IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
¿Cuál sería el punto de giro de tu historia? En cinematografía, un punto de giro es el momento en que la trama cambia de dirección y la acción se transforma. Si se filmara una película sobre la vida de un creyente, muchos de esos momentos decisivos tendrían algo en común: han nacido de la oración. La oración siempre produce un cambio, ya sea en las circunstancias o en la persona que ora.
Sin embargo, algunos cristianos afirman que nada puede cambiar mediante la oración, puesto que todo ya está orquestado por Dios. Se preguntan: si Dios soberano ya escribió nuestra historia, ¿para qué orar? Es verdad que Dios es soberano y ha dispuesto todas las cosas conforme a su buen plan. Pero también es verdad que él escucha las oraciones de su pueblo y las responde. Las dos afirmaciones son verdaderas y, aunque parecen contradictorias, no lo son. Dios ha decretado que ciertas cosas solo las dará si son pedidas en oración. Así lo confirma su Palabra: «No tienen, porque no piden» (Stg. 4:2). Y cuando nos dice «Clámame, y te responderé» (Jer. 33:3), establece una condición: sin el clamor, no hay respuesta. Dado que Dios es omnisciente y ya sabe si clamaremos o no, ha incluido nuestras oraciones —o su ausencia— dentro de su soberana orquestación.
¿En qué consiste entonces la oración? ¿Cuál es su finalidad más profunda? Tim Keller la describió como «continuar una conversación que Dios ha comenzado a través de su Palabra y su gracia, la que con el tiempo se convierte en un pleno encuentro con él». John Knox, el reformador escocés, la definió como «una conversación sincera y familiar con Dios», mientras que Juan Calvino la llamó «coloquio familiar entre los fieles y Dios». Los tres coinciden: la oración es un medio de comunicación e intimidad con Dios.
Todo lo que Dios ha hecho tiene como propósito revelarse a sí mismo. La creación revela su gloria; la Palabra, su gracia salvadora; Jesucristo nos revela al Padre; el Espíritu Santo nos revela al Hijo. La oración no es la excepción: es también un medio por el cual Dios se da a conocer. En el Edén, Adán y Eva gozaban de plena comunión con él, pero la caída produjo una separación tan profunda que no solo se perdió esa relación, sino también el conocimiento mismo de quién es Dios. En su gracia, en el tiempo señalado, el Padre envió a su Hijo para pagar por nuestra culpa, restablecer esa comunión y revelarnos la imagen perdida de su carácter. Por eso toda oración debe hacerse en el nombre de Cristo: él es nuestro mediador y quien nos revela al Padre.
En el reino eterno, lo conoceremos de manera plena y perfecta. Pero mientras tanto, aquí y ahora, contamos con el Espíritu Santo en nuestros corazones y con los medios de gracia para relacionarnos con él. Por su Palabra, Dios nos habla; por la oración, nosotros respondemos. Vista así, la oración no es solo un medio para pedir, sino para conocer a Dios y cultivar comunión con él. Incluso en el pedir, su propósito es que comprobemos el corazón tierno del Padre que tiene cuidado de los suyos.
Los Salmos son el testimonio más claro de esta dinámica: están repletos de clamores y de las respuestas del Señor a ellos. A través de esas experiencias, los salmistas aprendieron quién es Dios y estallaron en alabanza y acción de gracias. Así como los niños pequeños desarrollan confianza en sus padres porque, cuando los llaman en dificultad, ellos acuden, los creyentes podemos afianzar nuestra fe al ver cómo nuestro Padre responde a nuestro clamor.
En su deseo de darnos a conocer su corazón, Dios ha dado promesas maravillosas vinculadas a la oración. La oración es el método mediante el cual él suple nuestras necesidades (Stg. 4:2; Fil. 4:19); el canal para recibir consolación en el dolor (Stg. 5:13; Sal. 94:19); el medio por el cual Dios nos fortalece en la tentación (Lc. 22:40; Mt. 26:41); nuestra fuente de guía (Sal. 32:8; Jer. 33:3); y el escudo que nos protege de la ansiedad (Fil. 4:6–8). Por la oración recibimos perdón y limpieza (1 Jn. 1:9), nos es concedida valentía ante los retos —como en el caso de Nehemías—, y se abre la puerta a la sanidad física y emocional (Stg. 5:14–16). Dios fortalece a su pueblo, lo libra de sus enemigos (2 Ts. 3:2), y derrama el poder de su Espíritu sobre quienes claman a él. Además, la oración nos permite impactar la vida de cualquier persona en cualquier rincón del mundo: es un privilegio extraordinario.
Dios nos ha dado la oración como un medio para bendecirnos, nutrirnos, fortalecernos, enfocarnos, guiarnos, sanarnos, consolarnos, equiparnos, aquietarnos, alentarnos, abrazarnos.
Muchas veces los creyentes viven desnutridos, tristes, ansiosos o temerosos sencillamente porque no oran. Dios ha atado sus bendiciones al clamor de su pueblo no para hacerlo difícil, sino para que su pueblo lo conozca, compruebe su fidelidad y aprenda a depender de él. Jesús lo dijo con claridad: «Pidan, y se les dará» (Mt. 7:7). Las mismas palabras del salmista resuenan como testimonio: «Este pobre clamó, y el Señor lo oyó» (Sal. 34:6). La oración no es un ritual vacío ni una fórmula mágica: es el encuentro con un Padre que escucha, que responde y que, a través de cada respuesta, sigue escribiendo —con fidelidad y ternura— los puntos de giro de la historia de los que le pertenecen.
A Grullón es cristiana que ama compartir el evangelio. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría, de la concentración de Consejería Bíblica. Vive en Santo Domingo, República Dominicana.
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