Al cerrar un año, las emociones se dividen: algunos cargan tristeza por pérdidas y aflicciones, otros celebran victorias y bendiciones. Pero la pregunta que importa es otra: ¿cómo debe un cristiano —alguien comprado por Cristo, con una esperanza eterna— responder a un año que termina? La respuesta comienza con una evaluación honesta que combina humildad e identidad. Humildad para reconocer, como el apóstol Pablo en Filipenses 3, que no hemos llegado a la perfección. Si Pablo —quien tuvo un encuentro con Cristo, escribió gran parte del Nuevo Testamento y sufrió azotes y cárceles por el evangelio— decía "no he llegado", ¿qué podemos decir nosotros? Es difícil admitir que el matrimonio sigue con dificultades, que luchamos con pecados que parecen invencibles, que soñamos cosas que se desvanecen. Pero esa humildad descansa sobre algo firme: nuestra identidad en Jesús. Él nos alcanzó primero, nos hizo suyos, pagó con su sangre el precio de nuestra adopción.
Desde esa identidad brota la resolución: enfoque en una sola cosa, una meta que tiene implicaciones eternas, y una dinámica que incluye olvidar y avanzar. Olvidar no significa borrar la memoria, sino soltar rencores, fracasos y ofensas que envenenan el alma. El pastor Luis Méndez recordó el caso de una mujer abusada por su padre durante años, cuya vida solo fue transformada cuando, por el poder de Cristo, pudo mirarlo a los ojos y decirle: "Yo te perdono". Hay poder en el perdón; sin él no hay sanidad ni avance. Y avanzar significa extenderse hacia adelante, dispuestos a ir donde Dios dirija. Al sonar las campanas del 31 de diciembre, en medio del bullicio, vale la pena recordar la fidelidad de Dios, darle gracias y pedirle un corazón humilde que no se frustre por lo no alcanzado, sino que siga caminando hacia el llamado supremo en Cristo Jesús.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Vamos, hermanos. Muy buenos días a todos. Buenos días a todos. Muy bien.
Quería aprovechar también y dar gracias a todos ustedes. Yo decía en el primer servicio, una de las maneras como ustedes se dan cuenta si pertenecen a un sitio, si son parte de la familia, es que no necesitan introducción. Usualmente cuando yo he predicado aquí, tienen que introducirme, pero ya somos de aquí. Y nosotros queremos decirles gracias. Mi esposa y yo nos sentimos muy amados por ustedes. Nos sentimos muy bendecidos. Yo digo, son dos mil quinientos nombres que tenemos que aprender, así que tengan paciencia. A veces yo le digo a una persona que viene: "Un gusto conocerte", y esa persona me dice: "Ya me has dicho eso cinco veces". Así que tengan paciencia. Pero estamos felices aquí, hemos sido bendecidos aquí. Somos de aquí, nos quedamos aquí. Así que nosotros nos sentimos en casa.
Para los que no entienden eso, yo soy pastor todavía en transición. Vivo en los Estados Unidos, pero la idea es que en el transcurso de este año podamos estar a tiempo completo aquí como pastor en la iglesia. Así que estamos felices.
También gracias a los pastores, los líderes de esta iglesia maravillosa, la manera como nos han facilitado esta transición. Yo hablaba de Chacho, el pastor Chacho, su esposa Charbel. Nosotros normalmente nos hospedamos en su casa cada vez que venimos. Y yo tengo llave, yo entro cuando quiera, salgo cuando quiera. Yo les digo a ellos algunas veces: "Siéntanse como en su casa". Recibo gente. Y muy especialmente también al pastor Miguel y Katy. El pastor Miguel es uno de mis amigos que viven más regalado. Es uno de los hombres a los que más he admirado por su visión como pastor, por su integridad como pastor. Yo siento que es un honor muy grande que Dios ha cruzado nuestros caminos y que ahora podemos colaborar juntos. Así que gracias por todo eso.
Quiero invitarles ahora a Filipenses capítulo 3, tal como están sus notas. Filipenses capítulo 3, versos 12 al 14. Hemos titulado la meditación de hoy: ¿Cómo terminar el año bien? Y ese título, para hacerlo más honesto aquí si se puede, yo lo copié del pastor Miguel. Él hizo una serie aquí que se llama "¿Cómo sufrir bien?". Él es muy bueno poniendo títulos y palabras, así que yo siempre lo estoy acechando. Y como ya somos parte del equipo, yo ni le he pedido permiso. Así que, ¿cómo terminar el año bien?
En esto, todos nosotros estamos ahora mismo en la víspera de ver el año 2016 llegando a su conclusión. Y es interesante que una experiencia como esta genera un sinnúmero de diferentes reacciones. Hay algunos que un fin de año representa en cierta manera un momento de tristeza, porque ellos traen el recuerdo de muchas aflicciones que han tenido en este año. Algunos han tenido pérdidas de seres queridos, y esos eventos van a ser imposibles de olvidar. Ellos recuerdan al fin de este año eventos en sus vidas que les han marcado para siempre.
Sin embargo, hay otros que al estar en fin de año les representa un momento de alegría, de gran gozo, casualmente por el recuerdo de algunas victorias que han conseguido, algunas bendiciones especiales que han tenido. Y son eventos también que les han marcado, y ellos siempre desearán recordar eso. Algunos al fin de año se preocupan porque se están poniendo más viejos, otros están felices porque se están volviendo más adultos. Algunos se alarman porque ellos perciben que están entrando en situaciones que son mucho más complicadas, otros sin embargo celebran porque ellos han empezado a ver alivio para sus problemas y ven una luz de esperanza.
Estos son los momentos en la vida, un fin de año, donde inexplicablemente se generan muchas respuestas diferentes emocionalmente hablando para un mismo evento. Ahora la pregunta es esta: ¿Cómo debemos nosotros, como cristianos, concluir un año que con sus altas y con sus bajas está llegando a un fin? ¿Cómo debemos nosotros como hijos de Dios, como personas que hemos sido compradas, como gente que tiene una esperanza que no es temporal sino que es eterna? ¿Cómo nosotros debemos responder a un año 2016 que está culminando? ¿Qué tan diferente debe ser nuestra actitud en un momento como este?
Y yo llamo la atención a la palabra actitud. De hecho, yo busqué en el diccionario de la Real Academia cómo se define. La gente que sabe esto dice: una actitud son formas habituales de pensar, de sentir y de actuar de acuerdo a un sistema de valores que hemos adquirido. Una actitud son formas habituales de pensar, de sentir y de actuar de acuerdo a un sistema de valores que hemos adquirido. Cuando hablamos de actitud, hablamos de tres componentes que se combinan: hay una capacidad cognitiva de pensar, hay una capacidad afectiva de sentir, y hay una capacidad conductual que es de actuar. Todo eso es una actitud. ¿Qué tan diferente debe ser para nosotros como cristianos nuestra actitud al final del 2016?
Y yo les propongo en esta mañana considerar Filipenses capítulo 3, versos 12 al 14. Son tres versículos que nos van a guiar seguramente en cultivar una correcta actitud para cerrar este año. Yo quisiera por favor que lo leamos juntos. Filipenses capítulo 3, voy a leer desde el verso 12 al 14. Ese es el apóstol Pablo hablando, y él dice: "No que ya lo haya alcanzado, o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que yo sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús". Y él dice, hermanos, es a una iglesia que escribe: "Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado, pero una cosa yo hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está adelante, yo prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús".
¿Cómo podemos nosotros terminar este año 2016 con una buena actitud? ¿Cómo podemos terminar este año bien? Y en base a este texto yo les quiero proponer que para hacer esto bien necesitamos dos cosas: necesitamos una buena evaluación y necesitamos una buena resolución. Una buena evaluación y una buena resolución.
Déjenme tomar un tiempo entonces para explicar todo esto. En primer lugar, para terminar el año bien necesitamos una buena evaluación. Por evaluación a lo que me estoy refiriendo es la capacidad de analizar lo que ha sucedido, la capacidad de llegar a conclusiones de lo que ha sucedido, la capacidad de entender lo que ya tenemos para los retos que vendrán. Y yo diría que hay dos cosas aquí según el texto que componen una buena evaluación.
Lo primero es humildad. Para hacer una buena evaluación de nuestro caso necesitamos humildad. Y yo quisiera verlo aquí en el versículo. En el verso 12, en la primera parte, el apóstol Pablo dice: "No que ya lo haya alcanzado, o que haya llegado a ser perfecto". Otra vez en el verso 13, en la primera parte, él dice: "Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado". Tres veces en tres versículos el apóstol Pablo insiste en la misma expresión: no lo he alcanzado. Otras versiones de la Biblia, traen, ya saben que la Biblia se traduce de idiomas originales, otra versión, y a veces usan palabras diferentes, a veces enriquecen la manera como se traduce. Otras versiones de la Biblia traducen esta misma expresión: "No que ya sea perfecto", "no que ya haya alcanzado la meta", etcétera. El apóstol Pablo dice: no he llegado.
La razón por la cual decimos que eso es humildad es en razón de quién está diciendo esto. Muy brevemente, trataré de ponerles en contexto quién es el hombre que está hablando. Está hablando el apóstol Pablo. Este hombre tuvo el privilegio de que él tuvo un encuentro cara a cara con el Señor camino a Damasco, el que conoce las Escrituras conoce su historia en Hechos. Tuvo un encuentro personal con Jesús. El apóstol Pablo, quizás como ningún otro hombre, Dios le usó poderosamente en extender la predicación del evangelio. Se cree que fue el hombre que más predicó en la región del Mediterráneo oriental.
Este hombre es un apóstol. Hoy en día se ha relajado mucho ese término. Hay mucha gente que se llama apóstoles, pero es decirles, bíblicamente hablando, uno de los requerimientos para ser un apóstol es haber estado con Jesús. Si usted no estuvo con Jesús, usted puede llamarse como usted quiera, pero no es un apóstol bíblicamente. Este era un apóstol de verdad. Fue el último de ellos, pero Dios le usó poderosamente. El hombre que está hablando aquí, el apóstol Pablo, escribió posiblemente la mayoría de las cartas en el Nuevo Testamento. Trece cartas, incluyendo, según el pensar de los estudiosos de la Biblia, cartas de gran relevancia como Romanos, que nos ayuda a entender mucho esto. Este fue un hombre que sufrió por la extensión del reino. Nosotros estudiamos en nuestra iglesia, el pastor Miguel enseñó "Cómo sufrir bien" basada en Segunda a los Corintios, y básicamente el apóstol Pablo revela una tesis de cómo su vida de sufrimiento fue para el Señor. Este hombre casi pierde la vida en un naufragio. Este hombre fue azotado por predicar el evangelio, fue hecho preso, encarcelado.
Y él dice: yo no he llegado. Si eso es el apóstol Pablo, que él cree que no ha llegado, ¿qué cree usted de usted y de mí? Eso se llama humildad. El apóstol Pablo no se gloría de nada de lo que ha dicho, de nada de lo que ha hecho. Él sabe que es un pecador salvado por gracia. Él sabe que no hay perfección de este lado del cielo. Él dijo: yo no he llegado espiritualmente.
Y esa humildad es importante para evaluar bien. Esa humildad nos ayudará a no quedar frustrados ante las dificultades que tenemos. Saben que es difícil ser humilde en esto. Es difícil admitir que no hemos llegado todavía. Es difícil admitir que nuestro matrimonio quizás sigue teniendo dificultades. Es difícil admitir que mi situación de empleo es incierta. Es difícil admitir que tengo sueños que no he podido cumplir en este año y parece que se desvanecen.
Es difícil aceptar que nuestros hijos quizás nos están dando dificultades, que no están respondiendo como padres les queremos enseñar. Es difícil cuando vemos que estamos luchando con pecados en nuestras vidas y parece como si no vamos a alcanzar victoria sobre ellos. Es difícil el tener que reconocer que quizás tenemos un espíritu muy crítico y que necesitamos crecer en ser más compasivos, en ser más amorosos, en ser más misericordiosos como nuestro Dios. Es difícil el tener que reconocer que tal vez estamos llenos de ira y que nos enojamos fácilmente.
No hemos llegado. No somos tan espirituales como deseamos. No somos tan inteligentes como pensamos. No somos tan sabios como creemos. No somos tan buenos como sentimos. No somos tan fuertes como imaginamos. Humildad es aprender a decir yo no he llegado. La pregunta es cómo se llega. ¿De dónde sale esa capacidad para abrazar una convicción para eso?
Esta es la segunda parte aquí. Una buena evaluación no solo requiere humildad, en segundo lugar requiere identidad. Déjenme ir al texto para explicar. Escuchen de nuevo al apóstol Pablo. Dice el verso doce: "No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que yo sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado en Cristo Jesús."
Hay algo que él llama "aquello" que Jesús ha logrado, y él está enfocado en eso. Dice: yo pertenezco a algo, Cristo Jesús hizo algo, y yo no he llegado, pero yo quiero alcanzar el máximo potencial de eso. Otras versiones de la Biblia traducen esa expresión así: "Porque Jesús ya me ha hecho suyo", "Porque Jesús me alcanzó primero." Hay una base sobre la cual descansar para poder admitir con humildad que no he llegado.
Primero, hay algo que tenemos que abrazar en Jesús antes de poder vivir imitando a Jesús. Antes de intentar hacer cosas, yo tengo que ser alguien. Algo que aquí en esta iglesia se refuerza mucho: la identidad, quién soy. Hay una identidad. Jesús es nuestra identidad. Jesús nos alcanzó. Jesús nos hizo suyo. Estamos en Jesús. Vivimos en Jesús. Jesús es la razón de nuestra vida. La única razón en medio de nuestra frustración es que nos va a impulsar a seguir hacia adelante.
Jesús es un Salvador maravilloso. Jesús es todo lo que yo no soy. Jesús es el fuerte. Jesús es el sabio. Jesús es el bueno. Jesús es santo. Jesús es justo. Jesús es bueno, misericordioso, compasivo. Jesús es tierno. Jesús es perdonador. Jesús es el camino, la verdad y la vida para mí. Jesús es mi mejor regalo de Navidad. Yo creo que no hay un título más adecuado para el concierto que vimos aquí: nuestro regalo de Navidad. Esa es nuestra identidad.
Y Pablo dice: yo no he llegado, pero yo prosigo para alcanzar eso. Aquello que Jesús me ha dado es el lenguaje, es un lenguaje de adopción. Él dice: hemos sido comprados por Jesús, hemos sido adoptados.
Déjame tratar de explicar esto muy bien porque es sumamente importante. Nosotros conocemos un tipo de adopción. Nosotros vivimos todavía en los Estados Unidos. Vivimos diez años en Minnesota y hay una cultura, no solamente de que estamos en contra del aborto, sino a favor de la vida. Y la manera de reforzar ese mensaje es esta: nosotros nos oponemos al aborto, estamos a favor de la vida, adoptamos. Es una cultura de mucha adopción. Estuve en una iglesia donde el cincuenta y cinco por ciento de las familias adoptan. Y es muy común ver estos americanitos blanquitos y un morenito, y son parte de la familia.
Yo recuerdo una historia, la compartí en el servicio pasado, para tratar de entender este tipo de adopción que vivimos. Una familia de la iglesia que era muy cercana a mi esposa y a mí, del círculo de nuestros amigos. Él es un médico muy prominente. Y en medio de sus hijos adolescentes, ellos adoptaron una niña de China. Entonces, ellos estaban con las luchas de niños adolescentes y una niña pequeña adoptada. Estaban luchando con eso cuando un día nos llaman para reunirnos a cenar, lo cual era la costumbre al menos dos veces al mes. Y ellos nos dicen, estos esposos a mí y a mi esposa: "Acá lo hemos compartido y lo hemos hablado. Queremos ver qué opinan, queremos que oren por nosotros." Dicen: "Nosotros queremos adoptar otro. ¿Cómo ustedes lo ven?" Y nosotros les decimos: "Bueno, estamos viendo tres hijos adolescentes, una pequeña, ¿cómo van a poder?" O sea, esto no va a ser fácil, pero es un sacrificio, tienen la pasión. Y después hablaron un tiempo y nos dicen: "No, pero no les hemos dicho todo."
Resulta que la agencia en China que está gestionando la adopción acaba de confirmarnos que el niño que queremos adoptar tiene problemas en el cuerpo y posiblemente nunca va a poder caminar. Y ellos dijeron: "Aun así lo queremos adoptar." ¿Cómo les queda? Eso fue algo tan increíble que el gobierno en China no creyó. Ellos pensaban que se trataba de tráfico de niños. O sea, ustedes saben que ahora eso es muy común, venden los órganos y eso. Y yo fui a que la corte legal en China, a demostrar que es una familia cristiana que tenía los recursos y que honestamente quería hacer un gesto de amor con este niño. Eso involucraba rediseñar la casa donde vivían, las escaleras había que trabajarlas, hacer los ajustes. Y ellos adoptaron. Es la adopción que conocemos de la vida.
Déjame contrastar esa adopción con la adopción que se hacía en tiempos romanos. En tiempos de los romanos, las adopciones no eran así. No se adoptaban niños porque era muy riesgoso. La adopción era básicamente una inversión. Ellos tenían que asegurar que valía la pena, ellos tenían que asegurar que rendía el propósito para lo cual era, ellos tenían que asegurar que el sacrificio que se hacía valía la pena.
Uno de los casos más famosos en la historia se dio con el emperador César Augusto. Fue uno de los grandes emperadores romanos. Cuando llegó el tiempo de hacer la transición de mando, él entendió que ninguno de sus hijos tenía la capacidad ni administrativa ni militar para asumir una responsabilidad tan grande. ¿Saben lo que hizo? Él adoptó a Tiberio. ¿Saben qué edad tenía Tiberio cuando fue adoptado? Cuarenta y cinco años. Era un individuo probado, ya estaba en medio del ámbito militar, tenía liderazgo militar, era una persona con mucha disciplina, sabía de estrategia, y el emperador dice: "Ese me gusta, lo adopto." Eso sí, hubo que pagar un gran precio, mucho dinero. Era básicamente un negocio.
Dios a nosotros nos ha adoptado. No porque nosotros fuimos capaces de probarle algo a Dios. Dios nos adoptó a pesar de lo que representábamos. Dios nos amó por el puro afecto de su voluntad. ¿Saben qué valió esa adopción? ¿Saben cuál fue el pago que tuvo que hacerse? La sangre de su único Hijo. ¿Qué tan amado te sientes tú por Dios? ¿Qué tan grande, valioso, es para ti el amor de Dios que te adoptó?
Esa es nuestra identidad. Nuestra identidad está en Jesús. Él es nuestra razón de vivir. La Biblia dice: "No hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús." Él es nuestro escudo. Jesús dijo: "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis tribulación, pero confiad, yo he vencido al mundo." En Jesús, Dios está por nosotros, no en contra de nosotros. Dios nos ha dado identidad en Él.
Y este mismo apóstol Pablo, escribiendo a los romanos en una de las más maravillosas doxologías de la Biblia, dice: "Pero en todas estas cosas, incluyendo altas, incluyendo bajas, con retos y bendiciones, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó." Y él dice: "Porque estoy convencido de esto." No es una prueba de ensayo de si pasa o no pasa. "Estoy convencido de esto: que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo porvenir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, y por si acaso se me olvida algo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro."
¿Valoras tu identidad? ¿Recuerdas lo que eres para Dios en Jesús? Dios en Jesús nos ha dado todas las cosas. Entonces, si vamos a cerrar el año bien, necesitamos una buena evaluación. Y una buena evaluación implica primero humildad: no he llegado, hay muchas cosas todavía que hay que trabajar. Pero también tengo una identidad en Jesús. Yo he sido adoptado, yo soy hijo de la fe, Dios en Jesús me ha dado promesas que se cumplirán y yo puedo seguir hacia adelante basado en lo que ya Dios ha hecho en mí por Jesús. Una buena evaluación.
Ahora, en segundo lugar, no todo es eso. ¿Cómo terminar el año bien? Necesitamos también una buena resolución. Cuando hablamos de resolución es: si yo sé dónde estoy, ahora para dónde voy. Necesito ser bueno en eso. Yo quiero compartir con ustedes al menos tres aspectos de esta resolución.
Primero, enfoque. Necesitamos enfoque. Dice el apóstol Pablo aquí en Filipenses capítulo tres, dice el verso 13: "Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado, pero..." Aquí está el pero. Yo no he llegado, pero una cosa yo hago. Él no dice treinta y siete cosas yo hago. Él tiene un enfoque: una cosa. Él nos enseña que debemos tener enfoque en la manera como vivimos. Debemos depender de un enfoque en el llamamiento que Dios nos hace en Jesús, y eso demanda toda nuestra atención. Eso demanda todo nuestro esfuerzo. Debemos vivir enfocados en perseguir ese llamado.
Entonces, primero el enfoque. En segundo lugar, necesitamos la meta. Hay que entender bien cuál es la meta. Él habla aquí en el verso 12, vamos a leerlo otra vez, y dice: "No que ya lo haya alcanzado o que haya llegado a ser perfecto, sino yo sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado en Cristo." Él tiene un blanco en su mente a donde va caminando. Dice el verso 14, un poco más explícito: "Yo prosigo hacia la meta." En la manera en que vivo, yo tengo una meta. Dios, cuando nos buscó y nos salvó, Dios definió un propósito para nuestra vida. El propósito de mi vida es descubrir el propósito de Jesús para mí. Jesús es nuestra porción.
Jesús nos encontró, Jesús nos salvó, Jesús tiene un propósito por el cual hizo todo esto. Hay una meta, hermano, escucha esto. Nuestra vida tiene propósito por causa de Jesús. Y amigos, si tú estás aquí en esta mañana y aún no has entregado tu vida a Jesús, déjame decir esto: Jesús y solamente Jesús puede darle propósito a tu vida. Porque nosotros fuimos creados con un alma que nunca muere. Y una buena meta no puede ser temporal. Una buena meta tiene que tener implicaciones eternas.
Jesús puede cambiar tu vida. Jesús puede darle sentido a tu vida. No hay razón fuera de Jesús. Y ese Jesús está disponible. La Biblia dice: hoy es el día aceptable, hoy es el día de salvación. ¿Quieres tú disfrutar de esa protección de Dios? ¿Quieres tú disfrutar de la bendición de haber sido adoptado en la familia de Dios? De Dios, acepta a Jesús en tu corazón. No necesitas nada especial. No tiene que temblar la tierra. Simplemente ahí donde estás, por la ayuda de Dios: Señor, dame eso. Necesito esa fe para creer. Necesito esa fe para rendirme. Dale propósito a tu vida. Hoy, tu vida tiene propósito por causa de Jesús.
Dios nos ha dado una visión. Dios nos ha llamado para vivir para su gloria. Hay un propósito que perseguir. Hemos sido llamados a vivir una vida diferente. Hemos sido llamados a vivir vidas santas que glorifiquen el nombre de Dios. Hemos sido llamados a vivir amándonos como una familia, perdonándonos como una familia. Hemos sido llamados a predicar el satisfacecvangelio de Jesús. Me encanta cómo dice la visión de nuestra iglesia: a toda nación, sin descanso, predicar hasta que su gloria cubra la faz de la tierra.
Y descubrir ese propósito es un labor de toda la vida aquí. Por eso hay que estar enfocado. Se trata de un trabajo arduo. Eso requiere concentración. Conlleva un crecimiento de nosotros como personas en la gracia de Dios. Es desarrollar el carácter de Cristo en nosotros. En la vida espiritual, es enfocar esa meta; hace toda la diferencia. Nuestro labor no es ir rápido. Nuestro labor es ir bien. No es el labor, no es saber qué tan alto, qué tan bajito estamos. Pues el labor es: ¿vamos en la dirección correcta?
Yo te pregunto: ¿dónde estás? ¿Dónde estás? ¿A dónde vas? ¿Cuál es el objetivo de tu vida? ¿Por qué te levantas cada mañana? ¿Dónde te ves hoy? Una buena resolución demanda que tengamos un buen enfoque. Una buena resolución demanda que tengamos una buena meta.
Para tercero, una buena evaluación también incluye una buena dinámica. Por dinámica es esto: si tenemos un enfoque y una meta, entonces necesitamos un plan de acción. Y esa es la idea. El apóstol habla de dos cosas aquí en esta dinámica. Primero él dice: necesitamos aprender a olvidar. Necesitamos aprender a olvidar.
Dice el verso 13, lo voy a leer otra vez: "Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado. Pero una cosa yo hago. Primero, olvidando lo que queda atrás." Hay cosas hoy que necesitamos aprender a olvidar. Debo dar un contraste. Hay cosas que usted no debiera de olvidar. No se le olvide la fecha del aniversario de bodas si usted no quiere dormir esa noche afuera. La fecha importante de cumpleaños de su esposo, de su esposa. Una reunión importante con el jefe. Trate de que no se le olvide. Olvidar las llaves adentro del carro y cerrar la puerta. Eso es un lío.
Una de las cosas que me pasaba a mí en mi familia, sobre todo cuando nuestros niños estaban más jóvenes en Estados Unidos. Usted sabe que la vacación, en el solamente en el Estados Unidos, es un auto con un carro y empieza a manejar. Es grandísimo. Y usualmente pasaba, cuando yo iba por 80 millas ya de camino, venía ese pequeñito pensamiento a mi mente. Y yo decía a mi esposa: yo no me acuerdo si cerré la puerta del frente. Eso ya tumbaba toda la vacación. Porque no estábamos seguros si había que devolverse o no, etcétera.
Hay cosas que no debemos decir. Hay otras que Dios manda a que olvidemos. Hay cosas que Dios espera que aprendamos hoy. Dios nos manda que olvidemos nuestros temores. Dios manda que olvidemos fracasos que hayamos tenido en este año. Dios manda que olvidemos derrotas, fallos temporales que han sucedido, y que no nos quedemos frustrados allí. Dios manda que olvidemos algunos ataques del enemigo, ofensas que otros nos han hecho. En el libro de nuestra vida no debemos quedarnos en el mismo capítulo. Hay que pasar la página. Hay que ver lo que tiene que decir. Dios en Jesús nos puede ayudar a cultivar una amnesia santa. Una amnesia santa. Debemos aprender a practicar el perdón. Este es un buen momento del año para revisar y aprender a practicar el perdón.
Déjeme dar una historia. Entonces, saben que yo trabajo mucho en consejería; esa es una especialidad. Yo recuerdo un caso que me marcó como pastor, y es la verdad una manera como Dios se ha mostrado en todo eso. Hay un caso que yo tuve en los Estados Unidos, quizás no es lo que es más difícil de que yo he tenido que manejar. Este es una pareja joven, y uno de los miembros de la iglesia los tiene como vecinos. O sea, ellos pelean mucho, no se entienden, hay muchísimo lío, y la persona de la iglesia les dijo: ¿por qué no piden ayuda? Vayan a un pastor, no tienen por qué vivir así. La persona llegó. Y bueno, en la reunión: bueno, pastor, nosotros no podemos vivir así, eso es de la mañana a la noche, y todo es un lío. Y bueno, y ellos estaban cansados y frustrados.
Les puse a decir: yo no sé lo que pasa aquí. Un buen día les puse a decir: yo creo que ella vaya sola a la sesión. Yo creo que es posible como usted y lo que sea. Y empezábamos a trabajar, y esto fue lo que salió. Esta niña nació en un país de América Latina y nunca había visto a su papá. Sus papás se divorciaron cuando ella apenas era un bebé; nunca en su vida había visto a su papá. Un buen día, a los 11 o 12 años, era la aparición de su papá. Y ella por primera vez ve realmente a este hombre que no lo conoce, pero es su papá. Y bueno, y el papá entonces empezó a visitarle cada año y se empezó a hacer una relación de familia.
Y el padre le propone a su mamá que sería bueno llevarse a la niña a los Estados Unidos. Porque hay mayor oportunidad de hacer una carrera, puede hacer la ciudadanía; este hombre era ciudadano. Y bueno, en principio eso no se sintió bien, la niña no se sentía cómoda, no estaba segura. Por un tiempo, y ahora sí, bueno, se reunió la familia y pensaba que era lo debido. A los 12 años esta niña se va con su papá. Se va a los Estados Unidos. Y este hombre abusa sexualmente de su hija. Por tres años. La niña se escapa de la casa, lo denuncia, no le hicieron caso a la denuncia, tuvo que volver a su casa. A los 19 años ella escapó y nunca más regresó. Se casó, ese matrimonio duró unos meses, se divorció. Se casó otra vez, tuvo un bebé con ese hombre, se divorció antes de que el niño naciera. Y este es su tercer matrimonio. Y llegan a esta consejería. Y todo esto sale a la faz.
Y entonces empezamos a trabajar. Empezamos a tratar, por la gracia de Dios, a aceptar a Jesús. Empezó su vida a ser transformada, y llegó la parte más difícil del proceso: había que hacer todo lo posible para que ella perdonara a su papá. Y logramos encontrar al papá. Y en principio, obviamente, era muy difícil todo. Para su esposo, que finalmente se enteró, que no sabía nada de la historia, este hombre amaba a esta mujer y dijo: yo quiero apoyarte, yo quiero hacerlo, vamos a hacerlo, es necesario. Porque si no hay ese perdón, no va a haber esa sanación.
Y esta muchacha, en Jesús, fue capaz de volver a ver a este hombre y decirle: por el poder de Jesús, yo te perdono. Y ese fue el cambio más grande que yo he visto en una persona en mi vida. Hasta físicamente su rostro cambió. Todo ese dolor salió. Toda esa herida salió. Y es impresionante la familia que ellos son hoy. Dios pudo restaurar.
Les escuché. Si tú acumulas amargura en tu corazón, eso es como beberse un veneno creyendo que el que se va a morir es el otro. Si yo me bebo un veneno, ¿quién es que se va a morir? Eso es justamente lo que hace la amargura en el corazón. Y Dios dice: yo te he perdonado a ti. Y no habrá sanidad si por el poder del Espíritu Santo no aprendes a perdonar.
Déjeme enfatizar esto: hay poder en el perdón. Dios es glorificado en el perdón. Colosenses 3:13 dice: "Soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros. Si alguno tuviere queja contra otro, como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros."
No podremos avanzar si no aprendemos a olvidar. No vamos a ser sanados si no somos capaces de perdonar. No podremos avanzar si estamos consumidos en el pasado sobre algo.
La pregunta es: ¿cómo yo sé? Si yo te veo en esta situación, ¿cómo yo sé? ¿Cómo yo sé si yo estoy viviendo en el pasado y no he podido superarlo? Te voy a hacer algunas preguntas como una reflexión, y que esto te ayude. ¿Existe en tu vida tanto rencor contra una persona que tú no puedas estar a su lado? ¿Vienen a tu mente constantemente heridas, sucesos que han pasado antes y que tú no logras olvidar? ¿Hay en tu corazón algún deseo, aunque sea mínimo, de vengarte contra alguien? ¿Está tu corazón lleno de amargura? ¿Existe una tristeza, una depresión que es continua en tu vida? Todas estas cosas quizás pueden ser indicio de que hay cosas no resueltas en tu corazón. Una buena resolución es aprender a dejar cosas atrás, olvidando lo que queda atrás.
No solamente eso, hay más. Hay también que avanzar. No solamente olvidar y quedarte ahí; hay que avanzar. Miren cómo lo dice el apóstol, otra vez aquí en el verso 13: "Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado. Pero una cosa yo hago: olvidando lo que queda atrás", y luego dice, "y extendiéndome hacia lo que está delante". Extendiéndome. Necesitamos avanzar. Hay un enfoque, hay una meta, el tiempo va pasando. Necesitamos avanzar. Necesitamos avanzar.
Nosotros nos damos cuenta de que estamos apretando mucho. Yo estoy dispuesto a ir donde sea que Tú mandes. Yo estoy listo para abrazar tu voluntad. No importa cuál sea la dirección. Líbrame de decirte que no a algo que estás demandando de mi vida.
Debemos aprender ahora: "Señor, guíame a dondequiera que tú vayas." Debemos aprender a avanzar. Somos amados de Dios, hemos sido comprados por su sangre, somos redimidos, Dios nos ha perdonado.
¿Cómo terminar un año bien? ¿Cómo tener una buena actitud hacia un año que está prácticamente concluyendo? Nosotros necesitamos una buena evaluación. Eso demanda humildad para decir "yo no he llegado", pero eso demanda identidad: quién soy en Jesús. Jesús está por mí, Jesús me ha comprado, yo he sido adoptado, Dios pagó con el precio de la sangre de su Hijo para hacerlo. Yo tengo esperanza.
En segundo lugar, necesitamos una buena resolución. Necesitamos un buen enfoque, hay un llamamiento. Necesitamos una buena meta, hay algo que Cristo Jesús alcanzó para mí y quiero maximizarlo. Necesitamos una buena dinámica, hay que aprender a olvidar, dejar cosas atrás. Necesitamos también avanzar, hay cosas que Dios está moviendo en nuestras vidas y debemos disponer.
¿Qué aprendemos de todo? Deberíamos tener tres aplicaciones en cuanto a eso. Primero, necesitamos ser humildes. Necesitamos ser humildes sin frustración, sin quejas. Necesitamos aprender a decir "yo no he llegado". Yo voy a cultivar una actitud de aceptar que no he llegado. Debo seguir caminando, debo seguir aprendiendo de mi Dios. Debo seguir creciendo en este llamado, debo seguir imitarle, conocerle más, rendir mi vida a Él. Debo ser humilde como Dios quiere.
El Salmo 138:6 dice: "Porque el Señor es excelso y atiende al humilde, pero en cambio al altivo, al orgulloso, Dios mira de lejos." Entonces debemos con humildad decir: "Sí, lo sé, hay áreas que tengo que crecer. Hay cosas que no están al nivel que deberían estar, hay cosas que no controlo que han sucedido." Humildad: no he llegado.
En segundo lugar, debemos ser agradecidos. Debemos ser agradecidos. Yo debo tener una actitud de ver más a Dios en mi vida, ver más a Dios. Dice Primera de Tesalonicenses 5: "Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias a Dios." No dice en algunas cosas, dad gracias a Dios en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús.
Nosotros debemos aprender a decir cuando nos preguntan "¿cómo te fue?": "Mejor de lo que merezco." Dios me ha dado más de lo que yo merezco. Debo aprender a ver las dificultades con un grado de humildad, a ver los logros con valentía, ver más a Dios.
Y finalmente, debemos también ser más dependientes de Dios, dependientes de Él. Necesitamos aprender a orar más a Dios. Estos son buenos momentos para orar. El salmista en el Salmo 90, versículo 12, ora así: "Señor, enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría." Hay una aritmética que aprendemos en la escuela donde nos enseñan a contar cosas, números. Esta es una aritmética espiritual. Señor, enséñanos a contar bien. Enséñanos a contar los días al final de un año de tal manera que yo crezca en sabiduría, y el principio de la sabiduría es el temor de Dios. ¿Qué me hace un repaso? Enséñame a contar las cosas para que al final yo pueda crecer en temor.
El 31 de diciembre, si Dios nos da en su gracia el llegar allá, cuando el reloj esté contando quizás los últimos minutos de un año que ya termina, cuando esté el bullicio, la algarabía de la gente, justo en ese instante, acuérdate de Dios. Acuérdate de su fidelidad. Dale gracias, que Dios ha sido muy bueno contigo. Pídele que te dé un corazón humilde para no frustrarte en las cosas que no has podido alcanzar, porque no hemos llegado. Pídele que te dé ojos para verle. Tenemos un llamado, tenemos un propósito por el cual vivir. Jesús entregó su vida en un madero para que hoy podamos disfrutar más a Dios. Que Dios nos capacite con su gracia para terminar este 2016 bien, olvidando lo que queda atrás y extendiéndonos a lo que está delante.
Luis Méndez nació en Santiago, República Dominicana, y conoció al Señor mientras cursaba estudios universitarios en 1985. Sirvió como diácono en la Iglesia Bautista de la Gracia desde 1987 y fue llamado al ministerio pastoral en 1997, función que ejerció allí hasta 2006. Ese mismo año se trasladó con su familia a Minneapolis, MN, para recibir formación teológica en el Instituto Teológico de Bethlehem Baptist Church, bajo la guía del pastor John Piper. Tras completar sus estudios, sirvió como pastor y anciano hasta 2016. Actualmente forma parte del liderazgo de la IBI enfocado en consejería. Es miembro de ACBC y Life Coach certificado por la AACC, labor que ejerce parcialmente con organizaciones y personas, incluyendo jugadores hispanos de béisbol profesional. Está casado con Vilma desde 1988 y es padre de Raquel, Eva y Luis Jr. Su residencia se divide entre Arizona, EE. UU., y Santo Domingo, R. D