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El tesoro de María
El tesoro de María

Foto de Patricia Bozan en Pexels

Mujer e identidad

El tesoro de María

A Grullón 20 mayo, 2025

Para muchos, María es una figura tan elevada que resulta prácticamente inalcanzable: la santa por excelencia, el modelo supremo de virtud. Esa imagen, sin embargo, puede alejarnos de ella en lugar de acercarnos. Cuando comprendemos que María era una joven judía, piadosa y de grandes virtudes, pero pecadora como todos nosotros y necesitada de un Salvador, algo cambia. Ya no la vemos en un pedestal inaccesible, sino como una hermana en la fe cuya vida habla con claridad y urgencia a la nuestra. El puesto del ejemplo supremo de virtud lo ocupa únicamente Jesucristo; María es uno más entre otros modelos que Él nos ha dado, y precisamente por eso vale la pena observarla de cerca.

Los evangelios no nos ofrecen una biografía detallada de su vida, pero las pocas escenas en las que aparece son suficientes para revelarnos la belleza de su carácter. En ellas brillan la sencillez, la discreción y la profundidad de una vida vivida en obediencia a Dios.

La rendición que lo cambia todo

La primera vez que encontramos a María en las Escrituras, el ángel Gabriel le anuncia que será la madre del Salvador. Su respuesta es una de las declaraciones más poderosas del Nuevo Testamento: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc. 1:38). Esta aceptación no era sencilla. Podía significar el fin de su noviazgo con José, la vergüenza pública, el rechazo social y, en el peor de los casos, la lapidación conforme a la ley. Sin embargo, María no exige explicaciones ni garantías. Abre su corazón al plan divino aunque no comprende del todo cómo se llevará a cabo.

Poco después, ya embarazada, emprende un viaje a la región montañosa donde vive su prima Elisabet, quien también espera un hijo por obra de un milagro. María va a servirla y permanece con ella tres meses, hasta el alumbramiento. Vemos aquí a una joven servicial, dispuesta a colaborar con la obra de Dios en la vida de otros, que además busca deliberadamente la compañía de quienes también están experimentando el obrar de Dios. No es coincidencia: María sabía reconocer dónde Dios estaba actuando, y quería estar allí.

El tesoro que guardaba en su interior

Es precisamente durante esa visita donde los evangelios nos ofrecen la ventana más clara al alma de María: el Magnificat, su canto de alabanza registrado en Lucas 1:46–55. «Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador», declara (Lc. 1:46–47). Se goza en el Dios que salva, no en haber sido la elegida; engrandece a Dios, no a sí misma. Cada frase del canto resuena con el cántico de Ana, la madre de Samuel (1 S. 2), lo que nos revela que María no estaba improvisando: hablaba desde un corazón saturado de las Escrituras.

Esto es notable si consideramos el contexto cultural. En su época, eran los hombres quienes asistían a la sinagoga desde niños para memorizar la Torá, mientras que las niñas se formaban principalmente en el hogar. María probablemente adquirió su conocimiento bíblico a través de una familia devota y de la rica tradición oral del pueblo judío, en la que salmos, profecías y relatos de la fidelidad de Dios se recitaban constantemente. Pero su conocimiento no fue solo fruto de un oído atento: fue intencional. Ella absorbió esas enseñanzas, las atesoró, las meditó. Y a eso se suma la obra del Espíritu Santo, quien Lucas señala que la llenó de gracia e iluminó su entendimiento.

El Magnificat también revela que María vivía su fe de manera comunitaria, no individualista. Habla de cómo Dios derriba a los poderosos y exalta a los humildes, de cómo acudió en ayuda de su siervo Israel (Lc. 1:52–55). Guardaba en su corazón gratitud por la obra de Dios no solo en su propia vida, sino en la de todo su pueblo.

María conocía a Dios; podía confiar en Él en este momento oscuro. Quizás no comprendía del todo lo que Dios hacía, pero conocía al Dios que estaba obrando.

A lo largo de los evangelios, en escenas como la visita de los pastores, la profecía de Simeón o el episodio de Jesús en el templo, se repite una frase significativa: María «atesoraba todas estas cosas, reflexionando sobre ellas en su corazón» (Lc. 2:19, 51). No argumentaba, no alardeaba, no llamaba la atención. Contemplaba en silencio y confianza, porque amaba a Dios. Y como todo aquel que ama, meditaba en aquello que amaba. Fue ese tesoro acumulado durante años lo que el Espíritu Santo usó para sostenerla al pie de la cruz, cuando una espada —tal como Simeón había profetizado— atravesó su corazón al ver a su Hijo morir por nuestros pecados.

Atesorar como acto de fe

La pregunta que nos deja la vida de María no es académica, sino profundamente personal: ¿qué estamos atesorando nosotros? ¿Qué ocupa nuestros pensamientos? ¿Reflexionamos en los caminos de Dios? ¿Memorizamos su Palabra y estamos atentos a sus huellas en lo cotidiano? María nos enseña que atesorar la Palabra de Dios y meditar en su obrar no es un ejercicio espiritual opcional, sino el fundamento que nos prepara para responder con fe cuando Dios nos llama, y para sostenernos cuando el camino se oscurece. El salmista lo expresó así: «En mi corazón he guardado Tu palabra para no pecar contra Ti» (Sal. 119:11). Ese era el tesoro de María. Y por la misma gracia de Dios, puede ser también el nuestro.

A Grullón

A Grullón

A Grullón es cristiana que ama compartir el evangelio. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría, de la concentración de Consejería Bíblica. Vive en Santo Domingo, República Dominicana.

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