IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Durante más de cinco años, mi esposo y yo hemos cargado juntos el peso de un diagnóstico de infertilidad que ha probado mi fe más que ninguna otra experiencia en mi vida. Al casarnos tan jóvenes, jamás imaginé que yo sería la persona que sale llorando de sus sonografías. Con el tiempo hemos tenido que despedirnos de cuatro bebés que no sobrevivieron el proceso de gestación —bebés que anhelaba ver crecer, cuidar y amar por el resto de mi vida—. Los planes del Señor eran muy diferentes a los míos, y yo no tenía la menor idea de que recibiríamos tantos golpes en nuestros primeros años de matrimonio, ni sabía cómo soportarlos y seguir confiando en Dios.
Aproximadamente dos años antes de quedar embarazada por primera vez, había ido al ginecólogo porque intuía que algo andaba mal. Tras revisar los resultados y hacer una evaluación más profunda, su diagnóstico fue exactamente el que temía escuchar: «Es muy probable que, si no empezamos a recurrir a tratamientos de infertilidad ahora mismo, nunca puedas concebir». Nos tomó dos años de tratamiento concebir por primera vez, y antes de poder siquiera hacer la cita con el médico para ver cómo iba todo, la vida de mi primer bebé se escurrió entre mis manos. Recuerdo haber pensado: «Dios es un Dios bueno y esto tiene que ser bueno». Un mes y medio después, volvió a pasar. Todavía vivía el duelo de mi primer bebé cuando una nueva prueba de embarazo decía POSITIVO —y una vez más, el pronóstico fue devastador.
Después de dos pérdidas, Dios nos dio una sorpresa: sin tratamiento, habíamos concebido a una bebé a quien llamamos Marina. Por primera vez habíamos llegado tan lejos como para conocer su sexo y ponerle nombre. Sentí que mi fe había sido restaurada y me dije a mí misma: «Dios ya trató conmigo y me hizo fuerte. Ya fui probada y me halló fiel». Esta vez decidimos sorprender a amigos, familiares y pastores con la buena noticia. Pero cuando sentí la primera contracción a destiempo, pensé que sería solo un dolorcito propio del embarazo. Me repetía: «Seguramente Dios no me quitará a mi hija una vez más». Tras la peor noche de mi vida, ya no había latidos, y con ella se escapaba toda esperanza de un «final feliz».
Fue entonces cuando caí en la tentación de decirme: «Confiaste demasiado. Dios le da cosas buenas a todo el mundo menos a ti. ¿En qué estabas pensando?» Pasé lo que creo fue el año más difícil de mi vida. Era como si en mí vivieran dos personas: la Laura que sabía que Dios ya había demostrado su amor plenamente en la cruz, y la que no podía dejar de estar enojada con Él porque era lo único que le quedaba de sus hijos. Pensaba que Dios había sido malo conmigo. Hasta que ya no pude más, y le dije con toda honestidad: «No entiendo, esto no me gusta. Odio tener que vivir sin mis hijos y saber que pudiste haberlo arreglado. Pero yo sé que Tú eres un Dios infinitamente bueno que no puede ser nada más que bueno con sus hijos. No sé a dónde voy con esto, pero quiero seguir caminando contigo. Quiero confiar en ti. Ten misericordia de mí».
Te cuento todo esto porque lo que Dios ha orquestado en mi vida ha sido muy difícil, y aunque la aflicción en tu vida pueda verse diferente, he vivido cosas que constantemente han sacado de mi interior mi propio pecado. Muchas veces pensé que Dios había amado más a quienes había guardado del sufrimiento. Pero alguien me recordó que Dios no ha amado a nadie más que a Jesús —y Él sufrió más que todos nosotros—. Ninguno de nosotros está por encima de Él, y si Jesús pudo morir por mi justificación, mis hijos pueden morir para que Su nombre sea glorificado, tal como Él fue glorificado en la historia del ciego de nacimiento (Jn. 9). Nuestro dolor es real, nuestras lágrimas son reales —Jesús mismo sudó sangre ante el peso del sufrimiento que enfrentaría—, pero nada de esto es en vano, como nada de lo que Él vivió fue en vano.
En medio del sufrimiento podemos escoger cómo vamos a sufrir. Podemos pedirle a Dios que nos ayude a confiar aun cuando no podemos verle obrar, o podemos alimentar nuestra incredulidad y dejarnos arrastrar por nuestras propias pasiones. Podemos ser como Tomás, que exigía pruebas antes de creer: «Si no veo en Sus manos la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en Su costado, no creeré» (Jn. 20:25). O podemos rendirnos a Sus pies y esperar Su socorro en silencio, reconociendo que no necesitamos entenderlo todo para confiar en Él. Jesús llama «dichosos» a los que creyeron sin ver, y yo te invito a ser uno de ellos: no a pretender serlo, sino a seguir orando a pesar de la incredulidad, a seguir pidiendo a pesar de la falta de fe y a seguir yendo al Señor buscando refugio en la tempestad.
Dios no necesita que pretendas que todo está bien para ser glorificado en medio de tu dolor.
Hace unos meses perdimos a nuestra cuarta hija, Abigail, y nuestro pronóstico médico parece ser aún menos prometedor. Es difícil renunciar, una y otra vez, a la vida que hubiésemos tenido con cada uno de ellos. Es difícil seguir sonriéndole al futuro cuando los sueños fueron aplastados. Pero es posible. Aun cuando no puedas ver lo que vendrá, es posible seguir confiando en Dios porque Él es quien nos sostiene: «Porque Yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu diestra» (Is. 41:13). Su Palabra promete que no nos dejará ni abandonará (Dt. 31:8), que Él llevará nuestra carga más pesada (Sal. 55:22) y que estará con nosotros para fortalecernos (Is. 41:10). Y a la luz de la eternidad, no podemos llorar como quienes no tienen esperanza, porque llegará el día en que «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor» (Ap. 21:4). Lo que sea que estemos viviendo hoy «no es comparable con la gloria que ha de ser revelada en nosotros» (Ro. 8:18).
Mientras esperas en Él, háblate verdad. Congrégate, aun cuando no tengas ganas. Sirve a otros y déjate servir. Invita a otros a tu dolor y permite que ellos lleven tu carga contigo. Sigue confiando en ese Dios infinitamente bueno que se entregó por completo para tu salvación cuando merecías la muerte. ¿Te falta fe? Pídela. ¿Te faltan fuerzas? Pídalas. ¿Te falta paz? Pídela. Da el siguiente paso confiando en que Él te sostendrá para dar el siguiente, el siguiente y el siguiente. Porque nuestra esperanza no descansa en lo que podemos ver, sino en Aquel que hace todas las cosas nuevas —y con quien estaremos por toda la eternidad—. «Alma mía, espera en silencio solamente en Dios, pues de Él viene mi esperanza» (Sal. 62:5).
Laura Martínez Vive para glorificar a Dios. Es esposa de José Iván Sánchez. Diseñadora gráfica en La IBI e Integridad & Sabiduría. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit