IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La palabra de Dios no ha fallado, aunque la mayoría de Israel haya rechazado a Cristo. Esta es la tensión que Pablo enfrenta en Romanos 9, donde defiende la soberanía divina mientras revela un corazón destrozado por sus hermanos judíos. Antes de explicar la doctrina de la elección, Pablo necesita que sus lectores entiendan que no habla como alguien que condena, sino como alguien que sufre profundamente. Tanto le duele la condición de Israel que, si fuera posible, estaría dispuesto a ser separado de Cristo para siempre si eso pudiera salvarlos, un sentir que comparte con Moisés cuando pidió ser borrado del libro de Dios antes que ver destruido al pueblo.
Lo desconcertante es que Israel recibió todo: la adopción como hijos, la gloria visible de Dios, los pactos, la ley, el culto, las promesas, los patriarcas, y de ellos vino el mismo Mesías. Sin embargo, permanecieron endurecidos. Pablo explica que esto no significa que Dios falló, porque no todos los descendientes físicos de Israel son el verdadero Israel. Desde el principio, Dios eligió soberanamente: escogió a Isaac sobre Ismael, y antes de que los mellizos de Rebeca nacieran o hicieran algo bueno o malo, declaró que Jacob sería elegido sobre Esaú. El propósito de Dios permanece no por las obras humanas, sino por aquel que llama.
Esta doctrina resulta difícil de aceptar porque juzgamos a Dios según nuestro entendimiento limitado. Pero si Dios lo hace, eso define la justicia. La respuesta correcta no es cuestionar, sino agradecer con asombro que, sin mérito alguno, Dios nos haya buscado y elegido para reflejar sus virtudes.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En los últimos domingos, nosotros no estuvimos en la carta de Pablo a los romanos, a propósito, intencionalmente, porque como ya es costumbre, tendemos a hacer un último mensaje que pueda cerrar el año con algún tipo de reto o de acción de gracias, o ambas cosas, para la congregación. E iniciamos cada año de la misma forma: un mensaje que nos ayuda a revisar cosas, a revisar nuestro caminar, y que al mismo tiempo nos permita reflexionar en qué dirección debiéramos ir en el próximo año.
El primero de esos mensajes fue predicado por nuestro hermano Fabio Rosy, que tomó un texto de Josué que retaba al pueblo, justo antes de su muerte, y les decía que ustedes necesitan elegir a cuáles dioses van a servir: si a los dioses de aquel lado del río donde estaban sus progenitores, o si van a servir a Jehová. "Pero yo y mi casa serviremos al Señor." El próximo mensaje, que fue el domingo anterior, primero del año, yo hablaba de que si realmente amas a Cristo, tu obediencia sería tu deleite; tu obediencia no sería algo forzado, ni una resignación de tu parte, ni un peso; sería tu deleite. Que tú podrías decir, al igual que el salmista: "¡Oh, cuánto amo hacer tu voluntad! Es mi deleite." Imagínate levantarte todos los días y acostarte todos los días diciendo: "En el día de hoy, yo quiero hacer —y yo hice— la voluntad de Dios, y fue mi deleite." Pero eso requiere que yo ame a Cristo como Él merece ser amado.
Como estos dos mensajes que acabo de mencionar no forman parte de la carta a los romanos, no voy a emplear más tiempo en detallar algunas cosas para conectarnos, sino que prefiero hacerlo con el capítulo 8 de Romanos, porque hoy comenzamos el 9. Estas fueron las últimas palabras en el capítulo 8 de Romanos de parte de Pablo: "Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor." ¿No es así?
La razón por la que Pablo podía decir "yo estoy convencido" es porque él había entendido que aquellos que Dios de antemano conoció, a esos Dios predestinó; y a los que Dios predestinó, Dios entonces llamó; a los que llamó, Dios los justificó; y a los que justificó, a esos glorificó, como si todo ya hubiese acontecido. Y dada esa realidad, Pablo dice: "Bueno, si me conoció en la eternidad pasada y me está preservando para la eternidad futura, entonces yo estoy convencido de que nada me puede separar del amor de Dios en Cristo Jesús."
Ahora Pablo entra a una sección de su carta —capítulos 9, 10 y 11— que algunos han entendido como un paréntesis dentro del desarrollo de lo que él está llevando a cabo, pero para mí me parece una continuación en gran manera, porque acaba de hablar de la predestinación de Dios en sentido general y ahora nos va a hablar acerca de la nación de Israel. El capítulo 9 es sobre Israel, el capítulo 10 es sobre Israel, y el capítulo 11 es sobre la nación de Israel. En el 9, que estamos viendo hoy, Pablo nos habla de la elección soberana sobre la nación de Israel. En el 10, Pablo nos habla del rechazo de Israel; en otras palabras, lamentablemente, la dureza de Israel hacia el Mesías prometido, sus enseñanzas y sus promesas, lo presenta como rechazado temporalmente, como él mismo dice en Romanos 11, que a Israel le había acontecido un endurecimiento parcial. Luego, en ese capítulo 11, se nos habla de la restauración de Israel.
De manera que creo que todo el mundo está de acuerdo en que estos capítulos hablan de Israel. De hecho, la palabra "Israel" en la carta de Pablo solo aparece en estos tres capítulos: aparece 10 u 11 veces, y no aparece en ningún otro capítulo de su carta a los romanos.
Quiero ser una salvedad desde ahora, y es que si toda esta sección representa una unidad —el capítulo 9 habla de Israel, el capítulo 10 habla de Israel, el 11 de la restauración—, me resulta difícil creer lo que algunos, a quienes puedo admirar y aplaudir y que pueden ser muy buenos comentaristas, entienden: que cuando se habla de Israel en el capítulo 11, según ellos, no se refiere a Israel sino a la iglesia. Yo digo eso porque un principio básico de hermenéutica, o de interpretación bíblica, es que cuando estás en un mismo contexto, una palabra no puede significar una cosa al principio y otra cosa después. Y me parece que estamos cambiando el significado de la palabra "Israel" en el capítulo 11. Si eso te parece un tanto confuso, espera unas semanas, que vamos a llegar a él.
Pero por ahora, por lo menos recuerda: capítulos 9 y 10 de Romanos, todo acerca de Israel. Y hoy estamos hablando de la elección soberana de Dios sobre la nación de Israel, o la soberanía de Dios en la elección de Israel. Con eso, quiero invitarte a que puedas leer conmigo desde el versículo 1 hasta el versículo 13.
"Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón; porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne; que son israelitas, a quienes pertenece la adopción como hijos, y la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de quienes según la carne procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas. Dios bendito por los siglos. Amén. Pero no es que la palabra de Dios haya fallado, porque no todos los descendientes de Israel son Israel, ni son todos hijos por ser descendientes de Abraham; sino que: 'Por Isaac será llamada tu descendencia.' Esto es, no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendientes. Porque la palabra de promesa es esta: 'Por este tiempo volveré, e Isaac tendrá un hijo.' Y no solo esto, sino que también Rebeca concibió mellizos de uno, nuestro padre Isaac; porque cuando aún los mellizos no habían nacido y no habían hecho nada ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera, no por las obras sino por aquel que llama, se le dijo a Rebeca: 'El mayor servirá al menor.' Tal como está escrito: 'A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí.'"
Bueno, el texto ha sido leído. Es un tanto complejo y voy a hacer mi mejor esfuerzo por desempacar y exponer este pasaje. Para ello, quiero en primer lugar dividir el pasaje en dos porciones. Los versículos 1 al 5: vamos a ver el dolor, la angustia, el peso del apóstol Pablo por el hecho de que Israel, sus hermanos, sus conciudadanos, habían permanecido endurecidos hacia el Cristo que había sido prometido, y eso le dolía algo profundamente. La segunda parte es donde él comienza a explicar la elección de ese Israel de manera soberana de parte de Dios.
Lo primero que quiero que veamos es el dolor del apóstol Pablo, porque creo que él tiene mucho que enseñarnos acerca de cómo nosotros deberíamos pedirle a nuestro Dios por nuestro corazón. Escucha cómo Pablo, en el versículo 1, dice: "Digo la verdad en Cristo, no miento." Pablo está convencido de que si tú verdaderamente naciste de nuevo, estás en Cristo. Cuando tú hablas, hablas en Cristo. Y aunque nosotros mismos en ocasiones decimos "no, no, de verdad te digo la verdad, Dios es mi testigo", Pablo está diciendo: "Mira, yo te estoy diciendo la verdad, pero yo quiero que tú entiendas que antes de decirte eso, quiero que me oigas —o leas de parte mía en una carta— yo quiero decirte que en serio, eso es como es; créelo." Él comienza haciendo uso de una frase muy paulina: "Te digo la verdad en Cristo." Lo dice de una manera positiva: "Digo la verdad." Inmediatamente después lo dice de una manera negativa: "No miento. Créelo." Como que Pablo está llamando a Cristo como testigo de la veracidad de lo que está a punto de decir o describir.
Inmediatamente después él dice: "Dándome testimonio mi conciencia." Pablo continuamente, a lo largo de sus cartas, apela al testimonio de su conciencia. Incluso él habla de que quiere tener una conciencia tranquila delante de Dios y delante de los hombres. Imagínate que tú y yo viviéramos de una manera en que quisiéramos tener la conciencia tranquila delante de los hombres que me ven, y delante de Dios que realmente me ve donde nadie ve. Pablo apela a esa conciencia en Hechos 23:1, lo hace en 2 Corintios 1:12, lo hace en su primera carta a Timoteo en los versículos 5 y 19, y lo hace en el capítulo 3 de esa primera carta a Timoteo, versículo 9. También apela a esa conciencia en la segunda carta a Timoteo en 1:3. Una y otra vez Pablo habla de esa conciencia.
Ahora, algunos quizás están preguntando: ¿qué es esa conciencia? La conciencia es una capacidad que Dios dio a los hombres —no a los animales, a los hombres—, con la cual nosotros tenemos cierta habilidad de juzgar lo bueno o lo malo, lo que está bien, lo que no está bien, lo que es justo e injusto. Ahora, esa conciencia y su veredicto no siempre son válidos, porque esa conciencia es afectada por nuestro ambiente cultural —lo que la gente considera bueno o malo en mi cultura—; es afectada de manera subjetiva por lo que a mí me conviene. De manera que mientras mejor informada esté la conciencia por la Palabra de Dios, y mientras mejor trabajo haya hecho la Palabra de Dios en mí para cambiar mi mente, pues más consistente será el testimonio de mi conciencia. Pero la conciencia es algo tan importante que la Palabra misma nos instruye a que si tú no tienes tranquilidad de conciencia, aunque no encuentres en la Palabra exactamente lo que estás pensando, no lo hagas; no violes tu conciencia.
Y para lo dice qué, todavía no ha dicho qué es lo que va a decir, pero antes de decirlo, quiero que me creas. He apelado a Cristo, he apelado a mi conciencia, y voy a ir más allá: dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo. Es como que Pablo está diciendo: el Espíritu de Dios ha iluminado mi conciencia, ha iluminado la Palabra para yo entenderla mejor, y de esa forma quiero decirte que lo que estoy a punto de decir es cierto. Te lo digo en Cristo, te lo digo conforme a mi conciencia, y te lo digo con un tercer testimonio, o testigo, que es el Espíritu Santo.
Pablo, ¿entonces qué es esto que tú introduces de una manera tan solemne? Bueno, es esto, versículo dos: "Que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón, porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne." Escucha cómo la Nueva Traducción Viviente lo tiene: "Tengo el corazón lleno de amargura y tristeza, infinito dolor por mi pueblo, mis hermanos judíos."
En serio, Pablo, sí. Es que yo estoy consternado de que mis hermanos judíos, que recibieron tantos privilegios, que han sido tan bendecidos, estén tan endurecidos, que vino Cristo y no lo recibieron, lo crucificaron, luego resucitó y como que lo han seguido rechazando. Me pesa porque yo sé que están bajo condenación y yo sé para dónde van. Y es importante que, antes de que yo continúe explicando la soberanía de Dios y todo lo demás, tú entiendas que yo no soy una persona acusadora; a mí me duele tu condición.
Acuérdense de que Pablo escribió a los corintios, que dice que además de todos los problemas que encontraban en el mundo y en el ministerio —la persecución, las maldiciones que recibió— encima de todo eso estaba la preocupación por todas las demás iglesias. E inmediatamente después dice: "¿A quién se le hace pecar que yo no me preocupe intensamente?" ¡Vaya, qué corazón, qué pastor! Su corazón me humilla en el buen sentido, me anima en otro sentido, me ayuda a saber de qué fueron ellos, qué pedir para que mi sentido de compasión por el otro pueda crecer, y al mismo tiempo nos confronta.
Porque, ¿sabes que Pablo está angustiado y profundamente triste? No es porque su mamá, su papá, su hijo, su hermano, su primo hermano estén perdidos. No, es por todos los judíos que no han recibido a Cristo. Es como si tú tuvieras una carga, o yo tuviera una carga, por todos los dominicanos que no conocen a Cristo. ¿Te imaginas? E imagina cómo tú y yo tenemos que pedir lo que nos falta para que ese corazón sea formado conforme a la imagen de Dios, al sentir de Dios.
Porque no solamente ves eso en Pablo; tú lo ves en Cristo, que lo modeló primero cuando Él iba bajando hacia Jerusalén y contempla la ciudad, contempla a los habitantes de esa ciudad que lo iban a crucificar en pocos días, y cómo Él lloró físicamente, derramó lágrimas por personas que a Él lo iban a clavar, pero que Él sabía que después de su crucifixión quedarían bajo condenación. Y de esa misma forma el corazón de Pablo está llorando, de la misma forma que el de Jesús estaba llorando, como lo describe Lucas 19:41. Y eso nos enseña a todos que tú y yo tenemos que pedir mucho más por la compasión de nuestro corazón hacia los que están condenados, y aun por aquellos que menos tienen, que están en necesidad y que tú y yo podemos ayudar, pero llevándonos de la cultura no lo hacemos.
Hasta ahí llegó la compasión del apóstol Pablo. ¿Hasta dónde, pastor? ¿Hasta dónde llegó? Escuchen, versículo tres, segunda parte. Yo estaría dispuesto —esta es la Nueva Traducción Viviente— a vivir bajo maldición para siempre, separado de Cristo, si eso pudiera salvarlos. ¿Cómo así, Pablo? La NTV la pone de esa manera, porque eso es lo que significa "anatema": estar separado de Cristo y condenado. Y Pablo está diciendo: si hubiera la remota posibilidad de que Dios me condenara a mí en sustitución por mis hermanos, oh Dios, pues yo lo haría.
Ahora, yo creo que él mejor que nadie sabía que, lamentablemente, o afortunadamente, eso era una imposibilidad, porque había una sola persona, y ya vino, que podía hacer tal cosa: fue el Hijo de Dios, que nació sin pecado, vivió sin pecado, cumplió la ley a cabalidad, y eso lo calificó para ir y ofrecerse en sustitución por nuestros pecados. Por eso Pablo dice: "Si fuera posible, yo lo haría; así me duele su condición."
Y en el Antiguo Testamento hubo otro líder grande con un corazón igualmente grande, que fue Moisés. En un momento dado, Dios amenaza con destruir al pueblo judío después de la experiencia con el becerro de oro, y le dice a Moisés que estaba listo para destruirlos a todos y comenzar de nuevo con él. Y Moisés le dice: "No, no, no, Dios, así no." Éxodo 32:32: "Ahora, si perdonas su pecado, bien; y si no, bórrame del libro que has escrito." En otras palabras: si Tú no lo vas a perdonar, pues bórrame a mí; perdónalo a él entonces. No es ese pueblo el que Tú sacaste al desierto, quieren agradecer a las demás naciones que el mismo Redentor que los sacó es el que los destruyó. Así no, Dios, mejor bórrame a mí.
Y claro, Pablo ha estado pensando, quizás por años: "¿Cómo es posible con mis hermanos judíos?" Ellos son los israelitas, a quienes pertenece la adopción como hijos —versículo 4—, y la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto y las promesas. Y luego el versículo 5: "De quienes son los patriarcas, y de quienes según la carne procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén."
Pablo no, él está angustiado. Si ellos fueron los que fueron adoptados por Dios como hijos; si ellos vieron la gloria, vieron la gloria de Dios en la nube que los cubría todos los días para protegerlos del sol; vieron la gloria de Dios, la Shekiná, la gloria Shekiná en el tabernáculo; vieron la gloria en el templo, en la inauguración del templo, cuando Dios llenó el templo con su gloria y su presencia —aquella misma presencia que los acreedores destruyeron, que salieron dejando el templo solo—; recibieron los pactos: el pacto con Abraham, el pacto con David, el pacto con Moisés, que culminaron todos en el pacto de la sangre a través de la sangre de Cristo; ellos recibieron la ley, la ley de Dios que es tu sabiduría y mi sabiduría, la cual hemos cantado, cuyos juicios son perfectos y justos.
Si Dios les otorgó la dirección de los cultos —cómo hacerlo, cómo ofrecer sacrificio, qué tipo de animales sacrificar—, si los cuidó en ese sentido; si recibieron todas y cada una de las promesas anteriores, incluyendo el anuncio de múltiples formas y a través de múltiples profetas de que vendría un Redentor, el Mesías; y si todo eso fuera poco, el hecho de que el Mesías cuando vino era del linaje de David y también de los patriarcas, de Abraham —"En tu simiente, Abraham, Cristo, serán benditas todas las naciones"—, ¿cómo es posible que pueda haber tanta ingratitud con tanta gracia recibida?
De eso habla Pablo en Romanos 1 cuando dice que la ira de Dios se revela contra toda impiedad e injusticia de los hombres que suprimen la verdad, y luego continúa hablando, y al final los versículos 20 y 21 dicen que Dios estaba airado básicamente por dos razones: porque no le reconocieron como Dios ni tampoco le dieron gracias. Y eso nos confronta a nosotros también, que hemos sido visitados con gracias sobre gracia, y no respondemos con gratitud hacia ese Dios.
Y Pablo estaba también preocupado, atormentado, no solamente por la ingratitud de sus hermanos sino por la dureza espiritual de sus hermanos. Tantos privilegios, tantas bendiciones, tanta gracia, el Mesías que viene y baja en medio de ellos, y lo ven, y lo oyen, y lo rechazan. Era importante que Pablo pudiera hablar de cómo le dolió todo esto, porque cuando él comience ahora a hablar de la soberanía de Dios en la elección de Israel, y de cómo unos fueron dejados a un lado y otros fueron soberanamente seleccionados...
Él quiere que ellos entiendan. Yo no estoy hablando como una persona condenadora, aunque la verdad duele. No, yo quiero que tú sepas que yo te digo la verdad porque a mí me duele cuando digo la verdad. Me duele tener que decirla, pero no puedo dejar de decirla.
Entonces él comienza, y esa es la segunda parte del mensaje, la segunda parte del texto, del versículo 6 hasta el 13, donde se habla de la elección soberana de Israel de parte de Dios. Y él comienza diciendo: "Pero no es que la palabra de Dios haya fallado." Pablo comienza a defender a Dios, a justificar a Dios. Es una teodicea, se llama teodicea, una defensa, una justificación de Dios ante los ojos de los demás. Porque lo que Pablo está tratando de decir es que el hecho de que la mayoría de los judíos no hayan creído en Cristo no nulifica la palabra de Dios ni sus promesas.
Entonces lo que él hace es tratar de ayudarnos a entender que dentro de lo que es Israel siempre ha habido —permítanme ponerlo de esta manera— como dos Israel dentro del mismo Israel. Y él habló de eso en Romanos 2, ya lo vimos hace meses atrás. Están aquellos que fueron circuncidados en la carne solamente, pero que eran israelitas —Romanos 2, ahí está— y aquellos que eran circuncidados de corazón además de tener la circuncisión en la carne. Y para Pablo, la circuncisión que vale es la circuncisión del corazón. Es como que hay un grupo que forma el Israel espiritual, si tú quieres, y hay otro grupo que forma el Israel físico-político, donde está todo el mundo que es israelita.
Entonces, básicamente, ahora Pablo va a seguir ayudándonos a entender esa división y comienza diciendo en el versículo 6 en parte: "Porque no todos los descendientes de Israel son Israel." Bueno, está un poco confuso eso. ¿Cómo que no todos los descendientes de Israel son Israel? Bueno, tienen que recordar que Jacob fue uno de los dos mellizos, hijo de Rebeca. Y el nombre de Israel no le vino de nacimiento; un día, después de que se le aparece el ángel del Señor —una representación probablemente de Cristo preencarnado— que lucha con Jacob, Jacob no lo quería dejar ir hasta que no lo bendijera. Al final de esa lucha, por así decirlo, se nos dice en Génesis 32:28: "Y el hombre dijo" —esa aparición angelical—: "Tu nombre ya no será Jacob, sino Israel." Esa es la primera vez que el nombre Israel le aparece, porque ha luchado con Dios y con los hombres y ha prevalecido. Y el nombre de Israel significa más o menos eso, como "luchar con Dios", dependiendo de la fuente que consultes.
Entonces eso es lo que Pablo está diciendo ahora. Está ayudándonos a entender que no todos los descendientes de Jacob son Israel, no todos los descendientes de Jacob son salvos y forman parte del Israel verdadero. No es así. Bueno, entonces, Pablo, ¿quiénes son? Bueno, lo voy a explicar ahora. Versículo 7: "Ni son todos hijos por ser descendientes de Abraham, sino que: Por Isaac será llamada tu descendencia." Okay, vamos a tratar de desempacar eso un poco.
Abraham tuvo tres hijos. Él tuvo un primer hijo con Agar, la sierva de Sara, que no era el hijo de la promesa. Luego tuvo a Isaac con Sara, que era el hijo de la promesa. Y cuando Sara murió, entonces él tuvo un tercero, pero no vamos a entrar ahí para no complicar todo lo que está hablando. Quedémonos con los primeros dos. Entonces Dios hace una promesa a Abraham de que tendría un hijo cuando él ya estaba avanzado en años, y Sara también, y Sara era estéril. Y luego pasan 25 años más. Imagínate cuán avanzado estaba ahora: 100 años, y Sara con 90, y de repente Sara embarazada. El primogénito de Abraham fue Ismael, sí, pero no era el hijo de la promesa. Ismael tuvo 12 hijos, sí, pero no era el hijo de la promesa. El segundo hijo de Abraham y Sara fue el hijo de la promesa, y la promesa se le hizo a Isaac y a sus descendientes, no a Ismael y a sus descendientes. Ismael y sus descendientes llegaron a formar el mundo árabe, el pueblo árabe. Entonces esos no formaron la nación de Israel, sino los descendientes de Isaac.
Entonces escucha de nuevo el versículo 7: "Ni son todos hijos por ser descendientes de Abraham, sino que: Por Isaac será llamada tu descendencia." Esto es: no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendencia. En otras palabras, los hijos de la carne no son los hijos de Dios. En otras palabras, aquellos que están circuncidados en la carne, esos no son los hijos de Dios. Claro que no. Ya Pablo lo dijo en Romanos 2: son los que tienen la circuncisión del corazón. Y el llamado de esos comienza por Isaac.
Entonces Pablo está tratando de explicar que la palabra de Dios no ha fallado, porque hay un grupo que ha sido no solamente circuncidado en la carne sino en el corazón, que forma el Israel espiritual, que son parte de los hijos de Dios, y los otros no. Por ejemplo, volviendo a la misma forma: "Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo volveré, y Sara tendrá un hijo." No es Ismael; Isaac salió de Sara, él salió de la promesa que Dios hizo, ese es, y sus descendientes con los que voy a trabajar de manera primaria.
Ahora bien, Isaac se ha casado con Rebeca y ella quedó embarazada de mellizos. Escuchen, porque Pablo lo que está haciendo es desmenuzar la elección de Dios yéndose al principio, desde Abraham para acá. Versículos 10 al 13: "Y no solo esto, sino que también Rebeca concibió mellizos de uno, nuestro padre Isaac." Isaac, el hijo de la promesa, el hijo de la promesa se casa con Rebeca y ella sale embarazada de mellizos. Pero los mellizos no son elegidos los dos, porque cuando aún los mellizos no habían nacido y no habían hecho nada ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera, no por las obras sino por aquel que llama, se le dijo a Rebeca: "El mayor servirá al menor", tal como está escrito: "A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí."
Lo primero que vale explicar es esto: Dios hizo una promesa a los hijos o descendientes de Isaac. Pero luego, cuando Isaac se casa y tiene con Rebeca dos mellizos, de los cuales es Isaac el padre, Dios eligió a uno y no eligió al otro. Ahora, de esos dos —a Jacob amó y a Esaú aborreció—, ¿quién sale primero del vientre? Cuando tú ves la historia de Rebeca, es Esaú. Ese es el primogénito. En la cultura hebrea, si tienes mellizos, el que sale primero es el mayor, ese es el primogénito, es el que tiene el derecho de la primogenitura. Ese fue Esaú. Y Pablo está haciendo notar que antes de que el parto se diera, Dios le dijo a Rebeca: "El mayor, el que salga primero, va a servir al menor, al que viene después."
Y la pregunta sería: ¿pero por qué? Bueno, está aquí la respuesta. Escuchen: "Para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera, no por las obras, sino por aquel que llama, se le dijo a Rebeca: El mayor servirá al menor, tal como está escrito: A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí." Está tan claro. Abraham tiene un primogénito, pero ese no es Ismael; luego tiene un segundo, Isaac, a quien le dio la promesa, ese es. Y luego Isaac tiene dos hijos con Rebeca: uno es Esaú y otro es Jacob. Esaú es el primero, el primogénito. Para Esaú no. Entonces, ¿cuál es? Jacob, el menor. Y el mayor va a servir al menor. ¿Pero por qué? Porque está invirtiendo el orden. ¿Para qué? Para declarar que está ahí para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera, no por las obras, antes de que los mellizos hubiesen hecho algo bueno o malo.
En una ocasión, un estudiante le dijo al doctor Thomas Griffith —muy conocido por haber sido uno de los fundadores del Seminario Teológico de Dallas—: "Yo no puedo entender que Dios aborreciera a Esaú." Y el doctor Griffith dijo: "Bueno, para mí es más difícil saber por qué Dios amó a Jacob, porque tú has leído el testimonio de vida de Jacob." Si un hombre sabe lo que significa "engañador", ese es Jacob. Engañó a su hermano: le compró la primogenitura. Esaú vino del campo con hambre, y Jacob era buen cocinero y le preparó un guiso, y le dijo: "¿Sabes qué? Si me das la primogenitura, te doy el guiso." Y Esaú era tan carnal que cambió su primogenitura por un guiso. La famosa frase: "Un gustazo, un trancazo." Tamaño trancazo. Las manos no funcionan así en el mundo espiritual, ni con el pecado tampoco.
Hubo el pecado de Esaú y de su madre, que se combinó con Jacob —perdón— para hacer esto y quitarle la primogenitura. Y ahí quedó, el trueque hecho. Pero Dios declaró que el hombre puede pecar, y Satanás puede inducir al hombre a pecar para tratar de deshacer sus planes, y Él de todas formas va a llevar a cabo sus planes. "Yo puedo hacer a Daniel, yo puedo crear a Daniel, formar a Daniel. Tú lo vas a caer, no importa, mis planes prevalecerán." Es el Dios que nosotros tenemos.
Ahora bien, pastor, eso es difícil de entender, porque como que Dios aborreció a Esaú. Bueno, también tenemos que entender la palabra "aborrecer." Recuerda que cuando tú quieres saber lo que "aborrecer" significa en la Palabra, no puedes ir primero al diccionario de la Real Academia, porque la Palabra tiene su propio lenguaje. Vamos a ver en la Palabra cómo es que ha sido usada. Entonces tú vas a los Evangelios y te encuentras que Cristo le dice en un momento dado en Lucas 14:26: "Si alguien viene a mí y no aborrece" —ahí está la palabra— "a su padre, madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo."
Pastor, yo no entiendo esto. ¿Cómo es que el Señor me manda odiar a mi padre y a mi madre? Me dijo mi hija cuando era pequeña. Él dice que ame a los que me maldicen, que ame a los que me persigan, que ame a mi prójimo. Él dijo que ese es el segundo más grande mandamiento, y que ame incluso a mis enemigos. ¿Y ahora me dice que a mi padre, mi madre, mi hijo, mi hija, si los amo más que a Él, tengo que aborrecerlos? Claro, porque necesitan entender que lo que se cree es que esto es en términos relativos. En otras palabras, si tú…
Mamá y tu papá, tu hijo, tu hija, o cualquier otra relación te mandan a hacer algo, quieren que tú hagas algo, y tú quieres favorecerlos a ellos, pero no me va a obedecer a mí. Entonces tú los amas más a ellos que a mí. Yo tengo que ser amado por encima de toda cosa, de toda posición y de toda persona. Y si no, cuando los favoreces, has ayudado a borrar quién yo soy en esencia. Tú me estabas aborreciendo a mí amándolo a ellos.
Esa es la razón: tienes que amarme a mí y aborrecer a ellos en ese sentido relativo, pero no es en el sentido de aborrecer como nosotros lo entendemos, porque tienes que amar incluso a tus enemigos.
Entonces, pastores, que esta doctrina de la creación y elección es difícil de entender... No, no es difícil de entender. Ya yo te dije hace un tiempo: es difícil de tragar. Es cierto que yo no entiendo por qué Dios hace la elección de uno sobre otro, es cierto, pero no lo puedo entender porque tú sabes lo que Dios dice acerca de su sabiduría: que es insondable, que es inescrutable. No lo puedo entender. Ahora, yo estoy obligado a hacer mi mejor esfuerzo para entender lo revelado, porque lo otro —lo no revelado— esto sí, para entender lo revelado y creerlo. Y eso es lo que a la gente le da trabajo aceptar. No entender. Es que entendiéndolo revelado se le hace difícil aceptar lo que acaba de entender.
Pero hay razones para esa dificultad. En primer lugar, nosotros usamos a Dios conforme a como nosotros pensamos. Como dice el salmista en el Salmo 50, que Dios les dijo: "Tú pensabas que yo era tal como tú." El ladrón juzga por su condición. Entonces nosotros pensamos de esta manera: "Bueno, pero si yo escojo a esta persona y no a esta otra, eso no es justo." De manera que si Dios no lo hace como yo pienso, Dios es injusto. ¿Quién es el juez? O sea, el acusado le dice al juez: "Señor juez, eso es injusto. Yo, el acusado, entiendo la justicia de esta forma, de manera que dé su veredicto conforme a mi entendimiento." Pero eso, como es en manos... yo creo que se cae a la mata, como decimos nosotros.
Que si el entendimiento de lo que Dios dice acerca de lo que sea choca con tu entendimiento acerca de lo mismo, uno de los dos está equivocado. Y averiguada la pregunta: ¿quién es? Pero no es Dios. De manera que si tú tienes dificultad en comprender lo que es injusto y justo, sabes qué: ajústate tú. Tú te ajustas, no Dios. Pero nosotros siempre queremos que sea Dios el que ajuste su entendimiento. Cuando veas a Romanos 9:20-21, ubícate para que sepas dónde está Dios y dónde está la criatura.
La pregunta que tú y yo tenemos que hacernos no es si lo entiendo o no lo entiendo, sino si Dios lo ha revelado. Y si Dios lo ha revelado, ¿dónde está eso en la Biblia? Entonces, lo que yo quiero ahora, a manera de aplicación y en el tiempo que me queda, es que podamos ver efectivamente qué es lo que Dios ha revelado. Porque lo importante no es lo que el pastor entienda. Entiendan una cosa: mi entendimiento no establece la verdad. Es la Biblia la que establece la verdad. Donde la Biblia habla, nosotros callamos. Eso es lo que Dios ha hecho.
Bueno, vamos a tomar esto desde el principio. Dios eligió a Abraham. Lo íbamos a ver en el sermón de Fabio: Abraham estaba con sus padres al otro lado del río Jordán, adorando dioses paganos —Josué 24:2-3—. Abraham estaba buscando a Dios, y Dios, como ya dijimos, no eligió a su papá, no eligió a su hermano, no eligió a ninguno de sus parientes ni de sus familiares, sino a él. ¿Y por qué a él, cuando él también adoraba a dioses paganos? Porque esa fue la elección de Dios.
Número dos: Dios eligió a Israel como nación sacerdotal. ¿Pero por qué no eligió a otra nación? Hoy estarías tú preguntando: "¿Por qué esa nación y no otra? ¿Por qué no le dio a cualquier otra tribu?" Primero, porque Dios es Dios, y segundo, porque todavía sigue siendo la misma pregunta. Ahora, esto es lo que Dios dice. De hecho, yo lo leí, y qué bueno que lo leí al principio. No nos pusimos de acuerdo, pero el énfasis está en Deuteronomio 7:7-8:
"El Señor no puso su amor en vosotros ni os escogió por ser vosotros más numerosos que otro pueblo, pues eres el más pequeño de todos los pueblos."
El más pequeño de todos los pueblos, el menos importante, el menos significante eran ustedes. "Y yo te escogí, mas porque el Señor os amó y guardó el juramento que hizo a vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob. El Señor os sacó con mano fuerte y os redimió de casa de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto." No había ninguna razón, ningún mérito, ninguna condición.
Entiende tu lógica: es mejor cuando yo te leo que Dios eligió a Abraham, que eligió a Israel, que eligió a los profetas. Ninguno de los profetas aplicó para la posición, como hemos dicho otras veces. ¿Tú has leído que Amós estaba en el campo arando, y de repente Dios se le aparece y le dice: "Amós, tú eres mío, me vas a servir"? "Pero yo no apliqué, yo no tengo llamado para profetizar." "No, porque soy yo quien te eligió, y yo te llevo a ser mi profeta de aquí en adelante. Deja eso." Y Amós dejó el arado.
Dios eligió no solamente a los profetas, sino que de todos los profetas que Dios envió, todos fueron enviados a Israel, la nación que los cobijó, excepto tres de ellos. Jonás fue a Nínive, Nahúm fue a Nínive cuarenta, cincuenta o sesenta años después, dependiendo de la fuente que leas, y luego Abdías fue a los edomitas. ¿Y quiénes fueron los edomitas? Los descendientes de Esaú, que no formaron parte de Israel, porque Esaú no fue elegido. Jacob fue el elegido. ¡Oh! De manera que los profetas fueron elegidos y luego enviados mayoritariamente a Israel y no a las demás naciones.
Luego, en el Nuevo Testamento, Dios le dice a los discípulos en Juan 15:16: "Ustedes no me eligieron a mí; yo los elegí a ustedes." Y no se dio lo que se daba en esa época con todos los discípulos y rabinos, que era que el discípulo escogía a su rabino. Y cuando no le gustaba la enseñanza, tenía la libertad de irse. Eso es lo que Cristo les dice en un momento dado en Juan 6:66, que dice que desde ese momento en adelante muchos discípulos ya no andaban con Él, y ellos tenían la libertad de irse. Y en ese momento Cristo se voltea y les dice: "Ustedes también se pueden ir." Ahora, fue Dios quien los escogió a ellos, y no se fueron justamente porque era Dios quien los había escogido.
De manera que Dios eligió, como acabamos de ver en el texto de hoy, a Jacob por encima de Esaú. Si cruzamos al Nuevo Testamento otra vez: Dios eligió a los gentiles, a un grupo de gentiles entre los cuales estamos nosotros. Pero los gentiles no andaban buscando a Dios; los gentiles ni siquiera sabían que ese Dios existía. Oye cómo lo dice Dios a través de Isaías 65:1:
"Me dejé buscar por los que no preguntaban por mí; me dejé hallar por los que no me buscaban. Dije: 'Heme aquí, heme aquí', a una nación que no invocaba mi nombre."
Es como lo que ustedes escucharon esta mañana más temprano. Imagínate que yo fuera Dios y ustedes son los gentiles. Ustedes no me andan buscando, no me conocen, tampoco les intereso a ustedes. Y yo vengo donde están y les digo: "Mírenme, heme aquí, heme aquí. Yo soy el Dios a quien tú debes servir." No me hacen caso. "Miren, soy yo, encuéntrame de este lado. Miren, soy yo, encuéntrenme." Eso es Dios viniendo abajo a los gentiles.
Así como a Pablo, que no lo andaba buscando, que andaba persiguiendo a aquellos que adoraban a Jesús. Y en medio de la persecución, Dios lo selecciona, lo tumba al piso y le dice: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Eso es algo que Pablo jamás esperaba. Era: "¿Quién eres tú, Señor?" E inmediatamente le dijo "Señor". No sé qué fue lo que vio, pero vio mucho para decirle "Señor". Y a Pablo no tenía idea de quién era el que le estaba hablando. Y Cristo salió a buscarlo.
Y qué les dijo Dios a los gentiles. Más que eso, dale para atrás al reloj y vamos a la eternidad pasada. Antes de Adán y Eva, los ángeles que no cayeron con Lucifer y Satanás fueron elegidos. Mira cómo Pablo lo dice en 1 Timoteo 5:21:
"Te encargo solemnemente en la presencia de Dios y de Cristo Jesús y de sus ángeles escogidos, que conserves estos principios sin prejuicios, no haciendo nada con espíritu de parcialidad."
Si Dios no escoge a esos ángeles, se van también a través de Lucifer, porque la criatura, como hablamos el miércoles pasado, quiere su independencia. La criatura no tolera el hecho de ser dependiente. La criatura quiere ser autónoma, porque la criatura cree que es como el Creador, que es autónomo. La criatura no es autónoma. Yo puedo elegir bajarme de aquí o subir aquí, sí, ese tipo de libertad lo tengo, claro, pero no soy autónomo.
De manera que ahí están los ángeles escogidos. Pero nosotros siempre tenemos dificultad, y frecuentemente es que decimos: "Eso a mí no me parece justo." Bueno, no sé, pero que no me lo expliquen de una manera que me parece que no es justo, ¿ven? Como Martín Lutero lo dijo: ¿debería quejarse el hombre de que Dios actúa injustamente cuando eso es imposible? O la segunda pregunta de Lutero sería: ¿sería posible entonces que Dios ya no sea Dios? En otras palabras, ¿cuál opción tú quieres? Porque si Dios puede hacer algo injusto, no estamos hablando de Dios. O tú aceptas que si Dios lo hizo, eso es justo. Esa es la definición de justicia: justicia no es lo que a mí me parece justo, es lo que Dios hace.
La primera dificultad que tenemos para aceptar la elección de Dios, de todas estas formas que hemos hablado, es porque yo juzgo a Dios como si fuera yo mismo. Número dos: tenemos la dificultad porque queremos seguir creyendo —como queremos ser autónomos— que el hombre tiene todavía la libertad de escoger a Dios. No, no tiene la libertad de escoger a Dios. El sesgo del pecado, su pecado, lo impide. Ha esclavizado la voluntad, y hemos hablado de esto también. Romanos 3:10-12 dice:
"No hay justo ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles. No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno."
En otras palabras, si Dios...
No le dije entonces, ¿a lo que vamos todos a la condenación? Entonces, ¿tú prefieres que Dios le diga al ser humano: "Ustedes me escogen, pero no hay garantía, o sea, dónde vamos a terminar"? O yo, sabiendo dónde van a terminar, tomo la decisión en toda mi sabiduría santa, omnisciencia, omnipotencia y en mi santidad infinita, y tomo la decisión de elegir algunos para salvación. ¿O tú piensas que realmente el ser humano puede elegir mejor que Dios? No, porque Dios es infinito en cada uno de sus atributos.
El problema es que hemos reducido el tamaño de la imagen de Dios. Mira cómo A. W. Tozer lo pone en su libro *El conocimiento del Dios santo*. Escucha: "La iglesia ha abandonado lo que fue una vez su alto concepto de Dios y lo ha sustituido por uno tan bajo, tan innoble, que Dios es completamente indigno del pensamiento y de la adoración de los hombres." En otras palabras, Dios es tan reducido que los hombres ni siquiera se dignan adorarlo. Esto no lo ha hecho la iglesia deliberadamente, sino poco a poco y sin darse cuenta, y esa misma inconsciencia hace que su situación sea más trágica.
El hecho de que la iglesia haya dejado el alto concepto de Dios y lo haya reducido a uno pequeño, a un dios manejable, a un dios no tan santo, a un dios no tan demandante, a un dios indulgente, lo ha hecho inconscientemente, sin darse cuenta, porque no es a propósito. Y eso hace su situación más trágica, porque la iglesia no sabe que no sabe; por tanto, no pueden ni siquiera cambiar.
Pero ya Dios ha revelado en su Palabra, así como en Isaías 55:9: "Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que sus caminos, y mis pensamientos más que sus pensamientos." Escúchame: tú no puedes alcanzar adónde están mis pensamientos. Ahora yo puedo tratar de bajarte algo de mi pensamiento que tú puedas entender; lo revelo, y tú lo crees. O el mismo profeta, en Isaías 40:25, Dios hablando en otra ocasión: "¿A quién, pues, ustedes me compararán, para que yo sea su igual?, dice el Santo. ¿Dime, quién hay que se compare conmigo?"
No tengo consejero; yo no he pedido consejo, porque el consejo que me puedan dar va a ser tan infinitamente peor que lo que yo pueda pensar, que no voy a perder mi tiempo. Es más, el consejo que tú me das acerca de lo que yo tengo que hacer contigo te va a hacer la vida peor a ti, porque yo tengo la compasión, la misericordia y la gracia que tú no tienes, aún para ti mismo. El versículo 28 de ese mismo capítulo 40 dice: "¿Acaso no lo sabes? ¿No lo has oído? El Dios eterno, el Señor, el Creador de los confines de la tierra, no se fatiga ni se cansa." Pero esto era lo que yo quería: "Su entendimiento es inescrutable."
No, yo tengo que aprender, yo tengo que descubrir por qué Dios eligió a uno y no a otro. Bueno, está bien; podemos comenzar a descubrir, pero entiende que cuando terminemos, las cosas secretas le pertenecen a Dios, y las reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos, como dice Deuteronomio 29:29.
Entonces, ¿qué hago, pastor? Que yo acepto ese Dios grande, sublime, infinitamente santo, omnisciente, que aprueba todo lo que aprueba y que aplaude todo lo que aplaude. Trato de imitarlo y trato de enseñar a otros lo que me ha enseñado a mí a través de su Palabra. Ahora, hermano, eso si tú eres nacido de nuevo. Claro, si eres nacido de nuevo; pero si eres nacido de nuevo, ese es tu mayor garantía, gozo, satisfacción y acción de gracias: el hecho de que sin mérito, sin ninguna obra ni anterior ni posterior, Dios me eligió y me hizo parte de su familia, me hizo uno de sus hijos, cuando yo era un rebelde inmoral, cuando no le buscaba y Él sabía que le existía, y aun así vino tras de mí.
Al final del primer servicio se acercó un joven bastante joven. No es de aquí, vive fuera. Me dijo: "Es la primera vez que vengo." Hablaba inglés, pero aun en su inglés era obvio que no era de Estados Unidos; era de Alemania. Y comenzó a hacerme preguntas. Su primera pregunta fue: "¿Cómo tú encontraste a Dios?" Bueno, yo no lo encontré; Él me encontró a mí, porque no estaba perdido yo, sí. Pero le describí brevemente, en resumen, cómo y cuándo Dios me encontró. Le dije: "Pero yo una cosa te pido: pídale a ese Dios que te abra los ojos, porque si Él no abre los ojos de tu entendimiento, no lo vas a poder ni ver ni entender. Esto es una obra de Dios por completo."
Al final le dije: "Bueno, estoy aquí para servirte. Si vuelves a pasar por aquí..." Yo dudé que pasara, porque era muy circunstancial. "Bueno, yo creo que Dios te trajo para oír este mensaje, porque en su soberanía, a mí me parece que hay una alta posibilidad de que Él te cayó atrás. Cuando lo oigas, responde a su voz." Así es como es, hermano.
Ahora, si Dios te cayó atrás y te encontró, y luego te dice: "Escúchame, tú eres un linaje escogido, eres un real sacerdocio, eres una nación santa, para que proclames mis virtudes", ¿cómo puedo yo seguir reflejando las virtudes de mi hombre viejo? No puede ser. Tendría que ser igual que Pablo y decir: "¡Oh, cuánta gratitud! Con tanta gracia, tanta misericordia, que Él me buscó con tanta paciencia." Y luego, que ya estando elegido, para hacer algo tan fuera de serie: reflejar sus virtudes, proclamar sus virtudes, sus excelencias, sus atributos. ¡Y cuándo el privilegio! Eso es, sobre todo cuando me encontró tan enlodado, tan enredado, tan perdido, me limpió, me salvó, y me está preservando para glorificarme y darme, junto con Cristo, la herencia del reino de los cielos, e ir a heredar con Cristo.
Hermano, te imaginas el gozo. Yo espero que te salgas de aquí dando brincos, saltando y diciendo: "Para el resto de mi vida, esta es mi función, esta es mi misión: reflejar a Cristo, hablar de Cristo, con gratitud, con gozo." Y su voluntad será mi deleite.
Padre, gracias. Padre, gracias por tu gracia, por tu misericordia, por tu paciencia, por tu benevolencia para conmigo y para con cada uno de tus hijos. Oh Dios, gracias por tus promesas. Tú eres fiel en medio de mi infidelidad. Tú eres fiel. Gracias porque Tú haces los pactos y luego Tú te mantienes fiel a tu pacto, aun cuando yo rompo tu pacto. Perdóname, perdónanos, oh Dios. Danos lo que se requiere, danos llenura de tu Espíritu, danos convicción de pecado, danos convicción de verdad, para que yo pueda entonces permanecer fiel al pacto que Tú hiciste conmigo, un pacto de salvación unilateral, con las condiciones que Tú elegiste. Ayúdame a cumplir tus condiciones; yo no tengo condiciones que estipular. ¿Cómo puedo yo poner condiciones a un Dios tan alto, sublime, soberano y santo como Tú?
Señor, abre mis ojos para yo vivir para Ti, para que Cristo sea mi única motivación, que yo respire cada segundo por amor a Cristo, por honor a Cristo, para gloria de Cristo. Señor, aviva a tu pueblo, levanta a tu pueblo, mueve las ataduras y ayúdanos a volar contigo a la altura de tu gloria. Ayúdanos por tu Espíritu, en Cristo Jesús, que es de su pueblo. Amén.
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