IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Si Dios te ofreciera concederte una sola petición, ¿cuál sería? La respuesta bíblica apunta hacia algo que rara vez pedimos: sabiduría. Santiago nos invita a evaluar si tenemos la sabiduría necesaria para conducirnos en la vida, y la evidencia de que creemos tenerla es que casi nunca la pedimos. Transitamos tomando decisiones —comprando, vendiendo, cambiando de trabajo, de residencia— sin consultar la sabiduría del cielo, confiando en nuestro propio entendimiento, algo que Proverbios prohíbe explícitamente.
La sabiduría que viene de Dios no es conocimiento ni habilidad; es la capacidad de ver la vida por encima del sol, desde una perspectiva celestial que evalúa todo a la luz de la eternidad. Una mujer que atravesaba la enfermedad de su esposo y sus propias dificultades de salud pidió algo revelador: que Dios le diera sabiduría para no desperdiciar lo que estaba viviendo. Entendió que cada circunstancia tiene un propósito divino que solo la sabiduría permite discernir.
Cuando Salomón recibió un cheque en blanco de parte de Dios, pidió únicamente sabiduría para gobernar, y esa petición agradó al Señor. Cristo enseñó lo mismo: buscar primero el reino de Dios, y todo lo demás será añadido. Pero Santiago advierte que debemos pedir con fe, sin dudar, no porque recibiremos exactamente lo que pedimos, sino confiando en que la respuesta de Dios siempre será mejor que nuestra petición. La oración no existe para que Dios entre en nuestros propósitos; existe para que nosotros entremos en los suyos.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Quiero comenzar a introducir mi mensaje de esta mañana. Yo comenzaba haciendo una pregunta; yo creo que es bueno hacer preguntas. Es la manera como Cristo frecuentemente enseñó, y nosotros aprendemos así. Tú haces preguntas y tú tratas de encontrar las respuestas. Y trata de que las respuestas no siempre sean respondidas solamente desde el interior tuyo, porque nuestro conocimiento es limitado.
Entonces, esta es la pregunta: si Cristo te diera la oportunidad en el día de hoy de concederte una sola petición, una sola, y la que sea que tú escojas —no importa si tiene que ver contigo, con tu matrimonio, con tus hijos, con el resto de la vida—, ¿cuál sería? Si lo piensas, si la contestas ahí dentro de ti mismo, la vamos a responder durante el servicio. La vamos a responder a partir de la Palabra de Dios.
Habíamos comenzado la serie sobre la carta de Santiago. Y dijimos que Santiago es una carta evidentemente práctica, que tiene enseñanzas directas, confrontadoras. Decía esta mañana, más temprano, que Santiago te dice la verdad sin anestesia. Y creo que él lo hace porque él entiende que hay ocasiones para que la verdad sea dicha con mansedumbre, con ternura, y hay otras ocasiones cuando simplemente necesita dejar caer el peso de la verdad y que la verdad sacuda nuestra mente y nos haga reaccionar.
Yo creo que la Palabra da testimonio a eso. Yo creo que Santiago pudo haber aprendido eso de su medio hermano Jesús, ya sea durante su vida o quizás lo aprendió después de su partida. Pero tú encuentras a Jesús que, en un momento dado, le traen una mujer tomada en adulterio, y básicamente en una forma muy típica de él para esas ocasiones, él le pregunta a la mujer: "¿Dónde están los que te acusaban?" Y ahí se ve que todo se ha ido. "Nadie te acusa", y él dice: "Yo tampoco." Y con una ternura que yo creo escuchar en eso, simplemente le dice: "Yo tampoco te acuso; vete en paz."
Sin embargo, este es el mismo Jesús que en otra ocasión te dice: "Y si tu mano derecha te hace pecar, córtala y tírala, porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo vaya al infierno. Si el ojo derecho te hace pecar, sácatelo, pues es preferible que entres tuerto y no que todo tu cuerpo se vaya al infierno." De una manera sumamente confrontadora que, por así decirlo, te sacude. La carta de Santiago es más o menos como eso: es una serie de verdades condensadas una detrás de la otra.
Uno de los distintivos de Santiago —algo que habíamos ya mencionado— es que la estructura de la carta de Santiago se parece mucho a la estructura de Proverbios, porque hay una serie de verdades que a veces guardan relación la una con la otra y otras veces no guardan ninguna relación. Sin embargo, una está delante, otra está detrás, y hay algo en el medio, como que tú dices: "¿Y esto, dónde encaja?" Bueno, Proverbios está escrito de esa misma manera.
Y es interesante, porque en la porción del día de hoy Santiago nos va a hablar acerca de sabiduría. De esa misma manera, el libro de Proverbios es sin lugar a dudas el libro que más nos habla de la sabiduría. De hecho, el capítulo 8 de Proverbios personifica la sabiduría, y muchos piensan que está hablando de Cristo en ese capítulo 8. Así de recurrente y de densa es la enseñanza allí acerca de la sabiduría. La Palabra de Dios habla de sabiduría en unas 141 ocasiones, decía uno de los autores consultados, y de esas, 41 veces están en el libro de Proverbios.
También es interesante porque, cuando tú comienzas a leer Proverbios, escucha lo que el autor dice al describir el propósito por el que escribió: "Para aprender sabiduría e instrucción, para discernir dichos profundos, para recibir instrucción en sabia conducta, justicia, juicio y equidad, para dar a los simples prudencia y a los jóvenes conocimiento y discreción." Santiago, tempranamente en su carta, comienza a hablarnos de la necesidad que tenemos de manejar la vida con sabiduría, de tener la capacidad de separar la paja del grano, por así decir.
Si pensamos en Proverbios, porque se entiende que él habla de sabiduría, y Santiago va a hablar de esa sabiduría, entonces, ¿qué es la sabiduría de acuerdo al libro de Proverbios? Se pudieran decir muchas cosas, pero rápidamente, de manera breve, pudiéramos decir que, de acuerdo con el autor de ese libro, la sabiduría es la capacidad de juzgar correctamente —eso es número uno—. Y una vez hecho el juicio correcto, entonces la capacidad de seguir un curso de acción que va a complacer a Dios, porque ese es el curso de acción que garantiza los mejores resultados. Piense en eso.
Me gustaría recordarles lo que dijimos en el mensaje anterior para luego introducirles en el mensaje de hoy, para que puedan ver la conexión con todo lo que hemos dicho hasta ahora. En el mensaje anterior hablamos de cómo Santiago nos invita a considerar como sumo gozo las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia. Y ahora el versículo 4 me dice: "Y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que sean perfectos y completos, sin que nada les falte." La idea es que la tribulación produzca un grado de paciencia donde, perseverando en esa paciencia, se termine formando un hombre completo, maduro, sin que nada le falte.
Y noten que después de esa frase —"sin que nada les falte"— viene la siguiente, que tiene que ver con nuestro texto en los versículos 5 al 8: "Y si alguno de ustedes le falta sabiduría —sin que nada le falte, pero si a alguno le falta sabiduría—, que se la pida a Dios, que da a todos abundantemente y sin reproches, y se la dará. Dice Santiago: 'Pero que pida con fe, sin dudar, porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor, siendo hombre de doble ánimo, inestable en todos sus caminos.'"
Cuando tú abordas un texto, en esencia, si tú quieres obtener el mejor resultado de tu lectura, puedes hacer dos preguntas: una, ¿de qué habla el texto?; y dos, de eso de lo que habla, ¿qué está diciendo? Ese es el ejercicio para este texto. ¿De qué habla? Habla de dos cosas, y luego tengo que preguntarme de esas dos cosas qué dice. Habla de sabiduría —el autor Santiago tiene varias cosas que enseñarnos, y la Palabra también— y la otra es cómo pedir esa sabiduría y la relación que guarda con la fe.
Ahora la pregunta es: ¿qué dice de esa sabiduría? Bueno, en primer lugar, me dice que debo hacer un inventario de si tengo o no tengo sabiduría suficiente. "Si a alguno le falta sabiduría", tengo que preguntarme: ¿qué tengo o no tengo para conducirme en la vida? Si a alguno le falta sabiduría, entonces, después que tú hagas esa evaluación y concluyas, luego puedes proceder a pedir.
Y yo creo que eso es importante, porque la mayoría de las veces nosotros asumimos que tenemos la sabiduría requerida para liderar nuestras vidas y transitamos tomando decisiones continuamente sin nunca consultar la sabiduría del cielo, descansando en nuestro propio entendimiento, lo cual está prohibido en Proverbios 3:5. No debo descansar en mi propio entendimiento ni confiar en mi propia sabiduría. Nosotros nos conducimos en la vida la inmensa mayoría de las veces sin contar con la sabiduría del cielo. Y lo hacemos así porque somos impulsivos, somos poco reflexivos, somos impacientes. Corremos por la vida sin pensar que nos falta sabiduría.
Yo creo que la mayoría de las veces nosotros tomamos decisiones de todo tipo: compramos, vendemos, invertimos, nos cambiamos, nos vestimos, cambiamos de trabajo, cambiamos de lugar de residencia, y luego vamos a Dios. Y Él me dice: "Mira, ahora yo vivo en España." Tú me puedes decir si era aquí. Y Él dice: "Yo nunca hablamos de eso. Tú nunca me consultaste acerca de eso." De manera que yo necesito comenzar a entender y a cambiar muchas cosas. Hasta que nosotros no veamos las cosas a través de los lentes de la Palabra, no querremos que nos falte sabiduría.
La mejor evidencia de que nosotros no creemos que nos falta sabiduría es el hecho de que, si piensas, probablemente por cada cien veces que has pedido por algo, quizás una vez pediste por sabiduría, o quizás ninguna. Lo cual implica: "Yo puedo, yo sé, no necesito." Aunque Él nos dice: "Evalúate." A veces es verdad que puedes, más no es la realidad. Es como yo te dije en una ocasión más reciente: cuando pienso en mí mismo, yo necesito sabiduría para preparar un sermón y luego para predicarlo. Yo necesito sabiduría para enseñar en otros lugares que no son un púlpito, por así decirlo. Necesito sabiduría para aconsejar, para planificar mi vida o planificar junto con los demás pastores de la iglesia, para pastorear, para ser esposo —cuarenta y tantos años después—, que créanme, es complicado. De hecho, sabiduría para liderarme a mí mismo, créanme, y a otros. Yo necesito sabiduría para tratar a mis pacientes como médico, y con ellos, a veces, con frecuencia oro junto con ellos pidiendo esa sabiduría.
Y es por eso que, tratando de responder la pregunta inicial —si tuvieras una sola cosa que pedirle a Dios—, realmente la petición de mayor valor que puedes hacer es: "Dame sabiduría." La presencia o ausencia de sabiduría afecta toda tu existencia de manera absoluta: toda tu existencia, todos tus pensamientos, todas tus decisiones, todo lo que vas a hacer, todo lo que vas a decidir, cómo vas a criar, cómo vas a hacer cada una de las cosas a lo largo de tu vida.
Miren la importancia que esto tiene: si tú miras hacia atrás, te percatarás de que cada error que has cometido en el pasado, o cada pecado, reflejó una falta de sabiduría. Soy cierto de ti, es cierto de mi persona. Cada cosa que hayas hecho bien en el pasado estuvo relacionada de una u otra manera con la sabiduría.
Y si eso es verdad, y lo es, yo creo que vale la pena preguntarnos, a la luz de lo que la Palabra revela, de lo que Santiago nos está tratando de enseñar: ¿qué es la sabiduría? La sabiduría no es conocimiento, la sabiduría no es habilidades. Personas ateas pueden y tienen frecuentemente mucho conocimiento y muchas habilidades, y muchas veces tienen ambas cosas. La sabiduría, de acuerdo a lo que Dios ha revelado, viene de Dios.
De hecho, el autor de Proverbios nos dice que el temor del Señor es el principio de la sabiduría. La sabiduría comienza en la manera en que tú conoces a Dios, e incluso tiene que ver con el temor del Señor, no solamente con la manera como lo conoces y lo reverencias, sino como te sometes a su ley. Es una capacidad —la sabiduría que viene de Dios— una capacidad especial que Dios concede a aquellos que le buscan, que te permite, en primer lugar, discernir la verdad del error. Te permite ver las opciones disponibles, porque muchas veces tomas una decisión y luego viene alguien y te dice: "¿Pero qué, no existe esto?" "Yo ni lo pensé." ¿No? Porque no viste la opción disponible. Te permite ver los beneficios y las consecuencias posibles de un curso de acción o de otro. Es la decisión tomada con sabiduría de lo alto lo que termina agradando a Dios, bendiciendo tu vida y la vida de otros. Pero la que viene de Dios, no la que tiene que ver con tu propio entendimiento.
Entonces, en la medida en que Santiago me dice que si te hace falta sabiduría pidas, necesito hacer alguna evaluación —¿la tengo, no la tengo?—, y luego necesito entender realmente qué es la sabiduría. Y luego necesito pensar: ¿para qué es que yo necesito sabiduría? Y mientras más pasan los años, mientras más vivo mi propia vida cristiana, mientras más entiendo lo que estaba ahí pero quizás no entendí tanto así en el pasado, más me percato de que un problema fundamental de los hijos de Dios es que no acaban de entender que pertenecen a un reino que no tiene nada que ver con este que está aquí abajo. Que ese reino tiene un Rey, que ese Rey es soberano, que ese Rey tiene siervos, y que el Rey que tiene siervos nos ha dejado aquí primordialmente para buscar los intereses del reino y no los intereses míos. Mientras yo no entienda eso, yo no voy a vivir sabiamente.
Cuando el Rey se encarnó, antes de ir a la cruz, nos dejó claramente la enseñanza de que mi función como miembro de ese reino es solo una: es buscar el reino de Dios primero, y todo lo demás se me daría por añadidura. Entender eso y vivir conforme a esa verdad es un entendimiento que solamente Dios puede proveer. Por eso Santiago está diciendo que uno necesita sabiduría para vivir la vida. Uno necesita sabiduría para vivir la vida, porque para comenzar, la vida y el rol que te toca jugar no tienen que ver, con frecuencia, con cómo tú la entiendes. Y eso es verdad para todos nosotros, que tenemos que seguir creciendo en esa área.
Tú tienes que pedir sabiduría, tienes que pedirla a Dios, no solo porque Él es la fuente de sabiduría, sino porque nuestro Dios se deleita en darte sabiduría en abundancia. De ahí entonces el título de mi mensaje: "La sabiduría: una petición que Dios se deleita en conceder." No es que Dios termina otorgándola a regañadientes; es que Él se deleita en que tú vengas a buscarla. Yo necesito sabiduría para amar lo que Dios ama, porque muchas veces ni siquiera tengo claro qué es lo que Dios ama. Yo necesito sabiduría para decidir a favor de los intereses del reino y no a favor de mis propios intereses. Yo necesito sabiduría para someterme debidamente al Rey, porque muchas veces pensamos que estamos viviendo sometidos y estamos viviendo todavía en rebelión.
Hermanos, lo que ya está claro en la Palabra de Dios es que la sabiduría de la que Santiago está hablando, de la que el libro de Proverbios habla y de la que el resto de la Palabra habla, no tiene nada que ver ni con mis deseos, ni con mis emociones, ni con mis anhelos, ni con mis sueños, ni con mis ambiciones, ni con mi capacidad intelectual. Nada de eso. Depende exclusivamente de la voluntad de Dios, que es revelada por medio del Espíritu y que el mismo Espíritu me ayuda a quererla y luego a obedecerla. Como Dios tiene sabiduría infinita, Él puede darla abundantemente a tantas personas como Él decida, y al final tiene tanta sabiduría como la que tenía cuando comenzó a repartirla.
Y si la sabiduría viene de Dios, como estamos diciendo, y solamente de Dios, tendremos que preguntarnos pastoralmente: ¿un incrédulo no podría tener sabiduría? ¿O un cristiano que realmente dice ser cristiano, pero no estamos seguros de que lo sea, no podría tener sabiduría? Yo creo que mucho de lo que vemos y llamamos sabiduría es más bien sagacidad. De hecho, Cristo usó una parábola y habló de incrédulos que eran sagaces. Yo creo que es más sagacidad. La persona sagaz es hábil en sacar provecho de las circunstancias, ocasiones y oportunidades de este mundo. El sagaz tiene el interés humano en el centro de sus decisiones. El sabio tiene el reino de Dios y su justicia en el centro de esas mismas decisiones. Al sagaz le va bien en este mundo. En la parábola que Cristo usó —no voy a entrar en ella para no desviarme mucho—, en esa parábola sobre la sagacidad de los hijos del mundo, a ellos les fue bien en este mundo. Pero al sabio le va bien en el mundo venidero. El reino de Dios y su justicia están en el centro de la voluntad de Dios y están en el centro de la vida del hombre sabio. En el centro, no formando parte de, sino como la parte esencial.
Santiago dice: si tú necesitas sabiduría para manejarte en la vida, entonces pídela a la fuente. Déjame decirte lo que la fuente ha dicho con relación a su sabiduría. Eclesiastés 2:26 dice que a la persona que le agrada, Dios le ha dado sabiduría, conocimiento y gozo. El autor de Eclesiastés, que es también el autor de Proverbios —Salomón, según lo entendemos— dice que la sabiduría viene de Dios; es verdad que Él es quien la da. Pero no la da indiscriminadamente. Escucha: a la persona que le agrada. Y Santiago, entonces, viene a ratificar eso: ¿Cómo es la fuente? Pues el que se deleita también en darla abundantemente. Entonces, pídela.
Y aquí en esta enseñanza está la dosis: Dios la da, la da en abundancia, se deleita en darla, pero a aquel a quien le agrada. De manera que en mi vida de obediencia aumenta mi sabiduría. Y al mismo tiempo, no puedo obedecer correctamente si me falta sabiduría, porque necesito saber cómo vivir de acuerdo a Su Palabra. Proverbios 2:6 dice que Dios da la sabiduría. Proverbios 4:7 dice: "Lo principal es la sabiduría." O sea, que sea tu petición primera. Mira cómo la Nueva Traducción Viviente traduce ese mismo Proverbios 4:7: "Adquirir sabiduría es lo más sabio que puedes hacer." Como que en esa traducción no había otra palabra para decirte que es lo más principal. Entonces, adquirir sabiduría es la cosa más sabia que tú puedes hacer.
Proverbios 18 nos habla de que la sabiduría de lo alto me enseña a obedecer. Me enseña a obedecer. Pero lo que les ya dije es que cuando yo obedezco —para decirlo de otra manera— cuando yo obedezco, más sabiduría obtengo. Es un círculo virtuoso, no vicioso, virtuoso. Entonces yo necesito caminar en obediencia para ser bendecido con sabiduría, y a la vez, vivir en obediencia me bendice con más sabiduría. La sabiduría te permite ver la vida de una mejor manera, te permite pensar más prudentemente, te permite ver los tropiezos en el camino, cómo evitarlos y las posibles consecuencias. El autor de Proverbios nos dice también en 11:2 que la humildad conduce a la sabiduría. Claro que la humildad conduce a la sabiduría, porque el orgullo es el que confía en su propio entendimiento, y por eso no puede llevar a la sabiduría.
Proverbios 16:16 nos dice que el valor de la sabiduría es mayor que el del oro, como una forma de compararla con lo que los hombres consideran más valioso en esta tierra. Y la razón, hermanos, es sencilla: tu vida entera, con todos sus triunfos y sus fracasos, depende de la manera como manejamos esa vida, de si la manejamos con sabiduría. La sabiduría que Dios concede es la sabiduría que te permite ver la vida por encima del sol. Cada vez que yo veo la vida por debajo del sol, me falta sabiduría, y mucha.
Pensé en esta canción que nosotros cantamos con frecuencia, que compuso nuestro hermano Jonathan, que se llama "Por encima del sol." Escucha las primeras líneas, porque literalmente, aunque esa canción parece sencilla, tiene en las primeras líneas mucha profundidad. Escucha: "Por encima del sol, hay una vista real." Por debajo del sol, que es la visión de aquí, la visión horizontal que tiene la humanidad, es irreal la vista de la vida. De allá arriba la vida se puede ver como es en verdad. Por debajo del sol, la visión que tú tienes de la vida no es la verdad, está distorsionada. Es como el lápiz dentro del agua: tú lo ves a través del agua y está torcido. Así se ve la vida. "Una visión celestial de todo lo terrenal." La visión por encima del sol te permite ver todo lo terrenal, todas las actividades de la tierra, como verdaderamente Dios las ve. "Toda la historia" —esto es clave— toda la historia se ve a la luz de la eternidad.
La cruz no se evalúa a la luz de una noche de un viernes. No, se evalúa a la luz de la eternidad. Tus fracasos, tus tropiezos, tus éxitos o no, no se evalúan a la luz de un título, de un certificado, de un diploma, de una posición que te den o no te den. Se evalúan a la luz de la eternidad. "Con los talentos, oportunidades y llamado que yo te di —esos son los talentos de la parábola de los cuales Cristo habló—, ¿qué tú hiciste, Miguel? Con los cinco talentos que yo te di, ¿qué me entregaste?" "Bueno, te entregué uno." "¿Qué hiciste con los otros cuatro?" "Los perdí." "¿Y con los dos talentos que te entregué, qué tú hiciste?" "Bueno, aquí hay cuatro, Señor." "Bien, siervo fiel. Entra en el reposo de tu Señor."
Ya confíenlo poco; bueno, mucho deben decir algo. Y con el talento que yo te di, ¿qué hiciste? Bueno, yo creía que tú eres un amo no muy bueno. Yo lo escondí para que no se perdiera, pero no hice nada con él. Tampoco lo invertí, tampoco lo multipliqué. Aquí está, Señor. Condenado.
Todo se volvió a la luz de la eternidad. Esa sabiduría es la capacidad de ver toda la vida —incluyendo el ministerio, pensando en nosotros, la vida de negocios, los deportes, el entretenimiento, el noviazgo, el matrimonio, las finanzas, los placeres y todas las ofertas del mundo— a la luz de la eternidad. Y eso será en el día de rendición de cuentas. Aquí están sobre la mesa todo lo que te proveí; vamos a ver cómo lo usas.
Y si es cierto, y lo es, yo no quisiera desperdiciar nada. Porque toda actividad humana —nótese la palabra "toda"—, toda actividad humana luce de una manera por debajo del sol y de otra manera muy distinta por encima del sol. Literalmente hablando. Y por consiguiente, si yo no manejo la vida en las diferentes estadios en que me encuentro sabiamente, voy a desperdiciar muchas cosas, muchas oportunidades.
Mira esta historia. La cuenta Warren Wiersbe en su comentario sobre el libro de Santiago, acerca de una de sus asistentes. Ella había tenido un accidente cerebrovascular y había sufrido cierto daño cerebral. Poco tiempo después, su esposo había quedado ciego y poco tiempo después fue ingresado al hospital, y nadie pensaba que iba a sobrevivir la hospitalización. Mientras ella estaba atravesando todas esas circunstancias, se encontró con ella en la iglesia y le dijo: "Fulana, mira, quiero que sepas que estoy llorando por ti, te tenemos muy presente." Y ella le preguntó al pastor: "¿Qué usted le está pidiendo a Dios?" Qué atrevida la pregunta. Y el pastor le dijo: "Bueno, que te fortalezca, te sostenga, etcétera, etcétera." Y ella le dijo: "Pídale a Dios que me dé esa sabiduría para que yo no desperdicie todo esto que estoy viviendo."
Eso es una mujer sabia. Eso es una mujer que sabe que no hay nada fortuito, que no hay accidente, que en el reino de los cielos solamente hay citas —citas que Dios me ha hecho para que yo las viva, para que yo pase a través de ciertas circunstancias de manera que Él me pueda encontrar allí y allí producir un fruto en mí y a través de mí. Y esta mujer entendió perfectamente la sabiduría que Dios provee: "Pídale a Dios que me dé a mí la sabiduría para que yo saque el provecho que Él tiene en su mente acerca de estas circunstancias por las cuales yo estoy atravesando." Eso es la sabiduría. Santiago dice: por esa sabiduría tú debes pedir.
Y luego entonces, te dije que Santiago hablaba de dos cosas: esa sabiduría, y hablaba de ¿qué cosa? De oración, de pedirla y de cómo pedirla. Yo creo que veamos ahora en el tiempo que me queda la conexión entre la oración, la fe y la sabiduría. Yo creo que esa señora ilustra perfectamente bien lo que implica orar con sabiduría en medio de la tribulación de que hablamos en el mensaje anterior. Y nosotros necesitamos sabiduría incluso para aprender a orar. Eso fue exactamente lo que los discípulos dijeron a Jesús: "Enséñanos a orar, porque no sabemos cómo."
Nosotros tenemos que seguir orando de esa manera. Nosotros somos capaces de pedir de forma errónea. Y mira, si tú miras hacia atrás —no sé si tú haces estos ejercicios, yo lo hago, lo he hecho, lo quiero seguir haciendo— yo miro hacia atrás. Yo quiero evaluar, no con un látigo en la mano, pero yo quiero evaluar cómo oré en el pasado para poder obtener sabiduría para el futuro. Tú vas a descubrir cuántas veces estuviste orando erróneamente. No solamente erróneamente, sino pecaminosamente.
Yo te he mencionado en otras ocasiones que yo no te exagero: a veces cuando yo oro, peco; cuando yo me arrepiento, peco. Claro, porque nosotros no tenemos sabiduría perfecta ni santidad ni piedad perfecta. Nosotros somos capaces de afirmar con los labios que Dios tiene la habilidad de sanar una enfermedad y al mismo tiempo dudar de que lo va a hacer. ¿Para qué lo pido? "Señor, yo sé que tú tienes el poder de sanar esta enfermedad", y luego salgo y digo: "Bueno, nunca se sabe." Es peor aún: nosotros somos capaces de orar por algo, que Dios conceda lo que pedimos, y luego preguntarnos si realmente eso fue respuesta a la oración. Si eres honesto, tú has estado ahí. Porque frecuentemente cuando las cosas ocurren, decimos: "Bueno, pasó ahora mismo, pero no sé, ¿verdad?"
Mira, eso está aquí en el libro de los Hechos. Te voy a resumir. Capítulo 12: Pedro está preso, la iglesia está reunida orando para que Dios libere a Pedro. Jacobo, el otro apóstol, ya era un mártir de la iglesia. No queremos a Pedro muerto también. Dios envía un ángel que lo saque de la cárcel. Pedro sale de la cárcel. La iglesia está orando en la casa de Juan Marcos. Pedro sale, el ángel lo guía hasta afuera y ya desapareció, lo dejó en la calle. Pedro comenzó a caminar hacia la casa de Juan Marcos, y al llegar a la casa de Juan Marcos, toca la puerta. Va a abrir la sierva de la casa, Rode. Abre, se da cuenta de que es Pedro, se impresionó tanto, se emocionó tanto, que no le abrió la puerta, dejó a Pedro afuera, salió corriendo y volvió donde estaban orando: "¡Es Pedro, que está ahí a la puerta!"
Ya había ahí la respuesta. ¿Por qué era que estaban orando? Que Dios liberara a Pedro. Oye, Pedro está a la puerta. Le dicen que Pedro está a la puerta. Escucha la respuesta: "¡Estás loca!", le dijeron ellos. Pero ella insistía en que así era, y ellos decían: "No, es un ángel." O sea, prefiero creer que es un ángel —por el que yo no oré— que Pedro —por el que estoy orando—. Quién está loco aquí. Pero Pedro continuaba llamando, y cuando ellos abrieron lo vieron y se asombraron. Igualito que Tomás: ver para creer.
Nosotros no somos muy diferentes. El corazón humano es incrédulo, incorregiblemente incrédulo. Le pasó a esta gente. Lo que Santiago está diciendo, esa mente de doble ánimo: creyeron lo suficiente para clamarle a Dios, pero no creyeron suficiente para convencerse de que Dios había respondido a sus oraciones. Y eso es como una ola: oro a Dios, no le creo a Dios. Nosotros tenemos que pedir con sabiduría y tener fe.
Nuestras oraciones más frecuentes en medio de la tribulación son que termine. Queremos salir de ellas. Y a veces es algo en lo que yo pudiera quedar bien parado, que no se sepa nada; yo estoy pidiendo muy egocéntricamente. Lo que necesito pedirle a Dios es que me ayude a aprender todo lo que necesito aprender, todas las razones por las cuales Él me permitió entrar en esa tribulación, para que yo salga más sabio. Ya he dicho: prueba. Cada circunstancia que tú y yo atravesamos apunta a algo que Dios quiere hacer en ti. No es fortuita. Está tratando de producir un fruto en nosotros que no se produciría de ninguna otra manera.
Y si es así, no es necesariamente un camino corto; a veces no lo es, porque ahí están los 40 años del pueblo judío. Pero era el único camino de producir en ellos lo que Dios quería producir. A la luz de lo revelado en las Escrituras, a la luz de lo que vengo diciendo, a la luz de lo que Santiago reveló, la necesidad de pedir sabiduría es evidente.
Y a la luz de la pregunta inicial —si tú tuvieras una sola cosa que pedirle a Dios y Él te garantizara que te la va a dar, ¿cuáles serían esas palabras?— revisemos esta historia. Tú la conoces, pero vamos a revisarla. Segunda de Crónicas, capítulo 1, versículos 7 al 12, y está también en 1 Reyes 3 con algunas variantes.
"Esa noche Dios se apareció a Salomón y le dijo: 'Pide lo que quieras que yo te dé', lo que tú quieras." Ahí está un cheque en blanco. "Entonces Salomón dijo a Dios: 'Tú has mostrado gran misericordia con mi padre David y me has hecho rey en su lugar. Ahora, oh Señor Dios, tu promesa a mi padre David se ha cumplido, porque me has hecho rey sobre un pueblo tan numeroso como el polvo de la tierra. Dame ahora sabiduría y conocimiento para que pueda salir y entrar delante de este pueblo, porque ¿quién podrá juzgar a este pueblo tuyo tan grande?'" "Y dijo Dios a Salomón: 'Por cuanto esto estaba en tu corazón, y no has pedido riquezas ni bienes ni gloria, ni la vida de los que te odian, ni aún has pedido larga vida —que es lo que nosotros siempre vivimos pidiendo—, sino que has pedido para ti sabiduría y conocimiento para poder gobernar a mi pueblo sobre el cual te he hecho rey, sabiduría y conocimiento te han sido concedidos. También te daré riquezas, bienes y gloria, hasta lo que como tú no la tuvieron ninguno de los reyes que fueron antes de ti ni los que vendrán después de ti.'"
Tienes una petición y te la voy a dar. Salomón dice: "¿No tengo que manejar la vida, manejar esta posición? Dame sabiduría." Salomón entendió, antes de que Cristo viniera, que tú necesitas buscar una sola cosa: el reino de Dios primero, y todo lo demás se te va a dar por añadidura.
¿Tú piensas que Dios se complació con esa petición de Salomón? Bueno, el pasaje paralelo de 1 Reyes 3 habla del mismo acontecimiento y dice: "Fue del agrado a los ojos del Señor que Salomón pidiera esto." A Dios le agradó que Salomón no pidiera ni riqueza ni bienes ni gloria ni fama ni nada material. El Señor está más inclinado a concederte sabiduría que cualquier otra petición que tú y yo hagamos probablemente.
Para amar a Dios, yo necesito sabiduría para saber cómo lo hago. Para obedecer a Dios, yo necesito sabiduría para discernir su voluntad, y una vez discernida, para ver la mejor forma de llevar a cabo esa voluntad. Yo necesito sabiduría para obedecer. Yo necesito sabiduría para evitar las tentaciones. Cuando pasé por ciertas ocasiones, no las evité a tiempo para ver las tentaciones.
Bueno, pero tampoco la evité a tiempo. Voy a conquistar las tentaciones. Date cuenta de cuánto yo necesito sabiduría. Cuando tú pides sabiduría solamente, como Salomón lo hizo, hay un elemento más vital que es importante para Dios: es que tú has demostrado que tú confías en el carácter de Dios. De tal manera que tú entiendes que Dios puede ser confiado para proveer todo lo demás, por lo cual tú no pediste, pero que Cristo te dijo que no te preocupara, que Él lo proveería.
Nosotros tenemos más información que la que Salomón tenía, porque Cristo vino y nos enseñó directamente a no pedir por las cosas de este mundo ni las cosas materiales. Nos incentivó a olvidarnos de este mundo. Por así decirlo, déjame leerlo de nuevo de la Nueva Traducción Viviente, Mateo 6:31-32, y luego te digo cómo es que tú lo recuerdas de manera usual. Este es el texto: "Así que no se preocupen por todo esto diciendo: ¿qué comeremos?" Ahí está lo material. "¿Qué beberemos? ¿Qué ropa nos pondremos?" Esas cosas, escucha ahora, esas cosas dominan el pensamiento de los incrédulos. "Pero su Padre celestial ya conoce todas sus necesidades." Notaste: "Pero su Padre celestial ya conoce todas las necesidades. Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleven una vida justa" —esa es la justicia de que habla el texto— "y Él les dará todo lo que necesiten."
El texto, como tú lo conoces, dice: "Busca el reino de Dios primero y su justicia." Busca el reino de Dios y su justicia implica que uno viva una vida justa, y Dios se encargará de suplir todo lo demás que necesite, y todo lo demás se dará por añadidura, que es como usualmente lo reconocemos. Quizás eso nos deja ver, más bien, por qué nuestras oraciones frecuentemente son tan inefectivas: porque pedimos por las cosas añadidas y olvidamos el reino de los cielos. Ponemos la carreta adelante y el caballo atrás. Y como el caballo lo que sabe es jalar, no sabe cómo empujar la carreta.
Pedimos por las necesidades de este mundo continuamente, que Dios prometió llenar de manera natural, y el reino de Dios, que tiene que ver con su voluntad, lo dejamos al final. El problema es que frecuentemente entiendo mal. No es que no entiendo; entiendo algo central, que amén. Entiendo lo que yo quiero y no lo que Dios tiene para mí. Salomón me entendió perfectamente de qué se trata y pidió sabiduría solamente para gobernar.
La vida de Salomón con relación a la sabiduría nos ilustra, nos enseña varias cosas. No las puedo enumerar todas porque no tengo el tiempo, pero nos enseña obviamente que la sabiduría viene de Dios. Si la pides, Dios te la da; y a Dios le agrada dártela en abundancia, tal cual dice Santiago. Pero la vida de Salomón ilustra algo que frecuentemente la gente no se percata. Es que una de las diferencias entre conocimiento y sabiduría es la siguiente: si yo aprendí que dos más dos son cuatro, tres por cuatro son doce, si yo mañana me descarrío voy a seguir sabiendo eso, que dos más dos son cuatro, tres por cuatro son doce. El conocimiento yo lo retengo aunque no guarde una relación estrecha con Dios.
La sabiduría no. Yo no tengo sabiduría intrínseca. La sabiduría es dependiente todo el tiempo de mi cercanía con Dios. Es como la manguera: tú la conectas a una fuente, como una cisterna que tiene mucha agua y compresión; mientras esté conectada fluye, pero cuando la desconectaste se acabó el agua. Cuando Salomón oró, Dios le dio una sabiduría extraordinaria. Cuando se desconectó de Dios, en buen dominicano, se volvió un ocho: tomó todas las decisiones erradas del mundo, y su sabiduría desapareció, porque él no la tiene por sí mismo. Y la razón es buena: el pecado nos aleja de Dios, la fuente de sabiduría. Ustedes han oído en la calle, y yo lo he oído, el dicho coloquial: "el pecado embrutece." Bueno, más o menos, porque nos desconecta de Dios. Y ya de ahí en adelante, toda la decisión que yo pueda tomar está sujeta a evaluación.
Santiago dice: "Pide sin dudar." Yo no creo que Santiago me está diciendo: "Pide sin dudar porque todo lo que pidas, Dios te lo va a dar." No, yo estoy seguro de que Santiago no puede decir eso, porque él sabe otras cosas que están en la Palabra. Lo que Santiago está diciendo es: "Pide sin dudar en el carácter de Dios, creyendo que cuando Dios responda —no si responde, cuando responda— su respuesta será mejor que lo que tú has pedido." Cristo también nos dio como cheques en blanco. No dije cheques en blanco con monto; dije cheques en blanco. Mira cómo. Lucas 11:9: "Y yo os digo: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá."
Nota lo que el texto no dice. No dice: "Pide lo que quieras y te dará lo que tú quieres. Busca lo que tú entiendas y tú vas a encontrar exactamente lo que buscas. Llama y seguro que la puerta que tú estás tocando se va a abrir." ¿Es eso lo que el texto dice? Te voy a decir lo que el texto implica, a la luz de lo que Cristo enseñó y de lo que Santiago está diciendo. "Pide, y se te va a dar." Y ahora tienes que confiar en el carácter de Dios, que cuando recibas lo que recibas, aunque no sea lo que tú estás pidiendo, será mejor que lo que estabas pidiendo. "Busca, y tú vas a encontrar." Y cuando encuentres, aunque no te guste, cree en el carácter de Dios, que te ha llevado a encontrar algo muy superior a lo que andabas buscando. "Toca, y espera." Y la puerta que Dios quiere que se abra será abierta.
Dios es extraordinariamente bondadoso. Que tú toques esta puerta y Dios te abra una puerta del lado izquierdo: tú estás tocando aquí, pero aquella otra puerta se abrió de par en par y salió una luz que dice "es aquí." Y hay alguien que sigue tocando la otra. Eso es nuestro Dios. "Pero no la veo." ¿Sabes por qué no la ves? Porque prefieres tapar la luz que viene de allá para seguir tocando aquí, porque esta es la puerta que tú quieres. Santiago dice no: ese es un hombre de doble ánimo, es como la ola del mar. Este hombre no va a recibir nada de parte de Dios.
Y yo no creo que Santiago se está refiriendo a esa duda fugaz que a veces llega y se va de nosotros. No, yo creo que se está refiriendo al hombre que continuamente tiene esa duda acerca de la vida, de si Dios, de si su voluntad, de todo. Porque yo digo eso porque el texto dice que es un hombre de doble ánimo, inestable en todos sus caminos; o sea que por donde quiera que anda hay una inestabilidad. Llevamos miles de años dudando del carácter de Dios. Es terrible. Ciertamente la depravación total del hombre la comprobamos todos los días. Adán y Eva, sin pecado, dudaron de Dios. Sin tener pecado, ya comenzaron a decir: "Prefiero creerle a esta serpiente." Lo hemos dicho mil veces, y nosotros seguimos dudando.
Si nosotros oramos y no logramos lo que estamos pidiendo, en seguida comenzamos: "Dios no me ama. Dios se olvidó de mí. Dios no me oye." Para ti, hombre, yo creo que soy un estorbo a Dios. Yo creo que Dios me abandonó. No se nos ocurre pensar que aun en el silencio de Dios —el aparente silencio— Dios tiene el mejor bien en su mente, en su corazón, para mí. ¿Sabes por qué no lo pensamos? Porque no creemos en el carácter de Dios. Nunca se nos ocurre pensar que estamos pidiendo mal. Nunca se nos ocurre pensar que estamos pidiendo con doble ánimo. No; saben qué hacemos: lo mismo que hizo Eva. Dios dijo que no comiera de ahí. Mi propio entendimiento me dice otra cosa. Yo voy a actuar conforme a mi propio entendimiento y negaron la sabiduría.
Sara no creyó que Dios le iba a dar un hijo porque ya estaba muy avanzada en edad. Su propio entendimiento le dijo que mejor le daba a su criada para que tuviera un hijo con él, o si no, no hay heredero. Moisés, cuando Dios lo llamó, también dudó porque su propio entendimiento le decía: "Yo no sé hablar bien y yo no puedo ir para allá." Juan el Bautista, el introductor del Mesías, está en la cárcel, y en su propio entendimiento dice: "Pero si yo soy el introductor del Mesías y estoy en la cárcel, esto no tiene sentido." Por eso le dice a sus discípulos que vayan con su pregunta: "¿Eres tú el que había de venir o tengo que esperar a otro?" Pedro le pide al Señor que le permita caminar sobre las aguas; sale, camina sobre las aguas, y comienza a hundirse. ¿Qué le dice el Señor? "¿Por qué dudaste? No entiendo, Pedro; ya tú saliste de la barca, ibas caminando bien, y entraste en duda." Eso es; comenzó a hundirse. Mis dudas me hunden, te hunden, en tus tropiezos, en tus fracasos, en tus desobediencias, en tus terquedades, o en las mías.
Tomás dudó de la resurrección. Cinco veces Cristo dice "hombre de poca fe" en el Evangelio de Mateo. Y en una ocasión el texto nos dice que Cristo no hizo muchos milagros allí a causa de la incredulidad de ellos, Mateo 13:58. La incredulidad disminuyó el número de milagros. Quizás mucho de lo que yo no veo pasar en mi vida se debe a mi incredulidad también. Aquí al final del primer servicio, a alguien se le pasó no descubrir que sí tenía todas esas cosas que hacemos y que suenan bien. Comenzó a pedir perdón y no tuvo que tallarse. Simplemente confió y pidió perdón. "Señor, perdón, yo tengo incredulidad y tengo que verla en mí. Abre mis ojos para yo ver la vida como tú la ves, por encima de lo que yo veo, y déjame ver lo que te complace, déjame ver lo que te agrada, déjame ver tu voluntad y déjame el deseo de querer hacerla. Yo sé que el Espíritu está en mí; parece que lo estoy resistiendo. Déjame obedecerle, déjame someterme."
Porque yo sé que Hebreos 11:6 dice que sin fe es imposible agradar a Dios. Yo tengo que creerte por lo que tú has dicho. Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe —pero eso no es lo único— y que Él es galardonador de los que le buscan.
Que Dios es recompensador, que tu búsqueda no va a ser en vano, y como tú pides vas a recibir, y cuando busques vas a encontrar, cuando toques se te va a abrir, en las dimensiones de que hablamos.
E. M. Bounds te ha hablado de otros temas. Quizá una de las personas que más escribieron acerca de la oración —400 páginas, quizás, en su libro sobre la oración— dice: "La oración es totalmente dependiente de la fe. Virtualmente, la oración no tiene asistencia aparte de la fe." Yo ya esto, que es lo mismo que Santiago dice: no logra nada a menos que la fe sea su compañero inseparable. La oración no consigue nada a menos que la fe sea su compañero inseparable.
Pastor, ¿y cómo yo hago crecer mi fe? Bueno, yo no puedo confiar en alguien que no conozco bien, lo que implica que mi fe crece en la medida en que yo conozco a Dios. Tú conoces más a Dios, de manera natural vas a tener más fe en Dios. Mientras más conoces a Dios, de hermano, más tú vas a querer lo que Dios desea para ti y no lo que tú quieres. No importa lo que sea. Mientras más conoces a Dios, más te percatas de cuán erradas han estado sus oraciones y las mías, porque continuamente pedíamos conforme a nuestros deseos, anhelos, cosas de este mundo. Pero cuando conoces a Dios, comienzas a tener el reino de Dios primero en la mira, y su justicia.
Jesús no solamente vino a revelar al Padre, sino que vino a revelar cómo vivir. Y cuando fueron donde Él y le dijeron: "Señor, enséñanos a orar, porque no sabemos todavía", a veces yo también le digo a Jesús eso: "Enséñame a orar, porque yo no estoy seguro de que lo estoy haciendo bien." Él les enseñó que se haga tu voluntad en el cielo como en la tierra. Y para que quedara claro que eso no fueron simplemente palabras, sino también que así lo entendía y lo hacía, cuando le tocó orar en Getsemaní en su hora última, ¿qué fue lo que dijo? "Padre, si es posible, pase de mí esta copa. Pero sabes que yo no estoy pidiendo que la quites; al final, lo que yo quiero es que se haga tu voluntad y no la mía."
Esta es la segunda persona de la eternidad, Creador del cielo y la tierra, soberano del cielo y la tierra, Hijo de Dios, que en el momento más representativo no dijo "mi era", para que ellos entendieran también de qué se trata: se trata de tu voluntad y no la mía. Esa fue una sabia oración con una recompensa enorme. La oración de Getsemaní no le evitó a Cristo la cruz. No, no, no. Cristo nunca oró para que Dios Padre entrara en sus propósitos humanos. Cristo oró para Él entrar en los propósitos de Dios.
Y esa es la función de la oración. Tú y yo oramos para entrar en los propósitos de Dios y estar preparados, velad, para que no entréis en tentación. En otras palabras, les estoy diciendo que ore para que te prepares y entres en los propósitos de la Trinidad. De manera que lo que Cristo hizo cuando oró no fue que la oración le evitó la cruz; no, lo preparó para la cruz. Y de esa manera Cristo pudo resucitar tres días después. Al final de su resurrección, nosotros no estamos supuestos a ver a Cristo como la víctima, al pobre Cristo en una cruz, en un madero. No; esa era la voluntad de Dios. La voluntad de Dios era, de acuerdo con Isaías 53, aplastarlo. Cristo no es la víctima; Cristo es el victorioso sobre el pecado, sobre la muerte, sobre las huestes espirituales de maldad, las regiones celestiales. Eso es estar en la voluntad de Dios. Y eso es cómo tú y yo estamos supuestos a vivir también.
La sabiduría del cielo que llevó a Cristo a la cruz y de la cruz a la gloria es la misma sabiduría que te tiene a ti, que me tiene a mí, en el desierto. ¿Sabe por qué? Porque nosotros no hemos llegado. Nos expulsaron del jardín del Edén, que era una tierra de reposo, y vamos camino a nuestro reposo final. Pero el camino del primer lugar al día de la tierra de reposo es el desierto, como los israelitas. Somos exiliados. Tienes que verte como extranjero, como peregrino, como un exiliado que está esperanzado en una mejor vida, que vas a vivir aquí en preparación para la vida venidera, que vas a buscar lo que te espera y no lo que te queda atrás, que vas a vivir para el reino de Dios primero, reconociendo que el reino tiene un Rey, que el Rey es soberano, que el Rey espera que tú vivas para Él y no para ti mismo, para sus intereses y no para los tuyos. Y la tribulación te prepara en carácter, en paciencia y en piedad, para que cuando Cristo venga y suene la trompeta, al sonar de esa trompeta, tú puedas alegrarte: "¡Sí, yo soy de los tuyos y tú vienes por mí!"
Gracias. Porque todo lo que se haya dicho, si es bueno, si es verdad, es de ti, es de ti que ha venido. Señor, bendice a tu pueblo, bendice a tu rebaño, recuérdales, recuérdales. Yo no estoy aquí para vivir mi propia agenda, como diría en inglés, my own thing. No, yo estoy aquí para vivir tu voluntad, tu propósito. No importa si me crucifican en el madero. Yo no estoy aquí para buscar mis intereses, no estoy aquí para tener éxito a la manera mía. Yo no estoy aquí para hacer un nombre; estoy aquí para hacer tu nombre famoso, no el mío. Yo no estoy para tomar decisiones conforme a mi propio entendimiento. Yo no estoy para ganar en la vida a mi manera. No me pusiste aquí para ser el mejor médico, el mejor pastor, o lo que sea. No, no, no, no; tú me pusiste aquí para glorificarte, en la función que tú quieras, del tamaño que tú quieras, en el lugar que tú quieras. No se trata de llevarnos las coronas de esta vida, sino de correr esperando las coronas de la vida venidera, y no las de este mundo, para tu gloria, en Cristo Jesús. Amén a mi vida.
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