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Sermones

La vida después del milagro

Joan Veloz 3 diciembre, 2023

Después del milagro de la salvación vienen las batallas. El pueblo de Israel lo experimentó en Refidín: apenas habían visto a Dios suplir agua de una roca cuando Amalec atacó sin provocación alguna. Los problemas no hay que buscarlos, llegan solos, y el enemigo nunca descansa. Atacó primero a los que iban en la retaguardia, los cansados y rezagados, porque quedarse atrás es peligroso. La vida de fe no se vive en solitario ni desde la distancia.

La instrucción de Moisés a Josué fue directa: escoge hombres y sal a pelear. No era momento de esperar pasivamente; era momento de actuar. Hay un equilibrio en la vida cristiana entre confiar en Dios y obedecer sus mandatos. Como decía Agustín: trabajar como si todo dependiera de uno y confiar como si todo dependiera de Dios. Josué peleó en el valle, pero la victoria se decidía en el monte, donde Moisés sostenía la vara en alto. Cuando sus brazos caían, Israel perdía. La batalla se pelea mirando hacia arriba, reconociendo que la victoria es del Señor.

Pero Moisés no podía solo. Cuando sus manos flaquearon, Aarón y Ur le sostuvieron los brazos hasta la puesta del sol. El pastor Joan Veloz ilustró esta verdad con su propia experiencia subiendo al Valle del Tetero: diecinueve kilómetros donde constantemente hubo hermanos animándolo, empujándolo, cuidando de sus hijos. La carrera de la fe se corre en comunidad. Por eso Moisés edificó un altar llamándolo "El Señor es mi estandarte", para que las generaciones futuras recordaran que las batallas son de Dios y la victoria también.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bueno, hermanos, vamos a lo nuestro aquí. La verdad es que, como decía el pastor Luis, estas semanas el Señor ha estado con nosotros de diferentes maneras, empezando por la serie que el pastor Miguel nos ha traído a través de la carta de Santiago, donde de una manera muy práctica el Señor nos ha hablado, recordándonos que la vida de fe se vive con acciones, no simplemente con palabras, exhortándonos a ser hacedores de su Palabra y no simplemente oidores. Y también, como decía el pastor Luis, esta semana hemos estado involucrados como iglesia en lo que son oraciones especiales. El día del viernes tuvimos una noche especial, una vigilia de diez a seis de la mañana, un pueblo orando, clamando a nuestro Dios, entendiendo que si queremos seguir corriendo la buena carrera de la fe, necesitamos mirar a nuestro Dios, necesitamos doblar nuestras rodillas y recordar que Él reina, que el Señor necesitamos de su favor para con nosotros.

Pensando en esas dos cosas —en lo que el pastor Miguel nos trae acerca de cómo vivir en la práctica la carta de Santiago y este mover de oración que Dios ha traído a nosotros— el Señor puso en mi corazón, y de una manera puedo decir sobrenatural, me trajo este texto, esta historia, donde Él nos permite ver su obra en su pueblo. Este es un pasaje que muchos de nosotros probablemente ya hemos leído con anterioridad; algunos lo habrán leído cientos de veces. Pero yo quiero invitarte a que lo podamos ver hoy con los lentes de una teología bíblica.

Con eso dicho, yo quiero invitarte a que abras tu Biblia o enciendas tu Biblia. Vamos al libro del Éxodo, capítulo 17, del versículo 8 al 16. Y mientras tú abres y encuentras el pasaje, déjame darte un poco de contexto para que puedas entender lo que nos vamos a encontrar.

Cuando vamos al libro del Éxodo, nosotros nos encontramos con que el pueblo de Israel está esclavizado en Egipto. Son esclavos sufriendo en agonía, y dice el capítulo 2 que el pueblo clamó a Dios: "Señor, líbranos." Dios escucha el clamor de su pueblo, Dios llama a Moisés a través de la zarza ardiente, Moisés va, va donde Faraón y habla. Faraón le dice: "Deja salir a mi pueblo." Faraón dice: "No, no voy a dejar salir a tu pueblo." Dios dice: "Está bien, tú no vas a dejar salir a mi pueblo," y Dios, a través de su siervo Moisés, le da diez plagas al pueblo de Egipto de forma tal que Faraón sepa, recuerde y reconozca quién es el Dios que gobierna. Faraón termina quebrantado diciendo: "Saca este pueblo de aquí."

Y el pueblo sale de Egipto. Se estima que alrededor de seiscientos mil hombres, sin contar mujeres y niños, salieron ese día de Egipto. Y yo creo que si tú piensas en esto —imagínate: seiscientos mil hombres; si sumamos mujeres y niños, estamos hablando de aproximadamente un millón y tantas personas— saliendo de Egipto, llevando sobre sus hombros sus pertenencias, su ganado, las cosas que habían recibido de los egipcios que les habían regalado, saliendo de la ciudad y caminando, caminando, caminando. Faraón dice: "No, espérate, esto no va a ser tan fácil," y sale a perseguir al pueblo de Israel, los persigue con todo su ejército. Y llega un punto donde el pueblo de Israel se encuentra con el mar delante y el ejército de Faraón detrás. Y Dios habla a Moisés: "Levanta tu mano con la vara que yo te di y tú vas a ver el milagro." Y todos conocemos la historia: el mar se abre, el pueblo de Israel cruza el mar en seco. Me imagino eso, cruzar con esas olas de agua de cada lado; cruza el mar en seco. El ejército de Faraón dice: "Si ellos pueden, nosotros también," y cuando están en medio del agua, cuando ha cruzado hasta el último hombre de Israel, Dios decide verter las aguas y destruir por completo al ejército egipcio.

Y luego de dos meses de este evento, estando caminando por el desierto, el pueblo de Israel llega a la región llamada Refidín. Estando allí, ellos ven la provisión de Dios de diferentes maneras: supliéndoles maná, alimentándoles, mostrándoles su cobertura, su cuidado, brindándoles agua, inclusive a través de una roca, en un momento donde no había agua. Ellos pueden ver el favor de Dios, pueden ver la bendición de Dios. Sin embargo, luego de esta bendición, empiezan a llegar los problemas —problemas que de una u otra manera representan los mismos problemas que tú y yo vivimos posteriormente al regalo de recibir el gran milagro de nuestra salvación, problemas que se resuelven de la misma manera como ellos los resolvieron: confiando en nuestro Dios, pero también peleando la batalla que nos llama a pelear día a día.

Es por eso que, pensando en esto, yo titulé mi mensaje de hoy: "Viviendo la vida después del milagro." Porque, hermanos, después de que nosotros recibimos el milagro de la salvación, hay batallas que pelear, hay conflictos que enfrentar. Y la historia que vamos a ver aquí, aunque nos habla de la historia del pueblo de Israel, de una u otra manera nos representa a nosotros.

Así que con eso en mente, con ese contexto en mente, quiero invitarte a que me acompañes al libro del Éxodo, capítulo 17, versículos 8 al 16. Esta es la Palabra de Dios:

"Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidín. Y Moisés dijo a Josué: Escoge hombres y sal a pelear contra Amalec. Mañana yo estaré sobre la cumbre de la colina con la vara de Dios en mi mano. Josué hizo como Moisés le dijo y peleó contra Amalec. Moisés, Aarón y Hur subieron a la cumbre de la colina. Y sucedió que mientras Moisés tenía en alto su mano, Israel prevalecía; y cuando dejaba caer la mano, prevalecía Amalec. Pero las manos de Moisés se le cansaban. Entonces tomaron una piedra y la pusieron debajo de él, y se sentó en ella; y Aarón y Hur le sostenían las manos, uno de un lado y el otro del otro. Así estuvieron sus manos firmes hasta que se puso el sol. Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada. Entonces el Señor dijo a Moisés: Escribe esto en un libro para que sirva de memoria, y di a Josué que yo borraré por completo la memoria de Amalec de debajo del cielo. Y edificó Moisés un altar y le puso por nombre: El Señor es mi estandarte. Y dijo: El Señor ha jurado; el Señor tiene guerra contra Amalec de generación en generación."

Señor Dios, esta es tu Palabra, la que acabamos de leer. Esta es una historia, Dios, que nos muestra tu obra sobre tu pueblo. Nosotros queremos pedirte que tú estés con nosotros, que tú puedas hablar a tu iglesia de manera tal que salgamos de aquí entendiendo mejor quién eres tú y quiénes somos nosotros, que podamos salir de aquí viviendo vidas que reflejen que tú eres nuestro estandarte. Señor, yo quiero rogarte por mí, que tengo la responsabilidad y el privilegio de exponer tu verdad; úsame como instrumento y que tu Espíritu, que mora en mí, pueda hablar a tu iglesia. En el nombre de Jesús, amén.

Amén, hermanos. Una historia interesante de leer, pero una historia que tiene muchas enseñanzas para nosotros. Lo que yo quisiera aprovechar en este día es sacar ocho enseñanzas, así que si tú tomas notas, apunta ocho enseñanzas de esto que acabamos de leer.

**Enseñanza número uno: las batallas llegan; los problemas llegan de forma inesperada.**

El pueblo de Israel en ese momento probablemente ya estaba en quietud. Nosotros vemos en versículos anteriores del capítulo 17 que ellos ya habían pasado una situación compleja luego de haber salido de Egipto: llegaron a esta tierra de Refidín y en un momento no tenían agua. Ellos claman al Señor, se quejan con el Señor, y Dios muestra su favor, muestra sus milagros. Y vemos como en el versículo 5 de este capítulo 17 el Señor dijo a Moisés: "Pasa delante del pueblo y toma contigo a algunos de los ancianos de Israel, y toma en tu mano la vara con la que golpeaste el Nilo, y ve. He aquí, yo estaré delante de ti sobre la peña en Horeb, y golpearás la peña y saldrá agua de ella para que el pueblo beba." El pueblo tenía una situación de falta de agua, Dios habló a Moisés, Moisés fue con la vara, le dio a la roca, brotaron las aguas, y ya no había problema. Dios suplió lo que el pueblo necesitaba. Ya no había razones para dudar; estaban en quietud.

Sin embargo, como nosotros decimos en nuestro país, los problemas no hay que salir a buscarlos: ellos llegan solitos. Estando ellos en quietud, nos dice el versículo 8: "Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidín." Como vemos aquí, este pueblo no había hecho nada para que esa gente viniera a pelear contra ellos; ellos vinieron y pelearon. No había una disputa, no había una provocación alguna; ellos vieron una oportunidad: "Esta gente tiene algo, probablemente puede sernos útil, ataquemos."

Y si usted preguntara quién era Amalec, quién era esta tribu: la tribu de Amalec eran descendientes de Esaú, hermano de Jacob. Este grupo había decidido vivir en la zona noreste de la península del Sinaí, y ellos en cierto sentido eran una tribu poderosa en la guerra. Ellos ven que ahora el pueblo de Israel está en esta región de Refidín —que anteriormente no tenía agua, que probablemente no era útil para ellos— y ahora ven que hay agua, que hay gente que se ve cansada, que tiene muchas pertenencias. "Este es el momento para atacar," y así lo hicieron.

Irónica mente, y como son las cosas cuando Dios quiere que nosotros entendamos ciertas verdades, esta región de Refidín, en el original, su significado era "descanso." Se suponía que habían llegado a una zona donde ellos iban a descansar. Pero la verdad es que, en la batalla espiritual que nosotros tenemos que lidiar día a día en nuestra vida —a este lado del cielo— el enemigo nunca descansa. Nuestro enemigo nunca descansa; él siempre está esperando que nosotros bajemos la guardia para atacarnos y hacerlo de manera inesperada.

Bien dice el apóstol Pedro en 1 Pedro 5:8: "Sean sobrios y estén alerta. Su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar."

Después de recibir bendiciones de Dios vendrán batallas, y nosotros tenemos que estar alertas, tenemos que estar precavidos porque así será. Vendrán situaciones desde fuera, pero también de dentro, que querrán destruirnos. Es por eso, hermanos, que nosotros tenemos que estar siempre en posición de combate. El creyente, como dice el apóstol Pedro, siempre tiene que estar precavido, sabiendo que nuestro enemigo no descansa, y tenemos que estar siempre en posición: manos arriba, rodillas flexionadas, clamando y buscando el rostro de nuestro Dios, porque solo Él es el único que puede librarnos de estas batallas.

El pueblo de Israel no esperaba ser atacado; ellos estaban relajados, y fue allí donde Amalec peleó con ellos. Entonces, hermanos, enseñanza número uno: los problemas vendrán, las batallas vendrán de manera inesperada. Estemos alerta.

Enseñanza número dos: es peligroso quedarse detrás. Aunque este pasaje no hace alusión a esto, cuando vamos a Deuteronomio en el capítulo 25, nosotros vemos que Moisés habla de este evento, y vemos en los versículos 17 al 19 que él dice: "Acuérdate de lo que te hizo Amalec en el camino cuando saliste de Egipto, cómo te salió al encuentro en el camino y atacó entre los tuyos a todos los agotados en tu retaguardia, cuando tú estabas fatigado y cansado, y él no temió a Dios."

Ese pasaje en Deuteronomio nos explica un poco más de cómo fue este ataque. No fue que la tribu de Amalec llegó de una vez y entró por el frente a decir: "Vamos a destruir a esta gente." No, ellos empezaron por atrás y comenzaron con aquellos que estaban cansados en la retaguardia. Por ahí entraron, empezando a pelear con los más débiles. Esto fue un acto maligno y perverso de parte de ellos, una evidencia de que no temían a Dios. Se suponía que debían conocer que este pueblo había visto destruir a todo el ejército de Faraón; deberían haber tenido un mínimo temor con relación a lo que el Dios de este pueblo podía hacer. Sin embargo, ellos no temían a Dios, dice Deuteronomio, y atacaron a los que se quedaron atrás.

Eso es algo que nosotros lo vemos en la vida de la iglesia. Aquellos que se quedan en la retaguardia, aquellos que deciden mantenerse alejados del grupo, ya sea por decisión o por cansancio, son los primeros en sufrir los embates del enemigo. Y si tú nos ves por el internet y has decidido ser miembro virtual de una iglesia, yo quiero animarte a que te acerques, porque la virtualidad y la lejanía son peligrosas. Lejos de la manada, tú eres una presa fácil. Nosotros lo vemos en el mundo animal: los depredadores no le ponen el ojo a las presas que están dentro de la manada, sino a las que están fuera, a las que están solas, a las que están heridas, a las más pequeñas, a las más vulnerables. Hermano, es peligroso quedarse atrás. Por eso quiero recordarte hoy: si tú estás atrás, acércate. Acércate a la comunidad de tu iglesia. Tú necesitas a tus hermanos cerca de ti para poder pelear la buena batalla. En la retaguardia solo te espera dolor y sufrimiento. Acércate.

Enseñanza número tres: Dios llama a los hombres según sus dones en el momento requerido. Miren cómo el versículo 9 dice: "Y Moisés dijo a Josué: Escógenos hombres y sal a pelear contra Amalec." El mandato de Moisés a Josué fue preciso: escógenos. Mira detalladamente, con sabiduría, piensa, haz una elección cuidadosa y busca entre el grupo hombres capaces de luchar. Y tú te preguntarás por qué Moisés no le dice simplemente: "Josué, sal a pelear." No, le dice: "Escógenos." Recordemos que el pueblo de Israel había estado esclavizado en Egipto; probablemente la mayoría de estos hombres no tenía entrenamiento militar. Esta gente no sabía pelear; eran esclavos, acostumbrados a recibir órdenes y a ser maltratados. Es por esto que Josué tenía que ser sabio y elegir hombres que fueran virtuosos, que fueran valientes, que pudieran ayudarle a combatir a estos perversos malvados que ahora les atacaban.

Es interesante: esta es la primera vez que nosotros escuchamos hablar de Josué. Probablemente Moisés conocía que este Josué, aunque era un joven general, un joven militar, tenía las habilidades mentales para dirigir un grupo de personas y salir a la batalla. Probablemente Moisés veía en él un líder calificado para decir: "Este va a ser el que va a dirigir las tropas del ejército del Señor." Y de una manera interesante, nosotros vemos a Dios supliendo para el pueblo lo que el pueblo necesita en el momento que lo necesita. En un momento, el pueblo de Israel necesitaba un líder como Moisés, y Dios le mandó un líder como Moisés. En este momento de la batalla necesitaba un líder como Josué, un siervo como Josué, y Dios suplió al siervo como Josué, mostrando que es Dios quien se encarga de suplir para su pueblo lo que ellos necesitan.

Ahora Josué necesitaba hacer algo: escoger hombres llamados, hombres equipados por Dios para hacer esta labor, y así lo hizo. Esto es muy similar a lo que pasa en la vida de la iglesia. Aunque nosotros no estamos peleando batallas con espadas, estamos peleando batallas con la Palabra de Dios. Y nosotros en la iglesia, como líderes y como pastores, necesitamos hermanos que nos ayuden a pelear la buena batalla de la fe, que nos ayuden a hacer la obra del ministerio. Y así como Josué, nosotros escogemos dentro del pueblo personas fieles, con dones, con talentos, pero sobre todo llamadas por Dios para hacer la obra. Porque al final, aunque nosotros escogemos en cierto sentido humanamente hablando, es Dios quien llama. Y a todo el que Él ha llamado, Dios le da el deseo, la oportunidad y le da los dones para hacerlo.

Entonces Josué debía escoger hombres fieles para servir y para defender a su pueblo. Porque al final, Dios se encarga de suplir lo que su pueblo necesita en el momento que lo necesita. ¿Saben por qué? Porque ese es su pueblo, y Él le va a dar a su pueblo lo que el pueblo necesita. Nosotros somos su pueblo; Él nos va a dar lo que nosotros necesitamos, porque esto es suyo y nosotros somos instrumentos en sus manos haciendo su obra.

Enseñanza número cuatro: en la vida cristiana, en la batalla que estamos luchando, hay momentos para esperar y hay momentos para pelear. La instrucción de Moisés a Josué fue: "Sal y pelea." Moisés da instrucciones directas y usa dos verbos que son prescriptivos, que no son sugerencias: tú sales y tú peleas. Esto no era algo que Josué debía cuestionar o pensar, como si fuera una probabilidad o una recomendación. No, es un mandato, es una orden: salir a pelear.

En este pasaje, el pueblo debe desempeñar un papel activo en su propia defensa, algo que no fue así cuando ellos cruzaron el mar en Éxodo 14. Cuando cruzaron el mar Rojo, ¿cuál fue la instrucción? Camina y confía, yo pelearé por ti. Y con eso el pueblo de Israel caminó y confió, y todo el ejército, el ejército conocido más grande en ese tiempo, fue destruido por las aguas que el Señor vertió sobre ellos.

Pero aquí el mandato es diferente. Aquí el mandato es que el pueblo tenga una participación activa en la defensa de ellos mismos. Y vemos aquí un equilibrio entre lo que es el elemento pasivo en mi vida diaria y el elemento activo. Pastor, ¿cuál es el elemento pasivo? Bueno, el elemento pasivo: yo le creo a Dios, yo dependo de Dios, yo confío en Dios, yo descanso en Dios. Pero en el elemento activo, yo obedezco mediante los mandatos de Dios para mi vida, y en ese momento el llamado es: sal y pelea.

A este principio de equilibrio que mencioné, muchos le llaman la paradoja del 100-100: yo soy 100% dependiente y 100% responsable. Es como Agustín de Hipona decía: yo tengo que trabajar como si todo dependiera de mí, y yo tengo que confiar como si todo dependiera de Dios. Y esa es la manera como nosotros vivimos. Ese es el llamado al pueblo de Dios: ser diligente, dar el máximo de mí, en cierto sentido pensando que depende de mí, pero no; yo confío en que al final todo depende de Él.

Y en nuestra vida, en manos de Dios, hay momentos así, donde yo espero, como cuando cruzaron el mar, y hay momentos donde yo tengo que salir y pelear. Hermanos, tristemente muchos de nosotros a veces vivimos los dos polos. Otros viven pensando que todo depende de ellos, y otros viven pensando que todo al final depende de Dios, que yo no tengo que hacer absolutamente nada: ya Él me salvó, ya ahora yo me siento a esperar.

Y el pastor Héctor puede testificar conmigo cuántas veces en consejería hemos escuchado a hermanos que tienen instrucción directa de hacer cosas, porque la Palabra así lo dice y las circunstancias así lo muestran, y ellos nos dicen: "Yo estoy esperando que el Señor obre, el Señor va a obrar, yo estoy esperando." "Yo estoy esperando que el Señor ponga el deseo en mí." Hermano, tú tienes que congregarte, tú no puedes dejar de congregarte. "Sí, yo lo sé, pero yo estoy esperando que el Señor ponga el deseo en mí." Es un mandato. "Yo estoy esperando que el Señor me revele, que el Señor me muestre."

Hermanos, los caminos de Dios, la voluntad de Dios, es algo que yo estoy llamado a comprobar, y para comprobarla yo tengo que actuar. Romanos 12:2 nos dice que la voluntad de Dios se verifica: "para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto." Eso nos llama a nosotros a ser activos en nuestra vida como creyentes, en nuestras batallas como creyentes.

Miren este otro ejemplo. Hubo un momento en el que el pueblo de Israel, más adelante en su peregrinaje por el desierto, antes de entrar a la tierra prometida, Dios le dice que ellos tenían que cruzar por una región donde había un río, un río con un gran caudal. Y vemos en Josué 3:13 que Dios le da una instrucción al pueblo. Esta instrucción: "Y sucederá que cuando los sacerdotes que llevan el arca del Señor, el Señor de toda la tierra, pongan las plantas de los pies en las aguas del Jordán, las aguas del Jordán quedarán cortadas, y las aguas que fluyen de arriba se detendrán en montón."

¿Qué tenían que hacer los sacerdotes del Señor? Poner los pies en el agua. Ellos no podían quedarse a esperar: "Vamos a esperar que el río se abra; cuando el río se abra, cruzaremos." No iban a cruzar nunca. La instrucción fue: cuando metamos los pies, el río se abrirá. Y de la misma manera, Dios en nuestra vida nos dice: hay momentos en que tú tienes que mojar los pies para ver mi voluntad. Hay momentos en que tú tienes que dar el paso de fe, confiando en mi Palabra, en lo que yo te digo que hagas, pero tú tienes que actuar.

Y en este momento Dios le estaba diciendo a Josué: "Josué, sal y pelea, sal y pelea." Eso es lo otro que vemos: hay momentos en nuestra vida donde Dios nos llama a esperar, y hay momentos donde nos llama a actuar y hacer lo que Él nos pide.

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Enseñanza número cinco: estas peleas que peleamos, que batallamos, se llevan a cabo mirando hacia arriba, sabiendo que la victoria al final es de nuestro Dios.

Leemos el versículo 9. Moisés hablando, dice: "Mañana yo estaré en la cumbre de la colina con la vara de Dios en mi mano." Josué hizo como Moisés le dijo y peleó contra Amalec. Moisés, Aarón y Ur subieron a la cumbre de la colina. Y sucedía que mientras Moisés tenía en alto su mano, Israel prevalecía, y cuando dejaba caer la mano, prevalecía Amalec.

Moisés había pensado en un plan de batalla, una estrategia: "Josué, tú y tus hombres van a estar en el campo peleando, y yo voy a estar en la cumbre, en la cumbre de la colina, con la vara de Dios en mi mano." Moisés no sube solo; además vemos que sube con Aarón y con Ur. Él sube con la vara de Dios en sus manos. Moisés tenía en sus manos un instrumento que ya había mostrado su poder, que ya había mostrado que era un instrumento que Dios había dado para mostrar que Él estaba defendiendo a su pueblo.

Lo vemos cuando Moisés habla con Faraón: en un momento Moisés tiene la vara, Moisés tira la vara, la vara se convierte en serpiente, Moisés toma la vara y se convierte en vara nuevamente. Vemos también en un momento que Moisés, como mencionábamos, está delante del mar Rojo, y con la vara de Dios le golpea las aguas y el mar se abrió. En el pasaje donde necesitaban agua, Moisés toma la vara de Dios, le da a la roca, y el agua brota. Una vez más Dios muestra que a través de su vara Él estaba obrando en favor de su pueblo.

La vara era un símbolo de la presencia de Dios, del poder de Dios para su pueblo. Era una señal física de que Dios iba a estar peleando por Israel. Y ahí está Moisés, en la cima de la montaña, con la vara en alto. El pueblo, cada vez que veía a Moisés con la vara en alto, prevalecía. Pero cuando Moisés se cansaba, el pueblo dejaba de ganar y Amalec prevalecía.

Y aquí nosotros vemos también cómo la humanidad de Moisés es puesta a prueba. Era un hombre. No era Moisés el que estaba batallando con el pueblo; era Dios. Y Moisés, en su humanidad, se le caían los brazos, y cuando se le caían los brazos, Amalec ganaba en la batalla. Lo que vemos aquí es que en este momento no es el pueblo simplemente el que estaba batallando ahí, Moisés con el grupo; es Dios el que está luchando por Israel, mostrando que Él es el soberano, que no depende de lo que pase aquí abajo, sino de lo que pasa allá arriba.

Dios quería que el pueblo, temporalmente en su peregrinaje, supiera que las grandes conquistas, las grandes batallas que ellos van a tener, la tierra prometida a la que ellos van a entrar, no era por sus méritos, no era por su fortaleza; era porque Dios estaba con ellos. Al final la victoria era de Él. Dios quería que ellos entendieran esto.

Y esto es algo que en un momento el rey David, años más tarde, entendió a las malas. Lo vemos en 1 Crónicas 21, que en un momento David tiene que pelear ciertas batallas, y ¿qué hace David? David manda a contar a sus hombres, manda a contar a su ejército. ¿Y qué hace Dios? Dios lo disciplina. "David, ¿cuándo tú ganaste una guerra por tus hombres o por tu ejército? Cada guerra que ganaste, la ganaste por el poder que yo te di para obrar y batallar."

Josué no le lucía en este momento, luego de ganar esta batalla, llegar y decir: "Señores, pongo aquí mi medalla, yo fui el que gané." No. La victoria es del Señor. Josué peleó la batalla, pero la victoria es del Señor.

Francis Schaeffer, que es uno de los teólogos más respetados de la generación pasada, hace eco de esta verdad al señalar lo siguiente. Él decía: "A través de estos eventos, Dios está enseñando a su pueblo una lección en su primera guerra." Recordemos que esta es la primera guerra que el pueblo de Israel tiene luego de salir de Egipto, y nadie iba a aprenderla mejor que el general Josué. "En medio de la batalla hay que luchar. Sí, ser un buen general. Sí. Pero cuando todo esté hecho, el poder tiene que entenderse como de Dios y no de los hombres. Al final, el Señor es el que gana las batallas que nosotros luchamos."

La verdad es que solo Dios concede las victorias sobre nuestros enemigos. Solo Dios es el único que puede sostenernos. Y el pueblo de Israel necesitaba entender eso; necesitaba entender que Dios es tan glorioso y poderoso cuando suple maná y agua como cuando les hace triunfar en sus batallas.

Hermano, en medio de tus batallas tú tienes que poner los ojos en la vara de Dios. Tú tienes que poner los ojos en Dios, mirarlo a Él, depender de Él, confiar en Él, agradecerle a Él, porque al final todo se trata de Él. Nuestras mejores batallas son aquellas que peleamos con los ojos puestos en Dios y las rodillas en el suelo, reconociendo nuestra dependencia de Él, reconociendo que tú y yo sabemos que de Él es la victoria, no del que quiere ni del que corre, sino de quien Dios tiene misericordia.

Proverbios 21:31. Mis hijos se saben este versículo de memoria porque lo hemos repetido cien veces cada vez que tienen que hacer algo para competir: "El caballo se prepara para el día de la batalla, pero la victoria es del Señor." Al final, de Él es la victoria.

En el Nuevo Testamento, Romanos 8:37 dice Pablo: "En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó." La victoria es en Él. Es en Él que nosotros somos más que vencedores, en lo que Él ha hecho por nosotros, en su cuidado para con nosotros, en su poder y gracia manifestados en nosotros y a través de nosotros. Es por Él, no por nosotros.

Es por eso, hermano, que yo quiero invitarte a que en cada batalla tú puedas tener la confianza de que al final la victoria depende de Él. Él es el que te sostiene, Él es el que está a tu lado.

Y es muy probable que en un grupo como este, así como aquellos que nos ven a través de la transmisión, hay personas que están cansadas, hay personas que han estado batallando con diferentes cosas. Tienen tiempo batallando y batallando, y se sienten espiritualmente drenados, se sienten físicamente agotados.

Si tú estás en ello, quiero invitarte a que te hagas algunas preguntas, que tú, delante de Dios, entre tú y Él, puedas preguntarte: ¿Yo estoy peleando esta batalla en mis fuerzas o en las fuerzas de Dios? Que tú te detengas un momento y digas: "Señor, quizás he confiado más en mis habilidades y los talentos que pienso que tengo, que en tu providencia." Quizás tú puedas preguntarte: ¿Dónde están mis ojos? ¿Están puestos en el Dios que abrió los mares, en el Dios que sostiene a su pueblo, en el Dios que me amó tanto que se encarnó, se hizo hombre, murió por mí, resucitó de entre los muertos, que ha prometido darme poder, que dice en su Palabra que el poder que lo levantó de entre los muertos mora en mí? ¿Están puestos ahí, o están puestos en las circunstancias?

Porque si somos honestos, hermanos, muchos de nosotros hoy estamos perdiendo muchas de nuestras batallas porque nuestros ojos están puestos en las circunstancias de aquí y no allá. Y las batallas se pelean mirando hacia arriba, mirándole a Él.

Quizás tú podrías decirme ahora: "Pastor, yo estoy confiando en el Señor, dependiendo del Señor, yo estoy reconociendo que solamente puedo a través de Él, de corazón, unánimemente, pero aún sigo batallando." Hermanos, si tú estás en ello, yo quiero invitarte a que sigas batallando, porque si estás batallando, Dios te tiene batallando y Él ha prometido que te dará la victoria. La victoria llegará. Solamente pelea, espera y confía en tu Dios.

Hermanos, en nuestra debilidad Él se hace fuerte en nosotros. En nuestro cansancio espiritual hallamos descanso en Él. Si tú estás cansado, yo quiero invitarte a que recuerdes que su poder se perfecciona en tu debilidad, y cuando tú eres débil, entonces eres fuerte en Él. Nosotros peleamos la batalla mirando hacia arriba, y yo sé que Moisés quería que así fuera, y por eso subió al monte para que el pueblo lo viera, y cuando lo viera, ganara.

Enseñanza número seis: no podemos pelear solos. Hermanos, en la vida cristiana no peleamos la batalla solos, la peleamos en comunidad.

Versículo 12: "Pero las manos de Moisés se cansaban." Ya lo leímos. "Entonces tomaron una piedra y la pusieron debajo de él, y se sentó en ella; y Aarón y Ur le sostenían las manos, uno de un lado y el otro del otro. Así estuvieron sus manos firmes hasta que se puso el sol. Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada."

Hermanos, el tiempo empezó a avanzar y, como decíamos, las manos de Moisés empezaron a cansarse. Ya no era fácil sostener los brazos en alto. No estamos hablando de cosas de minutos; fueron horas y horas con los brazos en alto. Sin embargo, cuando a Moisés se le caían los brazos, él no estaba solo. En ese momento en que los brazos empezaron a caerse, en que el pueblo comenzaba a perder, su hermano Aarón y su cuñado Ur estaban a su lado.

Y ellos, al ver lo que estaba pasando, al ver que cuando el hombre levantaba el brazo ganaban y bajaba el brazo perdían, levantaba el brazo ganaban, bajaba el brazo perdían, dijeron: "Hay que hacer algo." Se pusieron de acuerdo, hicieron un plan y una estrategia: buscaron una piedra, sentaron a Moisés en la piedra, Aarón tomó un brazo y Ur tomó el otro, y estuvieron con él hasta el final del día con las manos firmes. Dice el texto: firmes, sosteniendo a Moisés. Y como resultado, Josué deshizo a todo el ejército de Amalec.

Aquí está el texto corregido y párrafado:

Moisés necesitó de ayuda para poder mantener los brazos al cielo. Él necesitó de personas a su lado que estuvieran dispuestas a pagar el precio, a hacer un esfuerzo para ayudar al pueblo y para ayudarse ellos también. Y no sé si tú lo has pensado, pero no debió ser fácil para Aarón y Ur estar ahí parados sosteniendo los brazos de Moisés. Pero ellos estuvieron a su lado sosteniéndole, y al final vemos los resultados.

Hermanos, en la carrera de la fe, todos nosotros necesitamos personas a nuestro lado que nos sostengan los brazos, que en medio de la batalla estén con nosotros, intercediendo por nosotros, intercediendo con nosotros. Amados, nosotros como pastores —voy a ser muy honesto con ustedes— nosotros como pastores necesitamos de ustedes. Necesitamos que ustedes nos sostengan los brazos. Recientemente vi una estadística que decía que en diez años el 80 por ciento de los pastores que están ministrando no estarán en el púlpito, no estarán dirigiendo al pueblo de Dios. En diez años, el 80 por ciento. Y la razón es que ellos se sienten solos y cansados.

Hermanos, nosotros no podemos seguir dirigiendo al pueblo de Dios sin ayuda. Ustedes tienen esa responsabilidad de levantar nuestros brazos, la responsabilidad de amarnos, animarnos, estar ahí con nosotros para hacer la obra que el Señor nos ha llamado a hacer. Nosotros les necesitamos. Pero ustedes también se necesitan entre ustedes.

Si yo quiero invitarte, toma un minuto, un minuto ahí. Mira a tu lado. Mira a tu lado. Mira al lado de atrás. Mira arriba. Mira a este lado también. Mira a tu lado, a tu hermano. Es probable que tú necesites mañana a tu hermano, o que tu hermano te necesite a ti. La vida de fe se vive juntos. En esta carrera, si queremos terminarla bien, nos necesitamos unos a otros. Solos no vamos a llegar a la meta. Dios no diseñó esta carrera para que se peleara solo. Esto se vive en comunidad.

Y recientemente yo experimenté eso de una manera muy práctica, muy, muy práctica. ¿Quiénes de aquí han ido al Valle del Silencio? Levanten la mano. Bueno, para aquellos que no lo conocen, el Valle del Silencio es un valle muy hermoso que se encuentra en el Parque Nacional José Manuel Ramirez, el cual, para llegar ahí, para llegar a esa parte hermosa, hay que caminar nada más y nada menos que 19 kilómetros. De esos 19 kilómetros, hay cinco que tú caminas, y en esos cinco tú subes alrededor de un kilómetro de altura. En cinco kilómetros caminando subes un kilómetro, porque para arriba es un camino de piedra, un camino de tierra, un camino donde hay mucho lodo.

Y resulta que hace unas semanas el colegio de mis hijos organizó un viaje al Valle del Silencio. Y yo, verdad hermanos, yo tenía más de diez años diciéndole a Michelle: "Me parece que no." Le decía: "Cuando pongan a calentar la estufa yo voy." ¿Cuál es la necesidad de eso? ¿Qué vacaciones son esas de ir a caminar 19 kilómetros en lodo y piedra, aguantando lluvia? Sin embargo, mis hijos estaban emocionados, mi esposa emocionada, y al final yo caí en el gancho. De verdad, yo caí en el gancho y dije: "Bueno, aceptemos el reto." Me habían dicho que Gregor, el hermano de Chacho, había ido y había ido muchas veces. Y digo: "Bueno, si Gregor lo hizo, yo lo hago." Tiene una frescura de mi parte, porque Gregor me pasó corriendo y yo no pude más. Pero bueno, yo de verdad les soy franco, ustedes, yo aguanté mucha lluvia. Honestamente, aguanté mucha lluvia.

Sin embargo, estando ahí, este pasaje —miren, al final les voy a mostrar unas fotos del lodo, de cómo era caminando— esta verdad de la necesidad de un grupo de hermanos a nuestro lado no pudo ser más real en mi vida. Hay momentos donde yo no podía más, honestamente. Donde yo subía, caminaba y caminaba, y yo decía: "¡Ay, un plano!", esperando que hubiera un planito. Y tú ves la curva y dices: "Después de la curva es", y cuando llegas a la curva, hay otra subida. Y cuando pensabas que se acababa... Sin embargo, hermanos, en todo momento yo pude ver la provisión del Señor al mandar hermanos a mi lado que me animaban, me decían: "¡Vamos!", que me empujaban. Yo nunca estuve solo, en cierto sentido. Siempre tenía personas a mi lado motivándome y animándome a subir.

Yo pude experimentar eso, pero además también pude experimentar el favor de Dios al recordarme que aun mis hijos no necesitan tanto de mí, que cuando yo vivo en una comunidad de iglesia, en una comunidad con mis hermanos, mis hijos van a tener personas a nuestro lado que cuiden de ellos, que velen por ellos y que estén con ellos. Daniela, mi hija mayor, tiene 12 años; mi hija del medio, Camila, tiene 8; y mi Yelandra tiene 5. Y a mis hijos en esos 19 kilómetros yo los vi los primeros dos, porque ellos decidieron irse adelante. Pero yo puedo testificar, hermanos, que en ese andar adelante yo pude ver el cuidado de Dios para mi familia y para conmigo, porque ellos nunca estuvieron solos. Siempre hubo gente a su lado que cuidaba de ellos, que les daba agua, que los levantaba si se caían, que los paraban. Porque vivían en comunidad.

Y ese es el llamado que Dios nos hace: vivir juntos como hermanos. Bien decía el autor de Eclesiastés, capítulo 4, y de nuevo al versículo 12: "Más valen dos que uno solo, pues tienen mejor pago por su trabajo, porque si uno de ellos se cae, el otro levantará a su compañero. Pero ¡ay de aquel que cuando se caiga no haya otro que le levante! Además, si dos se acuestan juntos, se mantienen calientes, pero uno solo, ¿cómo se calentará? Y si alguien puede prevalecer contra el que está solo, dos lo resistirán. Un cordón de tres hilos no se rompe fácilmente."

El llamado es a vivir juntos, porque juntos, como ese cordón de tres hilos, somos más fuertes. La semana pasada yo veía un video que honestamente me maravilló y al mismo tiempo me confrontó. Un video que me mostraba cómo las hormigas, las hormiguitas, ese animalito, se mantienen juntas, hacen un bloque juntas para navegar sobre las aguas de los ríos y trasladarse de un lugar a otro. Ellas colocan a la reina madre arriba, y juntas, sin grietas, pegaditas, navegan sobre las aguas. Se mueven con las aguas. Incluso son capaces de resistir a los peces que vienen a hacerles daño. Ellas juntas se protegen unas a otras. Si una se aleja y se cae, vemos cómo cuidadosamente ellas la traen una vez más a la colonia. Fortalecidas en unidad, vemos que juntas son capaces de defenderse inclusive de otros insectos más grandes, y lo hacen juntas, juntas, juntas.

Una hormiguita sola es muy, muy vulnerable. Cuando está unida con el grupo, es más fuerte. Hermanos, eso es lo que el Señor nos quiere, lo que nos llama a vivir en nuestra vida de comunidad: a vivir juntos. ¿No les sorprende ver ese video? Esas hormigas caminaban, navegaban. Pero así deberíamos estar nosotros viviendo nuestra vida de fe: juntos, sin grietas, apoyándonos unos a otros, defendiéndonos unos a otros como un cuerpo.

Hermanos, es por eso que yo quiero invitar en este día a que, si el Señor te da la oportunidad de servir a otro, de levantar los brazos a otro como lo hicieron Aarón y Ur, que tú lo hagas. Hay personas que donde necesitan tanto que simplemente necesitan una palabra. Hay otros que quizás necesitarán un recurso que tú puedes brindarles. O hay otros que simplemente necesitarán un abrazo. O quizás otros necesitarán que tú ores por ellos y que se lo hagas saber. Yo quiero invitar, hermanos, a que nosotros vivamos la vida de comunidad juntos, levantándonos los brazos unos a otros, sabiendo que para llegar al final de la meta, para pelear la buena batalla de la fe, nos necesitamos. La vida en comunidad no se debe vivir solo.

En Números 7, Dios tiene promesas para los suyos que quiere que nosotros recordemos. Miren el versículo 14. Se dice: "Entonces dijo el Señor a Moisés: 'Escribe esto en un libro para que sirva de memorial, y hazlo saber a Josué, que yo borraré por completo la memoria de Amalec de debajo del cielo.'" Y en el versículo 16, Moisés hablando dice: "El Señor lo ha jurado. El Señor hará guerra contra Amalec de generación en generación."

Moisés, escribe esto que te voy a decir; escríbelo en el libro. Cuando nosotros vemos en la Palabra que Dios le dice a uno de sus profetas "escribe en el libro", prestemos atención, porque es importante. Es algo que Él quiere que generaciones futuras recuerden. Cuando nosotros vamos a Habacuc, capítulo 2, nosotros vemos que Dios le dice: "Habacuc, escribe." Y Habacuc escribe: "El justo por la fe vivirá", siendo este el fundamento de la doctrina paulina de la justificación. Cuando vamos a Apocalipsis 1:19, Dios le dice a Juan: "Juan, lo que tú vas a ver ahora, escríbelo", porque Él quería que nosotros conociéramos lo que serían los días finales que le iba a revelar.

Y ahora Él le está hablando a Moisés. Le dice: "Moisés, en tu libro, en el que tú tienes, en el que tú usas probablemente para llevar y guardar los relatos del pueblo, escribe esto." Es muy probable —los eruditos bíblicos entienden— que Moisés tenía un libro en el cual él recolectaba los actos que Dios hacía. Esos eventos los escribía de forma tal que pudieran ser perdurables en el tiempo para la próxima generación. Y Dios le está diciendo: "Moisés, escribe que yo borraré a Amalec, el que te atacó por atrás. Yo lo borraré de la faz de la tierra, lo exterminaré. De generación en generación yo estaré peleando con ellos hasta terminar con ellos."

Y quizás tú te preguntarás: "¡Wow!, ¿pero no es esto muy fuerte?" Y quizás tú dirás: "¿No está siendo un poco vengativo Dios?" Al final, no. Dios está mostrando su justo juicio contra aquellos que quieren hacer daño al pueblo de Dios. Y de generación en generación, aquellos que han tratado de hacer daño al pueblo de Dios se van a enfrentar, ¿saben con quién? Con Dios mismo. Porque Dios defiende a su pueblo. Dios está por los suyos.

Y Dios le dice: "Háblale, escríbelo ahí." Y lo que me llama mucho la atención es que además Él dice: "Díselo a Josué." Hay un trato personal de Dios con los suyos. Él sabía que Josué había peleado su primera batalla, que él bajó, que...

Él luchó contra el grupo de gente, y Dios quería que José supiera: "Yo voy a pelear contra la gente, y tú tuviste una victoria hoy, pero llegará el día donde yo lo eliminaré para siempre. Tú puedes descansar, José, que yo lo haré." Además de ver esto como juicio de Dios a esta gente, también podemos ver esto como un juicio a lo que va a venir en el futuro, cuando Dios de una vez y por siempre pase factura, como decimos muy al modo mexicano, a aquellos que han deshonrado su nombre, aquellos que no han creído en Él y que serán juzgados por hacerle frente a Él y hacerle frente a nosotros, sus hijos.

Miren cómo lo dice Tesalonicenses. Según 1 Tesalonicenses, capítulo uno, versículos seis en adelante, dice esto: "Después de todo, es justo delante de Dios que Él pague con aflicción a quienes los afligen a ustedes, pero que dé alivio a ustedes que son afligidos, y también a nosotros, cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles, en llama de fuego, dando castigo a los que no conocen a Dios, como los de Amalec, y a los que no obedecen el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Estos sufrirán el castigo de la eterna destrucción, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder."

Esto que vemos aquí, que Dios está prometiendo contra Amalec, es algo que Dios más adelante ha prometido contra aquellos que deshonran su nombre, aquellos que no le obedecen: que ellos serán desterrados para siempre. Pero hay un grupo, hermanos, que no seremos desterrados. Hay un grupo que tenemos esperanza, hay un grupo que tenemos garantizada la victoria, y somos aquellos que hemos creído en la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, aquellos que hemos confiado en que Él nos ha mostrado tanto amor. Dios subió por nosotros. Dios quería que supiéramos recordar que Él juzga a aquellos que no le obedecen, aquellos que no tienen temor de Él, como fueron los de Amalec.

Y finalmente, enseñanza número ocho. Moisés nos recuerda algo que todos debemos tener en nuestra mente y en nuestro corazón: quién es nuestro Dios. Dice el versículo quince: "Y edificó Moisés un altar y le puso por nombre: El Señor es mi estandarte." Moisés, al ver todo esto, hace un altar de adoración y levantó en ella una señal, un gran poste con una gran bandera que decía "Jehová Nisi", que significa: El Señor es mi estandarte. Fue una forma de mostrar: la victoria que hemos tenido aquí no fuimos nosotros que la ganamos; fue nuestro Dios que nos dio la victoria.

Moisés quería que todo el que viera al pueblo de Israel en adelante, al ver esta imagen, al ver esta gran bandera, supiera que la identidad de ellos, la nacionalidad de ellos, la bandera de ellos era Dios. Él era su estandarte. Y al dejar la clavada como un altar, tenía como propósito que las generaciones futuras, al verla, recordaran eso: recordaran que el Dios que fue fiel con Israel en el desierto es el mismo que seguiría siendo fiel con ellos más adelante, salvando, proveyendo, defendiendo, amando, reinando sobre su pueblo.

Ese es el mismo Dios, hermano, y tú y yo hoy debemos recordar eso: que nuestro Dios no cambia, Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Él ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Él ha prometido que no importa la batalla que nosotros estemos peleando, Él estará con nosotros, porque la batalla es de Él. Nosotros somos instrumentos en sus manos, y nos ha dicho: "Confía en mí, pelea la buena batalla, yo te defenderé." El Señor es nuestro estandarte.

Y es mi deseo, hermano, es el anhelo de mi corazón, que al salir por esas puertas hoy, al llegar a tu carro, tú puedas decir de corazón: "El Señor es mi bandera, el Señor es mi estandarte." Y no solamente que lo digas de labios, sino que tu vida muestre, que tu vida testifique, que esto que acabamos de escuchar es tu verdad. Y que al igual como Moisés, que levantó un altar, tu vida pueda ser un altar que otros vean y digan: "El Señor es su estandarte; ese y ella viven para la gloria de su Dios."

Señor, nosotros venimos a ti. Gracias, gracias, porque al ver tu Palabra, Dios, al leer tu Palabra, al estudiar tu Palabra, nosotros entendemos un poco mejor quién eres Tú y quiénes somos nosotros. Entendemos que mi vida después del milagro es una vida en la cual yo tengo que actuar pasiva y activamente, confiando en Ti, pero peleando la buena batalla de la fe. Y esa batalla de la fe yo la peleo mirándote a Ti y acompañado de mis hermanos. Oh Señor, gracias por tu Palabra. Ayúdanos, Dios, a vivir vidas que reflejen, que muestren, que Tú eres nuestro estandarte.

Señor, que en cada batalla que peleemos nosotros podamos decir: "Señor, tuya es la batalla, y yo ahora estoy peleando con la garantía de que solo tuya es la victoria." Padre, sé con nosotros, sé con tu pueblo, sé con tu iglesia. Gracias por tu revelación y gracias por ser nuestro Dios. Gracias por amarnos tanto, por haber peleado la peor batalla que se pudo haber peleado, que fue la batalla por nuestra salvación. Gracias por haberla peleado en la cruz. Pero gracias, Dios, porque cuando Tú resucitaste, Tú nos diste la victoria: victoria que celebraremos cuando Tú regreses, victoria que proclamaremos por la eternidad, de que la batalla es tuya y Tú la ganaste. Gracias, Cristo. Sé con nosotros. En el nombre de Jesús, amén.

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Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.