IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
«Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia. Por ellas Él nos ha concedido Sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que ustedes lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1:3-4). Con estas palabras, Pedro nos sitúa ante una de las verdades más alentadoras de la fe cristiana: Dios no solo nos conoce, sino que ha hablado a nuestra vida con promesas que llevan Su sello de garantía.
Sin embargo, hay momentos en que la presión del día a día o el peso del sufrimiento hace que esas promesas queden enterradas bajo la urgencia del presente. Por eso necesitamos no solo recordarlas, sino aprender a confiar plenamente en cada una de ellas, pues fueron elaboradas por Dios con cada uno de Sus hijos en mente, y están a nuestra completa disposición.
Las promesas de Dios no son adornos decorativos en las páginas de la Biblia. Son instrumentos vivos que obran en la vida del creyente. Nos dan fuerzas para seguir cuando el camino se hace difícil; nos sanan cuando estamos quebrantados; nos levantan cuando hemos caído; nos alivian las cargas cuando ya no podemos más. En ellas encontramos refugio y, sobre todo, confianza.
Entre las promesas que Dios ha hecho a Su pueblo encontramos algunas de las más grandes: un corazón nuevo, paz que sobrepasa todo entendimiento, perdón y limpieza de pecados, libertad, salvación, vida eterna, la presencia del Espíritu Santo y Sus frutos. Pero también las más cotidianas: la provisión de nuestras necesidades, la sanidad en el momento oportuno, la sabiduría para tomar decisiones. El Señor dijo: «Pues yo sé los planes que tengo para ustedes —dice el Señor—. Son planes para lo bueno y no para lo malo, para darles un futuro y una esperanza» (Jer 29:11). Estas palabras no fueron escritas para quedarse en una lámina decorativa; fueron escritas para ser reclamadas con fe.
Dios nos demuestra Su amor precisamente a través de Sus promesas. Comprenderlas en profundidad significa comprender algo del corazón del Padre hacia nosotros. Y cuando ese amor se entiende, la confianza en Sus palabras deja de ser un esfuerzo y se convierte en una respuesta natural. Por nuestra fe en Jesucristo somos hechos partícipes de cada una de ellas. Él no nos las quitará ni las modificará: «Por nada romperé mi pacto; no retiraré ni una sola palabra que he dicho» (Sal 89:34).
Aquí encontramos una de las realidades más consoladoras del evangelio: Dios no es como el ser humano. Estamos rodeados de promesas incumplidas. A nuestro alrededor, las personas hacen compromisos con buenas intenciones, pero carecen del poder —o de la voluntad— para cumplirlos. Son muchos los que se han quedado esperando el cumplimiento de una promesa que nunca llegó. Esa experiencia deja heridas reales, y puede llevarnos, sin darnos cuenta, a proyectar esa desconfianza sobre Dios mismo.
Pero la Escritura es clara: «Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. ¿Lo ha dicho Él, y no lo hará? ¿Ha hablado, y no lo cumplirá?» (Nm 23:19). La naturaleza de Dios es radicalmente distinta a la nuestra. Su palabra no está sujeta a las limitaciones humanas, a los cambios de ánimo ni a la falta de recursos. Cuando Él promete, promete desde la plenitud de lo que es: omnipotente, eterno e inmutable. Por eso el apóstol Pablo puede afirmar con certeza: «Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él todas son sí. Por eso también por medio de Él es nuestro Amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros» (2 Co 1:20).
¡Dios es grande precisamente porque no es como nosotros, y eso lo hace merecedor de mi confianza a través de Cristo, Su más grande promesa cumplida!
La invitación para todo creyente es clara: esperar con firmeza y confianza el cumplimiento de las promesas de Dios. No con una esperanza pasiva o resignada, sino con una convicción activa, arraigada en el carácter del que prometió. El autor de Hebreos lo expresa de manera precisa: «Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquel que prometió» (He 10:23).
Vale la pena detenerse y hacerse algunas preguntas: ¿sabías que Dios tiene promesas para ti en Su Palabra? ¿Has olvidado alguna de ellas en medio de las dificultades? ¿Oras por su cumplimiento? ¿En los momentos más oscuros, acudes a ellas o las dejas en el olvido? ¿Le agradeces a Dios por cada una? La fe cristiana no es una espiritualidad de sentimientos fluctuantes: es una ancla lanzada sobre las promesas de Aquel que no puede mentir ni fallar. Hoy es un buen día para volver a ellas, reclamarlas en oración y descansar en la fidelidad del Dios que siempre cumple lo que dice.
Yicell de Ortíz es autora del blog yicelldeortizblog.com, dedicado a guiar a mujeres hacia Cristo mediante recursos bíblicos. Esposa y madre. Miembro de la IBI, donde, junto a su esposo, sirve en el ministerio de Jóvenes Adultos M-AQUI.
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