IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Si realmente queremos vivir vidas plenas, necesitamos entender que la única vida digna de ser vivida es aquella que se vive bajo Cristo, sometida a su voluntad. El apóstol Pablo, después de dos capítulos enseñando doctrina a los colosenses sobre su posición en Cristo, pasa a la práctica con un llamado directo: si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba. Pero esta resurrección implica primero una muerte. Todo creyente, antes de disfrutar la salvación, debe morir: sus planes, sus anhelos, sus sueños han sido enterrados con Cristo. El ejemplo más claro es Saulo de Tarso, un fariseo perseguidor de la iglesia que, al encontrarse con Jesús camino a Damasco, murió para que resucitara Pablo, un hombre con nuevos propósitos que vivía solo para su Señor.
Buscar las cosas de arriba es como estar enamorado por primera vez: pensar constantemente en esa persona, querer agradarla, dedicarle tiempo. Es tener a Dios en el centro de todo, desde agradecer por el agua de la ducha hasta ver la imagen de Dios en los talentos de otros. Pero este mundo nos bombardea con anclas que nos mantienen pegados al suelo: el trabajo, la reputación, el temor por la salud, las posesiones. Como un globo que quiere volar pero está amarrado, necesitamos soltar esas cargas para elevarnos hacia donde Dios quiere que estemos.
La motivación para vivir así viene de una verdad esperanzadora: nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Nadie puede arrebatarnos de su mano. Y cuando Cristo sea manifestado, nosotros también seremos manifestados con él en gloria, revestidos de cuerpos incorruptibles, regresando con el Rey de reyes. ¿Qué más necesitamos para rendirle nuestra vida completamente?
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Ponderando, los niños van saliendo. Yo quisiera preguntarte el día de hoy: ¿por qué tú estás aquí? Una pregunta sencilla pero muy honesta, que tú te hagas: ¿cuál es la razón por la cual tú estás aquí en el día de hoy?
El martes pasado, el pastor Miguel compartía con nosotros, con los pastores, acerca de esta historia que escuchó de un pastor. Como él decía, un domingo donde él vio a Dios hablar a su congregación, donde él sintió que el pueblo de Dios adoraba el nombre del Señor, que la Palabra fue predicada. Después que él terminó de hablar, vio que todo el mundo se fue a sus casas hablando, como que no había pasado nada aquí. Y él decía así: nosotros venimos en domingo y simplemente venimos a reunirnos con los hermanos, venimos a escuchar la Palabra, venimos a cantar canciones bonitas, pero no venimos a que Dios nos transforme, no venimos a encontrarnos con Dios, no venimos a que el poder transformador de su Espíritu cambie nuestra vida. Estamos viniendo por las razones equivocadas.
Hermanos, si tú estás aquí en el día de hoy porque es lo que toca, porque es la costumbre, yo quiero invitarte a que te replantees el porqué estás aquí. Estamos aquí para encontrarnos con Dios, estamos aquí para que Dios nos hable. Yo quiero invitarte a que ahí donde estás, te tomes un segundo y puedas orar al Señor: "Señor, háblame. Que hoy sea un día donde tú puedas ministrar mi corazón. Usa las carencias del predicador para yo encontrarme contigo. Que hoy sea un día de transformación en mi vida." Ora al Señor ahora, toma un segundo antes de comenzar. Ora al Señor para que hoy sea un día donde su presencia manifiesta se haga presente en tu vida.
Benditos de Jesús, nosotros clamamos, Señor, que hoy sea un día donde tu gracia, que es suficiente, tu misericordia, que es más que abundante, se haga presente en medio nuestro. Que hoy podamos sentir, Dios, tu Espíritu tocando nuestros corazones, animándonos, motivándonos, confrontándonos, dando arrepentimiento a nuestras vidas, de forma tal, Señor, que al salir de aquí salgamos diciendo: "Hoy yo me encontré con mi Señor, hoy el Señor ministró mi corazón." Minístanos, Dios, en el nombre de Jesús, amén.
Bueno, ahora sí. Ya que estamos con las motivaciones correctas, yo quiero invitarte a que me acompañes a la carta a los Colosenses. Estaremos leyendo del capítulo 3, versículo 1 al versículo 4. Pero es importante que podamos entender qué ha venido pasando, por dónde el apóstol Pablo ha venido transitando antes de llegar a este capítulo 3.
En los dos primeros capítulos de Colosenses, el apóstol Pablo da una cátedra magistral de doctrina. Él les enseña a los colosenses acerca de lo que ellos deben creer, cómo ellos deben relacionarse con Dios, la posición que ahora tienen en Cristo, lo que Cristo es para ellos, las riquezas que encontramos en la obra de Cristo, nuestra identidad en Cristo, los privilegios que tenemos en Cristo. Todo eso lo encontramos en los primeros dos capítulos. Y ahora en los capítulos 3 y 4, el apóstol Pablo va a pasar a la práctica: en base a eso que leímos, que Dios ha hecho por nosotros, ¿cómo vamos a vivir?, ¿cuáles son nuestras responsabilidades ahora?, ¿cuál es la manera como el creyente se comporta a la luz de lo que es?
Sin embargo —y es un paréntesis aquí—, antes de entrar a la práctica, el apóstol Pablo hace referencia en el capítulo 2, versículos 16 al 24, a un llamado de advertencia a los colosenses. Él les recuerda que es engañoso, que es inútil el pensar que ellos pueden agradar a Dios, pueden honrar a Dios, pueden satisfacer las pretensiones de Dios basados en la dependencia de las obras de la carne, basados en ley de hombres. El apóstol dice: eso no va a funcionar nunca. Tú nunca vas a poder tener una buena vida, una vida plena, basándote en principios de hombres. La única vida digna de ser vivida es aquella que se vive bajo Cristo, bajo la instrucción de Cristo y sometida a la voluntad de Cristo. Y eso es lo que él va a enseñar ahora en el capítulo 3.
Es por esto que yo he titulado mi mensaje de hoy: "Viviendo la plenitud en Cristo." Porque si realmente tú y yo queremos vivir vidas plenas, si queremos vivir vidas gozosas —yo sé que usted quiere vivir gozoso, hermano, en paz; no tiene que decirme nada ni poner cara alegre porque yo lo sé—, todos anhelamos vivir vidas plenas, vidas gozosas. Pero si tú quieres eso, tú necesitas a Cristo. Tú necesitas conocerle a Él, que Él sea el eje sobre el cual gire toda tu vida.
Dicho eso, yo quiero invitarte a que me acompañes a Colosenses capítulo 3, versículos 1 al 4. Esta es la Palabra de Dios:
"Si ustedes han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las cosas de la tierra, porque ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces ustedes también serán manifestados con Él en gloria."
Hermano, si queremos disfrutar la vida que Cristo nos ofrece, lo primero que tenemos que entender es nuestra nueva realidad en Cristo. Vemos cómo aquí en el versículo uno el apóstol les dice a los colosenses: "Ustedes han resucitado." Él utiliza esta palabra "sí" no como una forma de poner en duda si ellos realmente habían sido resucitados, sino como una forma de recordarles, de enfatizar esa verdad: ustedes han resucitado. Es algo que el apóstol Pablo solía hacer: utilizar esta palabra "sí" para enfatizar cosas que Dios había dicho acerca de los suyos. Ustedes han resucitado, y ahora como resucitados, han sido llamados a vivir de cierta manera.
Pero quizás Edgar se preguntará: ¿cuál es la manera en que debe vivir como resucitado? Yo, Edgar, te voy a responder esa pregunta ahora, pero primero hablemos un poquito de qué implica que yo he resucitado con Cristo. Recuerden que el apóstol Pablo está hablando a los resucitados con Cristo, y lo que esto implica es que de una u otra manera yo soy un nuevo nacido, yo soy una nueva persona, yo soy un redimido salvado por Cristo, que ha muerto y que hoy día vive, no bajo la naturaleza antigua que tenía, sino bajo la naturaleza de Cristo.
La salvación, hermanos, que tú y yo recibimos implica una muerte, pero no solamente la muerte de Jesús; también implica mi muerte. No hay resurrección sin muerte. Todo creyente, antes de disfrutar la salvación, la vida plena que Cristo ofrece, debe morir primero. Y me atrevo a decirte esto, hermano: tú tienes que morir primero. ¿Qué implica morir? Bueno, que todo cuanto yo era, todo cuanto yo amaba, todo cuanto yo atesoraba ha sido enterrado con Cristo. Mis planes, mis anhelos, mis sueños han fallecido con Él.
Y esto es lo que pasa cuando yo rindo mi vida, cuando yo reconozco que soy un pecador que merece la condenación eterna, pero que Cristo, a través de su obra redentora, me ha dado perdón, y yo he decidido morir a mí mismo para resucitar en Él y ahora vivir como esclavo de Cristo. El mejor ejemplo de esto lo tenemos en el mismo apóstol Pablo. El pastor Miguel, cuando predicaba recientemente, nos recordaba cómo el apóstol Pablo, antes llamado Saulo de Tarso, era un fariseo, celoso de la ley, un perseguidor de la iglesia. Pablo tenía planes, tenía sueños, tenía ideales que perseguía. Él va camino a Damasco y en un momento se encuentra con Jesús, y ¿qué pasa? Inmediatamente Saulo muere y resucita Pablo: un hombre que ahora tiene otros planes, tiene otro propósito de vida; ahora él vive solamente para su Señor. Y eso es resucitar con Cristo.
Pablo, cuando habla de sí mismo en Gálatas 2:20, dice: "Con Cristo he sido crucificado." ¿Qué quiere decir? Con Cristo yo he muerto. "Y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." Los redimidos con Cristo, los resucitados con Cristo, tienen que morir con Cristo. Romanos 6:4 dice: "Por tanto, hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte, a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos para la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida."
Hermanos, si tú quieres vivir la vida de Cristo, tú tienes que morir. Si tú quieres recibir lo que Cristo gratuitamente te ofrece, tú tienes que negarte a ti mismo. Y esto es muy parecido a lo que pasa con una semilla: la semilla cae en tierra y, para poder dar fruto, tiene que morir. Da raíces profundas, un tallo que crece, del tallo crecen hojas verdes, de las hojas verdes crece el fruto. De la misma manera nos pasa a nosotros: si nosotros no morimos, no va a haber una nueva vida que dé fruto para Dios. Nosotros estamos llamados a morir, estamos llamados a vivir una nueva naturaleza porque somos nuevas criaturas.
Según 2 Corintios 5:17: "De modo que si alguno está en Cristo" —hermanos, y tú estás en Cristo— "dice la Palabra que tú eres una nueva criatura; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas." La comprensión y la apropiación de la muerte, el entierro y la resurrección de un creyente con Cristo es crucial para vivir la vida que Cristo quiere para nosotros. Hermanos, hasta que nosotros no entendamos que hemos muerto con Él, no vamos a poder vivir para Él y con Él, y eso es algo que tú y yo necesitamos entender.
Necesitamos morir con Él. Tú y yo somos unos extranjeros en este mundo, somos peregrinos en este mundo; nacimos aquí pero no pertenecemos aquí, y de esa manera es como nosotros debemos vivir. Tú y yo poseemos hoy una nueva naturaleza que nos debe invitar a no vivir con los ojos puestos hacia adelante ni hacia abajo, sino con los ojos puestos hacia arriba. La naturaleza que hoy tenemos nos invita a vivir así, buscando las cosas de arriba, y eso es lo que el apóstol Pablo le va a pedir ahora a los colosenses: "Como ustedes han resucitado, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios."
Esta palabra "busquen" en el original griego, *zeteo*, es una palabra que implica un imperativo, un mandato a una búsqueda continua. No es que yo tengo que buscar algo de manera puntual; es que yo tengo un estilo de vida de búsqueda. Todo lo que yo hago persigue eso. Mi naturaleza ahora es buscar, buscar, buscar, buscar. Los creyentes somos ahora buscadores de las cosas de los cielos.
Sin embargo, muchos nos preguntamos cómo se da esa búsqueda. ¿Es algo natural? ¿Debe ser algo que salga automáticamente? El pastor, la semana pasada, nos enseñaba acerca de cómo esta búsqueda es movida por un entendimiento correcto del carácter de Dios y del obrar de Dios. El pastor nos decía: "La búsqueda de Dios es motivada por el alma sedienta que toma en cuenta el obrar y el carácter de Dios manifestado en el pasado, lo trae a su presente y lo lleva a su futuro." El resucitado con Cristo es una persona que está supuesta a tener un alma sedienta, hambrienta por las cosas de Dios; una persona que sabe que todo lo que está a su alrededor no puede llenar su corazón.
Por esto, el llamado del apóstol Pablo aquí no es una opción: es un mandato. O lo hacemos o lo hacemos. Pablo sabía que este principio, por simple que parezca, era más poderoso que todas las reglas humanas que los colosenses o que los hombres pudieran idear: este principio de que debemos buscar a Dios sobre todas las cosas para satisfacer nuestra alma. El apóstol Pablo deseaba que sus lectores vivieran una vida caracterizada por una búsqueda continua de las cosas de Dios, sabiendo que estar ocupado en las cosas de Dios es estar ocupado en el que reina, estar ocupado en los propósitos de Dios, en los planes de Dios, en la instrucción de ese Dios.
Ahora, quizá alguno aquí se preguntará cómo luce eso. Quizá Daniel me dice: "Pero, ¿cómo luce eso en la práctica?" Muchos han comparado esto con cuando tú estás enamorado por primera vez. Aquellos que están recién noviando quizá me van a poder entender más que aquellos que tienen ya veinte años de casados, aunque quizá no debería ser así. Cuando tú estás recién enamorado, tus pensamientos continuamente se centran en esa persona que hizo que tu corazón latiera, que hizo que mariposas salieran en el estómago. Cuando tienes tiempo libre, tu mente se centra en esa persona; estás pensando cómo agradarla, cuándo la vas a poder ver. Cuando escuchas una música: "Wow, me acuerda a ella." Cuando ves el paisaje, igual.
Cuando tienen tiempo para compartir, todo el día están juntos: van a su casa, se convierten en amigos de los hermanos, se pasa la mañana en familia, comen, van a centros comerciales, hacen compras, llega la noche y cenan, todo el tiempo juntos. Cuando es hora de irte a la casa, lo primero que haces al llegar es coger el teléfono y llamarla. No sé si mi esposa me puede recordar, pero nosotros lo hacíamos así al principio. Ya no es así porque dormimos juntos, pero siempre está en el pensamiento.
Buscar las cosas de arriba, hermano, es estar tan enamorado de nuestro Dios que pensamos en Él todo el tiempo: contemplamos su belleza, saboreamos su perdón, recordamos su misericordia y su bondad para con nosotros. Este es Dios en el centro de todas las cosas. Cuando yo abro los ojos, digo: "Señor, gracias por un nuevo día." Cuando abro la ducha para bañarme: "Señor, gracias porque tú provees el agua." Cuando miro el cielo: "Señor, gracias por esta creación tan hermosa que tú has creado." Cuando yo trabajo, cuando me relaciono con mis hijos, cuando como, digo: "Señor, tú eres bueno en todo cuanto nos has dado."
Es más, cuando me siento a ver una película, cuando me siento a ver un deporte, cuando me siento a ver un artista cantando, yo puedo llevarlo a la vara de Dios y decir: "Señor, gracias por los dones y talentos que le has dado a esta persona." Yo puedo ver la imagen de Dios en el hombre y darle gloria a Dios por lo que le ha dado a ese hombre. Cuando yo estoy centrado en Dios, Él es el centro de mi vida. Hermano, recordemos que Satanás no ha creado nada; Satanás solamente ha distorsionado la creación de Dios. Por lo cual nosotros, como creyentes, estamos llamados a disfrutar de todo lo que Dios ha creado en libertad, siempre y cuando eso cumpla con un pequeño filtro que el apóstol Pablo le da a los corintios en 1 Corintios 10: "Ya sea que comáis o bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios." Eso es lo que estamos llamados a vivir: en libertad, dando gloria a Dios en todo lo que hacemos.
Además, buscar las cosas de arriba también es saber a quién representamos. Cuando se me ha intentado tentar a negar mi integridad por alguna conveniencia para facilitar un proceso, cuando se me ha intentado tentar a ver, decir o hacer algo indebido, yo tengo que recordar a quién yo represento, a quién es que yo busco constantemente.
No a uno que está simplemente gravitando en el cielo, es a uno que está sentado a la diestra de Dios, a Cristo mismo. Y es el llamado, la invitación del apóstol Pablo: busquen las cosas de arriba donde está Cristo sentado. Es interesante que estas dos palabras, estos dos verbos que usa el apóstol Pablo, "está sentado", están en presente. Es el acto actual, el acto de que Cristo está. Él está sentado a la diestra de Dios en una posición de privilegio, una posición de poder.
Y está ahí, dice el autor de Hebreos, no simplemente esperando. Él está intercediendo, él está ahí apelando por los suyos, él está ahí clamando por los suyos, y estará ahí hasta un día, hasta el día que venga a reclamar a los que son suyos. Y ese día se acerca prontamente.
Este llamado que el apóstol Pablo está haciendo a los resucitados con Cristo, Pablo sabe que es importante. Y por eso en el versículo 2 él vuelve a enfatizarlo. Ahora utiliza otras palabras; él dice: pongan la mirada en las cosas de arriba, no en las cosas de la tierra. No solo busquen las cosas de arriba, es que pongan sus ojos atentos a ellas, que se centre su vida en eso. No se dejen engañar mirando hacia otras direcciones, no se dejen seducir por las cosas que este mundo puede o trata de proveernos.
Quizás me dicen: "Pero pastor, es muy bonito, pero en la práctica nosotros somos tentados, bombardeados día y noche con cosas terrenales, con estatus que tengo que mantener, con seducciones externas. ¿Cómo lo hago?" Hermanos, si Dios nos ha llamado a hacerlo, tenemos la garantía de que Él nos va a dar la habilidad para cumplirlo. Y por eso Él nos ha dado no solamente su Palabra, sino que nos ha dado su Espíritu para guiarnos a toda verdad, de forma que nosotros podamos cumplir sus mandatos, cumplir sus preceptos.
Hermanos, pongan los ojos en las cosas de arriba, no en las cosas de la tierra, dice Pablo, porque él sabía que las cosas de la tierra nunca saciarán el corazón del hombre. La felicidad no está en lo que yo puedo poseer aquí. "Cuando me case, ya por fin voy a ser pleno." Ya, solo que después falta un hijo, acabar mi grado profesional, cuando me asciendan en el trabajo, cuando pueda comprar mi carro, cuando pueda comprar mi casa. Nada de eso llena el corazón del hombre. La única felicidad se encuentra en una relación de dependencia con Cristo; fuera de ahí todo es arena, fuera de ahí todo es nada.
Hace unos años yo me preguntaba por qué los países que son más ricos, aquellos países que tienen más estabilidad económica, más prósperos, son los países donde la tasa de suicidio y de insatisfacción son las más altas. No se supone que debería ser así. Ellos tienen todo lo que necesitan: las instituciones funcionan, en el supermercado hay de todo, no se va la luz —que eso ayuda a la felicidad—, siempre hay agua caliente, pero esos países viven con una tasa de insatisfacción que hace que los jóvenes hoy día estén incluso atentando contra sus propias vidas. Y te preguntarás: ¿por qué?
Esto se debe, hermanos, a que estos países ofrecen fuentes de agua que no llenan el corazón, fuentes de agua que no sacian al hombre. El hombre fue creado para estar en relación con su Dios. Desde que Adán pecó y eso se separó, el hombre está en constante búsqueda de esa satisfacción, pero esa satisfacción solamente se encuentra en el origen: volviendo a Dios. Y eso se logra a través de Cristo. Solo Cristo es el agua que nosotros podemos tomar que saciará nuestra sed.
Cuando Jesús se encuentra con la mujer samaritana, Él le dice en Juan 4:13-14: "Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna." Todo lo que este mundo, hermanos, nos dará nos dejará más sedientos. Es como cuando bebemos agua salada: por más agua que beba, más sed tengo, más sed tengo, más insatisfecho estoy, porque las cosas que este mundo provee nos dejan vacíos.
Es por esto que Cristo nos exhorta más adelante en el Sermón del Monte: "¡Quiten los ojos de las cosas de este mundo, quiten los ojos de las cosas terrenales! Todo eso va a pasar, todo eso dejará de ser." Mateo 6:19-21, Cristo hablando: "No acumulen para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen y donde los ladrones penetran y roban, sino acumulen tesoros en el cielo, donde la polilla y el óxido no destruyen y donde los ladrones no penetran ni roban, porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón."
Hermano, este mundo está interesado en robar nuestro corazón, y para eso nos ha ofertado un sinnúmero de tesoros que nos han hecho quitar la vista de las cosas de arriba y nos han centrado en las cosas de la tierra. ¿Cuántos de los que estamos aquí no estamos desperdiciando nuestra vida persiguiendo lo que este mundo puede ofrecer? ¿Cuántos de los que estamos aquí no estamos dando nuestros mejores tiempos, nuestros recursos, nuestras fuerzas para cosas que van a perecer, para cosas que quizás en nuestros hijos darán continuidad? Y Cristo nos exhorta: hagan tesoros donde la polilla no corroe, hagan tesoros en los cielos.
Esta invitación del apóstol Pablo a que pongamos los ojos en las cosas de arriba y no en las de la tierra —sabiendo que las de la tierra pasarán, sabiendo que lo que hay aquí en la tierra solamente carga nuestro corazón, solamente nos llena de preocupación, solamente nos hala más abajo, más abajo, más abajo— nos recuerda que las cosas que este mundo ofrece, inclusive las legítimas, alejadas de Dios lo único que hacen es drenar nuestro corazón y llenarnos de preocupación. Y muchos de nosotros hoy día, en vez de estar volando alto, estamos pegados al suelo por las preocupaciones constantes, por el peso constante que cargamos en nuestros hombros por las cosas de este mundo.
Y la invitación del apóstol Pablo es: "¡Eh, no se preocupen por estas cosas!" Mateo 6:31 y 34: "No se preocupen diciendo: '¿Qué comeremos, o qué beberemos, o cómo nos vestiremos?', porque los gentiles, los que no conocen a Dios, buscan ansiosamente todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes necesitan todas estas cosas." Y aquí viene la instrucción para nosotros: "Busquen primero su reino y su justicia, y todo lo demás, todas estas cosas, les serán añadidas. Por tanto, no se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástele a cada día su propio problema."
La exhortación de Cristo no es que nosotros nos vayamos a sentar ahora y digamos: "Bueno, ya yo no voy a trabajar porque Dios va a proveer y no voy a hacer nada." No, no es eso. Lo que nos invita es: enfócate en lo que tiene valor eterno, enfócate en las cosas de arriba, en mi reino y en mi justicia, y yo me encargaré de suplir para ti, yo me encargaré de que todas las demás cosas te sean añadidas.
Hermano, recuerda esto: todo lo terrenal es temporal, todo lo terrenal va a pasar, dejará de ser. Por lo cual no debemos dejar que lo terrenal nos consuma como nos está consumiendo. J. C. Ryle, que fue un pastor anglicano que impactó mucho la iglesia en Inglaterra y cuyos libros han ministrado nuestras vidas y que seguimos leyendo, decía: "Las casas en que vivimos, las cosas que amamos, las riquezas que acumulamos, las profesiones que seguimos, los planes que formulamos, las relaciones que tenemos, son solo por un tiempo. Lo que se ve es temporal; este mundo en su forma actual está muriendo."
Y lo peor de todo no es solamente que está muriendo, sino que nos está matando a nosotros también, porque nos está cargando de preocupaciones y ansiedades que no nos permiten hacer las cosas que Dios quiere que hagamos. Yo quiero invitar a la hermana que pasó por aquí, que me trajo algo para hacer una ejemplificación de cómo esto se ve en la práctica.
Aquí tenemos este globo. Este globo representa nuestra vida. Nosotros estamos llenos por el poder del Espíritu Santo en nosotros, que quiere despegar, quiere volar a las alturas, en el ecosistema que Dios ha creado para que nosotros estemos, donde disfrutemos de Él, donde podamos gozarnos eternamente, donde podamos ver inclusive las cosas de este mundo con una perspectiva eterna. Sin embargo, en nuestra vida hay anclas que nos mantienen atados, que nos mantienen abajo, que no nos permiten volar.
Cosas como nuestras posesiones, como nuestro trabajo. Cuando yo vengo a la Palabra y digo: "Señor, Tú dijiste en tu Palabra que no es justo el que es amparado ni que su familia mendigue pan, que todas las cosas materiales que yo puedo tener al final son algo que va a perecer." Cuando yo tengo una perspectiva clara y quito esas amarras, yo puedo volar un poco más alto.
Cuando yo hago mis relaciones —relación con mis hijos, con mi esposo— y digo: "Señor, yo confío en ti; al final Tú eres quien me los has dado, Tú los guardarás. Yo solamente quiero ser fiel para ti, instruir fielmente a mis hijos y ser un esposo o una esposa que glorifique tu nombre." Cuando yo me libero de la preocupación de lo que el mundo quiere pintarnos que es un matrimonio, que es una familia, y quiero hacer las cosas a la manera de Dios, yo vuelo más alto.
Cuando yo me libero de la carga de la reputación —qué piensan los hombres de nosotros, qué dice la gente que yo soy— y recuerdo lo que Dios ha dicho que soy: que soy un escogido, un perdonado, un hijo de Dios, que soy parte de una nación santa, un pueblo adquirido para posesión de Dios, cuando yo me libero de esas cosas, yo puedo seguir volando más alto. Cuando yo quito de mi mente el temor en relación a la salud, la salud de mis hijos, mi propia salud, y reconozco que voy a partir el día que Dios quiera.
Yo voy a pasar la presencia del Señor. Cuando Dios me llame, mis hijos están en manos de Dios, su salud está en manos de Dios, la salud de los míos está en manos de Dios. Cuando yo me libero de toda la preocupación que el mundo me da, yo puedo volar y volar alto, alto, alto, alto, alto, alto. Volar a donde Dios quiere que yo vuele y vivir de la manera que Dios quiere que nosotros volemos.
Hermanos, nosotros estamos hoy día viviendo con cargas que no nos permiten cumplir el llamado y la voluntad de Dios. Al poner los ojos en las cosas de arriba encontramos una perspectiva más clara de la vida. Entendemos que todo lo que hoy pudiera ser prioritario para nosotros, para muchos de nosotros, mañana no tendrá valor. Es por eso que el apóstol Pablo exhorta a los corintios en 2 Corintios 4:18 a no poner la vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, sabiendo que las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.
Hermano, todo lo que este mundo puede proveer es una estrella fugaz, rápido se va. Y este pensamiento también vamos a aplicarlo para nosotros de otra manera, de otro punto de vista. Este pensamiento también debería darnos esperanza a nosotros los creyentes, porque como este mundo es temporal, las pruebas, aflicciones y conflictos que nosotros sufrimos en esta vida también son temporales. Pronto terminarán. Un día terminarán.
Esta semana me visitó en la iglesia un hermano, y él me dijo: "Pastor, yo quiero verle." Llegó a mi oficina y él se veía muy atribulado, muy cargado. Cuando hablamos, él me dice: "Pastor, yo he sido un empresario exitoso, Dios me ha bendecido de muchas maneras, pero hoy día mi negocio está a punto de quebrar, porque yo no estoy dispuesto a negar mi integridad y pagar para que yo pueda vender en ciertos lugares. No estoy dispuesto a eso. Y hoy día prefiero cerrar mi negocio si es necesario por eso." Este hermano está sufriendo, y se veía su cara de agonía, de tribulación, y él venía buscándome dirección.
Y yo creo que es un momento para mí pesado como pastor, pero al mismo tiempo fue un momento de sumo gozo. Y yo le decía a este hermano: "Hermano, yo sé que estás pasando por un momento de agonía, pero gloria a Dios por tu vida. Porque dice la Palabra que a nosotros no solamente se nos ha concedido creer en Cristo, también se nos ha concedido sufrir por Él. Y tú estás sufriendo hoy como demostración de que tú amas a tu Señor y estás dispuesto a padecer por Él." Esa aflicción de este mundo también pasará. Pronto pasará.
Y pronto nosotros estaremos con las cruces que estamos llamados a tomar cada día, poniéndolas a los pies de Cristo, recibiendo coronas que Él nos dará y disfrutando de Él eternamente. Ese día llegará. Cuando podamos dejar nuestras cruces, recibir nuestras coronas y alabar a nuestro Dios.
Al llegar a este punto, que ha sido una revisión muy rápida de nuestras vidas, yo quisiera preguntar. Y no quiero que lo tomen a la ligera. Recuerda aquella oración que al inicio hicimos y le pedíamos al Señor: "Señor, que hoy sea un día donde tú puedas hablarme al corazón, que hoy sea un día donde yo pueda sentir tu presencia." Yo quiero preguntarte hoy, antes de pasar al próximo punto: ¿Qué estás buscando tú delante de Dios? No tienes que responderme a mí. ¿Qué es lo que estás persiguiendo? ¿Dónde están puestos tus ojos?
Déjame darte dos preguntas que te pueden ayudar a evaluar. Primero: ¿cómo estás gastando tu dinero? Lo que hacemos con nuestro dinero muestra las cosas que valoramos. Segundo: ¿cómo estamos manejando nuestro tiempo? Nosotros vemos muchas veces nuestras agendas que están muy cargadas, porque tengo un compromiso con los niños, tengo otro compromiso con el trabajo, tengo esta o aquella actividad que no la puedo dejar. Son responsabilidades. Nuestro tiempo está lleno muchas veces en nuestro calendario. Pero hay cosas que no importa cuán lleno esté el calendario, siempre hay espacio para eso.
Las cosas a las que nosotros dedicamos tiempo y dinero muestran nuestra verdadera razón, muestran realmente dónde está nuestro tesoro. Hoy es una buena oportunidad para, antes de salir de aquí, este domingo, evaluar nuestras vidas. Identificar cuáles son aquellas cosas que me han robado el tiempo que yo puedo dedicar a mi Señor, los recursos que yo tengo para mi Señor, cuáles son aquellas cosas que hoy día han acaparado mi corazón. Y si luego de hacer eso encuentras una lista, como yo puedo encontrar aquí una lista, la invitación es que vengamos a los pies de la cruz, pongamos esas cosas a los pies de la cruz y pidamos perdón por eso. Y pidamos perdón porque hemos cambiado a Dios por otras cosas. Hemos puesto otras cosas en el trono de Dios. Hoy es un día para hacer algo como eso. Hoy es un día para nosotros poder decidir vivir centrados en Él, como el Señor nos manda a través del apóstol Pablo.
Pablo sabía que esta era una petición fuerte, y yo no quiero minimizar eso, y el apóstol Pablo tampoco lo hace. Es una petición pesada, y es por esto que él les da a los colosenses, en el versículo 3, una razón para hacer esto y un estímulo. Él les dice: "Porque ustedes han muerto." Esa es la razón para poner mis ojos y buscar siempre las cosas de arriba: porque yo he muerto, porque ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.
En esa razón está el fundamento por el cual nosotros podemos cumplir el mandato de Colosenses 3:1-2, ese llamado de buscarle a Él por sobre todas las cosas. Es que nosotros estamos muertos, posicionalmente muertos para el mundo y sus atracciones magnéticas. Estamos muertos a todo lo que el mundo nos rodea, o deberíamos estarlo, aunque lamentablemente muchos de nosotros estamos muy vivos. Pero ese es el llamado: estar muertos a todo lo que hay en este mundo, a la pasión de la carne, a la pasión de los ojos, a la arrogancia de la vida. Esto no debería tener poder sobre nosotros. Esto no debería tener influencia sobre nosotros. Tu yo ahora está llamado a vivir como muerto, bajo el control del Espíritu Santo. Realmente muchas veces parecemos más vivos que los que están afuera, que viven contrario a la voluntad de Dios.
Pablo sabe nuestra condición, Dios conoce nuestra condición. Por eso nos viene a recordar: tú estás muerto. Pero no solamente nos recuerda que estamos muertos, sino que también nos da una de las declaraciones más esperanzadoras que podemos encontrar en todas las Escrituras. Él no simplemente nos deja con un "tú estás muerto." No. Él dice: "Tú estás muerto, pero recuerda esto: tu vida está escondida con Cristo en Dios."
Hermanos, si tú has resucitado con Cristo, si tú eres como la semilla que cayó en tierra, murió y está dando frutos ahora, echando raíces, creciendo, tu vida está escondida en Cristo. Quiere decir que nuestra vida está guardada, asegurada, encerrada junto con Cristo en Dios. Y ningún ladrón infernal, por muy poderoso que sea, podrá arrebatarnos de ahí. Nuestra vida está garantizada en Él.
Esa es una verdad que el apóstol Pablo sabía. Cuando él escribe su última carta, su testamento a Timoteo, en 2 Timoteo 1:12, él le dice: "Timoteo, sufro estas cosas, sufro la aflicción de este mundo, pero no me avergüenzo, porque yo sé en quién he creído, y estoy convencido de que Él es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día." Pablo sabía que el Dios en quien él había creído, aquel que había dado su vida por él, no solamente era poderoso para librarlo de las situaciones que él pudiera estar viviendo en el momento. No. Era poderoso para guardarlo hasta el día que Cristo regresara por él y por nosotros.
Los creyentes estamos guardados, asegurados en las manos de Cristo. Miren cómo Juan lo dice: Cristo hablando en Juan 10:28: "Yo les doy vida eterna y jamás perecerán." Dice Cristo, Él nos da vida eterna y jamás perecerán. Y añade en esa declaración: "Y nadie los arrebatará de mi mano. Nadie los arrebatará de mi mano." Nadie puede separarte del amor de Dios en Cristo, ni la vida, ni la muerte, ni ángeles ni principados, ni potestades, ni poderes de lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada puede separarte del amor de Dios en Cristo Jesús. ¿Nadie? Nadie. Ni siquiera tú mismo puedes separarte del amor de Dios en Cristo Jesús.
Nosotros estamos escondidos en Cristo, asegurados en Cristo, y así estaremos hasta la manifestación gloriosa de nuestro Señor. Versículo 4: "Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces ustedes también serán manifestados con Él en gloria."
Y aquí hay dos verdades que yo quiero resaltar para ir cerrando. La primera es que Pablo nos recuerda que Jesús es nuestra vida. Él no es una parte importante en nuestra vida, Él no es la parte más importante en nuestra vida: Él es nuestra vida. Cristo es nuestra vida. Hermano, la clave para vivir la plenitud de Cristo es que Él sea el centro de todo lo que hacemos. Nosotros cantamos, y yo los he visto cantando con las manos arriba, diciendo "vivir es Cristo, vivir es Cristo." Para nosotros poder vivir el gozo que Él nos ofrece, para poder encontrar el propósito de este lado de la gloria, Cristo tiene que ser nuestra vida.
Porque al final todo se trata de Cristo, incluso la vida eterna se trata de Él. Juan 17:3, Cristo hablando: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado." Cristo es la vida, Cristo tiene que ser nuestra vida, y si no lo tenemos a Él, no tenemos nada. Así lo plantea Juan cuando escribe su primera carta, en el capítulo 5, versículos 11-12: "Y el testimonio es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida."
Hermano, al final todo se trata de Cristo. Entendamos eso: no se trata de ti, no se trata de mí, no se trata de lo que podamos hacer, lo que podamos lograr, de nuestras bendiciones ni de nuestra aflicción. Se trata de Cristo. Y el apóstol Pablo sabía tanto eso, que no sé si te diste cuenta, pero en estos cuatro versículos que leímos, solamente cuatro, él ha dicho que nosotros hemos resucitado con Cristo, que busquemos las cosas donde está Cristo, que estamos escondidos con Cristo, y ahora en el versículo 4, que esperemos cuando Cristo sea manifestado. Al final, la plenitud se vive en Cristo, y esto debe ser nuestra vida. Eso nos dice el apóstol Pablo: cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado.
La segunda señal que quiero ver aquí brevemente es que el apóstol Pablo no nos dice "si Cristo es manifestado", como si hubiera una probabilidad de que Cristo sea manifestado. Él nos dice "cuando Cristo sea manifestado", dándonos la garantía de que nuestro Señor regresará. Cuando Cristo sea manifestado, nosotros, ustedes también, serán manifestados con Él en gloria. Él nos lanza toda su fuerza en una promesa: Cristo regresará. Cristo volverá, y nosotros estaremos con Él, y no estaremos luciendo estos cuerpos caídos, sino unos cuerpos glorificados para Él y por Él.
¿Cómo va a lucir esto? El apóstol Pablo, cuando escribe a los corintios, en 1 Corintios 15:51-54, dice así: "Les digo un misterio." Otro misterio. ¿Cómo va a lucir esto? Es un misterio. "No todos dormiremos, pero todos seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta de Dios, pues la trompeta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad. Pero cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: 'Devorada ha sido la muerte en victoria.'"
Hermanos, nosotros vamos a ser revelados con Cristo y vamos a ser revelados con la gloria de Cristo. Este cuerpo mortal, este cuerpo caído, será revestido por la naturaleza pura de nuestro Señor. John Lightfoot, quien fue un erudito inglés, vicerector de la Universidad de Cambridge en 1699, tiene una cita que yo leí mientras estudiaba y no pude dejarla fuera. Él decía: "El velo que actualmente cubre nuestra vida será retirado. El mundo que ahora nos persigue, desprecia e ignora, en ese momento, en el momento cuando seamos manifestados con la gloria de Cristo, quedará pasmado por la deslumbrante gloria de nuestra revelación en Cristo." Y ahí, con esa nueva naturaleza, con ese nuevo cuerpo brillando en gloria, regresaremos con Él, regresaremos con nuestro Señor.
Pero, saben qué, hermanos, el Señor no va a regresar como vino la primera vez. Él no va a regresar como un siervo sufriente, viniendo en un burrito. Él va a regresar como un rey, como un rey de gloria, y nosotros regresaremos con Él. Juan, en Apocalipsis 19, viendo esto que va a pasar, dice: "Vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco. El que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero; con justicia juzga y hace guerra. Sus ojos son como llama de fuego." Los ojos de Cristo vendrán como llama de fuego. "Y sobre su cabeza hay muchas diademas. Tiene nombres escritos que nadie conoce sino Él. Estaba vestido con un manto empapado en sangre, y su nombre es el Verbo de Dios." Así vendrá Cristo.
Y nosotros, que vendremos con Él, ¿cómo vendremos? "Los ejércitos que están en los cielos," nosotros cuando regresemos, "vestidos de lino fino, blanco y limpio, le seguían" — le seguiremos — "sobre caballos blancos." Cuando Cristo sea manifestado, y nosotros con Él, el mundo entero verá a Cristo como realmente es: como el Rey de gloria, y a nosotros como sus siervos fieles, que ahora han sido revestidos de su gloria y que irán eternamente para honrarle y exaltarle por lo que Él es, por lo que Él ha hecho y por lo que Él hará.
Yo quisiera preguntarte, al cerrar este mensaje en el día de hoy: ¿Qué más motivación necesitamos para rendir nuestra vida? ¿Qué más necesitamos para buscarle de todo corazón, para que nuestros ojos estén solamente centrados en Él? ¿Qué más debe Él hacer para hacernos entender que Él es nuestra vida, que fuera de Él no hay nada, que todo lo que el mundo puede proveer nos dejará así, que todo es arena, que es solo Cristo, y solo en Él podemos tener esperanza? ¿Qué más?
Amado, si te está costando disfrutar la plenitud que hay en Cristo, si estás batallando todavía con dejar ciertas cosas porque hay inseguridad y tienes ese peso que te mantiene abajo, pídele al Señor que te dé la fe que necesitas para poner tu gozo solo en Él. Que Él te dé la fe para que tú puedas verte como lo que eres: un resucitado, un muerto que ha sido vivificado en Cristo. Que Él te dé la fe para creer que solo Él tiene el agua que puede saciar tu sed. Que Él te dé la fe para que las cosas de este mundo, los bombardeos de este mundo, no te arrojen ni te seduzcan, y tú fácilmente puedas decir: "No, mis ojos están en Cristo." Fe para atesorar las promesas de que hemos muerto y estamos escondidos en Él. Fe para esperar pacientemente el día glorioso cuando nuestro Señor regrese y nosotros seamos manifestados con Él.
La invitación para nosotros en el día de hoy es que corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, la carrera de la fe, poniendo los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, entendiendo que solo por sus méritos, solo por su obra, solo en Él nosotros podemos encontrar el deleite para nuestras almas. Fuera de Cristo, apartados de Cristo, no hay nada que llene nuestro corazón.
Padre, gracias. Gracias por traer esta palabra a mi vida y a nuestras vidas. Gracias por recordarnos, Señor, quién es Cristo. Padre, es nuestro anhelo que tu iglesia pueda escuchar tu voz y que, como oramos al principio, tu presencia manifiesta se haga sentir en medio de nosotros. Ayúdanos, Señor, a cortar amarras, a soltar cadenas. Ayúdanos a tomar decisiones que muestren que nuestro corazón, que nuestro mayor tesoro, que nuestra vida es Cristo. Señor, en tu nombre oramos. Amén.
Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal, de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.
Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.