IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La confianza que un creyente tiene para acercarse a Dios no surge de la nada: está íntimamente conectada con la evidencia de amor genuino en su vida. Primera de Juan 3 plantea que cuando amamos al hermano de hecho y en verdad —no solo de palabra— sabemos que somos de la verdad y nuestros corazones quedan asegurados delante de Dios. Ese amor sacrificial, dispuesto incluso a dar la vida por otros, es la marca visible de quien verdaderamente ha nacido de nuevo.
El nuevo nacimiento produce cambios profundos que hacen posible amar correctamente: comenzamos a amarnos menos a nosotros mismos, perdemos el deseo de controlar al otro, y la humildad empieza a formarse en nosotros. Cristo mismo dijo que el Padre lo amaba porque daba su vida por otros, y Juan nos recuerda que nosotros debemos hacer lo mismo por los hermanos. Una joven esposa abandonó a su familia, y cuando su esposo viajó a buscarla personalmente, ella regresó diciendo: "Antes tu amor fueron solo palabras; ahora sé cuánto me amas porque viniste". Así es el amor de Dios: no solo habló, sino que vino y murió por nosotros.
Cuando dudamos el amor, la provisión o la fidelidad de Dios, nuestras oraciones pierden poder. Santiago advierte que quien duda es como ola del mar y no recibirá cosa alguna del Señor. Pero cuando guardamos sus mandamientos, creemos en Cristo y amamos al hermano, esas tres evidencias nos dan la seguridad de que Él permanece en nosotros por su Espíritu, y podemos acercarnos al trono de gracia con plena confianza.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Voy a invitarlos a que abran la Palabra de Dios, la Primera Epístola de Juan, capítulo 3. Hoy vamos a estar leyendo del versículo 19 al versículo 24.
"En esto sabemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de Él en cualquier cosa en que nuestro corazón nos condene, porque Dios es mayor que nuestro corazón y sabe todas las cosas. Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios, y todo lo que pidamos lo recibimos de Él, porque guardamos Sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de Él. Y este es Su mandamiento: que creamos en el nombre de Su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros como Él nos ha mandado. El que guarda Sus mandamientos permanece en Él, y Dios en él; y en esto sabemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado."
El texto que acabo de leer es un texto que enfatiza la necesidad del creyente de sentir, tener y experimentar seguridad y confianza acerca de su salvación, y lo vamos a ver en lo adelante. Note cómo el texto comienza diciendo: "En esto sabremos que somos de la verdad." Eso es de la primera parte del versículo 19, pero en la segunda parte nos dice lo siguiente: "Y aseguraremos nuestros corazones delante de Él." Habla de que nosotros podemos saber que somos, que estamos en la verdad, y que hay una manera también de nosotros tener nuestros corazones asegurados delante de Él.
Entonces el texto agrega en el próximo versículo: "Si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios." Esa es la idea central: la confianza que nosotros debemos tener como hijos de Dios. Esa confianza está brindada por lo que Dios es, por nuestra relación con Él, pero a la vez porque nuestra vida de fe verdadera, real y genuina debe tener evidencias tan visibles que nosotros pudiéramos examinar, y otros también. Y eso entonces nos da la confianza de acercarnos al trono de gracia.
Esa es la palabra clave con la que yo quisiera trabajar: confianza. Ver entonces la relación de esa confianza que yo debo tener con mi vida de fe: cómo la vivo, cómo otros me perciben, cómo yo puedo examinarla, y a la vez la relación que yo guardo con Dios y cómo me siento seguro o no en esa relación.
Con eso entonces quiero que nos hagamos tres preguntas para el día de hoy. La primera: ¿qué es eso a lo que Juan se refiere literalmente con esa palabra, eso que debe darnos la sabiduría y el entendimiento de que somos de la verdad? Porque eso es lo que Juan dice: "En esto sabremos que somos de la verdad." La segunda pregunta es: ¿cuál es la relación que existe entre mi nuevo nacimiento y mi capacidad de amar al otro? Porque eso es algo que Juan menciona aquí. Y en tercer lugar: ¿cuál es la relación entre la confianza que nosotros tenemos al abordar el trono de gracia y las respuestas que yo recibo a mis oraciones? Esa es una pregunta importante, porque Juan dice en el versículo 21: "Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios", y luego agrega esto, que es importante: "Y todo lo que pidamos lo recibimos de Él."
Padre, te damos gracias por Tu Palabra, que es clara, que es instructiva, que es amplificadora. Por Tu Palabra, Dios, que Tú has dicho que has exaltado por encima de todo junto con Tu nombre, quiero pedirte ahora, Dios, que Tú puedas glorificarte en la proclamación de Tu Palabra. Si hay algo en lo que Tú puedes ser glorificado, Dios, es exactamente en la proclamación de aquello que Tú has dicho, que has exaltado, que has levantado por encima de todo. Dios, mira a Tu siervo ahora, mira su incapacidad para glorificarte de la manera que Tú mereces, mira su insuficiencia, Dios, para proclamar verdades infalibles a través de una carne tan falible como la suya.
Pero quiero pedirte que Tú lo tomes, Dios, en Tus manos, y Tú lo guardes, y que teniéndolo Tú en la mano, Dios, Tú seas la voz, que Tú lo escondas para que no pueda ser visto, que Tú seas la única persona visible en esta hora, y que en eso Tú puedas exaltarte y glorificarte en Cristo Jesús.
Al hablar de la carta de Juan, para aquellos que han estado con nosotros y para aquellos que no han estado, también les sirve de introducción a mi mensaje hoy. A lo largo de esa carta, Juan ha querido ayudarnos a entender la diferencia entre lo verdadero y lo falso, y él lo ha hecho de diferentes maneras, pero con el propósito de ayudarnos a entender lo verdadero y lo falso. Con frecuencia ha usado palabras muy absolutas. Él habla de que ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, en 3:9; dice "nadie os engañe, el que practica la justicia es justo", en 3:7; él dice "todo aquel que niega al Hijo tampoco tiene al Padre", en 2:23.
Él vuelve a usar la palabra "todo": "todo el que hace justicia es nacido de Él", en 2:29; "todo el que aborrece a su hermano es homicida", en 3:15; "no creáis a todo espíritu", en 4:1; "todo aquel que cree que Jesús es el Cristo es nacido de Dios", en 5:1. Diecinueve veces Juan usa la palabra "todo". Así es Juan en esta carta: blanco o negro.
Pero al mismo tiempo Juan no solamente quiere ayudarnos a diferenciar lo falso de lo verdadero; Juan quiere a la vez afirmar y solidificar la fe de aquellos que ciertamente han creído. Y entonces, para tales fines, él usa otras palabras, y una de las favoritas es la palabra "sabemos". Aquí tú tienes, por ejemplo, a Juan diciendo en 2:5: "en esto sabemos que estamos en Él", certidumbre; "en esto sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida", en 3:14; y "en esto sabemos que Él permanece en nosotros", en 3:24. Y así sucesivamente, doce veces Juan usa la palabra "sabemos": certidumbre, tenemos la seguridad, tenemos la confianza.
Y ahora, en el texto de hoy, él usa la misma palabra pero en otro tiempo verbal: "sabremos que somos de la verdad." Él dice: "en esto sabremos que somos de la verdad." Yo tengo que preguntarme: ¿qué es "esto"? Juan asume que el autor —él mismo— cuando viene hablando e identifica algo, al referirse a ese algo, no tendría que volver a repetirlo, sino que un pronombre neutral podría hacerlo. Y él dice "esto." En otras palabras, el lector debe saber de qué yo estoy hablando.
Supóngase que yo estoy conversando con usted y le digo que acabo de firmar un contrato con el banco y que el contrato me da seguridad, y yo diga: "y en esto está mi tranquilidad." Usted sabe que el "esto" significa contrato, algo que precedió a la palabra "esto." De manera que si el texto de hoy comienza diciendo "en esto sabremos que somos de la verdad", yo tengo que devolverme y ver qué fue lo que Juan dijo antes, a lo cual él se está refiriendo con ese pronombre. Porque eso que él haya dicho antes es lo que a mí me va a permitir saber que yo estoy en la verdad, que es la frase que Juan usa.
Y nosotros sabemos lo que él dijo antes, porque ese fue el tema de gran parte —o todo— el mensaje del domingo anterior. Sin embargo, para los que no estuvieron aquí, y aun para los que estuvieron, en cuyo caso yo quisiera refrescar la memoria, ¿qué es eso a lo cual Juan se está refiriendo, que debe darme a mí certidumbre de que yo soy de la verdad? Me voy a devolver dos o tres versículos, al versículo 16. Voy a leer esto:
"En esto conocemos el amor: en que Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto sabremos que somos de la verdad."
En esto que yo acabo de decir, de que tú tienes que amar al hermano de esa manera, cuando tú amas al hermano de esa manera, implica que Dios vive en ti. Porque si ves a alguien en necesidad y lo dejas ir y no la llenas, ¿cómo puedes decir que el amor de Dios está en ti? Dios no puede vivir ahí, porque Dios no se comporta así. Eso es lo que Juan está tratando de ayudarnos a entender: que hay algo que ocurre en mí cuando yo nazco de nuevo, que luego se evidencia en mi vida cotidiana de día a día, que me habla a mí de que verdaderamente soy cristiano, que le habla a otros.
Y ahora, cuando yo tengo cierta duda en mi corazón, si mi corazón me acusa, yo pudiera incluso examinar mi fe y terminar con confianza delante de Dios, ir a hablar con Él, orar y tener mis oraciones contestadas. Vamos a hablar un poco más de eso en lo adelante. Pero Juan me está tratando de decir que la disposición que yo tengo a sacrificarme por otros, sobre todo los hermanos, hasta el punto de dar mi vida por ellos, habla de mi conversión. O también me está diciendo que el deseo que yo tengo de compartir mis bienes con aquellos que están en necesidad, sobre todo si son mis hermanos, habla en favor de mi nuevo nacimiento.
Él quiere que yo entienda que cuando nosotros amamos de hecho y en verdad —que es como termina el versículo 18— y no solamente de palabras ni de lengua, eso milita a favor de lo que es mi experiencia de conversión en el Señor. Y eso me ayuda a examinar mi fe: cómo yo amo al otro, o cómo yo no amo al otro, habla de si yo soy o no soy hijo de Dios.
Y ahora yo sé cuál es la respuesta a mi primera pregunta: ¿qué es "esto" que Juan dice debe ayudarme a saber que soy de la verdad? El amor por el hermano. Y no solamente el amor por el hermano, sino la calidad del amor por el hermano, la calidad de mi relación con él, la calidad de mi preocupación por él, la calidad de lo que yo considero valioso en la vida de los hermanos que son hijos de Dios y que son mis hermanos en el Espíritu de Dios.
Ahora, eso —examinada esta evidencia presente, junto con otras de las cuales hemos hablado a lo largo de esta carta y que volveremos a mencionar hoy— debe darme conciencia para yo aproximarme al trono de gracia.
La segunda pregunta, que es importante y está íntimamente relacionada a la primera que yo acabo de contestar: ¿cuál es la relación que existe entre mi nuevo nacimiento y mi capacidad de amar? Hay una relación que existe. Yo quiero entenderla mejor; yo quiero saber exactamente cómo esas cosas están interconectadas, entre mi nuevo nacimiento y la capacidad que yo tengo de amar al hermano, cómo es que una cosa resulta en la otra.
Bueno, yo creo que yo necesito entender algunas cosas. Mi conversión es lo que hace posible que yo comience a amarme menos. Nosotros venimos amándonos a nosotros mismos, a nosotros mismos, a nosotros mismos. Pero yo no puedo amar al otro mientras persisto en amarme tanto a mí mismo. Yo tengo que dejar de amarme a mí mismo para poder comenzar a amar al otro, y eso lo comienza a hacer posible mi conversión.
Ese amor verdadero te da la oportunidad ahora, en tu relación con el otro, de negarte a ti mismo. Y la manera como es su mejor evidencia no es cuando vamos a una fila de comida y le decimos: "no, pasa tú adelante." Eso pudiera ser, pero frecuentemente eso es más gentileza y educación. Luce bien, no lo hagas de otra manera. Pero tú comienzas a negarte a ti mismo cuando, por ejemplo, en un argumento tú decides callar antes que perder la conexión con la persona amada al tratar de ganar el argumento. Eso es una evidencia de que me estoy negando a mí mismo. Tú decides negarte a ti mismo cuando yo digo: "sabes que ya no he venido, o ya no vengo para ser servido, sino para servir."
El día que yo nazco de nuevo, yo comienzo a perder el control, porque Dios comienza a sentarse en mi trono y a tomar el control. Y por qué menciono eso: porque yo no puedo amar al otro insistiendo en controlar al otro. Eso no se da. Esa es una segunda condición que tiene que producirse en mí: yo tengo que perder el control. Porque nuestro deseo de control tiene que ver con que el otro me complazca a mí en mis deseos, preferencias y demandas.
Pero resulta que las máquinas y los aparatos electrónicos son hechos para ser controlados. Dios hizo los seres humanos para ser amados en una relación, para que ellos puedan ser ellos. Pero tú no puedes amar verdaderamente mientras tienes el deseo de controlar sus vidas. Nuestro deseo de control nace de nuestras inseguridades. Pero yo no puedo amar libre y verdaderamente en medio de las inseguridades, porque mis propias inseguridades construyen murallas que me hacen difícil acercarme al otro y abrazarlo alrededor de mis murallas.
Pero el día que tú naces de nuevo, que Cristo se sienta en el trono y toma control de tu vida, tú comienzas a perder el control. Y al mismo tiempo tú comienzas a encontrar seguridad en Dios; tú comienzas a perder tus inseguridades, y ahora yo puedo amar de una mejor manera.
¿Tú estás entendiendo ahora de una forma más clara la relación entre mi nuevo nacimiento y la capacidad de amar al otro? En primer lugar, yo comencé a dejar de amarme a mí mismo. En segundo lugar, yo comencé a perder el control. En tercer lugar, por primera vez yo comencé a dar los primeros pasos en el camino de la humildad.
Juan y Jacobo pidieron al Señor sentarse a la mano derecha y a la mano izquierda, independientemente del sentir de los demás. Porque así es el orgullo: el orgullo ignora a las personas; la humildad las recuerda, las tiene en cuenta, toma en cuenta su sentir, su pensar, qué pasará con ellas. Y esto es la humildad: la que está dispuesta a ceder su posición, su derecho, su lugar, siempre y cuando entienda que cediendo el derecho, o el lugar, o la posición, va a beneficiar al otro.
Cuando Cristo supo que el pueblo, los fariseos, los escribas, la multitud estaba diciendo que Él y sus discípulos bautizaban más que Juan —aunque Cristo no bautizaba, dice el texto, sino sus discípulos—, Cristo fue donde Juan le había dado a entender que Él era el Mesías: "tú debes dejar el lugar para evitar división." El texto dice que Cristo inmediatamente abandonó el lugar. Es la humildad que te permite ceder tu posición, ceder tu lugar, ceder tu derecho. No lo necesita, pero lo hace porque ama al otro.
Y por tanto no puedes amar al otro si Dios no ha formado en ti la humildad. Por eso no comienza a formarse antes de mi nuevo nacimiento. Y ahí tú sigues viendo la relación entre el nuevo nacimiento y mi capacidad de amar.
Amar en la cruz fue una decisión de Cristo. Él decidió perder con humildad. Cristo pudo haber tronado desde la cruz y hubiese podido eliminar a todos sus enemigos con solo un soplo de su aliento, lo que hubiera implicado muchas muertes. Pero la humildad no se comporta de esa manera, ni el amor tampoco. La humildad decide perder en beneficio de aquellos a quienes ama.
Voy a citar a Paul Miller otra vez en su libro *A Love Walked Among Us* —"El amor que caminó entre nosotros"—. Él dice lo siguiente: que cuando alguien decide tomar el último lugar, con eso está experimentando y expresando humildad. Él continúa: en esos casos no nos explicamos, no nos defendemos, porque eso implicaría herir a alguien, y el amor no hace eso. Perdonamos antes que hacer una montaña de algo. Damos a alguien de una manera que nadie se enterará. La humildad es una cualidad del alma, algo que hacemos desde adentro. La humillación es una situación donde aprendemos humildad.
Lo opuesto de eso es el orgullo. El orgullo es legalista; el orgullo se considera justo a sus propios ojos. Pero ni la autojusticia ni el legalismo son compatibles con la humildad o con el amor, porque ni el orgullo, ni la autojusticia, ni el legalismo tienen espacio para la compasión. Y resulta que es la compasión, o es el amor, la motivación de la compasión. Esa formación de la humildad comienza el día que yo nazco de nuevo.
En un argumento, por ejemplo, la humildad se expresa de esta manera: tú decides, en vez de dejarte controlar por las últimas palabras que el otro dijo, dejarte controlar por el Señor. Pero para hacer eso, tú tienes que haber perdido el control, haber cedido el control a Dios, de manera que ni tú ni el otro controlen tus próximas palabras, sino Dios. Y yo no puedo hacer eso antes de que Dios se siente en su trono y tome mi control.
Ahora tú sigues entendiendo mejor la relación que existe entre el nuevo nacimiento y mi capacidad de amar al otro. Para amar a Dios, o para amar como Dios manda, yo necesito fe. La razón por la que muchas veces yo no termino de dar mi diezmo, o la razón por la que muchas veces yo no comparto con alguien una ofrenda, es porque yo no estoy seguro de que si yo doy esto —500 pesos, o mil pesos, o 5,000 pesos, dependiendo del caso y de la persona— lo voy a tener el mes que viene. De manera que yo tengo una duda de si el Dios que me dio los 5,000 pesos en primer lugar sería capaz de volvérmelos a dar cuando yo los comparta con uno de los suyos. Y esa falta de fe no me permite amar.
Es la falta de confianza en Dios —de que si Él me proveyó una vez, Él me proveerá la próxima vez— lo que no me permite dar. Y entonces mi falta de fe me lleva a acumular, a guardar, y en ese acumular y guardar estoy expresando mi falta de fe, pero tampoco puedo amar al otro. ¿Te das cuenta de la relación? Y mi fe comienza el día que yo nazco de nuevo, de manera que yo necesito ciertamente nacer de nuevo para tener fe, y necesito fe para poder amar más abiertamente. Cuando nosotros hemos hecho eso, entonces mis palabras no son meras palabras: yo le pongo acción a mis palabras y amo como Cristo amó.
Permíteme esta historia que compartí con los jóvenes del retiro de la iglesia hace varias semanas. Quisiera relatarla con cuidado porque no quiero que pierdas ningún detalle. Ella tenía 18 años y él tenía 19 cuando se conocieron, se enamoraron, y un año más tarde estaban casados. Seis años después, y tres hijos más tarde, ella decidió un día —cuando estaba parada frente al fregadero de la cocina con una pila de platos sucios y otra pila de pañales sucios en el suelo— que ya no podía soportar eso más. Se quitó el delantal y se fue.
De vez en cuando ella llamaba para ver cómo estaban los niños. En esas ocasiones él le hablaba de cuánto la quería y le pedía que regresara, pero ella rehusaba. Después de unos días, él contrató un detective para encontrar a su esposa. El reporte decía que ya estaba viviendo en un hotel de segunda clase en Des Moines. Él empacó, le pidió a unos vecinos que cuidaran de los niños, y tomó un autobús para Des Moines. Encontró el hotel y encontró la habitación. Tocó la puerta con las manos temblorosas, porque no sabía qué tipo de recepción tendría. Su esposa abrió la puerta, se quedó parada mirándolo en shock, y luego cayó sobre sus brazos.
Ella regresó. Más tarde, ya con los niños acostados, él le preguntó: "¿Por qué no me decías dónde estabas cuando llamabas? Tú sabes que te amo. ¿Por qué no regresabas a casa?" Ella respondió: "Antes, tu amor fueron solo palabras. Ahora yo sé cuánto me amas, porque viniste."
¿Qué te dice eso del amor de Dios? Dios no solamente nos dijo en palabras su amor. Ha sido más que palabras, ha sido más que promesas, ha sido más que bendiciones. Dios no solamente ha hablado; Dios ha actuado. Dios no solamente ha prometido; Dios ha cumplido. Dios no solamente vino y vivió entre nosotros; Dios vino y murió por nosotros, y nos dejó un ejemplo. Él vino y le puso pies y manos a su amor, y nos dijo: "Vosotros haced exactamente lo mismo, de esa manera, en vuestra medida."
Pero escucha ahora, porque esto es importante: entender esto de la confianza que yo necesito tener en Dios, y cómo es que la voy a tener. Escucha este texto de Juan 17, son textos que yo he leído no sé cuántas veces y no lo había visto desde este ángulo hasta esta semana. Cristo dice: "Por esto el Padre me ama", y va a dar la razón ahora. Cristo dice: "Por esto que voy a decir, el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo eventualmente." El Padre me ama de una manera especial. Dios Padre, cuando vio la manera como yo di mi vida por los hermanos, sus hijos futuros, hizo que su amor se manifestara sobre mí de una manera especial. Y Él lo dice: "Por esto mi Padre me ama, porque yo doy mi vida."
Eso implica que si yo hago algo parecido —dar mi vida por los hermanos—, lo más probable es que Dios Padre quiera ayudarme a sentir ese amor especial de la misma manera, porque al fin de cuentas yo también soy su hijo y simplemente estoy tratando de imitarlo. Juan me dice algo como eso en su carta, que ya vimos en el mensaje anterior, pero quiero revisarlo una vez más para que veamos la conexión.
Tenemos lo que Cristo dice en el Evangelio de Juan: "Por esto mi Padre me ama, porque yo doy mi vida." Y ahora tenemos esto otro que Juan nos dice en su carta, en 1 Juan 3:16: "En esto conocemos el amor: en que Él puso su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos." Cristo dice: "En esto mi Padre me ama, porque yo di mi vida." Por eso el Padre te amará, te hará sentir su amor especial manifestado sobre tu vida, porque tú también has decidido dar la tuya por los suyos.
Ese amor así sentido, esa evidencia así vista, va a darme confianza de tal forma que yo pueda sentirme afirmado, asegurado en su amor, en mi salvación, en mi relación y en mi vida de oración, y por tanto Dios me va a contestar, porque tenemos una relación de confianza, no una relación de lejanía. Escucha lo que Juan nos dice: "En esto conocemos el amor, en que Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos." Esa evidencia Juan quiere que esté en tu vida y en la mía.
Hemos visto la relación entre mi nuevo nacimiento y mi capacidad de amar. Ahora quiero que veamos la tercera pregunta en el resto del tiempo que nos queda: la relación que existe entre la confianza que yo tengo en mi relación con Dios al acercarme al trono y las respuestas que yo recibo en mi vida de oración. Porque Juan, de una forma muy clara, dice lo siguiente en 1 Juan 3:21-22: "Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios; y todo lo que pidiéramos lo recibimos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de Él."
Esta es la confianza que tenemos delante de Dios. Esa confianza resulta, dice Juan, en que todo lo que pidiéramos lo recibimos, porque guardamos sus mandamientos y además hacemos todo lo que a Él le agrada. Hay una relación inmensa entre confianza, poder en la oración o evidencia, y una vida que agrada a Dios. Eso es todo lo que Juan está tratando de entrelazar en estos dos versículos de una manera que nos ayude, nos afirme, nos asegure y nos haga confiados en nuestro Dios.
Y eso es importante, porque si hay algo que sé por el tiempo que tenemos en la fe cristiana, hablando con personas, es precisamente que muchos de los hijos de Dios carecen de confianza a la hora de orar, a la hora de vivir, a la hora de relacionarse. Por eso creemos que si le pedimos a Dios un novio, nos dará el más feo de todos; si le pedimos a Dios que queremos ser misioneros, pensamos que nos va a enviar al peor país de África; si le pedimos a Dios un carro, pensamos que quizá nos quiera dar una bicicleta. Y literalmente yo he escuchado hijos de Dios decir: "Yo no me atrevo a pedirle por eso, porque sabrá Dios lo que quiera darme." Eso nos dice que la mayoría de los hijos de Dios no tiene la confianza de la que Juan está hablando.
Con ese entendimiento, y de esa manera, Dios dice: "Yo rehúso responderte tus oraciones porque tú has deformado mi imagen, no solo en tu mente, sino cuando hablas con otros." Y yo responder tus oraciones con esa imagen distorsionada que tú tienes de mí, esa que proclamas y de la que hablas, no sería favorecerte, sino afirmarte en tu concepto equivocado.
de lo que yo no soy, y esa es la imagen distorsionada, la que no me puede dar confianza. Pero Juan dice que hay una manera como tu vida de oración cobra fuerza, poder y respuestas, y que está íntimamente relacionada a la confianza con la que tú te aproximas al trono de la gracia. Que obviamente es una confianza que ha resultado de un entendimiento de quién tu Padre es, quién el Hijo es, la relación de obediencia que guardas y el deseo de agradarle.
Santiago no lo he visto todavía más claro, mucho más claro. Santiago me deja ver claramente más claro que Juan todavía. Yo quiero usar a Santiago simplemente para apoyar a Juan, pero Santiago me deja ver todavía mucho más claramente que si a mí me falta confianza a la hora de mi oración, Dios decide no responder esa oración. Así como Santiago lo dice, Santiago 1:6-8: "Pero que pida con fe, sin dudar, porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. Escucha: no piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor." Tan absoluto es: cosa alguna. "Siendo hombre de doble ánimo, inestable en todos sus caminos."
Santiago dice: hay una manera como te aproximas al trono de Dios que es con duda, con inseguridad, sin confianza, que te hace lucir como una ola, y que te convierte en un hombre de doble ánimo. Como la ola, eso te hace inestable en todos tus caminos. Y dada la inestabilidad de tu vida, más la falta de confianza que hayas expresado en Dios, eso lo lleva a Él a rehusar responder tus oraciones. Eso es lo que Juan dice: que yo necesito confianza.
Y entonces dice que todas mis oraciones serán respondidas. Ahora, confianza no es ligereza. "Es mi Padre, total" no es ligereza. Es una confianza que está basada en un entendimiento real, bíblico, genuino y verdadero de lo que es mi Padre amoroso que me ha salvado; yo en su condición de hijo, que quiere obedecerle y que quiere agradarle. Juan dice: en ese contexto, tus oraciones serán todas respondidas.
Ahora, hay diferentes razones por las que yo no experimento confianza, pero la principal es que no le conozco. Últimamente, no puedo tener confianza en alguien que yo todavía no he acabado de conocer en la intimidad. Y por eso entonces nosotros, cuando tiene que ver con Dios, nos hemos atrevido a dudar prácticamente todo lo que tiene que ver con Él. Nosotros hemos llegado a dudar su amor, su provisión, su gracia, su control, su sabiduría, su existencia, su poder, su benevolencia, su fidelidad y hasta su perdón. Todas esas cosas le hemos dudado, a veces más de una a la vez.
Bueno, pero ¿por qué eso es tan grave? Porque Dios sabe que somos humanos, somos carne, que somos débiles, y sin embargo Dios dice: cuando te aproximas a mí con esa duda, no pienses que recibirás cosa alguna, porque eres un hombre de doble ánimo. ¿Qué es lo que ocurre? Bueno, trata de verlo desde la perspectiva divina, la perfección divina. Cuando yo dudo su amor, yo dudo su cruz, porque no ha habido una mayor manifestación de su amor. Ya eso tiene otra dimensión. Cuando yo dudo su provisión, tú realmente no crees que lo que tú tienes hoy fue Él quien te lo dio; tú crees que te lo ganaste, y por tanto si lo pierdes, o lo das, o lo regalas, o lo compartes, tendrás que ganártelo otra vez, porque no piensas que fue Él quien realmente te lo proveyó.
Cuando tú dudas su gracia, tú pones en duda tu salvación, porque ¿de qué otra manera te ha salvado sino es por gracia? Y si pones en entredicho su gracia, has acabado de poner en entredicho su salvación, tu salvación, tu propia salvación. Si dudas su existencia, te invade un sentido de falta de propósito y significado en la vida que milita en contra de tu fe. Si tú dudas su sabiduría, tú realmente no crees que Él sabe lo que está haciendo. Y cuando ves la vida, y ves los terremotos, los tsunamis y todas estas catástrofes que están ocurriendo, pues supuestamente que yo lo he encontrado, pero no entiendo, y nunca acabas de entender.
Lo que hemos dicho en otras ocasiones es que la vida es como ese tapiz que tejen en la India: donde tú lo miras por atrás es una telaraña de hilos; le das la vuelta y está algo hermoso. La vida parece una telaraña de acontecimientos, de eventos, de catástrofes, de muerte, de enfermedades, de sufrimiento; esos son todos los hilos por atrás. Le das la vuelta, y... Pero cuando tú dudas la sabiduría de Dios, tú no crees que Él sabe lo que está tejiendo; tú crees que Él es un mal tejedor.
Cuando tú dudas su benevolencia, tú piensas que tú eres mejor que Él. "Bueno, yo no entiendo el sufrimiento. Mira cómo se cayó ese edificio arriba de esos niños." Lo que tú dejas ver subconscientemente es: "Si yo fuera Dios, no lo haría así. Yo tendría una mejor forma. Yo tengo más benevolencia que Él." Lo cual dice que tú realmente pones en entredicho su benevolencia, que quizá hay algo de malévoло en Dios al fin de cuentas. Cuando tú dudas su fidelidad, tú vives en duda continua. Cuando tú dudas su poder, tú realmente no crees que Él tiene la capacidad para responder las mismas oraciones que tú estás haciendo. Y cuando tú dudas su perdón, tú vives cargado de culpa.
Y Dios dice: si bien es así como te aproximas a mi trono, ¿cómo quieres que yo te responda las oraciones? Las oraciones respondidas son aplausos a tu vida, a la manera como la estás viviendo. Sería aplaudir tu mala teología, no solo la teórica sino la práctica; tu mala imagen que tienes de mí. Y yo no puedo hacer eso.
Eso no da la confianza de la que Juan nos está hablando aquí. Y cuando dice que nosotros deberíamos tener confianza delante de Dios, dice: incluso si estas cosas están evidentes en tu vida, si tu corazón —que es caído, que es más engañoso que cualquier otra cosa y que nadie lo puede curar, Jeremías 17:9— si tu corazón te acusa en ocasiones, pero tú tienes estas evidencias en su lugar, el discernimiento de Dios es mayor todavía para darte confianza, mayor que la acusación de tu corazón. Eso es lo que dice el versículo 20 y 21: "Confianza tenemos en Dios, y es mayor que la acusación de tu corazón."
Y luego que nos habla de esa confianza, dice en el versículo 22: "Y todo lo que pedimos, lo recibimos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de Él." En primer lugar, las recibimos de Él porque venimos con confianza. El autor de Hebreos dice: "Acercaos con confianza al trono de la gracia." No tenemos que venir ya con miedo al templo, donde el velo estaba cerrado y el sumo sacerdote una vez al año entraba con miedo y con temblor, porque si entraba con pecado en su corazón podía morir. Y había una soga que lo ataba con campanas, que mientras estuviera adentro y sonando las campanas sabíamos que estaba vivo, y la soga por si él moría, para que nadie tuviera que entrar a alarmarlo. No tenemos que entrar de esa manera. Eso desdice de Dios; hace lucir que el velo está todavía cerrado, que Cristo no ha muerto, que lo estamos esperando.
Lo recibimos no solamente porque tenemos confianza en Él y en nuestra relación; lo recibimos porque guardamos sus mandamientos, somos obedientes. Y lo recibimos no solamente por la confianza y por la obediencia, lo recibimos también porque ahora queremos vivir una vida que lo agrade a Él. Versículo 22, final del versículo.
Y Juan entonces termina ese pasaje resumiendo tres verdades que nosotros hemos estado mencionando a lo largo del desarrollo de esta carta, y que yo no he vuelto a leer, pero la voy a leer en un momento: los versículos 23 y 24. Juan nos habla de tres verdades. Estas tres verdades son las tres pruebas de que yo realmente estoy en la fe, en la luz. La primera tiene que ver con saber que Cristo es el Mesías: la prueba de la doctrina. La segunda tiene que ver con que yo he aprendido a amar al hermano como Cristo me amó a mí: esa es la prueba del amor por el hermano, es una prueba de la práctica. Y la otra prueba, que también es una prueba de la práctica, tiene que ver con mi vida de obediencia.
De manera que yo tengo pruebas teóricas y pruebas prácticas, pruebas mentales y pruebas espirituales, pruebas del corazón y pruebas de la vida, que Dios conoce pero que otros puedan ver en mí. Y Juan dice: si tienes eso, y aun así un día tu corazón te acusa, versículo 20 y 21: "Confianza tenemos en Dios, y es mayor que la acusación de tu corazón." Y si tu corazón no te acusa, pues también en medio de todo esto pudieras estar tranquilo.
Estos son los versículos finales que resumen lo que yo te acabo de decir: "Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo." Ahí está la prueba de la doctrina. Los gnósticos de la época no creían en Cristo como la Palabra de Dios lo revela; eso no estaba en la verdad. "Y que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado y nos ha mandado." Eso lo vimos el mensaje pasado, lo estamos viendo en este otra vez, y todavía nos queda por verlo otra vez más en el capítulo 4. "El que guarda sus mandamientos": la prueba de la obediencia.
Escucha qué es lo que ocurre: "El que guarda sus mandamientos permanece en Él, y Dios en él." Tiene certidumbre, tiene confianza, está afirmado en su fe. "Y en esto sabemos que Él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado." ¿Te das cuenta cómo es que esto funciona para darme confianza?
Ahora, escúchame. Para yo tener confianza en una relación, ya sea con el hermano o con Dios, yo necesito sentirme amado. Si yo no me siento amado, yo no me siento seguro. Y si yo no me siento seguro, yo no puedo amar correctamente. Es la razón por la que Dios me dice en Romanos 8, al final, que ni la muerte, ni la vida, ni lo alto, ni lo bajo, ni los ángeles, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni ninguna otra cosa creada me podrá separar. Ahí me dio la seguridad. Pero escucha dónde la ancla: "Me podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús." Mi seguridad eterna, la seguridad de mi salvación, está anclada en dos realidades: una en Dios, y la otra es una expresión, una manifestación de lo que Dios es, en el amor de Dios. Nada de eso me podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús.
Ahora, ese amor que Dios ha depositado en mí se supone que Él me lo dio para que yo pueda amar a otros. Y cuando yo ame a otros...
Entonces, en esa relación de amor, tú y yo podamos sentirnos seguros el uno con el otro y tener confianza el uno con el otro. Porque la razón por la que tú y yo no nos confiamos en ocasiones es porque no nos amamos. Y si no nos amamos, ¿cómo te confieso mis cosas? ¿Cómo te digo mis cosas? ¿Cómo bajo mi barrera? Quizás me va a herir.
En la última semana yo estaba meditando mucho acerca de, en el día a día, ese amor por el otro, que es una de las evidencias sobre la cual yo anclo mi seguridad de mi salvación. ¿Cómo debe lucir? Lo quiero, a manera de resumen, ya ir cerrando con esto para que lo podamos ver. Lo quiero leer de esta manera.
Amar es callar cuando tú sabes que tus palabras pueden herir. Pedro negó a Jesús, Jesús lo miró y lo vio, pero volvió a negar a Jesús, y Jesús lo vio. Y cuando Cristo murió, Él dice: "Ve y dile a mis hermanos y a Pedro", que a pesar de su negación, Él volvió a callar. "Ve, dile a mis hermanos y a Pedro que estoy vivo. Pedro tiene esperanza porque yo estoy vivo." Él volvió a callar. Amar es callar cuando tú sabes que tus palabras pueden herir. Imagínate a Jesús en medio de la negación: "Pedro, ¿te lo dije? Pedro, ¿qué te dije? Pedro, ¿ahora estás convencido?" No.
Amar es perder cuando tú sabes que perdiendo puedes favorecer al otro. Cristo lo hizo en la cruz, y Él perdió porque sabe que hubiese sido muy devastador haber ganado en ese momento. Amar es tolerar la impaciencia del otro. Jesús lo hizo con los hijos del trueno, que querían hacer llover fuego sobre la vía de Samaria. Amar es entender la inmadurez del otro. Marcos abandonó a Pablo en el primer viaje, y Pablo no quería darle un segundo chance. Cristo le dio un segundo chance para que Marcos escribiera una de las cuatro biografías de su vida, para que sepas, Marcos, que yo soy el Dios del segundo chance.
Amar es perdonar, como Cristo hizo con la mujer tomada en adulterio: "Vete y no peques más." Amar es desaprobar sin condenar. "Tomás, ¿no crees? Aquí están mis llagas. Si tú necesitas mis llagas, Tomás, para creer, porque te amo, aquí están. Puedes tocar." Y Tomás pone su dedo sobre la llaga y cae de rodillas y dice: "Mi Elohim y mi Adonai, mi Dios y Señor." Eso es amar.
Amar es esperar. Amar es dar sin esperar. Toda la vida de Jesús fue eso: dar sin esperar. No hubo un "después de todo lo que hice por ustedes", "después de todo lo que he hecho", "después de todos los milagros". Amar es dar sin esperar. Amar es practicar la sordera ante las críticas de los demás. "Esta mujer pecadora, comiendo con publicanos y pecadores." Porque el que ama decide hacerse sordo cuando quiere tocar el pecado del otro. Amar es sanar las heridas del otro, como Jesús sanó a los leprosos. Y amar es esperar por el otro, como Él esperó por ti y por mí.
Eso es amar. Si el otro no está ahí todavía, no lo condenes, espéralo. Si el otro no ha llegado, lo puedes desaprobar sin condenar. Él te esperó, Él me esperó. Y que el amor que Dios nos ha hecho sentir en Él nos dé la seguridad de abordarlo con confianza, y que nosotros tengamos seguridad en nuestra salvación por lo que ya ha demostrado en Su Palabra, en Su vida, en Su paso por la tierra y en nuestras vidas personales.
Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con integridad y sabiduría.