar de manera total y absoluta. Que no habrá situación, por más deshonrosa, destructiva y vergonzosa en la que yo haya caído, que el Señor en la cruz no haya dicho: "¡Es mío! Lo tomo, yo quiero sacrificarme en la cruz por eso y quiero borrarlo y tirarlo al fondo de los mares." No hay situación que el Señor no quiera perdonar por completo.

Y David está insistiendo en esa realidad, y él está pidiendo: "Señor, purifícame con hisopo y seré limpio." Quizás nosotros no podemos entender esta frase sin explicación. El hisopo era una pequeña planta en Israel que tenía la peculiaridad de tener muchas hojas, y unas hojas un tanto peludas que permitían que durante los sacrificios metían el hisopo en la sangre y con la sangre esparcían sobre las cosas o las personas que estaban santificando. Especialmente el hisopo se utilizaba cuando una persona que había sufrido de lepra había sido completamente sanada por el Señor y se presentaba ante el altar, y con un hisopo se declaraba públicamente que la persona era libre de su condición de enfermedad y ahora podía regresar y entrar nuevamente a la comunidad de Israel.

Y eso es lo que está pidiendo David: "Señor, yo quiero que con un hisopo tú me purifiques públicamente y me declares limpio, para que yo pueda entrar nuevamente con la cabeza levantada a la comunidad de Israel, sin que yo tenga que agacharme, sin que yo tenga que ir a sentarme atrás, sin que yo tenga que agachar el rostro cada vez que se habla del pecado, porque yo he sido perdonado por ti y tú lo has declarado públicamente. Purifícame con hisopo y yo seré limpio. Hazlo, Señor, hazlo públicamente, manifiesta tu perdón."

Por eso también le dice: "Lávame y seré más blanco que la nieve." Lávame tú, Señor, y no habrá situación en mi vida, ni cicatriz, ni herida, ni rotura que el pecado haya producido, que tú no puedas limpiar por completo. Lávame y seré más blanco que la nieve. Y los que hemos visto y hemos estado delante de la nieve y su blancura, esa blancura inmaculada que quiebra los ojos de tal manera que uno se tiene que poner lentes oscuros para poder distinguir, sabe lo que esa blancura es.

No importa la realidad de nuestro pecado, pero lo que nosotros necesitamos es que Dios nos persuada de que Él nos ha limpiado. Que si invocamos su perdón, Él podrá lavarnos de tal forma que no va a quedar marca, ni mancha, ni arruga, ni cualquier otra cosa que nos haga recordar la situación que antes vivimos. Lávame y seré más blanco que la nieve.

Y el verso 8 dice: "Hazme oír gozo y alegría; que se regocijen los huesos que has quebrantado." Hazme oír. Si hay algo que David había oído hace un momento, es el juicio de Dios a través del profeta Natán, el que lo había condenado producto de su pecado. Pero ahora él estaba buscando el perdón.

Y si hay algo que nosotros necesitamos, es oír de la salvación de Dios. Hazme oír gozo y alegría. Señor, yo quiero oír que he sido perdonado de ti. Yo quiero oír que hemos sido reconciliados tú y yo. Yo quiero oír de que tú me amas, que me aceptas, que no me rechazas, que me has transformado. Hazme oír gozo y alegría. Yo no quiero seguir oyendo mi voz interior justificándome o ocultándome delante de ti. Yo quiero oír de tu parte que me has perdonado. Yo quiero oír de tu voz que tú te has reconciliado conmigo. Yo quiero oír de tu propia voz, Señor, que tú me aceptas y me perdonas y me das una nueva oportunidad.

David está buscando ser persuadido en su perdón. Él le dice en el verso 9: "Esconde tu rostro de mis pecados. Borra todas mis iniquidades." Esconde tu rostro, Señor. El esconder el rostro de parte de Dios significa que cuando algo a Dios le desagrada, Dios voltea su rostro y no lo vuelve a ver más. Pero en este caso no está escrito en forma negativa, sino en forma positiva, porque David le está diciendo: "Señor, no vuelvas a ver mi situación de pecado. Señor, déjala atrás de una vez y para siempre, tírala al fondo de los mares, de tal manera que borres todos los registros que hay en contra mía, que hablan de mis propias iniquidades, de todas aquellas cosas en que yo he quebrantado tu palabra."

Yo no sé cuántos en este lugar estamos persuadidos absolutamente del perdón de Dios. Yo no sé cuántos en este lugar seguimos viniendo cada domingo simplemente para volver a agachar nuestro rostro con tristeza, creyendo que el Señor nos va a tener misericordia de nosotros, pero no nos va a borrar para siempre, de una vez por todas, de una manera transformadora.

El rey David está pidiendo justamente una declaración final y absoluta de perdón, porque sin esa declaración final y absoluta de perdón no puede él implorar en lo que continúa, que es la declaración de transformación de parte de Dios.

A partir del verso 10 hasta el verso 12 dice: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de tu presencia, no quites de mí tu Santo Espíritu. Restitúyeme el gozo de tu salvación y sostenme con un espíritu de poder."

Si hemos sido persuadidos de que Dios nos ha perdonado, entonces el Señor va a transformar nuestras vidas. Y eso es lo que David está pidiendo aquí, en segundo lugar: una transformación radical de su corazón. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio.

Eso es algo, hermanos, que la religión no podrá hacer. Es algo que ningún culto de adoración podrá cambiar. No podrá cambiar mi corazón el hecho de que yo cierre los ojos, levante mis manos al cielo y adore delante de Dios. No va a cambiar mi corazón el hecho de que yo empiece a venir a la iglesia y que por osmosis, por trato con los hermanos, empiece a hablar diferente y actuar diferente producto de que me estoy juntando con los hijos de Dios. El corazón solo lo puede cambiar el Señor.

Por eso es que David está diciendo: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio", porque yo no lo puedo limpiar. La negrura que yo le metí dentro producto de mi pecado es algo que yo no puedo sacar por mí mismo. Es algo que yo no puedo lograr ni con educación, ni con palabras, ni con cambio de relaciones, ni con religión. Es algo que tú solamente puedes hacer. Por eso le dice: "Crea en mí. Hazlo desde dentro, Señor. En lo profundo de mi corazón, crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí."

Dos milagros que tienen que suceder en el interior de nuestras vidas si es que le pedimos al Señor: "Señor, cambia mi corazón, porque tengo un corazón ennegrecido y endurecido por el pecado. Y al mismo tiempo, Señor, renueva un espíritu recto dentro de mí." David, muchas veces y en muchas oportunidades, había mostrado rectitud, había actuado con firmeza y con inteligencia, con santidad delante de Dios. Pero este pecado había torcido la realidad de su espíritu, y nuevamente esto es algo que no se puede lograr ni con religión, ni con educación, ni con relaciones. Es algo que Dios tiene que hacer en lo profundo del corazón.

"Renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de tu presencia. No quites de mí tu Santo Espíritu. Restitúyeme el gozo de tu salvación y sostenme con un espíritu de poder." David está suplicando: "Señor, hay cosas que yo no puedo hacer. Yo te suplico, Señor, que no te alejes de mí. Yo te suplico, Señor, que sigas trabajando en mí. Yo, Señor, te pido que no me quites la posibilidad de seguir mirando, Señor, y gozándome con las cosas que tú haces dentro del pueblo de Dios. Yo te pido, Señor, que tú me sostengas con un espíritu de poder."

Esta obra transformadora es algo que solamente el Señor puede hacer, porque los versos 16 y 17 dicen con mucha claridad: "Porque no te deleitas en sacrificio, de lo contrario yo lo ofrecería; no te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios."

El Señor lo que nos está pidiendo es humillación, no compensación. El Señor no está diciendo: "Tú has pecado, entonces ahora tú tienes que pagar." No es eso lo que el Señor dice. El Señor dice: "Tú has pecado, humíllate. A través de Cristo yo lo he pagado todo por ti." Esa es la oferta del Señor, y esta oferta del Señor está tan nítida que David llega a firmar: "Tú no te deleitas en sacrificio, de lo contrario yo lo ofrecería; no te agrada el holocausto." Lo que el Señor quiere es un corazón que reconozca su condición, que venga delante de Dios, no ofreciendo compensación, sino humillándose delante del Señor.

Por lo tanto, el ejercicio del perdón, hermanos, no es producto de la religión, no es producto del ejercicio que nosotros podamos hacer viniendo a este lugar y diciéndole: "Señor, ahora yo quiero ser diferente y por lo tanto voy a venir todos los domingos y voy a cantar con fuerza y voy a venir los martes y voy a venir los miércoles y voy a venir los viernes y voy a servir aquí y voy a hacer esto allá para compensar todo el mal que yo he hecho." Eso no sirve de ninguna manera para cambiar el corazón, porque el único que puede cambiar el corazón es el Señor. Y solamente cuando nosotros nos enfrentamos a Él y le abrimos el corazón y le declaramos nuestra realidad, es que esa transformación oportuna de Dios podrá darse.

Por eso, hermanos, si nosotros vemos el Salmo 51, nos vamos a dar cuenta que solamente del verso 3 al verso 5 es que David lo único que hace es declarar lo que ha hecho. Pero él en ningún momento declara lo que él puede hacer por Dios. Él no le ofrece a Dios nada; él sabe que ya no hay nada que él pueda ofrecer para cambiar su situación de pecado. Él simplemente tiene que presentarse delante de Dios y decirle: "Esto es lo que yo he hecho y me avergüenzo, Señor, y me humillo delante de ti. Y quiero que sepas que no es fortuito, que no es casual, que no puedo acusar a nadie por lo que yo he hecho. Yo soy culpable, yo soy culpable, Señor, y cualquier cosa que tú quieras decretar sobre mí es algo justo, porque lo he hecho delante de tus ojos, porque he pecado contra ti."

Esa declaración es la única declaración que nosotros podemos hacer delante de Dios. Pero si nosotros nos damos cuenta, todo el resto de las acciones que David suplica son acciones que solamente Dios puede hacer en cada uno de nosotros. "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, Señor, borra mis transgresiones. Señor, lávame por completo de mi maldad. Señor, límpiame de mi pecado. Verso 7: Señor, purifícame con hisopo y seré limpio. Señor, lávame y seré más blanco que la nieve. Señor, hazme oír gozo y alegría, que se regocijen los huesos que has abatido. Señor, esconde tu rostro de mis pecados. Señor, borra todas mis iniquidades. Señor, crea en mí un corazón limpio. Señor, por favor renueva un espíritu recto dentro de mí. Señor, por favor no me eches de tu presencia. Señor, por favor no me quites tu Espíritu. Señor, por favor restitúyeme el gozo de tu salvación. Señor, sostenme con un espíritu de poder."

¿Ustedes escuchan en algunas de estas palabras algo que David ofrezca para lograr su cambio? Lo que David está pidiendo es todo lo que Dios puede y debe hacer en un corazón que se arrepiente. Es una cirugía mayor que solamente Dios puede hacer, en donde no hay hombres involucrados, en donde solo estamos Dios y nosotros delante de Él de manera particular, abriéndole nuestro corazón, mostrándole nuestros síntomas y suplicándole que Él obre en nuestras vidas.

Por eso es que él puede decir en el verso 13, cuando todo esto se da, dice el verso 13: "Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti." Hermanos, nuevamente repetimos: el ejercicio del perdón y de la transformación del alma no es producto de la religiosidad, no es producto de la educación, es producto de un milagro que el Señor opera en el corazón cuando se lo pedimos.

Y yo me pregunto en esta mañana si es que aquí hay personas que están requiriendo de esta cirugía mayor, porque yo la necesito, porque yo soy un pecador, porque yo quiero abrir delante del Señor mi vida como un libro y decirle: "Señor, delante de ti he pecado; contra ti, contra ti solo he pecado. He pecado, Señor, delante de tus ojos." Pero yo requiero de parte de Dios que Él haga esa transformación radical en mi corazón. Yo requiero delante del Señor que Él haga esa obra fundamental en mi vida, porque yo me puedo pasar cinco, diez, quince, veinte años viniendo a la iglesia, sirviendo en multitud de cosas, pero no tener un corazón limpio, porque el corazón limpio solo lo podrá hacer el Señor de manera milagrosa en mi vida. Solamente el Señor podrá restituir y enderezar un espíritu recto dentro de mí. Solo el Señor podrá hacerme oír gozo y alegría en vez de frustración y denuncia de mi propia corrupción. Solo el Señor podrá hacer.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.