Integridad y Sabiduria
Sermones

La teología de la cruz

Sugel Michelen 1 enero, 2017

La cruz de Cristo revela a un Dios que actúa de maneras completamente contrarias a nuestras expectativas humanas. Él manifiesta su gloria en la vergüenza, su sabiduría en lo que parece necedad, su poder en la debilidad y su victoria en la derrota. Esta forma paradójica de obrar divino, que Lutero llamó "teología de la cruz", no es simplemente una explicación de cómo Dios salva pecadores, sino la clave para entender quién es Dios y cómo opera en nuestras vidas. Quienes pretenden encajar a Dios en su razonamiento lógico terminan, como los amigos de Job, hablando mal de Él porque evalúan su forma de obrar conforme a sus propias expectativas.

El evangelio traza una línea divisoria en la humanidad: de un lado están quienes ven la predicación de un Salvador crucificado como necedad; del otro, quienes reconocen en esa aparente debilidad el poder de Dios para salvación. Por eso la iglesia no debe sustituir la predicación del evangelio por algo que parezca más relevante o espectacular. El triunfalismo que aparenta que todo está bien alimenta la soberbia y produce una autosatisfacción que daña el alma.

El amor de Dios tampoco funciona como el nuestro. No es reactivo sino activo: Él no nos amó porque éramos hermosos, sino que somos hermosos porque Él decidió amarnos cuando no había nada atractivo en nosotros. Y precisamente porque nos ama, usa el martillo del sufrimiento para moldearnos a la imagen de Cristo, mostrándonos cuán débiles somos para que descansemos únicamente en Él.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Quisiera que vieran sus Biblias en Primera de Corintios, capítulo 1. Voy a decir algunas cosas más de introducción después que leamos el texto, pero Primera de Corintios, capítulo 1, vamos a leer los versículos 18 al 25 y luego vamos a tener un breve momento de oración.

Dice así la Palabra del Señor: "Porque la palabra de la Cruz es necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios. Porque está escrito: destruiré la sabiduría de los sabios y el entendimiento de los inteligentes desecharé. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el polémista de este siglo? ¿No ha hecho Dios que la sabiduría de este mundo sea necedad? Porque ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios por medio de su propia sabiduría, agradó a Dios mediante la necedad de la predicación salvar a los que creen. Porque en verdad los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres."

Vamos a orar. Padre, una vez más nosotros nos acercamos en esta mañana delante de ti, en este primer servicio de adoración de esta amada iglesia en el 2017. Señor, nosotros queremos que tú marques el rumbo de esta congregación, que nosotros podamos traer tu Palabra en esta mañana con gracia, con sencillez, con poder, con convicción, y que tú la apliques poderosamente en nuestros corazones. Gracias por el ministerio de esta iglesia, gracias por el ministerio de sus pastores, gracias por el impacto que ellos están teniendo, no solo aquí en República Dominicana, sino en toda América Latina y aún más allá. Nosotros queremos rogarte que tú preserves esta iglesia, que tú la sigas bendiciendo, que siga siendo un instrumento de tu gloria. Y Padre, a pesar de nuestra debilidad en el día de hoy, contribuye al bien de tu iglesia en esta mañana a través de la predicación de tu Palabra. Porque te lo suplicamos en Cristo y para su gloria, amén.

Hace varias semanas, Miguel me mandó un mensaje pidiéndome que predicara este primer domingo del año 2017, un año en que vamos a estar celebrando los 500 años de la Reforma Protestante. Y cuando recibí el mensaje de nuestro hermano Miguel, dos cosas vinieron a mi mente. La primera fue un sentido de privilegio y de gratitud. Y de verdad, mis hermanos, yo me siento muy honrado de que vuestros pastores me hayan pedido que inaugurara el ministerio de predicación de este año que marca un hito tan importante en la historia de la iglesia. Créanme que esto es algo que yo no doy por sentado.

La segunda cosa que yo pensé casi de inmediato es que yo quería predicar sobre la teología de la Cruz, que Lutero contrapuso a lo que él mismo llamó la teología de la gloria, por la enorme importancia que este concepto tiene. No solo para entender este movimiento que hoy conocemos como la Reforma Protestante, sino también, y probablemente más primordial que aquel otro propósito, para que podamos conocer a Dios en sus propios términos, como veremos en un momento.

Cuando nosotros pensamos en la Reforma Protestante, la escena que suele venir a nuestras mentes es la de Martín Lutero clavando sus famosas 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo en la ciudad de Wittenberg, el 31 de octubre del año 1517, la fecha que nosotros tomamos como punto de referencia para la celebración de este aniversario. Sin embargo, de no haber sido por la sobrereacción de algunos jerarcas de la iglesia católica romana, y que Dios en su soberana voluntad había determinado usar ese incidente para dar inicio a la Reforma Protestante, probablemente este documento habría pasado sin pena ni gloria.

Las 95 tesis de Lutero no eran en absoluto un panfleto revolucionario y divisivo. Era una invitación a los académicos de Wittenberg a discutir el tema del abuso de la venta de indulgencias, escrito por un hombre, un monje agustino, que en ese momento no tenía ni idea de las repercusiones que ese documento iba a tener en la historia de la iglesia y en el mundo occidental en general.

Pero uno de los principales beneficiarios de la venta de indulgencias en Alemania, Alberto de Maguncia, envió a Roma un ejemplar de las tesis pidiendo que se silenciara a Lutero, y sin querer, este hombre provocó una reacción en cadena. El papa León X le pidió al general de la orden de los agustinos, Gabriel della Volta, que se encargara de este asunto. Della Volta le confió la tarea a Johann von Staupitz, que era el confesor de Lutero. Y para hacer la historia larga corta, lo que se decidió fue que en la próxima reunión de la orden, que se llevaría a cabo en la ciudad de Heidelberg en abril del año 1518, seis meses después de haber clavado las tesis en la puerta de la iglesia del castillo, Lutero tendría que defender su posición. Con ese propósito, Lutero escribió otro documento conocido como las Disputaciones de Heidelberg.

Recuerdan lo que dijo el Señor: "El que pierda su vida por causa de mí, la hallará." Esto es una paradoja. ¿Cómo se puede hallar la vida perdiendo la vida? Pero al examinar esta declaración más detenidamente, nos damos cuenta de que Jesús nos está invitando a perder la vida en un sentido para hallarla en otro sentido infinitamente superior. No hay ninguna contradicción: debemos perder nuestra vida para hallarla en Cristo.

Bueno, de la misma manera, dice Lutero, para poder entender a Dios no podemos hacerlo apelando a nuestra lógica humana, porque Dios habla y actúa por medio de paradojas. Durante la Edad Media, muchos teólogos habían tratado de combinar la filosofía aristotélica con la doctrina cristiana, pero Lutero se dio cuenta de que este matrimonio era un fracaso total, porque nuestro Dios actúa de tal manera que Él desafía por completo nuestras presuposiciones y nuestros prejuicios.

Ahora, yo les voy a aclarar algo, porque ya me imagino a algunos en esta mañana pensando: "Primero de enero de 2017, yo vine a una iglesia a adorar al Señor, a escuchar su Palabra, y en cambio me encuentro con una disertación histórica y filosófica." Quiero aclararles de antemano, mis amados hermanos, que yo no vine en esta mañana a dar una charla de historia de la iglesia y mucho menos vine a hablar de filosofía. Yo vine aquí a predicar la Palabra de Dios. Pero estoy tomando este hecho histórico como punto de partida para mostrarles una tesis de mi mensaje de hoy.

Estoy tomando este hecho histórico como punto de partida para mostrar, mis amadísimos hermanos de la Iglesia Bautista Internacional, que las verdades más profundas de la Biblia quedarán fuera de nuestro alcance a menos que tratemos de entender a Dios a la luz de lo que Él nos revela acerca de sí mismo, y no a través de nuestras propias expectativas ni nuestras especulaciones intelectuales. Y como espero demostrar en un momento, el mayor y más extraordinario despliegue de la revelación de Dios —lo que Dios quiere revelarnos de sí mismo— no lo encontramos en la creación, no lo encontramos a través de hechos portentosos y milagrosos. ¿Saben, mis amados hermanos, dónde se encuentra la más potente, la más clara, la más extraordinaria revelación de Dios? En la muerte de nuestro Señor Jesucristo en la Cruz del Calvario. No hay ningún otro lugar donde nosotros debemos mirar para poder conocer a Dios y para poder conocer la manera como Él opera.

Eso es parte de lo que Pablo nos plantea en este pasaje de Primera de Corintios que leímos hace un momento. Pablo comienza esta sección diciendo en el versículo 18 que la palabra de la Cruz, es decir, el mensaje del Evangelio, es necedad para los que se pierden. Es una soberbia tontería. ¿Cómo es posible que nuestra salvación dependa de un judío que fue crucificado en debilidad en una Cruz romana? Desde el punto de vista de nuestra lógica, eso no parece tener ningún sentido.

No tiene desperdicio, hermanos, lo que dice el apóstol Pablo en el versículo 22: "Porque en verdad los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos, necedad para los gentiles." ¿Cuál es el problema que los judíos y los griegos tenían con el Evangelio? Que ese mensaje no encajaba con las expectativas racionales y lógicas que ellos tenían acerca de Dios. En otras palabras, el Dios del Evangelio no satisfacía sus criterios culturales. Los judíos piden señales, dice Pablo. Los griegos buscan sabiduría. Así que el Evangelio no puede satisfacer a ninguno de los dos.

Sin embargo, eso que el mundo desprecia como una increíble insensatez y como una total necedad, dice Pablo, para aquellos que se salvan es poder de Dios. Es el poderoso instrumento que Dios usa para darnos vida por medio de la fe. De manera, mis hermanos, que el Evangelio, el Evangelio de la Cruz, traza una línea divisoria que parte en dos la raza humana: entre los que se pierden y los que se salvan.

De un lado de la línea están los que pretenden encajar a Dios en su razonamiento lógico. A esos, Lutero los llama teólogos de la gloria. Del otro lado están los que saben que la única manera de entender a Dios es a la luz de los sufrimientos de Cristo en el Calvario. Estos son los teólogos de la Cruz. Son dos teologías completamente distintas que producen, a la larga, dos resultados completamente distintos.

Los teólogos de la gloria, dice Lutero, crean en sus mentes una imagen de Dios que encaja con lo que ellos presuponen acerca de Él. Permítame poner un ejemplo que nos ayude a entender esto de una manera mejor.

La mayoría de las personas razona lógicamente que Dios tiene que recompensar a los que se portan bien. ¿O no es así? Todo el mundo razona lógicamente: "Si Dios es como yo, Él tiene que recompensar a los que se portan bien." Si hacemos nuestro mejor esfuerzo, Dios vendrá en nuestro auxilio para que seamos cada vez más santos, para que estemos cada vez más llenos de amor, hasta que llegará el momento en que Dios estará tan impresionado con nuestra mejoría, tan impresionado con nosotros, que nos dará la salvación. Esta teología se resume en una frase muy popular que seguramente todos ustedes conocen de memoria: "Ayúdate, que yo te ayudaré." Yo creo que ese sería uno de los versículos más conocidos de toda la Biblia, excepto por el problema de que no se encuentra en la Biblia. Yo te ayudo si te ayudas a ti mismo. Al final de cuentas, es el hombre el que se lleva la gloria, y no Dios.

Pero entonces llegamos a las Escrituras y nos topamos con algunos textos como Isaías 64:6, donde el profeta nos dice que todas nuestras obras de justicia —no las malas, sino las de justicia— son como un trapo de inmundicia delante de Dios. O llegamos a Efesios 2:8-9, donde el apóstol Pablo dice claramente que la salvación es por gracia, no es por obras, es por medio de la fe, para que nadie se gloríe. Es decir, lo que el teólogo de la gloria ve como algo bueno —el hecho de que yo trate de ganarme el favor de Dios a través de mis obras— la Biblia lo ve como algo inútil y abominable, porque yo estoy tratando de alcanzar por mí mismo lo que Dios nos dice en su Palabra que debemos recibir únicamente por gracia, por medio de la fe.

Por eso Lutero decía en su tesis número 21 de las Disputaciones de Heidelberg que el teólogo de la gloria llama a lo malo bueno y a lo bueno malo. Es decir, él ve las cosas patas arriba, él ve las cosas al revés, mientras que el teólogo de la cruz, dice Lutero, ve las cosas tal cual son, porque las contempla a través de la forma paradójica como Dios se revela a sí mismo en la cruz del Calvario.

Mis hermanos, ¿cuál es la gran enseñanza de la muerte de Cristo en la cruz? ¿Qué es lo que ella nos enseña? Que nuestra salvación depende enteramente de un Dios que muere en debilidad, llevando nuestros pecados y nuestra vergüenza en la cruz. Es de esa manera que Dios muestra su gloria y su poder: no a través de milagros portentosos como esperaban los judíos, no a través de un despliegue de sabiduría humana y oratoria como esperaban los griegos, sino salvando a los pecadores por medio de la muerte de Jesús. Es de la cruz de Cristo que mana el rayo más potente de la gloria de Dios, y donde la supuesta sabiduría del mundo se convierte en necedad.

Como dice Pablo en 1 Corintios 1:25: "La necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres." ¿Qué es lo que Pablo está diciendo aquí? Que esa aparente necedad y debilidad de Dios no es otra cosa que un despliegue inigualable de poder y de sabiduría. Como bien señala el historiador Michael Reeves: nuestro Dios actúa de formas misteriosas; Él revela su gloria en la vergüenza, su sabiduría en la necedad, su poder en la debilidad y su victoria en la derrota. Ese es nuestro Dios.

Vayamos en el túnel del tiempo al momento en que el Señor Jesucristo fue crucificado. Las personas que estaban al pie de la cruz en ese día solo podían llegar a una conclusión: o Jesús era un mentiroso, o era un fracasado, o las dos cosas a la vez. Pero lo que estaba ocurriendo en realidad era que Cristo se estaba haciendo voluntariamente débil para derrotar de una vez por todas al pecado, al diablo y a la muerte. Nuestro Dios gana perdiendo; nuestro Dios abre un manantial de vida muriendo. Es una actuación paradójica que desafía nuestra lógica, completamente contraria a nuestras expectativas, pero es de esa forma paradójica que Dios se glorifica a sí mismo.

Me encanta cómo lo dice un autor llamado Mark Shaw. Él dice: "Solo Dios es lo suficientemente grande como para vencer perdiendo; solo Dios es lo suficientemente amante como para amar lo inamable; solo Dios es lo suficientemente eterno como para ser engullido por el tiempo y la muerte, y vivir para contarlo. La cruz magnifica al Rey divino que se hizo necio con el fin de acabar con la necedad del pecado y de la muerte." Ese es nuestro Dios.

De manera que, mis hermanos, la teología de la cruz no se limita a explicar cómo es que Dios salva a los pecadores a través de la muerte de Cristo. No. La teología de la cruz es mucho más que eso. La teología de la cruz nos provee un nuevo entendimiento de Dios, tal como Él se revela en el Evangelio, y nos permite ver la vida con otros ojos.

Mis hermanos, si nosotros tratamos de entender a Dios descansando en nuestro propio razonamiento, no solo vamos a terminar envanecidos, sino también profundamente confundidos, porque en este mundo las cosas no funcionan como esperamos. ¿O no es así? Uno piensa: "Si yo presiono este botón, sale la Coca-Cola." No; en la providencia de Dios, tú puedes presionar todos los botones y sale otra cosa, sale Pepsi-Cola. Dios actúa de otra manera, porque nuestro Dios actúa conforme a la inescrutable sabiduría de su mente infinita. Él no hace las cosas como tú y yo esperamos que las haga. Dios actúa de una manera paradójica.

Ustedes recuerdan la reacción de los amigos de Job. Ustedes conocen la historia: Job, su nombre justo, próspero, en un instante lo pierde todo —sus bienes, sus hijos, su salud— y aparecen sus tres amigos: Bildad, Zofar y Elifaz, supuestamente para consolarle. Pero los tres llegan a la misma conclusión: "Todas estas calamidades que te han venido, Job, solo pueden significar una sola cosa: tú has pecado, has pecado gravemente contra Dios, porque si hay algo que nosotros tenemos por seguro es que Dios bendice a los que se portan bien y castiga a los que se portan mal."

No tenemos el tiempo ahora para buscar cada uno de los textos, pero si luego buscan en sus Biblias —supongo que esto quedará grabado, así que lo pueden buscar— Job 4:7-8, Job 8:5-8 y Job 11:13-20, ustedes verán que los amigos de Job llegaron a esa conclusión basados en tres cosas: la experiencia, la tradición y la razón. Cada uno de ellos dice: "Mira la experiencia que yo he tenido, mira la tradición, mira nuestro razonamiento: a nadie que se porte bien le va mal." De paso, me decía un pastor amigo hace poco que, si tú echas a un lado la revelación de Dios en su Palabra, esas son las únicas tres opciones que te quedan: la tradición, la experiencia o la razón.

Pero entonces, al final del libro, aparece Dios, y no solo trata con el corazón de Job, sino que también reprende duramente a sus amigos. Escuchen, hermanos, con mucho cuidado lo que Dios le dice a los amigos de Job en el capítulo 42, versículo 7: "El Señor dijo a Elifaz Temanita: 'Se ha encendido mi ira contra ti y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado de mí lo que es recto, como mi siervo Job.'" ¿Se dieron cuenta, mis hermanos? Dios no reprende a los amigos de Job por haber hablado mal de Job. No. Dios reprende a los amigos de Job por haber hablado mal de Él: "No habéis hablado de mí lo que es recto", dice el Señor. Ustedes evaluaron mi forma de obrar conforme a sus propias expectativas y terminaron hablando mal de mí, porque yo no soy como ustedes, ni hago las cosas como ustedes esperan que yo las haga.

Queridos hermanos, nunca evaluemos a Dios conforme a nuestra lógica humana, sino conforme a la manera como Él se revela en el sufrimiento de Cristo, en la cruz del Calvario, de una forma paradójica y totalmente inesperada. Por eso decíamos al principio que las verdades más profundas de la Biblia quedarán fuera de nuestro alcance, a menos que dejemos de ser teólogos de la gloria y lleguemos a ser teólogos de la cruz.

Mis hermanos, esto no es algo meramente académico. Esta no es una charla de historia, como les decía al principio. Esto impacta profundamente nuestro entendimiento de Dios y de la vida cristiana, como espero mostrar ahora con unos pocos ejemplos en el tiempo que nos resta.

Pensemos por un momento en el ministerio cristiano, que es de hecho uno de los temas que Pablo está tratando en este pasaje de 1 Corintios. ¿Cuál era el problema que Pablo estaba tratando de corregir en este capítulo? Que muchos de estos creyentes no podían aceptar que Pablo tratara de alcanzar a los perdidos en Corinto y edificar a la iglesia con el sencillo pero poderoso mensaje del Evangelio. Eso era demasiado simple para poder impactar a la sofisticada sociedad corintia, como si la oratoria humana o la demostración de poder y sabiduría pudieran hacer lo que el Evangelio no puede hacer.

Ahora bien, ¿saben qué, mis hermanos? Ese espíritu no murió en el primer siglo. Muchas iglesias han perdido de vista que la esencia de nuestro ministerio es proclamar a un Salvador crucificado que muere en debilidad para saldar nuestra deuda con la justicia de Dios. Eso no tiene ningún atractivo para la gente del mundo, pero es a través de esa aparente debilidad e insensatez de la predicación del Evangelio que nuestro Dios manifiesta su poder para salvar a los pecadores.

Vean el versículo 21: "Porque ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios mediante su propia sabiduría, agradó a Dios salvar a los que creen mediante la necedad de la predicación." Dios ha decidido que nadie llegue a conocerle a través de especulaciones intelectuales.

Nadie se va a salvar meditando en la vía láctea, nadie se va a salvar estudiando el misterio del átomo. Dios ha decretado salvar a aquellos que escogió para salvación desde antes de la fundación del mundo a través de un acto sencillo y ordinario: un hombre común y corriente como yo, como Miguel, como cualquiera de los pastores de esta iglesia que se para en un púlpito cada domingo, abre la Biblia y predica la Palabra. Y a través de ese acto sencillo y ordinario, Dios trae personas que están muertas en sus delitos y pecados y les da nueva vida en Cristo.

Mis hermanos, sustituir la predicación del Evangelio por algo que parezca más relevante o incluso más espectacular puede que traiga a muchas personas a la iglesia, pero de ninguna manera podrá producir la humillación que se requiere para que un pecador pueda venir a Cristo en el arrepentimiento y la fe. Queridos hermanos, ese triunfalismo que muchas veces vemos en la iglesia contemporánea es contraproducente. ¿Por qué? Ese triunfalismo de "yo estoy bien, todo está bien, tenemos todo lo necesario para no tener problemas, no tener ansiedad, no tener depresión"... Alguien decía en estos días que el Facebook y la iglesia le hacen sentir triste. Un artículo, buenísimo por cierto, decía: "Tú examinas el Facebook, ves las fotos de la gente que aparece allí y todo el mundo parece más feliz que yo."

Lo triste es, mis amados hermanos, que nosotros venimos a la iglesia y muchas veces venimos con cargas profundas en el corazón, y todo el mundo quiere aparentar que no tiene ningún problema. "¡Estamos en victoria!", ¿de verdad todo el tiempo, los 365 días del año? Eso no es verdad, eso no es verdad. Y, mis hermanos, vuelvo y repito: ese triunfalismo es contraproducente. ¿Saben por qué? Porque alimenta la soberbia humana y produce un sentido de autosatisfacción que daña nuestras almas y nos separa de Dios.

Mis hermanos, nosotros no venimos a la iglesia a pasar un buen tiempo escuchando esos sermones terapéuticos que la gente cree necesitar. Tampoco venimos a satisfacer a una audiencia consumista que desea ser entretenida. Nosotros venimos a proclamar lo que Dios tuvo que hacer en la cruz del Calvario, a través de la muerte de su propio Hijo, para reconciliarnos con Él. Es el Evangelio lo que el pecador necesita para ser salvo, y es el Evangelio lo que la iglesia necesita para crecer en gracia.

Como dice el teólogo Alister McGrath: "Cuando la iglesia reconoce su impotencia y su desesperación, encuentra la clave para seguir existiendo como iglesia en el mundo. Es en su debilidad donde radica la mayor fuerza de la iglesia. El Dios crucificado y oculto es el Dios cuya fuerza se esconde a través de una aparente debilidad y cuya sabiduría se esconde tras una aparente insensatez." Ese es nuestro Dios.

Pero la teología de la cruz no solo transforma nuestra perspectiva del ministerio cristiano; la teología de la cruz también transforma nuestra percepción del amor de Dios, nuestra percepción del amor de Dios. Déjame hacerles una pregunta: ¿algunas veces te has sentido confundido al tratar de entender lo que Dios está haciendo en tu vida, al tratar de entender el amor de Dios, porque en el fondo estás esperando que su amor funcione como el tuyo? ¿No te ha pasado eso? Hacemos una proyección de nuestro amor y entonces tratamos de encajar a Dios en ese esquema. El problema, mis hermanos, es que el amor de Dios no funciona como nuestro amor.

Déjame hacerles una pregunta a los casados que están aquí esta mañana. ¿Tú recuerdas qué fue lo que te sucedió cuando te enamoraste de tu esposa? ¿Cómo fue que te sentiste atraído hacia ella? Seguramente fue por algún rasgo de su carácter o de su belleza física que te resultó agradable, y yo espero que todavía te resulte agradable. Pero es así como funciona esto, ¿verdad? Tú reaccionaste a eso que viste en tu esposa y que francamente te gustó.

El amor de Dios, dice Lutero, es completamente diferente. Escuchen lo que dice Lutero en su tesis número 28 de las Disputaciones de Heidelberg. Y, mis hermanos, esta fraseología es de hace 500 años; esto es algo que Lutero está proponiendo discutir, así que no se sientan mal si no lo entienden de un tirón, porque yo lo voy a explicar. La tesis 28 de Heidelberg dice: "El amor de Dios no encuentra aquello que le place, sino que produce lo que le place, mientras que el amor del hombre se origina por su objeto." ¿Qué es lo que Lutero está diciendo aquí? Muy sencillo: que Dios no se mueve hacia aquello que primero le resulta agradable para entonces amarlo, sino que Él decide amar lo que no le resulta atractivo para comenzar a trabajar en ello y hacerlo agradable.

Más adelante —y esto es una de las cosas más geniales que Lutero escribió—, Lutero explica el significado de esta tesis diciendo: "Los pecadores no son amados por ser hermosos; son hermosos por ser amados." En otras palabras, el amor de Dios no es reactivo como el tuyo y el mío. El amor de Dios es activo; Él decidió amarnos cuando no había absolutamente nada en nosotros que nos hiciera atractivos delante de sus ojos. Esa es la perspectiva del amor de Dios que nos enseña la teología de la cruz.

Dice el teólogo Carl Trueman que Dios escoge lo que es desagradable y repulsivo, sin ninguna cualidad que lo haga intrínsecamente redimible, para derramar abundantemente sobre él su amor salvador en Cristo. Dios escoge lo repulsivo, Dios escoge lo desagradable, Dios escoge lo que su alma santa abomina para hacerlos santos, para hacerlos puros, para transformarlos. ¡Increíble!

¿Sabe lo que eso significa, mi amado hermano? Significa que el amor de Dios por los suyos nunca cambia, que el amor de Dios por los suyos nunca termina, porque no depende de nosotros; depende de su soberana decisión de amarnos en su Hijo, una decisión que Él tomó desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de su voluntad, por el puro afecto de su voluntad. El amor de Dios no cambia porque tú cambias, porque ese amor no depende de ti; ese amor depende de Él. "A Jacob amé, y a Esaú aborrecí", cuando no habían hecho ni bien ni mal. Una persona se le acercó una vez a Spurgeon y le dijo: "Pastor, yo no entiendo ese texto de Romanos, eso de 'a Jacob amé y a Esaú aborrecí'." Y Spurgeon muy sabiamente le respondió: "Yo tampoco entiendo el texto."

Ahora déjeme hacer una pregunta: ¿cuál es la parte del texto que tú no entiendes? ¿Es eso de que el amor escogió? Dices: no, no, no, esa parte yo la entiendo. Lo que no entiendes es que amara a Jacob. Jacob era un pillo, Jacob hizo muchísimas cosas desagradables en su vida, pero Dios lo amó, porque su amor es soberano. Él decidió amarnos en Cristo.

Ahora, esto implica otra cosa. Esto implica también, mis amados hermanos, que precisamente porque Él nos ama, Él ha determinado no dejarnos como nos encontró. Él seguirá moldeando nuestro carácter para que seamos cada vez más semejantes a nuestro Señor Jesucristo. Él nos escogió siendo pecadores, sí, pero para hacernos santos, dice Efesios, capítulo 1, versículo 4.

Y es aquí donde entra en juego otro elemento de la teología de la Cruz que es totalmente incomprensible para el teólogo de la gloria: que muchas veces el amor de Dios se esconde detrás del dolor y la aflicción. El amor de Dios se esconde detrás del dolor y la aflicción. Acabamos de decir que Dios nos ama, y precisamente porque Él nos ama, Él ha determinado no dejarnos como nos encontró.

Dice Romanos, capítulo 8, versículo 28, un texto muy conocido por el pueblo de Dios: "Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados." Ay, pastores, es uno de mis versículos favoritos. Todas las cosas obran para bien. Es por eso que yo estoy esperando en este nuevo año un mejor sueldo, un mejor carro, una mejor casa y salud para disfrutarlo. Sí, pero si tú sigues leyendo el texto te vas a dar cuenta de que Pablo está hablando de otra cosa.

Oye otra vez: "Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas operan juntas para bien." ¿Para qué bien? Para llevar a cabo el propósito para el cual Él nos llamó. "Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos." Así que el bien de Romanos 8:28 es hacernos como Jesús.

Y la verdad es, mis amados hermanos, que hay muchos rasgos de carácter en nosotros que no se parecen a Jesús, y Dios tiene que tomar el martillo y el cincel del dolor y de la aflicción para seguir esculpiendo esa escultura. De manera que cuando lleguemos al cielo, en el cielo habrá dos cosas preciosas, dos cosas preciosas, y no son las puertas de perlas ni el mar de cristal. Es que Cristo me estará allí; esa es la primera. Pero ¿saben qué es lo segundo precioso que va a haber en el cielo? Que todos seremos igualitos a Él, porque esa es la obra que Él está haciendo ahora.

Pero hermanos, ¿cuál es el proceso? 2 Corintios, capítulo 4, versículo 16, dice el apóstol Pablo: "Por tanto no desmayamos en medio de los sufrimientos, en medio de las aflicciones, no desmayamos. Antes, aunque este hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria." Él está usando las aflicciones para moldear nuestro carácter.

De manera, mis hermanos, que el dolor y el sufrimiento no son incompatibles con el amor de Dios. El dolor y el sufrimiento son una demostración de que Dios nos ama. Son una demostración del amor transformador de Dios con el que Él nos ama. Dice Lutero: es imposible que un hombre no se enorgullezca de sus propias buenas obras, a menos que la experiencia del sufrimiento y del mal, habiendo quebrantado previamente su espíritu, le haya enseñado que no es nada y que sus obras no son suyas sino de Dios. Uno se siente muy bien y victorioso hasta que te aplasta la aflicción, y tú te das cuenta ahí maltrecho que si hay algo que tú puedas hacer para la gloria de Cristo, eso solo puede hacerlo Dios en ti, porque somos un saco de debilidad.

Sigue diciendo Lutero: el sufrimiento nos sana quebrantándonos, nos lleva a lo más alto llevándonos primero a lo más bajo, nos vacía de nuestra confianza en nosotros mismos para que podamos tener confianza en Dios, destruye nuestras lenguas jactanciosas para que podamos jactarnos aún más en Cristo. Eso es lo que hace Dios a través del sufrimiento.

Y mis hermanos, debemos reconocer con tristeza que hay una tendencia maliciosa en nosotros mismos a confiar en nosotros mismos. Hay una tendencia a atribuirnos a nosotros mismos las cosas que salen bien. ¿O no es así? Ahí tenemos un padre, o unos padres, que por la gracia y la misericordia del Señor, todos sus hijos son creyentes, y ahí está ese padre diciendo: "Sí, es la gracia," pero en el fondo: "Bueno, que pues, sabe que fui dedicado, trabajando, es un muchacho…" ¿De verdad, de verdad tú crees que fueron tu constancia en los devocionales los que trajeron a tus hijos de la muerte a la vida? Es la gracia, mis hermanos, es la gracia.

Y Dios nos ama tanto que Él se las arregla, Él se las ingenia de formas a veces muy creativas para destruir esa ilusión engañosa de nuestro corazón a través del sufrimiento y del dolor. Eso es parte del amor santificador de Dios: mostrarnos cuán débiles somos para que descansemos únicamente en Él.

Esa es lo que se refiere Pablo más adelante cuando dice, 2 Corintios, capítulo 12, versículo 9, que el poder de Dios se perfecciona en la debilidad. Oye esto, mi hermano: el poder de Dios se perfecciona, se manifiesta en la debilidad. Esa es otra de las grandes lecciones de la teología de la Cruz: que la vida cristiana, como dice otra vez Michael Reeves, no es una vida de victoria y de poder, pero tampoco es simplemente una vida en debilidad.

Voy a repetir eso otra vez. Dice Michael Reeves: si algo nos enseña la teología de la Cruz, es que la vida cristiana no es una vida de victoria y de poder, pero tampoco es simplemente una vida en debilidad. Es una vida de poder en la debilidad. Ve la diferencia, dice Reeves: una vida vivida en una dependencia consciente en el poder de Dios por medio del Espíritu Santo. Entonces, cuando soy débil, es que somos fuertes.

Mis hermanos, son muchas las áreas en las que podríamos seguir aplicando la teología de la Cruz en contraste con la teología de la gloria. Pero yo espero que estas hayan sido suficientes para demostrar que Lutero tenía razón al decir que la teología del cristiano es la teología de la Cruz. La teología del cristiano es la teología de la Cruz. Si vienes a la terminología, es de Lutero; la idea no lo es.

Mis hermanos, es nuestro Dios el que ha decidido esconderse en una aparente debilidad y necesidad para que le encontremos por la fe en su Palabra y no a través de especulaciones intelectuales. Es por fe que andamos, no por vista. Es por fe, hermanos, es en lo que Dios ha revelado aquí. Un teólogo dice que en este libro Dios abrió su privacidad. ¿Tú quieres conocer a Dios? Dios está aquí en este libro. Dios se revela aquí.

Mi hermano, no pretendas entender a Dios, no pretendas entender lo que Dios está haciendo en tu vida a través de las circunstancias, porque terminarás profundamente confundido. Nuestra teología es la Cruz de Cristo. Es la Cruz de Cristo. Es la clave que le da sentido al modo de obrar de Dios, que nos humilla para exaltarnos y nos debilita para fortalecernos.

Y si tú estás aquí sin Cristo en esta mañana, yo no quisiera concluir sin hacerte un llamado desde el fondo de mi corazón. ¿A que vengas a Cristo aquí y ahora en el arrepentimiento y la fe? ¿A que te despojes completamente de todo aquello que es valioso a tus ojos, que te despojes de tu decencia, de tu moralidad, de tu religiosidad, y te ampares únicamente en la obra de salvación que Él llevó a cabo en la Cruz del Calvario, muriendo en debilidad para darnos vida?

Mi amigo, no trates de subir esa escalera por tu propio esfuerzo. No olvides que tus obras de justicia son como un trapo de inmundicia delante de Dios. Ven al Salvador, humillado, clamando por misericordia, y con la autoridad de la Palabra de Dios, yo te digo en esta mañana: misericordia te será concedida en esta misma hora, solo por gracia, solo por Cristo y solo por medio de la fe.

Que el Señor bendiga su Palabra en esta mañana, salvando a pecadores y edificando a su pueblo para la gloria de ese Dios que engrandece su poder en la debilidad, ese Dios que revela su infinita sabiduría en una aparente necedad. Que a Él, y solo a Él, sea dada toda la gloria. Amén, amén.

Sugel Michelen

Sugel Michelen

Sugel Michelén es pastor y maestro en Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (Santo Domingo) por más de treinta años. Predica regularmente la Palabra y posee una Maestría en Estudios Teológicos. Autor de varios libros, entre ellos La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada y Palabras al Cansado.