IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Durante mucho tiempo la oración fue, para muchos creyentes, poco más que una casilla por marcar en la rutina diaria: una oración al despertar, otra al mediodía y una última antes de dormir. Si en esa etapa hubieran trazado una gráfica de la vida de oración, los únicos picos habrían aparecido los domingos, al acompañar en voz alta las oraciones congregacionales. En el fondo, la lógica era sencilla y tranquilizadora: mientras se «hiciera la parte», algo estaba funcionando. Sin embargo, esa sensación de lejanía con Dios —persistente, incómoda— señalaba que algo no marchaba bien.
Con el tiempo, al comparar las propias oraciones con las que aparecen en la Biblia, la diferencia resulta imposible de ignorar. Las oraciones personales pueden volverse apáticas, insípidas y calculadas: más un discurso preparado para decirle a Dios lo que se cree que quiere escuchar que una conversación genuina. Sin advertirlo, es fácil reducir a Dios a una especie de proveedor de solicitudes —con respuestas de sí, no o todavía no— y perderse así de algo infinitamente más rico: una conversación con el Creador de todas las cosas que, ante todo, quiere ser conocido como Padre.
La oración es mucho más que dar gracias por los alimentos o pedir protección antes de dormir. Las Escrituras están repletas de oraciones, y esa abundancia no es coincidencia: están ahí para modelar al creyente en el cómo, el porqué, el cuándo y la frecuencia con que debe orar. La vida de oración de tantos hombres y mujeres de fe quedó expuesta en la Biblia, y sería un error pasar por alto lo que esas oraciones revelan sobre su dinámica con Dios. Incluso contamos con oraciones de Jesús mismo que, aunque no todas nos fueron reveladas, muestran la profunda dependencia del Padre que toda vida de oración debería reflejar.
En Mateo 6:9–13 encontramos lo que se conoce como el Padrenuestro, y funciona como el ejemplo más completo de lo que la mayoría de nuestras oraciones debería incluir. Vale la pena detenerse en cada una de sus frases, compararlas con la forma en que habitualmente se ora, e incluso intentar parafrasearlas con palabras propias. Con el tiempo, comenzarán a sonar más personales y naturales. Eso sí, el objetivo no es memorizar un guion, sino entender lo que cada petición expresa, porque Dios no busca discursos ensayados sino corazones que genuinamente quieren encontrarse con Él.
Las Escrituras ofrecen un abanico amplio de razones y formas de orar. En los Salmos, el salmista habla con Dios sin máscaras: con confianza, con dolor, con vergüenza por el pecado y con gratitud desbordante. Él sabe que puede acercarse a su Salvador, su Padre, su Ayudador, y eso dice mucho sobre la actitud con que el creyente debe llegar al trono de la gracia. En otros pasajes encontramos a Moisés pidiendo conocer los caminos de Dios (Éx. 33:13), a los israelitas clamando por cuidado (Jue. 10:15), a David orando en medio de la aflicción (Sal. 40:17), pidiendo justicia (Sal. 94:1–3) y buscando guía (Sal. 119:33). En síntesis, la Biblia llama a orar por todo (Fil. 4:6).
Y si ya está claro el qué, el cómo y el porqué, queda la pregunta del cuándo. La respuesta de las Escrituras es directa: «oren sin cesar» (1 Ts. 5:17) y «orad en todo tiempo» (Ef. 6:18). Eso no significa necesariamente tomar pausas largas y aislarse, aunque ese tiempo a solas con Dios es sumamente valioso. Significa hablar con Él a lo largo de todo el día. Un susurro en medio del trabajo pidiendo dirección, una oración breve al enfrentar una decisión, un reconocimiento silencioso de dependencia en el momento de la tentación: todos esos instantes se acumulan y forman una vida de oración real. Dios no se separa del creyente ni un segundo, y si alguien estuviera al lado en cada momento del día, ignorarlo en silencio sería impensable.
El mejor de tus amigos está contigo en cada instante y, ¿sabes qué? Él quiere escucharte. Él quiere escuchar tus luchas, venir a tu socorro, inclinar Su oído a tu necesidad.
No se necesita un manual para hablar con Dios. Se necesita honestidad, frecuencia y dependencia. Ora con transparencia, reconociendo la propia incapacidad y buscando la ayuda del Señor cuando se necesite. Ora sabiendo que Él escucha y que quiere escuchar. Ora recordando sus promesas cuando la situación sea incomprensible. Ora con la confianza de estar hablando con un Dios bueno que pelea por los suyos. Ora cuando haya alegría y ora cuando haya dolor. Nadie está demasiado lejos de Dios ni es demasiado torpe para hablar con Él: esa es precisamente la libertad que el evangelio ofrece. «Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna» (Heb. 4:16).
Laura Martínez Vive para glorificar a Dios. Es esposa de José Iván Sánchez. Diseñadora gráfica en La IBI e Integridad & Sabiduría. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit