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Fuimos creadas para adorar a Dios
Fuimos creadas para adorar a Dios

Foto de Yan Krukau en Pexels

Mujer e identidad

Fuimos creadas para adorar a Dios

Odrys Quéliz 5 septiembre, 2023

A lo largo de la historia, filósofos, teólogos, artistas y poetas han intentado responder la pregunta más profunda de la existencia humana: ¿para qué estamos aquí? Sus respuestas han llenado bibliotecas enteras y dado forma a civilizaciones. Sin embargo, la única respuesta verdadera y suficiente se encuentra en la Palabra de Dios: «El pueblo que Yo he formado para Mí, proclamará Mi alabanza» (Is. 43:21). Clara, directa e inapelable.

Fuimos creados a imagen de Dios y según Su semejanza (Gn. 1:26–27), y esa imagen lleva consigo una necesidad intrínseca de adorar. La adoración no es una actividad religiosa añadida a nuestra vida; es parte de nuestra constitución más profunda. «Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre» (Ro. 11:36). Comprender esto debería moldear radicalmente nuestra identidad: somos, ante todo, adoradores.

Qué significa adorar a Dios

La palabra griega traducida como «adoración» es proskuneo, que significa «postrarse o arrodillarse delante». Es la expresión de admiración profunda por alguien, un acto de reverencia que asigna valor y honor supremos. Aplicada a Dios, adorar es reconocer Sus virtudes y atributos, y responder ante ellos con devoción genuina. El salmista lo expresa con precisión: «Vengan, adoremos y postrémonos; doblemos la rodilla ante el Señor nuestro Hacedor» (Sal. 95:6).

Las Escrituras son inequívocas al respecto. «¡Aleluya! Alaben, siervos del Señor, alaben el nombre del Señor» (Sal. 113:1). «Todo lo que respira alabe al Señor» (Sal. 150:6). No hay excepción ni condición: si respiramos, estamos destinados a alabarle. La alabanza es la respuesta natural de la adoración, y la adoración es una actitud de gratitud que brota de corazones renovados y humillados, dirigidos hacia el Dios que nos creó, nos amó y se entregó por nosotros.

Adorar en espíritu y en verdad

Pero ¿cómo debe ser esa adoración? Jesús mismo responde: «Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que lo adoren. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorar en espíritu y en verdad» (Jn. 4:23–24).

Adorar en espíritu tiene que ver con el corazón. Sin el Espíritu Santo habitando en nosotros, no podemos responder a Dios en adoración genuina; es el Espíritu quien la vigoriza y la hace real. Por eso Pablo nos exhorta a presentar nuestros cuerpos como «sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es nuestro culto racional», y a no conformarnos a este mundo sino a transformarnos «mediante la renovación de nuestra mente» (Ro. 12:1–2). Solo cuando nuestra mente deja de estar centrada en otras cosas para enfocarse en Dios, la adoración verdadera es posible.

Adorar en espíritu también requiere un corazón arrepentido. La adoración no puede brotar de una conciencia cargada de pecado no confesado. Cuando nos humillamos y reconocemos nuestra condición delante de Dios, la comunión se restaura y la adoración fluye con naturalidad. «Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás» (Sal. 51:17).

Adorar en verdad, por su parte, significa que nuestra adoración debe estar firmemente arraigada en la revelación bíblica. «Tu palabra es verdad» (Jn. 17:17). «Tu ley es verdad» (Sal. 119:142). Para adorar verdaderamente a Dios, debemos conocer quién es Él y todo lo que ha hecho, y ese conocimiento nos llega a través de Su Palabra. La adoración auténtica es siempre una respuesta a la verdad revelada, no un ejercicio emocional desconectado de ella. Amar a Dios y amar Su Palabra son inseparables: «¡Cuánto amo Tu ley! Todo el día es ella mi meditación» (Sal. 119:97); «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente» (Mt. 22:37).

La adoración es una respuesta continua del Espíritu a la revelación de Dios que exalta Su gloria en Cristo en nuestras mentes, corazones y voluntades.

Fuimos redimidos para darle gloria

La adoración es también un don. Nuestro Padre celestial nos invita, una y otra vez, a encontrar nuestro mayor gozo en Él, en todo momento y en cualquier lugar. Hay una satisfacción que solo se alcanza al cumplir el propósito para el que fuimos creados, una plenitud que ningún logro humano puede replicar. A medida que adoramos a Dios, Él nos bendice con Su presencia.

El libro de Apocalipsis nos da un anticipo de lo que está por venir: miríadas de ángeles, seres vivientes y ancianos declarando a gran voz: «El Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza» (Ap. 5:12). Toda la creación unida en una adoración pura, verdadera y eterna a Aquel que es el único digno de recibirla.

Esa imagen debería encender algo en nosotros. Fuimos formados para proclamar Sus alabanzas. Fuimos redimidos para darle gloria y honor. No hay mayor privilegio, ni propósito más alto. Que todo lo que respira alabe al Señor.

Odrys Quéliz

Odrys Quéliz

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