IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Uno de los errores más comunes al leer la Biblia es aislar un versículo de su entorno literario y teológico. Este hábito, aunque frecuente, tiene consecuencias serias: produce doctrinas sin fundamento, alimenta expectativas que Dios nunca prometió y, en última instancia, tergiversa el mensaje de las Escrituras. La Palabra de Dios no es una colección de frases independientes de las que podemos extraer significados a voluntad; es un texto coherente y orgánico cuyas partes se iluminan mutuamente.
Para interpretar bien cualquier pasaje necesitamos considerar tres niveles de contexto: el inmediato, el del libro en que aparece y el de la Biblia en su conjunto. Cada uno de ellos aporta una capa de significado sin la cual la comprensión queda incompleta —o, peor aún, queda distorsionada.
Un ejemplo clásico del daño que ocasiona ignorar el contexto inmediato es Filipenses 2:12, donde Pablo escribe: «Así que, amados míos, tal como siempre han obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor» (Fil. 2:12). Muchos han leído este versículo como si enseñara que la salvación puede perderse si no se cuida con suficiente esmero. Sin embargo, el versículo siguiente disuelve esa interpretación: «Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención» (Fil. 2:13). El contexto inmediato revela que cuidar la salvación no descansa sobre nuestras fuerzas, sino sobre la obra de Dios en nosotros. El temor y el temblor no expresan inseguridad, sino reverencia ante un regalo que Él mismo nos capacita para sostener.
Otro caso ilustrativo es Proverbios 6:2: «Si te has enredado con las palabras de tu boca, si con las palabras de tu boca has sido atrapado» (Prov. 6:2). Quienes defienden la llamada «confesión positiva» —la doctrina del «reclámalo y recíbelo»— han usado este versículo para sugerir que las palabras humanas tienen poder sobrenatural. Pero el versículo anterior deja en claro de qué se trata: «Hijo mío, si has salido fiador por tu prójimo, si has dado promesa a un extraño» (Prov. 6:1). La advertencia es estrictamente financiera: quien acepta ser garante de otro queda atado a esa obligación hasta que sea saldada. No hay aquí ninguna mística del lenguaje, sino un consejo práctico sobre compromisos económicos imprudentes. Sin el versículo anterior, el texto parece decir algo completamente distinto.
Quizás ningún versículo en toda la Biblia ha sido más sacado de contexto que Jeremías 29:11: «Porque Yo sé los planes que tengo para ustedes», declara el Señor, «planes de bienestar y no de calamidad, para darles un futuro y una esperanza» (Jer. 29:11). Este pasaje se cita con frecuencia como garantía de que Dios eliminará el sufrimiento de la vida del creyente. Pero el libro de Jeremías cuenta una historia diferente.
Jeremías 25:11 había anunciado que Israel permanecería cautivo en Babilonia durante setenta años como consecuencia de su rebelión. Solo desde ese trasfondo cobra sentido la promesa de Jeremías 29:11: Dios garantizaba bienestar a una nación específica —Israel— después de un período de exilio, no a cualquier lector moderno que desee apropiarse del versículo. Como señala Steven Molares en Textos fuera de contexto, «si nosotros reclamamos que Jeremías 29:11 es una promesa directa de Dios para nosotros, entonces también debemos reclamar que Jeremías 25:11 es una promesa para nosotros. Nos gusta reclamar las promesas de prosperidad y bienestar, pero nadie reclama la promesa del exilio babilónico durante 70 años. ¡Y así no funciona!».
Además, incluso dentro del propio Israel aquella promesa no implicaba ausencia de sufrimiento individual, pues la pobreza y el dolor son realidades de un mundo caído. Presentar este versículo como una vacuna contra la adversidad no solo es exégesis deficiente; es una enseñanza que, cuando la realidad la contradice, decepciona a quienes creyeron en ella y desacredita a quienes la predicaron.
No hay manera de forjar la imagen de Cristo en nosotros a menos que experimentemos sufrimiento.
El tercer nivel es el más amplio: el canon completo de las Escrituras. Un texto bíblico no puede interpretarse en contradicción con la enseñanza del resto de la Biblia. Considérese 1 Juan 4:8: «El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn. 4:8). A partir de este versículo, algunos han concluido que Dios no puede permitir el sufrimiento ni ejecutar juicio, o que el infierno es incompatible con su carácter. Pero los Salmos afirman: «Los que se ensalzan no estarán delante de Tus ojos; aborreces a todos los que hacen iniquidad. Destruyes a los que hablan falsedad; el Señor aborrece al hombre sanguinario y engañador» (Sal. 5:5-6). La Biblia no enseña que Dios sea únicamente amor; enseña que también es santo y justo, y que esa santidad exige que el pecado sea tratado con seriedad. Cuando Dios disciplina, no actúa contra su amor; lo ejerce plenamente (ver Heb. 12:6).
D. A. Carson ilustra este principio con Filipenses 4:13. Si se lee sin el contexto de toda la Biblia, «todo lo puedo en Cristo que me fortalece» podría interpretarse como una promesa de éxito atlético, profesional o político. Carson señala la absurdidad de esa lectura precisamente para mostrar que el significado de cualquier texto queda delimitado por el resto de la revelación bíblica. No podemos pedirle a un versículo que diga más de lo que el conjunto de las Escrituras permite.
La buena noticia es que este tipo de análisis contextual no requiere un doctorado en teología. Requiere rigor, humildad y la disposición de leer con cuidado lo que está antes y después de cualquier versículo, de conocer el propósito del libro en que se encuentra y de contrastar cualquier interpretación con la enseñanza general de la Biblia. El apóstol Pablo encargó a Timoteo que se esforzara por ser «un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad» (2 Tim. 2:15). Esa precisión comienza por no arrancar los textos de su contexto. Hacerlo no es solo un error académico; es una falta de fidelidad al Dios que inspiró cada palabra de Su Palabra.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.
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