IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Yicell de Ortiz • 14 febrero, 2023
«Nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1 Jn. 4:19). Esta verdad no es solo una declaración doctrinal; es el fundamento de toda la vida cristiana. Dios, cuya naturaleza misma es el amor, derramó ese amor en los corazones de quienes le pertenecen: «la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado» (Rom. 5:5). Por tanto, los hijos de Dios no solo son receptores de ese amor, sino también sus portadores y embajadores ante el mundo.
Como hijos de Dios, estamos llamados a reflejar Su amor en todo y con todos, y no únicamente a reflejarlo, sino también a compartirlo activamente. Es una responsabilidad que nace directamente de la identidad en Cristo: solo los verdaderos creyentes pueden manifestar este amor de manera auténtica, porque solo en ellos habita el Espíritu que lo produce.
Reflejar el amor de Dios comienza desde adentro. No es una actuación externa ni un conjunto de rituales religiosos, sino el fruto visible de una relación íntima, comprometida y obediente con Dios. Es necesario que quienes nos rodean vean en nosotros a Cristo y Su evangelio; nuestra forma de ser y nuestro comportamiento deben hablarles de Él antes de que abramos la boca.
Esto se traduce en actitudes concretas: ser imitadores de Cristo, ser luz en medio de la oscuridad, actuar con mansedumbre y humildad, proceder con sabiduría y vivir cada uno de los frutos del Espíritu. Sin embargo, es igualmente importante comprender lo que no constituye reflejar el amor de Dios. No basta con llamarse cristiano, congregarse con regularidad, asistir a actividades de la iglesia, pertenecer a grupos o incluso enseñar y predicar. Todas estas prácticas son valiosas, pero ninguna reemplaza la manifestación genuina del amor en la vida diaria.
El amor de Dios debe evidenciarse en pureza, piedad, bondad y gozo. Cuando esas realidades son visibles en nuestra vida, dejamos en evidencia que Dios vive en nosotros, apuntamos a los demás hacia Cristo y Su nombre es glorificado y exaltado. La luz del evangelio se convierte en la verdadera protagonista, y nosotros pasamos a un segundo plano.
Una vez que el amor de Dios transforma al creyente por dentro, ese amor desborda hacia los demás de formas muy concretas. Compartir el amor de Dios no es un concepto abstracto; toma forma en cada interacción cotidiana: amando, orando, perdonando, dando, aceptando, escuchando, valorando, colaborando, acompañando, hospedando, esperando, sufriendo y sirviendo.
Esta lista no es exhaustiva, pero sí reveladora: el amor de Dios se comunica tanto en los grandes gestos como en los pequeños detalles del día a día. Cada acción realizada con genuina motivación espiritual apunta a Cristo y glorifica Su nombre.
Sin embargo, hay una advertencia que no puede ignorarse. Debemos cuidarnos de manifestar hacia cualquier persona falta de amor, desprecio, odio, favoritismo o abandono. Ninguna de estas actitudes tiene justificación bíblica, y por tanto ninguna refleja el amor de Dios. La Escritura es directa al respecto: «Si alguien dice: "Yo amo a Dios", pero aborrece a su hermano, es un mentiroso. Porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto. Y este mandamiento tenemos de Él: que el que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn. 4:20-21).
Si el amor de Dios se manifiesta en nuestras vidas, la luz de Cristo y Su evangelio serán los protagonistas, ya no seremos nosotros.
El amor es la mayor de las virtudes: «ahora permanecen la fe, la esperanza, el amor: estos tres; pero el mayor de ellos es el amor» (1 Cor. 13:13). Una fe que no produce amor es una fe que debe examinarse. El verdadero creyente no solo conoce el amor de Dios de manera intelectual; lo experimenta, lo vive y lo derrama sobre quienes le rodean en el trabajo, en el hogar, en los estudios y en cada espacio de su vida.
Vale la pena detenerse y reflexionar con honestidad: ¿ven los que me rodean el amor de Dios reflejado en mí? ¿Estoy compartiendo activamente ese amor? ¿Está siendo Dios glorificado por causa de mi vida? ¿Estoy comprometido a reflejar y compartir el amor de Dios? Estas preguntas no son un llamado a la culpa, sino una invitación a la evaluación sincera y al crecimiento continuo, porque el amor que Dios nos dio es demasiado grande para quedarse guardado.
Yicell de Ortíz es autora del blog yicelldeortizblog.com, dedicado a guiar a mujeres hacia Cristo mediante recursos bíblicos. Esposa y madre. Miembro de la IBI, donde, junto a su esposo, sirve en el ministerio de Jóvenes Adultos M-AQUI.
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