IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El amor de Cristo, revelado en la cruz, nos confronta con una única conclusión posible: quien ha muerto con él ya no puede vivir para sí mismo, sino para aquel que murió y resucitó. Esta es la condición que hace realidad la promesa de ser nueva criatura en Cristo. No se trata de repetir un versículo como fórmula mágica, sino de vivir conforme a lo que ese versículo demanda: una renuncia radical a la vida centrada en uno mismo.
El cristianismo contemporáneo corre el peligro de convertir a los creyentes en usuarios de la gracia, personas que hacen que Cristo viva para ellos en lugar de vivir ellos para Cristo. Pero la cruz no admite negociaciones parciales. No se puede dejar todo en ella excepto la billetera, los problemas mentales o las áreas que preferimos manejar por cuenta propia. Ir a la cruz significa morir, y el muerto no tiene agenda propia.
Dos ilustraciones lo hacen evidente: una tortuga que todos los días intenta volar lanzándose desde un árbol, y un águila criada entre pollos que nunca supo que podía remontar las alturas. Algunos intentan vivir la vida cristiana sin tener la naturaleza que lo hace posible; otros tienen esa naturaleza pero siguen rascando la tierra porque el mundo les hizo creer que volar no era para ellos.
Cuando la cruz transforma, cambian las acciones y cambia la manera de pensar. Ya no se vive bajo criterios humanos. Es Cristo quien enfrenta los problemas, quien se relaciona con la familia, quien maneja la vida entera. Solo entonces las cosas viejas pasan y todas son hechas nuevas.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En Segunda de Corintios, el capítulo 4, vamos a ver algunos pasajes de Segunda de Corintios, capítulo 4 y capítulo 5. Nosotros nos encontramos con el apóstol Pablo escribiendo esta carta, defendiendo su propio ministerio y hablando de su propia vida y sus propias luchas. Y en medio de sus luchas y de su propio ministerio, él se encontró con una iglesia de Corinto que estaba empezando a individualizar los ministerios y estaba empezando a reconocer a las personas por encima del Señor Jesucristo.
En su primera carta él empieza diciendo y señalando que hay algunos en la iglesia que están empezando a decir: "Yo soy de Pablo, yo soy de Apolos, yo soy de Pedro", y algunos otros diciendo: "Yo soy de Cristo", y para Pablo eso era una tremenda herejía. Para otros habían empezado a descubrir los secretos de la belleza de la retórica, del hablar bonito, y el apóstol Pablo decía: "Ni mi predicación ni mis palabras son palabras de humana sabiduría, con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino que me propuse no ir a vosotros sabiendo otra cosa más que a Cristo y a este crucificado."
No hay otro mensaje para mí. Esto no es un asunto de palabras bonitas, no es un asunto de arte, no es un asunto de belleza, no es un asunto de hombres; es un asunto de lo que Cristo ha hecho en la cruz del Calvario por cada uno de nosotros. No hay más respuestas, no hay otra solución, no hay otra cosa para ustedes más que descubrir quiénes somos nosotros en el Señor y cuáles son nuestras responsabilidades delante de Él.
Por eso en Segunda de Corintios, capítulo 4, a partir del versículo 5, él dice: "Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesús como el Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús. Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros."
El apóstol Pablo está diciendo: "Señores, yo no me predico a mí mismo, yo no soy el mensaje, no son mis palabras; yo no me predico a mí mismo, sino que predico a Jesucristo y a Él como el Señor. Y si hay algo que yo soy, yo soy un siervo vuestro por amor a Jesús, por amor al Señor; yo me he convertido en un siervo, y ese es mi lugar." Y él justifica esta realidad diciendo en el versículo 6: "Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo."
Así como en el tiempo de la creación el Señor separó las tinieblas de la luz, así también el Señor en el corazón de los creyentes ha separado las tinieblas de la luz, y la luz ha resplandecido de tal manera que podemos ver en nuestros corazones al Señor en el rostro de Jesucristo. Al ver a Jesucristo yo puedo percibir quién es Dios, y esta realidad no me hace a mí mejor, no me hace a mí diferente, ni tampoco me hace especial, porque dice el versículo 7: "Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros."
Definitivamente nosotros estamos llamados a cosas especiales y a cosas grandes, pero no por nosotros mismos, sino por lo que el Señor está haciendo en nosotros y por la realidad del Cristo crucificado que mora en nuestros corazones. Pero seguimos siendo vasos de barro. La realidad del Evangelio y la realidad de la visión del apóstol Pablo es que nos llama a reconocer que cada uno de nosotros somos siervos de Dios, que cada uno de nosotros debe reconocer su lugar en el ministerio del Señor Jesucristo, y que cada uno de nosotros tiene que aprender a reconocer que su vida no es solamente una vida para que el Señor embellezca, sino una vida para que el Señor la haga útil para su gloria y para su honra.
Y eso es algo que nosotros continuamente debemos recordar, no a modo de confrontación, sino a modo de exhortación, a modo de ubicación: reconocer quiénes somos y dónde estamos. Y el apóstol Pablo entiende muy bien esa realidad cuando dice, a partir del versículo 8: "Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos. Llevando siempre en el cuerpo, por todas partes, la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal."
El versículo 14 dice: "Sabiendo que aquel que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús y nos presentará juntamente con vosotros."
La realidad del apóstol Pablo era una realidad que trascendía las circunstancias. Él habla de aflicción, de perplejidad, de persecución, de sentirse derribado, llevando por todas partes la muerte de Jesús. Pero todas estas circunstancias no eran el resultado de sus propios fracasos o de las propias complicaciones de una vida natural y privada. No tenían que ver con sus problemas financieros, ni sus problemas legales, ni sus problemas matrimoniales, ni sus problemas psicológicos, ni físicos; tenía que ver con una vida que se había consagrado al Señor, y producto de esa consagración al Señor, de ponerse delante del Señor y ser usado por Él, es que él sufre aflicción, él sufre persecución, él sufre abandono y él se siente derribado.
Pero era producto de la obra que el Señor estaba haciendo en él, convirtiéndolo en un siervo suyo. Y esa puede ser la gran diferencia con los cristianos del siglo XXI, que nos hemos convertido básicamente en usuarios del Evangelio, en la medida en que nosotros simplemente hacemos uso del Señor para que el Señor satisfaga nuestras vidas privadas, y en realidad todo aquello que estamos sufriendo simplemente es el resultado de nuestras propias complicaciones privadas, pero no el resultado de una vida que se ha puesto delante de Dios para poder ser utilizada por Él. Y ahí hay una gran diferencia.
Por eso es que me sobrecoge, hermanos —se los digo con todo el corazón—, las canciones que nosotros estuvimos cantando en esta mañana. Si nosotros tomamos con seriedad las letras que nosotros estuvimos cantando, entonces nosotros le estuvimos diciendo al Señor que tome nuestras vidas, que las deshaga, que las haga nuevas, que sean solamente para su gloria y para su honra, que sea un motivo de adoración, que las tome por completo. Si es una verdad, entonces lo que va a suceder es que nuestras vidas se van a convertir en vidas de servicio para su gloria y para su honra.
Pero si esas letras se convierten simplemente en una expresión religiosa de adoración y se convierten en letra muerta, entonces estamos en peligro de que nuestro corazón se endurezca, producto de que estamos perdiendo de vista lo que le estamos diciendo al Señor, quien hoy está presente aquí en medio nuestro.
El apóstol Pablo llega a afirmar con claridad a partir del versículo 16 de Segunda de Corintios, capítulo 4. Él dice: "Por tanto, no desfallecemos; antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día. Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas."
Yo creo que uno de nuestros grandes desafíos semana a semana, a través del púlpito y a través de la adoración y nuestra búsqueda al Señor, es poder trasladar nuestros ojos de las cosas que se ven a las cosas que no se ven, de nuestra temporalidad en la que vivimos sumidos día a día en el detalle de nuestras vidas, hacia las cosas que no se ven, pero que son eternas y que corresponden al reino de los cielos. Esa es la gran lucha del cristiano.
Sin embargo, como cristianos nosotros podemos caer en dos situaciones. En dos estadios de nuestras vidas podemos dividir el grupo de personas que están aquí quizás en dos grupos. Y permítanme ilustrarlo de una manera especial; permítanme contarles un par de cuentos. ¿Les parece? ¿O qué? Porque dice que si no somos como niños, no heredaremos ni entraremos en el reino de Dios.
Bueno, dice que había una vez en el bosque una pequeña tortuga, una tortugita chiquita con su caparazoncito, y esta tortuga iba todos los días a un arbolito que no era muy ancho, pero era muy alto. Y todos los días iba al arbolito y empezaba a escalarlo; iba con el esfuerzo —el caparazón pesa—, iba y subía y subía y subía hasta que llegaba a la rama más alta del arbolito, y luego, en la rama, miraba para todos lados y se lanzaba, y emprendía el camino hacia abajo... ¡pan!, al suelo. Todos los días hacía lo mismo.
Ahora bien, en una ramita de un arbolito cercano había una pareja de pajaritos, y cada vez que lo veían subir y llegar a la ramita, lo miraban —porque los pajaritos no miran así de frente, los pajaritos miran así, de lado—, y había días en que, de tanto verlo hacer esto todos los días, un día el pajarito le dijo a la pajarita: "Yo creo que ha llegado la hora de decirle que es adoptado."
Primera pregunta: cuando nosotros vivimos nuestra vida cristiana y sentimos que solamente es que no llegamos a remontar, que es como subirnos y tirarnos y en lugar de volar, como prometen las Escrituras, terminamos siempre en el suelo, y estamos todos los días y por años tratando de remontar y ser lo que en realidad no somos, tenemos que cuestionarnos la realidad de nuestra filiación con Jesucristo. Si es que realmente tenemos la naturaleza que nos permite remontar el vuelo y poder emprender las cosas conforme a las promesas que el Señor tiene para con nosotros.
Un poeta peruano, ya hace muchos siglos, decía: "Aquel que me dio ansias de volar olvidó ponerme las alas." Y esa es la realidad de muchos de nosotros, que vivimos como teniendo el ansia de volar, pero no llegamos a remontar porque quizás no está en nosotros la naturaleza divina que nos permite elevar las alas y emprender el vuelo.
Pero en ese mismo bosque había un zorro, un zorrito. Danilo, un zorro, ¿un zorro está escuchando? Y a este zorro le gustaba comer huevos y los buscaba siempre. Un día ve que en un arbolito cercano —hablando de arbolito— había un nido de águila, y el águila no estaba. Entonces el zorro sube, toma el huevo, pero no se lo come ahí: "Me lo voy a llevar, no vaya a ser que venga el águila y ahí estamos en problema." Entonces se lo lleva.
Mientras va avanzando, él escucha ruido de gallinas. Entonces pasa por una granja y ve un gallinero abierto, grande, y él con el huevo de águila ahí. Entonces entra al gallinero, las gallinas se espantan y hay huevos por todos lados. Entonces él agarra, suelta uno, tira el huevo de águila y va y se mete a comer los huevos de gallina que había encontrado.
Cuando las gallinas vuelven, una gallina no se da cuenta y empieza a empollar el huevo de águila. Pasado el tiempo, el huevito se empieza a romper y sale —porque no va a salir un pollito, recuerden que la mamá era un águila— sale la aguilita, empieza a mirar, ve la gallina y le dice: "¡Mamá!" ¡Qué tierno, ¿verdad?! "Mamá." Entonces la gallina viene, y ¿qué sucede? Que la gallina le empieza a enseñar todo lo que los pollitos hacen. Entonces empieza a caminar, a escarbar. Los pollos no vuelan, entonces tampoco. Nunca tuvo la pretensión de volar. Se movía ahí en su propio mundo, rodeado de todos los pollos y los gallos. A veces un gallo hacía así: "¡Quiquiriquí!", ¿cierto? Entonces también aprendió a hacer así, pero nunca pensó que podía volar. Había aprendido a rascar la tierra, a buscar gusanos —será su función, no sé.
Un día el águila alza el rostro al cielo. Así, no así, así, porque el ojo lo tiene aquí. Álzalo al cielo, y ¿qué sucede? Ve en el aire una águila volando en el cielo, y él se queda: "¡Wow, qué animal!" —en el buen sentido, ¿no?—. "¡Qué animal! ¡Wow!" Entonces un pollo primo del que se había criado con él lo golpea con la pata, él mira también, mira de costado, ¿no? Entonces: "¿Qué andas mirando? ¡Ah, déjate de mirar esas cosas, que nosotros nunca vamos a poder llegar a vivir así! Sigue rascando la tierra y sigue buscando gusanos, porque nunca nos tocará el privilegio de remontar las alturas como ese otro, como esa otra ave que está en el cielo."
Y entre todos los grupos: entre la tortuga que cae y el águila que no vive conforme a su propia naturaleza, ahí estamos todos nosotros. Está el hecho de que nosotros no tengamos todavía la vida del Cristo resucitado en nosotros de tal manera que no podemos vivir la vida espiritual que el Señor promete, porque no la tenemos, porque no es algo que se logra por mimetismo. No se logra por estar aquí. Se logra por una obra transformadora de Cristo en lo profundo del corazón. O puede ser el hecho de que nosotros tengamos la vida del Cristo resucitado, pero vivamos todavía siguiendo los patrones del mundo, rascando la tierra, comiendo gusanos, incapaces de mirar al cielo porque nos han hecho creer que ninguno de nosotros puede remontar las alas y puede volar.
Y esos son nuestros dos grandes peligros y nuestros dos grandes temores, y la razón por la que nosotros vamos a las Escrituras para poder descubrir cuál es la realidad que nos permita vivir conforme a lo que el Señor espera de nosotros.
El pastor Luis ahora nos decía y nos hacía ver 2 Corintios 5:17, y 2 Corintios 5:17 dice: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." Pero este pasaje, que es uno de los pasajes más bellos y más usados en toda la Escritura, también es uno de los pasajes que ha sido más mal usado en todos los tiempos. Porque 2 Corintios 5:17 es en realidad una conclusión, una conclusión que termina haciendo una afirmación, si es que se procede viviendo conforme a lo anterior que el apóstol Pablo está señalando.
"De modo que si alguno está en Cristo" tiene que ver con ciertas condiciones que se encuentran en los versículos anteriores, y que dan cuenta de una realidad transformadora y radical que cambia el corazón. "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." Entonces, de lo que se trata no es repetir este pasaje, sino de descubrir si es que en nuestras vidas estamos teniendo esas condiciones que hacen que nosotros podamos vivir realmente como nuevas criaturas, y no como tortugas que están tratando de ser aves, y no como águilas que siguen viviendo como pollos.
A partir del versículo 11 del capítulo 5, el apóstol Pablo nos hace la descripción de lo que significa estar en Cristo. Dice el versículo 11. Vamos a leer del versículo 11 hasta el 21:
"Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres; pero a Dios somos manifiestos, y espero que también seamos manifiestos en vuestras conciencias. No nos recomendamos otra vez a vosotros, sino que os damos oportunidad de estar orgullosos de nosotros, para que tengáis respuesta para los que se jactan en las apariencias y no en el corazón. Porque si estamos locos, es para Dios; y si estamos cuerdos, es para vosotros. Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron. Y por todos murió para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne. Aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación. A saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo rogamos: reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él."
Empecemos con el versículo 14 de esta declaración que concluye con la afirmación de estar en Cristo y ser una nueva criatura. El versículo 14 dice: "Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión." ¿Cómo es que nosotros descubrimos el amor de Cristo? ¿Cómo es que nosotros descubrimos que el Señor nos ama? ¿Cómo es que nosotros descubrimos que Dios tiene un profundo amor hacia nuestras vidas?
El profundo amor de Dios para con nosotros no se manifiesta principalmente con que se resuelvan nuestros problemas, o con que tengamos una situación laboral y financiera holgada. No se manifiesta con que nosotros gocemos de buena salud y de una vida próspera. No se manifiesta con el hecho de que Dios nos libre de peligros, de malas influencias y de malas personas. Todo eso es el resultado secundario del amor de Dios. Pero básicamente el amor de Dios se manifiesta en una sola realidad: en la realidad de la cruz de Jesucristo.
La cruz de Jesucristo es el símbolo más profundo del amor de Dios. "Mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." De tal manera que el amor de Cristo, como dice la versión de la Reina Valera, nos constriñe. La Biblia de las Américas dice que el amor de Cristo nos apremia. Hay algo que el amor de Cristo hace en nosotros, porque al ver la cruz de Cristo yo descubro la razón del amor de Dios para mi propia vida.
La razón del amor de Dios para mi propia vida es que yo estaba muerto en mis delitos y en mis pecados. No tenía que ver con mi situación financiera, no tenía que ver con mi salud física, no tenía que ver con mi relación matrimonial en primer lugar. Todo aquello que estaba dañado era el resultado de que yo estaba podrido por dentro, comido por gusanos espirituales, porque ya estaba muerto delante de Dios a causa de mis delitos y de mis pecados. Esa es la realidad fundamental del amor de Cristo, que el Señor me lo hace ver a través de la cruz.
A través de la cruz yo veo la realidad de mi condición de pecador. De tal forma que cuando yo voy a la cruz, yo descubro quién soy en realidad, porque no hay forma de que yo esquive la cruz de Jesucristo para reconocer quién soy yo en realidad como persona delante de Él, "por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios."
El amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a una sola conclusión. El apóstol Pablo llega a decir que él ha llegado a una sola conclusión con respecto al amor de Cristo: que solamente hay una manera de responder al amor que el Señor tuvo en la cruz, al morir por nuestros pecados y al derramar su sangre para que nosotros vivamos a través de Él. Hay una sola forma de responder a la cruz.
No hay dos, no hay una para ti y otra para mí. No es que el Señor le demande más a Felipe y menos a Danilo. No es que el Señor me vea más pecadora a mí y menos pecadora a ella. No, todos somos pecadores y estamos destituidos de la gloria de Dios. No hay ninguna expectativa en Dios con respecto a nosotros fuera de la cruz del Calvario, en donde Cristo murió por nuestros pecados.
Entonces, el amor de Cristo me apremia y he llegado a la siguiente conclusión, dijo el apóstol Pablo. Segunda parte del versículo 14: "Que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. De tal forma que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas."
La única conclusión que el apóstol Pablo descubre para que nosotros podamos vivir como nuevas criaturas es que descubramos que, a través de la cruz de Cristo, la única opción es que yo ya no viva para mí, sino que viva para Él. La única opción es descubrir que yo llegué a la cruz muerto y, por lo tanto, a través de la cruz descubrir la vida de Cristo, y Cristo empieza a vivir en mí, de tal forma que ya no puedo vivir yo, sino que solo Cristo debe vivir en mí. No se trata de hacer que Cristo viva para mí, sino de que yo viva para Él.
Y esa es la gran diferencia con el cristianismo contemporáneo que se vende a las multitudes allá en la calle. Un cristianismo que ha hecho que Cristo viva para mí, y no que yo viva para Él. Un cristianismo que nos ha convertido en usuarios de la gracia de Dios y no en dadores de la gracia de Dios. Un cristianismo que nos ha hecho creer que el Señor está muy preocupado por nuestras vidas particulares, de tal forma que Él tiene que estar completamente a nuestro servicio, y no que nosotros debemos morir a nosotros mismos y empezar a servirle a Él.
Esa es la realidad definitiva que el apóstol Pablo está declarando. Versículo 15: "Por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." Una declaración radical de servicio de parte de nuestras vidas, de tal modo que yo empiece a renunciar a todo lo que dejé en la cruz y que no lo vuelva a tomar, porque ahora yo vivo para Él.
¿Estás viviendo para Él? Es la primera pregunta que nosotros debemos hacernos. ¿Él está viviendo para mí, o yo estoy viviendo para Él? ¿Yo dejé todo en la cruz, o simplemente hay algunas cositas que he traído conmigo después de la cruz? "Señor, todo lo dejo en la cruz, menos la billetera." "Señor, todo lo dejo en la cruz, menos la chaqueta, porque la chaqueta, ¿cómo va a dejarla en la cruz? La chaqueta no entra en la cruz." "Todo lo dejo en la cruz, menos estos problemas que tengo en la cabeza, que necesitan otra solución."
Ir a la cruz significa morir. Jesucristo murió en la cruz por nosotros y por nuestros pecados, de una vez y para siempre, y Él nos declaró que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. De tal manera que si nosotros vamos a la cruz y hemos sido llevados real y radicalmente a la cruz, el Señor hace que ya no vivamos para nosotros, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros.
Esa es la primera declaración. Y la segunda declaración está en el versículo 16, que dice: "De manera que nosotros ya no conocemos a nadie según la carne; aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así." Cuando yo voy a la cruz de Jesucristo, la cruz marca un nuevo comienzo en mi vida, de tal manera que, en primer lugar, yo ya empiezo a cambiar mis acciones, porque mis acciones ya no corresponden a las acciones de Pepe Mendoza, sino que corresponden a las acciones del Cristo resucitado viviendo en Pepe Mendoza.
Es el Señor viviendo en mí. Pero en segundo lugar, lo que ocurre también es que, yendo a la cruz, yo descubro una nueva manera de pensar. "De manera que nosotros ya no conocemos a nadie según criterios humanos." Yo dejo de vivir basando mi vida en criterios meramente humanos y temporales, como el águila viviendo entre los pollos. Yo vivo una vida transformada que se basa en lo que el Señor ha hecho por mí en la cruz.
La cruz es decisiva para generar un giro en mi vida que hace que aun mi manera de pensar, mi manera de ver la vida, mi manera de ver los negocios, mi manera de ver el trabajo, mi manera de ver mi familia, mi manera de relacionarme con mis hijos, mi manera de caminar en la calle, mi manera de manejar, cambien. ¿Por qué? Porque he pasado por la cruz de Jesucristo. El muerto no maneja más; es Cristo quien maneja a través de mí. Es Cristo el que se relaciona con mis compañeros de trabajo. Es Cristo quien se relaciona con mi esposa, es Cristo quien se relaciona con mis hijos. Es Cristo quien enfrenta mis problemas financieros, es Cristo quien enfrenta mis problemas de salud, es Cristo quien enfrenta toda mi vida, de tal manera que yo ya no vivo bajo criterios humanos.
Y no solamente eso, sino que dice la segunda parte del versículo 16: "Aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así." Hay un cambio radical en mi manera de pensar; aun la forma en que yo había oído de Cristo en el pasado, antes de pasar por la cruz, todo eso lo olvido, porque todo es radicalmente diferente ahora que he pasado por la cruz del Calvario. La cruz del Calvario me ha demostrado el amor de Cristo y me ha demostrado quién soy yo. La cruz del Calvario me hace recordar continuamente que yo estaba muerto en mis delitos y pecados, que no hay nada que rescatar de mi propia vida, sino que el Señor toma mi vida y la transforma, pero no para que viva yo, sino para que Él viva en mí. De tal forma que ahora podemos reconocer que somos siervos de Él. No existe otra opción más que ser siervos de Él.
Entonces, si alguien ya no está viviendo para sí, sino para aquel que murió y resucitó por él, entonces es una nueva criatura. Las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas. Si hay alguien que ha cambiado su modo de pensar de manera tan radical, después de haber descubierto el amor de Cristo en la cruz del Calvario, que ahora es una nueva criatura, las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas. Esa es la realidad del Evangelio.
Este pasaje solo funciona en la medida en que nosotros, de manera radical, hemos tomado la acción decisiva y decidida de hacer que Cristo viva en nosotros. Ya no vivo para mí, vivo para Él. Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Ya no tengo los ojos puestos en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, porque las que se ven son temporales y las que no se ven son eternas. De modo que ahora, estando en Cristo, las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas.
Pero mientras yo siga arrastrando mi muerto conmigo, entonces siempre el pasado va a volver a estar conmigo. Mientras yo siga viviendo con los mismos valores que tenía antes de Cristo, con mis mismos odios, con mis mismos principios, con mi misma manera de reaccionar ante mi esposa y ante las circunstancias, entonces nunca podré ser una nueva criatura en el Señor. Ser nueva criatura en el Señor involucra una decisión personal de decir, después de haber pasado por la cruz: "Señor, ya no vivo para mí, vivo para ti." Después de haber pasado por la cruz: "Señor, ya no puedo seguir pensando igual; ahora tengo que pensar diferente, porque ya no me baso en mis pensamientos, sino en los pensamientos de Cristo."
Y el apóstol Pablo concluye diciendo en el versículo 18: "Y todo esto procede de Dios." Esta definición radical no tiene que ver con nosotros; tiene que ver con un plan de Dios del cual nosotros no nos podemos sustraer. El apóstol Pablo dice: "He llegado a una sola conclusión: que si el creyente quiere ser una nueva criatura en Cristo, la única manera de poder hacerlo es que, de manera radical, ya no viva para sí, sino para Cristo." De manera radical cambia sus valores personales por los valores de Jesucristo. Y yo he descubierto que esto no es un asunto humano, sino que esto procede de Dios.
Esto viene de Dios, no es de los hombres. No es un asunto personal, no es una cosa que tú puedas negociar: que si lo vas a llevar al diez por ciento, que si al veinte por ciento, que "Señor, te entrego un poquito." Que "esto es solamente para los pastores y los ancianos, pero no para el resto." No. Este es un asunto que viene de Dios y que, por lo tanto, Dios lo demanda, y que es básicamente el secreto del ministerio de la reconciliación. El Señor nos ha reconciliado con Él, y al reconciliarnos con Él nos da la posibilidad de vivir conforme al plan original que el Señor tenía para sus criaturas humanas: que nosotros vivamos para Él y no para nosotros mismos.
El gran pecado original fue que los hombres dejaron de ver a Dios como el dador de la vida y creyeron que ellos podían gozar de su propia vida sin el consentimiento de Dios. Y eso es lo que nosotros muy continuamente hacemos. "Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación. A saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo rogamos: reconciliaos con Dios."
Hermanos, este acto fundamental de 2 Corintios 5:17 es el centro y el secreto de la reconciliación con Dios. Es la esencia de vivir reconciliados con el Señor. Cuando el Señor ocupa el centro de nuestra vida y el centro de nuestros pensamientos, nosotros podemos decir que si alguno está en Cristo, nueva criatura es.
Las cosas viejas pasaron, y he aquí que todas son hechas nuevas, porque el punto de partida es la cruz, porque allí en la cruz es donde todo es hecho nuevo. Y cada vez que nosotros volvemos a caer en el pasado, tenemos que volver a la cruz y declararlo muerto, para que la vida del Cristo resucitado vuelva a tomar posesión de nuestra muerte y nos entregue la vida que no es nuestra propia vida, sino la vida del Cristo resucitado. Esa es la realidad de la fe. Esa es la esencia del cristianismo: volver una y otra vez a la cruz para no vivir para nosotros, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros.
Ahora que vamos a volver a cantar, hermanos, que lo hagamos bajo esa convicción, bajo el temor de Dios. Porque Pablo dice: "Conociendo, pues, el temor de Dios", conociendo el temor de Dios de la manera en que nosotros estamos viviendo, de la forma en que nosotros estamos cantando, y que ese cantar implique justamente el ir a la cruz y volverle a decir al Señor: "Señor, ya no vivo para mí. Quiero vivir para ti."
Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.