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Encontrar la gracia de Dios mientras esperas a un hijo pródigo
Encontrar la gracia de Dios mientras esperas a un hijo pródigo

Foto de Jason An en Unsplash

Familia y relaciones

Encontrar la gracia de Dios mientras esperas a un hijo pródigo

Betsy Childs Howard 19 noviembre, 2019

Susan recuerda a su hijo Martin como un niño encantador: tierno, divertido y buen estudiante. Nadie habría imaginado lo que vendría después. Durante su primer semestre de posgrado, su vida comenzó a desmoronarse. La adicción a las drogas lo atrapó y se convirtió en la fuerza impulsora de su existencia. Susan quedó devastada. No podía comprender por qué le pasaba esto a su precioso hijo, ni entender por qué los hijos de otras familias parecían salir bien. El dolor de verlo destruirse la consumía.

Con el tiempo, mientras oraba, Susan llegó a una comprensión que reorientó todo su pensamiento: la vida de adicción de Martin no fue una sorpresa para Dios, y Él la había elegido soberanamente como su madre. Esa verdad le permitió dejar de ver a su hijo como un problema que resolver y comenzar a verlo como alguien que Dios le había confiado para amar sin importar qué.

El padre que corre: la parábola del hijo pródigo

No es difícil ver cómo el amor de un padre por un hijo pródigo puede ser una parábola del reino, pues ese es precisamente el punto de la historia más famosa que Jesús contó. En Lucas 15, un hijo solicita su herencia antes de tiempo, abandona el hogar y dilapida todo. Cuando toca fondo —tan hambriento que la comida de los cerdos le parece apetecible—, decide regresar. No sabemos con certeza si su arrepentimiento es genuino o si simplemente calcula que vivir como siervo en la casa de su padre sería mejor que morir de hambre.

Lo que sí sabemos es que su padre lo abrazó antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. No fue tratado como siervo, sino celebrado como un héroe que regresa. El padre proclama con gozo: «Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (Lc. 15:24).

Jesús contó esta parábola —junto con la de la oveja perdida y la moneda perdida— en respuesta a los fariseos que lo confrontaban por comer con pecadores. Al padre de la historia no le importaba que su hijo no tuviera nada que mostrar de su herencia, ni que hubiera convivido con lo impuro. Tenía a su hijo de vuelta. Jesús comió con los pecadores porque son los hijos e hijas pródigos de Dios. No merecen un lugar en la mesa, pero Dios se los ofrece porque los ama. Nosotros tampoco lo merecemos, pero Él nos lo da porque nos ama. Él es nuestro Padre.

El profeta y la esposa que huyó: la parábola de Oseas

Hay otra historia de un pródigo en la Biblia. Jesús no la cuenta; fue vivida en carne propia por el profeta Oseas. Dios le ordenó casarse con una mujer de vida promiscua. Oseas la rescató, le dio un hogar y tuvo hijos con ella. Pero ella huyó de regreso a su vida anterior, la vida de la que él la había sacado. Entonces Dios le ordenó a Oseas que fuera a comprarla de nuevo. Que un esposo cuya esposa lo había abandonado tuviera que pagar por ella a otro hombre es una imagen de un dolor casi insoportable. Pero Oseas lo hizo, porque eso es lo que Dios hace por nosotros.

Lynn vivió una versión moderna de esta parábola. Casada por doce años con un hombre que se declaraba cristiano, descubrió que su matrimonio estaba siendo destruido por la infidelidad. Vinieron años de engaños, separaciones e intentos fallidos de reconciliación. En una ocasión, su esposo le pidió perdón en una cafetería mientras ella sabía que su plan, al salir de allí, era irse a dormir con otra mujer. Lynn oró y luchó. No quería solo que él dejara de pecar; anhelaba conocer su corazón. Pero él no quería ser conocido.

Si tu cónyuge te ha abandonado, o si ha abandonado a Dios, conoces algo del dolor que experimentó Oseas. Y conoces algo del dolor que Dios siente cada vez que uno de sus hijos cambia su amor firme por un placer fugaz que el mundo ofrece. Dios no busca solo buen comportamiento; busca intimidad con nosotros. Él dijo: «Yo sanaré su apostasía, los amaré generosamente, pues mi ira se ha apartado de ellos» (Os. 14:4).

Al observar y esperar el regreso de tu hijo pródigo, estás viviendo una parábola del amor inmerecido de Dios por nosotros.

La estrategia de Satanás y el antídoto de la fe

Cuando Satanás persigue a alguien que amamos, también nos persigue a nosotros. Le encanta lograr dos cosas a la vez. Es muy tentador hacer del pródigo el centro de nuestra fe, de modo que nuestro caminar espiritual deje de ser una confianza en Cristo y se convierta en una campaña desesperada para rescatar a quien amamos. Si las oraciones no reciben respuesta con la rapidez que esperamos, la tentación de dudar se vuelve poderosa.

Pero también existe el peligro opuesto: endurecer el corazón como el hermano mayor de la parábola, comparar el propio camino con el del pródigo y quedar satisfecho con uno mismo. La autojusticia es tan destructiva para el alma como la promiscuidad, y mucho más engañosa.

Lynn encontró un punto de inflexión cuando comenzó a asistir a una iglesia que enfatizaba la soberanía de Dios. Recuerda haber pensado repetidamente: «Si Dios quisiera que las cosas fueran diferentes en nuestro matrimonio, podría cambiarlo en un instante». Lejos de producirle amargura, ese reconocimiento le dio consuelo. Le permitió confiar en que incluso la infidelidad de su esposo era algo que Dios podía usar para bien en su vida.

Lo mejor que podemos hacer por el pródigo en nuestra vida es crecer en nuestra propia fe. Quienes esperan necesitan ser guerreros de oración, y los guerreros necesitan buen alimento. Perseguir a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas mientras se espera el regreso del ser amado frustra una de las estrategias favoritas del enemigo.

Vivir la parábola: imagen imperfecta de un amor perfecto

El dolor que produce una relación rota con el pródigo en tu vida te dará una idea del dolor que Dios siente cuando huimos de Él. La medida de lo que estarías dispuesto a hacer para restaurar a quien amas refleja la perseverancia del Buen Pastor que sale en busca de su oveja perdida.

Pero aunque ese dolor es una imagen poderosa del de Dios, nuestro amor es siempre un reflejo imperfecto del Suyo. Como seres humanos pecadores, nuestro amor con frecuencia está mezclado con orgullo y egoísmo. Puede que haya momentos en que queramos que el pródigo sufra por lo que nos ha hecho. Si te encuentras respondiendo de manera pecaminosa, deja que ese pecado te lleve corriendo hacia tu Padre celestial. Mientras vivimos el papel de padre, madre o cónyuge de un pródigo, conviene recordar que, en relación con Dios, todos somos pródigos. Él está tan dispuesto a perdonarnos por amar imperfectamente como el padre de la parábola lo estuvo para perdonar a su hijo por malgastar su herencia.

Nada ilustra mejor la gracia de Dios que su amor por los pródigos. Ellos no regresan a su favor merecido. Él no espera a que se limpien antes de dejarlos entrar en su presencia; les lava los pies y les viste de ropa limpia.

Si amas a un pródigo, eres una encarnación viva del amor de Dios por los perdidos. Puede que el pródigo haya hecho todo lo posible por destruir tu confianza y tu buena voluntad, pero de todos modos lo amas. No lo amas porque se lo merece, sino porque es tuyo. Y así es exactamente como Dios te ama a ti.

Este artículo está adaptado de Temporada de espera: Caminando por fe cuando los tropiezos retrasan los sueños, de Betsy Childs Howard.

Traducción realizada por el equipo de Ezer con autorización de crossway.org.

Betsy Childs Howard

Betsy Childs Howard

Betsy Childs Howard es editora en The Gospel Coalition. Es autora de Seasons of Waiting y de los libros infantiles Arlo and the Great Big Cover-Up, Polly and the Screen Time Overload y Arlo and the Keep-Out Club. Betsy vive en Birmingham, Alabama, junto a su esposo, Bernard, y sus dos pequeños hijos.

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