IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El mundo está lleno de personas que se sienten solas. Es posible estar rodeado de gente y, sin embargo, experimentar un vacío persistente que ninguna relación humana logra llenar. Ese vacío tiene el tamaño de nuestro Creador, y solo puede ser llenado por Él. No es hasta que conocemos verdaderamente a Dios que encontramos la relación que satisface esa necesidad más profunda de cercanía. Sin embargo, una vez que somos salvos, Dios nos llama a crecer dentro de una comunidad, la iglesia, en la que debemos servir y ser servidos.
Lo que a primera vista parece simplemente más trabajo y más esfuerzo es, en realidad, una bendición oculta. Las amistades cultivadas dentro del cuerpo de Cristo tejen una red de apoyo en la cual los creyentes pueden ser enseñados, acompañados y cuidados. Pero ¿qué ocurre cuando, incluso dentro de la iglesia, uno sigue sintiéndose solo? ¿Cómo llegamos a tener las relaciones que Dios quiere que tengamos con nuestros hermanos? Proverbios 18:24 puede ayudarnos a entender tanto la raíz de esa soledad como el camino hacia las amistades que Dios, en su gracia, nos invita a cultivar.
Lo primero que conviene considerar es que Dios mismo es un Dios de comunidad. La naturaleza de su deidad es una comunión entre tres personas; Dios nunca ha estado solo. En uno de los momentos más significativos de su ministerio terrenal, la Última Cena, Jesús se detuvo a decirles a sus discípulos: «Un mandamiento nuevo les doy: "que se amen los unos a los otros"; que como Yo los he amado, así también se amen los unos a los otros. En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Jn. 13:34-35).
Amarnos los unos a los otros no es únicamente un mandato; es también una de las evidencias más visibles de nuestra fe ante quienes nos rodean. Si los demás pueden ver que el evangelio es real en la vida de un creyente, tendrán motivos para creer que puede ser real en la suya. Las amistades dentro de la iglesia, entonces, no son simplemente algo en lo que Dios se complace; son prueba de que le pertenecemos. Amar a nuestros hermanos es señal de que verdaderamente amamos a Dios, pues su Palabra es directa: quien no ama no lo conoce (1 Jn. 4:8).
Pero más allá del mandato, existe una promesa. Descubrir el propósito que Dios ha puesto detrás de las amistades es como leer una carta de amor en la que se aprecia hasta dónde llega su cuidado. La Escritura es clara al mostrar los dones que Dios nos entrega a través de estas relaciones: compañía y apoyo en el sufrimiento, pues el verdadero amor se mantiene en toda circunstancia (Pr. 17:17); fortaleza en la unidad, porque somos más fuertes juntos y estamos llamados a levantarnos mutuamente cuando caemos (Ec. 4:10); gracia para crecer en santidad a través del trato continuo con quienes nos conocen y nos confrontan con amor (Pr. 27:17); y el servicio mutuo, que pone en práctica el evangelio de aquel que llamó a sus discípulos amigos y dio su vida por ellos (Jn. 15:13).
Entonces, ¿por qué Proverbios 18:24 advierte que el hombre de muchos amigos se arruina? La respuesta está en la distinción que el propio texto establece: cantidad no es igual a calidad. Cuando acumulamos «muchos amigos», resulta imposible entregarnos con la misma profundidad a cada uno de ellos. La amistad «más cercana que un hermano» describe una relación en la que se puede ser auténtico sin temor: donde se confiesa el pecado, se pide perdón y se perdona; donde se ora por las necesidades y los anhelos del otro; donde se llora cuando esas necesidades no son satisfechas y se da gracias a Dios cuando sí lo son.
Estas amistades profundas no se forjan de la noche a la mañana. Requieren permanecer el tiempo suficiente en la vida del otro para cosechar lo que juntos se ha cultivado. La Palabra dice que el hermano nace para el tiempo de angustia (Pr. 17:17). Dios diseñó las amistades para que las cultivemos cuando el mar está en calma, a fin de poder sostenernos de ellas cuando deje de estarlo.
Dios diseñó las amistades para que las cultivemos cuando el mar esté en calma y podamos sostenernos de ellas cuando no lo esté.
Cuando en los peores momentos un amigo fiel se convierte en el medio de gracia por el cual Dios consuela y anima a seguir confiando en Él, se comprende que estas relaciones son mucho más que un vínculo afectivo. Son el instrumento que Dios usa para sostenernos y levantarnos. Hemos pecado, admitido ese pecado, nos hemos arrepentido, pedido perdón y perdonado. Hemos orado, llorado y dado gracias juntos. Hemos caminado, tropezado y vuelto a levantarnos, y hemos decidido seguir caminando juntos.
Todos nos hemos sentido solos. Nadie sabe cuál de sus hermanos en la fe está orando en este momento por un amigo como el que tú puedes ser. El mundo está lleno de personas esperando que alguien dé el primer paso. Dalo tú. Sé la persona dispuesta y disponible, la que busca servir antes que ser servida, la que ama a sus hermanos a pesar de sus defectos, la que confronta y se deja confrontar, la que pide perdón cuando debe hacerlo y rinde cuentas. No escondas tu pecado; permítete ser cuidado y amado. Lleva la verdad a tus conversaciones, anima continuamente y lleva a los demás más cerca de Cristo.
Quédate en la vida de tus hermanos el tiempo suficiente para cosechar el hermoso regalo de una amistad más cercana que la de un hermano. Y ora al Señor para ser tú ese amigo que otro creyente todavía no sabe que tanto necesita.
Laura Martínez Vive para glorificar a Dios. Es esposa de José Iván Sánchez. Diseñadora gráfica en La IBI e Integridad & Sabiduría. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional.
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