Integridad y Sabiduria
Amor perseverante
Amor perseverante

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Mujer e identidad

Amor perseverante

Odrys Quéliz 10 diciembre, 2021

Existe una imagen poderosa en la vida del sembrador: el esfuerzo silencioso, la paciencia activa, la esperanza que no descansa. El sembrador cuida su cultivo aunque el clima sea adverso, aunque el cansancio se acumule, aunque los frutos aún no sean visibles. Su esperanza no es pasiva; es vigilante y perseverante. Esta imagen es, precisamente, la que ilumina la exhortación del apóstol Pablo a los creyentes de Galacia: «Y no nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos» (Gál. 6:9).

De la misma manera que el sembrador persiste en el frío y en el calor, con el peso del esfuerzo acumulado, así también el cristiano está llamado a perseverar. No a rendirse cuando los resultados se demoran. No a desanimarse cuando el bien que siembra parece caer en tierra estéril. La recompensa es cierta; solo requiere tiempo y fidelidad.

El bien que se hace bajo la ley de Cristo

Para comprender la profundidad de esta exhortación, es necesario conocer su contexto. En tiempos de los apóstoles, el yugo de los fariseos era agobiante. Su interpretación de la ley demandaba una obediencia perfecta y condenaba cualquier falla, por mínima que fuera. Es precisamente ante esa carga que Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, escribe a la iglesia de Galacia. Les explica el propósito de la ley de Moisés y les revela que, bajo el Espíritu de la gracia, la ley de Cristo ha venido a transformar la manera en que los creyentes se relacionan entre sí y con Dios. Hacer el bien ya no es una exigencia que condena, sino una expresión de la vida nueva en Cristo.

Con esta convicción, Pablo exhorta a sus hermanos en la fe a no desmayar en la obediencia. Como creyentes, somos llamados a ser luz en medio de las tinieblas, a bendecir a otros con nuestro tiempo, nuestros recursos y nuestro amor perseverante. Esta tarea no es opcional ni secundaria; es central a la vida cristiana. Y cuando el cansancio amenace con detenernos, la misericordia de Dios es el ancla que nos sostiene: «Por tanto, puesto que tenemos este ministerio, según hemos recibido misericordia, no desfallecemos» (2 Cor. 4:1).

Por nuestra naturaleza caída y egoísta, la tendencia al desánimo es real. Cuando no vemos los resultados que esperamos, cuando el sacrificio parece no rendir frutos, la tentación de tirar la toalla se hace presente. Sin embargo, recordar la misericordia de Dios hacia nosotros —Su amor firme y perseverante— es lo que nos impulsa a seguir obrando con integridad.

El tiempo de Dios y la certeza de la cosecha

El proceso de sembrar y cosechar requiere tiempo. La cosecha debe ser atendida y cuidada mucho antes de que los frutos sean visibles, tal como ocurre cuando se ve crecer a un niño: solo con el paso de los años se pueden apreciar los frutos del esfuerzo invertido en su crianza y enseñanza. Del mismo modo, el tiempo empleado sirviendo en la iglesia, proclamando el reino, visitando al necesitado y ayudando a otros tiene su recompensa —aunque no siempre sea inmediata.

Dios no se adelanta ni se retrasa. Siempre obra a su justo tiempo y cumple sus promesas en lo que concierne a nuestro bien. Su Palabra lo afirma con claridad: «Porque Dios no es injusto como para olvidarse de vuestra obra y del amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido, y sirviendo aún, a los santos» (Heb. 6:10). Dios es fiel. La devoción en la búsqueda de Su presencia, el estudio de Su Palabra y la proclamación de Su reino no son en vano.

En el tiempo perfecto de Dios recibiremos la mejor cosecha y veremos los hermosos frutos en nosotros mismos y en los demás.

La promesa es categórica: «Por tanto, mis amados hermanos, estad firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano» (1 Cor. 15:58). No hay esfuerzo hecho en amor y fidelidad que Dios deje sin recompensa.

Cristo, el Sembrador que no desmayó

El ejemplo más poderoso de perseverancia en el bien no es el del apóstol Pablo —aunque su vida lo ilustra de manera extraordinaria—, sino el de Cristo mismo. Cuando Pablo escribía a los Corintios, defendiendo su ministerio frente a los falsos apóstoles, declaraba: «Y yo muy gustosamente gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré por vuestras almas» (2 Cor. 12:15). Para él, vivir era Cristo y hacer el bien sin cansarse era su mayor gozo.

Pero es Jesús el sembrador por excelencia: el que estuvo dispuesto a soportar y sufrir por amor a Su reino. Un amor lleno de justicia, de sacrificio, de generosidad y de negación a Sí mismo. Cristo fue abandonado y rechazado, y aun así siguió adelante. Por eso la carta a los Hebreos nos dirige la mirada hacia Él: «Considerad, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón» (Heb. 12:3).

Contemplar a Cristo es el antídoto contra el desánimo. Su perseverancia redefine la nuestra. Hacer el bien nos hace bien —a nosotros y a quienes nos rodean—. La venida del Señor se acerca, y con ella, la cosecha definitiva. No desmayemos.

Odrys Quéliz

Odrys Quéliz

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