IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Sandra J. Viau Majluta • 4 octubre, 2022
«Sean agradecidos» (Col. 3:15). Con esa sencilla orden, el apóstol Pablo resume una actitud que debería marcar toda la vida cristiana. Sin embargo, es fácil dar por sentado aquello que más nos ha costado construir. Dentro de las bendiciones más profundas que un creyente puede recibir se encuentra la de contar con personas dispuestas a caminar a su lado: personas que aman a pesar de las fallas, que desafían a crecer, que ayudan a identificar el pecado y que sostienen cuando el camino se vuelve demasiado pesado para recorrerlo solo.
Revisando las Escrituras, encontramos ejemplos de relaciones valiosas entre creyentes a través de las cuales Dios obraba y forjaba el carácter de unos por medio de otros. Algunas de estas relaciones duraron períodos breves y precisos; otras se extendieron por el resto de la vida. En todas ellas, el Señor era el hilo conductor.
Uno de los ejemplos más hermosos de fidelidad y compañerismo en la Biblia es el de Rut y Noemí. Después de enviudar, ambas eligieron permanecer juntas, sostenidas por una lealtad que iba más allá de las circunstancias. «Pero Rut le respondió: No insistas en que te deje o que deje de seguirte; porque adonde tú vayas, yo iré, y donde tú mores, moraré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios» (Rut 1:16). Noemí instruyó a Rut con sabiduría, enseñándole a ser prudente y diligente; Rut, por su parte, la amó como una madre y, por el bien de ambas, actuó con valentía en un momento decisivo.
Del mismo modo, la relación entre María y su prima Elisabet ilustra cómo Dios puede unir a dos personas en torno a un propósito común. En el período en que ambas llevaban embarazos cargados de fe y de significado profético, se sostuvieron mutuamente (Lc. 1:39–56). No enfrentaron solas lo extraordinario que Dios había dispuesto para cada una.
Por su parte, el apóstol Pablo ejemplifica de manera admirable lo que significa acompañar a otros en su crecimiento espiritual. En sus cartas, intercedía por los creyentes, los instruía en la fe y los llevaba en su mente y en su corazón, aun cuando él mismo enfrentaba momentos de gran adversidad. Para Pablo, cualquier esfuerzo y sacrificio era pequeño con tal de ayudar a madurar a sus hermanos en Cristo.
Este patrón no se limita a las páginas de la Biblia. Muchos creyentes pueden dar testimonio de cómo Dios, en su fidelidad, ha traído personas clave en distintas etapas del camino. Algunos han encontrado en figuras mayores un modelo de amor por la Palabra y pasión por el evangelio que los retó a esforzarse por ser personas conforme al corazón de Dios. Otros han sido acompañados por mentores —muchas veces sin ese título formal— que siguieron el llamado que describe Tito 2:3–5: «Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta… Que enseñen lo bueno, para que puedan instruir a las jóvenes». Estas personas caminaron al lado de quienes lo necesitaban en la preparación para el matrimonio, en la maternidad, en tiempos de enfermedad o de pérdida, siempre estimulando a mantener la mirada en Cristo y a confiar en su soberanía.
En ocasiones, el estímulo llegó a través de palabras de exhortación o de un tiempo dedicado juntos al estudio de la Palabra o a la intercesión. En otras, se manifestó en algo más concreto y visible: alguien que ayudó a cargar el peso de una circunstancia angustiosa para que no venciera la esperanza ni socavara la fe. Como el Cireneo que ayudó a Jesús a cargar la cruz, hay personas que «llevan los unos las cargas de los otros» y cumplen así la ley de Cristo (Gál. 6:2).
Así como la leña de una hoguera necesita mantenerse cerca para que la llama prevalezca, de igual modo necesitamos de otros creyentes para permanecer firmes en la fe que hemos profesado y lograr crecer a la estatura de Cristo.
Lo cierto es que una parte importante del proceso de santificación se da mediante las relaciones significativas que el creyente va desarrollando a lo largo del camino. Por eso, la Escritura no lo deja como sugerencia: «Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros» (Heb. 10:24–25). Y más aún: «Les exhortamos, hermanos, a que amonesten a los indisciplinados, animen a los desalentados, sostengan a los débiles y sean pacientes con todos» (1 Ts. 5:14).
Contar con personas que, con su ejemplo, guíen, acompañen, instruyan y sostengan en las distintas etapas de la vida es algo que todo creyente debe procurar recibir, pero también estar dispuesto a ofrecer. Este es un llamado para todos.
Antes de seguir adelante, vale la pena detenerse ante algunas preguntas concretas: ¿Eres consciente de la responsabilidad de estimular a otros en el amor para que crezcan y se comprometan con Dios por encima de todo (Fil. 2:4)? ¿Estás viviendo a la altura de ese llamado, siendo un imitador de Cristo para que, al verte, otros quieran ser como Él (1 Co. 11:1)? ¿Has sido intencional en agradecer a quienes han impactado tu vida espiritual? ¿Has retribuido de algún modo el sacrificio de quienes decidieron acompañarte en esta carrera?
Este puede ser un buen día para hacer exactamente eso: una llamada, un mensaje, un gesto de amor que diga gracias a quien caminó a tu lado. «Siempre doy gracias a mi Dios por ustedes» (1 Co. 1:4).
Sandra J. Viau Majluta es sierva escogida desde la eternidad y salva por gracia desde su infancia. Consejera y psicóloga familiar, dedicada a ser instrumento de Dios para restaurar mujeres heridas. Miembro de la IBI por más de veinte años. Madre de dos jóvenes.
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