Integridad y Sabiduria
Sermones

Mi sufrimiento en las manos de Dios

Miguel Núñez 6 agosto, 2023

Hasta que no entendamos que un sufrimiento supera por mucho diez mil alegrías, no llegaremos a ser lo que Dios quiere hacer de nosotros. Esta provocadora idea, tomada de la literatura secular, abre la puerta a una verdad que Santiago enseña en el primer capítulo de su carta: las aflicciones forman parte del plan bondadoso de Dios para sus hijos. No se trata de anhelar el dolor ni de fingir alegría cuando llega la prueba, sino de cultivar una actitud mental que reconoce que el Dios soberano y el Dios bondadoso son el mismo, y que por tanto las dificultades tienen propósito.

La meta de las pruebas es desarrollar paciencia, y la paciencia es más crucial de lo que solemos pensar. Sin ella no podemos amar, porque el amor es paciente. Sin ella no podemos caminar con Dios, cuyo tiempo opera en otra escala. La impaciencia estuvo detrás de cada caída bíblica: Eva no esperó para consultar a Dios, Sara ofreció un atajo con su criada, Saúl no aguardó al profeta Samuel. Los apóstoles, en cambio, salieron del concilio regocijándose de haber sido considerados dignos de sufrir, no porque el látigo fuera placentero, sino porque entendieron que Cristo lo vale.

El pastor Núñez ilustra esta perspectiva con su propia historia: diagnosticado con diabetes a los once años, huérfano de padre seis meses después, cambiado de ciudad y de escuela. Visto bajo el lente del drama, era una infancia dura. Visto bajo el lente de la providencia, fue una vida marcada por un padre presente en los años formativos, hermanos que lo sostuvieron, y personas que aparecieron en el momento justo. El mismo fuego que derrite la vela endurece el ladrillo; la diferencia está en cómo respondemos. Las dificultades, recibidas con paciencia y sin atajos pecaminosos, producen un carácter probado, maduro, completo. No se trata de eliminar el sufrimiento, sino de ser transformados por medio de él.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

En la literatura anglosajona, o del idioma inglés, hay una obra muy conocida con el nombre de *Moby Dick*. ¿Cuántos de los que están aquí conocen por lo menos el nombre de *Moby Dick*? No voy a preguntar cuántos la leyeron, pero con el nombre me basta. La historia está basada en una historia de la vida real; es una novela, pero como las novelas usualmente son, toman una historia y hay elementos verdaderos y otros que son ficticios.

La parte real es que ciertamente hubo una ballena que se llamó *Moby Dick*, una ballena albina que vivió alrededor de una isla que, entiendo, se llama de manera muy similar, en las costas de Chile. Esa ballena pudo escapar de sus captores por cuarenta años; en esos cuarenta años embestió muchos barcos balleneros, los destruyó, marineros murieron, y básicamente la novela está basada en esa historia, y en otra más, pero no tengo el tiempo para entrar en todos los detalles.

En la novela hay un capitán que, supuestamente, tuvo una pierna que le fue cortada por esta ballena, y ahora quería vengarse de ella; la persigue hasta querer capturarla y matarla, y la pasión por la venganza era lo que movía las fibras de este hombre. Hay muchas lecciones que aprender en la historia. Pero su autor, Herman Melville, escribió un número de obras, entre ellas obras menos conocidas, y en una de ellas dice lo siguiente: "Hasta que no sepamos que un sufrimiento —escucha— hasta que no sepamos que un sufrimiento, un dolor, supera a diez mil deleites, gozos o alegrías, no nos convertiremos en lo que el cristianismo quiere hacer de nosotros." Hasta que nosotros no acabemos de entender que un sufrimiento tiene mucho más valor que diez mil deleites, gozos, placeres o alegrías, nunca vamos a llegar a ser lo que Dios quiere que lleguemos a ser.

Para el autor de esa novela, el ser humano, y en particular —yo diría— el cristiano, no entiende el propósito de las aflicciones en su vida. Y creo que, al igual que el capitán Ahab del barco ballenero, que estaba resentido y con ese resentimiento quería vengarse de la ballena, de esa misma forma muchos atraviesan las experiencias de dolor y se resienten, se endurecen, y tratando de anestesiar su dolor transitan por caminos pecaminosos, con lo cual aumentan sus heridas y sus dolores.

Déjenme repetir la cita otra vez: hasta que no entendamos que un sufrimiento supera por mucho a diez mil alegrías y gozos, no vamos a llegar a ser lo que Dios quiere hacer de nosotros. Piensa por un momento en alguno de tus momentos más felices. No sé si fue el día de tu boda, la noche de tu boda; dime de qué manera la noche de tu boda te hizo crecer en carácter. No creo. Quizás fue el día que nació tu primer hijo; pregúntate de qué manera transformó tu carácter. O piensa en cualquier otro gozo, deleite o placer que hayas tenido, y al final cuéntame de qué manera tu carácter fue transformado por esa experiencia de alegría.

Ahora déjame decirte: aunque el día de tu boda no afectó tu carácter, las dificultades que has tenido desde entonces en tu matrimonio sí te han hecho crecer enormemente. Y estoy seguro de que en el momento en que tu hijo nació, ese gozo y alegría tampoco cambió tu carácter, pero las dificultades que ese hijo, que tus hijos te han traído —comenzando con la cambiadera de pañales a las dos de la madrugada— comenzaron a formar en ti paciencia, amor incondicional, y una serie de virtudes.

Hermano, los gozos, alegrías, diversiones y placeres son muy temporales, muy pasajeros. Estimulan tus emociones, estimulan tus hormonas, estimulan los neurotransmisores en el cerebro. Lo que no hacen —y te pueden llevar incluso a soñar— es llevarte a meditar sobre el propósito y el significado de la vida. Dime, ¿cuál de tus deleites te ha llenado de sabiduría? Dame uno. ¿Cuál de ellos te ha llevado a la introspección? ¿Cuál de ellos ha desarrollado en ti amor incondicional por el otro? No, claro que no, porque para eso tú necesitas el dolor, el sufrimiento, la pérdida, las decepciones y los insabores. Tú necesitas todo eso, y yo también.

Esa es la razón por la que Santiago, cuando escribió su carta a aquellos que eventualmente la leerían o la escucharían leer, en los versículos uno al cuatro del capítulo uno, dice lo siguiente: "Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que sean perfectos y completos, sin que nada les falte."

En esos tres versículos hay tres grandes enseñanzas. Hay una actitud que Santiago entiende que nosotros debiéramos tener ante las dificultades de la vida. En segundo lugar, hay una razón por la cual él entiende que debiéramos tener esa actitud que él describe. Y finalmente, en tercer lugar, hay un propósito final que explica por qué las dificultades permanecen en tu vida y por qué tú debieras permanecer con la actitud inicial que él describe.

Si vamos a desempacar esos tres versículos, en el primero él dice: "Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas." Oye, lo que Santiago no está diciendo es que tú debes anhelar entrar en dificultad. Él no dice eso, ni siquiera lo sugiere; no está diciendo que anhelando las dificultades es como cultivas el gozo. Tampoco está diciendo que nosotros debiéramos estar saltando y danzando cuando veamos llegar la dificultad. Cristo no llegó a la cruz saltando y celebrando; Él llegó sudando gotas de sangre, y llegó hasta la cruz en un momento dado a desesperarse y gritar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

Cuando Santiago nos dice "tengan por sumo gozo", él no está haciendo alusión a una emoción de alegría; para nada. Él está haciendo referencia a una forma de pensar, a una actitud mental, como la que Pablo describe en Filipenses con relación a Cristo: "Haya en vosotros la misma actitud mental, o la misma mente, que hubo en Cristo Jesús." Eso es a lo que Santiago se está refiriendo: una forma de pensar con relación a las dificultades. El gozo al que Santiago se está refiriendo no es nada emocional; es racional. Es un gozo que resulta de ver la vida completa a través del lente de la providencia de Dios, y es una vida que es vivida bajo la autoridad de Dios y para la gloria de Dios.

Esa es la manera como Alistair Begg solía describir, o en una ocasión describió, lo que él llamó *The Big Idea of the Christian Life*, la gran idea de la vida cristiana. ¿Cuál es? Esta fue su definición: nosotros vivimos bajo la mirada de Dios, bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios.

Lo que Santiago está tratando de decirnos no es algo hipotético, es algo que está ahí descrito en personas de la Biblia. Yo te quiero dar un solo ejemplo, pues hay múltiples. En el libro de los Hechos se nos describe cómo los apóstoles Pedro, Juan y los otros comenzaron a predicar la palabra y comenzaron a ser perseguidos. Llegamos al capítulo 5 y resulta que apresaron a varios de ellos. Gamaliel dice que tengan cuidado con lo que van a hacer, porque una vez vino un hombre similar y al final no resultó nada y ya se terminó todo. Pero si acaso estos hombres están diciendo algo que viene de Dios, tengan cuidado.

El concilio entonces se reunió y determinaron que los iban a liberar, pero primero los iban a azotar. Esto está en Hechos 5:40. Entonces fueron azotados y fueron liberados. Imagínate lo que son los azotes: serán 39 latigazos, hechos por personas más que acostumbradas a esto.

Hay dos formas de reaccionar ante esa experiencia. Una es de drama y trauma. Imagínate: es duro que uno comience a predicar la palabra y apenas ha comenzado y mira cómo esta gente nos trata, tratando de hacerle bien para que no se vayan al infierno, a la perdición. Cualquiera lo deja, para que se convenzan todos. Esa es una forma de reaccionar. Pero hay otra forma de reaccionar, y es una forma de aceptación y agradecimiento, al reconocer que la cárcel y los latigazos estuvieron todo el tiempo en las manos del Dios que gobierna los cielos.

Y eso es lo que tú ves en el próximo versículo: en Hechos 5:41, los apóstoles salieron de la presencia del concilio. Escucha, ahora viene: regociján­dose de que hubieran sido considerados dignos de sufrir afrenta por Su nombre. ¿Tú me estás relajando? 39 veces. No drama, no trauma, solo gozo. Regocijándose. ¿Puedes creer, Pedro, que el Señor nos consideró dignos de sufrir como Él sufrió? Esta gente entendió algo acerca de la vida. Tenían una perspectiva de la vida que nuestra generación no conoce, pero que ni siquiera quiere considerarla.

Y es que la vida entera es una especie de prueba, es un test, como dirán en inglés. Nos están probando con la intencionalidad de formarnos, de que la causa de Cristo tiene un precio, de que la fe cristiana frecuentemente nos va a llevar a experimentar el sufrimiento. Pero por otro lado, también entendieron que no hay sufrimiento del que Cristo no sea meritorio, no hay sacrificio del que Cristo no sea meritorio. Cualquier aflicción que yo tenga que atravesar en mi vida, Cristo lo vale, la cruz lo vale, la causa de Cristo lo vale, el cielo lo vale.

Lo que este pasaje de Hechos 5, que yo acabo de ilustrar, es exactamente lo que Santiago estaba enseñando: "Tenedlo por sumo gozo." Yo no creo que cuando Pedro y los apóstoles estaban siendo azotados se estaban de un lado al otro, no creo que se estaban diciendo: "¡Wow, qué alegría tengo yo con estos latigazos!" No creo. Pero tenían una actitud mental, una disposición, una forma de pensar. Lo que el texto de Hechos 5 nos revela es que mi reacción a la aflicción, a la adversidad, frecuentemente revela la condición de mi corazón y la perspectiva que yo tengo de la vida. Mi reacción a la adversidad revela dos cosas: la condición de mi corazón y la perspectiva o entendimiento que yo tengo de la vida.

Pero permítame repetirte algo que yo dije un tiempo atrás, no sé si fue aquí o en alguna de las clases. Hay una cita que dice algo así como: tú no sufres simplemente la cosa que estás sufriendo, un cáncer o lo que tú quieras, sino que tú sufres eso que estás sufriendo por la manera en que lo estás sufriendo. Creo que esta vez lo dije un poco más simple que en el servicio anterior. Hay una cosa que estás sufriendo, pero tú no solamente sufres eso, sino que también sufres la forma como estás sufriendo esa cosa. En otras palabras, el sufrimiento probablemente no tiene que ser así. Santiago dice: eso es exactamente lo que estoy tratando de enseñarles. "Tengan por sumo gozo cuando se encuentren en diversas pruebas."

Santiago le llama a esta gente "hermanos míos." Santiago no estaba diciendo que las dificultades son un gozo en sí mismas, no. Él está diciendo que hay una forma de pensar acerca de las dificultades. Cuando él dice "tengan por sumo gozo," es similar a cuando Pablo dijo: "Yo tengo como basura aquellas cosas que yo acumulé en el pasado, por el privilegio de conocer a Cristo. Al lado de ese privilegio, esto es como basura, yo la considero así." Pero no es que todo aquello fue basura en sí mismo. Yo creo que eso nos ayuda a entender cuál es el sentido de Santiago.

Yo creo que nosotros podemos hacer lo que Santiago dice, podemos tener esa actitud con cierta facilidad si entendemos —y hay un condicional— si entendemos que las aflicciones forman parte del plan, subraya la próxima palabra, bondadoso de Dios para mí. Las aflicciones forman parte del plan bondadoso de Dios para conmigo. El problema que tenemos es que nosotros no sabemos poner las piezas del rompecabezas que están expresadas, reveladas y explicadas en la Biblia. Porque yo creo que probablemente casi todos ustedes dirían: "Dios está en control de todo en el universo." Y probablemente, si son cristianos, firmarían también: "Dios es infinitamente bondadoso." Bueno, suma, pon juntos el Dios bondadoso y el Dios que lo controla todo, y claro que tienes que llegar a la conclusión de que si Él controla las aflicciones, ellas tienen que ser parte del plan bondadoso de Dios para mí.

El salmista lo entendió. Escuche cómo el salmista lo escribió en el Salmo 119:75: "Yo sé" —no "yo me imagino," no "puede ser que llegue a esa conclusión"—, "yo sé, Señor, yo tengo la convicción, que en tu fidelidad me has afligido." ¿Cómo fue? Que la razón por la que tú me has afligido es porque tú eres fiel conmigo. Y como tú eres fiel y el propósito tuyo para conmigo desde la eternidad pasada fue formar la imagen de Cristo en mí, ahora me afliges porque en mi aflicción te propones precisamente continuar formando la imagen de Cristo en mí, pero de una mejor manera, de una manera más fina, más precisa, más completa. Recuerda que Santiago no está hablando de una emoción, está hablando de una actitud mental frente a las dificultades de la vida.

Cuando nosotros hicimos la serie sobre el fruto del Espíritu, definimos el gozo de una manera. Yo modifiqué un tanto esa definición para este mensaje, y lo traigo así: el gozo del Espíritu es un estado de la mente que entiende que las circunstancias de la vida están en las manos del Señor, quien las conoce, las controla, las permite o las envía con un propósito en particular que puede escapar a nuestro entendimiento. O sea, puede ser que yo no entienda lo que Él está haciendo. Lo que no puedo hacer es escapar de la experiencia, porque precisamente ya fue una parte del plan bondadoso de Dios para conmigo.

Entonces, la primera enseñanza que Santiago me trae es la actitud mental y disposición que yo debo tener frente a las aflicciones que de una u otra forma yo voy a atravesar, y eso va a durar hasta que yo entre en gloria. De este lado de la gloria no hay forma de que yo no pase por tribulación, aflicción, dolor, pérdida, soledad, desierto, y todo lo que tú quieras añadir. Definitivamente, es así. Por eso el currículo del Señor tiene, como lo hemos dicho otra vez, el Sufrimiento 101, 102, 103, 104, 105, hasta que entre en los cielos.

Entonces, lo primero es la actitud que debo tener. Lo segundo que Santiago enseña es que hay una razón para que tenga esa actitud. En otras palabras, yo no te voy a decir simplemente: "Ten la actitud y punto, acéptala." No. Hay una razón que debe mover tu entendimiento a disponerse a contar las dificultades como sumo gozo. Aquí está, versículo 3 y principio del 4: "Sabiendo" —recuerda esa palabra porque vamos a regresar a ella con Pablo— "sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado." Las pruebas tienen por meta desarrollar nuestra paciencia. La pregunta inmediata sería: ¿es realmente la paciencia tan importante para la vida cristiana? ¿Tiene realmente la paciencia tanto valor?

Bueno, vamos a pensar. Número uno: la impaciencia no forma parte de la imagen de Cristo. La impaciencia no caracteriza la vida de los hijos de Dios. Número dos, peor todavía: la impaciencia forma parte de todas las caídas de los hijos de Dios. Todas las caídas. Eva tomó la fruta y ella no esperó para hablar con Adán. Bueno, pastor, quizá usted no lo sabe, quizá habló con Adán. Okay, te concedo eso, habló con Adán. Pues entonces ellos no esperaron hablar con Dios, no fueron donde Dios, o esperaron que Dios se apareciera, que seguro hablaba con ellos con frecuencia, y no le dijeron: "Mira, Señor, se apareció esta serpiente con esta otra enseñanza y queremos saber tu opinión." No, no, no. No me interesa tu opinión, me interesa la fruta para conseguir lo que esta serpiente me ofreció.

Dios le hizo una promesa a Adán y a Sara: "Le voy a dar un hijo, un hijo de la promesa." Sara esperó, y estaban avanzando en edad, pero Dios solo prometió. Como Sara no tenía paciencia, fue donde Abraham y le dijo: "Pero es que el Señor seguro se olvidó. Además, yo estoy más avanzada en edad que cuando vino a hablar con nosotros. De manera que mira, aquí está mi criada, toma este atajo y ten un hijo." La impaciencia de Sara, todavía la estamos pagando con el Medio Oriente.

Saúl no tenía paciencia para esperar por el profeta Samuel. Como él quería ir a la guerra y pensaba que el sacrificio era lo que iba a garantizar el triunfo, en vez de esperar por el profeta Samuel, que era quien podía ofrecer el sacrificio, lo ofreció él. Perdió el reino en una noche, en una sola decisión. Oye, pero es fuerte, pastor, porque seguro como rey tuvo que tomar muchas decisiones. Sí, pero es en una sola cosa que tú lo pierdes. Fue con una sola fruta. Fue con una sola criada, y no solamente con una sola criada, en una sola noche, en una sola ocasión.

Si no sabemos esperar el tiempo de Dios para hacer las cosas a la manera de Dios, con los recursos de Dios, continuamente nos convertimos en un estorbo para Dios. Pero Dios no se deja estorbar. Jonás se convirtió en un estorbo para Dios, y como Dios no se deja estorbar, le envió un pez grande, que frecuentemente hablamos de una ballena. Cuando yo me convierto en un estorbo para Dios, siguen viniendo las ballenas a nuestras vidas.

La paciencia. Nosotros, mira nuestro problema con la paciencia: ahora vamos y le pedimos algo a Dios, y a la semana decimos... Tú le dices a una hermana cercana de tu problema, le dices, en apuros: "Si tengo una semana orando y el Señor no dice nada." A la semana. Tú le estás orando a un Dios que existe fuera del tiempo y del espacio, que para Él un año es como un día y mil años como un día. A la semana tú ya estás sin paciencia. Si nosotros no tenemos paciencia... Yo estoy tratando de ayudar a entender la importancia de la paciencia, porque eso es lo que Santiago me está diciendo: que la aflicción produce paciencia, y que por esa razón yo debo considerar los sufrimientos y las aflicciones como gozo. La paciencia se cocina a fuego lento, y ese fuego no es otra cosa que las pruebas que llegan a tu vida.

Mira cómo Pedro lo explica en 1 Pedro 4:12: "Amados, no se sorprendan del fuego de prueba que en medio de ustedes ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les hubiera acontecido." Hermanos, yo no puedo entender: a ustedes les ha llegado un fuego de prueba, una aflicción, la persecución en ese caso literalmente, y están reaccionando como si algo extraño hubiera ocurrido. Como que esto no se lo hicieron a los profetas del Antiguo Testamento, y como que esto no se lo hicieron al Señor Jesús. No, no se sorprendan. De hecho, ese fuego ha llegado para probarlos, para ver quién es quién. Eso es lo que está tratando de enseñar. Esa prueba es como un fuego: Dios está tratando de desarrollar tu paciencia y la mía.

Porque la paciencia, escuchen, no solo es importante en la vida cristiana, es crucial. Sin ella no puedes caminar con Dios. Jamás, sin ella, podrás encontrar la voluntad de Dios. Escuchen al Diccionario de la Real Academia, una fuente secular: "La paciencia: capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse." Oye, el mundo secular sabe que la paciencia implica "sin alterarse." No, pastor, pero yo le pedí al Señor que me diera mucha paciencia y al otro día... Mucha paciencia, no sé, es un problema. No, porque "sin alterarse." "Capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho." Si le preguntáramos a Jacob en el Génesis... No, cuando algo se desea mucho, cuando algo se ama mucho, como así Jacob.

"Oye, yo me enamoré de Raquel, quería a Raquel. El suegro me dijo que sí, pero que tenía que trabajar siete años. Trabajé siete años, pero me engañó, me dio a Lea. Pero a quien yo amaba era a Raquel, y el suegro me dijo: 'Bueno, también Raquel, pero siete años después.' Catorce años esperando, y él dice que le pareció poco tiempo." O sea, un noviazgo de catorce años. Sí, le pareció poco tiempo porque la amaba mucho. Mi paciencia o impaciencia tiene algo que ver con cuánto amo. Vamos a llegar ahí.

Pero esta es mi definición de la paciencia: la capacidad para esperar con tranquilidad y esperanza por el tiempo y la voluntad de Dios, bajo presiones variables en intensidad y duración.

Digamos que alguien está haciendo una entrevista que tiene que ver con nuestro ministerio, con todo lo que está pasando en el mundo reformado y en Latinoamérica, y una de las preguntas fue: "¿Qué tú has hecho mejor, tú piensas?" Te lo digo de frente: no hay ninguna de las dos que se me venga a la mente. ¿Cómo así? Entonces, ¿qué es lo que has hecho mejor? Esperar. Esperar. Estoy contento de que el Señor me haya enseñado a esperar.

Escuchen a Santiago otra vez, versículo 3: "Sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado." La paciencia, amados, es más necesaria de lo que es tu denominación. El problema es que nosotros, cuando pensamos en la paciencia, la vemos solamente en términos de beneficios personales. "Señor, dame paciencia porque estoy inquieto o inquieta, estoy de mal humor y esto me está sacando, como decimos nosotros, de quicio. Estoy perdiendo los estribos. Yo no sé qué me pasa, quiero estar tranquilo, Señor, así que dame paciencia." No, pero es que la paciencia tiene que ver con mucho más que eso.

Para comenzar, si tú no eres paciente, tú no puedes amar. No, mejor dicho, déjame decirte de una mejor manera: si no eres paciente, esa impaciencia es la evidencia de que no amas. Porque el amor es paciente, 1 Corintios 13:4: "El amor es paciente." El amor incondicional, por lo menos. Eso fue la evidencia de Jacob: esperó catorce años porque la amaba mucho.

Nosotros comenzamos a ministrarle a alguien, a testificarle, queremos evangelizar a alguien, y a la semana la persona no ha respondido; a las dos semanas no ha respondido, y ya estamos completamente agitados e impacientes. Pero resulta que Pedro me dice en su segunda carta, 2 Pedro 3:9, que el Señor Cristo no ha regresado no porque haya retardado su promesa, sino que está esperando. Porque como Él es paciente, no quiere que nadie perezca. Hay gente que no ha nacido de nuevo todavía, y otros que ni siquiera han entrado al mundo, a quienes Él quiere salvar, a quienes Él dispuso salvar. No quiere que esa gente perezca, y en su paciencia está esperando por ellos. Y luego Pablo me dice en Efesios 5:1: "Sed imitadores de Dios." Pero no puedo ser imitador de Dios si no soy paciente.

De hecho, escucha lo que Pablo le escribe a los colosenses, Colosenses 3:12: "Entonces ustedes, como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia." Yo tengo que vestirme de todo eso si quiero imitar a Dios. Tú puedes ver que la paciencia es vital. Yo estoy mencionando todo esto porque necesito que puedas entender no simplemente a qué está apuntando Santiago. Es más práctico que eso: Santiago está apuntando a que tú no puedes caminar en obediencia sin paciencia.

Santiago está preocupado de que, debido a la impaciencia, algunos no vayan a terminar o no vayan a terminar bien. Por eso decía Pablo: "Yo no corro como dando golpes al aire, no vaya a ser que después de haber predicado, yo también sea descalificado." Santiago no quiere que te descalifiquen a mitad de camino porque tu impaciencia te hizo tropezar.

El salmista en el Salmo 37:7 dice: "Confía callado en el Señor y espera en Él con paciencia." Nota la combinación de palabras e ideas del salmista: primero, confía, eso es una idea. ¿En quién? En el Señor. No hay que hablar mucho, porque en muchas palabras el hombre peca, como le pasó a los tres amigos de Job. Entonces, espera callado. Y cuando estés callado, no solamente externamente, sino callado internamente, espera con paciencia, porque el Señor es el Dios de la historia, de la historia global y de la historia personal de cada uno de nosotros.

Entonces, tenemos ya la actitud que debe caracterizarme frente a la dificultad de la vida. Número dos, tenemos la razón por la cual tú y yo debiéramos ser pacientes. Yo creo que eso es importante porque, de lo contrario, como yo decía, tú y yo no vamos a poder caminar con Dios.

Santiago sigue desarrollando su idea de cultivar la paciencia, y ahora tiene una tercera razón por la que nos instruye a tener esa actitud. O mejor dicho, él tiene un propósito final por el cual entiende que tú y yo debiéramos esperar a ver el resultado. El versículo 4 dice: "Para que sean perfectos y completos, sin que nada les falte." Perfectos y completos. La idea es madurez cristiana, que puedan tener madurez cristiana.

Lo que ocurre es que en las aflicciones, Dios aprovecha y elimina muchas de aquellas cosas que yo considero fortalezas, en las que yo me apoyo, en las que yo confío: que puede ser la preparación, el título, el intelecto, la familia de donde vengo, los seguros, las finanzas, el seguro de salud. Confían en eso, el seguro de vida. Que no sé por qué lo llaman seguro de vida, porque tú te mueres y el dinero no te lo llevas, sino que se queda aquí. Debería llamarse seguro de sobreviviente, del que muere, pero no seguro de vida.

Entonces Dios destruye en la aflicción las fortalezas humanas y en la debilidad perfecciona su poder en nosotros. Así es como ocurre. Esta madurez cristiana no es el fruto solamente de las aflicciones; no, las aflicciones son vitales. Es el fruto de las aflicciones en una persona que espera pacientemente bajo la prueba, bajo presión, por un largo tiempo.

Es el fruto de… es como el diamante que se forma en la profundidad de la tierra, bajo altas presiones y alto calor. Pero nosotros tenemos la oportunidad de reaccionar de una manera o de reaccionar de otra. Y si esta ilustración no puede ayudar, las otras forman las perlas, ¿cierto? Pero así es como se forman. Hay un pedacito de arena que entró a la ostra por dentro y le causa irritación, y ella, tratando de eliminar la irritación, comienza a secretar algo que va cubriendo la arena. Y cuando ya termina de cubrir la arena, ya la irritación para. ¿Pero saben lo que se formó? Una perla.

De esa misma manera, si tú reaccionas adecuadamente a la tribulación, a la aflicción, a tus irritaciones de la vida, Dios formará perlas en tu vida de un valor incalculable. Pero yo necesito la perspectiva correcta. La Biblia, la historia del pueblo de Dios, los últimos dos mil años —no están todos registrados aquí, bueno, de hecho los libros se escribieron en el primer siglo—, la historia secular, todas esas cosas dan testimonio de que nadie llega a la madurez, desde el punto de vista secular o desde el punto de vista cristiano con las perspectivas divinas, nadie llega a la madurez sin pruebas y aflicciones.

Cada personaje de la historia —lo puedes ver aquí o en la historia secular— cada personaje de la historia con cierta profundidad de sabiduría, de discernimiento, de entendimiento, es el fruto de irritaciones peleadas, conquistadas, y de haber hecho introspección a lo largo del camino. El mundo secular, ¿saben? Mira, escucha esta cita. Es atribuida a diferentes personas; de hecho, yo mismo en un momento dado de esta semana, no conociendo bien la fuente o teniendo una información errada, la atribuía a otra persona. Pero realmente la cita viene de una novela de ciencia ficción del año 2016, no tan del otro día: la novela se llama *Aquellos que quedaron*, una novela post-apocalíptica de Michael Huff, como que hubo un apocalipsis y quedó gente.

Escucha atentamente lo que se cita, ¿ok? "Mi abuelo caminó diez millas al trabajo, mi padre caminó cinco millas al trabajo, yo conduzco un Cadillac al trabajo, mi hijo conduce su Mercedes-Benz y mi nieto conducirá un Ferrari." Escucha, porque de aquí en adelante se pone bueno. "Mi nieto va a conducir un Ferrari, mi bisnieto volverá a caminar." ¿Dónde estábamos, abuelo? ¿Por qué es esto? Escucha, porque esto es como una perla: los tiempos difíciles crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean tiempos fáciles, los tiempos fáciles crean hombres débiles y los hombres débiles crean tiempos difíciles. ¿Entienden esto? Los hombres fuertes crean tiempos fáciles para los que vienen; los tiempos fáciles —como es nuestra generación, altamente sobreprotegida— crean hombres débiles, y los hombres débiles crean tiempos difíciles. Por eso mi bisnieto va a caminar otra vez, como mi abuelo.

Algunos le atribuyen esa cita al fundador de Dubái, pero no lo es. Entonces, como el autor termina: algunos no lo entenderán, pero hay que crear guerreros. Claro, porque el soldado tiene sentido de disciplina, sentido de trabajo, sentido de sacrificio, sentido del deber; da su vida por una causa. El soldado no está interesado en la parte monetaria, no es ahí donde está el valor, sino en estos otros valores. Y cuando tú creas guerreros, los guerreros pueden entonces administrar lo que generaciones débiles no han podido hacer.

Dios conoce eso desde que fundó el mundo, desde antes que Adán cayera ya lo conocía. Al momento de la caída, viendo todo lo que vendría adelante, estas aflicciones y estas dificultades eran necesarias para poder formar la imagen de Cristo en sus hijos. Y por eso Santiago dice que las aflicciones crean, dan lugar a la paciencia, y la paciencia en la terminación de su obra nos lleva a ser perfectos y completos sin que nos falte nada.

Padres, pero voy a leer porque lo escribí con cuidado y quiero ser sensible, pero es verdad: mientras más protejas a tus hijos de las aflicciones, del trabajo arduo y de los sacrificios que hicieron generaciones anteriores, más débiles serán, y peores tiempos crearán para ellos mismos y para generaciones futuras, porque hombres débiles crean tiempos difíciles.

Hermanos, a la luz de la Palabra, la idea no es evitar el dolor para que no te rayes. No. El mundo secular le ha llamado a nuestra generación la generación de cristal: se agrieta con facilidad. La meta es usar el dolor para que cada vez más te vayas pareciendo menos a ti y más a Cristo. Y eso no ocurre en las montañas de gozo, de placer o de deleite. No, no, no, no. El sufrimiento en las manos de Dios es la mejor escuela de formación de carácter. No una escuela, no una buena escuela, no una excelente; la mejor escuela de formación del carácter es el dolor, la fricción en las manos de Dios, porque es en sus manos que está. Por eso llamamos y titulamos el sermón de hoy: *El sufrimiento en las manos de Dios*.

Santiago entonces nos estimula a tener por sumo gozo la aflicción. Pablo entendió exactamente igual, casi con las mismas palabras. Escuchen, Romanos 5:3-4: "Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones." Va más allá que Santiago; no simplemente dice "considérenlo como sumo gozo", no. Pablo dice: "Yo me glorío en las tribulaciones, porque sabiendo…" —te dije que grabaran esa palabra, que íbamos a volver a ella— ahí está Pablo: "sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia carácter probado." Ahí está la madurez de Santiago, prácticamente con el nombre completo de Santiago. "Y el carácter probado, esperanza." La tribulación produce paciencia, y la paciencia el carácter probado: lo mismo de Santiago.

Cuando tú atraviesas la fricción, la dificultad —escuchen los calificativos ahora— sin apresurarnos, sin tomar decisiones emocionales como Eva, sin tomar atajos pecaminosos como Sara, sin desafiar los límites de la ley de Dios y sin cuestionar la soberanía de Dios; cuando esa es la forma de esperar pacientemente, el fruto de eso es un hombre maduro, completo, de carácter probado, para usar las palabras de Santiago primero y de Pablo después.

Lo que Pablo entendió, lo entendió Santiago y lo entendió Pedro. Escuchen a Pedro ahora: "Aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, se han afligido con diversas pruebas, para que la prueba de la fe de ustedes, más preciosa que el oro que perece, aunque probada por fuego…" Es por fuego que la fe se prueba. La fe se prueba de dos maneras: para ver si es genuina, porque muchos ante la dificultad abandonan el camino y se van a la carrera; pero la fe se prueba también en el sentido de que si es genuina va a perdurar, y tú vas a ver que es genuina por cómo ha perdurado en medio de la dificultad. "Para que esa fe probada por fuego resulte en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo." Para ver si es genuina, pero también porque el fuego elimina las impurezas que contaminan mi vida.

Ahora considera esto: el mismo fuego que derrite la vela es el fuego que endurece el ladrillo. Piensa que la vela y el ladrillo son el corazón del hombre. El mismo fuego que toma el corazón de un hombre, de una mujer, lo ablanda y lo vuelve manso y humilde —esa es la prueba—, es el mismo fuego, la misma prueba, que en otro ser humano, hombre o mujer, lo endurece y lo vuelve resentido, aislado y apático.

El salmista, en consonancia con nosotros, entendía lo mismo que Pedro, que Pablo, que Santiago. Es impresionante la consistencia de la revelación bíblica. Escuchen lo que les escribo: estamos en el Salmo 119:71. "Bueno es para mí ser afligido." Bueno es para mí ser afligido, porque por todo esto que Santiago viene explicando, ahí está la necesidad de que nosotros podamos apreciar la aflicción.

A nosotros no nos gusta eso porque no nos gusta el dolor; nuestro compromiso primario es evitar el dolor, y sobre todo en nuestra generación. Pero por otra parte nosotros no tenemos paciencia, que era la razón, ¿verdad?, por la que Santiago quiere que cultivemos esta actitud, porque nosotros somos muy impacientes: Dios es muy lento para nosotros. ¿Verdad que sí? Moisés, cuarenta años en el desierto, y después otros cuarenta años para llegar a la tierra prometida cuando se podía llegar en días; cuarenta años dando vueltas. "Yo no tengo tiempo para eso." Dios disciplina y manda al pueblo al exilio setenta años en Babilonia. "Yo hubiese regresado hace tiempo; en nuestro día, con un avión regreso, tomo un barco y vengo, voy nadando y vengo, pero vengo." Así somos nosotros. El Mesías se iba a venir una primera vez, lo anunciaron desde el año 1315 antes de Cristo y se aparece allá en los evangelios, varios miles de años después. "No, yo no tengo tiempo para eso." Y ahora tenemos dos mil años esperando que regrese la segunda vez y nos deja aquí esperando. Si tú no tienes paciencia, no puedes caminar con Dios. Además, no puedes caminar en su voluntad tampoco, porque Dios nunca da prisa.

Santiago dice que la meta es un cristiano maduro. Ahora la pregunta es: ¿cómo luce un cristiano maduro? Yo creo que solo lo pudiéramos responder de diferentes formas y a través de diferentes autores. Pero yo creo que lo más justo sería dejar que Santiago la responda. ¿Por qué les trae él esta nomenclatura de un cristiano maduro y perfecto? Yo les voy a decir, según Santiago, cómo entiende que ese cristiano maduro va a lucir. Y esto me representa como un resumen de la carta entera.

Un cristiano maduro posee una sabiduría que viene de lo alto. Eso está en Santiago, capítulo 3, versículos 13 al 18. Un cristiano maduro es un cristiano con una fe firme en el Señor y sus propósitos, no un hombre de doble ánimo, como hablamos el domingo pasado. Versículos 6 y 7 del capítulo 1. Un cristiano maduro sabe lidiar con sus tentaciones y cuando tropieza y cae no culpa a nadie de su pecado. Versículos 12 al 16, capítulo 1.

Un cristiano maduro es un cristiano que tiene una vida de obediencia, porque él no es solamente un oidor de la Palabra, sino también un hacedor de la Palabra, y eso está aquí: capítulo 1, versículos 19 al 27. Un cristiano maduro tiene un entendimiento apropiado del no valor de las cosas de este mundo. Hermanos, cuando tú entraste a este mundo viniste sin nada, y cuando te vayas no te vas a llevar nada. ¿Dónde está el valor de estas cosas? No traje, no me llevo. Capítulo 1, versículos 9 al 11; capítulo 5, versículos 1 al 6.

La madurez cristiana se caracteriza por el amor a Dios y el amor al prójimo, sin exhibir parcialidad. Capítulo 2, versículo 13. Un cristiano maduro tiene un testimonio de obras que hablan de que su fe es madura; si no tiene obras, Santiago dice, tu fe está muerta. Versículos 14 al 25 del capítulo 2.

Un cristiano maduro tiene control de su lengua. Cristo dijo que de la abundancia del corazón habla la boca, y nuestra conversación es más seria de lo que pensamos. La lengua es el órgano más largo del cuerpo, por así decirlo, simbólicamente hablando: va desde la punta de tus labios hasta el corazón. Y cuando tú la sacas, ¡bum!, salió el corazón con ella. Un cristiano maduro no es dominado por las pasiones de la carne, capítulo 4, versículos 1 al 3. Un cristiano maduro entiende el señorío de Cristo: o eres amigo del mundo y enemigo de Dios, o viceversa. Capítulo 4, versículos 4 al 10.

El capítulo 5 tiene diferentes recomendaciones. Yo creo que eso nos da una idea de cómo Santiago entiende al cristiano maduro, el cual está apuntando en su vida a lo que debiera estar luciendo, y así debiéramos procurar nosotros lucir. Ahora, en el tiempo que nos queda, pasemos a la aplicación final de todo lo que hemos dicho.

Si la tribulación y la aflicción producen este carácter probado, maduro, completo —dependiendo de si es Pablo o si es Santiago quien está hablando—, ¿de qué forma ocurre eso? ¿Cómo es que ese carácter se forma? Bueno, mirad: las dificultades obligan al hombre a reflexionar y, al mismo tiempo, a abandonar la superficialidad de la vida. Decía Richard Foster en su libro *Dinero, sexo y poder* que la maldición de esta generación es la superficialidad. La mayoría de la humanidad vive para el aquí y el ahora, como si nunca fuera a rendir cuentas a nadie. La dificultad te lleva a hacer introspección, y en la introspección muchas veces tú descubres cómo has violado la ley de Dios y tienes ahora la oportunidad de arrepentirte, cuando antes ni siquiera lo veías.

Número dos: las dificultades tienden a producir muchas inseguridades interiores en ti y en mí. Cuando estamos inseguros comenzamos a buscar a Dios, y cuando comenzamos a buscarlo en la dificultad lo buscamos de corazón. Como Dios dijo: "Cuando me busquen de todo corazón, me encontrarán." Y nos encontramos con Dios, y cuando nos encontramos con Él dejamos de preguntar "¿dónde está Dios en medio de mi dificultad?" No, tú te encontraste con Él. ¿Y qué te llevó a eso? Que te pusiste a buscarlo. ¿Cómo? ¿Por qué no lo encontraste antes? Porque ahora lo buscaste de todo corazón. ¿Y cómo pasó? Estabas tan inseguro, y todo aquello en lo que confiabas se te había ido, que ahora solamente te quedaba Dios.

Número tres: las crisis nos recuerdan que esta vida es pasajera, que es transitoria, y nos llevan a preguntarnos qué es lo que realmente importa en la vida.

¿Qué es lo que verdaderamente importa? Yo tuve la oportunidad —no sé si lo conté en alguna ocasión— de tener como paciente a alguien que ocupó una posición muy, muy alta en el país años atrás. Tuvo poder, dinero, fama, mucho poder, una familia grande, y al final de sus días —faltaban unos meses para su muerte— lo encontré solo en la habitación un día, lo cual era raro, porque siempre tenía gente con él.

Le pregunté de frente: "Mire, usted tiene más edad que yo y está llegando ya a sus tiempos finales, ¿yo le puedo hacer una pregunta?" Me dijo que sí. Yo le dije: "Voy a ser sincero. Usted, yo conozco su historia: tuvo dinero, fama, poder y varias otras cosas. ¿Y ahora cómo se siente?" Él me miró, se le salió una lágrima y me dijo: "Vacío." Me dijo: "Sí, de verdad." Y yo le respondí: "¿Y por qué?" Él dijo: "Ojalá yo supiera."

Le pregunté: "¿Me permite decirle por qué?" Y hablamos de las cosas que son verdaderamente importantes, y de cómo todo lo que él había acumulado y tenido no tenía importancia ahora al final de sus días. Él entregó su vida al Señor ese día. Luego le dijo a su hijo menor que si yo podía pasar por su casa para que le leyera la Biblia, porque era lo único que él quería hacer.

Luego, en su funeral, yo di el testimonio —me dieron permiso y di el testimonio— y alguien que había tenido una historia trágica se acercó, me pasó su tarjeta y me dijo: "Yo necesito hablar con usted." Porque la superficialidad de la vida funciona hasta el momento en que uno se encuentra en dificultad, y después uno descubre lo que verdaderamente tiene valor. Hubo grandes dificultades, hubo muchas preguntas, quería una entrevista con Dios. Al final no hubo ninguna respuesta de la que andaba buscando, pero hubo algo mejor que eso: recibió a Dios.

Y hubo entonces algo aprendido: que en la vida cristiana nosotros no vivimos de explicaciones sino de promesas. Ninguna explicación te va a sostener hasta el día final, ni te va a dar la esperanza, ni la estabilidad, ni la confianza, ni nada de lo que tú necesitas.

Número cuatro: la crisis de la vida muestra nuestra debilidad y nuestra impotencia. Nos muestran que realmente yo estaba tratando de vivir de una manera autosuficiente, y eso nos impedía acercarnos a Dios. Dios tiene entonces que pulverizar nuestros egos para que ahora, con una actitud humilde, yo pueda acercarme confiando solamente en Él y en nada más de las cosas en que antes había confiado.

Número cinco: Dios me permite vivir las consecuencias de mi pecado. Cuando las vivo, descubro lo grave de mi pecado, y la gravedad de mi pecado me ayuda a entender que yo necesito en el futuro caminar por los caminos de Dios y rechazar todo lo que Dios rechaza. La aflicción nos enseña eso. ¿Tú sabes lo que dice el salmista? El Salmo 119:67 dice: "Antes que fuera afligido yo me descarrié." ¿Y por qué te descarriaste? Porque la aflicción no había llegado y no habías aprendido. "Mas ahora guardo tu palabra." Ahora tú eres obediente. ¿Y qué fue lo que te hizo obediente? Que me descarrié y descubrí el precio de mi descarrío, y entonces la aflicción me trajo al camino.

¿Pero tú sabes qué? Unos versículos más adelante, el mismo salmista dice: "Fue bueno para mí ser afligido." Y más adelante el mismo salmista dice que Dios, en su fidelidad: "Oh Señor, yo sé que en tu fidelidad me has afligido." Tú eres tan fiel a tus propósitos que no me dejaste ahí afuera descarriado, sino que me afligiste para que regresara. Esa es la explicación del exilio en Babilonia.

Ahora, antes de cerrar, recuerden que la meta de las aflicciones, del dolor, del sufrimiento es el desarrollo del carácter probado. Nunca será la eliminación del sufrimiento sino la transformación. No es eliminación, es transformación por medio del sufrimiento. Pero yo necesito que ahí comencemos con una actitud frente a la vida, y esa actitud no es de drama y trauma.

Yo estaba, y con esto he estado en los últimos días en diferentes momentos ejemplificando mi historia: diabético desde los once años y medio. Pero de la forma en que yo no la viví, ¿ok? El que no vivió puede hablar de cómo la viví, pero no de cómo yo no la viví. Esto sería si la vivo bajo el lente del drama y el trauma. ¿Tú te imaginas un niño de once años y medio que oye que le salió diabetes? Imagínate en el año 1977, en Santiago, una provincia donde no había endocrinólogos. Y ese niño se estaba inyectando cuatro veces al día. Y entonces resulta que su papá, que vivía con él, que trabajaba desde la casa, a los seis meses se le murió. ¿Tú sabes lo duro que es eso? Un niño de once y medio que no puede comer lo que quiere, que no refresca, y en los cumpleaños ¿cómo se hace? Y ahora el papá se le murió a los seis meses. Eso no es fácil.

Y a los seis meses, a sus hermanos mayores se les ocurrió mudarse para la capital. Y entonces ahora lo cambiaron de colegio. A lo que llegó, ya tenía cinco años en otro colegio, llegar con amigos que no conocía. Pero el colegio estaba lejos y en su caso no había carro. Él tenía que caminar un kilómetro todos los días para pararse en una esquina a que pasara un señor que tenía un carro y lo llevara al colegio. El señor muchas veces se olvidaba y lo dejaba también, y luego él regresaba a su casa: "Me dejaron." Y luego lo traían al mediodía. ¿Tú crees que es fácil? ¿Tú sabes lo duro que es eso?

Yo no conocí nada de eso. Todo eso, que son los "fuemisos" —esto va a contar mi historia, es a mí— es malo. Doce años y medio, y yo tenía prácticamente cinco años con mi papá en la casa, instruyéndome, dirigiéndome, modelándome, marcándome. Me marcó de por vida de la mejor forma posible. Y después de que ya yo estaba marcado de por vida, Dios se lo llevó. ¿Y tú sabes qué? Me dejó con seis hermanos mayores que me querían, que me suplían, que me sufragaron, que estuvieron ahí para ayudarme. Y cuando yo vine a este colegio, me becaron. Y había un señor que era tan bueno que me recogía. Yo tenía que ir caminando, pero me recogía todos los días; a veces me dejaba, es verdad, pero me recogía y me traía a mi casa. Ese drama y ese trauma yo no los vi así, hermano.

Y te doy esta perspectiva: ahora yo reconozco que hay alguien que pudiera estar aquí que está en medio de un drama. Lo que te quiero decir con eso es que si adoptas el lente bíblico, tú puedes tomar ese drama y transformarlo en un drama de gozo, de bendición, de propósito, de significado, de presencia de Dios. Es un drama, pero es otro drama. Y los hermanos que estamos aquí debemos ser parte de tu drama, ayudando para que llegues ahí, porque igual tú no llegas ahí de la noche a la mañana.

Hoy alguien me escribió tan pronto como terminó el primer servicio: "Gracias, me fui con una perspectiva nueva de la vida." Sí, para que sigamos ayudando al hermano. Para eso es el cuerpo de Cristo: lloramos juntos, reímos juntos, caminamos juntos. De manera que si tú conoces a alguien que está en medio de un drama, únete a su drama y traten de darle la vuelta a la moneda para poder decirlo como el salmista: "Alma mía, alaba al Señor, y no te olvides de ninguno de sus beneficios, no olvides ninguna de sus bendiciones, porque en la aflicción Él está más cerca que nunca."

Una señora se me acercó al final y me dijo: "Pastor, yo tenía cuarenta años casada y mi esposo se me murió hace cuatro meses, pero le puedo decir que ahora en la soledad es cuando yo más cerca he sentido a Dios y donde estoy creciendo más." Todavía en la aflicción, no en el gozo, sino en el dolor. Ese es nuestro Dios.

De manera que Santiago nos está diciendo que lo tengamos por sumo gozo, y que tú puedas de aquí en adelante ver tu vida de otra manera. Hay dramas en la vida, hay traumas en la vida. El poder de Dios en su Hijo está para transformar el trauma de dolor en drama de gozo, donde pudiéramos dar testimonio de que nuestro Dios es fiel.

Padre, gracias por tu Palabra, por tu Espíritu, por las historias reveladas en la Biblia de cómo Tú transformas la historia de los hombres en historias de triunfo, como la noche del viernes que pasó a ser la mañana del domingo en este domingo de resurrección. Ayúdanos a nosotros, como cuerpo de Cristo, a cambiar nuestra visión de la vida y a caminar con otros para que ellos también puedan caminar sus historias de una manera distinta, y ellos también puedan contar historias distintas en el día de mañana para la gloria tuya. En el nombre de Cristo Jesús, amén.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.