IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Para muchas parejas, el 14 de febrero se ha convertido en una especie de «examen matrimonial». Si el cónyuge no sorprende, no es espléndido o no se «manifiesta» de una manera que conmueva, la conclusión implícita es que no ama —al menos no al nivel que se espera—. El resultado es predecible: un día que, en teoría, celebra el amor termina siendo estresante para quienes saben que están «a prueba». Pero el amor conyugal debe trascender un día específico del calendario.
La verdadera prueba del amor no es lo que ocurre el Día de San Valentín, sino lo que sucede el resto del año: la paciencia mutua, la aceptación, el perdón, el respeto, el sacrificio en beneficio del otro, la celebración de lo que tu pareja hace y es, y la ternura que se cultiva en la rutina. Ignorar todo eso para luego intentar compensarlo con una cena o un obsequio no es celebrar el amor; es practicar una hipocresía cómoda que muchas parejas prefieren antes de tener que enfrentarse a conversaciones difíciles.
Existe una diferencia importante entre celebrar un amor real y escenificar uno que no existe. Cuando la relación atraviesa grietas —resentimientos no resueltos, ofensas no confesadas, distancia emocional acumulada—, lo más valioso que una pareja puede hacer en esta fecha no es salir a cenar, sino detenerse a revisarse. Confesar ante Dios y ante el otro las propias faltas como cónyuge, y comprometerse genuinamente a «ponerse al día», tiene un valor incomparablemente mayor y produce beneficios más duraderos que cualquier joya u obsequio material.
Puede haber lugar para los detalles y los gestos románticos, y no hay nada malo en ellos. Pero pierden todo su sentido cuando se ofrecen como sustituto de la reconciliación pendiente. Un regalo dado sobre una herida no sanada no cura nada; simplemente la cubre. La Escritura es clara en que el amor «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Co. 13:7), y esa clase de amor no se resume en un solo día ni se demuestra únicamente con gestos visibles.
El problema no se limita a las parejas en crisis. También existe el caso de matrimonios con una relación sana, tierna, comprensiva y de servicio mutuo, cuyos integrantes aun así sienten que San Valentín les impone un «compromiso» que deben cumplir. Es lamentable ver a parejas en buena situación cuestionando el amor del otro simplemente porque no hubo «un detalle» en la fecha indicada. Los detalles son buenos —a veces incluso necesarios para celebrar y mostrar aprecio—, pero pierden su significado cuando se realizan bajo presión, por coerción o por temor a la opinión ajena.
La cultura comercial ha logrado algo notable: convertir una expresión de afecto libre y espontánea en una obligación que, si no se cumple según ciertos estándares, se interpreta como ausencia de amor. Esto no solo distorsiona la naturaleza del amor conyugal, sino que puede introducir ansiedad e incluso conflicto en relaciones que de otro modo funcionan bien.
Los detalles son buenos, a veces incluso necesarios para celebrar y mostrar aprecio, pero pierden significado cuando se hacen bajo presión, coerción o por miedo a los demás.
El horizonte al que apunta el amor conyugal es mucho más elevado que cualquier festividad. La Escritura llama a los esposos a amar a sus esposas «así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella» (Ef. 5:25), y a las esposas a someterse gozosamente al liderazgo de sus esposos (Ef. 5:22–24). Este modelo no es un ideal romántico cultural; es un reflejo del evangelio mismo. Cuando un matrimonio vive conforme a ese patrón —con amor sacrificial, respeto genuino y servicio mutuo— el día del amor deja de ser una fecha en el calendario y se convierte en una realidad cotidiana.
Que podamos, como parejas cristianas, celebrar el amor todos los días del año. No porque la cultura lo exija ni porque el comercio lo impulse, sino porque Dios es glorificado cuando los matrimonios reflejan, en su vida ordinaria, el amor extraordinario de Cristo por su iglesia.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.
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