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La clave para confiar en Dios: Conocerlo
La clave para confiar en Dios: Conocerlo

Foto de Tara Winstead en Pexels

Vida devocional

La clave para confiar en Dios: Conocerlo

Janet Adames de Lantigua 14 marzo, 2023

«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn. 17:3). Con esta declaración, Jesús mismo define la vida eterna no como un destino lejano, sino como una relación presente y profunda con el Padre. Sin embargo, desde nuestra perspectiva humana surge de inmediato la pregunta: ¿puede un ser finito, pecador e inconstante llegar a conocer a un Dios eterno, tres veces santo, omnisciente, omnipotente y creador de todo cuanto existe? La respuesta es sí —y es un sí rotundo—, porque así lo ha determinado el mismo Dios.

Si bien jamás podremos comprenderlo en su totalidad, sí podemos acercarnos cada vez más a Él por los medios que Él mismo ha dispuesto. Y esa posibilidad no es un privilegio menor: es la invitación más extraordinaria que existe.

La clave para confiar: conocer el carácter de Dios

David, quien experimentó de cerca el poder de Dios en medio de la guerra, el peligro y el fracaso personal, lo expresó con claridad en el Salmo 9: «En Ti confiarán los que conocen Tu nombre» (Sal. 9:10). La confianza genuina en Dios no nace de la voluntad ni del esfuerzo emocional; nace del conocimiento. Cuanto más conocemos quién es Dios —su carácter, su obra, su fidelidad— más sólida y firme se vuelve nuestra fe.

El profeta Jeremías profundiza aún más en esta idea: «Pero el que se gloríe, que se gloríe de esto: de que me entiende y me conoce, pues Yo soy el Señor que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra; porque en estas cosas Me complazco —declara el Señor» (Jer. 9:24). No hay logro humano, talento ni posición que Dios considere motivo de gloria. El único fundamento digno de jactancia es conocerlo a Él.

Desarrollar esa relación, sin embargo, requiere cuidado, constancia y tenacidad. No se trata únicamente de escuchar el sermón del domingo ni de leer un devocional cada mañana, aunque ambas prácticas son valiosas. Es necesario un consumo consistente de la Palabra de Dios y una vida sostenida de oración que nos permita conocer su carácter, su voluntad y su poder, de modo que el Espíritu Santo produzca en nosotros convicción de pecado y una respuesta consecuente.

Acercarse a Dios: una invitación que transforma

La Escritura no solo afirma que es posible conocer a Dios; también urge a buscarlo con urgencia. En Isaías 55, el Señor llama: «Busquen al Señor mientras puede ser hallado, llámenlo mientras está cercano. Abandone el malvado su camino, y el hombre injusto sus pensamientos; que se vuelva al Señor, que tendrá misericordia de él, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar» (Is. 55:6-7). El llamado es claro: acercarse a Dios a través de su Palabra trae como consecuencia natural recibir su misericordia, su perdón y su guía.

El Salmo 25:14 añade que quienes cultivan una comunión íntima con Dios reciben el privilegio de conocer su pacto. Y el apóstol Santiago lo formula con una promesa directa: «Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes» (Stg. 4:8). Esta promesa es bidireccional: la iniciativa humana —imperfecta y frágil— es respondida por la fidelidad perfecta de Dios.

Por naturaleza somos cambiantes. Nuestros corazones nos engañan con frecuencia. Pero cuando cultivamos una relación viva con Dios, comenzamos a ver con claridad nuestra propia iniquidad y a actuar por fe en Él, en lugar de dejarnos gobernar por emociones e impulsos momentáneos. A.W. Tozer lo expresó con precisión en El conocimiento del Dios Santo:

El hombre que llega a unas creencias correctas con respecto a Dios queda aliviado de mil problemas temporales, porque ve de una vez que éstos tienen que ver con cuestiones que, a lo sumo, no le pueden preocupar por largo tiempo.

Conocer a Dios correctamente no elimina el sufrimiento, pero sí reencuadra toda la existencia bajo la perspectiva de la eternidad. Y esa perspectiva lo cambia todo.

Proseguir: el objetivo de toda una vida

Conocer y relacionarnos con Dios es una aventura que dura toda la vida —y eso no es una limitación, sino una promesa—. No es una meta que se alcanza de una vez ni una casilla que se marca en una lista de logros espirituales. El objetivo es proseguir: si caemos, nos levantamos; si nos debilitamos, Él nos fortalece; pero siempre avanzar, hasta que Él venga o vayamos a su presencia.

Todas nuestras reacciones ante la vida —ante la prueba o la abundancia, ante la enfermedad o la salud, ante la crisis o la calma— revelan qué tan bien conocemos a Dios. Un conocimiento correcto de Él satisface el alma a plenitud, transforma nuestra relación con el prójimo y nos ancla en certezas que ninguna circunstancia puede sacudir. Como lo prometió Jesús, quien lo conoce no tendrá sed jamás, sino que se convertirá en fuente de agua que brota para vida eterna (Jn. 4:14).

Que esa relación con Dios sea, cada día, más vibrante, más intensa y más viva. Y que no sea de nosotros lo que el Señor lamentó en Isaías 65: «Estaba listo para responder, pero nadie me pedía ayuda; estaba listo para dejarme encontrar, pero nadie me buscaba» (Is. 65:1).

Janet Adames de Lantigua

Janet Adames de Lantigua

Janet Adames de Lantigua es hija de Dios por Su misericordia. Es abogada de profesión, casada con Miguel Lantigua y madre de tres hijos. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve junto a su esposo en el ministerio de discipulado matrimonial.

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