IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Letícia Alvares en Pexels
Sandra J. Viau Majluta • 30 agosto, 2022
La palabra hogar evoca en nosotros sentimientos sublimes: amor, calidez, compañía, ternura, apoyo y seguridad. Sin embargo, esta no es la experiencia de todos los que vivimos en este lado de la gloria. Para algunos, el hogar representó —o se ha convertido en— un referente de soledad, maltrato o dolor. La realidad del creyente es que nuestro verdadero hogar nos espera en la morada eterna junto a Dios. Como dijo el pastor Billy Graham: «Mi hogar está en el cielo; yo solo estoy viajando por este mundo». Pero mientras llegamos allí, tenemos la oportunidad de construir no solo una casa, sino un lugar que podamos llamar hogar.
El origen de esta palabra se remonta al latín focāris, derivado de focus, que en español se traduce como fuego. En la antigüedad, las casas tenían una hoguera que representaba el área central del hogar, en torno a la cual la familia se reunía, ya fuera por tradición o por necesidad práctica: proveer luz y calor. Hoy, cuando hablamos de hogar, nos referimos más bien al domicilio familiar y al ambiente que lo envuelve. Y es precisamente en esa imagen —la del fuego central que ilumina y calienta— donde encontramos una verdad profunda para el cristiano.
Independientemente de la etapa de vida en que nos encontremos —solteros que conviven con sus padres ya en la vejez, casados con varios hijos, o quienes viven solos y reciben visitas esporádicas de familiares— todos tenemos un hogar. Ese lugar al que regresamos después de un largo día de trabajo o estudio no es solo una casa; también debe ser, y puede serlo, un hogar en el sentido más pleno de la palabra.
Como creyentes, Dios nos ha entregado el don de ser dadores de vida, un don que va mucho más allá de la paternidad o la maternidad biológica. Tiene que ver con ser testigos fieles de Cristo que proclaman la verdad del evangelio para que quienes están muertos en sus delitos puedan nacer de nuevo (Ef. 2:1). Tiene que ver con servir, entregarse y dar lo mejor por el bien de otros; con cultivar una actitud de mansedumbre y una vida basada en la piedad que proyecte amor, gratitud, paz y gozo en medio de un mundo cargado de pesares. Tal vez no lo habías visto de este modo, pero en tus manos —y en las mías— está la capacidad de hacer la diferencia, para que el lugar en el cual vivimos mientras estamos de paso en esta tierra sea un espacio acogedor y cálido que apunte a cada uno de sus miembros hacia el hogar celestial.
Hoy en día ya no se requieren hogueras de leña para iluminar o calentar las noches en la mayoría de los hogares. Pero como cristianos sí necesitamos la luz: «Y la luz mora con Él» (Dn. 2:22). Y también necesitamos el fuego que viene de una relación íntima con Dios: «Por lo cual te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos» (2 Ti. 1:6). Dependemos del Espíritu Santo para mantener resguardadas nuestras familias de la influencia de un mundo contrario a Dios y de las acechanzas de un enemigo que solo busca destruir.
Algunas formas concretas de cultivar ese fuego en el hogar son las siguientes:
En tus manos está la capacidad de hacer la diferencia, para que el lugar en el cual vives, mientras estás de paso en esta tierra, más que una habitación o vivienda, sea un espacio acogedor y cálido que pueda apuntar a cada uno de sus miembros hacia el hogar celestial.
Te animo a que, a partir de hoy, puedas levantar acción de gracias a Dios por el hogar que te ha concedido, aun si no fue el que deseaste o te esforzaste en construir. Que cualquier carencia o desencanto en torno a este tema pueda opacarse ante un corazón que escoja ser agradecido por lo que Dios ha hecho o permitido, por lo que ha dado o retenido. Porque la gran verdad es que un día, cuando lleguemos a su presencia, habremos llegado a nuestra morada eterna; aquella a la que, sin temor ni un ápice de insatisfacción, podremos llamar el verdadero hogar: «Porque sabemos que si la tienda terrenal que es nuestra morada es destruida, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha por manos, eterna en los cielos» (2 Co. 5:1).
Sandra J. Viau Majluta es sierva escogida desde la eternidad y salva por gracia desde su infancia. Consejera y psicóloga familiar, dedicada a ser instrumento de Dios para restaurar mujeres heridas. Miembro de la IBI por más de veinte años. Madre de dos jóvenes.
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