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Algunos principios básicos de interpretación bíblica
Algunos principios básicos de interpretación bíblica

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Teología y doctrina

Algunos principios básicos de interpretación bíblica

Joel Peña 27 septiembre, 2022

No todos los que se acercan a la Biblia reciben instrucción sobre cómo estudiarla, entenderla y aplicarla fielmente. Ese fue el caso de muchos creyentes durante sus primeros años de fe, y posiblemente también el tuyo o el mío. El problema de acercarse a la Palabra sin ninguna pauta es que se cometen errores al interpretar el texto, y esos errores nos llevan a depender más de la opinión ajena que de un encuentro directo con la verdad de Dios. Por eso es valioso aprovechar cada oportunidad que la iglesia local ofrece para instruir a sus miembros en este sentido.

El objetivo de este artículo no es agotar todo lo que involucra una correcta y fiel interpretación de las Sagradas Escrituras, sino compartir algunos principios elementales que nos ayuden a no tener de qué avergonzarnos ante Dios, porque hemos aprendido a manejar con precisión la palabra de verdad (2 Tim. 2:15). Probablemente hayas escuchado frases como estas: «Esa es tu interpretación», «Esto es lo que la Biblia significa para mí» o «Se puede hacer que la Biblia diga lo que uno quiera». Esas afirmaciones son posibles cuando se aborda la Escritura sin principios interpretativos y cuando se olvida el tipo de libro que la Biblia es. Veamos, entonces, cuatro principios básicos de interpretación bíblica.

Lo esencial de la Palabra está suficientemente claro

Este primer principio se conoce como la perspicuidad de las Escrituras, y perspicuidad simplemente significa «claridad». Una de las enseñanzas esenciales que está suficientemente clara en la Palabra es la relativa a la salvación: cómo el ser humano puede ser salvo. Existen, ciertamente, otras materias de mayor complejidad —como el orden exacto de los acontecimientos al final de los tiempos—, pero el desconocimiento de esos detalles no compromete la salvación ni la relación con Dios.

Los propios autores bíblicos reconocieron con honestidad que la Escritura contiene temas difíciles. El apóstol Pedro señala: «[En las cartas de Pablo] hay algunas cosas difíciles de entender, que los ignorantes e inestables tuercen, como también tuercen el resto de las Escrituras, para su propia perdición» (2 Ped. 3:16). Sin embargo, lo esencial permanece accesible. Juan 3:16 lo ilustra con claridad: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna». Antes de la Reforma, predominaba la idea de que la Biblia era incomprensible para el pueblo llano y que solo los líderes religiosos podían interpretarla. El movimiento reformador afirmó lo contrario, y la Confesión de Fe de Westminster (1.7) lo expresó así: «las cosas que necesariamente deben saberse, creerse y guardarse para conseguir la salvación, se proponen y declaran en uno u otro lugar de las Escrituras, de tal manera que no solo los eruditos, sino aun los que no lo son, pueden adquirir un conocimiento suficiente de tales cosas por el debido uso de los medios ordinarios». Esto es evidencia de un Dios benevolente que se reveló de tal forma que lo necesario para conocerle y ser salvo esté al alcance de todos.

La Biblia habla el lenguaje del ser humano

El segundo principio nos recuerda que las Escrituras están escritas en un lenguaje antropomórfico y fenomenológico. Lo antropomórfico describe a Dios y Su obrar en términos humanos para que podamos comprenderlo mejor. Así, la Biblia habla de las manos de Dios (Éx. 7:5; Is. 23:11), Sus oídos (2 Rey. 19:16; Neh. 1:6), Sus ojos (Sal. 34:15; Dt. 11:12) y Sus pies (Is. 66:1). Al mismo tiempo, la Escritura afirma que Dios es espíritu (Jn. 4:24), invisible (1 Tim. 1:17) y que no tiene carne ni huesos (Lc. 24:39). No hay contradicción: Dios emplea ese lenguaje para comunicar que, aunque es invisible, ve las acciones del ser humano, escucha el clamor de Sus hijos y extiende Su mano para levantar al caído.

Este principio también explica pasajes que, a primera vista, parecen contradictorios. Jonás 3:10 dice que «Dios se arrepintió del mal que había dicho que les haría», mientras que Números 23:19 afirma que Dios «no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta». La tensión se resuelve al comprender que Dios usa un lenguaje accesible para expresar el dolor de Su corazón ante el pecado humano y el cambio en Su forma de relacionarse con quienes se arrepienten. Por otro lado, el lenguaje fenomenológico describe los fenómenos tal como los percibe el ojo humano. Cuando Josué ora y el texto dice que el sol y la luna se detuvieron (Jos. 10:12-13), la narración refleja la perspectiva del observador, no un tratado astronómico. Dios se acomoda a nuestra capacidad de comprensión porque quiere ser conocido.

Hemos sido llamados a manejar con precisión la Palabra de Dios precisamente porque no es nuestra, sino que fue escrita por alguien muy diferente a nosotros.

El proverbio aconseja; la ley ordena

El tercer principio invita a distinguir entre un proverbio y una ley. Proverbios 22:6 dice: «Instruye al niño en el camino que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él». Este versículo no es una promesa garantizada ni un absoluto sin excepción: es un principio práctico de sabiduría que, en muchos casos, dará fruto de justicia. Confundirlo con una ley moral lleva a la frustración y a conclusiones erróneas.

Proverbios 26:4-5 ofrece otro ejemplo revelador: «No respondas al necio de acuerdo con su necedad, para que no seas tú también como él. Responde al necio según su necedad se merece, para que no sea sabio ante sus propios ojos». Leídos como ley, estos versículos parecen una contradicción flagrante. Leídos como proverbios, enseñan que existen múltiples respuestas apropiadas ante la necedad y que hace falta sabiduría para discernir cuándo hablar y cuándo guardar silencio.

La letra obedece; el espíritu transforma

El cuarto principio es la distinción entre la letra y el espíritu de la ley. Los hermanos Frank Viola y Miguel Núñez, en su libro La ley de la libertad, lo explican con precisión: el espíritu de la ley apunta al significado más profundo o a «la intención espiritual del mandamiento», mientras que la letra se refiere a la redacción exacta aplicada literalmente, sin considerar ningún sentido más profundo. Es una distinción que los seres humanos eludimos con facilidad cuando nos conviene, enfocándonos en lo que está escrito para ignorar lo que se quiso decir.

El Señor Jesucristo lo enseñó con claridad: «Ustedes han oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pero Yo les digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt. 5:27-28). La letra de la ley prohibía el acto físico; pero Cristo le atribuyó su pleno sentido espiritual, el que Dios tenía en mente desde el principio. El deseo de Dios es que Su pueblo mantenga puro no solo el cuerpo, sino también la mente y el corazón.

El llamado a interpretar con diligencia y temor

Manejar con precisión la Palabra de Dios es una responsabilidad que exige esfuerzo, porque las Escrituras fueron escritas por un autor infinitamente distinto a nosotros. Esa labor requiere una relación viva con Dios, la iluminación del Espíritu Santo que mora en el creyente, una entrega absoluta y una exposición frecuente a la Biblia. Los cuatro principios aquí presentados —la claridad de lo esencial, el lenguaje adaptado a nuestra comprensión, la distinción entre proverbio y ley, y la diferencia entre la letra y el espíritu— son puntos de partida, no el horizonte completo. Pero aplicarlos con celo y humildad nos acerca a honrar la mente de Dios revelada en Su Palabra. Ese es nuestro gran desafío y, al mismo tiempo, uno de los privilegios más hermosos de la vida cristiana.

Joel Peña

Joel Peña

Joel Peña es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad. Sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Es pastor de los ministerios de jóvenes de la Iglesia Bautista Internacional y completó una Maestría en Divinidad en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.

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