IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Pocas cosas generan tanta ansiedad como sentir que la vida se ha salido del itinerario. Hay quienes tienen un reloj interno muy marcado: llegar tarde o asistir a un evento que se demora más de lo previsto puede elevar su presión arterial y bloquear por completo su capacidad de atención. Pero esta experiencia no es exclusiva de quienes son especialmente sensibles al tiempo. La mayoría de las personas cargan en algún rincón de su mente con un calendario aproximado de vida: la relación que debería haber llegado al matrimonio, la estabilidad financiera que se esperaba para la jubilación, los hijos que aún no han llegado. Cuando la realidad se desvía de ese mapa mental, la ansiedad golpea con fuerza y con ella surge el impulso urgente de hacer algo —lo que sea— para retomar el rumbo.
El apóstol Pablo conocía muy bien esa sensación. Tenía una misión clara de parte de Dios: llevar el evangelio a los gentiles. Trabajó para ello con incansable dedicación, recorriendo el mundo romano. Sin embargo, su agenda fue interrumpida más de una vez por la prisión. Y fue precisamente desde una celda que escribió a la iglesia en Filipos estas palabras: «Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios» (Fil. 4:6).
¿Qué razón ofrece Pablo para un mandamiento tan radical? Una sola, concisa y transformadora: «El Señor está cerca» (Fil. 4:5). El Creador del universo no está lejano ni distraído. No nos ha olvidado y no ha abandonado su plan. Reconocer esta realidad es el primer paso para cambiar la ansiedad por paciencia.
El segundo paso, según Pablo, es llevar a Dios lo que nos angustia. No silenciarlo ni minimizarlo, sino orarlo: presentarlo ante Él con súplica honesta y, al mismo tiempo, con acción de gracias, confiando en que Él puede actuar. Esta combinación —petición y gratitud— transforma la oración de un acto de desesperación en un acto de fe. No pedimos a un Dios indiferente; le hablamos al Padre que nos conoce, que tiene un plan y que es perfectamente capaz de cumplirlo.
El resultado que promete Pablo no es la resolución inmediata de nuestras circunstancias, sino algo más profundo: «La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús» (Fil. 4:7). Una paz que no depende de que todo salga como esperábamos, sino de saber en quién hemos puesto nuestra confianza.
Hay temporadas en que la vida parece completamente detenida. Las esperanzas no avanzan, las oraciones no reciben respuesta visible y el silencio puede interpretarse fácilmente como abandono. Pero esa percepción pasa por alto lo que Dios está haciendo en los lugares que no podemos ver.
Un agricultor que siembra una semilla y regresa una semana después sin encontrar ningún brote visible no concluye que nunca habrá cosecha. Sabe que bajo la superficie, en lo invisible, la vida está brotando. Esa convicción —que el crecimiento no siempre es perceptible— le otorga una paciencia genuina. Del mismo modo, el creyente que sabe que el Señor está cerca y que obra su voluntad puede esperar sin desesperarse, aun cuando no hay señales externas de progreso.
Dios tiene un calendario. No lo comparte con nosotros en detalle, pero sí nos ha revelado lo esencial: tiene un final glorioso para sus hijos. Toda la historia avanza hacia la venida del Señor, el momento en que toda espera terminará y toda promesa será cumplida.
El Señor está cerca, obrando su voluntad, incluso cuando no vemos progreso.
Podemos pasar nuestros días consumidos por la ansiedad ante un itinerario que no controlamos. O podemos optar por la paciencia: no una resignación fatalista, sino una espera activa y confiada en que Dios despliega su plan en su tiempo. Esto no significa ignorar el dolor de la espera ni fingir que las demoras no duelen. Significa anclar nuestra esperanza en el carácter de Dios: fiel, cercano y perfectamente sabio.
Santiago lo expresa con claridad cuando invita a los creyentes a ser pacientes «hasta la venida del Señor», comparándolos con el agricultor que aguarda con esperanza la lluvia temprana y la tardía (Stg. 5:7). La misma esperanza escatológica que sostiene al agricultor en su espera debe sostener al cristiano en la suya. No estamos esperando en el vacío; estamos esperando a Alguien. Y ese Alguien está cerca, obrando en los lugares invisibles, y llegará en el momento exacto.
Betsy Childs Howard es editora en The Gospel Coalition. Es autora de Seasons of Waiting y de los libros infantiles Arlo and the Great Big Cover-Up, Polly and the Screen Time Overload y Arlo and the Keep-Out Club. Betsy vive en Birmingham, Alabama, junto a su esposo, Bernard, y sus dos pequeños hijos.
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