Integridad y Sabiduria
Sermones

Sola fide (solo por fe)

Sugel Michelen 19 octubre, 2008

¿Cómo puede un pecador culpable ser aceptado delante de un Dios justo? Esta es la pregunta más importante que debe hacerse todo ser humano interesado en el destino eterno de su alma, y Jesús la responde con claridad en la parábola del fariseo y el publicano. Mientras el fariseo oraba satisfecho consigo mismo, enumerando sus virtudes religiosas, el publicano ni siquiera se atrevía a alzar los ojos al cielo, golpeándose el pecho y clamando: "Dios, sé propicio a mí, pecador". El veredicto de Cristo fue contundente: el publicano descendió a su casa justificado.

La justificación es una declaración legal de inocencia. Dios perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos, no porque pase por alto nuestra culpa, sino porque Cristo cargó con la pena que merecíamos. En la cruz, nuestros pecados le fueron imputados a él, y su justicia perfecta nos es imputada a nosotros. Como ilustra la carta a Filemón, cuando Pablo le pide a su amigo que ponga la deuda de Onésimo en su cuenta, así Dios pone la obediencia de Cristo en nuestra cuenta.

El medio instrumental para recibir este regalo es la fe sola, no las obras ni los sacramentos. La fe no es el Salvador; Cristo lo es. La fe es simplemente la mano vacía que recibe lo que la gracia ofrece. Pero esta fe verdadera no viene sola: incluye conocimiento del evangelio, asentimiento a su verdad, y una confianza que transforma la vida. Como el promotor del trapecista que cruzó las cataratas del Niágara colgado de sus espaldas, la fe genuina se entrega completamente al objeto de su confianza.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Lucas capítulo 18. A unos que confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: 'Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres: injustos, ladrones, adúlteros, ni aún como este publicano. Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.' Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aún alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Dios, sé propicio a mí, pecador.' Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro, porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."

En una forma bien sencilla, el Señor Jesucristo responde en esta parábola la pregunta más importante que debe hacerse todo hombre que esté interesado en el destino eterno de su alma: ¿Cómo puede un hombre pecador ser aceptado delante de un Dios justo? Lucas nos dice en el versículo 9 que Cristo dirigió esta parábola a ciertos individuos en su auditorio que confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros. Y es precisamente para destruir ese sentido de autoconfianza que el Señor relata esta historia que gira en torno a dos personajes, dos individuos que representaban los dos extremos de la sociedad judía en los tiempos del Señor: un fariseo y un publicano.

El fariseo representaba la religiosidad, el moralismo, la decencia, la conducta externa intachable. El publicano era la imagen misma del hombre sin escrúpulos, el individuo que cobraba impuestos a sus hermanos de raza para dárselos al romano opresor, y para colmo de males, en muchos casos abultando el cobro exigido por la ley para su propio provecho. ¡No hay nada nuevo debajo del sol!

Pero en un momento dado, estos dos individuos tan disímiles entre sí, el mismo día, a la misma hora, acuden al templo a orar. El fariseo, en un impresionante despliegue de autojusticia, ofrece una oración a su propio ego. Puesto en pie, oraba consigo mismo, y su oración no era otra cosa que la expresión de un hombre plenamente satisfecho consigo mismo: "Dios, te doy gracias. Gracias por mí, porque yo no soy como los otros hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aún como este publicano. Yo ayuno dos veces a la semana, yo doy diezmos de todo lo que gano."

El publicano, en cambio, no solo se sentía avergonzado por su propio pecado, sino también aplastado por la conciencia de encontrarse delante de un Dios tres veces santo. Por eso dice el versículo 13 que estando lejos, lejos del santuario, lejos de ese lugar en el que Dios manifestaba su presencia especial en el antiguo pacto, estando lejos, no quería ni aún alzar los ojos al cielo. Este hombre sabía que había violado la ley en incontables ocasiones y que no tenía nada que ofrecerle a Dios excepto su pecado. Por eso él no oraba como el fariseo diciendo: "¡Oh Dios, te doy gracias! Porque yo no soy como los otros cobradores de impuestos. Ellos ni siquiera apartan un tiempo en su agenda para venir al templo a orar." No, cuando este publicano se miraba a sí mismo en el espejo de la ley de Dios, solo podía clamarle desde lo más profundo de su corazón: "¡Dios, sé propicio a mí, pecador!" Y el texto griego dice literalmente: "¡Sé propicio a mí, el pecador!" Yo soy el más grande de los pecadores. Yo no tengo nada que exigir, Dios, por eso te pido que en tu misericordia tengas misericordia de mí.

Y el veredicto del Señor es claro y preciso en lo tocante a la reacción de Dios con respecto a cada uno de estos hombres. Versículo 14: "Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro, porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."

He aquí, en palabras llanas y sencillas, el corazón del Evangelio, la esencia del mensaje de salvación que encontramos en el Nuevo Testamento. El Señor no pudo enseñar más claramente que la salvación del pecador no descansa en lo que somos, no descansa en lo que hacemos. Sin embargo, a pesar de la claridad de su enseñanza, dieciséis siglos más tarde esta doctrina de la justificación por la fe habría de estar en el meollo de la controversia religiosa que más repercusiones habría de tener en toda la historia del cristianismo. Me refiero a la Reforma Protestante.

Y aunque muchas otras doctrinas fueron debatidas en este conflicto, el centro del debate fue la justificación por la fe. Por eso los historiadores describen esta doctrina como la causa material de la Reforma. En otras palabras, el asunto sustantivo o la materia esencial del debate. Mientras la Iglesia de Roma enseñaba, y aún enseña, que la salvación es por Cristo, es por gracia y es por fe más los sacramentos, los reformadores insistían en que la salvación es solo por Cristo, solo por gracia, solo por medio de la fe.

Y yo sé que algunos pueden estar pensando que este es un asunto meramente de semántica, una insignificante diferencia de palabras. Pero como espero demostrar en esta mañana, lo que se estaba debatiendo allí era la esencia misma del mensaje del Evangelio. Hace muchos años atrás, unas cápsulas de Tylenol fueron adulteradas con cianuro y algunas personas sufrieron el daño. Pero el peligro de abrazar un Evangelio adulterado es infinitamente peor, porque lo que está en juego aquí es la salvación eterna de nuestras almas.

De ahí la vehemencia con que Pablo advierte a los gálatas en contra del peligro de adulterar el Evangelio. Dice Pablo: "Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente." Y ahora Pablo aclara: "No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema." Maldito de Dios. Y Pablo repite: "Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema."

Quiera Dios, hermanos, que las iglesias de Cristo tomen en serio esta advertencia de Pablo. Dice: en el día de mañana me ven a mí, o a Miguel Núñez, o a quien sea predicando otro evangelio diferente, mis amados hermanos, sea anatema. Lo que estamos tratando aquí es un asunto sumamente serio. Un Evangelio adulterado puede enviar millones de personas al infierno creyendo que son lo que no son.

Y lo que quiero hacer en esta mañana es precisamente responder algunas preguntas básicas acerca de este mensaje del Evangelio que gira en torno a la justificación por la fe. Y la primera pregunta es: ¿qué significa ser justificado?

¿Qué significa ser justificado? Cuando Cristo le dice a este publicano que él descendió a su casa justificado, ¿a qué se refiere? Bueno, esta palabra es usada en la Biblia en un contexto judicial. Un hombre es traído delante de un tribunal para ser juzgado, y allí será declarado culpable o inocente, y será condenado o justificado. La justificación es una declaración legal de inocencia.

Por ejemplo, en Proverbios capítulo 17, versículo 15, Dios advierte a los jueces de Israel: "El que justifica al impío y el que condena al justo, ambos son igualmente abominables a Dios." En otras palabras, declarar inocente a un culpable, o en cambio declarar culpable a un inocente, es aborrecible a los ojos de Dios. El culpable debe ser condenado; el inocente debe ser absuelto o justificado.

Cuando nosotros vamos al Nuevo Testamento, vemos que es en ese mismo sentido que se usa la palabra justificación. Es un acto de Dios por medio del cual Él nos perdona y nos acepta delante de su presencia como justos. Por medio de la justificación, la condición legal del pecador delante de Dios cambia completamente.

Les pido por favor que vayan conmigo a la carta de Pablo a los Romanos, capítulo 4. Refiriéndose al caso de Abraham, el apóstol Pablo cita aquí el texto que encontramos en Génesis capítulo 15, versículo 6: "Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia." Abraham, en un momento de su vida, creyó a Dios, creyó en la palabra de Dios, y Dios mismo se lo contó como justicia. De ahí en adelante, Dios comenzó a tratar a Abraham como un hombre justo.

Pero ahora el apóstol Pablo quiere probar que esta no fue una experiencia exclusiva de Abraham, sino que esta es la manera en que Dios trata con todo pecador cuando lo justifica. Por eso sigue diciendo: "Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda. Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia."

Lo mismo que sucedió con Abraham es exactamente lo mismo que ocurre con aquella persona que deja de confiar en sus propias obras de justicia y simplemente cree en aquel que justifica al impío. Pablo dice: su fe le es contada por justicia. Y para que no haya ninguna duda al respecto, el apóstol Pablo continúa diciendo en el versículo 6: "Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado."

Pablo vuelve a citar el Antiguo Testamento para probar que su mensaje no era nuevo. Todas las personas que han sido justificadas por Dios en todas las épocas han sido justificadas de la misma manera: Dios les ha atribuido justicia sin obras. Y es interesante notar que, aunque en español son dos palabras diferentes, en el original griego la palabra "contada" del versículo 5 y la palabra "atribuir" que Pablo menciona más adelante son exactamente la misma. Logizomai es un término contable: Dios se lo cuenta como justicia.

Más adelante, en Romanos capítulo 5, versículo 19, Pablo dice: "Porque así como por la desobediencia de uno, Adán, los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, Cristo, los muchos serán constituidos justos."

Yo voy a volver otra vez sobre esta expresión, pero por ahora quiero limitarme a la naturaleza de la justificación, que está diciendo Pablo aquí. Pablo dice: Cristo obedeció perfectamente la ley de Dios, Cristo nunca pecó ni una sola vez, ni en un solo segundo se apartó de los caminos trazados por la ley de Dios. Bueno, lo que hace Dios con el pecador que cree es que le pone en su cuenta esta obediencia perfecta de Cristo, de tal manera que ahora Dios nos ve como si nosotros hubiésemos vivido exactamente como Cristo vivió. Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. Esta es la bendita gracia de la justificación: un acto de Dios por medio del cual Él perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos en su presencia.

Un hombre puede haber cometido un crimen y ser encerrado por años en una institución penal. Cuando haya cumplido su condena, la sociedad lo mirará como un criminal perdonado. Pero cuando Dios justifica al pecador, ya no lo ve más como un criminal, ya no lo ve más como un pecador que cumplió su condena. Dios lo ve como un hijo suyo que nunca ha roto un plazo, que nunca ha violado la ley.

Romanos capítulo 5: "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes". Y ahora dice Pablo: "Y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios".

Hermanos, no se trata simplemente de que hemos sido librados de la condenación que justamente merecíamos por nuestros pecados. Lo que Pablo está diciendo aquí positivamente es que nosotros tenemos la expectativa segura de participar de la gloria de Dios por los siglos de los siglos. El creyente se gloría en esa esperanza, dice Pablo. Él puede afirmar con toda seguridad que ha de gozar de esa gloria. ¿Saben por qué? Porque ya nada, absolutamente nada, nos separa de la gloria de Dios. Nada, absolutamente nada.

Un juez puede descargar a un acusado y aun declararlo inocente y no volver a verlo nunca más en su vida. Pero eso no es lo que Dios hace. Cuando Él justifica, no solo nos absuelve, sino que también nos adopta. Nos recibe como hijos suyos, de modo que de ahora en adelante ya no somos vistos como criminales perdonados; somos tratados como hijos que nunca han violado su ley.

Alguien puede estar pensando ahora: ¿Y cómo puede ser posible que Dios haga algo así? ¿Cómo puede ser posible? Es el mismo Dios que ha dicho en su Palabra que el culpable no debe ser absuelto. Bueno, es la segunda pregunta que yo quiero responder en esta mañana: ¿Cómo puede Dios justificar de ese modo a un pecador y seguir siendo justo?

¿Es acaso que Dios decide pasar por alto nuestra culpabilidad y declarar una amnistía? ¿Es acaso que Dios declaró desde el cielo una amnistía general y todo el que se acoge a ese decreto será salvo? No, de ninguna manera. La justificación y la amnistía no son sinónimas. Cuando se proclama una amnistía se está pasando por alto el mal proceder, se está tomando la decisión de no llevar el caso a los tribunales. De hecho, la palabra amnistía viene del griego amnēstía, que significa olvido: voy a pasar por alto. Pero, hermanos, si Dios hiciera algo así estaría actuando en contra del más elemental principio de justicia que Él mismo estableció en su Palabra.

No olviden lo que dice Proverbios capítulo 17, versículo 15: "El que justifica al impío es abominación delante de Dios". Si Dios hiciera algo así, si Él decidiera hacerse de la vista gorda con respecto a nuestros pecados, Dios dejaría de ser justo, y si Dios deja de ser justo dejaría de ser Dios.

Sin embargo, en el pasaje que leímos en Romanos 4, versículo 5, Pablo dice claramente que Dios justifica al impío. El mismo Dios que dice en Proverbios que justificar al impío es abominación delante de Él, este mismo Dios justifica al impío. ¿Cómo puede Él hacer algo así y al mismo tiempo seguir siendo justo?

Hermanos, la respuesta de la Biblia de verdad es como para ponernos a saltar de alegría. La respuesta de la Biblia es que Dios lo hace imputándole al pecador la justicia perfecta de Cristo por medio de la fe. Ahora díganmelo en español.

Bueno, aquí hay un término teológico que debemos explicar: imputación. Esa es la traducción literal de la palabra logizomai que mencionamos anteriormente y que aparece en Romanos capítulo 4, versículo 5, traducida como "contada" o "atribuida". El significado básico de este término es poner en la cuenta de alguien, acharcar, acreditar. Por ejemplo, los niños que están aquí, cuando hacen algo malo y sus padres lo llaman a capítulo, y él culpa a su hermano de lo que hizo, le está imputando su culpa a su hermano.

Quizás la ilustración más hermosa que nosotros tenemos en la misma Biblia acerca de imputación es la que encontramos en la carta de Pablo a Filemón. Ahí se trata el caso de un esclavo que ha robado a su amo y ha salido huyendo de su amo Filemón. Ahora Pablo le escribe al amo diciéndole que reciba de nuevo a Onésimo, ya no como un esclavo, sino como a su hermano en Cristo. Aparentemente Onésimo huye de Filemón, llega a Roma, allí comete otra fechoría, lo meten preso y providencialmente conoce al apóstol Pablo. Allí Pablo le predica el evangelio, Onésimo se convierte, y ahora Pablo lo envía de vuelta a su amo con una carta diciéndole: recíbelo ya no como un esclavo, sino como un hermano en Cristo. Y en el versículo 18 le dice: "Y si en algo te dañó o te debe, ponlo a mi cuenta". Logizomai otra vez, la misma palabra de Romanos. Pablo está pidiéndole a Filemón que le impute la deuda de Onésimo.

Y eso es exactamente lo que hace Dios con el pecador cuando este deposita su fe en Cristo. En la cruz del Calvario nuestros pecados le fueron imputados al Señor; por eso murió siendo inocente. Y al mismo tiempo, su justicia nos es imputada a nosotros, puesta en nuestra cuenta por medio de la fe. Dice Pablo en 2 Corintios capítulo 5, versículo 21: "Al que no conoció pecado, Cristo, por nosotros Dios a Él lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él".

Lo dice un teólogo contemporáneo: cuando Dios justifica a los pecadores, lo que hace es declararlos legalmente justos o rectos, libres de culpa con respecto a la ley quebrantada, por cuanto Él mismo, en la persona de su Hijo, ha cargado con la pena que les correspondía por haber quebrantado la ley.

Así que no fue una declaración de amnistía, o que Dios decidió dejar de tomar en serio nuestros pecados. No, Dios tiene que castigar el pecado. Pero en un acto de amor inconmensurable, el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, asumió una naturaleza humana semejante en todo a la nuestra pero sin pecado, y fue a la cruz a pagar nuestra deuda delante de Dios. Y ahora Él puede ofrecer libremente perdón y vida eterna por la fe.

Romanos capítulo 3, versículo 24, ¿qué dice Pablo allí? "Siendo justificados gratuitamente". Mi amigo, gratuitamente, por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre. ¿Qué significa propiciar? Significa aplacar la ira de Dios. Cuando Cristo fue a la cruz del Calvario, mírelo de este modo, mi amado hermano: Él se estaba interponiendo entre un Dios justo y tú, y toda la ira que tú merecías, que yo merecía, la cargó Él en la cruz del Calvario. Por eso gritó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?". ¡Qué gran amor! ¡Qué gran amor!

Veamos ahora una tercera pregunta que debemos responder: ¿Cómo puede un pecador recibir de Dios un beneficio tan extraordinario? ¿Cómo puedes recibir tú, pecador, un beneficio tan extraordinario? Y aquí la respuesta de la Biblia una vez más es tan clara como el sol del mediodía: únicamente por la fe. Únicamente por la fe.

Ahora quiero hacer una aclaración que para mí es sumamente importante. Aunque muchas veces escuchamos a creyentes evangélicos decir que la fe salva al pecador, mis amados hermanos, esa expresión, teológicamente hablando, es incorrecta. No, la fe no salva al pecador. Escucha bien, mi amigo, que estás aquí en esta mañana: la fe no salva al pecador. El que salva es Cristo por medio de la fe. La fe no es el Salvador. El Salvador es nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo. Pero la fe es el medio instrumental por medio del cual nos apropiamos de eso que Dios ha provisto por gracia en su Hijo.

Imagínate que vas por la calle con un amigo y se topan con un mendigo, y tú le dices a tu amigo que ese hombre tiene que mendigar para vivir. Cualquier persona que te escuche sabe perfectamente que lo que tú quieres decir es que lo que mantiene la vida de este hombre no es el mendigar. De hecho, lo que mantiene la vida de este hombre no es el dinero que él consigue mendigando. Nadie se puede comer una moneda de 25 centavos. No, lo que mantiene la vida de este hombre es el alimento que él puede comprar con el dinero que consigue mendigando. De manera que mendigar es el medio instrumental por medio del cual este hombre sostiene su vida.

Otro ejemplo: te invitan a un banquete. En ese banquete hay todo tipo de comida. Yo decía que esta ilustración era fantástica a las ocho de la mañana; a esta hora, no. Pero te invitan a un banquete, hay todo tipo de comida. Seguramente en ese banquete tú vas a hacer un uso muy frecuente de un utensilio muy conocido llamado tenedor. Ahora, ese tenedor no alimentará tu cuerpo. Ese tenedor simplemente te servirá para tomar el alimento y apropiarte de él. El tenedor es el medio instrumental que tú vas a usar en el banquete.

Pues lo que estamos diciendo aquí es que, de la misma manera, el medio instrumental por el cual somos justificados delante de Dios es la fe sola. Es la fe sola. Y esta pequeña palabra hace un mundo de diferencia. Como decíamos al principio, fue en torno a esta palabra que giró el debate de la Reforma. Ninguno de los dos bandos envueltos en el conflicto negaba la importancia de la fe en la salvación. Roma predica la salvación por la fe.

La iglesia protestante predica la salvación por la fe. Pero mientras la iglesia de Roma insiste en que aparte de la fe el pecador necesita de los sacramentos, el pecador necesita de las buenas obras, los reformadores insistían en la fe sola como el único medio instrumental de la justificación. Pregunta: ¿cuál de estos dos mensajes es el que nosotros encontramos en el Evangelio?

Romanos, capítulo 1, versículo 16. Pablo está explicando aquí a los romanos, una iglesia a la que él no conocía personalmente, del deseo que él tenía de llegar a Roma para predicar el Evangelio. Y alguien pudiera estar pensando: "Pablo, ¿por qué tú quieres ir a Roma predicando un mensaje que por todas partes lo único que te acarrea son problemas?" Yo decía la vez anterior que cuando Pablo llegaba a una ciudad él no preguntaba cómo eran los hoteles, él preguntaba: "¿Cómo son las cárceles aquí?" Porque varias veces terminaba en una.

Sin embargo dice Pablo: "Yo quiero ir a Roma y yo quiero predicar el Evangelio." ¿Por qué, Pablo? "Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Al judío primeramente, y también al griego, porque en el Evangelio la justicia de Dios" —y esa frase podemos traducirla "el método de justificación de Dios"— "se revela por fe y para fe, como está escrito en Habacuc 2:4: mas el justo por la fe vivirá." ¿Qué significa esta expresión "por fe y para fe"? Simple y llanamente, que en la salvación todo es de fe de principio a fin, para todo aquel que cree.

Romanos capítulo 3, versículo 21. Ya Pablo ha dicho que no hay justo ni aun uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, todos se desviaron, a una se hicieron inútiles, no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. La ley lo que hace es condenarnos, no salvarnos. Pero ahora —y esos "peros" de la Biblia son fabulosos— Pablo nos deja condenados en el versículo 20, pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas: la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en Él.

Y si todavía hay alguna duda, versículo 27, dice Pablo: "¿Dónde pues está la jactancia?" ¿Tienen los creyentes alguna razón para jactarse? ¿Tienen los creyentes para pensar de sí mismos que son mejores que los demás que no han creído? Dice Pablo: "¿Dónde está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos pues que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley." Esto es otra forma de decir: por la fe sola, por la fe sola.

Y es en ese contexto que Pablo usa el ejemplo de Abraham: "Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia." Y Pablo dice de esa manera que Dios justifica al impío. Fíjense lo que se ha hecho claro en la justificación, en el mensaje de salvación: es que no puede ser por nada que haya en nosotros, porque cuando Dios nos justifica sabe cómo nos encuentra: como impíos. Yo sé que esa palabra suena dura, pero eso es lo que éramos todos nosotros antes de venir a Cristo. Impíos, porque no éramos piadosos. Éramos pecadores, y es como pecadores que Dios nos encuentra, nos justifica y nos perdona. Dios justifica al impío y lo hace por la fe sola. "Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios."

Efesios capítulo 2, versículo 8: "Por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, porque es don de Dios, es un regalo de Dios, no por obras para que nadie se gloríe." Otra vez, ¿dónde está la jactancia? Queda excluida, queda excluida. Cuando lleguemos al cielo no vamos a llegar como el fariseo. No vamos a llegar diciendo: "Ay Dios, ¡wow, Señor, qué pieza te llevaste! ¡Aquí estoy!" No, llegaremos dándole gracias a nuestro bendito Señor y Salvador, que es Jesucristo, por cuya sangre, por cuya muerte, por cuya obediencia perfecta somos ahora justificados. Y solamente a Él sea la gloria.

Mis amados hermanos, la Biblia no solo enseña la justificación por la fe. Lo que la Biblia enseña es la justificación por la fe sola. Si excluimos esa palabra, estamos echando por tierra la esencia, el corazón del mensaje del Evangelio. Estamos diciendo que aparte de la fe tenemos que hacer otra cosa para salvarnos. Y eso es exactamente contrario al mensaje de las Escrituras.

De hecho, ¿saben por qué Dios ha decidido soberanamente justificar al pecador por medio de la fe y no de ninguna otra manera? Piensen en esto: ¿es la fe la virtud más excelente que hay? Piensen un poquito. No lo es. No lo es. En 1 Corintios capítulo 13, versículo 13, Pablo dice: "Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor." Sin embargo, no somos salvos por amar, somos salvos por creer. ¿Por qué? Porque la fe es el único acto del hombre que no es una obra. El que ama, obra. Pero no somos salvos por las obras, somos salvos por la fe.

La fe es una mano vacía que se extiende para recibir únicamente, para recibir lo que Dios ofrece por gracia en el Evangelio: la persona y la obra de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. "A los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios." De modo que es por fe para que no sea por obra, sino que sea por gracia. Es por fe para que no sea por obra, sino que pueda ser por gracia. Como dice un teólogo: "La gracia y la fe van indisolublemente juntas, por cuanto la única función de la fe es la de recibir lo que ofrece gratuitamente la gracia." La única función de la fe es recibir lo que gratuitamente ofrece la gracia.

Pero aún nos queda otra pregunta que tenemos que responder. Ya hemos dicho que el pecador es justificado por la fe sola, pero ahora tenemos que preguntarnos: ¿en qué consiste esa fe por medio de la cual somos justificados? ¿Cuál es la naturaleza de esa fe por medio de la cual Dios nos imparte su justicia? Esta es una pregunta sumamente importante, porque muchas personas creen que creen, pero no creen.

En Juan capítulo 2, versículo 23, dice el evangelista que estando muchas personas en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre viendo las señales que hacía, pero Jesús mismo no se fiaba de ellos. ¿Sabes una cosa, mi amigo? Lo más importante no es que tú creas que crees. Lo más importante es que Cristo crea en tu fe. Lo más importante es que Cristo crea en tu fe.

En Santiago capítulo 2, versículo 19, hay una declaración terrorífica. Dice Santiago: "¿Tú crees que Dios es uno? Bien haces. Ahora déjame decirte que también los demonios creen, y tiemblan." Lamentablemente hay personas que tienen la misma fe de los demonios. ¿Cómo nosotros podemos distinguir la fe verdadera de la fe falsa?

Bueno, en palabras muy sencillas, nosotros podemos decir que la fe verdadera posee tres ingredientes esenciales. Donde falta cualquiera de estos ingredientes, ya no hay fe verdadera. El primero es el conocimiento. La verdadera fe no puede ocurrir en un vacío intelectual. Una vez le preguntó a un hombre: "¿Tú crees en Dios?" "Sí, yo creo." "¿Y qué tú crees?" "Yo creo lo mismo que mi iglesia cree." "¿Y qué es lo que tu iglesia cree?" "Exactamente lo mismo que yo creo." No, nadie puede creer así.

Creencia sin conocimiento no es otra cosa que superstición disfrazada de fe. La superstición confunde la realidad con la fantasía. El hombre supersticioso cree algo, pero esta creencia no tiene absolutamente nada que ver con la fe de la que hemos estado hablando hoy aquí. La fe verdadera descansa en un objeto racional. La fe verdadera descansa en el entendimiento de ciertas verdades fundamentales reveladas por Dios en su Palabra.

Verdades como las que hemos estado explicando hoy aquí. Para ser un verdadero creyente no hay que ser un teólogo, pero para ser un verdadero creyente uno tiene que tener un mínimo de conocimiento del mensaje de las Escrituras. Por ejemplo, necesita creer que Dios existe y que es un Dios justo, y que nosotros hemos pecado contra ese Dios por haber quebrantado su ley en incontables ocasiones. Necesitamos creer que por causa de nuestras transgresiones vamos de cabeza al infierno, a una condenación eterna y justa. Pero necesitamos creer también que Dios en su amor diseñó un plan de salvación que gira en torno a la persona de su Hijo, quien murió en una cruz y pagó nuestra deuda, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

Cada vez que ustedes escuchen a una persona a quien ustedes le están predicando el Evangelio y les dice así: "Yo soy así y he creído en eso desde chiquito. Toda la vida yo he sido así, yo siempre creí en Dios", ya ustedes saben que están delante de una persona engañada. ¡Mira, mi amigo! Si tú nunca en tu vida te has visto como un pecador culpable que merece la ira de Dios, es mi deber como ministro del Evangelio decirte que tú no eres salvo. Tú no eres salvo porque Cristo no vino a salvar a los sanos. Cristo vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Pero, ¿saben una cosa? Este conocimiento no es suficiente. Este conocimiento no es suficiente. Para que haya verdadera fe ahora también se necesita asentimiento. Una persona puede conocer el mensaje del Evangelio y aun así pensar, por ejemplo, que se trata de un mito. Pero la fe verdadera acepta el mensaje de las Escrituras y lo acepta como bueno y válido. La persona asiente a la información que ha recibido.

No obstante, toda aquella persona que tiene conocimiento y que también tiene asentimiento, pero nada más, todavía tiene la fe de los demonios. Esa precisamente es la fe de los demonios. ¿Ustedes creen que el diablo y los demonios ignoran el mensaje del Evangelio? No, él lo conoce mejor que tú y mejor que yo. Una de las cosas que hizo el diablo en el monte de la tentación fue citarle las Escrituras al Señor. ¿Y ustedes creen que el diablo desconoce el hecho de que ese mensaje es verdadero? Él sabe que es verdad. Una de las cosas que los demonios le decían a Cristo: "Nosotros sabemos quién tú eres. Tú eres el Hijo de Dios."

Y aún le llegaron a decir: "¡Has venido a atormentarnos antes de tiempo!" Ellos sabían cuál era su destino. Pero los demonios no son salvos. Les falta el tercer ingrediente que hace toda la diferencia del mundo: la confianza que lleva a la obediencia. La confianza que lleva a la obediencia. La fe verdadera es una respuesta de los afectos y de la voluntad a la información que ahora poseo.

Hace muchos años leí la historia de un famoso trapecista, creo que de origen francés, que tendió una cuerda por encima de las cataratas del Niágara, de Canadá hasta Nueva York. El individuo pasó de un lado a otro sin titubeos. Cuando terminó, el promotor de este trapecista le preguntó a la multitud: "¿Ustedes creen que él sería capaz de hacerlo otra vez?" Todo el mundo dijo que sí. "¿Y ustedes creen que él sería capaz de cruzar con alguien colgado a sus espaldas?" Todo el mundo dijo que sí. "Bien, ¿quién quiere ser el primero?" Obviamente, nadie fue. ¿Saben cómo terminó la historia? El promotor de este hombre tenía tal confianza en su capacidad que se colgó de sus espaldas y cruzó al otro lado. De toda esa multitud que estaba allí, uno solo realmente tenía fe. Uno solo tenía fe.

Es por eso, mis amados hermanos, que nosotros debemos insistir que aunque somos justificados por la fe, solo la verdadera fe que justifica nunca viene sola. Somos justificados por la fe sola, pero la fe que justifica nunca viene sola. Pablo dice en Gálatas capítulo cinco, versículo seis, que la fe verdadera que justifica obra por el amor. Es una fe que obra por el amor. Porque por medio de la fe nosotros recibimos al Señor Jesucristo tal como Él es ofrecido en el Evangelio, y Cristo no es ofrecido en el Evangelio únicamente como el Salvador de los pecadores; Él es ofrecido como Rey de reyes y Señor de señores.

Por eso Cristo dice: "No todo el que me dice 'Señor, Señor' entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: 'Señor, Señor, en tu nombre echamos fuera demonios, en tu nombre profetizamos, en tu nombre hicimos muchos milagros.' Y entonces les declararé: 'Yo nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.'" Estas personas no hacían milagros en el nombre de Buda, no hacían milagros en el nombre de Mahoma, no hacían milagros en el nombre de la New Age. Y Cristo les dice: "Yo nunca, nunca os conocí."

¿Cuál era la maldad de estos individuos, de estos creyentes? La palabra "maldad" que aparece allí es la palabra griega anomía, y esta palabra significa literalmente "sin ley." Eran personas que decían creer, pero a final de cuentas vivían según los dictados de su voluntad y no según los dictados de la voluntad de Dios. "Apartaos de mí," dice Cristo, "hacedores de maldad; yo nunca os conocí."

Sin embargo, también es necesario aclarar aquí que la fe que justifica no necesariamente tiene que ser una fe fuerte. La fe que justifica no necesariamente tiene que ser una fe fuerte. La Biblia no dice: "Justificados, pues, por una fe fuerte, tenemos paz para con Dios." No, es por medio de la fe. Algunos tendrán una fe fuerte, otros tendrán una fe débil, pero si esa fe está depositada en el objeto correcto, tanto el de la fe fuerte como el de la fe débil serán justificados. Por algo dice en el Evangelio que Cristo no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea.

El teólogo reformado Robert Dabney lo ilustra de esta manera. Supongamos que a un pueblo llega una máquina milagrosa que sana todo tipo de enfermedad. Solo hay que tocar la máquina, inmediatamente uno recibe un choque eléctrico y todas las enfermedades son sanadas. Hay dos individuos muy enfermos en el pueblo. Uno de ellos, a pesar de su enfermedad, todavía conserva su vigor. El otro está agonizando. Ambos escuchan de la máquina. El individuo que todavía tiene su vigor se dirige rápidamente hacia la máquina, y cuando la ve la abraza fuertemente, recibe el choque y es sanado. El otro viene arrastrándose por el piso, llega a la máquina y apenas la puede rozar, pero ¿saben qué pasa? También recibe el choque eléctrico y es sanado. Porque la capacidad de sanidad no está en la fortaleza del enfermo. La capacidad de sanar está en el poder de la máquina.

Pero lo que estamos diciendo aquí, mis amados hermanos, es que la justificación es conforme al poder de Cristo, al poder de Cristo. El poder de salvación no se encuentra en el tamaño de tu fe; el poder de salvación se encuentra en el poder de Cristo, quien salva por medio de la fe. ¿Saben cuántas personas se aventuran a irse a Puerto Rico en una yola, completamente seguros de que van a llegar al otro lado, y mueren en el canal de la Mona? Y ¿saben cuántas personas, tal vez alguno sentado aquí, cuando toman un avión se van muriendo de miedo con muy poca fe, pero tienen mil veces más posibilidad de llegar? Porque aquel tiene mucha fe en un objeto incorrecto; este tiene poca fe en uno que es correcto. La diferencia está en el objeto de la fe, y el único objeto de fe seguro es nuestro Señor Jesucristo y la obra que hizo en la cruz del Calvario.

Permítanme traer aquí ahora dos palabras de aplicación. Ya hemos respondido varias preguntas acerca de la justificación. Ahora queremos aplicar esta verdad, primeramente a los creyentes y en segundo lugar a los que están aquí sin Cristo.

Mis hermanos de Iglesia Bautista Internacional y todos los demás creyentes que están aquí hoy: así como el pecador debe conocer que solo podrá ser salvo apropiándose de la justicia perfecta de Cristo por la fe, de la misma manera, el creyente que quiere correr bien, el creyente que quiere crecer en gracia, debe recordar constantemente esta gloriosa verdad del Evangelio. Mi amado hermano, predícate el Evangelio de la justificación todos los días. Predícate el Evangelio de la justificación todos los días.

¿Saben por qué? Porque nosotros tenemos dentro un católico romano. Todos nosotros tenemos por dentro algo que nos dice que debemos merecer la salvación, que vamos a ser bendecidos por Dios si podemos llevar una lista de cosas: me levanté por la mañana temprano, lo chequeo; hice mi devocional, lo chequeo; leí la Biblia, oré; es más, hasta le prediqué a una persona hoy. Dios tiene que bendecirme. No, mi amado hermano. Te puedes pasar la vida entera leyendo la Biblia, te puedes pasar la vida entera arrodillado orando a Dios, y nunca, nunca merecerás una sola de sus bendiciones. La única razón por la que Dios nos bendice es porque estamos en su Hijo. Toda bendición, toda gracia que nosotros recibimos de la mano de Dios, la recibimos por Él, solo por Él, únicamente por Él. Es Cristo y solo Cristo. No, mi hermano, nunca trates de merecer la bendición de Dios. Esto no es un asunto de merecimiento. Es por fe.

¿Estoy yo desincentivando aquí que ustedes lean su Biblia, oren? Dios me libre. Pero cuando nosotros leemos la Biblia, cuando oramos, cuando venimos a la iglesia los domingos, no lo hacemos para merecer la bendición de Dios. Cuando tú vas al médico y el médico te dice: "Tienes que caminar todos los días, debes dejar de comer grasa y tómate este medicamento cada ocho horas," tú no haces todo eso para merecer la salud. Tú lo haces porque confías en que el médico conoce tu cuerpo y sabe cómo sanarás. Bueno, cuando nosotros leemos la Biblia, oramos, etcétera, etcétera, hacemos uso de todos los medios de la gracia, lo hacemos porque confiamos en que Dios nos conoce mejor que nadie. Él sabe cómo nuestra alma puede ser saludable, y Él ha dicho: "Haz esto y tendrás salud, tendrás salud espiritual." Es un asunto de confianza, de fe en el Señor, pero no de merecimiento.

Hace muchos años, un teólogo llamado Augusto Toplady tuvo que escribir un artículo para rebatir esa idea de que un creyente pueda merecer la bendición de Dios por lo que hace, y al final del artículo escribió un poema que ha venido a ser uno de los himnos más amados de la iglesia cristiana y uno de mis favoritos: "Roca de la eternidad, fuiste abierta Tú por mí, sé mi escondedero fiel, solo encuentro paz en Ti. Rico, limpio manantial, en el cual lavado fui. Aunque sea siempre fiel, aunque llore sin cesar, del pecado no podré justificación lograr. Solo en Ti teniendo fe, deuda tal podré pagar. Mientras haya de vivir, y al instante de expirar, cuando vaya a responder en tu augusto tribunal, sé mi escondedero fiel, Roca de la eternidad."

De hecho, no sé cuántos notaron que cuando definía la justificación varias diapositivas atrás decía: "Es un acto." Y esa palabra fue muy cuidadosamente escogida. La justificación es un acto, no es un proceso. Mi hermano, tú no estás hoy más justificado que lo que estabas cuando te convertiste al Señor. En el mismo instante en que depositaste tu fe en el Señor Jesucristo, su justicia perfecta fue puesta en tu cuenta. Ya tú no puedes ser más justo de lo que eres, por Él, por Él.

Y para aquellos que están aquí en esta mañana sin Cristo: mi amigo, yo espero que el Espíritu Santo haya iluminado tu entendimiento para comprender que si Dios te ha de aceptar algún día en su presencia, no ha de ser por ninguna cosa buena que haya en ti ni que sea hecha por ti. La única justicia que Dios acepta es la justicia perfecta de su propio Hijo, nuestro Señor Jesucristo, la cual es puesta en la cuenta del pecador por la fe sola. Por amor de tu alma, no sigas buscando dentro de ti algo bueno que ofrecerle a Dios para que Él te acepte, porque no hay nada, nada, absolutamente nada en ti que pueda hacerte digno de tal privilegio.

Mira a Cristo. Mira a Cristo cumpliendo a la perfección la ley divina y aun así muriendo en una cruz para pagar la deuda de millones y millones y millones de pecadores culpables. Y clama a Dios, confiando en esa vida y en esa muerte, que tenga misericordia de ti. Y con la autoridad que me dan las Escrituras, yo te puedo asegurar que si hoy, en este instante, descansas enteramente en ese Cristo y en esa obra de redención, al igual que el publicano de la historia, tú también descenderás a tu casa justificado. Porque en Él, en Cristo, es justificado todo aquel que cree.

Sugel Michelen

Sugel Michelen

Sugel Michelén es pastor y maestro en Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (Santo Domingo) por más de treinta años. Predica regularmente la Palabra y posee una Maestría en Estudios Teológicos. Autor de varios libros, entre ellos La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada y Palabras al Cansado.