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Confiando en Dios a través de la infertilidad
Confiando en Dios a través de la infertilidad

Foto de Daniel Silva Gaxiola en Unsplash

Emociones y alma

Confiando en Dios a través de la infertilidad

Odrys Quéliz 4 junio, 2024

En muchos países, el mes de mayo trae consigo la celebración del Día de las Madres: una fecha dedicada a rendir homenaje al amor incondicional y al aporte irremplazable de las madres. Para quienes atraviesan el camino de la infertilidad, sin embargo, esa misma fecha puede resonar con una fuerza particular, recordando con estrépito que ciertos anhelos aún no han sido cumplidos.

Mi esposo y yo llevamos más de ocho años recorriendo ese camino. Como cualquier pareja, jamás esperábamos que la infertilidad formara parte de nuestra historia. Es un proceso doloroso y triste que llena de impotencia, incertidumbre, ansiedad y desesperanza. Agota de manera emocional, física y espiritual, y trae consecuencias relacionales y matrimoniales profundas. Puede consumir fácilmente cada pensamiento y cada decisión. Si se sigue un tratamiento —como ha sido nuestro caso—, invade el calendario, la cuenta bancaria, la habitación y el propio cuerpo. Y, sin embargo, con frecuencia sigue siendo una lucha muy solitaria y oculta, disimulada por la sensibilidad del tema.

Una prueba que revela lo que hay en el corazón

Esta situación ha puesto de manifiesto la soberanía de Dios de un modo que ha probado mi fe de tantas formas. Me ha revelado aquello en lo que he dependido para obtener satisfacción y felicidad. Me ha expuesto las muchas veces en que he puesto mi confianza en mis propias fuerzas, en la proactividad, en los tratamientos, en las estrategias, en la ciencia y en los recursos, dejando a Dios a un lado.

Sería deshonesto afirmar que siempre lo he manejado bien. En los momentos más duros, solitarios y dolorosos, me he encontrado muchas veces en la encrucijada. Me he visto huir de Dios con frustración, resentimiento y amargura; y aun así, en medio de ese aislamiento, Él me ha recordado que me ama, me perdona y me espera. Pero también, en otras ocasiones, he corrido hacia sus brazos amorosos depositando mis cargas sobre Él, y allí he podido experimentar su sanación, aliento y fortaleza. He podido refugiarme en su Palabra, donde realmente encuentro descanso para mi alma abatida: «El Señor es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el poder de mi salvación, mi altura inexpugnable» (Sal. 18:2).

La Biblia no guarda silencio ante este dolor. En Proverbios 30:16, Salomón pone de manifiesto el peso que conlleva la infertilidad al mencionar «el vientre estéril» junto a realidades que nunca se sacian. En el Antiguo Testamento, numerosas mujeres conocieron de cerca este sufrimiento. Una de las historias más conocidas es la de Ana. En 1 Samuel leemos que ella clamó al Señor pidiéndole un hijo con tanta angustia que el sacerdote Elí creyó que estaba ebria (1 Sam. 1:12–13). Esta imagen refleja la desesperación de alguien que anhela profundamente algo que Dios, en su providencia, ha decidido —al menos por el momento— no conceder.

Solo Él puede dar plenitud en medio del vacío

Dios conoce la profundidad del dolor que conlleva la infertilidad. Solo Él puede traer consuelo verdadero a nuestros corazones y plenitud en medio del vacío; solo Él puede darnos identidad, propósito y gozo en medio del dolor y la confusión. Mirado a través del lente de la cruz, su plan es bueno: «Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que Él tiene para ellos» (Rom. 8:28).

Si Dios hace que todo lo que ha provisto para nuestras vidas obre para nuestro bien, entonces podemos confiar en Aquel que es bueno y que ha escrito nuestras historias. Él es el dador de vida; Él es quien abre y cierra las matrices. Puedo intentarlo —y lo he hecho—, pero no puedo lograr nada con mi propio poder, voluntad o fuerza. Es precisamente en mi debilidad donde se manifiesta su poder, y su promesa sigue en pie: «Te basta mi gracia» (2 Cor. 12:9). Confiar en su bondad y en su buena providencia nos proporciona satisfacción y paz a lo largo de cualquier lucha que enfrentemos.

Mis necesidades y mi felicidad no serán saciadas ni completadas por el regalo de un bebé. Solo en Jesús es que podemos depositar toda nuestra esperanza. Él nunca nos fallará ni desamparará.

La esperanza segura que no defrauda

Todos estos años me han llevado a lugares de dependencia, humildad y debilidad, encontrándome con Dios en la compasión y la esperanza. Hoy puedo decir que mi vida está segura en manos de Aquel que me hizo y que me ha redimido. Y hoy elevo esta oración por todos los que atraviesan esta misma prueba: que Dios nos ayude a depender de Él, a confiar en su plan incluso cuando las circunstancias no parezcan tener sentido; que nos guarde del resentimiento y la amargura, y nos llene de su amor, bondad y compasión. Que podamos contentarnos con cualquiera que sea su decisión —darnos o no el regalo de un hijo—, sabiendo que Él es suficiente, nuestra porción: si lo tenemos a Él, lo tenemos todo. Que nuestra oración cambie de «Dios, ayúdame a confiar en tu tiempo» a «Dios, ayúdame a confiar en tu plan», aferrándonos a su promesa: «El Señor irá delante de ti; Él estará contigo, no te dejará ni te desamparará; no temas ni te acobardes» (Deut. 31:8).

Odrys Quéliz

Odrys Quéliz

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