IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Dejar una carrera profesional para dedicarse al ministerio suele despertar tres reacciones: preocupación por la seguridad económica, admiración por el supuesto sacrificio, y cierto lamento por lo que el mundo pierde. Estas fueron precisamente las respuestas que Héctor Salcedo encontró al comunicar su decisión de abandonar la economía para servir a tiempo completo, y cada una de ellas reveló distorsiones que Dios tuvo que corregir en su propio corazón.
El temor financiero fue el primero en aparecer. La tentación era calcular un monto de ahorro que garantizara el mismo nivel de vida antes de obedecer el llamado. Pero eso significaba que el dinero estaba tomando la decisión, no Dios. Las palabras de Jesús en Mateo 6 sobre las aves del cielo y los lirios del campo penetraron esa desconfianza: si el Padre cuida con esmero lo que no tiene valor eterno, cuánto más a sus hijos. La confianza en el monto se desvaneció y en su lugar vino certeza.
En cuanto al sacrificio, la reflexión fue directa: ¿qué se pierde realmente cuando las promesas de recompensa eterna exceden incomparablemente lo que se entrega? Pablo llamó basura todo lo que dejó atrás en vista del incomparable valor de conocer a Cristo. El verdadero sacrificio estaría en no obedecer. Y sobre la grandeza, la vida de Jesús ya lo demostró: no está en el dinero, la fama ni el reconocimiento, sino en conocer al único Dios verdadero. Una historia de la batalla de Iwo Jima ilustra el deseo final: intentar con todas las fuerzas mostrar a Cristo, y al morir poder decir "está bien", porque el vivir es Cristo y el morir es ganancia.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Como la mayoría de ustedes saben, el 4 de agosto próximo salgo junto a mi esposa y también mi hija. Hemos estado haciendo gestiones y preparativos para poder llegar hasta aquí, porque hay un programa de educación a distancia. El segundo año es para concluir el programa. Por la gracia de Dios, Charbla, mi esposa, también estudiará un programa de formación espiritual y discipulado. Es un programa enfocado en contribuir a que ella pueda cultivar con otras personas el crecimiento espiritual de otros, y entiendo que es también un privilegio y una bendición de Dios que ya lo pueda hacer.
Además de esto, Dios puso en mi corazón que a mi regreso, en el 2010, no sé exactamente en qué mes, pero cerca de mediados del año, me dedicara de manera exclusiva a su causa. Por lo cual, cuando salga el 4 de agosto dejando el país, dejando mi familia y mi iglesia temporalmente, también lo hago dejando mi profesión como economista. Aunque se oye para muchos como algo duro, créame que me encuentro en extremo gozoso del momento que Dios me ha permitido vivir y del privilegio que me está permitiendo.
Por dicha razón, este será el último sermón que predique durante los próximos 11 meses por lo menos, y como se podrán imaginar, tiene una especial connotación para mí. Tan especial que tengo 7 meses pensando en qué voy a compartir hoy. Desde enero, cuando comencé a hacer todas las gestiones para irme fuera, sabía que iba a tener un último sermón, un último mensaje y una última oportunidad para dirigirme a la iglesia. Y en mi mente han venido muchas preguntas: ¿cómo me despido? ¿Qué digo? ¿Qué pasaje de la Palabra puede recoger o agrupar todo lo que quisiera decirle a la iglesia en un momento como este?
Para hacer eso, no recibí de parte de Dios un texto o versículo específico, sino que he sentido el deseo, entiendo de parte de Dios, de compartir con ustedes algunas reflexiones que he estado haciendo producto de mi decisión. Estas reflexiones han surgido tanto en mis momentos devocionales personales de los últimos meses, como también producto de las reacciones que he encontrado cuando le digo a la gente que me voy y que me voy a dedicar al ministerio. Y créame que la variedad en la respuesta de la gente ha sido lo más interesante.
Aunque son muchos los pensamientos, las ideas y las inquietudes que han venido a mi mente en estos últimos meses, e incluso muchas las ideas que la gente me ha expresado cuando le cuento de mi decisión, yo creo que todas esas cosas las podemos agrupar en tres temas o tres aspectos, y es en base a esos tres aspectos que quisiera dirigir las reflexiones del día de hoy. El primer aspecto ha sido, tanto en mí como en otros, la preocupación por mi seguridad económica futura o mi seguridad financiera. El segundo aspecto, sobre todo de parte de la gente cuando le digo que me voy al ministerio y me voy a dedicar al Señor, es la supuesta nobleza que muchos ven en el sacrificio que estoy realizando. Y el tercer aspecto, que sobre todo ha estado muy presente en mí, es volver a pensar dónde está realmente la verdadera grandeza de la vida. Estos son los tres aspectos que más han surgido en mi corazón y en la inquietud que la gente me ha expresado cuando le hablo de mi decisión.
Con respecto al temor por mi seguridad económica futura, cuando uno habla de dedicarse al ministerio, este es quizás el primer tema que viene a nuestra mente. De hecho, fue el primero que vino a la mía. A la fecha, no sé cuántas personas me han preguntado, como primera inquietud: "¿y de qué vas a vivir?". Otros han sido un poco más discretos y hacen una especie de silencio temeroso; se quedan callados unos segundos y hacen una pregunta general como "¿y qué vas a hacer ahora?", o preguntan por el negocio. Pero por la expresión de sus rostros me doy cuenta de que lo que les inquieta es el tema económico.
Ante esta inquietud, en la mayoría de las ocasiones debo confesar que mi respuesta ha sido más que todo humana, y he dicho: "Bueno, hay unos recursos que Dios me ha permitido ahorrar y que entiendo me van a servir para proveerme luego de que me dedique al Señor." Y les confieso que ha sido una respuesta pecaminosa de mi parte, porque si bien es cierto que ha sido por la gracia de Dios que he podido acumular ciertos recursos, realmente mi seguridad económica futura no depende de esa cantidad, de ese monto. Depende de Dios. Independientemente de la cantidad que tenga acumulada, todo eso se puede ir en un abrir y cerrar de ojos, todo se puede esfumar, todo puede venirse abajo, y si mi freno está puesto en el monto y no en el Señor, pues obviamente yo también caeré junto con los ahorros.
Siendo sincero con ustedes: cuando pensaba en dedicarme a tiempo completo al ministerio, el tema que más presente tenía en mi mente era el tema económico. Las preguntas eran: ¿cómo sostendré a mi familia? ¿Y si mi familia en un futuro necesita, por asuntos de enfermedad, una cantidad importante de dinero de mi parte? ¿Qué sucederá con la educación futura de mis hijos, que es cara, y si es de calidad, más cara aún? Tengo apenas 37 años, y si bien no he llegado a la flor de la juventud, a veces pensamos, ¿verdad?, que dedicar los mejores años de productividad personal a las cosas del Señor implica estas dudas que vienen a la cabeza en torno al tema de la inseguridad financiera.
Con esa preocupación en mi mente, yo sabía desde hace algunos años que eventualmente Dios me iba a llamar a trabajar para Él a tiempo completo. Lo que quería era acumular una cantidad de recursos tal que, en caso de ser llamado, fuese suficiente para sostener a mi familia, y ojo, más o menos en el mismo nivel de vida, sin bajar. Mi preocupación, por tanto, no era solamente tener los recursos suficientes para sostener las necesidades de mi hogar, sino que me preocupaba mucho el hecho de que ir al ministerio implicara una restricción en nuestro estilo de vida, que aunque no era de lujo, sí era holgado. En otras palabras, quería servir completamente a Dios, entre comillas, siempre y cuando esto no implicara un sacrificio en nuestro nivel de comodidades.
Ante estas preocupaciones, comencé a trabajar duro. La idea era lograr un monto, y lo calculé: ¿cuánto es el monto que yo necesito para que, cuando me retire, tenga suficiente renta para mantener este estilo de vida? Como economista, ese cálculo fue fácil de hacer. Y entonces dije: "Luego que ese monto esté, me voy al ministerio cuando Dios lo indique." Aunque en apariencia me parecía muy responsable y sabio, era pecaminoso, por cuanto mi confianza no estaba en la fidelidad de nuestro Dios, sino en el monto.
Recuerdo una conversación que tuve hace aproximadamente un año y medio con el pastor Miguel, donde hablamos de esto. Recuerdo que sus palabras me hicieron ver claramente que el momento de dedicarme al ministerio no podía depender de un monto, sino del llamado. Cuando Dios te llame, ese es el momento, independientemente del monto. Y por la gracia de Dios lo entendí claramente: que si estaba esperando acumular un monto, entonces quien estaba tomando la decisión era el dinero y no Dios. Aunque me di cuenta de manera inmediata en esa conversación con el pastor de mi pecado, mi corazón no confió de manera inmediata, sino que yo estaba a la espera de algún tipo de prueba que me demostrara que Él provee para los suyos. Era una verdad que conocí en mi cabeza, pero que me era difícil llevar a la práctica; me era difícil vivir confiado en esa verdad.
Y a pesar de esa actitud pecaminosa y desconfiada, Dios me permitió y me condujo a predicar el año pasado una serie aquí en la iglesia que titulé "Posesiones para la gloria de Dios". Esa serie yo no la prediqué por la realidad que estaba viviendo ni por mis dudas, sino porque entendía que era importante para la iglesia ver lo que Dios y lo que Jesús tenían que enseñar en el tema de las posesiones. Pero para mi sorpresa, para mi grata sorpresa y edificación, Dios tenía eso planificado, y solo les puedo decir que luego de esa serie, de alguna manera su Palabra cambió mi corazón.
A partir de ese momento no me era necesaria una prueba. Su Palabra era suficiente prueba, y quedaron grabadas en mi mente y asimiladas en mi corazón las verdades de Mateo 6, donde Jesús nos demuestra que no hay razón para un hijo de Él para la ansiedad y preocupación económica. Todo el texto de Mateo 6 es impresionante, pero la pregunta que Jesús hace a lo largo del texto es: ¿cómo es posible que veamos a Dios ocuparse de las flores del campo y de las aves del cielo con tal esmero y al mismo tiempo tengamos dudas de que se ocupará de nosotros, sus hijos? Sus palabras me penetraron: "Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?" Y la pregunta es obvia: claro que somos de más valor que ellas; Cristo murió por nosotros. "¿Y por la ropa por qué os preocupáis? Observad cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan, y sin embargo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos."
Por la gracia de Dios, la confianza en el monto se desvaneció, y en su lugar Dios puso, no solo en mí sino también en Charbla, mi esposa, una certeza de que nuestro Dios se encargaría de nosotros cuando fuese el momento. Y fue así como lo que en un principio parecía un obstáculo para irme al ministerio a tiempo completo se desvaneció completamente.
Quedaba otro temor en mi corazón, tímidamente, pero quedaba: mi temor a perder mis comodidades, mis opciones, mi capacidad de, digamos, satisfacer deseos y apetitos que no son estrictamente necesidades. Pero con respecto a esto, Dios también hizo algo significativo en mi vida. Recuerdo que en ese mismo período estuve leyendo el libro *No desperdicies tu vida* de John Piper, y fui traspasado por el libro. Como decimos los dominicanos, hay remedios que son como un cuchillo para la gripe; así el libro fue un cuchillo para mi materialismo.
Pude ver claramente cómo me había dejado capturar por la cultura materialista de nuestra época, cómo me había dejado engañar por la ilusión de que la comodidad y la riqueza contribuían a la plenitud de mi corazón, y me di cuenta de que había sido arrastrado en esa dirección. Me encontraba deseando las mismas cosas que el mundo deseaba, aspirando al mismo estilo de vida, queriendo los mismos juguetes, los mismos entretenimientos, las mismas novedades, cambiando los carros con la misma frecuencia, vistiendo ropa de la misma calidad, supliendo las cosas que mi corazón y el mundo me decían que eran necesarias.
El libro *No desperdicies tu vida* hacía diversas preguntas, pero una que traspasó mi corazón fue: ¿Cómo se dará cuenta el mundo de que Cristo es el mayor de nuestros tesoros si todavía vivimos acumulando y deseando lo mismo que el mundo desea y acumula? ¿Cómo podemos decir que Cristo es el mayor de los gozos si no estamos contentos con lo que tenemos? Diciéndole al mundo de esa manera: "Cristo no es suficiente, necesitamos algo más, necesitamos una novedad, necesitamos un lujo, necesitamos una comodidad, necesitamos un descanso", cuando al tener en el corazón al Señor no lo presentamos como el que suple toda el hambre que podemos tener.
Me di cuenta entonces de que mi temor a sacrificar mis comodidades no era solamente pecaminoso, sino que era necesario que yo perdiera ciertas comodidades precisamente para que mi vida hablara de una mejor manera de que Cristo es suficiente. Y así fue como Dios disipó el temor en el ámbito económico.
El segundo punto, que no venía tanto a mi mente pero sí venía mucho a la mente de la gente cuando yo les comentaba que me iba al ministerio, era el aspecto de la supuesta nobleza o grandeza del sacrificio que estoy realizando. Por lo que algunas personas me decían, entendían que lo que estoy haciendo es alguna especie de martirio personal, una gran renuncia, una admirable abnegación, algo grandioso y digno de elogio. Incluso muchos me han expresado su admiración y apoyo con la siguiente expresión: "¡Wow, qué bueno que todavía hay gente que hace estas cosas!" Son de esas cosas, pensaba yo, que mucha gente admira pero que muy pocos están dispuestos a perseguir con todo su corazón; lo admiran al verlo en otros, pero no están dispuestos a pagar el precio.
En este punto también debo ser honesto con ustedes: en ciertos momentos comencé a creerme que lo que estaba haciendo era algo muy grande y extraordinario, comencé a valorarlo, y prontamente Dios me llamó la atención. Sentí que me preguntaba: "¿Realmente tú crees que estás haciendo algún sacrificio? ¿En qué sentido te estás sacrificando?" La pregunta que Dios me hizo, que me mostró que mi sacrificio no era tal, es cuando pensé, reflexionando en mi momento devocional: ¿Qué dejas atrás? Chacho, ¿qué tú dejas atrás que se acerque al valor de lo que vas a obtener en la eternidad? Dios me decía: "Muéstrame lo que estás perdiendo para yo poder ver tu sacrificio."
Si el sacrificio es el acto por el cual perdemos algo en beneficio de otros sin recibir nada a cambio, entonces bajo esa definición yo no estaba sacrificando nada, porque claramente las promesas de recompensas y bendiciones futuras que tenemos de parte de nuestro Dios exceden, por mucho y de manera incomparable, los aparentes sacrificios que realizamos. Fue Jesús quien dijo en Mateo 19:29: "Todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o tierras, bienes en sentido general, por mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna." Y en 1 Corintios 2:9 está escrito: "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado en el corazón del hombre, son cosas inconcebibles aún para la imaginación humana, las cosas que Dios ha preparado para los que le aman."
Las realidades que desde un punto de vista humano y temporal es posible que se perciban como cierto sacrificio, desde el punto de vista celestial y eterno, que es el que cuenta, lo que estoy haciendo es lo menos que puedo hacer al entender el sacrificio de mi Señor por mi vida y la grandeza de su nombre.
Ahora me preguntaba: ¿Por qué yo pensaba que lo que estaba haciendo era algo grande? ¿Por qué la gente piensa que lo que estoy haciendo es un sacrificio? Hay dos posibles explicaciones: o Dios y sus cosas son muy pequeños para ameritar tal sacrificio, o aquello que estoy dejando es demasiado grande y demasiado valioso para mí, de manera tal que no vale la pena entregárselo al Señor. En algún extremo está la distorsión: o vemos a Dios muy pequeño, o vemos las cosas de este mundo muy grandes.
Eso yo lo puedo entender de un incrédulo, pero no de un hijo de Dios. Puedo entender que un incrédulo no entienda; como me ha sucedido, algunas personas me dicen: "No entiendo, ¿por qué tú tienes que dejar la profesión, por qué tienes que dejar tu carrera?" No pueden ver la grandeza de la gloria de Dios. Y Pablo dijo exactamente eso en 2 Corintios 4:4: "El dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo." No lo ven, no hace sentido: "¿Estás dejando tu carrera, tu reconocimiento, tu comodidad, tu lujo? ¿Por qué?" No ven el resplandor de la gloria de Cristo.
Tristemente, nuestra vista como hijos de Dios se encuentra demasiado enfocada en las cosas de este mundo, y eso muchas veces es lo que nos retrasa en nuestra carrera cristiana. Por eso Pablo tuvo que decirnos precisamente eso: "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está sentado Cristo a la diestra de Dios." ¿Qué hacemos nosotros enfocados en las cosas de este mundo? Tenemos demasiado afecto a este mundo, queremos su reconocimiento, sus juguetes, su entretenimiento, su forma de vivir, y a veces vemos la vida de los incrédulos y pensamos: "Eso sí es vida; si tan solo pudiera tener esto o aquello."
Producto de mi reflexión también en este sentido, vi la vida y algunos escritos del apóstol Pablo. A pesar de la sacrificada vida, humanamente hablando, del apóstol Pablo, desde el punto de vista humano él nunca tuvo la percepción de que le estaba entregando la gran cosa a Dios. En Filipenses 3 escribe un texto que para mí ha sido de mucha afirmación en este tiempo, donde dice en el versículo 7: "Pero todo lo que para mí era ganancia, todo lo que yo valoraba, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas." Y ahora viene algo que me encanta: "en vista del incomparable valor." Incomparable: no se puede poner una cosa al lado de la otra, no se pueden comparar el valor de Cristo con el valor de las cosas de este mundo. "En vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura, a fin de ganar a Cristo."
Por eso no le costaba tampoco a él dejarlo todo: era basura. ¿Quién guarda basura? ¿Quién retiene basura? Cuando la tenemos ahí y ya el zafacón está lleno, estamos locos porque se la lleven. Y cuando yo veo el mundo precisamente como eso, como algo que no tiene nada que agregar ni que dar, sencillamente el sacrificio que otros ven no está; para mí es basura, decía Pablo.
Yo estaba en mi lucha, y algo que pude entender en este sentido es cómo nosotros los cristianos, hijos de Dios, muchas veces estamos dispuestos a hacer un sacrificio, pero no en el sentido humano sino en el sentido espiritual. Me explico: a veces vemos esta decisión, la decisión al ministerio en mi caso, y decimos "¡Wow, qué sacrificio!, ya estoy dejando esto y aquello." Sí, pero Pablo dice que eso es basura. Veámoslo desde otro punto de vista: ¿qué sacrificaría yo si no me voy al ministerio? ¿Qué sacrificamos nosotros cuando no nos entregamos completamente a Dios? El problema es que ese sacrificio, lo que sacrificamos, son cosas eternas e invisibles, pero no por eso son menos reales. Hay un sacrificio enorme cuando el hijo de Dios no tiene una consagración y entrega total a Dios; un gran sacrificio, invaluable, cuando decidimos no hacer lo que tenemos que hacer para honrar a Dios.
Entonces invertí mi manera de pensar y dije: el sacrificio estaría si yo no hago esto; en hacerlo no hay ningún sacrificio. Me pregunto ahora, de hecho, dónde está mi sacrificio, dónde está algo admirable. Lo único admirable está en Dios, que ofreció a su Hijo, y en Cristo, que sí sufrió y se sacrificó por nuestra salvación. Ese sí fue un sacrificio, porque Él sí perdió y entregó su gloria, algo de mucho más valor que lo que iba a obtener. Yo no estoy entregando nada; yo voy a obtener algo de más valor que lo que estoy entregando. Yo voy a salir ganando. No es sacrificio.
El último tema que ha estado presente en mi reflexión, y lo he pensado varias veces, es: ¿cuál es la verdadera grandeza de la vida? En este punto, los comentarios que he recibido de mucha gente parecen más un pésame que cualquier otra cosa. Expresan lamento por la pérdida que será para la profesión de economía el que me dedique al ministerio, y sugieren que el país pierde algo al yo irme al ministerio.
Me preguntan si no habrá alguna manera de que yo siga paralelamente aportando conocimientos, como si fueran indispensables o excepcionales, lo cual no creo en absoluto. Y la verdad es que me he sentido un poco incómodo con suponer o pensar que le estoy haciendo un daño al país con mi dedicación exclusiva al ministerio. Por otro lado, lo que más me ha llamado la atención es ver la forma como la gente evalúa las cosas que verdaderamente valen: "Tú te vale el ministerio, pero ¿y tú no tienes una manera de seguir aportando valor en esta área económica? ¿Dónde está lo verdaderamente importante de la vida? ¿Dónde está la verdadera grandeza de la vida?"
Si hubo algo que la vida de Jesús desafió, fue el concepto que el mundo tiene acerca de la verdadera grandeza. El mundo asocia la grandeza a asuntos totalmente diferentes a lo que Dios entiende que son los criterios de la grandeza. Y recuerdo un texto, un párrafo que escribe el pastor Miguel en su libro ¿Quién es Jesús?, uno de los primeros párrafos de la introducción. Él dice lo siguiente: "Aún si no fuésemos cristianos, es impresionante y digno de estudiar un hombre que, habiendo nacido en un lugar remoto del medio oriente, en Belén, sin haber viajado nunca más de 200 millas de su lugar de origen, sin haber asistido nunca a una universidad, sin haber escrito nunca un libro —y yo agrego: sin haber sido rico nunca—, sea el hombre que más haya impactado a la humanidad, y haya dividido el tiempo y la historia en dos, y hoy hasta los incrédulos y los ateos tienen que mencionar 'antes de Cristo' y 'después de Cristo'."
Me choca, todavía me choca, que tanta gente, incluyendo cristianos, hoy en día todavía piense que la grandeza humana está en el dinero, o en la fama, o en el reconocimiento humano, o en lo que podamos obtener en este mundo. ¿De dónde viene esa idea que se mantiene firme en la mente de nosotros, a pesar de que tenemos testimonios de sobra de que ahí no está la grandeza?
Y en este tiempo de reflexión muere Michael Jackson, hablando de grandeza. Me choca, increíblemente, ver cómo un hombre que no sabía quién era, que se destruyó a sí mismo y terminó matándose, que hizo daño profundo a familias, a niños y a personas con su estilo de vida y su manera de vivir, hoy por hoy es el rey del pop, y es admirado, amado, querido por tantos. Dicen por ahí que uno tiene que guardarles respeto a los difuntos, y yo no creo que lo estoy irrespetando, sino solamente estoy haciendo una observación real de su vida. Michael Jackson hace veinte años que murió emocionalmente. Caminaba y no sabía quién era, no sabía para dónde iba, tenía tantos problemas que no tenía siquiera una identidad. Y terminó, incluso antes de los 50 años, dejando de cantar y de todo, porque su desorden de vida no le permitía mantener ningún tipo de disciplina.
Pero el mundo asocia la grandeza con el dinero, con la fama, con la popularidad. Ahí está Michael Jackson de ejemplo, de sobra, de que no es ahí donde está. Es un caso extremo; quizás muchos de nosotros digamos: "No, pero eso es un extremo." Bajémoslo un poco, pero en nuestro día a día todavía seguimos asociando lo verdaderamente importante a las cosas de este mundo: el reconocimiento a nuestro nivel, el reconocimiento humano, el logro profesional, el dinero, la acumulación. Y estamos dispuestos a ceder en nuestros principios y valores por tener un poco más, por lograr un poco más.
No solamente la vida de Jesús desafió este concepto; las enseñanzas de Jesús son explícitas en esta dirección. Lucas 12:15, Jesús dice: "Estad atentos y guardaos de toda forma de avaricia, porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes." Ese fue el primer pasaje que yo analicé y prediqué en la serie "Posesiones para la gloria de Dios." Se llamaba "La necedad del materialismo." La palabra ahí, "su vida no consiste en sus bienes", en el original "su vida" es su plenitud de vida. La satisfacción del ser humano no está en sus bienes, y lo que hemos tenido y lo que tiene mucho pueden dar fe de eso.
Mateo 16:26: "¿Pues qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero y pierde su alma? ¿O qué dará un hombre a cambio de su alma?" Las riquezas se han convertido en un enemigo de la fe. A tal punto que cuando Jesús hace una parábola, una de sus primeras parábolas —la parábola del sembrador— dice que el sembrador salió a sembrar y tiraba la semilla por diversos tipos de terrenos, significando y representando los diferentes tipos de reacciones que habrá en el mundo. De las cuatro reacciones que se espera que haya, hay una que está determinada por las riquezas; es decir, hay gente que rechazará el Evangelio y la obediencia a Cristo por su amor al dinero. Un 20% de la enseñanza de Jesús tuvo que ver con: "Cuídense del dinero, cuídense del dinero, cuídense del dinero, porque arropa el corazón."
Con respecto a la popularidad, en Lucas 6:26, Jesús dice: "¡Ay de vosotros cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, porque de la misma manera trataban sus padres a los falsos profetas." Cuidado cuando tú seas tan popular que a todo el mundo le caigas bien, cuando nunca hayas dicho: "No, hasta allí no llego. Esa línea no la cruzo. Eso no es posible. Eso no se puede. Eso está mal. Eso no es santo. Eso no es digno. Eso no es puro. Eso no se puede." Pero cuando todo el mundo nos apruebe, revisemos nuestra vida: ahí no está tampoco la grandeza de la vida.
Pero más explícitamente, hay un pasaje en Jeremías 9 que lo dice todo. Así dice el Señor, versículo 23: "No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni se gloríe el poderoso en su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza. Mas el que se gloríe, gloríese en esto: en que me entiende y me conoce." Por lo tanto, la grandeza no está en saber mucho, ni en poder mucho, ni en tener mucho. La grandeza está determinada por aquí: en que yo Le conozco. Y eso bien lo dijo Jesús en Juan 17:3: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado." Punto. Esa es la vida. Esa es la grandeza de la vida.
Entonces, en estos tres temas, ¿cuáles son mis conclusiones y mis reflexiones finales? En el primero, el temor por la seguridad financiera: no se preocupen. Dios proveerá para mí. Estoy en paz. No hay ninguna comodidad que yo desee para mí que Dios no quiera; lo que Dios quiera. Número dos, la supuesta nobleza del sacrificio que estoy realizando: no estoy haciendo nada que no me sea recompensado diez veces más. No estoy haciendo tal sacrificio. Si a alguien debemos mirar hacia atrás, es a Cristo: Él sí es un sacrificio. Y en el tercer tema, de la verdadera grandeza de la vida, le puedo decir que no necesito ser grande; ya mi Señor y Padre lo es, lo es lo suficiente como para yo dedicar mi vida a conocerle y servirle.
Actualmente, mi mayor deseo, como dice Piper en su libro No desperdicies tu vida, es que mi vida cuente para algo eterno, que Dios se complazca, y entiendo que dedicarme al ministerio es un paso de inicio en esta dirección. Hay una historia con la que quiero terminar, que está escrita en ese libro que les recomiendo: No desperdicies tu vida, de John Piper, en el capítulo "Probemos que Dios es más precioso que la vida misma."
Hay una historia que capturó mi corazón y me hizo ver algo que yo no había visto, y quizás me dio —yo diría— una visión de vida. La historia tiene que ver con un evento que sucede en la Segunda Guerra Mundial. Los marines americanos necesitaban tomar una isla que se llamaba Iwo Jima, en el centro del Pacífico. Esa isla era japonesa, estaba ocupada por 22.000 japoneses. Lo que pasaba era que desde ahí había ataques japoneses contra los americanos, y los americanos necesitaban tomar esa isla para poder controlar el espacio aéreo del Pacífico. Fue una batalla campal: murieron 26.000 marines norteamericanos en un día y 22.000 japoneses, 48.000 bajas en un día de parte y parte. La gran parte de los jóvenes que fueron luchando eran apenas adolescentes, y entregaron sus vidas por una causa que no tiene ni comparación con la causa de nuestro Dios.
Pero hay una historia en particular que tiene una tremenda lección para nosotros. A medida que la lluviosa mañana avanzaba y la lucha aminoraba en intensidad por momentos, los marines seguían cayendo; a menudo morían los mismos médicos que intentaban salvar las vidas. William Howes estaba agazapado junto a un enfermero llamado Kelly, que en un momento dado asomó la cabeza por encima del cerco protector para mirar con sus binoculares, buscando a un francotirador que atacaba el área. En ese momento, un disparo del francotirador le dio en la garganta a Kelly. William, que era ayudante de farmacia, luchó por salvar a su amigo.
Y escribe William: "Tomé mis fórceps y busqué en su cuello para detener la hemorragia de su arteria. Recuerda Howes: su sangre brotaba a borbotones. No podía hablar, pero me miraba fijamente. Sabía que intentaba salvar su vida. Hice todo lo posible. No pude salvarlo, pero lo intenté. La sangre era resbalosa, no podía llegar a la arteria. Lo intenté con mucho esfuerzo, y en todo momento el que estaba herido me miraba fijamente, directo a los ojos. Y lo último que hizo, mientras la sangre comenzaba a dejar de brotar, fue palmearme el brazo y decir: 'Está bien.' Y luego murió."
Agrega Piper —y es mi párrafo, lo hice mío para terminar—: en este impresionante momento, quiero ser Howes y quiero ser Kelly. Quisiera decirle a las personas, al mundo que perece y sufre: "Lo intenté con todas mis fuerzas, e hice todo lo que pude por mostrar a Cristo, para que muchos no se pierdan." Y si tengo que dejar lo que tenga que dejar, diez veces lo dejaría. Lo intenté con todas mis fuerzas. Y además quiero ser Kelly, para que cuando me muera y los que me rodean estén a mi lado, yo les pueda decir: "Está bien. El vivir es Cristo y el morir es ganancia."
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.